29 de mayo de 2016

¿Diaconisas?

El pasado viernes 20 de Mayo, los periódicos ardían con titulares más o menos informados (más bien menos que más), más o menos sensacionalistas (más bien más que menos) glosando unas breves palabras del Papa Francisco en una reunión con las Superioras Generales de Órdenes Religiosas femeninas. Aunque en esta sociedad un poco enferma de actualidad, una semana sea una eternidad de da para olvidar cualquier cosa, creo merece la pena dedicarle un rato, aunque sea con tan “enorme” retraso.

Merece la pena, antes de seguir adelante, leer la pregunta exacta de la religiosa y la respuesta, también exacta, del Papa:

Pregunta: “En la Iglesia existe el oficio del diaconado permanente, pero está abierto sólo a los hombres, casados o solteros. ¿Qué impide a la Iglesia incluir mujeres entre los diáconos permanentes, al igual que ocurría en la Iglesia primitiva? ¿Por qué no crear una comisión oficial que pueda estudiar el tema?”

Respuesta: “Esta pregunta va en el sentido de "hacer": las mujeres consagradas ya trabajan tanto con los pobres, hacen muchas cosas ... Se toca el problema del diaconado permanente. Efectivamente sucedía en la antigüedad, hubo un inicio... Recuerdo que era un tema que me interesaba mucho cuando venía a Roma para las reuniones... y había un teólogo sirio muy bueno al que un día pregunté sobre este tema y me explicó que en los primeros días de la Iglesia había algunas "diaconisas". Pero ¿cuáles son esas diaconisas? ¿Estaban ordenadas o no? Se habla en el Concilio de Calcedonia (451), pero es un poco oscuro. ¿Cuál fue el papel de las mujeres diaconisas en aquellos días? Parece    –me dijo aquel teólogo– que el papel de las diaconisas era ayudar en el bautismo de las mujeres en la inmersión, las bautizaban ellas, por una cuestión de pudor, también para hacer las unciones en los cuerpos de las mujeres, en el bautismo. Y una cosa curiosa: Cuando había un juicio matrimonial porque el marido golpeaba a su mujer, y ésta iba a quejarse al obispo, las diaconisas eran las encargadas de ver los hematomas en el cuerpo de la mujer causados por los golpes del marido e informar al obispo. Hay algunas publicaciones sobre el diaconado en la Iglesia, pero no está claro cómo era. Creo que voy a pedir a la Congregación para la Doctrina de la Fe que me informe acerca de los estudios sobre este tema, porque os he respondido sólo en base a lo que había oído de este sacerdote que era un investigador erudito y válido sobre el diaconado permanente. Y también me gustaría establecer una comisión oficial que estudie el tema y creo que será bueno para la Iglesia aclarar este punto. Estoy de acuerdo, y voy a hablar para hacer algo de este tipo”.

Como se ve, nada que haga pensar que pueda estar en la cabeza del Papa la ordenación sacerdotal de las mujeres. Sin embargo, el estudio que dice el Papa que debe hacerse, ya está hecho. Se trata de un extenso documento realizado en 2002 por la Comisión Teológica Internacional con el título: “El diaconado: evolución y perspectivas”. Adjunto un link para el que esté realmente interesado.


Por supuesto, el documento dedica varias páginas al análisis del diaconado femenino en el Nuevo Testamento y en la Iglesia primitiva. El documento en cuestión dice en sus conclusiones:

“En lo que respecta a la ordenación de mujeres para el diaconado, conviene notar que emergen dos indicaciones importantes de lo que ha sido expuesto hasta aquí: 1) las diaconisas de las que se hace mención en la Tradición de la Iglesia antigua —según lo que sugieren el rito de institución y las funciones ejercidas— no son pura y simplemente asimilables a los diáconos; 2) la unidad del sacramento del Orden, en la distinción clara entre los ministerios del obispo y de los presbíteros, por una parte, y el ministerio diaconal, por otra, está fuertemente subrayada por la Tradición eclesial, sobre todo en la doctrina del concilio Vaticano II y en la enseñanza posconciliar del Magisterio. A la luz de estos elementos puestos en evidencia por la investigación histórico-teológica presente, corresponderá al ministerio de discernimiento que el Señor ha establecido en su Iglesia pronunciarse con autoridad sobre la cuestión”.

