28 de mayo de 2022

Las bicicletas, esa gran amenaza para el capitalismo

 

Leo un recorte de periódico que me mandan, con el título: “La bicicleta es la muerte lenta de nuestro planeta”. Lo pego más abajo. La noticia es el recorte de un periódico que no sé cuál es y no viene firmada. Simplemente reproduce una frase de alguien del que se dice que es el CEO de Euro Exim Bank Ltd. El que escribe el artículo únicamente aporta el título y un comentario final. Busco quién pueda ser ese CEO y qué banco es ese, que no me suena. Logro averiguar que es un pequeño banco que está en un país llamado Santa Lucía, que tampoco me suena. Miro en San Google qué país es Santa Lucía. Entre santos, todos se conocen. Me entero asú de que es un país que sólo ocupa una pequeña isla del Caribe de 616 Km2, (más o menos como el municipio de Madrid) con menos de 200.000 habitantes, que en 1979 obtuvo la independencia del Reino Unido, y que está regido por una monarquía parlamentaria cuya reina es Isabel II, como Canadá o Australia, pero en muy, muy, muy pequeño. Es decir, es un país de la Commonwelth, al fin y al cabo. Me pregunto qué función puede tener un banco en un país así y, sin poder asegurarlo, me respondo que no puede ser otra cosa que un instrumento de un paraíso fiscal. No llego a enterarme de quién es su CEO. Ahora es el momento de reproducir el recorte de periódico.

 


Mi impresión, por la que no creo que me quemase si pusiese la mano en el fuego, es que la frase está sacada de contexto y que el autor del artículo es uno de los muchos profetas que, desde hace más de 200 años, han augurado, siempre cosechando un estrepitoso ridículo, la muerte del capitalismo. Sea o no cierta mi impresión, creo que la frase incita realmente a reflexionar y, por lo tanto, no puedo dejar de hacerlo. Ahí va el fruto de mis reflexiones.

 

Desde luego, si mañana, de repente, todos los habitantes de la tierra cambiasen el coche por la bicicleta, el resultado sería catastrófico. Casi tan catastrófico como que un asteroide gigante, como el que produjo la desaparición de los dinosaurios hace 650 millones de años, chocase contra la Tierra. Casi tan catastrófico pero todavía más improbable. Porque un asteroide sí puede chocar contra la Tierra, pero semejante sustitución fulgurante de coches por bicicletas no puede pasar. Pero imaginemos –y esto sí que es posible– que en los próximos cien años un 40% de la población mundial cambiase coche –sea como sea un coche dentro de cien años– por bicicleta. Nada más escribir esto me doy cuenta de dos cosas: La primera: que, aunque ese 40% comprase una bicicleta, no dejaría por ello de tener coche para otros usos en los que utilizar la bicicleta es imposible. La segunda, fundamental, es que es posible, más aún, probable, que dentro de cien años no haya coches, con independencia de cuánta gente tenga bicicleta. Soy incapaz de decir qué sistema de transporte individual a media o larga distancia será el que utilicen para moverse quienes vivan dentro de cien años, pero apostaría a que no será el coche, ni de gasolina, ni de gas, ni eléctrico. Será otra cosa. Porque el capitalismo ha hecho que eso ocurra siempre. ¿Alguien alumbra su casa con velas? ¿Alguien tiene un látigo en su casa para arrear a los caballos de su carruaje? En el siglo XIX las grandes urbes del mundo tenían un gravísimo problema muy real. Cómo evacuar de las ciudades la mierda y los orines de los miles de caballos que tiraban de los carruajes. Se sentían incapaces de solucionarlo. Hasta que llegó el automóvil y el problema se resolvió solo.

 

Imagen en blanco y negro de un tren en las vias de tren

Descripción generada automáticamenteCarretera en medio de la calle

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La calle Morton Street, coner of Bedford toward Bleecher street en 1893 y ahora, según la muestra Google Earth. Quien quiera leer sobre esto:

 

https://www.iagua.es/blogs/agueda-garcia-durango/nueva-york-estiercol-y-escaleras-cuando-caballos-eran-pesadilla-ciudades

 

Pero volvamos a la situación planteada hace unas líneas, aunque no se sostenga de pie: ¿Qué pasaría si en los próximos cien años un 40% de la población mundial cambiase coche por bicicleta? La respuesta es, sin la más mínima duda: No pasaría nada. O, más bien, pasaría lo mismo que ha pasado ya innumerables veces en los últimos 250 años: que la prosperidad de la humanidad avanzaría enormemente. Es lo que se conoce con el nombre de destrucción creativa. No creativa únicamente en el sentido de imaginativa, que también, sino fundamentalmente en el de creadora. El problema siempre se resuelve de la misma manera: Si la gente gasta menos en coches y más en bicicletas, seguramente el nuevo gasto en bicicletas seguro que será menor que el que hacía en coches. Pero ese dinero que ya no gasta se lo gastará en otras cosas que le convengan, sean las que sean. Y eso hará que otras empresas vendan e inviertan más y contraten más gente. Y lo mismo pasará con los fabricantes de los bienes de equipo que fabriquen las maquinarias de esas nuevas inversiones. Y habrá innovadores que inventen cosas nuevas que harán la vida mejor a millones de personas. Sólo la ceguera unidireccional impide ver esto. Esto ya lo descubrió Frédéric Bastiat, un economista francés liberal del siglo XIX. Enunció un principio al que dio el nombre de “lo que se ve y lo que no se ve”. Se ve que la venta de coches bajará más de lo que suba la de bicicletas, pero no se ve que la gente seguirá comprando otras cosas con el dinero que ahora le sobra. O dicho de otra manera, es la estúpida ceguera del “juego suma 0”. Si ese juego suma 0 fuese cierto, los agoreros de la ruina del capitalismo tendrían razón. Pero es total y absolutamente falso y todo el que tenga ojos en la cara y quiera usarlos, lo verá, no en teoría, sino en la realidad de los últimos siglos. Repitiéndome un poco, pero esta vez no con los excrementos de caballo, traigo a colación un párrafo de la novela de  1985 de Patrick Suskind “El perfume”:

