8 de diciembre de 2020

La inmaculada concepción de María y la anunciación/encarnación

En el año 1998 publiqué mi primer libro, “El Señor del azar”, desgraciadamente ya agotado en editorial (pero al que esté interesado le mandaré una copia en Word). Respondió a un reto que me hizo cinco años antes un amigo mío diciéndome que no entendía cómo podía tener fe y, al mismo tiempo, tener una visión del mundo acorde con la ciencia actual. Le dije que no sólo una cosa no me impedía la otra sino que me parecía una doble visión enriquecedora, como podría ser oír una sinfonía de Beethoven en stereo (si le hubiese contestado hoy me hubiese referido a la visión esteereoscópica que nos permite ver una película en 3D) y que se lo iba a explicar escribiendo algo al respecto. Esperaba que ese “algo” me llevase unas semanas, pero me fui adentrando en muchas cosas y esas semanas se transformaron en cinco años. Es uno de los trabajos de los que me siento más orgulloso en la vida.

Dado que hoy los católicos celebramos la Inmaculada Concepción de María, envío lo que escribí en ese libro al respecto. El texto no habla de la Inmaculada Concepción más que en su primer párrafo, pero esa Inmaculada Concepción fue el disparo de salida de la Anunciación/Encarnación, del nacimiento de Jesús y de la historia de la salvación. No me resisto a enviarla hoy, en el día que celebramos el arranque de todo. 

***

Así pues, llegado el momento adecuado de la historia, fue concebida una niña en un pequeño rincón del mundo y le fue asignada una de las dos almas libres de pecado original. La niña creció, se hizo mujer, y llegó el momento de plantearle la gran cuestión. ¿Querría participar en el Plan de Dios y concebir milagrosamente al Salvador anunciado por el Antiguo Testamento? Desde luego, María, como buena judía que era, debía conocer de memoria, por imperativos de su propia religión, todos los libros de la Ley judía, que son, salvo algunas excepciones, que los que forman lo que llamamos el Antiguo Testamento. Por lo tanto, cuando le fue planteada la cuestión, ella sabía lo que se le estaba proponiendo. El Evangelio de san Lucas nos dice que fue el Arcángel Gabriel el que se la planteó. Veinte siglos de repetición de la historia, de arte y de sensiblería, nos ocultan la crudeza del tema. Imagínese el lector a una pobre jovencita aldeana, que ha decidido llevar una vida sencilla dedicada a la contemplación y a la oración, desposada, pero todavía no casada, con un hombre con el que había llegado al acuerdo de no tener ninguna relación sexual. En un instante, una aparición que no debía tener nada de tranquilizadora le pregunta, de un solo golpe, si quiere ser madre del Rey Mesías, del Hijo del Hombre, del Siervo Sufriente y del mismo Dios. Todos los profetas del Antiguo Testamento, Moisés, Jeremías o Jonás, por poner algunos ejemplos, aceptan su elección como una pesada carga de la que en repetidas ocasiones se lamentan amargamente. Y debían ser hombres curtidos. Qué losa debió caer sobre esa pobre muchacha. Y sin embargo, a ella solo se le ocurre una pregunta. "¿Cómo ha de ser eso si no conozco varón?" A lo que se le responde que no es necesario, que su desposado, y cualquier otro hombre, será ajeno a todo. Supongo que por mucha que fuese la ingenuidad de esa pobre chica, no se le ocultarían los enormes problemas que podría tener. Aunque la lapidación de las adúlteras era una ley que había caído en desuso hacía tiempo, el panorama no debía ser nada tranquilizador. Y sin embargo, sin preguntar más, con una sencillez que causa más asombro cuanto más se reflexiona, ella no responde nada más ni nada menos que: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra". Compárese esta sencilla respuesta con la opinión que le merece a Jeremías la responsabilidad de haber sido elegido por Yavé como su heraldo. "Maldito el día en que nací; el día en que mi madre me parió no sea bendito. Maldito el hombre que alegre anunció a mi padre: << Te ha nacido un hijo varón>>, llenandole de gozo. Sea ese hombre como las ciudades que Yavé destruyó sin compasión, donde por la mañana se oyen gritos, y al mediodía alaridos. ¿Por qué no me mató en el seno materno, y hubiera sido mi madre mi sepulcro, y yo preñez eterna de sus entrañas? ¿Por qué salí del seno materno para no ver sino trabajo y dolor y acabar mis días en la afrenta?" Jeremías(20, 14-18).

¿Pudo haberse negado María? A mí no me cabe la menor duda. Dios necesita de nuestra libertad para nuestra salvación. Imagino a todos los seres conscientes de la Creación, que conocían el Plan de Dios y deseaban la restauración de Humanidad, con la respiración contenida, esperando la respuesta. Imagino a la propia Humanidad, si fuese consciente de su suerte, esperando, como un reo sometido a juicio, la lectura de su veredicto de condena a muerte o de amnistía. Puedo oír el suspiro de alivio y hasta el sollozo de alegría, después de la tensión contenida, de todos los seres creados. "Hagase en mí según tu palabra". Luz verde, vía libre, adelante. Una pequeña mujer ha abierto el camino de la Salvación. "¡Bendita tú entre las mujeres!" le dirá inspirada por Dios su prima Isabel. "Una espada atravesará tu alma para que se descubran los pensamientos de muchos corazones" le dirá, también inspirado por Dios, el anciano Simeón anticipando la visión del Siervo Sufriente. Por su parte, Jesús sancionó todas estas alabanzas cuando en medio de la muchedumbre, alguien gritó: "Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron", a lo que Él respondió: "Más bien dichosos los que oyen la palabra de Dios y la guardan", frase que, lejos de disminuir el mérito de María, lo traslada de una razón biológica a otra espiritual. 

La concepción virginal de Jesús en María requiere, creo yo, un comentario. Si yo tuviese la difícil responsabilidad de ser Dios, la carga genética del organismo humano al que debía unirme, no sería algo en lo que no interviniese. Toda la carga génetica de Jesús estaba pensada por Dios en el mismo momento en que, antes del Big-Bang, el Hijo diseñó el Plan de Recuperación de Humanidad, por si ésta fallaba en la prueba de la libertad. Vimos en la primera parte que la carga genética de cada uno de nosotros es fruto del azar actuando de dos maneras. Primero, a traves de mutaciones que, muy de cuando en cuando, alteran los genes y, en segundo lugar, por el proceso de recombinación genética que tiene lugar cada vez que se forma una célula sexual o gameto. Me parece razonable pensar que ambos caminos fueron utilizados por Dios a lo largo de toda la historia del universo, para que en el seno de María se produjese, de forma natural, el óvulo que llevaba la mitad de los genes adecuados para el anunciado Salvador. Producir uno o mil millones de celulas idénticas entre si, llamadas espermatozoides, que aportasen la otra mitad de los genes necesarios para formar la célula embrionaria a partir de la que se desarrollase el cuerpo de Jesús, no es un problema cuando se puede vulnerar libremente la ley de la entropía. Que la formación de estos espermatozoides se produjera directamente dentro de la matriz de María, es algo que, llegados a este punto, no causa más estupor que lo dicho anteriormente, ya que toda la materia prima, bases de ADN, ARN, aminoácidos y todas las demás substancias orgánicas necesarias, ya se encontraban allí, en el cuerpo de María. Sólo hacía falta que se recombinasen adecuadamente. Y para bien de la humanidad así lo hizo el Señor del Azar.

Por otro lado, siempre según el Evangelio de San Lucas, el Arcángel Gabriel anuncia directamente a María algo que, como hemos visto anteriormente, estaba ya anunciado en el Antiguo Testamento: Que el así engendrado será el Hijo de Dios. Así pues, en Jesús coexisten, unidas de una manera que yo desde luego no alcanzo a saber, una naturaleza divina y una naturaleza humana. Y la segunda, la humana, es la de un hombre completo. Con un cuerpo de hombre genéticamente diseñado desde antes del Big-Bang y un alma, igualmente humana, que es un trozo de Humanidad de los dos que no habían sido envenenados por el aliento de Satán ni dispersados por la explosión de entropía moral. Y este hombre-Dios, Jesucristo, irrumpe en la historia para darle el empujón definitivo que llevará a la humanidad a su reconstrucción. El Hijo hizo honor a su compromiso. Si Humanidad no superaba la prueba de la libertad, Él mismo vendría a rescatar con su Amor a sus criaturas. Y con ellas, mejor dicho, a través de ellas, con el telón levantado, a todo el universo que el Padre le había confiado. A lo largo y ancho de toda su vida entre nosotros, Jesús se esfuerza, mediante palabras y actos, en decirnos que Él es el Salvador anunciado por el Antiguo Testamento, según el Plan trazado desde antes de la creación del mundo.

