4 de febrero de 2023

¿Debe el estado ser el vigilante de las empresas?

Cada vez me ocurre con mayor frecuencia encontrarme discutiendo sobre la conveniencia de que el estado sea el vigilante de las empresas. Y, también con frecuencia creciente me encuentro con posturas que abogan por que el estado controle a las empresas. Y estas posturas, cada vez más extendidas no proceden de personas con ideas de izquierda, sino de personas que desconfían profundamente de la ideología de izquierdas y se calificarían, sin dudar, de derecha o, a lo sumo, de centro derecha.

Para empezar a tratar este tema quiero señalar una flagrante asimetría que habita inoculada en la mente de la inmensa mayoría de las personas del mundo occidental (y probablemente de todo el mundo). Es la siguiente: Primero se considera a una mala empresa que hace cosas malas que, desde luego, las hay. Después se generaliza el comportamiento de estas empresas a la totalidad. Ahora bien, para evitar caer en la ideología deberíamos contrastar esto con la realidad. Al menos en la realidad que yo conozco, la mayoría de las empresas tienen un comportamiento ciudadano (aunque sean personas jurídicas) tan bueno como el de la mayoría de los ciudadanos y mejor que muchos. Es más, hay muchas empresas que en sus códigos de conducta (que se respetan mucho más de lo que normalmente se dice cuando se desprecian), procuran desterrar comportamientos contrarios al bien. Más aún existen cada vez más las llamadas “empresas con propósito” que específicamente definen su propósito mucho más allá de la generación de beneficio a cualquier costa. Y también ese intento de muchas de esas empresas es sincero y se busca controlar que se logre el propósito. Hablo de esto porque en diversas empresas que conozco bien, esto es una realidad. Entre otras cosas porque es una manera de atraer el talento, que hoy día es la primera ventaja competitiva de cualquier empresa. En el otro platillo de la balanza, se sitúa a un estado ideal, casi angélico, a menudo deificado, que no existe en la realidad.

Y, claro, bajo estas premisas (falsas) se llega a una conclusión (también falsa): El estado debe regular a las empresas para evitar sus comportamientos perversos.

Por supuesto, no estoy en absoluto en contra de un estado que legisle para que la sociedad en general destierre muchos de los comportamientos perversos de sus ciudadanos, personas jurídicas incluidas. Esto es la legislación ordinaria y, en la medida que sea justa, debe ser cumplida por todos, empresas incluidas. De lo que estoy en contra es de una legislación/regulación paralela a la legislación ordinaria destinada a regular/controlar/intervenir en las empresas y en los mercados. Estas legislaciones paralelas suelen derivar en una jungla normativa, plagada de contradicciones, a menudo imposible de cumplir, que ralentiza, cuando no llega a paralizar, la acción de la empresa.

Santo Tomás de Aquino, en la parte segunda de su Suma Teológica, cuando habla de la Ley divina y de las leyes humanas, dice algo realmente sabio (como todo lo que dice). Sin citar textualmente ni señalar el lugar exacto en el que lo dice (podría hacerlo, si tuviese un poco más de tiempo) la idea es la siguiente:

Las leyes humanas no pueden prohibir nada de lo que sea bueno según la Ley divina. Pero tampoco puede prohibir todo lo que es malo según esa Ley divina. La razón de esto estriba en que si intentase prohibir todo lo que es malo según la Ley divina –se supone que intentando buscar un bien– se produciría un mal mayor que el bien que se pretendiese conseguir. Realmente sabio, sí señor. Algo muy similar acaba pasando cuando el estado intenta evitar todas las malas prácticas de las empresas que, insisto, son excepciones más que lo normal. Más aún, santo Tomás afirma que ni siquiera la ley divina, ¡divina!, ni siquiera ésta, debe prohibir todas las conductas que no sean buenas. Cuánto más si el autor de la ley es el estado, del que hablaré dentro de un rato. Como he dicho antes, ¡por favor!, basta con la legislación ordinaria, dando ésta por buena, lo que es mucho decir.

Considero las posiciones ideológicas como algo que se debe tratar de evitar a toda costa. Esto no quiere decir, ni remotamente, que todas las ideas valgan lo mismo. Eso sería una aberración todavía peor que el dogmatismo ideológico. Una ideología es un conjunto de ideas que se realimentan a sí mismas desconectándose de la realidad cuando ésta desmiente ese conjunto de ideas y las demuestra falsas. Por ejemplo, la ideología comunista es inmune al hecho de sus repetitivos fracasos en absolutamente todos los países en los que se ha implantado. Con las ideologías es imposible razonar, porque su cerrazón a la realidad es total. Como tituló Goya algunas de sus pinturas, “El sueño de la razón produce monstruos. Pues bien, para evitar que estas ideas mías degeneren en ideología, las confronto con la realidad. Naturalmente, mi percepción de la realidad puede ser distinta de la de otros, por eso expongo sus líneas muy, muy, generales, a vuelo de pájaro, para que puedan ser contestadas.

