30 de octubre de 2020

Con motivo del día de difuntos

 Todos tenemos personas queridas que nos han dejado y que nos gustaría que ya estuvieran gozando de la presencia de Dios. Que lo estén o no, es algo que no sabemos. Creo con toda mi alma que la misericordia de Dios no privará del cielo a ninguna persona con un mínimo de buena voluntad y es casi absolutamente seguro que nuestros seres queridos que se han ido la tenían.

Pero no conviene menospreciar el purgatorio. El purgatorio no es en modo alguno un castigo. En él, las almas tienen que purificarse para ser capaces de soportar la visión directa de la santidad de Dios, cuya contemplación sería insoportable sin la mayor pureza. Lo mismo que no se puede meter en un microondas un líquido lleno de virutas de hierro, así no se puede entrar en la presencia de la santidad de Dios sin ser totalmente limpios de corazón. Como hay que filtrar el líquido para poderlo meter en el microondas, así debe el alma ser “filtrada” antes de subir hacia Dios. Y es esa espera, ese ya, pero todavía no, ese ansia, del alma que ya sabe qué es esa contemplación pero que todavía no puede acceder a ella, la que hace que en el purgatorio se sufra de impaciencia y de anhelo. Conseguir para un alma que está en ese vivir sin vivir que pueda pasar de una forma inmediata a la presencia de Dios, es una imponente obra de caridad si se ve con los ojos de la fe. Y que Dios haya puesto en nuestras manos el conseguir esto es otra cosa inaudita.

No creo que pueda haber una obra de caridad más importante que conseguir que un alma del purgatorio pase a unirse con su Creador. Primero por el sufrimiento del purgatorio, en el que casi nunca se piensa. Saber que Dios está al alcance de la mano pero no poder presentarse ante él todavía. Y segundo, porque un alma en el cielo es valedora para toda esta humanidad, tan doliente y tan necesitada. No es una obra de caridad que podamos ver con los ojos de la carne, pero sí con los de la fe.

Por eso hoy, víspera del día de difuntos, quiero hablar de las indulgencias. Sé que su mala práctica –por ellas empezó el cisma de Lutero–, unida a la tibieza espiritual en que vivimos, les han dado mala prensa. Pero yo quiero reivindicarlas hoy. La Iglesia puede conceder indulgencias, no por sí misma, sino como depositaria de la inmensa riqueza de salvación ganada por Jesucristo con su vida, pasión, muerte y resurrección. Y, así, la Iglesia concede gracias especiales que permiten, con medios muy sencillos, obtener para un alma del purgatorio una indulgencia plenaria. A veces, la Iglesia, para hacernos más conscientes a los cristianos olvidadizos sobre la importancia de obtener indulgencias plenarias, convoca acontecimientos extraordinarios que les movilizan y les hacen ver la importancia de las indulgencias como muestra de la Misericordia de Dios. Son los Jubileos. Pero esos momentos extraordinarios no son más válidos que los caminos corrientes que están cotidianamente a nuestro alcance. Siempre he creído que esos medios eran más complicados de lo que son, pero algo tan sencillo como leer media hora la Biblia –cosa ya buena y provechosa en sí misma–, puede obtener una indulgencia plenaria. Cierto que hay que rezar también Padrenuestro, Ave María y Gloria por el Papa, un Credo en comunión con la fe de la Iglesia, comulgar en el día y confesar en la semana anterior o posterior y hacer una obra de caridad. También estas cosas son buenas en sí mismas y, desde luego, no se pueden considerar difíciles. Sin embargo, a estos requisitos les falta el más importante, sin el cual no hay indulgencia que valga y cuyo olvido histórico es el que hace que tanta gente vea lo de las indulgencias como una práctica vacía de contenido o incluso como simonía. Este requisito es un acto de perfecta contrición. Este es, de lejos, el más importante. Ganar una indulgencia no es, por tanto, una especie de concurso en el que, si se da tres vueltas a la pata coja hacia la derecha seguidas de una voltereta lateral, ¡hop! se obtiene la indulgencia. Es necesario un acto de contrición, de dolor por las ofensas, aún pequeñas, a un Dios que sufre con nuestro pecado, porque va contra nuestra felicidad, y que nos quiere hasta la muerte, y muerte de cruz. Un acto de perfecta contrición no es algo que esté a nuestro alcance. Nuestra mente es incapaz de hacerse cargo del sufrimiento que nuestro pecado causa a un Dios que nos ama con locura. Es una gracia. Una gracia que hay que intentar conseguir, sobre todo, pidiéndola. Y una gracia renovadora, liberadora, iluminadora, para quien la busca, es decir, para quien intenta ganar una indulgencia.

