17 de septiembre de 2021

Reflexiones de microeconomía sobre el precio de la electricidad

 

Disclaimer: Pido disculpas por cuatro cosas de estas páginas que envío. 1ª su estilo. Empecé a escribirlas como un guión telegráfico para una charla que espero grabar en vídeo, pero poco a poco, fui abandonando ese estilo guionístico y ha acabado pretendiendo ser un texto legible. 2ª El hecho de que haya empezado con una explicación de la microeconomía básica que parecerá elemental a quienes sepan de esta materia. Les pido que se lo salten. 3ª La pésima calidad de los gráficos que están garrapateados de cualquier manera en una hoja en blanco y son de una cutrez subida y 4ª La extensión. Pero un asunto tan complejo es imposible de aclarar con menos extensión. O al menos, es imposible para mí. Pero, hecho este triple disclaimer, ahí voy.

 

1º Explicar que es un commodity y la transparencia informativa y cómo lo que viene a continuación es válido únicamente para commodities con razonable transparencia.

2º Explicar, punto a punto, para quien no sepa, el significado de la curva de la oferta. Ver gráfico 1.

Aclarar que P es el precio mínimo al que estarían dispuestos a vender los productores más eficientes. Ese precio incluye el coste de producción (Variables más fijos) más el beneficio económico mínimo necesario para rentabilizar la inversión. A medida que aumenta P, habrá productores menos eficientes que estarían dispuestos a vender. La curva de la oferta expresa una ley que, siendo psicológica, es casi tan inmutable como la de la gravedad: Cuanto mayor sea el precio de algo, habrá más productores dispuestos a producirlo.

3º Explicar, punto a punto para quien no lo sepa, el significado de la curva de la demanda. Gráfico 2.


Aclarar que P significa el precio máximo que están dispuestos y pueden pagar los consumidores que más necesitan el producto. A medida que aumenta P habrá menos gente que quiera y pueda comprar el producto. La curva de la demanda expresa una ley que, siendo psicológica es casi tan inmutable como la de la gravedad: Cuanto mayor sea el precio de algo, habrá menos gente dispuesta a comprarlo.
4º Superponer ambas curvas. Grafico 3.


El punto de intersección es el que nos marca un precio al cual, la cantidad que los productores están dispuestos a producir es la misma que la que los consumidores están dispuestos a comprar. Cualquier otro precio, superior o inferior, produciría un excedente (superior) o un déficit (inferior) de productos, lo que no es mantenible en el tiempo. Por lo tanto, el precio de mercado no es un capricho, sino que es la consecuencia de dos leyes que, siendo psicológicas, son casi tan inmutables como la ley de la gravedad.

Conviene resaltar varias cosas:

a) el precio de mercado viene determinado por el precio marginal más alto al que está dispuesto a vender el productor menos eficiente para poder satisfacer la demanda. Los productores más eficientes podrían vender a un precio más bajo, pero, ¿por qué iban a querer vender a un precio más bajo pudiendo vender al de mercado? Venderán toda su capacidad al de mercado. Si quieren vender más, no tienen por qué vender por debajo del precio de mercado, sólo tiene que aumentar su capacidad de producción a su nivel de eficiencia y seguir vendiendo a precio de mercado. Eso, hará bajar el precio de mercado y aumentar la cantidad producida. Gráfico 4


b) El precio de mercado viene determinado por el precio marginal más bajo al que está dispuesto a comprar el consumidor que menos necesite el producto para la cantidad demandada. Los consumidores que necesiten el producto más que el marginal y estarían dispuestos a pagar más por él, lo comprarán, a pesar de ello al precio de mercado. ¿Por qué tendrían que pagar más, si lo pueden comprar al de mercado?

c) Todos los productores más eficientes que el marginal, ganan más dinero que el mínimo necesario para rentabilizar la inversión. La zona rayada \\\\\ indica el dinero extra ganado por el conjunto de los productores. Ver Gráfico 3 más arriba. Otra vez, ¡¡¡¡viva la eficiencia!!!!

d) Todos los consumidores que más necesitan el producto y estarían dispuestos a pagar más por él, obtienen una ganancia de valor que es la zona rayada ////. Ver Gráfico 3 más arriba.

c y d) nos indican que el precio de mercado es un juego ganar-ganar para los productores más eficientes y los consumidores que más aprecian el producto.

4º Digresión sobre elasticidad-inelasticidad de Oferta y Demanda. Cuanto más inelásticas sean la oferta y la demanda, más volátil será el precio. Gráficos 8, 9, 10 y 11.



DEMANDA ELÁSTICA


 OFERTA ELÁSTICA


6º Aplicación de lo anterior al mercado eléctrico

 

P    Peeculiaridades del sistema eléctrico.

 

1ª La electricidad es el único bien que no se puede almacenar. Por lo tanto, cada segundo hay que producir exactamente lo que la gente demanda. Significa que cada vez que una persona enciende una bombilla, en ese mismo instante, en algún lugar de la red, se tiene que producir la energía que consume esa bombilla.

2ª La electricidad viaja a la velocidad de la luz. Un Kw-h producido en Sebastopol, está en un milisegundo en Cádiz, siempre que haya conexión en red. ¡¡¡Menos mal!!! ¿Qué sería de nosotros si el sistema tuviese que anticipar en, digamos, una hora, cuándo la gente va a encender al aire acondicionado?

3ª La demanda es muy, muy, muy inelástica a corto plazo (Ver concepto de elasticidad e inelasticidad más arriba (Gráficos 8, 9, 10 y 11).

4ª Siendo todos los Kw-h producidos iguales, cada productor puede utilizar un abanico de métodos de producción de cada Kw-h en distintas proporciones. Básicamente:

-      Hidráulica: Presas. Se puede utilizar en tanto en cuanto haya agua en los pantanos. Si no hay, no hay. Entre estiaje y estiaje, no se puede utilizar más agua de la que se espera que llueva (utilización del agua para fines políticos aparte). El uso del agua de los pantanos para producir energía está rigurosamente limitado y controlado por cada Confederación Hidrográfica. Es energía limpia, pero tiene un impacto inmenso en la ecología. Muy difícil hacer nuevos pantanos.

-      Nuclear: Tiene el problema que cambiar la cantidad de potencia que suministra una central nuclear es un proceso muy lento. Por eso sólo se puede usar para el valle de la demanda, porque si se planifica para la media, ¿qué se hace con la energía que sobra si no se puede almacenar? Es energía limpia, pero presenta problemas de residuos y políticos.

-      Eólica y solar. Rapidísimas mejoras en los últimos años en la inversión por Kw instalado y en rendimiento y, por consiguiente, en coste. Sólo pueden producir cuando hay viento o sol. Su flexibilidad es, por tanto, nula. Limpias, pero con impacto ecológico en paisaje. Las solares compiten con la agricultura por superficies que podría ser cultivables. Impacto en precio de la alimentación.

-      Térmicas convencionales (gas natural, fuel-oil, carbón). Coste variable caro y fuertemente dependiente del precio del combustible que usen. Disponibles casi a voluntad, cuando se necesite. Son sucias, producen CO2 y tienen alto impacto ecológico.

-      Térmicas de ciclo combinado. Sólo funcionan con gas natural. Utilizan dos sistemas termodinámicos en cascada que tienen como resultado mejorar enormemente el rendimiento y disminuir la emisión de CO2 y de otros gases y partículas por Kw-h. Aún así es una energía sucia. Está disponible casi a voluntad. En estas dos últimas, el precio viene afectado también por el precio de los derechos de uso de carbono, que responde a principios políticos y que ahora, por esos motivos políticos está por las nubes (La oferta total la marca la UE y, desde hace años, por motivos ecológicos la está reduciendo, lo que ha hecho que el precio del derecho de utilización de carbono se multiplique por dos en los últimos meses). (Véase el artículo de Expansión del 13-IX-2021 y la sección “La Llave”).

