14 de abril de 2021

La oración de todas las cosas 20. El que tien la llave

 

XX. QUI HABET CLAVEM

 El que tiene la llave

 Pierre Charles S.J.

Las llaves, Señor, juegan un papel invasor en nuestras controversias religiosas. Desde que prometiste a San Pedro, en el camino, confiarle las llaves del reino, hemos repetido sin cesar el Tu es Petrus, hemos puesto en todas partes las grandes llaves en aspa bajo la tiara pontificia; hemos probado contra todos los reformados, los regalistas, los galicanos, que estas llaves significan la autoridad suprema, la primacía, la jurisdicción mediata e inmediata, y todas las prerrogativas de la Sede de Roma.

Pero hay llaves menos visibles y mucho más ordinarias que este manojo simbólico; y al esforzarme en orar, no me gusta mucho oír a mi alrededor el ruido de los argumentos y los golpes de maza de la polémica. Prefiero considerar la humilde llave de mi cuarto, y dejarla hablar, sin interrumpir su monólogo discreto.

Antes de ser un símbolo de poder, la llave es un utensilio de seguridad. Ponemos nuestros tesoros bajo llave para que haya una barrera entre ellos y los buenos de nuestros ladrones; y ponemos a los ladrones mismos bajo llave para que haya una barrera entre ellos y nuestros queridos tesoros. 

Pero cuando se mira algo más de cerca, la llave es extraña. Es casi contradictoria, porque puede a la vez abrir y cerrar. Una espada pincha de estoque y corta de filo, pero no cierra los agujeros que hace en la piel y no puede recoser lo que ha cortado. Una lámpara pone claridad en la noche, pero es incapaz de crear tinieblas en la luz. No hay ninguna agua que pueda mojarme o secarme a voluntad. Un violín puede hacer sonido con el silencio, pero es incapaz de hacer silencio con el sonido. Y esta pequeña llave ejerce, sin dificultad ninguna, su actividad bicéfala: una vuelta a la derecha, todo queda cerrado; una vuelta a la izquierda, todo abierto. Es raro. Con todo, por poco que lo piense, advierto que esto no es mucho más gracioso que mi libertad: este poder singular que hay en mí y que me permite decirte sí o no, únicamente porque yo lo decido así. Para mí, basta también una media vuelta de llave, y tus mejores inspiraciones no tendrán acceso a mis consentimientos. Y para ponerme de acuerdo contigo, no debo emprender grandes trabajos. No hay más que dar, con la misma voluntad, el mismo yo, una vueltecita a la llave, y ya estoy en la conformidad del alma abierta a tu gracia. Como mis párpados, que son la llave de mis miradas y que yo sólo tengo que cerrar para abolir en mí toda la hechicería de las formas y los colores.

Es muy grave, Señor, llevar siempre en sí esta llave de mis quereres que es mi libertad; y yo conozco una serie de buena gente, timorata, que, bajo pretexto de educación, intenta retirarla de tus criaturas. No tienen confianza en la libertad, como garantía de la virtud. Querrían llaves que sólo pudieran cerrar, sin jamás abrir; nada de estos instrumentos ambiguos, siempre capaces de deshacer lo hecho y de dar un mentís. Prefieren la gruesa severidad maciza de la sujeción antes que las garantías que nacen de una elección libre. Creo que se equivocan, Señor, porque no están de acuerdo con tu sabiduría. Tú fundaste tu Iglesia eterna sobre el libre consentimiento de los creyentes. Tú has querido un pueblo de fieles, que tiene a cada momento el poder de dejarte, y no una plebe servil, encadenada a pesar suyo a cargas obligatorias. El sacerdocio impuesto, como el matrimonio forzado será nulo; y antes de conferir estos sacramentos que empeñan toda una vida es necesario expresar los libres consentimientos. Tú has querido, no que se Te obedezca, sino que se Te escoja; has puesto tu confianza divina no en el despliegue de la omnipotencia, sino en la seducción de tu amor, y has construido toda tu obra sobre el sí voluntario de tus frágiles criaturas. No has querido nunca cautivos atados a tu carro de triunfo. Has puesto en nuestras manos la llave de nuestros destinos; y cuando quedamos contigo es porque nuestros deseos están acordes con los tuyos. Has aceptado los riesgos de esta estrategia divina. Muchos pródigos han tomado la llave y se han salido de la casa paterna. A veces nos preguntamos por qué Tú no has preferido un mundo sin libertad y sin pecado a este mundo abigarrado donde la virtud se codea con el vicio, donde el hombre no es siempre muy presentable, donde hasta a menudo es criminal: el mundo de los mentirosos y de los cobardes, de los egoístas y los crueles. Nos decimos nosotros que, en tu lugar, lo habríamos hecho mejor, y que no te habría costado mucho fabricar inocentes perfectos en serie.

No quiero examinar hasta el fin estos grandes problemas, Señor; me acuerdo solamente de lo que dice a este propósito Santo Tomás en su Teología. Él declara muy tranquilamente que un mundo tal, en el que todos estuvieran sin falta, no sería con todo absolutamente más perfecto que el nuestro, porque la imposibilidad en que nos veríamos de serte infieles quitaría a nuestra fidelidad su carácter de triunfo sobre nosotros mismos y de opción amorosa. En mundo semejante no habrías tenido jamás partidarios. Todos habrían ido siempre en el mismo sentido, como los planetas, que ignoran las encrucijadas, los cruces de caminos, y las decisiones que persuaden de la virtud habrían sido la música grabada o como un discurso escrito antes. Su corrección misma hubiera sido fría. Nunca habría pasado por la prueba real. En ningún momento tu gloria hubiera estado en nuestras manos, dependiendo de nuestro corazón y de nuestro gesto.

Te prefiero mil veces tal como Tú has querido ser, libre también Tú; dando crédito a nuestro querer que tu gracia solicita sin obligar. Estoy encantado de esta llave que has puesto en mis manos y que puede abrir y cerrar. Yo te quiero como a mi Señor, pero también como a mi Elegido. Con esta condición puedo esperar ser yo mismo tu elegido. No buscaré mis seguridades en las mutilaciones; no Te pediré que me quites la libertad para que pueda servirte mejor. No, mi seguridad es la unanimidad de todo mi deseo; es mi libertad de tal forma entregada a tu persona que encuentre en ella todo lo que busca; es la imposibilidad de serte infiel, no porque alguien viene a sujetarme a pesar mío y me arranca violentamente mi capacidad de escoger, sino porque mi elección es total, como la de los esposos que aman verdaderamente y que no pueden desear otra cosa. Y si mi libertad queda siempre frágil, si la llave es siempre ambigua, pensaré en estas palabras de tu Escritura, en esta alabanza del justo “que habría podido hacer el mal y que no lo hizo”. Fecit emim mirabilia in vita sua, hizo milagros en su vida.




Añadido mío

 

24-I-2006

La libertad es el don más impresionante y misterioso que Dios ha dado al hombre. Pero es también una pesada carga. Lo es para mí, lo es para la humanidad, que haciendo mal uso de ella ha cometido las mayores atrocidades y creo que lo es para todo ser humano. ¿Quién, en algunos momentos en que ha tenido que tomar decisiones vitales, no ha sentido la soledad, el desamparo, hasta la angustia de pensar si estaba tomando la decisión correcta? El solo hecho de que la libertad sea esa carga en las decisiones importantes de nuestra vida, indica que es libertad para algo. Si no fuese así, no habría angustia. Elegiríamos hacer esto o aquello a cara o cruz, o por simple apetencia momentánea. Pero no. Nos angustiamos porque queremos que nuestra decisión nos lleve a un fin y dudamos que sea la decisión adecuada. Y somos libres también de elegir un fin inadecuado, lo que es todavía más grave.

¿Seríamos más libres si la libertad en vez de ser una libertad para algo fuese sólo una libertad de hacer lo que me diese la gana? Soy persona que piensa mejor en imágenes que mediante la concatenación de silogismos. ¿Sería más libre el juego del ajedrez si cada uno pudiese hacer con las fichas y el tablero lo que quisiera? No. Simplemente, no habría juego. Acabaríamos tirándonos las fichas unos a otros en un juego de puntería. ¿Sería más libre si, moviendo las fichas sobre el tablero, cada uno decidiese desplazar cada pieza como le viniese en gana, el alfil tres casillas hacia delante y dos a la derecha ahora, para trasladarlo en zigzag en la siguiente jugada? Tampoco habría juego. ¿Sería más libre si, aceptando el movimiento de cada ficha, yo moviese a mi antojo, sin una estrategia, el alfil ahora, la reina después, un peón en el siguiente movimiento y luego me enroco? Perdería en cinco jugadas con el más idiota de los principiantes. Uno se somete a unas limitaciones formales para que haya juego y a otras de estrategia para ganar. Y entonces hay juego y hay disfrute. Y hay libertad.

