25 de junio de 2017

la necesaria (e implausible) evolución de la democracia

En la entrada con título “El populismo triunfará”, del 27 de mayo pasado, decía: “A pesar de no saber cómo pueda ser está evolución del sistema democrático, en un futuro escrito me atreveré a dar unos cuantos palos a ciegas y, por tanto, sin confiar demasiado en lo que pueda decir. Pero tal vez mis ideas puedan ayudar a otros a alumbrar unas mejores, de ahí mi atrevimiento”. En la entrada del sábado pasado, 17 de Junio, “El irresistible ascenso de la mediocridad”, me reafirmé en ese intento. Me pasé tres pueblos de atrevimiento y ahora lo lamento, porque el tema se las trae. Pero, para no incumplir lo dicho, he escrito algo que, una vez terminado, me parece bastante inútil. No porque lo que diga sea una chorrada superlativa, que puede que lo sea, pero no en ese grado, sino porque son ideas impracticables. Es como el cardiólogo que le dice a su paciente: “Usted lo que tiene que hacer es no tener preocupaciones”. ¡Bravo! ¡Es usted un genio! Pero ya que el esfuerzo está hecho y tras ponerme la venda antes que la herida,… allá voy. Pero antes, un disclaimer: de ninguna manera se desprende de lo que viene a continuación que la solución sea volver a sistemas políticos de tiempos pasados que, desde luego, no fueron mejores. Quien haga esa lectura de estas líneas es que no ha entendido nada. Se trata de la evolución y mejora de la democracia, de ninguna manera de su disolución.

Lo primero un asunto más operativo que “filosófico”, pero no por ello menos importante. Creo que el sistema electoral debería ser de circunscripción unipersonal. Es decir, con un solo candidato en cada circunscripción por cada partido –con cabida para independientes, por supuesto. De esta forma, los electores les pueden conocer y recurrir a ellos durante la legislatura. Y él tiene la obligación de responderles y puede, incluso, reunirse con ellos periódicamente. El que más votos obtenga, es mi representante y, aunque no le haya votado, y puedo dirigirme a él para pedirle explicaciones y hacerle sugerencias y tiene que responderme. Por supuesto, todas las circunscripciones tendrían que tener el mismo número de electores para que no haya votos que pesen más que otros. El número de votantes por circunscripción tiene que ser lo suficientemente bajo para que pueda ser atendido por el candidato electo, pero lo suficientemente grande para que no de lugar a un número demasiado grande de diputados. En Francia, por ejemplo, hay alrededor de 100.000 habitantes por circunscripción lo que supone 577 diputados. En el Reino Unido hay 600 miembros de la cámara de los comunes lo que nos lleva también a unos 100.000 habitantes por circunscripción. Para esta elección de circunscripción unipersonal creo que es mejor el sistema de dos vueltas. Y ello por dos motivos. El primero porque si hay dos candidaturas de corte similar, podrían canibalizarse el voto una a la otra y que ocurra que, representando en conjunto la tendencia ideológica preferida, no saliese elegida. Esto no me parecería razonable. Con una segunda vuelta, eso no pasaría. El segundo motivo radica en que la primera vuelta daría una información relevante para la actuación del partido porque en ella podrían leerse votos de castigo u otras cuestiones muy relevantes para indicar al partido que piensan sus electores y permitirle adaptarse mejor a ellos.