2 de diciembre de 2020

La oración de todas las cosas 6. Como la arena de la playa

 El 28 de Octubre de 2020 empecé a publicar las oraciones de un libro que encontré hace años por casualidad, del jesuita Pierre Charles.  Su título es “La oración de todas las cosas” y publicaré una cada martes, hasta completar las 33 más el prólogo que la componen. Hoy publico la número seis: “Como la arena de la playa”:

 

VI Sicut arena maris

 

Como la arena de la playa

 

 

Pierre Charles S.J.

 

Un viejo filósofo chino, amigo de las paradojas, declaró que las cosas blandas y débiles tenían regularmente más éxito que las cosas duras y poderosas. El viento que no se deja coger derriba el bosque, pero los árboles más altivos no han dominado jamás la tempestad. Han conseguido sobrevivir a ella, y eso es todo. El agua, blanda e inconsciente, ha nivelado cadenas de montañas, pero ninguna montaña ha podido reducir el agua que la roe. He intentado comprender un poco mejor esas verdades simplísimas dejando resbalar en mis dedos un pequeño puñado de fina arena. Toda esta arena menuda, era antes roca altiva y compacta. Hoy esta roca se arremolina en el viento y se insinúa hasta en la caja bien cerrada de mi reloj. La montaña ha quedado lentamente pulverizada. Un poco de arena me cuenta, en voz muy baja, la historia de todo un universo.

 

Yo quisiera encontrarte en esa historia a Ti, el Maestro supremo y el amigo de los corazones sencillos; yo quisiera que toda esta arena, bajo mis pies o en mis dedos, no me hablara solamente de geología, sino que me revelara un poco lo que yo me atrevo a llamar tus procedimientos divinos.

 

Es mucha verdad que pareces desafiar los métodos de fuerza. Pero aun aquellos teólogos que preconizan la mayor eficacia de tu gracia irresistible se apresuran con todo a añadir que respetan nuestra entera libertad. ¡Cuántas veces, en los sermones de Pentecostés, se nos ha dicho que para fundar tu Iglesia no escogiste otra cosa que  una docena de galileos, sin diploma y sin prestigio! Hasta he llegado a conocer historiadores muy piadosos que querían ver, en el desastre de las ocho grandes cruzadas, como una respuesta providencial, destinada a quitarnos el gusto de las violencias apostólicas, y  una suerte de desaprobación discreta. No deseo discutir todos esos puntos, ni las hogueras de la Inquisición, ni los calabozos del Santo Oficio, ni los Albigenses, ni los Husitas, ni los Papas batalladores, ni las colecciones erizadas de anatemas que los Concilios se creen en el deber de lanzar, como granadas de mano, en dirección a las herejías pasadas o presentes.

 

La arena fina me enseña algo más enigmático que la vulgar condenación de las violencias sin provecho, algo más cristiano que el sermón común de la necesidad de la dulzura. Me aconseja que no me fíe de lo que yo creo ser mi fuerza, que no crea que basta ser opaco y duro para burlar los peligros esterilizantes, que no descanse en mis resoluciones macizas como si estuvieran al abrigo de la usura. Me enseña a tener cuidado del tiempo, el único poder contra el cual no podemos nada absolutamente. Me repite la arena, en su lenguaje mudo, que ninguna de mis adquisiciones en la tierra es definitiva; que para mantenerme es necesario renovarme sin cesar, como la piel de las manos o de la cara, y que sólo la vida puede conservarme la frescura.

 

Porque conozco bien, Señor, esta taimada erosión de mi buenos quereres. Sé bien que todas mis reservas de vigor y de energía pueden desaparecer, no por derrumbamiento súbito, sino grano a grano, al simple soplo del viento, sin que nada me revele un peligro. Esto se llama rutina o disipación o negligencia. Las palabras no afectan nada a la cosa. Pero yo he visto a mi alrededor, y en mí mismo, limadas lentamente muchas de estas orgullosas alturas y no pocas de esas cumbres reducidas poco a poco al nivel del mar; creo más cada día, Señor, que es una gran virtud mantenerse buenamente sin decaer. Se nos ha dicho que en la vida del alma, no avanzar es retroceder. Pero también, por consecuencia, no retroceder es adelantar. Y así es verdaderamente, porque no retroceder es mantenerse contra una fuerza hostil, es resistir y no ceder un paso bajo la presión de un enemigo. No me gusta mucho la palabra conservador, de la cual en política se ha abusado tanto; pero con todo, conservar lo que se tiene es una gran proeza. Es tan extraordinario que nuestra fe nos asegura ser necesaria toda la ayuda del Espíritu Santo para conservar al justo, al santo, en estado de gracia.

 

La arena me ha confiado otro secreto. La roca, de la que procede y que se pulverizó, estaba hecha de la misma arena. Fue sedimentándose durante siglos y siglos, en el fondo del mar; tan bien se depositó, que se convirtió en piedra; y nuestras casas, nuestras catedrales mismas no son otra cosa sino arena bien compacta. Hay, pues, un medio de hacer masas sólidas con granos insignificantes; mantenerse juntos, formar parte de un grupo es un misterio de vigor. Yo sabía bien todo eso, Señor, o al menos creía saberlo. Se me había repetido muy a menudo que la unión hace la fuerza. Pero no es esta lección elemental la que me murmura la arena fina. La unión no siempre hace la fuerza: alguna vez hace la debilidad. Una escuadra no va más aprisa ni es más potente porque se junten a las unidades de combate algunas docenas de barcas asmáticas y una flotilla de barcos de pesca. Ni es más fuerte un tiro de caballos por haber unido a la misma vara un pesado caballo de carga y un burro reumático. Y todas las armadas del mundo se ingenian para evacuar los heridos y los enfermos, que al unirse a las tropas del frente, convertirían todas las batallas en derrotas. Es la unión en lo homogéneo la que hace la fuerza. Y falta todavía una condición. Diez oradores muy homogéneos, gritando a la vez, no provocarán más que el enojo o la risa. Estos diez furiosos no equivalen a un solo tribuno bueno. Toda agrupación fuerte lo es a base de modestia. Quedarse en su lugar conduce a todo. Yo amo esos granos de arena porque son una forma de conformidad total: son todas sus humildades unidas las que hacen el bloque de voluntades bien firmes. No han buscado ellos su sitio: lo han encontrado y se han quedado en él; no han pedido ni precedencia ni privilegio; no han escogido sus vecinos, los han aceptado sin trastorno. Yo debería hacer como ellos. En el fondo, yo no escogí ni mis padres, ni la fecha de mi nacimiento, ni el clima de mi país, ni mi naturaleza. He sido colocado por Ti, Señor, donde me encuentro. Formo parte de un conjunto que no puedo sino aceptar, de grado o por fuerza; y con demasiada frecuencia lo acepto con quejas y pena. ¡Qué habría ganado María Magdalena en querer ser San Pablo! Reconciliarse totalmente con lo que es uno, ¿no es la primera condición para mejorar? Si quisieran cambiar su papel el ojo derecho y el izquierdo, el único resultado será quedarse bizco. La verdadera fuerza no resulta de la simple unión, sino del acuerdo. La arena, entre mis dedos, no ha acabado de contarme su parábola, pero yo retendré al menos su primera palabra y me esforzaré en ser yo mismo por respeto a Ti, que me has creado.           

27 de noviembre de 2020

¿Economía de Francisco?