La vida es nuestro habilísimo contrincante en una gran partida de ajedrez. Nos puede dar jaque mate en tres jugadas en cuanto nos descuidemos y, a veces, sin que nos descuidemos. En muchas ocasiones nos gustaría una “voz en off” de alguien que pueda ver la partida con más jugadas de antelación que la vida y nos diga, alto y claro, el siguiente movimiento. Pero yo jamás he oído una “voz en off” semejante, ni creo que la oiga nunca. Sin embargo, a base de entrenar un misterioso sentido interno noto cada día una presencia que, sin hablarme, sin forzarme lo más mínimo, me sugiere qué hacer en la siguiente jugada. Sólo en la siguiente.

Vuelvo a mis imágenes en las que me siento más a gusto que en los razonamientos abstractos. Un amigo mío me invitó un día a un aguardo de jabalís en su finca. Yo, que nunca me había visto en esta situación, decidí tomármelo con el máximo interés. Era una noche helada de luna llena del mes de febrero en una finca de los montes de Ávila. Yo estaba quieto, congelado, atento a todo ruido para oír entrar al jabalí al ir a beber a la charca. El campo nocturno hervía de pequeños ruidos, pero ninguno especial. De pronto mi amigo, tocándome en el hombro, me hizo ostentosos gestos con la boca. AHÍ ESTÁ EL JABALÍ –me decía sin emitir un solo sonido mientras señalaba con el dedo hacia un lugar próximo a mí. Escuché con más atención. NO OIGO NADA –dije con similares movimientos de la boca. Yo no oía nada, pero el jabalí sí oyó nuestros “silenciosos” movimientos. Con un bufido, a menos de tres metros de mí, el jabalí echó a correr rompiendo monte. Lo había tenido a mi lado sin siquiera enterarme. Mi amigo, que estaba entrenado, lo había oído. Yo no. Me dijo más tarde que al jabalí no se le oye nunca. Se oye su silencio. Se descubren sus signos. El campo se calla por donde pasa. Un grillo deja de cantar. Un pájaro sale volando.

Así es la sensibilidad para apreciar esa presencia de la que hablaba antes. Uno, cuando sabe leerla, la siente. Sabe que está ahí. No puede demostrar que está ahí, ni siquiera puede demostrárselo a uno mismo. No hace ruido, pero ahí está. Simplemente, se sabe. Y esa presencia es Cristo, caminando con nosotros en el claroscuro, en la penumbra, hablándonos en silencio en medio del ruido ensordecedor de la vida. ¿Y cómo nos entrenamos para detectar su presencia y oír su voz silenciosa? Sólo hay dos métodos, que son uno. La oración, haciendo el silencio en nuestra alma para meditar sobre la Palabra que nos ha sido revelada, y la Eucaristía, donde nuestra fe nos dice que está Él.

Entonces, poco a poco, muy poco a poco, si uno empieza por el principio, a medida que uno se entrena, la presencia es cada vez más clara y precisa. No es siempre igual de clara. A veces se desvanece y parece que no está. Otras veces la siente uno con una fuerza sobrecogedora. Nítida, precisa. A veces, en esos momentos, le entran a uno ganas de cantar, o de llorar, o de reír, o de bailar. Luego durante semanas o meses desaparece. A veces uno pierde la esperanza y le embarga una tristeza sin límites, como si hubiese perdido a un ser muy querido. Pero siempre acaba por reaparecer. Y con más fuerza que antes de esconderse. Siempre que uno persevere en la oración y la Eucaristía en medio de la soledad y de la sequedad. Una oración árida y una Eucaristía que parece no tener ningún significado. Los momentos de luz son el faro que nos guía en la noche oscura. La tentación está en creer que la luz del faro no va a volver. Pero siempre vuelve, si se sabe esperar como debe hacerse. Entonces, poco a poco, con la compañía perpetua, evidente u oculta, de esa presencia, la carga de la libertad, sin dejar nunca de ser carga, se va haciendo más ligera y su yugo más suave. Así nos fue prometido por quien tiene autoridad para hacerlo.

10 de abril de 2021

Travesía de la Biblia: 4ª singladur

 Caín y Abel

 mpieza ahora la vida de Adán y Eva al este del Edén. El Génesis nos dice que después de la expulsión, Adán y Eva tuvieron dos hijos. El mayor se llamaba Caín y el menor Abel. A pesar de haber sido parido con dolor, Caín fue muy bien recibido, puesto que, cuando nace, Eva exclama: “¡He tenido un hombre gracias al Señor!”. No hay ningún comentario sobre cómo recibió Eva a Abel. Caín era agricultor y Abel pastor. Ambos ofrecían sacrificios a Dios de los frutos de su trabajo. Pero Dios se fijó más en la ofrenda de Abel que en la de Caín. A Caín, esto le enfureció y el Génesis nos dice que andaba cabizbajo. Acaba de entrar en el mundo la envidia. Esta actitud de Caín no le pasa desapercibida al Señor que le dice a Caín:

“¿Por qué te enfureces? ¿Por qué andas cabizbajo? Si obraras bien, llevarías bien alta la cabeza; pero si obras mal, el pecado acecha a tu puerta y te acosa, aunque tú puedes dominarlo”.

¡Ahí está la clave! Dios no se fija en la ofrenda de Caín por su mal actuar, porque obra el mal. Y Dios no acepta los sacrificios de los que obran mal. En muchas ocasiones y de distintas formas el Antiguo Testamento ratifica esto. En diversos sitios aparecen frases de este estilo: “Detesto vuestros sacrificios, ¿de qué me sirven a mí vuestras ofrendas y la grasa de vuestros toros. Haced el bien. Un corazón contrito y humilde es el sacrificio que yo quiero”.

Pero Caín, en vez de hacer lo que le dice el Señor, enmendarse y dominar el pecado con la fuerza del Señor, se abalanza sobre su hermano y le mata. Después intenta esconderse de Dios, como hicieron Adán y Eva después del pecado original. Pero el Señor interpela a Caín:

“¿Dónde está tu hermano?”

Y la evasiva hipócrita de Caín:

“¿Soy yo acaso el guardián de mi hermano?”

Dios maldice a Caín, pero al mismo tiempo le protege. Ante el miedo expresado por éste de que quien le encuentre le matará, el Señor le concede a Caín su protección:

Dice Caín:

“Mi culpa es demasiado grande para soportarla. Tú me echas de este suelo y tengo que ocultarme de tu vista; seré un forajido que huye por la tierra, y el que me encuentre me matará”.

A lo que Dios responde:

“El que mate a Caín, será castigado siete veces”. Y le pone una marca para que nadie le mate.

El Génesis nos cuenta que Adán y Eva tuvieron otro hijo, Set. Cuando nace, otra vez Eva expresa su alegría y su consuelo: “Dios me ha dado otro vástago en lugar de Abel, a quien mató Caín”.

Pero lo extraordinario es lo que se puede leer entre líneas. El Génesis nos da a continuación dos listas de nombres, como tantas otras que aparecen en el Antiguo y Nuevo testamento, con la descendencia de Caín por un lado y de Set por el otro. Lo sorprendente es que las dos listas, de cinco nombres la de Caín y de siete la de Set, tienen tres coincidencias. No es poca proporción. Y no son tres nombres cualesquiera. Son Enoc, Matusalén y Lámec.

Del primero, Enoc, el Génesis dice que fue arrebatado al cielo sin morir, como nos cuenta la Biblia que ocurrió, mucho tiempo después, con Elías. La tradición cristiana identifica –sin unanimidad– a estos dos personajes con los de la terrible profecía que aparece en el Libro del Apocalipsis:

“Será entonces cuando haga que mis dos testigos profeticen vestidos de sayal durante mil doscientos sesenta días. Me refiero a los dos olivos y a los dos candelabros que están en pie, en presencia del Señor de la tierra. Si alguno intenta hacerles daño, de su boca saldrá fuego que devorará a sus enemigos; sin remedio morirá quien intente hacerles daño.