-      Otras 

El cuadro siguiente nos da una idea de costes, disponibilidad como porcentaje de la capacidad instalada y flexibilidad.

Sistema

Inversión*

Costes fijos***

Costes variables

% s. plena capacidad**

Flexibilidad

Hidráulica

Muy alta

Medios

Muy bajos

20%

Muy alta

Nuclear

Muy alta

Medios

Muy bajos

91%****

Muy baja

Eólica

Alta

Bajos

Casi nulos

24%

Nula

Solar fotovoltaica

Alta

Bajos

Casi nulos

23%

Nula

Térmicas convencionales

Alta

Medios

Altos. Muy dependientes del tipo y mercado

74%

Media

Térmicas ciclo combinado

Moderada

Bajos

Medios. Muy dependientes del mercado

63%

Muy alta

Fuente: https://www.energiaysociedad.es/manenergia/3-1-tecnologias-y-costes-de-la-generacion-electrica/

* Cuanto más alta sea la inversión mayor el coste de rentabilizarla.

** % de producción que puede dar sobre la máxima producción si funcionase todo el año a plena capacidad.

*** Los costes fijos y los de la inversión, sean altos, medios o bajos, repercutirán tanto más en el coste total cuanto menor sea el porcentaje sobre su máxima capacidad que el sistema de producción funciona.

**** El porcentaje es muy alto pero, como se ha dicho más arriba, sólo puede cubrir el valle de la demanda.

 

En 2020, la distribución de la producción de energía en España entre los distintos métodos fue: Hidráulica+eólica+solar: 43,6%; Nuclear: 22,8%; Gas natural en ciclo combinado: 17,9%; Térmicas convencionales: 3,7%; Otras: 12%; Electricidad importada: 1,3%.

Fuente. Factura eléctrica.


Es muy difícil establecer un coste claro de cada una de las fuentes pero, grosso modo, el orden de baratas a caras es: eólica y fotovoltaica, hidráulica, térmica de ciclo combinado y térmica convencional. Dejo fuera de esta escala a la nuclear porque, por motivos políticos, además de estar demonizada –o tal vez por eso– se grava su producción con unos altísimos impuestos específicos a la misma[1]. Más adelante se hablará de los impuestos generales que graban a la electricidad, con independencia de cómo se haya producido. 

Parece que con la producción de electricidad opera la ley de Murphy a pleno rendimiento. Las energías más baratas y menos contaminantes son las que tienen menos flexibilidad. A pesar de esto, en España, como se ha visto más arriba, las más baratas fueron mucho más usadas que las más caras, a pesar de la menor disponibilidad de las primeras.

Con estas cosas en la cabeza, vamos a intentar ver la forma que tendrían las curvas de oferta y demanda de electricidad y pensar si éstas podrían explicar lo que pasa con su precio.

Demanda: La curva de la demanda de la electricidad es, a corto plazo, extremadamente inelástica. Ver gráfico 8, más arriba. Pero, es que, además, se mueve con gran amplitud y rapidez a derecha e izquierda de forma continua y diferente según la época del año y el momento del día. Cuando amanece, la gente empieza a encender luces, a usar aparatos electrodomésticos de todo tipo y entran en funcionamiento las calefacciones –o los aires acondicionados si es verano– y los calentadores de agua eléctricos. Como consecuencia, la curva de la demanda se empieza a desplazar a toda velocidad a la derecha. Y lo contrario ocurre cuando la gente empieza a irse a la cama. Esto sólo pasa con la electricidad, por la inmediatez de su consumo. El resto de los productos admiten una enorme flexibilidad en cuanto a la hora en que se consumen y, si no son fuertemente estacionales, la época del año. Por eso, en general, la curva de demanda viene a ser un promedio de meses de la misma, lo que hace que sea muy estable. Recordemos que una curva de demanda inelástica hace que los precios fluctúen mucho. Por supuesto, a largo plazo los consumidores de electricidad pueden, en cierta medida, desplazar una parte de su consumo de las horas de alta demanda, que serán las de mayor precio, a las de baja demanda de menor precio.

Oferta: Este asunto es enormemente más complejo. Conviene verlo y explicarlo en el gráfico 12 que, por motivos de simplicidad, se ha reducido a tres competidores (tipo de relleno de las líneas) y tres formas de producción de electricidad (diferentes colores).


En él podemos ver que cada competidor dispone de una capacidad de producción diferente con cada uno de los tres sistemas de producción con diferente coste. Ojo, no es, como he oído decir de forma demagógica, que se vendan tres productos distintos –pollo, cerdo y ternera y se pretenda vender pollo a precio de ternera–. Es un solo y único producto, electricidad, indistinguible y de la misma calidad con independencia de qué sistema de producción la haya producido. Ocurre, además que las energías menos flexibles, como la eólica, o la solar, aunque se tenga mucha capacidad instalada, sólo es posible usar un porcentaje de ellas, un poco mayor del 20% (Ver cuadro de más arriba) que, además es unas veces el 0% y otras el 50%. Sólo las más caras –térmicas convencionales y de ciclo combinado– que son las más flexibles, pueden usarse a voluntad.

Así las cosas, la curva de la oferta puede tomar, de forma incontrolable y variando en cuestión de horas, formas como las que se muestran en el gráficos 13 (por motivos prácticos que no ha lugar a explicar aquí, se han dibujado las curvas de oferta suavizadas como tales curvas en vez de ser plataformas discontinuas). Si ahora combinamos las curvas de oferta y demanda, según lo dicho más arriba, tendríamos lo siguiente:

 

Si se tiene en cuenta, que, como se ha visto anteriormente, la curva de la demanda se mueve a derecha e izquierda de forma rapidísima y con gran amplitud a derecha o izquierda, y cada una de las rampas de la oferta se pueden mover también rápida y ampliamente, de derecha o izquierda según sea  menor o mayor la disponibilidad de cada sistema de producción, creo que queda clarísimo que la volatilidad del precio de la electricidad es un fenómeno intrínseco a su naturaleza y que no es posible resolver. Sólo se habla de él demagógicamente cuando por un cúmulo de circunstancias –indisponibilidad de fuentes de producción baratas (Curva de la oferta muy a la izquierda) unido a alta demanda (Curva de la demanda muy a la derecha), el precio se dispara. Nadie habla de ello cuando éste está bajo. Solamente cuando está alto. Desde luego, cualquier intento burocrático de intervenir artificialmente en el precio de la electricidad por parte del estado, tendrá sus efectos colaterales perversos que pudrirán mucho más de lo que arreglarán. Dentro de algunas líneas, veremos ejemplos reales de eso, con efectos perversos que ahora estamos pagando.

Podría terminar aquí estas líneas, pero me faltan dos cosas que quiero decir. La primera, el coste añadido de la electricidad que proviene de decisiones políticas demagógicas tomadas en el pasado y, la segunda, salir al paso de un argumento, también demagógico, que dice que un productor (o una colusión de todos ellos) podría dejar de utilizar medios baratos disponibles para utilizar marginalmente otras más caras, de forma que suba artificialmente, por trucos inmorales, el precio de la electricidad (Ya se vio que el precio venía marcado por el más alto necesario para satisfacer la demanda). Me pongo con estas dos cosas.