 

El Papa Francisco ha convocado los días 19-21 de Noviembre un evento on line con el título de “La economía de Francisco”. Se trata, según dice el Papa en la convocatoria de “un evento que me permita encontrar a quienes hoy se están formando y están empezando a estudiar y practicar una economía diferente que haga vivir a la gente y no mate, que incluya y no excluya, que humanice y no deshumanice, que cuide la creación y no la deprede” (carta de convocatoria del encuentro “Economía de Francisco”, publicada el 1 de Mayo de 2019. Ver link).

http://www.vatican.va/content/francesco/es/letters/2019/documents/papa-francesco_20190501_giovani-imprenditori.html

Ya sólo estas líneas hacen que la indignación se apodere de mí, porque en esa frase se resumen todos los falsos lugares comunes que este Papa usa en todos sus documentos cada vez que habla, sin nombrarlo, del capitalismo. No me cabe la menor duda de que estas frases son oídas con gusto y cosechan el aplauso de todos los Maduros, Iglesias, Castros, Kirchners o Morales que en el mundo son y han sido. Pero lo peor no es esa fraseología vacua y falsa. Lo peor, que dejaré para el final, es lo de “que me permita encontrar a quienes hoy se están formando y están empezando a estudiar y practicar una economía diferente”. Es decir, se entiende que los jóvenes. Dejaré esto para el final y empezaré por analizar sentencia por sentencia, los juicios de Francisco sobre el sistema actual, es decir, la economía de libre mercado y el capitalismo.

Pero antes de empezar con ello haré un disclaimer que siempre hago cuando hablo del Papa Francisco cunado comento lo que dice sobre economía. Disclaimer que ya hasta me cansa hacer, pero que no dejaré nunca de hacer. Soy un católico practicante que procura vivir su cristianismo con toda la honestidad y profundidad de que es capaz, que ama a la Iglesia, a pesar de las deformaciones que los seres humanos que la forman –yo el primero– perpetramos contra ella. Por supuesto, reconozco que el Romano Pontífice, sea el que sea, es el vicario de Cristo en la tierra y que cuando habla de dogma y de moral, es decir, cuando ejerce el magisterio que le fue encomendado a Pedro, aunque no lo haga ex-cátedra, merece el máximo respeto. Y digo sea quien sea el Papa y cuando habla de dogma y moral. Ha habido en la Iglesia muchos papas con una conducta personal que podría llamarse infame sin temor a exagerar. Pero, a diferencia de lo que hicieron Lutero o Mahoma, jamás estos papas –ni siquiera el peor de ellos, “privilegio” que sería difícil de asignar”– pretendió decir que el dogma y la moral cristianas justificasen su infame proceder. Ni uno. Pero, al mismo tiempo, sus opiniones, manifestaciones y actitudes en casi todo lo demás merecían ser rechazadas. Pongo, sin lugar a dudas, al Papa Francisco entre los muy buenos Papas que han estado al frente de la Iglesia católica. Pero no apruebo lo que dice cuando habla de economía. Lo que no hace que no le quiera con toda mi alma como a un buen vicario de Cristo en la tierra.

Hecho el disclaimer que, como digo, cada vez me cansa más, paso al tema de “La economía de Francisco”, Vayamos sentencia por sentencia:

“Un sistema económico mundial que haga vivir a la gente y no mate”. Basta con mirar la evolución en los últimos doscientos años –los que puede tener este sistema de capitalismo industrial– de los datos históricos que tengan relación con la vida y la muerte: Esperanza de vida, mortandad infantil, prevalencia de enfermedades, etc., etc., etc. Su mejora en estos últimos 200 años es asombrosa. El espectacular avance de la medicina, de la farmacología y de la cirugía en estos doscientos años no parece dar pie a la afirmación de que este sistema mate. Pero no es sólo la muerte por enfermedades la que ha retrocedido. La pobreza –que a la postre es un terrible agente de muerte– ha retrocedido también de forma espectacular. De los 7.000 millones de habitantes del mundo, no creo que haya ni uno sólo que viva peor de lo que vivía cualquier antepasado suyo que se desenvolviese en el mismo hábitat hace 200 años. La pobreza extrema se ha situado, por primera vez en la historia de la humanidad por debajo del 10% de la población. Y lo que hoy es considerado pobreza extrema serían, probablemente, condiciones impensables para los antepasados de seis generaciones antes de los que ahora la sufren. Y lo mismo podría decirse de la salubridad y de otras variables relacionadas directa o indirectamente con la vida y la muerte. Y este sistema económico, que, según el Papa Francisco mata, ha hecho posible que la aportación a las entidades sin ánimos de lucro –fundaciones, ONG’s, etc.– a la beneficencia en los más variados aspectos, alcance niveles inauditos.

Es cierto que hay mucho, muchísimo camino por recorrer en muchos sentidos. El 10% de pobreza extrema es demasiada pobreza, está claro. Todavía hay un gap entre la mortandad infantil en Europa o en el África subsahariana. Cuando la pobreza extrema desaparezca, no será suficiente, habrá que erradicar la pobreza menos extrema. No sé dónde pueda ponerse el límite que separe la pobreza objetiva de la riqueza, pero no se podrá estar satisfecho hasta que se pueda decir que no hay pobres en el mundo. Sin embargo no me cabe duda de que sólo este sistema podrá hacer que ese día llegue. Y si se retrasa demasiado –ese retraso siempre es demasiado– es porque los países pobres están dominados por tiranos que impiden, precisamente, que el sistema que, según Francisco, mata, lleve a cabo su labor de creación de riqueza, de disminución de la pobreza, de aumento del sistema sanitario y de otras muchas cosas benéficas que trae este sistema y que seguirá trayendo. Lo que no admitiré jamás es lo de la pobreza relativa. Es decir, que se defina como pobre a todo aquél cuya renta sea inferior a un determinado porcentaje de la renta promedio. Porque esa definición de la pobreza hace imposible, por definición, su erradicación. Para el capitalismo y para cualquier otro sistema. Tal vez, cuando el Papa dice que el sistema mata, se esté refiriendo a la terrorífica matanza de seres humanos que es el aborto. Si es así, sencillamente, no me parece serio. Pensar que el aborto existe por culpa del capitalismo es una afirmación sin el más mínimo fundamento. El aborto existe por una deriva moral de origen filosófico de la que hablaré más adelante.

Si lo de que el sistema mata se refiere a las guerras, es cierto que las dos guerras más sangrientas de la historia la Primera y la Segunda Guerras Mundiales –y otras guerras como la ruso-japonesa o la franco-prusiana han tenido lugar dentro de los últimos 200 años en los que se ha desarrollado el capitalismo. Pero, ¿ha sido el capitalismo su causa? ¡Por supuesto que no! Ha sido el afán de poder que anida en la naturaleza humana y la Segunda, la más terrible, por ideologías espantosas como el nazismo y el comunismo que, si son algo, son anticapitalistas. Esos sí son sistemas de muerte en vez de vida. Es un hecho empírico que no necesita demostración que en la naturaleza humana conviven, junto con las más magníficas tendencias hacia el bien y la belleza, las más terribles pulsiones de la codicia, el afán de poder, la envidia y todos los llamados pecados capitales. Los que nos declaramos cristianos sabemos que esa parte oscura de la naturaleza humana se ha producido por el pecado original. Pero sea cual sea la causa de que ese lado oscuro anide en el corazón humano, esa causa, desde luego, no es el capitalismo. Ciertamente, la tecnología, desarrollada por el capitalismo, ha hecho posible que existan instrumentos de destrucción que no eran ni remotamente pensables hace 200 años. Pero esa es sólo la cara oscura de la moneda que, por el lado luminoso ha permitido, como se ha dicho, el retroceso de la pobreza, la mejora universal de la salud, la inmensa difusión de la cultura, etc. Sí es materia del magisterio petrino, en el que debería centrarse el Papa, exhortar al uso positivo de esas tecnologías, proclamando el amor de Dios, la bondad de su plan salvador y las maravillosas enseñanzas de caridad del Evangelio y vida de Jesucristo, para hacer que el corazón del hombre se incline por la cara luminosa de una moneda que, desgraciadamente, no puede existir sin su parte oscura. El trigo y la cizaña crecen juntos en el corazón del hombre y es a iluminar ese corazón hacia donde deberían orientarse las enseñanzas papales. En alguno de sus documentos, este Papa, acusa al sistema de fomentar las guerras porque dice que son un buen negocio para él, es más, que le resultan necesarias para perpetuarse. Nada más falso. Lo que sería un buen negocio para el sistema capitalista sería que todos los habitantes de los países en vías de desarrollo pudiesen tener un coche, una lavadora, un ordenador personal un libro o un viaje en avión a Europa a un buen hotel en vez de en patera y campo de refugiados. Y la guerra es contraproducente para esto. Qué más quisiera el “mortífero” sistema capitalista que que en Somalia –por citar un país asolado por la guerra– existiesen una seguridad jurídica y un sistema de libertades que permitiesen empezar a funcionar el capitalismo, en vez de estar dominado por los señores de la guerra, en un continuo estado de conflagración civil que hace imposible todo desarrollo. Es cierto que existen compañías que fabrican armas. Pero, suponen un mínimo porcentaje de la economía capitalista y, además, salvo contadísimas excepciones, las venden a estados soberanos para su defensa. Realmente, me encantaría un mundo en el que los estados no necesitasen armas para defender su seguridad. Y creo que forma parte del magisterio petrino el cambiar el corazón humano para que llegue a ser así. Pero, por desgracia, hoy en día ese mundo no existe y me parece de una enorme falta de sentido común decir que la culpa de que un mundo así no exista es del capitalismo. Son algunos de estos estados soberanos –y no precisamente aquellos en los que existe un capitalismo desarrollado– los que derivan esas armas a guerrillas, movimientos revolucionarios, terrorismo y otros usos mortíferos de esas guerras sucias no declaradas. Hasta aquí con el sistema que mata.