Cuando miro el mundo y veo lo que me gusta, anoto en el haber, entre otras cosas, pero de forma muy destacada, la prosperidad[1]. La prosperidad no ha parado de crecer de forma exponencial allí donde existe un sistema de libre empresa. Es difícil, si no imposible, negar esto si se compara el mundo de hace 200 años con el de ahora. Y tampoco creo que haya nadie que no le parezca buena esta prosperidad. Y, si le parece mala, deberá explicar por qué se aprovecha de ella en vez de vivir como un anacoreta. Creo que caben pocas dudas, si cabe alguna, de que esta prosperidad se la debemos al sistema de libre empresa.

Sin embargo, en el debe de lo que veo en el mundo, están leyes como el aborto, la eutanasia, las leyes de ideología de género, etc., etc., etc. Estas leyes existen, más o menos desarrolladas, en todos los países. En España, para más INRI, tenemos la de memoria democrática. Si además de mirar la legislación ordinaria, le echo un vistazo a la regulación/intervención del estado, me encuentro con la inflación monetaria, el sobreendeudamiento de todos los estados, los impuestos paralizantes (esto debería ponerlo en el debe de la legislación ordinaria), las quiebras de las cajas de ahorro (que no de los bancos), en España, el problema del precio de la energía (véase déficit de tarifa, o el veto a la energía nuclear, por ejemplo, pero hay otros), la subvención a tecnologías inmaduras, las licencias de taxis, etc., etc., etc. Y creo que esto se lo debemos al estado.

A la vista de esto, la pregunta es evidente. ¿Realmente es el estado quien debe controlar los mercados y las empresas? La respuesta, para mí es un rotundo NO. Sí creo, sin embargo, que hay un tipo de regulación estatal necesaria. Pero aún esta regulación debe mantenerse “short and simple[2]”. Se trata de garantizar, precisamente, que los mercados libres sean realmente mercados libres. Es decir, transparencia y simetría en la información y prohibición de los privilegios de mercado. Poco más.

Si los mercados son realmente libres y transparentes, regularán la actividad empresarial muchísimo mejor que el estado. Sin alcanzar la perfección, por supuesto. Con errores, por supuesto. Con acciones no deseables de cuando en cuando, por supuesto. Pero mejor que el estado. Porque los errores y maldades de los estados tienen importantes diferencias con los de las empresas. En primer lugar, cuando una empresa –o cualquier otro agente del mercado– se equivoca o actúa de forma indebida, lo hace ella sola y es ella quien sufre las consecuencias de sus acciones y las enmienda. Por supuesto, no siempre tiene lugar este mecanismo, pero sí habitualmente. En cambio, cuando el estado se equivoca afecta a todo el país, no sufre en sus carnes las consecuencias –para sufrirlas están los ciudadanos– y no aparecen por tanto acciones correctivas, sino que se empecina en el error. Además, atribuir al estado la sabiduría y la bondad para encontrar la forma de corregir las conductas inapropiadas del mercado o de las empresas es sencillamente no tomar en cuenta quienes son los que lo dirigen. A menudo son gente mediocre, que no tiene ni la formación ni la experiencia para hacerlo bien y cuyos intereses, demasiado a menudo, son electoralistas o de aprobación de la opinión pública. Así, cuando el estado “corrige” un problema mediático, casi siempre genera otros problemas mayores, bajo la línea de visión de la sociedad, que no le importan. Y cuando esos problemas invisibles se manifiestan de forma ubicua, intenta nuevas medidas correctoras, nuevas medidas correctoras, nuevas regulaciones, que nunca pasan por volver al origen y que generan nuevos problemas que, a su vez… y así acabamos en la tela de araña paralizante de un sobredimensionado, contradictorio e inútil marco normativo.

Continuamente me pregunto de qué raíces se nutre esta generalizada asimetría de juicio entre empresas y estado que anida en lo profundo de la cabeza de la mayoría de la gente. Y jamás encontraré una pregunta totalmente convincente. Pero sí que se me ocurren algunas ideas, ninguna concluyente, incompletas aún en su conjunto, pero creo que bien encaminadas. Las desgrano a continuación por orden aleatorio, no de importancia.