El peso de las decisiones políticas del pasado equivocadas

Si uno ve el típico gráfico de tarta que viene en cualquier factura de electricidad desglosando el total de la factura,

Fuente: Factura eléctrica


verá que algo más del 50% es el precio de la energía propiamente dicha (en donde ya hay impuestos, no explicitados, a las distintas formas de generación y el coste de la compra de derechos de carbono que, como luego veremos, se está disparando, y, además, la retribución a la inversión para la distribución de electricidad en Alta Tensión, realizada por Red Eléctrica de España, REE). Luego, por orden de importancia, viene un concepto de “cargos” que supone alrededor de un 20%. Dentro de un momento me centraré en este 20%. Luego vienen, casi ex aequo, con un 12-15% cada uno los peajes de transporte y distribución, por un lado, y los impuestos, por otro lado. Los peajes de transporte y distribución son el pago que hay que hacer a las empresas de distribución en Media y Baja Tensión a nivel regional. Estas redes, tanto de Alta (REE), como de Media y Baja tensión, suponen una inversión ingente que, naturalmente, hay que retribuir. El 14% de los impuestos son, básicamente el IVA, que recientemente se ha reducido, temporalmente, del 21% y al 10%, más otros impuestos específicos a la electricidad por diversos conceptos. No voy a entrar en si el IVA es demasiado alto o no. Es otra discusión que excede a esta nota. Por último, está el alquiler del contador que es el chocolate del loro.

Vamos ahora con ese 20%, más o menos, de los “cargos”. Empiezo, aunque no sea el más grande, (aproximadamente 14% de ese 20% = 3%) con el que se llama TNP. Esto corresponde a impuestos especiales que se cobran a los españoles de la península y a los que podemos pagar la electricidad, para subvencionar a los consumidores de territorios insulares más Ceuta y Melilla y a los que, según criterio del gobierno, no siempre acertado, no pueden pagar la electricidad. Es el llamado bono social.

Casi un 50% de ese 20% (10%) es el llamado RECORE. En la era Zapatero, nuestro flamante presidente decidió que España tenía que ser el país más verde del mundo en producción de electricidad. Como en aquella época, las tecnologías eólica y solar no estaban ni mucho menos maduras y eran muy caras, al bueno de Zapatero no se le ocurrió otra cosa que prometer generosísimas subvenciones, tanto a la inversión como a la producción de estas energías. Se produjo una avalancha de inversiones en ellas cuando todavía eran altamente ineficientes. Pero, claro, después había que pagar esas indemnizaciones. Y, ¿cómo se iban a pagar con cargo a los Presupuestos Generales del Estado con un déficit del 11% del PIB? No pasa nada, se digo el genio de Zapatero. Los cargamos en la factura de la luz de los próximos n años. Y ahí está el 10% de extra precio de la electricidad por el RECORE.

Casi un 40% de ese 20% (8%) es para ir cubriendo el llamado déficit de tarifa. Lo del déficit de tarifa es la perfecta escenificación, casi increíble, del “pan para hoy y hambre para mañana”. También hay que remontarse a la era Zapatero (en realidad el déficit de tarifa se inaugura en la época de Aznar, pero su utilización estratosférica viene de Zapatero). Entonces los precios de la electricidad no eran libres, porque no existía la posibilidad, creada más tarde de que las eléctricas (que son pocas) y comercializadoras (que son innumerables), compitieran entre ellas. Al no haber mercado, el precio de la electricidad lo fijaba el estado, acordando con las eléctricas un objetivo de coste de producción (que las obligaba a ser eficientes para mantener ese coste lo más bajo posible) y retribución a la inversión. Pero, en un momento dado, se pensó que el precio que salía de aplicar estos criterios (fijados por el estado) era muy alto, se supone que por motivos electoralistas. Nada más fácil, se pensó y se propuso lo siguiente a las eléctricas:

“Vosotras vendéis al precio que saldría del cálculo oficial y así lo anotáis en vuestra cuenta de resultados para que todo parezca que va bien. Pero, en la factura de la electricidad para la gente, en lo que realmente esta paga, ponéis un precio menor. La diferencia os la debe “alguien” y os la pagará más adelante”.

¿Quién es ese alguien? El “mercado”, sea esto lo que sea. Claro, el “mercado” es el consumidor futuro. Y, ¿cómo os lo pagará más adelante? Poniendo más tarde el precio más alto de lo que corresponda, hasta que recuperéis del “mercado” lo que os debe. Pero, mientras tanto, ese dinero que las eléctricas decían (porque les obligaban a hacerlo así) que eran ingresos, no era dinero que entraba. Claro, esto producía una falta de liquidez equivalente al dinero que se decía que había entrado y no había entrado, acumulándose año tras año. Este dinero que no entraba tenían que suplirlo las eléctricas endeudándose, emitiendo bonos, que, para que fuesen más baratos, tenían la garantía del estado. Pero, por supuesto, el estado cobra una comisión por dar esa garantía, con lo que a las eléctricas esas deudas le cuestan un ojo de la cara. Como puede entenderse, este enjuague político no fue idea de las eléctricas. Éstas lo aceptaron a regañadientes porque el que manda, manda y no había quien tuviese lo que hay que tener para negarse. En un momento del gobierno de Rajoy, en 2013, ese déficit de tarifa alcanzó una cifra del orden de los 40.000 millones de Euros. Como se ha dicho anteriormente, el déficit de tarifa lo inventó el gobierno de Aznar, pero su uso incontrolado se debió a Zapatero. El siguiente cuadro nos da en miles de millones de €los incrementos del déficit de tarifa y su monto en los años 2000 a 2014, poniendo en azul los años de los gobiernos de Aznar y Rajoy y en rojo los años del gobierno de Zapatero y en verde el primer año de disminución: 

Año

2000

2001

2002

2003

2004

2005

2006

2007

2008

2009

2010

2011

2012

2013

2014

Δ DT

0,25

0,28

1,3

0,07

0,18

4,09

2,95

1,76

6,31

4,56

5,55

3,85

5,61

3,54

-0,6

DT

0,25

0,53

1,83

1,9

2,08

6,17

9,12

10,9

17,2

21,8

27,3

31,15

36,8

40,3

39,7

 Claro, había que ponerle coto. Con la liberalización del mercado, al precio de mercado que tuviese la electricidad había que añadirle una cantidad para que las eléctricas pudiesen ir recuperando del “mercado” el dinero que éste le debía. Fue el gobierno Rajoy el que dio ese paso, siendo el 2014 el año en el que el déficit empezó a reducirse. A finales del 2020, el déficit de tarifa estaba alrededor de los 14.000 millones de €, así que los consumidores españoles tendrán que soportar el cargo por el déficit de tarifa durante seis o siete años más, si a Sanchez no se le ocurre, que se le ocurrirá, una brillante idea intervencionista que empeore la situación.

En resumen, si uno suma los impuestos, explícitos o no, que están metidos en una u otra parte de la factura, se queda asombrado de lo que representan. Este año, aún con la bajada del IVA, el Estado, CAA y Ayuntamientos, van a recaudar de las eléctricas, sin tener en cuenta el impuesto de sociedades, la friolera de 15.000 millones de €, que es el doble del beneficio de todas las eléctricas juntas.

https://www.lainformacion.com/empresas/estado-ingresara-15-000-millones-con-la-luz-el-doble-que-todas-las-electricas/2848624/?autoref=true

Así que, por favor, señores políticos, piensen menos en cómo meter en cintura a las eléctricas y métanse a ustedes mismos en cintura.