“Un sistema económico mundial que incluya y no excluya”. Me pregunto si habrá habido alguna vez en la historia de la humanidad una sociedad en la que la gente pueda vivir hasta la ancianidad manteniendo una pensión que, aunque siempre sería mejor que fuese mayor, sirva para la subsistencia de las personas hasta que mueren. O en el que la gente que tiene la terrible desgracia de estar en paro, tenga un subsidio que le permita seguir teniendo unos ingresos que le permitan vivir aunque sea con un menor nivel del que vivía cuando tenía trabajo. O si habrá existido una sociedad en la que la sanidad llegue a un porcentaje mayor del que llega en esta sociedad. O en el que la educación haya estado al alcance de un porcentaje mayor del de las personas que hoy acceden a la misma. Nunca las minorías de cualquier tipo han sido tan respetadas como en la sociedad que vive de este sistema económico. Nunca, jamás, en toda la historia de la humanidad, ha existido una sociedad más inclusiva que esta. Seguro que hay gente marginada y excluida. Pero, en la mayoría de los casos no es por culpa del sistema económico y, en cualquier caso, el número de marginados es inmensamente menor del que nunca haya podido soñarse. Cierto que hay gente que abandona a sus mayores y se olvida de ellos. Pero, ¿ha habido algún momento en la historia en la que esto no ocurriese? Me parece que no. Y, ¿ha habido algún momento en la historia en la que cuando esto ocurría los mayores abandonados tuviesen una mayor protección que la que tiene ahora? Creo que tampoco. Entonces, en esta sociedad, fundada económicamente en el capitalismo, ¿hay más exclusión de la que ha habido siempre a lo largo de la historia? No, hay notablemente menos.

“Un sistema económico mundial que humanice y no deshumanice”. ¿Deshumaniza el capitalismo? Jamás en la historia de la humanidad más seres humanos han tenido más acceso a la cultura, a la libre creatividad, al desarrollo personal, al arte en todas sus manifestaciones. ¿Es esto deshumanización? Ciertamente desde un momento histórico de difícil ubicación en el tiempo, la filosofía se ha ido empantanando en callejones sin salida, contradictorios, erráticos y falsos que han desembocado en una desorientación, una falta de sentido de la vida, un desencanto y un relativismo moral terribles. Tal vez el magisterio petrino de este Papa debería orientarse a desentrañar y explicar esas raíces, intentando devolver al ser humano un norte, un sentido de la vida, una ilusión y unos principios éticos que hiciesen felices a los seres humanos. Así lo han hecho, de forma ejemplar, sus dos antecesores, Juan Pablo II y Benedicto XVI.

“Un sistema económico mundial que cuide la creación y no la deprede”. Ciertamente, el aumento exponencial de la población y de sus medios de subsistencia, han hecho que se creen en el planeta Tierra tensiones en el uso de sus recursos. A esto destinó el Papa Francisco su encíclica “Laudato si”, en la que tampoco ahorró sus descalificaciones al “sistema económico”. ¿Tal vez la “culpa” de este sistema pueda ser, precisamente, que ha hecho posible ese aumento demográfico y ese mayor bienestar? Si esa es su “culpa”, bendita culpa. Creo que esa encíclica erró por omisión en lo más importante. Ante esta dificilísima situación sólo caben dos caminos.

El primero, aritméticamente negativo, frenar el crecimiento de la población y retroceder en su bienestar. El segundo, positivo, aumentar la cantidad de recursos del planeta Tierra. Se podría pensar que este segundo es imposible, pero sería un pensamiento erróneo. Más adelante volveré sobre esto, pero no antes de analizar el primero. No niego que pedir a los seres humanos del mundo desarrollado una mayor austeridad sea una buena cosa. En este punto el Papa, éste y otros, alertan del peligro del consumismo desaforado. Es una buena cosa que, además, sí que forma parte del magisterio petrino. Pero, este Papa –y otros, debo decirlo– acusan al capitalismo de fomentar ese peligro del consumismo desaforado. Sin embargo, esto también choca con la realidad. Por supuesto, no digo que no existan personas que hayan caído en ese consumismo desordenadamente desaforado. Pero son la excepción. La mayoría de la gente que yo conozco, lo que hace es administrar cuidadosamente sus ingresos –que tiene gracias al “espantoso” capitalismo– para poder llegar a fin de mes e incluso, muchos, ahorrar moderadamente. Aunque es muy difícil ahorrar con un estado voraz que aplasta a los ciudadanos con impuestos brutales. Así que el fantasma del consumismo desaforado está sólo en el imaginario de muchos moralistas de vía estrecha. Mucha gente, hipócritamente, se lleva las manos a la cabeza si va a Ikea a comprar y lo ve lleno a reventar. ¡Consumismo!, gritan rasgándose las vestiduras, atribuyendo a los que allí están, y al sistema al que pertenece Ikea, de consumismo voraz. Deberían preguntarse si los motivos de su presencia en ese horrible lugar son también el consumismo y si los demás que están allí no pueden tener las mismas motivaciones que él y si Ikea no le brinda un servicio maravilloso para satisfacer necesidades importantes. Dicho esto, como he señalado antes, un poco más de la virtud de la sana austeridad sería algo deseable que todo Papa debe fomentar sin, por supuesto, pretender frenar una sensata aspiración a un aumento de los medios de vida. ¿Alguien en su sano juicio puede imaginarse que hace cien años se hubiese dicho que no se podía tener calefacción central, agua corriente y caliente, coche u ordenador personal si se inventasen? Pero esta petición de austeridad se refiere a los países desarrollados. A los países en vías de desarrollo, como se les llama un poco eufemísticamente, no se les puede pedir austeridad. Sería casi una burla. Esos países están en camino hacia el desarrollo y, por tanto, entra dentro de la más elemental ética desear que su consumo se incremente. Y, por supuesto, el mandato bíblico de creced y multiplicaos, no parece que vaya en contra del crecimiento de la población. Así pues, parece que el primero de los mecanismos para mejorar la ecología, el aritméticamente negativo, frenar el crecimiento de la población y retroceder en su bienestar no es ni posible ni éticamente deseable.