 

-    El recuerdo, mal interpretado, del llamado “capitalismo salvaje” del siglo XIX. Efectivamente, los primeros decenios del capitalismo manchesteriano inglés (por llamarlo de alguna manera) fueron terribles. Sin embargo, la triste situación de aquellos proletarios no era peor que la que tenían antes de emigrar del campo hacia las ciudades fabriles inglesas. De hecho, eran mucho mejores. En el campo, cuando había una hambruna la gente moría masivamente de hambre, vivían sin abrigo –o con muy escaso abrigo– contra las inclemencias del tiempo, las jornadas eran agotadoras cuando había trabajo y sólo lo había durante una parte del año y el resto la miseria era espantosa, por supuesto, trabajaban hombres, mujeres y niños. Lo que pasaba es que su sufrimiento estaba bajo la línea de visión social y disperso. Al llegar el trabajo fabril en las ciudades, la miseria, siendo menor, era visible y estaba reunida. Aparecieron los primeros movimientos obreros y el marxismo supo sacar buena renta de esa miseria. Pero la gente no iba del campo a la ciudad porque les obligasen –como en las grandes migraciones masivas obligadas bajo pena de muerte por Stalin– sino porque, con todo, las condiciones en la ciudad eran mejores y se producía un efecto llamada.

 

-    Una Doctrina Social de la Iglesia que, temerosa de que las masas obreras se fueran de la Iglesia, aún condenando el marxismo, daba una de cal y otra de arena al sistema capitalista, aunque no lo condenase. Véase una buena muestra de la asimetría de que hablaba más arriba.


De los empresarios se dice: “… es urgente proveer de la manera oportuna al bien de las gentes de condición humilde, pues es mayoría la que se debate indecorosamente en una situación miserable y calamitosa […] fue insensiblemente entregando a los obreros, aislados e indefensos, a la inhumanidad de los empresarios y a la desenfrenada codicia de los competidores. Hizo aumentar el mal la voraz usura, que, reiteradamente condenada por la autoridad de la Iglesia, es practicada, no obstante, por hombres codiciosos y avaros bajo una apariencia distinta. Añádase a esto que no sólo la contratación del trabajo, sino también las relaciones comerciales de toda índole, se hallan sometidas al poder de unos pocos, hasta el punto de que un número sumamente reducido de opulentos y adinerados ha impuesto poco menos que el yugo de la esclavitud a una muchedumbre infinita de proletarios”. (Rerum Novarum. 1) Ahí tenemos a la empresa y al empresario, generalizado como perverso.

 

Frente a este perverso empresario, aparece la figura del estado ideal: “Queda ahora por investigar qué parte de ayuda puede esperarse del Estado. Entendemos aquí por Estado no el que de hecho tiene tal o cual pueblo, sino el que pide la recta razón de conformidad con la naturaleza, por un lado, y aprueban, por otro, las enseñanzas de la sabiduría divina, que Nos mismo hemos expuesto concretamente en la encíclica sobre la constitución cristiana de las naciones”. (Rerum Novarum. 23)

 

¿Quién no querría ser regido por un estado así frente a unos empresarios como los del primer párrafo? El problema está en que ni todos los empresarios son así ni ese estado ideal existe, ha existido ni existirá. Pero el camino estaba marcado y casi toda la DSI se verá plagada, hasta nuestros días, de este sesgo más o menos drástico[3].

 

-    La propaganda comunista gramsciana que ha sabido explotar de manera eficientísima esta imagen del “capitalismo salvaje”, el empresario sin ética ni escrúpulos y el estado magnánimo, bienhechor y angélico, casi elevado al rango divino.

 

-    El buenismo imperante, consecuencia de un deterioro filosófico que sería largo de describir aquí (pero del que tengo cosas escritas), pero que ha llevado a la mayor parte de las personas a dar prioridad a los sentimientos sobre la razón en la percepción de la idea del mundo.

Ninguno estamos libres de que todas estas corrientes –y otras muchas que no se me ocurren ahora– vayan colonizando subrepticiamente la mente de todos. Se me vienen a la cabeza unos versos del cantautor-poeta argentino Jorge Cafrune:

“La vanidad es yuyo malo

que envenena toda huerta.

Es preciso estar alerta

manejando el azadón,

pero no falta el varón

que la siembra hasta en su puerta”.

 

Esto que Cafrune dice sobre la vanidad es muy cierto. Pero no lo es menos si nos referimos a la concepción de la relación empresa-estado.



[1] La palabra prosperidad la empleo en un sentido muy amplio, no solo material, sino también cultural, educativo, etc.

[2] Hago alusión a un dicho americano que dice “Keep it short and simple, stupid”.

[3] Creo que debo aclarar que soy católico, amo a la Iglesia y la considero Madre y Maestra. Por tanto, es con mucho dolor como digo esto. También digo que en la DSI hay elementos luminosos. Tanto más cuanto más se acercan a decir al ser humano cuál debe ser su actitud y comportamiento como hombres de buena voluntad, sea el papel que tienen en la sociedad. Cuando habla así, a la conducta del hombre, está en el núcleo en el que su magisterio debe estar. Cuando habla de sistemas económicos, en cambio, está hablando de cosas que caen fuera de su ámbito de actuación como Maestra y es, por lo tanto, lícito para un cristiano disentir de lo que dice.

2 comentarios:

  1. Simple aclaración, los versos pertenecen a Atahualpa Yupanqui en su obra “Coplas del payador perseguido”

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