13 de mayo de 2021

La oración de todas las cosas 23; La ciudad celeste

 

XXIII COELESTIS URBS

 Ciudad celeste

 Pierre Charles S.J.

Señor, hay un medio de encontrarte en todas partes, y con todo no en todas partes eres Tú igualmente accesible. Te han buscado en la soledad, aún en el desierto, y continúan buscándote allí. Lejos del tumulto de los hombres, en medio de la naturaleza que es tu obra, con el sol que marca el ritmo de las horas, y en el silencio nocturno, se puede ciertamente, como el viejo san Antonio y los eremitas, oír tu voz soberana y despojarnos de todas las menudencias que nos estorban. Pero, en las ciudades, Señor, con todo su estrépito artificial, en las que los nombres se amontonan, es preciso también que Te encontremos sin esfuerzo y que tu presencia sea algo más que un recuerdo o una llamada intermitente. 

Con demasiada frecuencia, tal vez, siguiendo la línea de la menor resistencia, he soñado una devoción simplemente bucólica, y las ciudades, donde el destino me lleva, me han parecido poco propicias para el recogimiento. Hemos guardado, casi todos nosotros, la añoranza de los monasterios en pleno bosque, a orillas de las aguas, o en las llanuras inmensas; la publicidad insolente, los tranvías, los coches, los autobuses, toda la fiebre de las metrópolis congestionadas y delirantes, la consideramos, desde luego, como una mala distracción, muy fatigante. Te buscamos en el campo, en el reposo un poco indolente, como a un huésped de vacaciones, con el cual se conversa sin prisas.

Pero en ninguna parte tal vez hablas Tú más claro y más alto que en las muchedumbres; en ninguna parte se Te entiende mejor, no sólo como a Creador del mundo, sino como a Pastor de las multitudes; en ninguna parte alcanza tu Cruz tanta significación, ni tu Iglesia tanto relieve. Tú eres todo esto, sin duda, pero ante todo, eres el Salvador de los hombres, y “habitas entre nosotros”. De haber querido fundar una academia de poetas, hubieras podido darnos cita en los claros del bosque y junto a las cascadas, y habríamos entornado juntos salmos al sol que muere o a la luna que se levanta. Pero Tú amas las multitudes, esas multitudes que nos molestan y que nos enervan; esas multitudes llenas de miserias y de deseos. Antaño Te atropellaban; hasta llegaban a impedir que refugiases en el desierto, que invadían ganándote los pasos. Todo este prójimo tumultuoso, exigente, insólito; todo este enjambre humano, con sus agitaciones, sus furores o su sueño, es tu medio predilecto del que nada cambiarán nuestros altivos desdenes. En la soledad, cierto, puedo contemplar; pero para ayudar a mi prójimo, para hacer penetrar el contento en su alma, para vendar sus heridas, para reavivar la llama moribunda de su esfuerzo, es preciso que esté junto a él.

Porque el desierto es un silencio y la ciudad es una voz, un largo grito que produce insomnio, pero que exorciza también las perezas fáciles. La ciudad es brutal, sin duda; pero la realidad lo es siempre, tanto en forma de nacimiento como de muerte. Sólo me habla por requerimientos perentorios; y mi tarea, la más urgente y la más esencial, es ponerme de acuerdo con sus exigencias. La vida no me consulta para fijar sus vencimientos de plazo; no espera que haya terminado mis preparativos: me zarandea día y noche, de la forma que me siento zarandeado en las ciudades trepidantes, y no me atrevo a decir que me sean dañinas estas violencias. Me apremian al esfuerzo.

Señor, que Te encuentre en la muchedumbre. Para sumergirse en la humildad, se inventan a veces métodos sabios, pero yo bien sé que en ninguna parte mejor que en la muchedumbre anónima me doy cuenta de mi insignificancia. En el desierto soy yo el único, y por tanto un poco excepcional. En la cumbre de las colinas, el paisaje parece haberse reunido a mi alrededor. Aún sin hacer nada, sin pensar, me considero allí como algo grande. Pero en las calles y en las estaciones, con esos miles de hombres que están a mi lado sin verme, a los que mi nombre y todas mis hojas de servicio les son prodigiosamente desconocidos, que no tienen necesidad de mí y que pasan sin decir nada, desciendo a mi verdadero nivel y Tú llegas a ser para mi el único a quien todavía puedo hablar. Me acuerdo de esta marea de recogimiento intenso, que me inunda en las grandes ciudades extranjeras, de las que la lengua misma desconozco: en los centros industriales, donde en medio de todos los trabajadores la blancura de mis manos parecen buscar una excusa; y en la miseria de los suburbios donde, ¡ay!, parezco un extraño.