Sin embargo, el segundo, el positivo, aumentar la cantidad de recursos del planeta Tierra es ambas cosas, posible y éticamente deseable, a través de la tecnología, que es un jugoso fruto del capitalismo. Sí, he escrito bien: aumentar la cantidad de recursos del planeta Tierra. La agricultura vertical, en edificios de muchas plantas con sistema de riego aeropónico, ya aplicado de forma limitada, multiplicará por un factor enorme la cantidad de suelo cultivable. O las plantas de desalinización, con energía barata, permitirán un aumento impresionante del agua potable. Pero, sobre todo, la tecnología puede permitir, y de hecho lo hace a) sustituir materias primas menos abundantes y más dañinas ecológicamente por otras más abundantes y menos lesivas para el medio ambiente. Por ejemplo, sustituir el petróleo por el sol, el viento o el hidrógeno. O el litio, tan necesario para baterías eléctricas, que hagan posible el coche eléctrico, por el sodio, prácticamente ilimitado en la sal común de los océanos. b) Aumentar dramáticamente la eficiencia de utilización de esos recursos. Por ejemplo, los cultivos hidropónicos o, más aún, aereopónicos, de los que he hablado antes, están ya haciendo que las necesidades de agua para el cultivo y el regadío, que supone el 80% del consumo mundial de agua, se reduzca de forma inimaginable, liberándola para el consumo humano en bebida e higiene. c) Explotar recursos actualmente inexplotados. Por ejemplo, el mar contiene en su seno una cantidad ingente de todos los elementos de la tabla periódica. Y, sin duda alguna, la tecnología permitirá extraerlos de forma rentable. d) reutilizar de forma eficiente la inmensa mayoría de las materias primas ya usadas en la fabricación de algún producto. La economía circular no es ya algo inalcanzable, sino que la tecnología ya está avanzando en ella. Y es, además buena para el capitalismo. Y quiero recordar que todos estos avances tecnológicos, y otros muchos que son hoy en día inimaginables, lo son gracias al capitalismo. Así que es terriblemente injusto acusar al capitalismo de depredar la creación. Más bien creo que hace posible la segunda parte del mandato bíblico de “creced y multiplicaos, dominad la tierra”. Muchas veces he escrito al referirme a este pasaje bíblico que un amigo mío, buen conocedor del hebreo, afirma que una traducción posible del término hebreo que habitualmente se traduce por dominadla o sometedla, podría ser pastoreadla. Sólo la tecnología permitirá pastorear la tierra para que sea capaz de sustentar a un número cada vez mayor de seres humanos que cada vez vivan mejor. Cuando escribí sobre la encíclica “Laudato si”, señalé la ausencia en la misma de una exhortación a los jóvenes cristianos a participar de lleno, con entusiasmo y excelente preparación, en el desarrollo tecnológico, cristianizando lo que en él pueda haber de malo. Ni una palabra se puede leer sobre esto en esa encíclica y, a fe, que eso sí sería puro magisterio petrino.

Hasta aquí la defensa del capitalismo de las descalificaciones a las que le somete Francisco en la convocatoria de este encuentro y, en general, en todos sus documentos pontificios. No paro, sin embargo de preguntarme cómo es posible que un sistema económico que ha hecho tanto por la humanidad sea denostado, calumniado y vilipendiado de esa manera por tantísima gente, el Papa Francisco incluido. Sólo encuentro una respuesta: El comunismo, que ha fracasado estrepitosamente, humana y económicamente, en su competencia con el capitalismo, ha triunfado en la guerra de la propaganda. Mucha gente que, de buena voluntad, rechaza el comunismo, tiene inculcados de forma casi indeleble en su cabeza las descalificaciones falsas y calumniosos de la propaganda de ese sistema, que sigue viva y muy activa. Y parece que Francisco quiere colaborar con esa propaganda.

Paso ahora a algo mucho más importante, a mi entender: La exhortación a los jóvenes a “estudiar y practicar una economía diferente”. Es decir, a pensar de un sistema económico mundial diferente a este sucio capitalismo que hace todas esas cosas que dice el Papa. Y lo primero que me pregunto es si realmente forma parte del magisterio petrino promover el desarrollo de un nuevo sistema económico mundial. Y, en mi opinión, semejante cosa escapa de lo que, incluso con manga ancha, podría considerarse ese magisterio. Creo que el Papa, al entrar en este terreno, entra en un campo que le es totalmente ajeno. Pero, aun admitiendo metodológicamente, que no realmente, que este proyecto formase parte de su magisterio, me temo que el mundo no necesita experimentos económicos. Todos, absolutamente todos los experimentos económicos y sociales que se han implantado en la historia de la humanidad han sido un fracaso estrepitoso y han creado hambre, miseria y terror. Empezando por el mercantilismo estatalista de las monarquías absolutas del siglo XVII, repartiendo monopolios empobrecedores para todos menos para los beneficiarios de los mismos y, por supuesto, los monarcas. Monopolios que, además, sí que fomentaban un nacionalismo que generaba guerras. Terminando con los experimentos económicos comunista y nacional socialista e incluyendo las supuestas terceras vías yugoeslavas y rumanas o las cubana y bolivariana. El actual experimento económico de la socialdemocracia está desembocando en unos endeudamientos estatales insoportables y la creación artificial de dinero a un ritmo jamás vista en la historia, tanto por el BCE como por la FED, que no auguran un desenlace feliz, aunque ese desenlace no se haya producido todavía. Démosle tiempo al tiempo.

Hay otros experimentos económicos, cargados de una extraordinaria buena voluntad que no han producido hambre miseria y muerte, sencillamente porque, por fortuna, ni siquiera se ha intentado llevarlos a la práctica. Hablo, por ejemplo, del bucólico distributismo ideado por mi admirado Chesterton. Admirado en todos los demás campos menos el económico. ¡Qué peligroso es hablar de lo que no se sabe! La realidad histórica es que ni una sola de las llamadas terceras vías ha tenido éxito. Sólo subsiste viablemente el capitalismo y, además, si no se le paraliza y si se le deja desarrollarse, seguirá creando riqueza y sacando de la miseria a una parte cada vez mayor de la población mundial. Y, ¿qué es lo que otorga este éxito único al capitalismo? Sencillamente, que no es ningún experimento económico. Es la evolución simbiótica de la economía con la naturaleza humana. El hecho de que los hombres sean por naturaleza seres libres, racionales, iguales en dignidad y derechos, con afán de superación, en búsqueda siempre de algo mejor, imaginativos, creativos, etc., ha hecho que desde tiempos prehistóricos aparezca un sistema de libre intercambio que, evolucionando con otras instituciones –políticas,  sociales o técnicas– afines a la naturaleza humana, ha acabado, con la industrialización, en el capitalismo. No ha sido una evolución exenta de obstáculos y dificultades. Siempre, a lo largo de toda la historia, aquellos que tenían el poder absoluto y querían mantenerlo, siendo así capaces de distribuir prebendas a diestro y siniestro, se han opuesto a ese proceso evolutivo, perjudicando a la inmensa mayoría de sus súbditos. Pero éste, el libre mercado, a través de los siglos, las dificultades y las trabas impuestas se ha ido abriendo camino. Y, de la misma manera que ha venido evolucionando hasta ahora, lo seguirá haciendo en el futuro, aprovechando las oportunidades y sorteando, no sin zigzagues y retrocesos, los obstáculos que los experimentos económicos le puedan poner en su camino antes de que se derrumben.

No se puede, sin embargo, negar –ya lo he mencionado más arriba–, que la naturaleza humana, que tiene unos rasgos benéficos, como se han enumerado más arriba, es también una naturaleza en la que anidan también vicios como el afán de poder, la codicia, la envidia, etc., etc., etc. Los cristianos creemos que estos son los efectos del pecado original, pero se tenga o no fe, esta dualidad de la naturaleza humana es innegable y empíricamente comprobable. Y, como es lógico, estos vicios también dejan su huella en el capitalismo. Exactamente igual a como lo hacen en toda institución en la que intervengan los hombres. No hay ni una institución, ni la más noble, que se libre de esta terrible huella. Por poner dos ejemplos, hasta la Iglesia católica o la familia se ven marcadas por esas lacras humanas. Y no creo que por ello los cristianos, y mucho menos el Papa, podamos decir que estas dos instituciones son malas en su esencia y naturaleza. Y es la mejora de esos vicios de la naturaleza humana lo que, además de su evolución, hará que el capitalismo evolucione hacia mejor. Es decir, el capitalismo no podrá ser mejor de lo que sea el corazón del hombre. Y por eso, el magisterio petrino, si quiere estar dentro del ámbito que le es propio, debería esforzarse en actuar para cambiar el corazón de piedra del ser humano por un corazón de carne. Debería exhortar a los católicos, y a todos los hombres de buena voluntad que dedican su vida laboral, de una forma u otra, con una profesión u otra, a trabajar en una empresa a que, con un corazón convertido, sean fermento de la conversión de otras personas en su entorno laboral para, así, suavizar en su empresa y el capitalismo los efectos de esta naturaleza humana caída. Exhortarles a que intenten llegar, con espíritu de servicio, a los puestos más altos de las empresas para tener una mayor capacidad de influencia en el cambio de los corazones. Pero no meterse en camisa de once varas de diseñar nuevos experimentos económicos condenados al fracaso y que escapan totalmente a su función. Y menos aún si se parte de unos prejuicios falsos como los que subyacen en las palabras que este Papa utiliza contra el capitalismo, aún sin nombrarlo explícitamente ni una sola vez que, en todos sus documentos pontificios. Le pido de todo corazón al Santo Padre, que, al menos, si no exhorta a los jóvenes a que adopten la actitud anterior, por lo menos no contribuya a confundirles orientando su idealismo en la dirección equivocada del beunismo, haciéndolos pasto de ideologías neocomunistas.