Pero para saber quién debe ser en el representante del partido al que yo voy a votar mi circunscripción, hay que contar conmigo. Es decir, debe de haber un proceso de primarias al que se pueda presentar libremente cualquier miembro del partido, sin que tenga que ser presentado por la dirección. Por tanto, el candidato electo lo es por méritos propios y no tiene que someterse a ninguna disciplina de voto del partido. Tiene que someterse al control de sus representados. Un sistema así tiene una consecuencia importantísima: permite que salgan líderes en los partidos. Con los sistemas de asignación desde arriba, el candidato es tributario de su partido en vez de serlo de los ciudadanos que le eligen. Y, por lo tanto, lo que le hace ascender en el escalafón es, como pasa hoy día, la sumisión. Y ese no suele ser el rasgo distintivo de un líder. Al contrario, genera paniaguados que sólo saben balar de consentimiento. En las primarias para elegir al candidato del partido, los electores no deben ser sólo los militantes del partido, sino todos sus votantes porque, al final, el candidato me va a representar a mí, sea o no militante. Sería bueno que los que participen en la elección del candidato del partido sean, efectivamente, votantes del mismo. Sería bueno, pero no imprescindible. A mí, si pudiese votar en primarias quién iba a ser el candidato del PSOE en mi circunscripción, aunque no sea votante del PSOE, no se me ocurriría votar al peor o al más botarate o al más inútil. Lo haría por el que me pareciese más capaz, aunque no fuese del partido al que yo vote. Por si acaba ganando. Así son los algunos de los caucus en las primarias de los EEUU. Pero si esto parece demasiado abierto, entonces se puede recurrir a que el que quiera votar en las primarias de un partido, deba acreditar que ha votado a ese partido en las últimas dos o tres elecciones. Seguro que hay muchas maneras técnicas de poder hacer eso respetando la confidencialidad, mediante sistemas de determinación de identidad de forma encriptada. Pero si este anonimato no fuese posible, que cada quien decida, si quiere que se sepa a quien ha votado y poder así participar en las primarias o si prefiere el anonimato y no votar. A fin de cuentas, los militantes que hoy en día que votan en las primarias, se identifican, no sólo como votantes, sino como militantes. En cualquier caso, y como he dicho antes, creo que las primarias no deben ser sólo cuestión de los militantes, porque los sufridores de los candidatos serán los ciudadanos, sean o no militantes y, además, porque la ciudadanía suele ser más moderada y menos ideologizada que la militancia.

Tampoco me parece que los bandazos y cambios de rumbo bruscos sean buenos para la democracia. Por este motivo, creo que en cada periodo electoral únicamente deberían elegirse una parte de los representantes del parlamento, de forma que los cambios fuesen paulatinos. Por ejemplo, podría haber elecciones cada año para una quinta parte de las circunscripciones, de forma que cada cinco años se renovase el parlamento completo, pero poco a poco. Esto no llevaría a una aglomeración de elecciones, porque cada ciudadano sólo votaría cada cinco años en elecciones generales. El presidente del gobierno podría ser elegido por el Parlamento en cualquier momento, sin esperar al momento de elecciones que, de ninguna manera podrían adelantarse a gusto del presidente del gobierno de turno. De esta forma, los parlamentarios, que como se ha dicho, responden a sus electores, pueden retirar a una persona que haya perdido su confianza.

Otra cosa es, en cambio, la elección de la dirección del partido, Secretario General o Presidente. Dirigir una organización es una cosa que requiere determinadas capacidades de gestión que es muy probable que no tenga el que salga elegido en una votación. Tendrá que ser elegido por el aparato de acuerdo con esas capacidades, aunque posteriormente deba contar con la aprobación de al menos el 50% de los últimos candidatos elegidos en primarias, hayan o no obtenido escaño. También un 50% de los que le dieron el refrendo pueden quitarle de su cargo de gestor del partido. De esta forma, es la dirección del partido la que depende, en última instancia, de los electores, y no al revés. Es importante ver que el poder del Secretario General, con un sistema electoral así, está muy limitado en cuanto a su poder sobre los candidatos, porque estos no le deben nada sino que, al contrario, son sus “jefes”. El Secretario general queda reducido a un mero gestor del aparato que tiene que contar con aquellos que hayan obtenido la nominación en las últimas primarias. Por supuesto, el aparato del partido puede expulsar a un miembro del mismo. Eso haría que no se pudiese presentar como candidato del partido, pero nada le impediría hacerlo como independiente.

Esto, en cuanto al sistema electoral y la organización del partido. Ya se empieza a ver la imposibilidad de un sistema así. Apostaría a que los aparatos de los partidos se negarían aun sistema electoral y de elección de cargos así, precisamente porque perderían el control de la sumisión de los candidatos.