¿Truquito inmoral de las eléctricas para subir artificialmente el precio de la electricidad? 

Efectivamente, como se ha dicho más arriba, podría pensarse que un productor (o una colusión de todos ellos) pudiera hacer que se dejen de utilizar medios de producción baratos disponibles para utilizar marginalmente otros más caros, de forma que suba artificialmente, por trucos inmorales, el precio de la electricidad. Vamos a dejar aparte la inmensa complejidad técnica que tiene la realización práctica de ese truco. Pero, imagínese la dificultad de hacer esto con una demanda que varía minuto a minuto y con una oferta que no es controlable ni en eólica, ni en solar ni en nuclear. Pero, vamos a suponer, cosa que es falsa, que ese truco pudiese hacerse con la gorra.

Pensemos primero en un productor individual. Si lo hiciese, el beneficio adicional que obtuviese con esa energía marginal producida más cara y que marca un nuevo precio de mercado más alto, sería 0 (ya que es esa unidad es la que marca el precio) pero, para producir esa unidad marginal, tendría que dejar de producir una unidad barata (la electricidad no es almacenable) con la que dejaría de ganar un beneficio mayor. Parece que no compensa. Pero, ciertamente, ese precio más alto, aplicado a toda la energía producida podría compensar el lucro cesante de la frase anterior. Cierto, podría… o no. Pero hay una cosa segura. El resto de las eléctricas que no hayan hecho ese truco, tendrían el beneficio extra derivado del precio más alto, sin la perdida por sustituir una unidad de coste bajo por una de coste alto. Por lo tanto, todas las eléctricas estarían deseando que ese truco lo hiciese otra, lo que lleva a que no lo haga ninguna. La cosa no pita.

Curiosamente, a Iberdrola se la acusa de haber hecho en 2014 y hacer ahora, exactamente lo contrario. Se la acusa de haber esquilmado los embalses para producir energía más barata y ganar más dinero.

https://www.economiadigital.es/empresas/por-que-iberdrola-vacia-embalses-y-que-repercusiones-puede-tener.html

No sé si lo habrá hecho. De hecho, la cantidad de agua que se puede usar para la producción de energía eléctrica está limitada y fuertemente controlada por las Confederaciones Hidrográficas de cada cuenca. Pero si lo ha hecho, cuestiones de sequía aparte, la curva de la oferta se hubiese desplazado a la derecha, lo que hubiese hecho bajar el precio, NO SUBIRLO. Y si bajando el precio ganase más dinero, ¿qué habría de malo en ello? Yo creía que bajar costes para abaratar precios y ganar, aún así más dinero, era una práctica empresarial laudable. ¿O tal vez sea mejor subir los costes, subir los precios y ganar menos? La verdad, no entiendo muy bien. A no ser que todo sea para que Pedro Sánchez tenga “motivos” para “meter en cintura a las eléctricas” y empezar un nuevo ciclo de errores que se paguen en el futuro. Y ya está hablando de topar los beneficios de las eléctricas. Muy socialista esto de decir a cada uno lo que debe ganar. Luego vendrá el “impuesto a los beneficios ‘excesivos’ ” –¿excesivos para quién y a partir de cuánto?– para todos –los ricos, siempre los ricos–, luego el control de precios para todos, alquileres incluidos y, al final… el “¡exprópiese!” de Chávez en Venezuela. Ya se ha visto lo que saca el estado de las eléctricas. ¿No sería mejor que Sánchez se metiese en cintura a sí mismo?

Pero supongamos que todas, o casi todas, las eléctricas entrasen en un sistema de colusión fraudulenta para que la cosa beneficiase a todas por igual. Para ello no bastaría con que los presidentes de las eléctricas, suponiendo que quisieran hacerlo, mantuviesen reuniones clandestinas para acordar actuar así. Sería necesario involucrar a decenas de directivos y técnicos de cada una para que hiciesen algo que huele mal. Conociendo de primera mano, como conozco, el celo y los medios de los reguladores y de la CNMC para vigilar y controlar este tipo de cosas, y el papel tan importante que juegan las denuncias anónimas (whistleblowing), afirmo que mantener esta colusión en secreto sería prácticamente imposible. Pero, además, como en casi todos los cárteles (Véase la OPEP), siempre hay un listillo que piensa (y hace): “Que los demás dejen de producir con sistemas baratos para introducir marginalmente otros caros. Yo no lo hago y gano más que ellos”. Y el tinglado se viene abajo. Estas cosas son muchísimo más difíciles de hacer de lo que piensa el imaginario popular, ávido de demagogia.

Dos últimas cosas para acabar. España es una península eléctrica además de serlo geográfica. Está unida a Europa por una línea de bastante poca capacidad que atraviesa el pirineo occidental. Y los problemas técnicos y políticos hacen muy difícil que ese estrecho istmo se ensanche. Como se ha dicho anteriormente, España importa tan sólo un 1,3% de la energía que produce. Esto hace que el mercado español tenga menos masa crítica que el europeo y sea, por ello, más volátil. Lo que hace que, dada la asimetría entre el ruido social cuando los precios son altos y el silencio cuando son bajos, el problema se agudice mediática y demagógicamente.

Por último, ahí va un cuadro comparativo del coste promedio anual de la energía eléctrica en distintos países de Europa:


Como puede verse, España es el quinto con la energía más cara incluyendo impuestos, pero es el 9º, más o menos en la media, con países como Alemania, Bélgica, Irlanda, Austria, Italia, Luxemburgo, Francia, Holanda con la electricidad más cara que nosotros sin considerar los impuestos. Por lo tanto, nuestro sistema eléctrico no es tan ineficiente ni las eléctricas españolas tan golfas como se oye decir a la demagogia populista.

 Espero haber contribuido con estas líneas a alumbrar un poquito un tema tan complejo y controvertido como el precio de la electricidad.



[1] Cada sistema de producción de energía eléctrica está gravada con impuestos especiales, por el mero hecho de producirla, pero la nuclear, de forma muy especial.

10 de septiembre de 2021

El Evangelio escondido de Mattaj 6: Capítulo III, Recuerdos de juventud

 CAPÍTULO III

 RECUERDOS DE JUVENTUD

Nada más entrar en casa de Pedro, me di cuenta de que tenía un sueño inmenso. El día había sido largo e intenso. Tenía sueño, pero no me sentía en paz. Jesús me dijo:

- ¿Quieres dormir, Leví?

Me extrañó que me volviese a llamar Leví cuando hacía un instante me había cambiado el nombre por el de Mattaj, pero acepté el ofrecimiento. Me enseñaron un pobre jergón en una de las habitaciones que contrastaba con mi lujosa cama con dosel y sábanas de lino puro. La casa de Simón estaba atestada. En una casa con tres habitaciones y un amplio vestíbulo vivían el propio Simón y su suegra, Noemí –Simón había enviudado hacía unas lunas–, el maestro, Andrés, Jacob, Juan, Baruc, un rico comerciante en vinos y manjares exquisitos, que había sido proveedor de mi casa hasta que desapareció hacía unas semanas –me pregunté extrañado qué hacía aquí entre los seguidores del maestro–, dos de los primos de Alcimo y otros tres a los que no conocía. Al ver a Baruc encontré la respuesta a una cosa que me preguntaba subconscientemente desde la primera vez que vi a Jesús. Sabía que se parecía a alguien que yo conocía, pero no sabía a quién. Jesús y Baruc tenían un aire que les hacía parecerse. No era un gran parecido, pero si lo suficiente para llamar la atención. Eran además de la misma edad, por lo que podían parecer mellizos. La suegra de Simón ocupaba una de las tres habitaciones y el resto, cuando el grupo no estaba de gira, dormían repartidos en las otras dos. El vestíbulo de la casa servía de lugar de reunión para hablar y recibir a la gente que venía. Allí fue donde Jesús curó el día anterior a Alcimo. Vi que el techo ya estaba arreglado. Las habitaciones eran pequeñas, pintadas de blanco y sin la más mínima decoración. Caí sobre el jergón medio muerto, pero era incapaz de dormirme. Mis sueños eran siempre inquietos. Todas las noches me asaltaban terribles pesadillas en las que mi madre lloraba mientras mi padre me lanzaba una terrible maldición. Por eso tenía un miedo cerval a la noche y al sueño.