Sospecho que la experiencia de Francisco de haber vivido un capitalismo dominado por pequeñas oligarquías manipuladoras –capitalismo de compinches– está detrás de esa fobia suya. Pero nada tiene que ver ese capitalismo de compinches tan típico de muchos países de Latinoamérica con el capitalismo que puede haber en los países que lo son auténticamente, en los que éste se encuentra enmarcado en un sólido sistema jurídico que garantiza, hasta donde es posible en este mundo, la igualdad de oportunidades y que ha evolucionado en simbiosis con el capitalismo. El Papa, como Papa que es de toda la humanidad, debería darse cuenta de esta perspectiva tan diferente del capitalismo. Sin embargo, parece que tiene un marcado empeño en rodearse de asesores que se aproximan más al neocomunismo bolivariano que al liberalismo económico de Occidente. ¡Qué dolor!

24 de noviembre de 2020

La oración de todas las cosas 5. "Dios reinó por el leño"

 

El 28 de Octubre de 2020 empecé a publicar las oraciones de un libro que encontré hace años por casualidad, del jesuita Pierre Charles.  Su título es “La oración de todas las cosas” y publicaré una cada martes, hasta completar las 33 más el prólogo que la componen. Hoy publico la número cinco: “Dios reinó por el leño”:

 

 

V. Regnavit a ligno Deus

 

Dios reinó por el leño

 

Pierre Charles S.J.

 

Cuando queremos decir de alguien que no es demasiado listo, hablamos de su cabeza de leño; y cuando se trata de administrar a un delincuente una corrección solemne, hablamos de darle leña. Los tenduchos donde se vende leña para quemar no tienen nada glorioso. Los famosos árboles de justicia no son más que un eufemismo para designar un cadalso. Cuando se nos despoja del dinero nos lamentamos de haber sido robados como en pleno bosque. Dormir sobre tablas no es muy confortable; subir a las tablas no es muy honroso. Cuando un dios está hecho de madera, los salmos mismos nos dicen que es un ídolo vano.

 

Sé bien que en el mundo de la madera, hay privilegios y nobleza: la caoba bruñida, los muebles de palisandro, las estatuillas de boj, los ébanos, todas las esencias raras que los artistas prefieren para esmerados trabajos. Pero yo quisiera hoy contentarme con la buena madera ordinaria, cotidiana, la que encuentro por todas partes y a la que nadie dedica una mirada; quisiera oír su voz, muy humilde; ¿no encontraría tal vez el acento divino del Creador, del que mi plegaria podría hacerse eco?

 

La madera de la puerta, a la que los dedos de los visitantes vienen a llamar;  la de la mesa que sostiene mi trabajo, sin estremecerse, sin moverse, fiel como una amistad antigua; y la madera del bastón de los ancianos y de las muletas de los lisiados; la madera de los arados,  la de los ataúdes; la madera de mi reclinatorio y de mi silla, la de los granos de mi rosario y de mis anaqueles, la del horno donde se cuece el pan y la de los mástiles de los viejos navíos; la de los toneles prosaicos, de las jaulas de pájaros, de las cajas de jabón y de las cangas de los ajusticiados.

 

Señor, Tú conocías mejor que nadie esta madera vulgar. La trabajaste Tú mismo. Tú, que la habías creado. Era tu oficio de carpintero de pueblo, y sabías cómo convenía trabajarla evitando los nudos, cortando en la dirección de la fibra, atendiendo a que estuviera bien seca y a que no se abriera solapadamente. ¿Cómo es posible que para encontrarte no haya pensado nunca que esta madera ordinaria podía servirme de guía? Tú la conoces bien; la encontraste otra vez el día de la Pasión, y sobre ella, sobre ella sola, quisiste morir. Después de plantada tu cruz en el Calvario, la madera se ha vuelto cristiana; debería recordarme solo a Ti. Pero canto estas cosas, el Viernes Santo, en bello latín litúrgico; y ya no vuelvo a encontrarlas más cuando oigo sencillamente crujir y gemir bajo mis pasos los peldaños de una escalera de madera. Me encantan los poetas al hablarme del hacha de los leñadores, pero no he bautizado aún esta poesía porque miro la madera con los ojos curiosos de un pagano.

 

Ecce lignum crucis: me acuerdo de haberme casi escandalizado un tiempo por la rúbrica de la Semana Santa, que prescribe hacer la genuflexión ante la madera de la cruz del altar aún cuando quede el tabernáculo abierto de par en par. No es más que una cosa, me decía yo; ¡no es más que una madera ordinaria! Pero tu Iglesia tenía más sabiduría en su culto, de lo que yo podía poner en mis objeciones; y en recuerdo tuyo, quiero tratar con veneración la madera que me evoca el taller de Nazaret y los sufrimientos del Calvario.

 

Tus altares son de madera, casi en todas partes, con una pequeña piedra bien sellada donde se guardan las reliquias;  casi siempre reciben los fieles tu perdón misericordioso después de la confesión, a través de enrejado de madera; pero eres Tú quien me la ha dado, en línea recta, sin intermediario, como me das la luz del sol; eres Tú quien la hace crecer en el bosque secular y a Ti sólo ella obedece, desde la bellota minúscula hasta la plancha cortada en la serrería, a lo largo del río. ¿Por qué obstinarme en buscar tus dones muy lejos en abstracto y en teoría, cuando sólo tengo que arrodillarme en mi reclinatorio para apoyarme muy realmente en esta madera que viene de Ti?

 

Ocupaba tu pensamiento cuando te dirigiste a las hijas de Jerusalén durante tu Pasión dolorosa, al hablarles del leño verde y del leño seco y algunas ramillas te sirvieron para asar, Tú mismo, en la playa, después de la resurrección, el pescado que ofreciste a los discípulos vueltos a sus redes.

 

Pienso, Señor, en todos tus siervos que perecieron, por la fe, a bastonazos y a mazazos; pienso en todos aquellos que perecieron en las hogueras en llamas; en todos los que no tuvieron más que un tronco por almohada en la última hora; pienso en todas las cabañas, en las que las planchas mal unidas protegen hoy contra el frío, la lluvia o las fieras, a tantos hermanos de raza;  pienso en los viejos bajeles de madera que llevaron a los cruzados y a los misioneros, desde San Pablo con sus naufragios hasta Francisco Javier sobre las carabelas portuguesas; pienso también en las tablas de todos los ataúdes, en esta última morada exigua sobre la cual tu Iglesia cantará el Libera y el Réquiem, cuando haya entregado mi alma en tus manos.

 

Como un ángel discreto, la madera puede advertirme sin cesar que Tú no estás lejos, y preparar mi corazón para tus encuentros. Puede enseñarme a no caer jamás en estas vulgaridades miserables que entorpecen los caminos sin horizontes. Me pasearé con respeto a través de toda tu creación y, para estar siempre orando, no me será necesario cerrar perpetuamente los ojos. Me bastará abrirlos, no solamente sobre las apariencias, sino sobre la realidad de las cosas, y yo Te veré a Ti, el Verbo Creador, el Redentor, el Carpintero de Galilea y el Salvador que muere sobre el leño. La viruta más pequeña podrá serme una reliquia y en el mueble más ordinario descubriré el sello de tu divina Majestad.

 

17 de noviembre de 2020

La oración de todas las cosas 4. Pidieron pan.

 

El 28 de Octubre de 2020 empecé a publicar las oraciones de un libro que encontré hace años por casualidad, del jesuita Pierre Charles.  Su título es “La oración de todas las cosas” y publicaré una cada martes, hasta completar las 33 más el prólogo que la componen. Hoy publico la número cuatro: “Pidieron pan”:

 

IV. PETIERUNT PANEM

 

Pidieron pan

 

       Pierre Charles S.J.