Tienen poder para cerrar el cielo para que no llueva durante el tiempo de su ministerio profético (cosa que hizo Elías, según cuenta el Libro de los Reyes); tienen poder para convertir en sangre las aguas y para herir a la tierra cuantas veces quieran con toda clase de calamidades (Esto hace que algunos piensen que son Elías y Moisés que, como se verá más adelante en el Libro del Deuteronomio, es posible que también fuese llevado al cielo en cuerpo y alma). Cuando hayan terminado de dar su testimonio, la bestia que sube del abismo les hará la guerra, los vencerá y los matará. Sus cadáveres quedarán sobre la plaza de la gran ciudad, que es llamada alegóricamente Sodoma y Egipto, y en la que fue también crucificado el Señor. Durante tres días y medio contemplan sus cadáveres gentes de todo pueblo, raza, lengua y nación, sin que nadie se permita darles sepultura. Los habitantes de la tierra se alegran y se felicitan por su muerte y hasta se hacen regalos unos a otros, porque estos dos profetas constituían un tormento para ellos. Pero después de tres días y medio, un espíritu divino entró en ellos, se pusieron en pie y un gran temor se apoderó de quienes les contemplaban.

Oyeron entonces una voz potente que les decía desde el cielo:

- Subid aquí.

Y subieron al cielo en una nube a la vista de sus enemigos. Y en aquel momento se produjo un formidable terremoto; se derrumbó la tercera parte de la ciudad y siete mil personas perecieron en el terremoto. Los supervivientes quedaron aterrorizados y glorificaron al Señor del cielo”. (Apocalipsis 11, 3-13). Es decir, otra vez rebelión, daño causado por el propio desorden moral de esta rebelión, y nuevo perdón.

El segundo, Matusalén, es el patriarca antediluviano más longevo. El Génesis nos dice que vivió 969 años. Y según la cronología de estos patriarcas, Matusalén murió el mismo año en el que comenzó el diluvio. Podría pensarse que la muerte de Matusalén fue la señal para que comenzase el diluvio.

El tercero es Lámec, hijo de Matusalén y padre de Noé. Murió cinco años antes de que el cataclismo comenzase. Pero de Noé y del diluvio hablaré más adelante.

Esta coincidencia tan notable, en porcentaje y en relevancia de los personajes comunes me lleva a pensar que los linajes de Set y de Caín se fundieron en uno solo. Es decir, el Señor permitió que el bien conviviese con el mal sin exterminarlo, dándole tiempo para el arrepentimiento. Esta interpretación, absolutamente personal, no parece estar en contradicción con la parábola del trigo y la cizaña, en la que Jesús nos invita a no arrancar la cizaña antes de tiempo, no sea que con ella, arranquemos también el trigo. Muchos intérpretes de esta parábola coinciden en que el trigo y la cizaña están dentro de cada uno de nosotros, que en nuestro interior conviven ambas. Pero, como he dicho en una singladura anterior, la promesa de la Biblia (y de la parábola citada) nos da la esperanza de que, al final, el mal será vencido por el Bien. Y me recuerda a un magnífico texto de Alexander Solsczenitzyn en su “Archipiélago Gulag”:

“La línea que separa el bien del mal pasa por el corazón de cada ser humano. [...] Mientras dura la vida de un corazón, esta divisoria se desplaza por él, ora reducida por el gozoso mal, ora cediendo espacio a la bondad radiante. El mismo hombre, en sus distintas edades, en distintas situaciones vitales, es un hombre totalmente diferente. Unas veces está más cerca del diablo. Otras del santo. Y su nombre no cambia, y a él se lo atribuimos todo. Sócrates nos legó: ¡Conócete a ti mismo!”

El Diluvio y Noé

El diluvio –o más exactamente una inundación gigantesca en Mesopotamia– es un hecho atestiguado por documentos escritos o, más bien, por tablillas de arcilla con escritura cuneiforme típica de los pueblos de Mesopotamia de la antigüedad, como sumerios, acadios y otros. En varios juegos de tablillas encontrados en distintos lugares de Mesopotamia, aparecen descripciones de esta inundación que puede situarse en el IV milenio a. de C. Pero, además, en 1920 se han descubierto pruebas estratigráficas de esta monstruosa inundación (Véase el libro “La historia de los judíos” de Paul Johnson Capítulo 1. No puedo citar página porque lo he leído en Kindle). O sea, que aunque el diluvio no fuese el Diluvio Universal, sino algo que se le parece mucho, es un hecho histórico.

¿Y Noé? A cualquier persona con cierta cultura se le vendrá a la cabeza el llamado poema de Gilgamesh. Está escrito en 12 tablillas, pero de ninguna manera es un relato del diluvio. Narra las andanzas, más bien escabrosas, de un supuesto y cruel rey acadio y una especie de hombre, con el nombre de Enkidu, creado por los dioses para matarle. Pero Enkidu y Gilgamesh, en contra de los deseos de los dioses, se hacen amigos y se embarcan juntos en peligrosas aventuras. Cuando Enkidu muere, Gilgamesh se lanza infructuosamente a la búsqueda de la inmortalidad. Y es en esa búsqueda en la que Gilgamesh tiene un encuentro –narrado en la 10ª tablilla, que es una interpolación de un relato mucho más antiguo– con Utnapishtim –o Zisudra o Atrehasis– y su esposa. Ambos son supervivientes del Diluvio y los dioses les han concedido el don de la inmortalidad. En el poema de Gilgamesh no se explican las causas del Diluvio, pero sí en otras tablillas que narran ese cataclismo, una de las cuales es la interpolación de la tablilla 10ª de este poema.


 10ª tablilla del poema de Gilgamesh sobre el diluvio, escrita en acadio (Museo Británico).

Según esas tablillas, los dioses, hartos de trabajar, crean a los hombres para que trabajen por ellos. Sin embargo, al parecer, los hombres hacían mucho ruido, lo que impide el plácido sueño de los dioses. Por lo tanto, éstos deciden exterminarlos de muchas y variadas formas como epidemias o sequías. Por último, intentan el diluvio, pero uno de los dioses, que prefiere la ociosidad al sueño, decide avisar a Utnapishtim, que construye un barco con el que se salva del diluvio. Y, por fin, los dioses, convencidos de que necesitan de la raza humana, aunque les estropee el sueño, cejan en su empeño de exterminarla y conceden la inmortalidad a Utnapishtim y su mujer. Sin embargo, Gilgamesh fracasa en las dos pruebas que Utnapishtim le pone para conseguir él mismo la inmortalidad o, en su defecto, la juventud permanente hasta la muerte.

¿Para qué cuento esto? Para separar el ropaje del mensaje. La Biblia toma prestado el ropaje de mitos más antiguos, en los que la historia del diluvio no pasa de ser una disputa entre unos dioses caprichosos y unos hombres ruidosos, con ambas partes sin el más mínimo atisbo de moral. Y al desnudarla de este pasaje, desparece, con el ropaje, la imagen de un dios caprichoso y cruel, como son los del diluvio acadio. Entonces, se pueden interpretar adecuadamente cosas que darían lugar a una lectura delirante de la Biblia. Junto al ropaje, desaparecerían frases como que “los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran hermosas y tomaron para sí como mujeres a las que más les gustaron”. O que “por aquel entonces había gigantes en la tierra, y también después de que los hijos de Dios se unieran a las hijas de los hombres y ellas les dieran hijos. Ellos son los héroes de antaño”. O, “borraré de la faz de la tierra a los hombres que he creado: a los hombres, a los animales, reptiles y aves del cielo, pues me arrepiento de haberlos creado”. Frases que parecen estar más bien describiendo el comportamiento de Zeus paseándose por la tierra con la forma de un cisne para seducir a Leda y dar nacimiento a Helena para desgracia de Troya, o bajo la forma de toro para raptar a Europa para engendrar en ella al rey Minos. Así quedaría desnuda la límpida historia de Noé y la relación de Dios con el hombre, con el mal y con la creación. La Biblia nos dice que Noé “era un hombre justo y honrado entre sus contemporáneos, un hombre fiel a Dios”. Y, a buen seguro, no era el único, por más que la maldad se hubiese extendido por el mundo. En la singladura 2 ya dije, de acuerdo con san Agustín, que había que resolver las dudas de la interpretación de la Biblia, viendo los pasajes dudosos a la luz de los más altos principios. Y si leemos así el pasaje de Noé y lo despojamos del ropaje mítico tomado prestado de otros pueblos menos desarrollados éticamente, nos encontramos con un Dios que ayuda al justo, al honrado, al que le es fiel, a vencer al mal. Incluso al mal que habita dentro de si mismo, como el trigo y la cizaña, como el linaje de Caín está mezclado con el de Abel como dije hace unas líneas. Un Dios que no sólo permite la entada en el arca de los animales puros, sino también de los impuros[1]. Un Dios que nos dice que el mal será vencido inundándolo de bien. Un Dios que recibe con agrado el agradecimiento de Noé y le hace una promesa y le bendice tras el diluvio:

“No maldeciré más la tierra por causa del hombre, porque los proyectos del hombre son perversos desde su juventud; jamás volveré a castigar a los seres vivientes como he hecho.