 

“En la época que nos ocupa (previa a la Revolución Francesa) reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata; las cocinas, a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre; las curtidurías, a lejías cáusticas; los mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes (y seguramente cuando todavía lo eran), a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios. El campesino apestaba como el clérigo; el oficial artesano, como la esposa del maestro; apestaba la nobleza entera y, sí, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en invierno, porque en el siglo XXVIII aún no se había atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de la vida incipiente o en decadencia que no fuera acompañada de algún hedor”.

 

El capitalismo, lejos de ser un juego suma 0 es un aparato que está continuamente iniciando procesos que podríamos llamar, de espiral virtuosa. Nuevos avances generan nuevas oportunidades que generan nueva prosperidad para todos que producen nuevos avances que… Sólo el intervencionismo miope de los poderes públicos, sobre todo si son de populistas de izquierdas, puede retrasar estos procesos. Pongo tres ejemplos, que no son de ese populismo de izquierdas sino de cuando el absolutismo decidía, a base de dar o no dar prebendas, quién podía y quién no podía ganar dinero. Los dos primeros ejemplos son del siglo XVI, el tercero del siglo XVIII justo anterior a la revolución industrial.

 

Ahí va el primero: Isabel I de Inglaterra, que no era precisamente economista, negó a su súbdito William Lee una patente para explotar una máquina de su invención para tejer medias y calcetines. Sabiamente, le dijo: “Apuntáis alto maestro Lee. Considerad qué podría hacer esta invención con mis pobres súbditos. Sin duda sería su ruina al privarles de su empleo y convertirles en mendigos”. Con esto retrasó en unos 150 años la revolución industrial, que, lejos de convertir a los ingleses en mendigos, fue el inicio del mayor retroceso de la pobreza que la humanidad haya visto nunca.

 

Y ahí van otros dos ejemplos curiosos: El barco de vapor. En la primera mitad del siglo XVI, el español Blasco de Garay construyó un sistema para impulsar la galera Trinidad, de 200 Toneladas de desplazamiento, por medio de seis ruedas de palas movidas por vapor. Se le permitió llevar a cabo una prueba, en el puerto de Barcelona, en 1543 a la que no asistieron ni el emperador Carlos ni su heredero Felipe. Designaron una comisión de cuatro miembros, ninguno de los cuales tenía la más mínima idea de ingeniería. El presidente era D. Alonso de Rávago, Tesorero de la Real Hacienda. Todos menos el Tesorero alabaron el funcionamiento del ingenio, señalando su velocidad y su rapidez en dar la vuelta. Pero el informe de Rávago fue muy negativo y el proyecto cayó en el olvido. Eso sí, por lo menos a Blasco de Garay se le dieron 200.000 maravedíes para compensar los gastos de construcción y se le hicieron otras mercedes. Hoy en día Blasco de Garay da nombre a una calle de Madrid, pero su invento no encontró ningún apoyo en la España de Carlos V[1]. Me pregunto qué hubiera pasado si, 45 años más tarde, con el ingenio perfeccionado, la Armada Invencible hubiese sido de vapor. Y ahí va el ejemplo del siglo XVIII, también con el barco de vapor. En 1707, el francés Denis Papin construyó en Alemania un barco de vapor. Intentó conseguir, a través de Leibniz, un permiso del Príncipe Elector de Kassel para “pasar sin ser molestado” por los ríos Fulda y Weser. Su propósito era descender por estos ríos desde Kassel, atravesar el mar del Norte por su extremo sur y remontar el Támesis hasta Londres. Una auténtica proeza. El Príncipe Elector le negó el permiso porque el gremio de barqueros de los ríos alemanes, que tenían el monopolio de navegación de esos ríos amenazaron con la huelga. A pesar de todo, Papin lo intentó. Pero el barco fue destruido por el gremio de barqueros en Münden, pocos kilómetros aguas abajo del punto de partida. Papin murió pobre y fue enterrado en una tumba anónima. Sólo en 1760, tuvo éxito la máquina de vapor de James Watt, en la Inglaterra de la revolución industrial. Para entonces, el círculo virtuoso de la inclusión se había desarrollado lo suficiente y no había ningún poder absoluto capaz de frenar la destrucción creativa. El capitalismo siempre es así.

 

Ni la desaparición de la un día próspera industria de velas, asesinada primero por el gas y luego por la luz eléctrica, ni la desaparición del mercado de látigos y carruajes a manos del automóvil han causado ningún desastre. Más bien al contrario, han sido motores de prosperidad. El coche se morirá sólo, McDonald se acabará sin la ayuda de las bicicletas. Probablemente, gracias a Dios habrá menos caries, menos enfermedades cardíacas y la gente comerá más sano. Y, claro, serán necesarios muchos menos cardiólogos, dentistas y dietistas. En cambio, habrá miles de profesiones nuevas que ahora somos incapaces siquiera de barruntar. Esa es la grandeza del capitalismo. Si el capitalismo muere o la sociedad colapsa, no será por culpa de las bicicletas. Mucho más peligrosos son los populismos y los agoreros que escriben este tipo de artículos. Así que, ¡Viva la bicicleta!, ¡impulsémosla sin miedo al desastre!



[1] Transcrito literalmente del libro “¿Por qué fracasan los países?” de Daron Acemoglu y James Robinson, cuya lectura recomiendo de forma entusiasta.

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