Jerusalén, sí, es una ciudad, la que la liturgia toma por símbolo de tu Iglesia; y Roma, otra ciudad también, la de tu Vicario y la de millares de peregrinos católicos; y allá lejos, Benarés, también es una gran ciudad, hervidero de esplendores y de miserias y en la que será preciso que un día se alce la cruz, no para destruir, sino para acabar en la verdad los largos tanteos de la sabiduría hindú; como es posible, cuando lo hayamos merecido por nuestro mucho amor, que consigamos ver el altar de la Redención, en la Meca, la ciudad santa de los musulmanes.

Se ha hablado muy mal de las ciudades. A propósito de ellas, los predicadores hablan con gusto de Babilonia, de esta pobre Babilonia que, por otro lado, desconocen y que sólo algunos arqueólogos han intentado inventariar. Seguro, donde hay muchos hombres hay muchas miserias y muchas iniquidades; pero también hay mucho esfuerzo humilde, y puede oírse allí la infatigable canción de la entrega. No quiero como los antiguos paganos de Roma, mantenerme a distancia del “vulgo” –odi profanum vulgus–; muy al contrario, en el corazón mismo de la ciudad trágica, dolorosa, aturdida, quiero establecer, en la verdad, la paz de mi alma, muy cerca de Ti. A la ciudad enviaste a vuestros discípulos la tarde de la Ascensión; y allí fue a visitarles el Espíritu. Igualmente de ciudad en ciudad, san Pablo marcaba las etapas de sus viajes apostólicos. Tenía bien sabido que había de poner el fermento de la buena nueva en medio de la pasta para que fermentara; en pleno pueblo, a pesar de las hostilidades y sinsabores, a fuerza de paciente tenacidad. También sobre una ciudad, Tú lloraste –videns civitatem. Tengo un quehacer mejor que apartarme perezosamente para buscar en la paz del campo el olvido de la realidad, por eso Te pido que Te quedes conmigo, cuando recorramos las calles ardientes de sol, o barridas por el cierzo de invierno, o empapadas de lluvia, en medio de mis hermanos los hombres, también ellos acosados por tantas miserias.

 


Añadido mío:

 

9-IV-2004

Escrito sentado en la calle en Assaouira, viendo pasar a la abigarrada muchedumbre de moros y turistas, en las hojas arrancadas de un calendario que iban del 18 al 28 de Marzo: San Salvador, San José, Santa Alejandra, Beato Alfonso de Rojas, San Bienvenido, Santo Toribio de Mogrovejo, Santa Berta, la Anunciación del Señor, Santa Dolores, San Ruperto y Santa Esperanza, respectivamente.

 

Quisiera poner mi mano izquierda

en mi corazón, que hoy está abierto,

y apoyar la otra en el pecho de la humanidad herida.

Sostener en mi palma a los embriones congelados

y tocar también el corazón de los que quieren destruirlos.

Tocar el pecho de musulmanes, judíos y cristianos,

de hombres y mujeres de todas las razas y colores

que pasan a mi lado sin mirarme.

De jóvenes y viejos, de moribundos y recién nacidos,

de los que amargamente lloran en tinieblas

y de los que ríen gozando de la vida.

De los heridos por la enfermedad

y de los iluminados de salud.

De los que odian a Dios y los que le aman.

De los que le alaban y bendicen,

de los que le insultan y maldicen.

De los que le ofenden torpemente

y de los que le entregan su vida sin reservas.

De los que tienen llagas incurables en el alma.

Quisiera decir a todos:

Hermano, hermano, hermano.

Tu Padre es mi Padre y tu sangre es también la mía.

Comulga conmigo, hermano,

en este Amor universal que nos inunda.

Dejemos que la gratuidad de su bálsamo nos unja.

Que suave y refrescante,

nos resbale desde la inclinada nuca

hasta los sucios pies heridos.

Tan sólo por ser humanos, tan sólo por eso,

Dios nos ama.

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