Por tanto, que el Papa ordene que se forme una comisión para analizar de nuevo este tema, con más profundidad y se pronuncie en consecuencia, es algo que ya había pedido la Comisión Teológica Internacional, siendo el Cardenal Ratzinger Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, antes de que lo haya pedido la superiora en cuestión.

Tal vez aquí debería yo hacer mutis, porque el que esté interesado puede leer el documento que adjunto y el que no, ¿de qué le sirve lo que yo pueda decir? Aún así, me voy a atrever a hacer unas, espero que breves, reflexiones. Por supuesto, estas reflexiones no tendrán el más mínimo significado para quien crea que ni el Nuevo Testamento es fiable, ni Cristo instituyó la Iglesia, ni la Tradición de ésta tiene ningún valor. Pero, me pregunto: A los que estén en esta situación, ¿qué demonios les importa lo que la Iglesia diga sobre este tema? A mí, que no creo en el Islam ni poco ni mucho, me importa tres caracoles que el Islam permita o no a las mujeres ser imanes. Sí me importa, por supuesto, que respete sus derechos civiles, es decir, que no las obliguen a llevar burka, que no tengan un estatus jurídico inferior al de los hombres, que no las mutilen, que no sean discriminadas laboralmente, etc. Pero que puedan ser imanes o no me importa una higa. Aclarado esto vamos adelante.

Está claro que Cristo, en la última cena, cuando instituyo el sacramento de la Eucaristía y el sacerdocio, lo hizo sólo con hombres. ¿Por qué lo hizo así? No tengo la más mínima idea, pero lo hizo. A menudo, cuando sale este tema en charlas de café, oigo decir que no lo instituyó con mujeres porque esto iba contra las costumbres judías de la época. El argumento me parece insostenible porque si hay algo que caracterizó a Cristo fue el “fumarse un puro” con las costumbres judías de la época. El hecho de tener un buen número de mujeres entre sus seguidores, ya era algo que iba contra las costumbres de los rabinos judíos de la época. Pero, además, estuvo varias veces a punto de ser apedreado por el hecho de saltarse a la torera, no solo las costumbres, sino las más arraigadas creencias judías. De hecho, su condena a muerte por el Sumo Sacerdote se produjo cuando éste le preguntó abiertamente si era Hijo del Altísimo, a lo que Jesús dio una respuesta rotundamente afirmativa. La última cena no fue un momento trivial en la historia de la fundación de la Iglesia por Cristo. Fue un momento decisivo. Si Cristo, que era Dios y, por tanto, veía los siglos de los siglos, hubiese creído bueno para su acción salvadora que las mujeres pudieran ser sacerdotisas como los hombres, ninguna convención cultural le hubiese frenado para hacerlo así. Si no lo hizo fue, sencillamente, porque no quiso. ¿Qué razones le impulsaban a no querer que fuese así? Ni lo sé ni me siento capaz de aventurar ninguna ni remotamente.

También oigo a veces decir que fue una conspiración posterior de los apóstoles, machistas ellos, la que apartó a las mujeres del sacerdocio que Cristo sí había querido para ellas. Esto, que por otro lado habría que probar, tampoco se tiene de pie. Primero porque no parece razonable pensar que todos los discípulos, que salieron a predicar la Palabra de su Maestro a costa de su vida, falseasen Ésta. La vida y enseñanza de Cristo había cambiado cosas muchísimo más importantes en su vida como para que se aferrasen a un supuesto y estúpido machismo. ¿El Pedro cobarde de la noche de Jueves Santo, que se convierte en el valiente que afirma ante el Sanedrín que “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”, ¿se va a “vender” a una mentira por su supuesto machismo? Los apóstoles salieron inflamados a anunciar la Buena Noticia a riesgo de sus vidas. Si te juegas la vida por algo, no recubres aquello por lo que te juegas la vida con la mentira absurda. Pero, además, si algunos hubiesen hecho esto, otros, mujeres, pero también hombres, no hubieran transigido así como así. Los hechos de los Apóstoles y las epístolas apostólicas dejan clara constancia de las disputas que hubo en ella por diversos motivos y de cómo se resolvieron. ¿Algunos ejemplos? La disputa sobre si era posible aceptar a los griegos como cristianos, o si debían circuncidarse, o si se podía comer con ellos, o si se les podían imponer las manos para que viniese el Espíritu Santo sobre ellos, o si se podían comer alimentos impuros, o si las viudas de los cristianos de origen griego eran tratadas peor que las de origen judío, o si se podía comer carne sacrificada a los ídolos, etc., etc., etc. Todo esto está en el Nuevo Testamento. Pero, ¿ni una sola palabra sobre el supuesto escamoteo del sacerdocio a las mujeres? ¿Una conspiración del silencio TOTAL que no deja ninguna huella? No suena razonable. Suena más bien increíble.