Hasta aquí la parte operativa. Vamos ahora con la “filosófica”. Más allá del sistema electoral y de la forma de elección de los candidatos y cargos del partido, creo que hay cuestiones que deben estar estrictamente limitadas en cuanto a lo que puede hacer y no puede hacer un gobierno, sea del signo que sea y tenga la representación que tenga. Si lo primero parece casi imposible, esto es prácticamente irrealizable. Para hablar de ello, es preciso que haga un circunloquio para hablar de los derechos de 1ª, 2ª y 3ª generación.

Los derechos de 1ª generación son derechos naturales, inherentes a cualquier ser humano. Son pocos. El derecho a la vida (de TODOS, no natos incluidos), a la libertad de conciencia y expresión de las propias ideas, a la propiedad –lo que incluye la libertad de emprender, la seguridad jurídica de que el fruto del emprendimiento es también de la propiedad del emprendedor y el derecho al libre comercio sin proteccionismos de ningún tipo– y pocos más. No son derechos políticos, sino humanos. Cualquier estado que se precie tiene que ser capaz de garantizar estos derechos, lo que conlleva que tenga que haber un poder legislativo, judicial, ejecutivo, una policía que haga cumplir las leyes, un ejército que defienda esos derechos frente a otros países y poco más.

Los derechos de 2ª generación son fundamentalmente políticos. Son los que definen los cauces por los que los anteriores se van a defender y los que definen cómo los ciudadanos van a elegir a sus gobernantes con libertad. También estos derechos deben ser garantizados por la estructura del estado. Con cierta amplitud de miras, se podría incluir entre estos derechos de primera o segunda generación el de que nadie, por no tener los mínimos medios necesarios, quede excluido de la sanidad o de la educación, de un techo que le cobije o de algunos otros servicios que son indispensables para la dignidad humana. Es importante lo que he resaltado en negrita más arriba. Se trataría de garantizar este derecho exclusivamente a éstos y habría que ser muy estricto en cuál es ese mínimo. No se trata de crear paniaguados. Esto es algo muy diferente de la sanidad o la educación públicas y universales que forman, junto con otros, los supuestos derechos de 3ª generación de los que hablaré más adelante. Esto se puede lograr haciendo que el estado pague un seguro de enfermedad o dando un cheque educación para esas personas sin los mínimos recursos, etc. y haciendo obligatoria, para el conjunto de los ciudadanos, la suscripción, de su bolsillo, de pólizas de seguros de salud o de otros servicios, tal como ahora es obligatorio un seguro de automóvil. Y de ninguna manera debe ser el estado el que preste directamente estos servicios. Eso genera siempre ineficiencias, despilfarro y corrupción. Evidentemente, los derechos de 1ª y 2ª generación requieren gastos. Pero son gastos bastante restringidos a los que el estado puede y debe hacer frente con un sistema fiscal muy moderado.

Los supuestos derechos de 3ª generación, en cambio, son derechos económicos, del estilo: todo el mundo tiene derecho sanidad o educación gratuitas, a una vivienda digna o a un trabajo digno, o a un salario vital digno. Este tipo de derechos son, en primer lugar, ambiguos. ¿Cómo tiene que ser una vivienda, o un trabajo o un salario vital para que sean dignos? ¿Quién lo define? Pero, además, y más importante, son derechos caros de garantizar. ¿Quién los va a pagar? ¿El estado? Y, ¿quién es el estado? Los contribuyentes. Es decir que tienen que salir de los impuestos. Y generalmente, cuando se ha llegado a un límite de la carga impositiva se empieza a recurrir a cargar esos impuestos excesivos a los “ricos”. Categoría esta de “ricos” que los que gobiernan se cuidan de definir muy finamente con el objetivo de mantenerse en el poder. No pueden ser los muy, pero que muy, ricos, porque son muy pocos y, aunque ganen mucho, su renta acumulada no da para una exacción que recaude mucho dinero y, por si fuera poco, tienen una amplia posibilidad de situar sus rentas –e incluso su residencia y nacionalidad– en países que les convengan. Hay, por lo tanto, que bajar el listón de “ricos”. Esta categoría tiene que mantener un delicado equilibrio en los criterios de los gobernantes que prometen derechos de 3ª generación. Suficientes para que se pueda obtener de ellos una sustanciosa recaudación, pero suficientemente pocos para que sean una minoría que tenga relativamente poca incidencia en los resultados electorales. Es decir que en la definición de “ricos” no hay ni sombra de un criterio de supuesta justicia, sino un frío cálculo recaudatorio y electoralista. Esto de cargar impuestos sobre los definidos como “ricos” para dar derechos de 3ª generación a toda la población es lo que ha dado en llamarse la redistribución de la renta. La redistribución de la renta es un derecho que el estado se ha arrogado sigilosamente, apoyado por una mayoría cada vez mayor y más exigente con la minoría de los “ricos”. Pero este grupo de ciudadanos “ricos” es, en general, el más productivo de cada país y por muy minoría que sean, pueden decidir ser menos productivos porque, ¿para qué? Y nadie les puede obligar a ser más productivos para poder cobrarles más. Lo que nos lleva al tema de la justicia.