Como he dicho al principio, todos tenemos personas queridas que nos han dejado y que nos gustaría que ya estuvieran gozando de la presencia de Dios. Pero si ya lo están, la indulgencia se redirige sola hacia otra persona que la necesite. Puede que se aplique para el alma más olvidada del purgatorio. Ese ser humano que murió poco después de la indulgencia plenaria general que fue la resurrección de Cristo, cargado de pecados de los que se arrepintió en el último minuto y al que la Misericordia de Dios le dio la salvación, pero que tal vez tenga que estar en el purgatorio hasta el fin de los tiempos. Ese ser humano, olvidado y preterido, por el que nadie ha dicho una oración desde el día de su muerte. A ese ser humano, nuestra misericordia, a imagen de la de Dios, le puede abrir el camino inmediato a la Gloria para que desde allí se apiade de la humanidad que milita en la tierra y pida al Padre por ella. Y si la indulgencia es ofrecida por alguien que está ya en el cielo, ese santo, que ya no la necesita, la derivará a otro y derramará sobre el mundo inmensas gracias que obtendrá directamente de Jesucristo. Tantas más gracias cuanto más cerca de Él esté en el cielo.

¿No es grandioso que por los méritos de Jesucristo y a través de la Iglesia podamos lograr eso? ¿No es grandioso que, además, el acto de contrición nos acerque más al Amor de Dios? ¿Es esto ñoñería, meapilez o simonía? De ninguna manera, es caridad en estado puro. Desde luego, yo estaré infinitamente agradecido, si la Misericordia de Dios me lleva al cielo –me temo que pasando por el purgatorio–, a quien haga eso por mí. Y, por aquello de hacer por los demás lo que a uno le gustaría que hiciesen por uno, procuro ganar de cuando en cuando alguna indulgencia para algún ser querido o para un desconocido. Por eso propongo que, al menos el día de difuntos, venzamos esa especie de rubor que nos gana cuando pensamos en las indulgencias y ganemos una para la persona que más hayamos querido cuando estaba con nosotros. ¿Y por qué sólo el día de difuntos? Por eso, creo que no es algo superfluo dedicar de cuando en cuando media hora a leer la Biblia. Aunque se hayan leído de seguido los Evangelios, las epístolas y el Apocalipsis alguna vez, nunca está de más hacerlo repetidamente porque la Sabiduría de Dios actúa como la lluvia que cae una y otra vez sobre el campo para fertilizarlo. Por lo tanto, además de a través del acto de contrición, quien gana una indulgencia para otro, sale beneficiado con la Sabiduría que se derrama sobre él por la lectura de la letra viva de las Escrituras. Por último, contribuye a revivir un acto de piedad olvidado, menospreciado y tan mal interpretado históricamente que ha supuesto un doloroso cisma en la Iglesia. Por lo tanto, contribuye, de una forma misteriosa, a restablecer su unidad. Y, lo más importante, varias almas llegarán a la presencia de Dios gracias él para interceder desde allí por toda la humanidad.

Y me voy a permitir una imagen cargada de locura. Imaginemos al primero que entra en el estadio olímpico a punto de ganar la maratón. Todo el estadio se pone en pie para aplaudirle, para darle ánimo en la última vuelta que le queda, para que no desfallezca en el último minuto. Y cuando llega la ceremonia de la entrega de medallas y sube al podio, el estadio se viene abajo de la ovación. Pues ese corredor de la maratón de la vida somos nosotros y los espectadores del estadio pueden ser aquellos para los que, durante nuestra maratón, hayamos ganado una indulgencia plenaria y estén esperando nuestra entrada en el estadio o situados a un lado del recorrido para darnos aliento en el momento de desfallecimiento.

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