 

Nos dijiste que lo pidiéramos cada día, y aún para los de fe oscurecida, el pan guarda todavía una majestad divina. Comerlo en la ociosidad es ser un parásito; ganarlo trabajosamente parece un deber; rehusar compartirlo es crueldad de corazón; y hasta a los niños se les enseñó a no desperdiciarlo. Los rusos lo ofrecen con sal a los huéspedes. Es para nosotros, cristianos, más que un símbolo; es la materia misma de tu gran sacramento. Tú lo has escogido, misteriosamente, para perpetuar entre nosotros tu presencia. No podría considerarlo, sin profanación, como un producto de panadería. Nunca lo he cocido yo mismo; nunca he sembrado el trigo en los campos labrados; nunca he segado una gavilla; no he trillado al aire las espigas; no he molido el grano, ni amasado la harina, ni encendido el horno, ni mezclado la levadura a la masa; no he vigilado la cocción. Todo esto lo han hecho los otros, casi siempre anónimos. Me he contentado con cortar el pan y con comerlo sin pensar mucho en su prodigiosa historia; desde los tiempos oscuros en que, por primera vez, el hombre empezó a aprovisionar las gramíneas silvestres que hoy son los cereales. Me parece muy natural comer pan. Sólo cuando las autoridades públicas lo racionan o cuando la carestía absoluta lo hace desaparecer, me conmuevo y me lamento.

 

Y con todo, cada pedazo de pan, blanco o moreno, podría contarme un poema de gratitud y despertar e mí pensamientos divinos. ¿No ofrecían los sumos sacerdotes del antiguo Israel a Dios, en nombre de todo el pueblo, los panes de proposición? Tú mismo, Señor, ¿no te ocupaste de la levadura que la mujer echa en los recipientes de tres medidas de harina? Y al viejo Elías extenuado, huyendo al desierto de la cólera de Jezabel, y que se había dormido a la sombra de un enebro, ¿no fue un ángel quien le despertó para mostrarle “junto a su cabeza un pan cocido bajo la ceniza”? ¿Y no multiplicaste en el desierto los cinco panes, que estaban junto a algunos peces en el fondo de un saco, mezquina propiedad de un chiquillo anónimo, y que pudieron , por tu bendición, alimentar a toda la muchedumbre? Tú mismo tomaste el pan en tus manos santas y venerables; lo rompiste; lo diste, lo comiste con los discípulos; sabías su gusto; te identificaste con el pan de vida, con ese pan celeste que nos preserva de la muerte... Hay aquí, Señor; un mundo entero de símbolos misteriosos y de extrañas perspectivas; muchas cosas que adivinar y presentir, y que reverenciar sobre todo, aún cuando no las comprenda muy bien. Con frecuencia se me ha querido hacer creer que Tú estabas muy distante; que tu majestad infinita y tu omnipotencia ponían abismos entre Tú  y yo. La filosofía Te define como una esencia y hasta, muy graciosamente, Te llama el Primer Motor. Y con todo, Tú escogiste para definirte a Ti mismo esta cosa tan ordinaria, este alimento cotidiano, que está al alcance mismo de nuestro simple apetito: “Yo soy el pan verdadero”. Ah ¡cuánto quiero esta fórmula familiar; cómo me encanta esta palabra que has dejado tan cerca de mí!; esta palabra que te pinta como prestándome servicio silenciosamente, sin pretensiones, para que podamos trabajar juntos y hacer una obra común.

 

Sin el Creador no hay pan; pero sin el hombre y sus manos tampoco. Los dedos invisibles de Dios y los dedos mortales del hombres se han tocado misteriosamente para lograr esta obra maestra de bondad que es esa sencilla hogaza de pan; de la misma manera, deben armonizarse y trabajar acordes para lograr aquí abajo la Santa Iglesia. No quiero que se me repita sin parar que estás lejos, que eres inaccesible, incomprensible. En el fondo nadie hay tan sencillo como Tú; nadie más cerca. Un niño, una simple mujer analfabeta Te adivina, Te comprende y Te ama mucho mejor que todos nosotros sabios doctores. Tenemos, Tú y yo, papeles distintos, pero no admitiré jamás que haya distancias entre nosotros, ya que habitas en medio de nosotros, y por la Eucaristía, estás realmente en nosotros, bajo las especies de pan.

 

¿Por qué Te harían falta distancias? Las majestades humanas se divierten con estos juegos pueriles: ésta exige un trono algo más elevado que la plebe que le rodea; aquélla aparta la multitud a distancia respetuosa, como se dice. En el fondo todo está inspirado en el miedo de ser reconocido por lo que es. La luz no necesita de estos artificios indigentes. Penetra hasta el fondo de todos los ojos; esclarece todo el océano sin mojarse.

 

Te doy gracias, Señor, por haber renunciado tan totalmente a las pompas divinas. El día de mi bautismo, el padrino dijo por mí, que nada sabía, que yo renunciaba a las pompas del diablo. Nunca  he entendido bien que eran estas famosas pompas, y creo que muchos cristianos comparten conmigo, sobre este punto, mi ignorancia. Pero, en fin, todos renunciamos a las pompas de Satanás, y no nos va peor por esta renuncia. Ni siquiera hemos pedido jamás que nos las definan con precisión. Pero tenemos tal vez el derecho de esperar que, por correspondencia, Tú renunciaras también a todas las pompas celestiales, para que te encontrásemos en la simplicidad cordial de todos los verdaderos amores, que no necesitan ni disfraz, ni vestimentas deslumbrantes, ni brillantes escoltas, ni charangas. Es exactamente lo que hiciste en la Encarnación y en la Eucaristía. Tú, el Pan vivo y el último alimento , el Viático, de los grandes enfermos. Y yo Te amo así, Dios mío sin artificio, mi Redentor sin protocolo. Todo lo amanerado me hiela y me irrita. La sola música de que quiero rodearte, es la de mi silencio atento; de la misma manera que la que acompaña tu gracia es la del servicio prestado. El pan es un alimento sobrio y discreto. Bastaba que lo rompieras, y los discípulos de Emaús empezaron  a reconocerte, sin ruido de palabras; in fractione panis. Queda bien descaminada nuestra lógica por este resultado inesperado. No vemos muy claro en ésta que llamamos sabiamente causalidad. Nos parece sorprendente que para advertirte a nuestro lado en la mesa, baste romper un trozo de pan, sin gran discurso ni trabajosas demostraciones. Y con todo, lo inexplicable es que tengamos necesidad, aunque sea de este pequeño ademán, para saber que estás cerca de nosotros.

 

13 de noviembre de 2020

De galaxias, seres humanos, orden, libertad y caos

 Cuando uno mira el cosmos a través del Hubble y ve el majestuoso movimiento de las galaxias, las nebulosas o los planetas siente algo así como un sobrecogimiento, de asombro, ante el maravilloso orden de la Creación que se mueve, casi bailando, de acuerdo con unas leyes inmutables. Sin embargo, cuando uno vuelve la vista al planeta Tierra, a la historia de la humanidad, se encuentra con guerras espantosas, con personajes como Atila, Gengis Khan, Hitler o Stalin, con injusticias espeluznantes, etc., etc., etc. Una historia de conflictos, egoísmos y caos. Y podemos caer en la tentación de juzgar al Creador por ese caos. La diferencia estriba en la libertad. Las rocas, los planetas, las estrellas o las galaxias no son libres. Sólo pueden seguir unas leyes deterministas. Los seres humanos, en cambio, sí que somos libres. Y lo somos porque todo ese cosmos, que nos maravilla con su belleza, ha sido creado por amor hacia nosotros, para que nosotros podamos existir, contemplarlo y ser su consciencia –que no conciencia, al menos de momento–. Pero libres para poder, libremente –de qué otra manera podría ser si no–, corresponder a ese amor. No hay amor sin libertad. Sin embargo, aún en nuestra libertad, tenemos también unas leyes morales basadas en la coherencia con nuestra naturaleza y grabadas en ella, aunque no estamos obligados a seguirlas de forma determinista. Y, de hecho, no las seguimos. Y, entonces el orden se transforma en caos. Y nos encontramos con los seres humanos reales, de carne y hueso. Y aparece la desorientación existencial, guiada ciegamente por falsas filosofías. Y contemplamos, desolados y asombrados, todo el abanico que va desde la más sublime grandeza y belleza, hasta la más abyecta iniquidad. Desde la maravillosa mansedumbre de un san Francisco de Asís o la amorosa caridad de una Teresa de Calcuta o la sublime pasión san Juan, de Johan Sebastian Bach, hasta las más sanguinarias conquistas de un Tamerlán o los espantosos crímenes contra la humanidad de un Hitler o un Stalin, o la espantosa lacra de la esclavitud. ¿Podría Dios intervenir para evitar esto? Podría, pero leí a alguien que decía que Dios no quiere ser un dictador, ni siquiera del bien.