Mientras dure la tierra

habrá sementera y cosecha,

frío y calor,

verano e invierno,

día y noche.

Dios bendijo a Noé y a sus hijos diciendo: “Creced y multiplicaos, llenad la tierra. Todos los animales de la tierra os temerán y respetarán: […] Todo lo que tiene vida y se mueve en la tierra os servirá de alimento, lo mismo que los vegetales. Yo os los entrego. […] Y al hombre le pediré cuentas de la vida de sus semejantes.

[…]

porque Dios hizo al hombre

a su propia imagen.

Vosotros creced y multiplicaos, llenad la tierra y pastoreadla[2]. […] Voy a establecer mi alianza con vosotros, con vuestros descendientes y con todos los seres vivos […] que han salido del arca con vosotros y que ahora pueblan la tierra. Esta es mi alianza con vosotros: ningún ser vivo volverá a ser exterminado […] Esta es la señal de la alianza que establezco con vosotros y con todos los seres vivos que os han acompañado: pondré mi arco en las nubes; esa será la señal de mi alianza con la tierra. […] El arco aparecerá en las nubes y yo, al verlo, me acordaré de la alianza eterna entre Dios y todos los seres vivos que hay en ella”. (Cfr. Génesis 8, 20-9, 17).

La comparación del mensaje ético entre el diluvio bíblico y el de los mitos sumerio-acadio-babilonios habla por sí sola, sin que necesite aclaraciones.

A la hora de interpretar la Biblia pueden detectarse, simplificando tal vez excesivamente, cuatro corrientes. La primera es la literalista. La interpretación de la Biblia al pie de la letra. Prácticamente nadie es hoy día partidario de esta forma de interpretación. Sería condenar al credo judeocristiano al mismo callejón sin salida al que la literalidad del Corán ha condenado al Islam.

La segunda es la interpretación crítica desde posturas que buscan la demolición de las creencias judeocristianas. Es la crítica nacida en el siglo XVIII, pretendidamente racional, pero que se queda en racionalista, para justificar un a priori: la falsedad del credo judeocristiano.

La tercera es la que pudiéramos llamar sociológica o costumbrista. Intenta decir que la verdad del mensaje de la Biblia es diferente para cada época o momento. Que, así interpretada, la Biblia y, por lo tanto, el credo judeocristiano, puede decir hoy, de acuerdo con el momento en que se vive, que lo que ayer era malo, es ahora bueno. Esto lleva a un relativismo moral según el cual se hace decir a la Biblia lo que se quiere oír de ella.

La cuarta es la búsqueda, por debajo del ropaje de la Biblia, de una verdad inmutable que marca la relación de Dios con el hombre y con todos los hombres entre sí para salvarles, transmitiéndoles un comportamiento ético acorde con su naturaleza permanente que, de seguirlo, le llevaría a la felicidad y haría el mundo mejor, más justo, más habitable. Esta es la interpretación que ha intentado seguir la Iglesia católica desde los primeros siglos a través de los Padres de la Iglesia. Ciertamente, la agresividad de la segunda forma de interpretación en los siglos XVIII y, sobre todo, el XIX supuso una cierta involución en la corriente interpretativa de la Iglesia. Pero, una vez superado el miedo, esa crítica racionalista, ha servido de acicate para que la Iglesia se lance más a fondo en la interpretación racional, que no racionalista, acorde con los descubrimientos científicos e históricos ciertos que se vayan produciendo y sin miedo a los mismos, porque la verdad no puede contradecirse a sí misma. La adhesión de la Iglesia a esta forma de interpretación queda patente en diversos pronunciamientos de Papas en varias encíclicas y de la Pontificia Comisión de Estudios Bíblicos, de las que se desprenden:


a)     Que en el Pentateuco, atribuido en principio a Moisés, hay inserciones que responden a tradiciones escritas u orales, así como interpolaciones hechas más adelante. En mi opinión –pobremente fundada, es cierto–, seguramente Moisés sea el autor, directo o a través de escribas instruidos por él, de gran parte del Éxodo, Levítico y Números, libros que narran hechos de los que él es el protagonista. Probablemente, el Génesis forme parte de esas tradiciones orales o escritas previas a Moisés. Y, posiblemente, gran parte del Deutronomio (Segunda Ley) –incluido su “decálogo” Deuteronomio 5, 6-21–, al menos uno de los dos “decálogos” del Éxodo (Éxodo 20, 2-17 o Éxodo 34, 14-27) –posiblemente el segundo de las anteriores[3]– y muchas de las leyes y normas rituales podrían ser interpolaciones posteriores.

b)     Que el estudioso católico, respetuoso con las enseñanzas de la Iglesia, no sólo puede, sino que debe, con gran libertad, investigar con gran cuidado y a la luz de los datos científicos, historiográficos, arqueológicos, literarios, etc., interpretaciones que sean acordes con los avances de las ciencias seculares[4]. 

Con esto doy por terminada esta 4ª singladura de la Travesía de la Biblia.



[1] En una primera orden, Dios le dice a Noé que meta en el arca siete parejas, macho y hembra, de los animales puros. Pero en el siguiente párrafo se dicha: “De los animales puros e impuros, de las aves del cielo y de los reptiles de la tierra (conviene no olvidar que la serpiente es en el Génesis la representación del demonio), entraron con Noé en el arca una pareja de cada especie, macho y hembra, como le había mandado Dios”. (Génesis 7, 8-9).

[2] Respecto al término pastoreadla, ver al respecto la nota de la singladura 3

[3] Hay tres “decálogos” en el Pentateuco. El primero que se lee (Éxodo 20, 2-17) es probablemente el dado por Dios a Moisés y tiene un carácter de adoración a Dios y de ética entre los hombres. El del Deutronomio es prácticamente una repetición del anterior. El de Éxodo 34, 14-27 tiene un carácter más ritual y parece ser una interpolación posterior a la entrada del pueblo de Israel en la Tierra Prometida, tras la salida de Egipto, para evitar que se contagie de la adoración de las divinidades cananeas.