Estaba sumido en estas meditaciones cuando entró Jesús. Se sentó en el borde del jergón sin decir una palabra. Entonces, como un torrente, mis recuerdos se agolparon en mí y pugnaban por salir atropelladamente de mi boca. Cada palabra que salía de ella era como si alguien me liberase de varias toneladas del inmenso peso que gravitaba sobre mis hombros. Había revivido esos recuerdos cientos de veces para mí mismo. Siempre teñidos de amargura y furia. Sin embargo, ahora salían de mi boca, acompañados por primera vez de la palabra y, también por primera vez, había unos oídos que escuchaban con amor.

Me vi de niño, jugando en los montes de Judea, en Modín, mi pueblo natal. Modín era un pueblo famoso. Salía en las Escrituras. Allí fue donde Matatías inició la rebelión que luego se llamaría de los Macabeos –de Maccabbi, que quiere decir martillo, porque un martillo fueron para los emperadores seléucidas–, capitaneada sucesivamente por él y por sus siete hijos. Todos ellos murieron en una u otra fase de la rebelión, pero el hecho de que consiguieran la independencia de Judea, perdida desde la conquista de Ierushalom por Nabucodonosor cuatro siglos y medio antes, les dio una aureola mítica en todo Israel. Sólo el hecho de que los Macabeos fuesen de la tribu de Leví, en vez de ser de la de Judá, evitó que proclamaran Ungido a Simón, el más joven de los hermanos y el que consiguió la independencia. Claro que ahora las cosas eran distintas. Entonces, la potencia ocupante no era Roma, sino un decadente imperio Seléucida. Pero en todo caso, en Modín todos los Macabeos eran como los ungidos y allí, el tiempo se contaba a partir de la rebelión de Matatías.

Mi padre, Alfeo, era descendiente directo de un hermano de Matatías. Eso era el orgullo de mi padre y de toda mi familia. Mi madre, Susana, también era de las familias más notables de Modín. En su juventud, mi padre había luchado contra las tropas de Antípatro, a favor de Antígono Matatías. Antípatro, el padre de Herodes, era idumeo y amigo de los romanos, mientras que Antígono descendía directamente de los macabeos y estaba aliado con los partos. Mi padre era un gigante de casi seis pies, de una fuerza hercúlea que gozaba, por su trayectoria política y guerrera, de un gran prestigio, aunque los representantes de Herodes le odiasen a muerte. Mi madre, tan sólo dieciocho años mayor que yo, era, en cambio, de una belleza delicada, como una figura de alabastro finamente tallada. Yo era su único hijo. Nací en el año 157 de la rebelión. Con esta historia, no era de extrañar que Modín fuese una fuente de reclutamiento para los zelotas, los exaltados guerrilleros que querían a toda costa obtener la liberación de Israel del poder de Roma a través de levantamientos, motines, golpes de mano y acciones terroristas paramilitares. Nutrían su sanguinario ejército de las familias más exaltadas entre las que elegían a los que a los quince años prometían ser buenos guerreros o estrategas. En mi pueblo, todos los juegos de niños consistían en tender emboscadas a los romanos y matarles de las maneras más crueles posibles. Y en esos juegos yo destacaba tanto en la imaginación de las estrategias de ataque como en su puesta en práctica. Medía una cabeza más que todos los chicos de mi edad y les sobrepasaba abrumadoramente en fuerza. Pero, al mismo tiempo, sentía una ardiente piedad por YeHoVaH, Dios de Israel, y no dudaba de que Él enviaría en su día a su Ungido, descendiente del glorioso rey David, para hacer de Israel dominadora de todas las naciones. En todos mis juegos, me imaginaba ser uno de sus más brillantes generales.

Dadas mis dotes, no era de extrañar que cuando cumplí los quince años, los reclutadores de los zelotas fuesen a hablar con mi padre. Era un hombre temeroso de YeHoVaH. Todas las tardes nos leía pasajes de las Escrituras. A pesar de su pasado guerrero, se había convertido en un hombre pacífico. Incluso gustaba de recitar un pasaje de los Proverbios que dice: “Si tu enemigo cae, no te alegres, ni se goce tu corazón en su caída”. Y más adelante: “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer, si tiene sed, dale de beber”, aunque siempre se apresuraba a completar el versículo: “Porque así amontonas ascuas sobre su cabeza y Elohim te recompensará”. Por eso no vio con buenos ojos que los zelotas, a los que consideraba unos sanguinarios, se fijasen en mí. Pero en Modín, que los zelotas solicitasen al hijo de alguien del pueblo era considerado como un inmenso honor. Por eso no supo resistirse y aceptó que me fuese con ellos. Pero yo tenía otras ideas. Una cosa era servir a las órdenes del Ungido cuando viniera y otra muy diferente, ponerme a las órdenes de unos sanguinarios terroristas que hacían la guerra por su cuenta sin la más remota posibilidad de éxito y a los que, por añadidura, mi padre me había enseñado, si no a odiar, por lo menos a no considerarles en demasía. Así que le dije que los zelotas podían matarme si querían, pero que yo no me iría con ellos de ninguna manera. Nunca nadie en el pueblo se había negado a sus reclutamientos y no se sabía, por tanto, cuál podría ser su reacción. Mi padre, muy a duras penas, con la ayuda de mi madre, entendió mi negativa y se dispuso a explicársela a los zelotas.

Nunca pudimos imaginar la violencia de su reacción. Nos acusaron de traición y un tribunal improvisado por ellos mismos sobre la marcha nos consideró culpables. En consecuencia, violaron públicamente siete veces a mi madre, a mi padre le trasquilaron la barba y le cortaron la túnica a la altura de las nalgas. Después, con unos juncos le azotaron las pantorrillas para hacerle saltar y que todo el pueblo se riera de él. Soportó un gran número de azotes sin pronunciar una queja ni hacer un solo gesto de dolor y, por supuesto, sin dar un solo salto, por lo que el público no pudo soltar ni una carcajada. A mí me dieron, en la plaza de Modín, los treinta y nueve latigazos rituales que prescribe la ley de Moisés. No me azotaron con juncos. Lo hicieron con una larga y áspera soga de esparto, doblada varias veces sobre sí misma, formando un grueso haz que sólo una mano poderosa podía sujetar con fuerza. Me ataron por las muñecas y me izaron usando la rama de un árbol, hasta que mis pies tocaron el suelo sólo con las puntas. Tal vez por la dignidad de mi padre, se cebaron conmigo y no ahorraron ni un ápice de fuerza ni perversión en cada uno de los golpes. Yo, orgulloso de mi padre, intenté no proferir una sola queja, pero pronto mis alaridos resonaron por todo el pueblo. A fin de cuentas, sólo era un niño de quince años. Diez latigazos en la espalda, diez en las nalgas y parte trasera de las piernas, diez en el parte delantera de las piernas y el bajo vientre y nueve en el pecho, abdomen y rostro. Resultado: Aparte de las innumerables heridas, cinco costillas rotas, el hombro izquierdo descoyuntado, la nariz destrozada, una ceja partida y un testículo reventado en un golpe de abajo a arriba en un momento en que separé un poco las piernas. Después soltaron la cuerda que me mantenía izado y caí al suelo como un saco de patatas. Me dejaron medio muerto. Ordenaron, bajo pena de una paliza similar, que me quedase en la plaza hasta que pudiese andar por mi propio pie y prohibieron, bajo la misma pena, que nadie me prestase auxilio. Sin duda esperaban que muriese. Y lo hubiese hecho si no hubiese sido por mi madre que, despreciando las órdenes, me arrastró como pudo a casa y me curó. Por el motivo que fuese, los zelotas no cumplieron contra mi madre la amenaza que habían proferido. Hasta en su infectado corazón debieron pensar que ya la habían ultrajado demasiado. Sin embargo, mi padre siempre nos achacó a mi madre y a mí la ignominia que había caído sobre la familia. Nos dejó de hablar, salía de la habitación en la que entrábamos cualquiera de los dos y jamás volvió a mirarnos a los ojos. En el pueblo pasé, de ser el jefe indiscutible en todos los juegos, a ser un proscrito al que nadie saludaba. A mi madre, cada vez que se cruzaba con alguien del pueblo, le escupían en la cara la palabra: ¡Impura! Pero jamás vi en sus ojos una mirada de reproche y siempre encontré en ella una ternura inalterable hacia mí.