Sin embargo… sin embargo. Nuestro mundo humano, terreno, podría ser diferente. Podría ser un oasis de paz, de concordia, de alegría, aunque siguiesen existiendo la enfermedad, el dolor físico y la muerte. Si tan sólo siguiésemos esa ley natural inscrita en nuestra naturaleza y revelada por ese Dios de Amor para que ni siquiera tengamos que hacer el esfuerzo, factible no obstante, de descubrirla con nuestra razón. Más, los que creemos en ese Dios sabemos que ese mundo llegará. No porque los hombres vayamos a crear un experimento social que queramos que sea el paraíso en la tierra. Estos paraísos artificiales estarán siempre condenados al fracaso.

Sin embargo, me pregunto de si esa dicotomía entre el mundo cósmico y el humano será realmente cierta. ¿No será tan sólo un problema de perspectiva? Creo que sí. Si nos pudiésemos acercar a los majestuosos anillos de Saturno o al cinturón de Kuiper en la frontera del sistema solar, o a lo más profundo de nuestra galaxia, la impresión que recibiríamos no sería la de una paz majestuosa, sino la de una violencia inusitada. Así nos lo dice la ciencia cuando nos habla de los brutales choques de los asteroides que forman los anillos de Saturno o el cinturón de Kuiper, o de las explosiones de supernovas o del inmenso agujero negro del centro de nuestra galaxia, un inconmensurable Saturno, devorador de todo lo que le rodea. El cosmos, visto de cerca no es ni majestuoso ni pacífico. Como no lo son las lluvias torrenciales que arrasan un pueblo, o la erupción de un volcán que lo entierra entre sus cenizas o la voracidad de un cáncer que devora la vida de quien lo sufre. No, en el mundo cósmico no hay paz y, si hay una majestuosidad, es una majestuosidad terrible de la que conviene mantenerse lo más alejado posible.

Pero los seres humanos tenemos una ventaja sobre el majestuoso cosmos: Podemos progresar. Tenemos redención de ese sino de violencia. Ese sino no es tal. El mundo fue creado por Dios, majestuoso y terrible, para que en él apareciese el hombre, creado a su imagen y semejanza –la libertad entre otras semejanzas– para que, en su nombre, libremente, lo rigiese, lo pastorease, suavizase sus violencias y los efectos de las mismas –sufrimiento, enfermedad, muerte– en dos palabras, fuese, no sólo su consciencia, sino su conciencia. La creencia cristiana en el pecado original es la mayor fuente de esperanza de la humanidad. Para todas las demás cosmogonías, religiones y filosofías el mal y el bien están inextricablemente unidos, son las dos caras de la misma moneda, la lucha entre dos dioses o dos principios necesitados el uno del otro y en perpetua lucha el uno con el otro, condenados a vivir juntos y condenando irremediablemente al hombre a soportar siempre su lucha en el mundo y en sí mismo. Entonces el Génesis nos dijo de cada acto de creación: “Y vio Dios que era bueno”. Y de la creación del ser humano a su imagen y semejanza –“hombre y mujer los creó”– “Vio Dios que era muy bueno”. Dios creó el cosmos para que él, el hombre, en nombre de ese Dios creador, terminase su creación, encauzase su furia de forma que quedase de él sólo la majestuosidad. Pero el hombre no quiso pastorear a el universo que Dios le había dado en nombre de Él. Quiso, usando su libertad, explotarlo por su cuenta y lo que hizo fue que se derrumbase la armoniosa cúpula en construcción. Y el universo retuvo su furia. Y entraron en el mundo, con el pecado, el sufrimiento, la enfermedad, la muerte. Pero tiene arreglo. Se lo prometió desde el principio. El mal será vencido. La cúpula será reconstruida. La furia del universo será apaciguada, el dolor, el llanto, la enfermedad y la muerte serán vencidas. No por el hombre, aunque este deba esforzarse para ello con sus medios, sino por la gracia de ese mismo Dios. Llegará por la gracia de ese Dios Padre, Creador de cielo y tierra y de la mano de su Hijo, Jesucristo. Con nuestro esfuerzo, pero por su gracia. La esperanza vuelve a reinar en el mundo. El bien y el mal no son las dos caras de la misma moneda, no están inextricablemente unidos, no tienen el mismo poder. Por eso, san Pablo exclama: “La creación entera está en anhelante espera de la manifestación de los hijos de Dios. Ya que fue sometida al fracaso, no por su propia voluntad, sino por el que la sometió, con la esperanza de que será liberada de la esclavitud de la destrucción para ser admitida a la libertad gloriosa de los hijos de Dios [...] La creación entera gime y siente dolores de parto [...] y nosotros mismos gemimos, suspirando por que Dios nos haga sus hijos y libere nuestro cuerpo”. Y los salmos le dicen al Mesías que estaba prometido: “Siéntate a mi derecha hasta que yo ponga a tus enemigos como escabel de tus pies”. Lo que le da pie a san pablo para decir también: “El último enemigo vencido será la muerte” y “¿Dónde está muerte tu victoria, dónde tu aguijón?”.

Y, en esas estamos. Ardua, lenta, dolorosamente, reconstruyendo el cosmos y reconstruyéndonos a nosotros. Como una humanidad doliente pero esperanzada. Y podemos aplicar a este proceso los versos de Walt Whitman que dicen:

¡Oh, mi yo! ¡Oh, vida!, de sus preguntas que vuelven,

del desfile interminable de los desleales, de las ciudades llenas de necios,

de mí mismo, que me reprocho siempre (pues, ¿quién es más necio que yo, ni más

                                                                                                                            [desleal?),

de los ojos que en vano ansían la luz, de los objetos despreciables, de la lucha siempre

                                                                                                                          [renovada,

de los malos resultados de todo, de las multitudes afanosas y sórdidas que me rodean,

de los años vacíos e inútiles de los demás, yo entremezclado con demás,

la pregunta, ¡oh, mi yo!, la pregunta triste que vuelve a – ¿qué de bueno hay en medio

                                                                                    [de estas cosas, oh mi yo, oh vida?

 

Respuesta

 

Que estás aquí –que existen la vida y la identidad,

que prosigue el poderoso drama, y que tú, puedes contribuir con un verso.

 

Un duro verso tal vez, en lucha siempre renovada, pero con destellos de esperanza, como nos dice también Whitman:

 

¿Nunca has tenido una hora,

un súbito destello divino que ha precipitado y hecho estallar todas estas burbujas, modas,

                                                                                                                              [riqueza?

¿Estos ansiosos proyectos comerciales – estos libros, política, arte, amores?

¿Una hora de total aniquilamiento?

 

Pues si lo has sentido, esos destellos son lo más auténtico de tu vida. No son sueños vanos. No son sensiblería. Son el eco de tu verso, que viene de lejos pero que te atrae al bien y a la vida, al revés que las sirenas a Odiseo. De ese verso que laboriosamente debes escribir. No debemos callar nuestro verso. Tenemos que hacer caso a Jean Guitton cuando nos dice:

 

“Creo que cada uno de nosotros, en la vida privada, en la vida familiar, en la vida nacional, en la vida internacional, no habla nunca de lo que es esencial. Dicho de otra manera: lo que es esencial queda escondido para siempre en nuestro corazón. Sin embargo, en mi opinión, no deberíamos guardar silencio sobre lo esencial”

 

Guardar lo esencial en nuestro corazón es un grave pecado porque, como le decía José Agustín Goytisolo a su recién nacida hija Julia:

 

“Yo sé muy bien que te dirán

que la vida no tiene objeto

que es un asunto desgraciado.

 

Entonces siempre acuérdate

de lo que un día yo escribí

pensando en ti como ahora pienso:

 

[…]

 

Tu destino está en los demás,

tu futuro es tu propia vida,

tu dignidad es la de todos.

 

Otros esperan que resistas,

que les ayude tu alegría,

tu canción entre sus canciones.

 

Si no lo hacemos así nosotros, los que sabemos esto, nos podrán recriminar con razón:

 

Gritemos ese secreto, proclamemos esas palabras, para que los desesperados no puedan decirnos: “¿Por qué calláis? ¿Por qué? ¿Es que no existe respuesta? ¿Ninguna respuesta?”[1]

 

Sí, sí existe respuesta, y está escrita. Mucha gente, fuera, delante de la puerta, cansados


[1] Wolfgang Borchert, “Fuera, delante de la puerta”. Borchert murió a los 26 años, la víspera del estreno de esta obra.