[4]  “El exegeta católico, movido por un amor activo y valiente a su ciencia, sinceramente devoto de nuestra Madre la Santa Iglesia, no debe en modo alguno abstenerse de abordar, y en varias ocasiones, las cuestiones difíciles que aún no se han planteado. resuelto hasta ahora no sólo a repeler las objeciones de los adversarios, sino también a tratar de encontrar una explicación sólida para ellos, en perfecto acuerdo con la doctrina de la Iglesia, especialmente con la de la inerrancia bíblica, y al mismo tiempo capaz de plenamente satisfaciendo ciertas conclusiones de las ciencias seculares. Los esfuerzos de estos valientes obreros en la viña del Señor merecen ser juzgados, no solo con equidad y justicia, sino también con perfecta caridad; que todos los demás hijos de la Iglesia lo recuerden. Hay que tener cuidado con este celo que no es prudente, que considera necesario atacar o sospechar de todo lo nuevo”. (Encíclica Divino Afflante Spiritu. Pío XII, 1943)

 

“En cuanto a la composición del Pentateuco, en el citado decreto del 27 de junio de 1906 la Comisión Bíblica ya reconoció que se podría decir que Moisés, “para componer su obra, hizo uso de documentos escritos o tradiciones orales” y admitir también modificaciones y adiciones posteriores a Moisés (Ench. Bibl. 176-177). Ya no hay nadie hoy que cuestione la existencia de estas fuentes y no admita un aumento gradual de las leyes mosaicas debido a las condiciones sociales y religiosas de épocas posteriores, una progresión que también se manifiesta en los relatos históricos. […] Es por ello que invitamos a los estudiosos católicos a estudiar estos problemas sin prejuicios, a la luz de una sana crítica y los resultados de otras ciencias interesadas en estos temas […] El primer deber que recae aquí para la exégesis científica consiste en primer lugar en el estudio cuidadoso de todos los problemas literarios, científicos, históricos, culturales y religiosos relacionados con estos capítulos; sería necesario entonces examinar de cerca los procedimientos literarios de los antiguos pueblos orientales, su psicología, su forma de expresarse y su propia noción de verdad histórica; en una palabra, sería necesario reunir sin prejuicios todo el material de las ciencias paleontológicas e históricas, epigráficas y literarias. Solo así podemos esperar ver más claramente la verdadera naturaleza de ciertos relatos de los primeros capítulos del Génesis. […] Mientras tanto, debemos practicar la paciencia, que es prudencia y sabiduría de vida. Esto es lo que también inculca el Santo Padre en la Encíclica ya citada (Divino Afflante Spiritu): ‘Nadie –dijo– debería extrañarse de que todavía no hayamos aclarado, ni resuelto todas las dificultades [...] Sin embargo, no debemos desanimarnos, ni olvidar que en las disciplinas humanas no puede ser de otra manera que en la naturaleza, donde lo que comienza crece poco a poco, donde los frutos se recogen solo después de un largo trabajo [...] Por tanto, podemos esperar que estas dificultadlas, que hoy parecen las más complicadas y las más arduas, finalmente se abrirán un día, gracias a un esfuerzo constante’ ”. (Pontificia Comisión de Estudios Bíblicos, 16 de Enero de 1948)

 

“El sentido que se propone el autor [de las Escrituras] es el literal. Como quiera que el autor de las Sagradas Escrituras es Dios, que tiene conocimiento de todo al mismo tiempo, no hay inconveniente en que el sentido literal de un texto de la Escritura tenga varios sentidos [...] Este último significado corresponde al sentido espiritual, que supone el literal, y en él se fundamenta”. Santo Tomás de Aquino. Suma de Teología. Cuestión 1, Artículo 10, Solución.

 

“Por ejemplo, cuando la escritura habla del brazo de Dios, el sentido literal no está diciendo que Dios tenga brazo, en cuanto a elemento corporal, sino en cuanto fuerza para obrar, que es lo que el brazo significa”. Santo Tomás de Aquino. Suma de Teología. Cuestión 1, Artículo 10, Respuesta a la 3ª objeción.

31 de marzo de 2021

La oración de todas las cosas 19. Un huerto cerrado

 XIX. HORTUS CONCLUSUS

 Un huerto cerrado 

Pierre Charles S.J. 

Para designar la morada eterna de los elegidos hemos tomado una vieja palabra persa, adoptada ya por los griegos, y decimos el Paraíso. El Paraíso de los antiguos sátrapas del Irán es un jardín plantado de árboles y clausurado contra todas las invasiones indiscretas, un jardín de sombra y de flores, de sol y de surtidores. Yo quisiera hoy, Señor, pasearme contigo por ese jardín. Me parece que podríamos aprender aquí muchas cosas útiles, aunque no fuera más que un paseo lento y dejándonos invadir por el silencio pacífico.

¿Por qué tan a menudo he dejado fuera de mi piedad todas esas emociones profundas que, mejor que sermones laboriosos, serían capaces de hacerme un alma cristiana? ¡Un jardín! Lo he considerado como algo profano, olvidando el jardín de Getsemaní, y el de los orígenes del hombre, y el del Cantar de cantares con los lánguidos perfumes que allí dispersa el viento del Sur. Hay toda una invitación discreta que emana de este mundo de flores, de árboles, de pájaros o de hojas muertas; jardín de otoño o de primavera, jardín todo bañado de sol o goteante bajo la lluvia, el jardín de los niños y el de los Cartujos y el de los viejos que vienen aquí a sentarse en silencio.

En las calles, en los caminos, me siento zarandeado; pero allí, detrás del vallado o la muralla, a lo largo de los senderos solitarios, muchos de mis cuidados obsesivos llegan a disolverse en la paz. Los viejos paganos habían poblado los jardines de divinidades y de genios. Nosotros los hemos suprimido. Sólo sobreviven en los mármoles, en rincones de céspedes, en tazas de fuentes. Pero hay una idea verdadera en todos esos errores antiguos, y nosotros la hemos tal vez sacrificado indebidamente. ¿Tu Espíritu, Señor, no vive en la frescura de los bosques –in aestu temperies– y no se ocupa de nutrir los pájaros que, bajo la enramada, claman a su Creador? Y en el silencio de los grandes jardines, ¿no puedo oír tu llamada como el primer hombre?

Porque en los jardines, los caminos no acaban en ninguna parte. Se cruzan y serpentean, pero vuelven todos al punto de partida, a la puerta de la morada. Como mi vida, Señor, como mi vida, de la cual Tú eres el alfa y omega, que ha comenzado por Ti y que debe acabar para Ti. Cualesquiera que sean los rodeos de mis obras y los meandros de mis caprichos. (No puedo por menos que insertar aquí el link a mi libro, en papel o kindle, “El largo y tortuoso camino”: https://www.amazon.es/El-largo-y-tortuoso-camino/dp/1980475806 ) En este jardín, donde continúo mi paseo solitario, me siento invadido por emociones tiernas y fuertes que me guardan o me rehacen la salud espiritual. El hombre que en todas las partes de la tierra ha saqueado tanto tu obra, aquí, al menos, se ha limitado a cultivarla. La ha tratado con dulzura y respeto, y ella ha respondido como responden tus criaturas cuando no se las violenta. La respuesta encantada de los vergeles en primavera, y la respuesta grave  madura de los vergeles en otoño; y la respuesta del humilde huerto de legumbres que se trabaja día y noche para que dé cebollas, y berzas, lechugas y perejil; y las respuestas de los arriates de flores, que no se cuidan de ser miradas y cuya belleza sencilla ignora la coquetería, y basta la respuesta de esta vegetación espontánea que llamamos la mala hierba, porque no nos ha pedido permiso para crecer y de la que sólo Tú fuiste su jardinero; la respuesta de la madreselva en el bosque y de la margarita obstinada en el césped.

Tú mismo te apareciste, la mañana de la resurrección, a Magdalena bajo las apariencias de un jardinero, y los viejos Padres de la Iglesia sostuvieron, en el siglo II, contra todos los herejes de entonces que querían hacer de tu cuerpo sólo una apariencia, que tus disfraces no eran de engañifa, y puesto que habías escogido mostrarte como jardinero en este encuentro solemne, lo eras verdaderamente: horticultor paciente que debe contar con el suelo, la lluvia, los pájaros, los insectos y los merodeadores; horticultor ingenioso que hace rendir el ciento por uno a todos los granos que caen de su mano en el surco de las almas generosas; horticultor glorioso, ufano de sus cosechas y que no desdeña ni siquiera las grandes paletadas de estiércol al pie de las higueras estériles.