Por mi parte, tomé una decisión. Escrutaría las Escrituras para descubrir el tiempo en que había de venir el Ungido vengador. El rabino del pueblo, hombre bondadoso, se avino a enseñármelas. Fui un buen alumno y, a los diecisiete años, me las sabía casi de memoria, junto con algunas de las múltiples interpretaciones que habían dado los grandes maestros después de la destrucción del Templo de Salomón. Fueron dos años duros, en los que sólo el afán de conocer las Escrituras me mantuvo a flote. Llegó el momento en el que el buen rabino de Modín no podía enseñarme más. Sólo en las escuelas de escribas podían aportarme más conocimientos. Pero para entrar en las escuelas de escribas, en especial en la de Ierushalom, a la que yo quería ir, había que pasar un difícil proceso. No se trataba solamente de un examen de las escrituras, que yo hubiese pasado con creces. Había que acreditar pertenecer a una de las familias de Israel desde hacía más de diez generaciones y que no hubiese en la familia ninguna mancha de impureza. Lo primero tampoco era problemático. Mi familia podía seguirse fehacientemente hasta mucho más atrás de los tiempos de Matatías, casi hasta destrucción del primer Templo. Pero los escribas investigaron todo y decidieron que la violación de mi madre, la humillación de mi padre y mis treinta y nueve latigazos eran impurezas que no podían manchar el buen nombre de un escriba. Éramos una familia deshonrada, de forma que, también públicamente, se anunció que había sido rechazado como alumno de la escuela de escribas de Ierushalom y de cualquier otra a la pretendiese ir.

Esto era más de lo que mi padre podía soportar y fui fulminantemente expulsado de mi casa. Decidí quedarme en Modín, en parte por obstinación, pero, sobre todo, para no dejar sola a mi madre. Pero la verdad es que sobrevivir en mi pueblo era misión imposible. De forma que, tras unas lunas en los que sólo me alimentaba de lo poco que mi madre podía escamotear de casa de mi padre, me tuve que ir.

Y, a dónde me iba a ir, sino a Ierushalom, la gran ciudad. Menos mendigar, hice de todo. Primero intenté ganarme la vida honestamente, pero en Judá no hay cerdos que alimentar. Trabajaba a salto de mata, un día sí y diez no, con lo que apenas me alcanzaba para subsistir. Por fin un día encontré un trabajo fijo. Me contrató un usurero para intimidar a los morosos que no le pagaban a tiempo. Al principio eran sólo miradas intimidantes, amenazas verbales. Después vino el siguiente paso. Matar al buey o al asno del deudor, cortándole la cabeza y dejándola en el umbral de su puerta. Un día ocurrió lo inevitable: Mi jefe me ordenó que diese una paliza a uno de sus deudores más morosos. Me negué y fui fulminantemente despedido. Por supuesto, no me pagó nada de mis últimas semanas de trabajo, que el usurero se guardaba como “garantía”. Volví al trabajo a salto de mata y al hambre. Así sobreviví, si a eso se le puede llamar sobrevivir, durante cuatro largos años.

Cierto día en que pasaba por delante de la fortaleza Antonia, un soldado romano que salía de ella, me llamó.

- ¡Eh, tú! Pareces fuerte y duro. ¿Querrías ser cobrador de impuestos de Roma?

¿Yo? ¿Cobrador de impuestos de los ocupantes? Antes la muerte. Pasé de largo lo más rápido que pude sin contestar. Pero durante ese día y el siguiente, la idea no se me quitaba de la cabeza. Un trabajo seguro. Adiós al hambre. ¿Un trabajo infame? ¿Hay algo más infame que el hambre? Además, ¡por probar…! Sólo unos años, lo justo para ahorrar un poco. Nadie tiene por qué enterarse. Así que, al día siguiente, me pasé por delante de la fortaleza, conté lo que me había dicho el legionario el día anterior y supliqué que me admitiesen como recaudador. Llamaron al legionario reclutador que al verme me dijo con una ironía hiriente:

- De modo que nuestro digno judío está aquí, suplicando lo que ayer despreció. Bueno, pues no sé si ahora me interesas. Pásate dentro de tres o cuatro días y veremos.

Me fui indignado, pero conté los días y, al tercero, muy de mañana, me presenté en la fortaleza. Allí estaba el legionario.

- Pues mira, judío –me dijo, arrastrando la palabra judío con infinito desprecio–, ya no hay plaza para ti. Pero un recaudador del Offel que tiene auténticos problemas, necesita un guardaespaldas realmente fuerte. Ve a hablar con él. Se llama Abdías. Vive cerca de aquí, en el barrio alto de Ierushalom.