Entramos a continuación en el tema del diaconado, tanto de los diáconos como de las diaconisas. En diversos lugares del Nuevo Testamento se habla de los diáconos. Su primera mención es en los Hechos de los Apóstoles, cuando se nombran a los siete primeros diáconos. En según qué traducciones no se utiliza la palabra diáconos, sino servidores o los que se dedican al servicio. Pero, ahí está la confusión porque la palabra diácono o diaconía, en griego, no significa, por tanto, otra cosa que servicio. Es, por lo tanto, una palabra ambigua. Estos primeros diáconos lo fueron para garantizar, en una de las disputas de que he hablado antes, que las viudas de los griegos no fuesen tratadas peor que las de los judíos, sin que los apóstoles se tuviesen que distraer del ministerio de la Palabra para vigilar la equidad de trato. Pero, posteriormente, estos diáconos se dedicaron también al ministerio de la Palabra. Uno de ellos, Estaban, murió mártir por predicar la palabra demasiado convincentemente y otro, Felipe, además de llamarle el evangelista –por predicar con elocuencia la Buena Noticia, no porque escribiese ningún Evangelio– administró el bautismo al ministro de la reina etíope Candace.

Varias epístolas de Pablo y Timoteo, hablan de los diáconos, pero aunque describen las cualidades que deben tener, no especifican claramente sus funciones. En cuanto a las diaconisas, en el Nuevo Testamento, únicamente en la epístola de san Pablo a los romanos se habla de una Febe, diaconisa de la Iglesia de Cencreas, pero es difícil precisar que quería decir san Pablo con eso, más allá de que estaba al servicio de la Iglesia de Cencreas.

De una manera paulatina, el concepto de diácono y diaconisa fue evolucionando a lo largo de la historia de la Iglesia, a tiempo que aparecían nuevas figuras. Ello era debido a que el número de fieles aumentaba de forma exponencial y los Obispos, sucesores de los Apóstoles, necesitaban más y más ayudas. En el concilio de Calcedonia al que hace referencia el Papa, que fue el cuarto ecuménico, se habla de once niveles diferentes, a saber: Obispos, presbíteros (también este nombre aparece en el Nuevo Testamento sin definirse claramente sus funciones. Su significado en griego es algo así como el más anciano, el más antiguo, el decano. En Calcedonia, sin embargo, ya se identifican con los que hoy llamamos normalmente sacerdotes), diáconos (no habla de diaconisas), de los que dice textualmente que no son consagrados para el sacerdocio, sino para servir a éste[1], subdiáconos, acólitos, exorcistas, lectores, ostiarios, salmistas, vírgenes y viudas. Pero, con los siglos, todas estas órdenes han ido evolucionando y al llegar al concilio Vaticano II, se habían dividido en órdenes mayores, las tres primeras, que se consideran tres grados del Sacramento del Orden Sacerdotal, es decir, se incluía en él a los diáconos y menores, el resto, que no se consideraban parte del Orden Sacerdotal. Los exorcismos habían quedado reservados para los presbíteros especialmente designados por el Obispo y el diaconado se había convertido en una etapa previa, en la que se permanecía tan sólo unos meses antes de ser ordenado presbítero o sacerdote. El Concilio Vaticano II “resucitó” la figura del diaconado permanente, al que podían acceder hombres casados para permanecer en esta situación durante toda su vida, sin pasar al sacerdocio.