Porque nada hay más exigente que el cultivo de un jardín, ya que todo vuelve a sus formas salvajes desde el momento en que el jardinero le deja a él solo. Un poco como yo, Señor, un poco como todos nosotros, aún los más graves y los más dignos, prontos a caer otra vez en el egoísmo espontáneo desde el momento en que tu gracia nos abandonara a nuestra pereza nativa y a nuestras pequeñas astucias mediocres. Es nuestra suerte, a la vez muy difícil y muy noble; es nuestro terrible y magnífico quehacer de hombres y de cristianos, crecer y perfeccionarnos, no siguiendo nuestros sueños, sino la línea, muy recta, de nuestra naturaleza: esta naturaleza que nos conviene no menospreciar ni odiar, sino respetar como el gran don divino. Tú dijiste que solamente los necios van a buscar racimos en las zarzas y a recoger higos en los cardos; y en las primeras páginas del Génesis vemos que cada planta recibió la orden muda de producir frutos según su especie –in genere suo. Tú no quieres de mi, Tú, el sabio horticultor, otra cosa sino que sea un hombre; Tú no Te extrañarás si el fruto de mis obras lleva la marca de mis tanteos, de mis incertidumbres, de mis miedos y de mis torpezas. No soy una flor de invernadero; me has dejado crecer a pleno viento, al choque de todas las pruebas, y batido por todos los contratiempos, por las decepciones, por las angustias, como una pobre planta que debe florecer luchando y que nunca está segura del mañana. Señor, ten piedad de nosotros todos, porque es una gran paradoja estar enraizados en la tierra y tener que subir hacia el cielo; es un problema arduo, cuando uno mismo es para sí casi un extranjero, preparar correctamente unas obras que corresponden a lo que somos, y cuando uno mismo no sabe si es vid o zarza, higuera o cardo, hacer madurar los frutos que el jardinero da por descontados y espera... Pero no estamos solos y Tú estás con nosotros y nos ayudas a crecer –incrementum dat–, y mi gran reposo consiste en saber que Tú nos conoces  -nescio, Deus scit–  y que, en la sencillez de la conformidad, bajo el gesto del horticultor, podemos encontrar cómo realizar nuestro ser y nuestro deseo.



Añadido mío:

 

Al leer esta lección del Papa, asociaciones de ideas incontrolables me han hecho echar mano de tres poemas de autor desconocido (al menos para mí) que, con mi manía de ser urraca, copié hace años. Los dos primeros podrían llamarse “Oración ante un jardín” el tercero, algo así como “¡Qué difícil es ser hombre!” Ahí van: 

I

Veo a través de la ventana

al castaño, al ciprés y al abedul mecerse.

El ciprés, parsimonioso y grave,

se cimbrea batiendo con su tronco el tiempo,

bajo continuo marcando ritmos poderosos.

Cada rama del abedul posee un movimiento propio

de batuta diestramente dirigida.

Horizontales compases se mezclan con otros verticales

en aparente caos asíncrono nunca repetido,

señalando entradas, tuttis, pianos,

síncopas extrañas que se unen y confunden

sin resolverse nunca entre ellas mismas.

El castaño, mientras tanto, hace temblar sus hojas

en un trémolo de cuerdas anhelantes

que anuncian sucesos ineludibles, inmediatos.

Un pájaro vuela de una rama a otra

con un batir de alas certero, preciso, acompasado,

como si supiera exactamente lo que hace.

Yo, absorto Beethoven sordo en el silencio,

oigo la muda sinfonía en mi cabeza.

Sé que el viento la produce y la sustenta

y sé que cada átomo del aire

obedece al Director Supremo.

Algo como un éxtasis me envuelve

y arranca de mí la oración como un fluido.

“Director de átomos de aire

que sostienen pájaros seguros,

que mueven céfiros pensantes,

que mecen ramas de árboles que suenan en silencio

–el castaño, el ciprés, el abedul sonoros–,

que crean música cósmica e inexpresable.

Sé Tú, Director sabio y bondadoso

quien dirija los acordes de mi vida.

Dame las entradas y salidas,

los ritmos, los timbres, las alturas.

Para mí, para mi orquesta, para siempre.

 

II

Fuiste tú, Cortázar, Julio, lo recuerdo,

entre famas, cronopios, manueles y rayuelas,

el que me hiciste ver la música en el viento.

En un texto tuyo, escondido donde no recuerdo,

el viento movía hojas de armonías silenciosas.

Estoy ante el mismo cristal de una ventana

donde hace meses, cuando el otoño se moría de cansancio,

me extasié en oración contemplativa

con pájaros, ramas, árboles, sonidos mudos.

Ha pasado el invierno, aquí está la primavera.

El ciprés ha aguantado inexpugnable

fríos, heladas, vendavales turbulentos.

Sigue igualmente serio, no ha cambiado.

Del abedul no sabría que decirte

pero el castaño estalla en solemnes pirámides floridas.

Y las ramas, troncos y pájaros de todos

hoy también, como entonces ocurriera,

se mueven en céfiros pensantes misteriosos.

No me enseñaste tú, Julio Cortázar,

a rezar al que crea la música que tú también oíste.

No me enseñaste tú, Él fue mi solícito maestro.

Pero tú me pusiste en el camino y yo, te lo agradezco.

 

III

Lunes Santo. Cuenca. Desde lo alto de la ciudad contemplando la hoz del Huécar con Cuenca abajo, a la derecha.

 

¡Qué envidia me dan los pájaros

cantando a la luz de la mañana!

Con tan sólo cantar, ya Te dan gloria.

Envidio también la lagartija,

que calienta su cuerpo al sol

mientras Te alaba,

porque Tú hiciste frías

su sangre y sus entrañas.

Se me escapa el alma cuando veo

a la trucha cimbreándose en el río.

Para nadar nació

y nadando Te bendice.

¿Y yo? ¿Yo?

¿Cómo, con qué debo alabarte?

¿Cómo Te cantaré?

¿De qué aires, soles, aguas

deberá beber mi lengua para saber

ensalzarte con mi vida?

¿Tal vez me basta con sólo

contemplar y darte gracias?

¿Tal vez es suficiente remontarme

desde el pájaro a tu Nombre?

¿Basta con eso o hace falta

la laboriosa acción transformadora?

Duda, la duda siempre lacerante.

¿Dónde está la sencillez perdida?

¿Se apagan con la muerte las preguntas?

¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! ¡Dios mío...!

 

 

24 de marzo de 2021

Travesía de la Biblia 3

 Al empezar esta travesía alguien podría desanimarse diciendo: “Si la Biblia tiene 74 libros y este tío va a dedicar una etapa de la travesía a cada libro, este viaje es demasiado largo para mí, así que no me embarco en la aventura”. Puedo garantizar una cosa: No es esa mi intención. Dentro de la falta de planificación del viaje por mi parte, mi idea la de pasar bastantes libros juntos de un plumazo, en un solo salto de este cabotaje. Pero… aunque… sin embargo… no obstante… habrá libros a los que les tenga que dedicar, no un salto del cabotaje, sino varios o, tal vez, muchos. Y ese es el caso de los primeros libros de la Biblia, el Pentateuco y, muy en particular, el Génesis. Porque son libros fundacionales y, además, más que innovadores, revolucionarios y que, por lo tanto, merecen ser visitados en varias etapas. Dicho esto, ahí voy con el Génesis.

Estamos demasiado acostumbrados al Génesis para darnos cuenta de las imponentes revoluciones que hay en él. Empecemos por el principio, por la creación. Todas las religiones y mitologías tienen sus relatos de la creación del mundo, sus cosmogénesis. Podría por tanto pensarse que el relato del Génesis de la creación es, simplemente, uno más. Sería una idea errónea. Todas las cosmogénesis anteriores al Génesis parten de tres principios que, en cierta medida, se derivan unos de otros:


-        El mundo material fue creado a partir de una materia preexistente. En muchos casos, esa materia preexistente eran los despojos de un dios malvado, vencido y muerto por un dios benéfico. También hay cosmogonías –si se les puede llamar así– que afirman que el mundo material no existe, sino que es una ilusión de los sentidos.

-        Ese mundo material es malo. Y si es una ilusión de nuestros sentido, es falso. En cualquier caso, se trata de liberarse de él.

-        El mal es, por tanto, inherente, consustancial con el mundo material o con el sueño de nuestra mente, por lo que es inseparable del bien, aunque éste, a pesar de ser el mundo material malo, pueda, tal vez, introducirse y habitar en él subrepticiamente. El mal y el bien, según estas cosmogonías, formarían una amalgama inseparable que en algunas culturas se llama el Ying y el Yang.

 

Y aquí viene la triple revolución del Génesis. Por primera vez en la historia se dice que el mundo ha sido creado de la nada, que el mundo material es bueno y que el mal no está inextricablemente unido al Bien, sino que es tan sólo una negación del mismo que será vencido y expulsado del mundo. ¡¡¡!!!