El Offel es el barrio bajo de Ierushalom. Está situado en lo que antaño fuese la ciudad de David, en lo que en esos tiempos se llamaba el monte Sión. El antiguo monte Sión era, efectivamente, un monte si de miraba desde el sur, este u oeste. Al este está el valle del torrente Cedrón, el valle de Josafat, donde tendrá lugar el juicio del fin de los tiempos y donde se producirá la resurrección final de los justos. Al oeste se encuentra el valle Hinnón o de la Gehena, en el que antaño los cananeos ofrecían a sus hijos en sacrificio de fuego a su sanguinario dios. Allí estará el infierno de llamas inextinguibles al que los judíos creen que irán los impuros. Yo, en esa época, me veía irremediablemente condenado a acabar allí, porque había sido repudiado como escriba y no me creía capaz, ni tampoco quería, de cumplir todas las prescripciones de pureza de la Ley. Al sur del antiguo monte Sión se unen los dos valles. La antigua Salem de los jebuseos, sobre el Sión, era inexpugnable por estos tres sitios, pero por el norte estaba dominada por el monte Moria. Se había construido allí, a pesar de ese punto débil, porque era necesario abastecer de agua a la ciudad desde un manantial, el Guijón, que brotaba en la parte alta del valle del Cedrón, más alta que Sión pero más baja que el Moria, a donde no podía llegar su agua. Desde ahí fue conquistada por David. Salomón, el hijo de David, construyó el Templo en el Moria. Muchos y muy importantes y extraordinarios acontecimientos ocurrieron en el Moira antes de la construcción del Templo. Cerca de él murió y fue sepultado Adán. Desde él se elevó uno de los pilares del arco de la alianza de siete colores con el que Dios estableció su pacto con Noé tras el diluvio. Allí el ángel de YeHoVaH paró el brazo de Abraham cuando estaba a punto de sacrificar a su hijo Isaac. Allí se detuvo el ángel exterminador con el que Dios castigó a Israel por la presunción de David. La oración del rey desde Sión, viéndolo llegar por el norte, hizo aplacarse la cólera de YeHoVaH. Para abastecer el Templo de agua, Salomón hizo construir unos enormes aljibes en los que almacenar el agua de lluvia. Se conocían con el nombre de la piscina probática o de las ovejas, porque allí se lavaban las reses destinadas a ser sacrificadas en el Templo. Tras la destrucción del Templo por Nabucodonosor y la liberación del exilio de Babilonia, Zorobabel construyó el segundo Templo, mucho más modesto que el primero. Pero Herodes, hace tan sólo cincuenta y ocho años inició la inmensa obra de engrandecimiento del Templo para que fuese el esplendor del mundo para judíos y gentiles. En esos días estaba prácticamente recién terminado. Para ello se había tenido que agrandar la extensión del Moria con unos poderosos contrafuertes, por lo que el antiguo monte Sión, del que se había sacado tierra para rellenar la explanada, se había quedado como un enano mutilado a la sombra del muro sur de la explanada del Templo. Así, el Offel, al pie del contrafuerte sur del Templo, había quedado reducido a un barrio sombrío donde vivían artesanos humildes. De día era un zoco populoso y abigarrado, por el que pululaban todo tipo de ladrones a la caza de rapiñas. De noche era un foco de delincuencia donde los salteadores acechaban al último artesano en levantar su puesto o al primero en abrirlo y, entre medias, al abrigo de la oscuridad, a cualquier incauto que se aventurase en él. De día o de noche, era el sitio más peligroso de Ierushalom. Hacía algunos siglos que los judíos habían empezado a llamar el monte Sión a otra colina, situada al oeste del Moria y más alta que éste. Allí estaba el llamado barrio alto, donde vivía la gente acaudalada de la ciudad. Allí me fui a buscar a Abdías y esperé a su puerta hasta la caída de la tarde. Venía sudoroso y de muy mal humor remontando la empinada cuesta que llevaba del Offel al barrio alto.

- Recaudar impuestos en el Offel es una tortura –comentaba airado para sí, escoltado por sus dos matones.

Uno de ellos tenía una brecha en la cabeza. Parecía como si se la hubiera hecho hacía unas horas y la sangre, recién coagulada, formaba, junto con el polvo y el sudor, una costra blanda y pastosa que se apelmazaba con el pelo. Los guardaespaldas ni siquiera contestaron. El recaudador seguía hablando consigo mismo.

- Hace unas lunas mataron a uno de mis guardaespaldas y yo mismo puede escapar por los pelos a una revuelta y hoy casi pasa lo mismo, necesitaría a alguien más contundente que estos inútiles –dijo, mientras los miraba con desprecio.

- ¿Te sirvo yo? –le pregunté estirándome lo máximo posible.

- Podrías servirme... podrías servirme –me dijo taimadamente mientras me escrutaba de cabeza a pies.

Leí en sus ojos la aprobación. A pesar del hambre, yo era un joven de veintiún años, alto como un ciprés del Líbano, fuerte como un elefante cartaginés y ágil como una pantera nubia. Mi ceja rota y mi nariz partida me daban un aire terrible. Mi único testículo útil parecía segregar suficientes hormonas como para darme un aspecto de oso salvaje. Pero inmediatamente sus párpados se cerraron en una rendija por la que se leía la avaricia.

- Naturalmente, el sueldo no será muy grande, digamos... tres denarios a la semana, porque no tienes experiencia en estas lides. Te descontaré un denario por la alimentación y, claro está, te retendré doce semanas como garantía. ¿Qué te parece?

Me parecía un auténtico robo pero, ¿qué podía hacer? Era un sueldo seguro, incluía comida y, sobre todo, era mi única oportunidad. Acepté.

En los años que estuve con Abdías, no hubo bajeza que no le viese cometer. Por supuesto, aumentaba desmesuradamente las cantidades que debía recaudar, aceptaba pago en especie en la forma de abuso sexual con las hijas o mujeres de aquellos desgraciados que no podían satisfacer sus exigencias dinerarias. Cuando se cansaba de ellas, las vendía como esclavas para cobrarse por adelantado lo que quería y, si eso no le parecía suficiente, subastaba todas las pertenencias del desgraciado. En todas esas ocasiones, mi obligación era la de protegerle. Y, a fe que lo hice bien. Disolví a palos innumerables revueltas y asaltos, delaté a los romanos, con mentira, a los sospechosos, desbaraté varios intentos de asesinato y más de uno acabó en la cruz por ello. Sin embargo, en mi fuero interno le odiaba con toda mi alma y, una vez, estuve a punto de estrangularle con mis manos mientras dormía. Me juraba a mí mismo que, si algún día era recaudador, sería un recaudador honesto.

Periódicamente, varias veces al año, iba a Modín. Bueno, no iba a Modín, sino al pueblo de al lado. Llevaba un poco de dinero para mi madre, pero ella no quería aceptarlo. Decía que, aunque la despreciaba, mi padre la mantenía y no pasaba ninguna necesidad material. Él se enteraba de mi presencia –era un secreto a voces para todo el pueblo–, pero no hacía el más mínimo intento de verme. Simplemente, hacía como si lo ignorase, haciendo la vista gorda de las visitas de mi madre al pueblo vecino. Pero después de un año más o menos de trabajar para Abdías, mi padre se enteró de mi oficio de matón a sueldo de publicanos. En mi cuarta visita, cuando mi madre acababa de entrar discretamente en la habitación de la posada en la que me hospedaba, apareció mi padre. La emprendió a palos conmigo. Quiso también pegar a mi madre, pero me interpuse, agarrándole el bastón y le dije mirándole a los ojos con una mirada en la que debía arder el odio más tórrido.

- Como maltrates de la más mínima forma a mi madre, con estas manos –y le puse las manos, enormes, delante de los ojos mientras con una de ellas agarraba el bastón como si fuese una brizna de paja–, con estas manos –repetí–, te estrangulo.

Soltó el bastón y, por un instante, dudó si abalanzarse sobre mí, pero el palmo que le sacaba, mi juventud, su incipiente vejez y, creo, el odio que vio en mis ojos, le hicieron desistir. Si me hubiese atacado creo que le hubiese matado a palos. En vez de atacarme, me señaló con un índice nudoso como una rama de olivo, mientras su boca vomitaba su maldición:

- Que las brasas del infierno se amontonen sobre tu cabeza, que ardas en la gehena por toda la eternidad, que ni la tierra ni el cielo te den cobijo, que no tengas por amigos ni a los alacranes del desierto y que el día del juicio, tu castigo sea mayor que el de todos los habitantes de Sodoma y Gomorra juntos.

Su boca echaba una saliva espesa y sus ojos parecían dos ascuas como las que quería que se amontonasen sobre mi cabeza. Mi madre gritaba de terror y lloraba con gemidos que aún hoy hieren mis oídos más que la maldición de mi padre. Salió de la habitación y mi madre, tras dirigirme una mirada de lástima como la que se lanza a un perro que va a ser matado a palos, se fue tras él. Yo salí corriendo y no me detuve hasta llegar a Ierushalom. Sólo de vez en cuando me paraba para descargar mi cólera dando patadas a las rocas, destrozándome los pies.