En cuanto a las diaconisas, durante los primeros siglos de la Iglesia las hubo. Algunas de ellas fueron llamadas por su nombre por algunos Padres de la Iglesia, pero nada hace pensar que se considerase que formaban parte del sacramento del Orden Sacerdotal. Poco a poco, a medida que el bautismo se iba aplicando sólo a los niños y desaparecía el bautismo por inmersión, fueron desapareciendo. El título de diaconisas, se siguió manteniendo de una manera más honorífica que otra cosa para algunas superioras de monasterios, hasta que, poco a poco, fue cayendo en desuso, más que nada por su carencia de contenido.

Este es actualmente el estado de la cuestión. Ahora, centrémonos en la actualidad.Me parece obvio que la Iglesia está intentando, desde el Vaticano II, dar mayor protagonismo a los seglares en la vida y gobierno de la Iglesia. Que las mujeres puedan y deban equipararse con los hombres en este creciente protagonismo seglar en todos los ámbitos, me parece razonable y de justicia. Pero hay que distinguir, para todos los seglares, hombres y mujeres, entre cuestiones doctrinales y disciplinares. Las primeras son inamovibles. Las segundas son perfectamente modificables si así lo establece el ministerio de discernimiento que el Señor ha establecido en su Iglesia, según reza el documento antes citado en sus conclusiones (curiosa manera de decir el Papa). Si la doctrina de la Iglesia sobre el sacramento del bautismo establece que su ministro puede ser, en principio, cualquier cristiano, ¿por qué no va a poder, en un futuro, impartirlo un cristiano, hombre o mujer, debidamente habilitado y autorizado para ello por quien corresponda? Y si en el matrimonio los ministros son los propios contrayentes y el sacerdote o el diácono son meros testigos ante la Iglesia, ¿por qué no puede llegar a serlo un seglar debidamente formado y autorizado, con independencia de su sexo? ¿Y qué decir de la lectura del evangelio en la Misa o de la celebración de la liturgia de la palabra o de la exposición y bendición con el santísimo cuando no hay sacerdotes? Y, el gobierno de la Iglesia como institución humana. ¿Por qué no pueden participar en él seglares, hombres o mujeres, debidamente acreditados como lo hacen en empresas y gobiernos? De hecho, ya Benedicto XVI puso al frente del IOR (El banco del Vaticano), justo antes de renunciar, a un hombre de negocios. Y con Francisco, además de su Presidente, Jean Baptiste de Franssu, están en el Consejo un alemán, un británico y una mujer, la estadounidense Mary Ann Glendon. Y parece que el IOR funciona bastante mejor y, sobre todo, con mayor transparencia. Seguramente, todas estas cuestiones, si llegan a abordarse, hagan necesario un replanteamiento de la figura del diácono permanente. Bueno, pues replantéese. No es una cuestión doctrinal, sino disciplinar.

Por supuesto, si estas cuestiones se abordasen habría una inmensa dosis de sensacionalismo por parte de la prensa y un ruido de rasgamiento de vestiduras por parte de los que creen que la Iglesia debe ser un fósil. La Iglesia es sin duda inmutable, como todo lo que viene del cielo. No hay duda de que también innova, como conviene al paso del tiempo, ese gran innovador. Pero ocurre que lo que cambia en la Iglesia no comparte la esencia de lo que nunca cambia. Su parte ósea queda inalterada, mientras que los cambios se quedan en la superficie. Sus modificaciones se realizan solamente a flor de verdad[2].Yo, ni pincho ni corto en esto, pero aceptaré lo que diga el Papa al respecto, si llega a decir algo.



[1] El magisterio de la Iglesia. Heinrich Denzinger, Biblioteca Herder, quinta reimpresión 1997, pag. 58.
[2]Frase citada por Jean Guitton en su libro “Un siglo, una vida” como anotada en el cuaderno malva de su madre y atribuida al P. Didon, un dominico del siglo XIX adelantado a su época.