 

Efectivamente, las primeras palabras del Génesis dicen lacónicamente: “Al principio creó Dios el cielo y la tierra”. Luego nos dice que “la tierra –creada por Dios al principio– era una soledad caótica…” y nos cuenta cómo Dios, mediante su Espíritu, que aleteaba sobre ella, la fue perfeccionándola en el tiempo con distintos actos de creación, esta vez no a partir de la nada sino del cielo y la tierra creados primigeniamente. Lo de los seis días de creación es, por supuesto, simbólico. Hay mucha gente que pretende buscar la irreconciliabilidad o la conciliación del relato Bíblico con los descubrimientos de la ciencia moderna. Tanto una cosa como la otra están fuera de lugar al leer el Génesis (aunque es cierto que el descubrimiento científico del Big-Bang parece, hoy por hoy, más bien apoyar esa conciliación que la irreconciliabilidad[1]). Pero eso carece de importancia, porque el Génesis no es un libro de ciencia.

 

Es cierto que el Génesis no dice explícitamente que el mundo fuese creado de la nada. Pero así parece darlo a entender implícitamente. Sólo en el 2º Libro de los Macabeos, no reconocido como canónico por los judíos[2], pero que forma parte de la Septuaginta (ver capítulo 2), se dice explícitamente esto: “Te pido, hijo mío, que mires el cielo y la tierra y lo que hay en ella; que sepas que Dios hizo todo esto de la nada…”. Aunque los libros de los Macabeos no formen parte del canon judío, sin embargo, los judíos siempre, en su inmensa mayoría, han creído en la creación del mundo ex nihilo. 

Por otro lado, tras cada acto de creación, el Génesis nos dice. “Y vio Dios que era bueno”. Y cuando acaba la creación dice: “Vio entonces Dios todo lo que había hecho, y todo era muy bueno”. En el relato de la creación del hombre ya se empieza a ver la superposición de textos de distintos autores, porque hay dos relatos de la creación del ser humano. Los expertos en la biblia detectan en el Pentateuco al menos cuatro redacciones superpuestas. La yahvista, la elohista, la sacerdotal y la deuteronómica[3]. La tradición yahvista es más poética, crea relatos evocadores y presenta un Dios más antropomórfico. La elohista, por el contrario es más escueta, más sobria y esquemática. El primer relato de la creación del hombre es elohista (aunque viene precedido por el relato, yahvista, de la creación en seis días). Dice escuetamente: “Y creó Dios a los hombres a su imagen; a imagen de Dios los creó; varón y mujer los creó”. El segundo, típicamente yahvista, nos cuenta cómo lo modeló del polvo de la tierra, cómo le situó en el jardín del Edén, como creó para él los animales, cómo al ver que se sentía sólo, creó a la mujer de una de sus costillas tras sumirle en un profundo sueño, cómo el hombre, al ver a la mujer, exclamó:

“Ahora sí;

esta es hueso de mis huesos

y carne de mi carne”.

Y lo dice, además, en verso, siendo, con seguridad, el primer poema de amor de la historia. Sigue el texto, ya en prosa, del Génesis: “Por esa razón dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne. Estaban ambos desnudos, el hombre y la mujer, pero no sentían vergüenza el uno del otro”. Así pues, el mundo material creado por Dios, es bueno, muy bueno. Como lo es la sexualidad rectamente utilizada. Pero, nada más creados, los seres humanos –hombre y mujer, porque esto aparece en el relato elohista, en el que son creados al mismo tiempo– reciben un primer mandato: “Creced y multiplicaos, llenad la tierra y ‘pastoreadla’[4].

Entonces, si el mundo fue creado bueno por Dios, ¿de dónde viene la evidencia del mal, el dolor, la enfermedad, la muerte? También el Génesis es revolucionario en esto. El mal, tanto en su faceta de mal uso de la libertad por parte del hombre, como la del desequilibrio de las fuerzas de la naturaleza que causa la enfermedad, los desastres naturales y, en última instancia, la muerte, entra en el mundo por la pretensión del hombre de suplantar a Dios. El salmo 8, dice (en verso):

“¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él,

el ser humano para que de él te cuides?

Lo hiciste poco inferior a un dios,

coronándolo de gloria y esplendor;

le diste el dominio de sobre la obra de tus manos”.

Yo interpreto, aunque no puedo asegurar que mi interpretación sea correcta, que estos versos del salmo 8 se refieren al poder del ser humano antes de la aparición del mal. Creo que el hombre, con el poder delegado por Dios, podía controlar las fuerzas de la naturaleza, incluido el deterioro de cada célula que la lleva a multiplicarse descontroladamente, o el curso de una riada o cualquier otra enfermedad o catástrofe. Los teólogos llaman a esto los dones praeternaturales. Pero, animado por su poder y tentado por el demonio, el hombre decidió, como el aprendiz de brujo de Goethe, ejercer este dominio en su propio nombre, sin contar con Dios, despreciando su ayuda[5]. Y todo el equilibrio cósmico, físico y espiritual, que le permitía hacerlo se derrumbó. Y así entraron en el mundo las desgracias, la enfermedad, la muerte, las injusticias y todas las maldades imaginables. El demonio aparece en el Antiguo Testamento, bajo distintos nombres, si mi conteo no es erróneo, en doce pasajes[6], algunos de ellos contundentes, e innumerables veces, muchas en boca de Cristo, en el Nuevo Testamento. Pero su primera aparición la hace en el capítulo 3 del Génesis, bajo la forma de la serpiente que tienta al ser humano con el “seréis como dioses”. El origen de Satanás como un ángel magnífico que también quiso ser como Dios está en el libro del profeta Ezequiel (18, 12-15). Y, así, al usar el hombre mal su libertad, se rompió el equilibrio del plan de amor –que no el amor– que Dios tenía para él en el jardín del Edén. Terrible don el de la libertad, necesario, sin embargo, para responder con amor a amor de Dios y parte inseparable del ser creados a imagen de Dios, como acabamos de ver que dice el Génesis. Los filósofos afirman que el mal no tiene ser, que es la ausencia del bien. Efectivamente, es imposible pensar en un mal si no es en referencia a un bien del que nos priva. La muerte es un mal porque nos priva de algo que sí tiene ser, la vida. El robo es un mal porque nos priva de un bien que sí tiene ser. La enfermedad es un mal porque nos priva de un bien que es la salud. El mal es sólo un restando un vacío, un agujero en algo que es. Ocurre lo mismo, dicen los científicos, con el frío. El frío no tiene entidad, es la ausencia de calor. Una nevera, no crea frío, expulsa el calor fuera de su recinto. Por supuesto que hay neveras del mal, que expulsan el bien de su entorno. Pero el mal no es inherente a este mundo, ni está inextricablemente unido al bien. Por eso un día será vencido. Esa es la tercera gran diferencia revolucionaria entre el Génesis y todos los mitos de la creación de otras religiones. La respuesta se llama el pecado original y es la mayor esperanza que pueda tener la humanidad a diferencia con las otras cosmogonías y explicaciones del mal anteriores a la Biblia que en definitiva, nos vienen a decir: “Si no te gusta el mal, date por jodido”. Así pues, es seguro que en la creación del mundo hay parte del ropaje que viene prestado de determinadas mitologías anteriores a la Biblia, pero eso no hace del relato bíblico un mito. Porque lo que tiene de mensaje es muy real y absolutamente revolucionario, diferente a lo que puedan decir mitologías más antiguas.

Hasta aquí las tres novedades revolucionarias del Génesis. Pero ahora aparecen los dos primeros binomios a los que hacía alusión en el capítulo anterior: El de la rebelión y el perdón por un lado, y el de la promesa universal y el salvador por otro. Nada más ser expulsados del Edén, que ese es el símbolo de la ruptura de ese equilibrio cósmico y espiritual del que hablaba más arriba, aparecen frases muy duras tanto para el hombre como para la mujer. Al hombre le dice:

“… maldita sea la tierra por tu culpa.

Con fatiga comerás sus frutos

todos los días de tu vida.

Ella te dará espinas y cardos,

y comerás la hierba de los campos.

Con el sudor de tu frente

comerás el pan,

hasta que vuelvas a la tierra,

de la que fuiste formado,

porque eres polvo

y al polvo volverás”.

Y a la mujer:

“Multiplicaré los dolores de tu preñez,

parirás a tus hijos con dolor:

desearás a tu marido, y él te dominará”.

Sorprendentemente, estas duras palabras, como la primera declaración de amor del hombre a la mujer, son también en verso. Pero, justo antes de estas duras palabras, como quien pone la venda antes que la herida, el Génesis maldice al demonio, bajo la forma de serpiente.