Pasé, en total, más de cinco años con Abdías, llegando a ser su mano derecha. En ese tiempo envié cientos de cartas a mi madre de las que jamás obtuve respuesta. Estoy seguro de que mi padre las interceptaba. De cuando en cuando mandaba a alguien para que me informase de su salud y siempre recibía noticias tranquilizadoras. Pero un día, el legionario responsable del reclutamiento de publicanos, me vino a ver y me propuso ser recaudador en un pequeño pueblo de pescadores del mar de Galilea; Cafarnaum. Me sonaba vagamente el nombre.

- No hay mucho que ganar –me dijo– porque fuera de unas cuantas barcas de pesca, el pueblo no tiene más riqueza. Pero tú conoces bien el oficio y seguro que eres capaz de sacar una buena tajada. ¿Te interesa?

Me interesaba. No podía soportar más a Abdías. Si no le había matado era porque me daba asco ensuciarme las manos con él. Así que acepté. Llevo aquí catorce años. En total, diecinueve años sin ver a mi madre y catorce en los que no he sabido absolutamente nada de ella, en los que he intentado inútilmente olvidar mi pasado. Años en los que he aprovechado, sin embargo, para identificar a los zelotas que ultrajaron a mi familia y urdir un plan de venganza para acabar con todos ellos. Hace doce, me enteré de que Abdías había sido asesinado. Me alegré. Pero si un día pensé que iba a ser un recaudador honesto, pronto se me pasó la tentación. He hecho casi de una en una todas las bajezas que he visto hacer a Abdías. Algunas de ellas sin necesidad, porque, si bien Cafarnaum es más pobre que el popular barrio del Offel en Ierushalom, también es menos violento y no hay necesidad de tanta dureza para garantizar mi seguridad. Sólo de una bajeza me he librado. La primera vez que intenté cobrar en especie sexual abusando de la hija de un insolvente, casi una niña, vomité. Nunca más lo he intentado. Fuera de eso, no he sido mucho mejor que mi antiguo jefe.

Me callé. Casi se me había olvidado que estaba hablando con Jesús. Cuando terminé la historia de mi vida, levanté la vista y mis ojos se encontraron con los suyos. No había reproches. Sólo una infinita compasión. Y una pregunta:

- ¿Le has perdonado?

No me cupo duda, aunque la última persona de la que había hablado en mis recuerdos era de Abdías, de que Jesús se refería a mi padre. No contesté. Bajé la vista. No, no le había perdonado.

Tras un rato de silencio, me volvió a preguntar:

- ¿Y a ellos?

- ¿A ellos? –levanté los ojos y los clavé, llenos de odio en los dos océanos de misericordia que tenía delante–. A ellos los mataría de uno en uno arrancándoles las entrañas con mis propias manos para echárselas a los perros.

Entonces, mirándome a los ojos con un amor imposible de expresar con palabras me contó un relato de un rey que perdonó una deuda fabulosa a uno de sus súbditos y contempló cómo, nada más salir de su audiencia, ese miserable acogotaba a un colega suyo para que le pagase unos denarios. Después, me abrazó. Noté las palmas de sus manos, muy abiertas, presionándome la espalda. Recordé el abrazo de Pedro mientras me decía “Leví, Leví, hermano, hermano”, en la cena. Pedro, a quién yo había llevado al borde de la ruina con mis abusos. Volví a ver mi vida y tuve asco. Pero de sus manos salía un calor que me inundaba por completo de paz y mi asco por mí mismo se iba transformando en aceptación, como si mi miseria se fuese alejando de mí para pertenecer a otro mundo, hundiéndose en un mar de bondad. Al mismo tiempo, el odio se disolvía como un azucarillo en agua caliente. No sé cuánto tiempo duro este abrazo infinito, pero cuando me soltó, me cogió por los hombros me alejó de él la distancia de sus brazos y clavó su mirada suplicante en mis pupilas. No pude resistirla. Bajé los ojos y le dije:

- Sí, Elohim –la palabra Elohim debida en las Escrituras únicamente a YeHoVaH, salió de mí como algo natural, aunque mi memoria se sorprendiese de que mi corazón la hubiese usado–, creo que les he perdonado a ellos y a mi padre, pero ayuda a mi odio a disolverse.

- Conviene que así sea –me dijo– porque si no, yo tampoco podría perdonarte.

En ese momento, sentí que yo también era perdonado por los miles de personas a las que había ultrajado desde que entré al servicio de Abdías.

- El odio –continuó– es un veneno ponzoñoso que corroe el alma. Sólo el perdón puede contrarrestarlo y limpiarnos. Ahora –me dijo levantándome la cara y poniéndome las dos manos sobre mi cabeza–, descansa en mi paz. Ahora sí te puedo llamar, de verdad, Mattaj, ahora sí vas a ser un don de Dios, ahora sí, tus pecados te son perdonados.

Otra vez noté el cálido fluido pasar de sus manos a mi cabeza. Me tumbé en el jergón. Apenas pude ver cómo él salía de la habitación antes de quedarme dormido, pero me dio tiempo a pensar: Es bueno haber contado esto a un hombre. ¿Cómo, si no, hubiese podido sentirme perdonado por todos aquellos seres humanos a los que he hecho tanto daño? Tal vez, algún día, otros me cuenten a mí sus pecados. Tal vez un día yo pueda ser otro Jesús. Y caí en un profundo sueño.

En ese sueño diurno, soñé con mi padre y con mi madre. Pero no fue el terrible sueño de la escena de la maldición, que me despertaba todas las noches bañado en sudor. Vi a mi padre en su lecho de muerte, en brazos de mi madre, con la angustia y el miedo pintados en su rostro, llorando y pidiéndole su perdón.

- ¿Cómo podrás perdonarme, Susana –decía entre sollozos–, todo el mal que te he hecho? ¿Cómo podré pedirle perdón a Leví, nuestro pequeño, al que he destrozado la vida? No sé ni donde está. Tal vez esté muerto y mi maldición haya caído sobre él. ¡Qué horror, Susana!, ¿cómo puedo presentarme así al juicio de YeHoVaH?

- Yo ya te he perdonado, Alfeo, ya te he perdonado –le dijo mi madre con suavidad mientras apretaba tiernamente su cabeza contra su pecho–. Te perdoné hace años. Sólo esperaba que me lo pidieses con sincero corazón. Y mi corazón de madre me dice, con una certidumbre que no sabría explicar, que Leví vive y que también te ha perdonado. No tengas miedo al juicio de YeHoVaH. Algo me dice, también con la misma certidumbre, que su misericordia es infinitamente más grande de lo que nuestro corazón pueda soñar. Su perdón es siempre superior al nuestro y si tú has pedido perdón a tu hijo desde aquí, Él inclina su oído, lo oye y te perdona también por él.

Vi como las facciones de mi padre se distendían y su ceño se relajaba. Su mueca de desesperación se transformó en un semblante de paz. Me acerqué y los abracé a ambos. Sólo era un sueño, pero era más real que la realidad misma. Realmente, les abracé. Mi padre exhalaba en paz su último suspiro en brazos de mi madre y supe que todo eso estaba realmente ocurriendo en ese momento y, también, que no hubiese muerto en paz si yo no le hubiese perdonado y abrazado hace unos instantes. También vi que ese triángulo de perdón –mi padre, mi madre y yo– pasaba a través de las manos de Jesús. Ya no soñé más.