“Entonces el Señor Dios dijo a la serpiente: Por haber hecho eso, serás maldita entre todas las bestias del campo. Te arrastrarás sobre tu vientre y comerás polvo todos los días de tu vida. Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te aplastará la cabeza y tú sólo herirás su talón”.

Este párrafo se conoce como el protoevangelio. Porque, efectivamente, anuncia que de la estirpe de la mujer saldrá un salvador que vencerá el mal. El arco temporal de esta promesa va desde ese momento hasta el fin de los tiempos en el que se producirá la victoria definitiva de ese salvador. Salvador que no saldrá indemne de la lucha con el demonio, sino que será herido por éste. No es difícil establecer paralelismos entre este texto y la encarnación, muerte y resurrección de Cristo. Y en esas estamos. Dios vendrá a salvarnos a través de la historia. No lo hará con un chasquido de sus dedos todopoderosos. Eso no respetaría nuestra libertad como imágenes de Dios. Lo haremos nosotros a través de él, como debió haber sido desde el Edén. Nosotros estaremos el día de la victoria, orgullosos, no como espectadores, sino como vencedores a las órdenes de Dios. Y nos levantaremos las mangas para enseñar nuestras cicatrices y diremos: “Yo estuve allí, luchando en la batalla, codo con codo con mi Dios”. Y cantaremos las palabras del salmo 115 (113B) que dice (naturalmente, en verso):

“¡No a nosotros, Señor, no a nosotros,

sólo a tu nombre la gloria, por tu amor, por tu fidelidad[7].

Hay una cosa que creo importante aclarar antes de acabar este capítulo. Aunque las duras frases dichas al hombre y a la mujer suenan a castigo, Dios no castiga. Nunca. El ropaje de las palabras del Antiguo Testamento, adaptado a la cultura de los que lo escribieron, habla a menudo de castigo. Pero si se sigue el principio interpretativo señalado en el capítulo anterior, y se separa el ropaje del mensaje, a la luz del Nuevo Testamento, no hay castigo. Es el desorden ético del proceder humano causado por el pecado y no el castigo de Dios, lo que hace que al hombre le vaya mal al apartarse de Él. Incluso en el Antiguo Testamento, en muchos pasajes aparece el profundo anhelo de Dios de que el ser humano se vuelva hacia Él, se convierta, para poder abrazarle, perdonarle y restaurarle en su felicidad. Adelantémonos varios siglos para oír a Isaías, también en verso:

“Han abandonado al Señor,

han despreciado al Santo de Israel,

le han vuelto la espalda.

[…]

La cabeza es pura llaga,

el corazón está agotado.

Desde la planta del pie hasta la cabeza

no queda nada sano:

todo son heridas, golpes,

llagas en carne viva

que no han sido curadas ni vendadas,

ni aliviadas con aceite.

Vuestro país está arrasado,

vuestras ciudades incendiadas,

vuestras tierras las devoran extranjeros

ante vuestros propios ojos;

todo es desolación,

[…]

Sión ha quedado como cabaña en viña,

como choza en melonar,

como ciudad sitiada”.

Y, entonces el ruego de Dios al hombre para poder ofrecerle el perdón y la promesa:

“Lavaos, purificaos; apartad de mi vista

vuestras malas acciones.

Dejad de hacer el mal,

“aprended a hacer el bien.

Buscad el derecho,

proteged al oprimido,

socorred al huérfano,

defended a la viuda.

Luego venid y hablemos

–dice el Señor–.

Aunque vuestros pecados

sean como escarlata,

blanquearán como la nieve;

aunque sean rojos como la púrpura,

quedarán como lana.

Si obedecéis y hacéis el bien,

comeréis los frutos de la tierra;

si os resistís y sois rebeldes,

os devorará la espada.

Lo ha dicho el Señor”. (Isaías, 1, 4-8; 16-20).

Ni siquiera el infierno que por supuesto, existe, es un castigo. Es una autoexclusión, un no querer entrar ni a rastras en el cielo. Quien vaya al infierno, será porque desprecia el abrazo del Padre. Es ilustrativo leer el relato que Jean Guitton hace, en su “Testamento filosófico” de su conversación –real y atestiguada ante mí por la secretaria personal de Guitton que estaba delante– con François Mitterrand, en el que aquél intenta convencer a éste, ante una pregunta, de que el infierno es una muestra del amor de Dios y que puede leerse en mi blog tadurraca en el siguiente link:

https://www.blogger.com/u/1/blog/post/edit/4896069513485192750/2856459143827893951

Aquí podría terminar el Antiguo Testamento y enlazar directamente con el Nuevo. Los aficionados al bridge (yo no he jugado jamás a ese juego) saben que lo más importante del juego es la subasta. El carteo es pura mecánica. Parece que hay un dicho de la rancia aristocracia británica que dice que los lords deben hacer la subasta y, luego, el carteo, lo pueden hacer los mayordomos. Pero Dios ha querido hacerse mayordomo y jugar también el carteo. Por eso este largo puente desde la expulsión del Edén hasta el fin de los tiempos, es un puente con muchos ojos. El Antiguo Testamento irá describiendo, a lo largo de sus páginas, miles de esos ojos y, cada uno de ellos será una mini réplica de este inmenso arco que cruza el mar de un extremo al otro. Por eso, muchos siglos más tarde, el autor de la Epístola a los Hebreos podrá decir: “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios antiguamente a nuestros antepasados por medio de los profetas”. Conviene tener esto muy presente al leer el resto de lo que venga. Y si alguien quiere, puede ya dar por terminada la lectura aquí con la perspectiva del puente completo, antes de ir a inspeccionar cada ojo del mismo.

Ilustración hecha a pluma estilográfica por mi padre en un cuento que les escribió a mis hermanas mayores Merche y Asun con el título de “Jaime, el hijo del leñador”.

No obstante, para quien quiera seguirme en esta travesía, seguiré mi Odisea a través de todos los ojos del puente.



[1] No sólo la creación, sino también la teoría de la evolución está, de alguna manera presente en el Génesis cuando dice, en el sexto “día”. Produzca la tierra seres vivientes por especies: ganados, reptiles, bestias salvajes por especies. Y cuando forma el cuerpo del hombre (el alma se la insufla Dios directamente), lo hace también a partir de la tierra, como al resto de las especies: “Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un hálito de vida y el hombre se convirtió en un ser viviente”.

[2] Que un libro no esté incluido en el canon judío no significa que éstos no lo consideren digno de respeto e, incluso, de veneración. En cualquier caso, también conviene recordar que, para los judíos de la máxima ortodoxia, sólo el Pentateuco es canónico.

[3] No hay unanimidad entre los biblistas cerca de la realidad de estas cuatro redacciones, superpuestas, pero si una gran coincidencia en este asunto.

[4] La traducción de mi Biblia dice “sometedla”. Sin embargo, siempre que hablo de este pasaje tomo la palabra de un amigo mío, erudito de lenguas antiguas, que me asegura que pastoreadla es una traducción posible y más acorde con el espíritu de la biblia y con la mentalidad de una sociedad nómada que depende de sus ganados.

[5] Este poema del aprendiz de brujo de Goethe, fue puesto en música por Paul Dukas y su música escenificada en la inolvidable película Fantasía de Walt Disney, https://www.youtube.com/watch?v=2DX2yVucz24

[6] Génesis 3, 1-6, Levítico 16, 8-26 y 17, 7, Deuteronomio 32, 17, 1 Crónicas 21, 1, 2 Crónicas 11, 15, Isaías 13, 21 y 34,14, Ezequiel 18, 12-15, Zacarías 3,1-2, Salmos 106 (105), 37 y Job1, 1- 3,15.  

[7] Para entender esta frase recomiendo la lectura de la arenga del rey inglés Enrique V el día de san Crispín, justo antes de la batalla de Agincourt, según la cuenta Shakespeare en su obra “La vida del rey Enrique V”, acto IV escena III. No es mala lectura. O, si se prefiere, puede verse en la escena en la película “Enrique V”, fiel al drama de Shakespeare https://www.youtube.com/watch?v=5X_2WD0RnPo y escuchar el canto de acción de gracias de después de la batalla de la misma película, https://www.youtube.com/watch?v=_AFPghilIG basado en el salmo 115 (113B).