¿Tienen estos ciudadanos un deber de justicia de participar en esta llamada redistribución de la renta? Estoy convencido de que no. Si alguien, bien sea a través de un sueldo o de su participación en una empresa, gana de forma honrada lo que gane, sometido a la libertad y transparencia del mercado, ese dinero es suyo en justicia. Y si es suyo en justicia, no se le puede exigir, en nombre de la justicia –que es la virtud de dar a cada uno lo suyo– que redistribuya lo que es suyo. Obligarle a ello va contra la justicia, por mucho que un estado decida por mayoría que puede hacerlo. Estos ciudadanos “ricos” puede que tengan el deber ético –impuesto por la propia conciencia, sea por filantropía o, si se es cristiano, por la obligación grave de practicar la caridad– de compartir sus bienes. Pero es una obligación que les atañe en lo más íntimo de su conciencia y que, de ninguna manera puede venirles impuesta por el estado sin vulnerar esa libertad de conciencia que es uno de los derechos de 1ª generación. Ahí está el caso de las donaciones de Amancio Ortega –que son la punta del iceberg de tantísimas donaciones anónimas a través de la multitud de ONG´s y fundaciones que proliferan para los fines más dispares. Es para caerse de espaldas la estupidez de los que rechazan las donaciones de Amancio Ortega porque afirman no querer depender de la caridad. No, claro, quieren depender de que los “ricos” paguen todo, sometidos a una tiranía de una mayoría creciente y cada vez más ávida. El clarividente Alexis de Tocqueville ya avisó, en “La democracia en América” (1835) y otras obras suyas, del peligro de la tiranía de la mayoría que acechaba a la democracia.

Pero, además de las razones de justicia –que son de lejos las más importantes– hay otras de eficiencia. Los servicios prestados por el estado en estos campos llevan a enormes ineficiencias y son, por si fuera poco, un incentivo para la corrupción de los políticos que administran los fondos para prestarlos. Además, muy a menudo llevan, a través de una situación de cuasimonopolio estatal, a rebajar la calidad de los servicios y a hacer que muchos ciudadanos tengan gastos redundantes, pagando la educación o la sanidad por partida doble.

Por si esto fuera poco, la imposición por parte del estado de la carga de los derechos de 3ª generación sobre unos ciudadanos para favorecer a otros, crea enormes ineficiencias en la marcha de la economía y de la creación de un estado de auténtico progreso y prosperidad. Además de desincentivar a los ciudadanos más productivos, el dinero que se les quita a todos los ciudadanos con una carga fiscal excesiva, limita los ingresos de las empresas y la disponibilidad de fondos para que inviertan. Cierto que ese dinero que se detrae a las empresas de los ingresos o la inversión vuelve a inyectarse por el lado del gasto público. Pero lo hace en menor cantidad, ya que una buena parte de él se ha dilapidado en burocracia, ineficiencias y corrupción. Además, vuelve a actividades que los que lo administran piensan que son convenientes para los administrados, cosa que casi nunca responde a la realidad. Los caminos de reasignación de esos recursos que quedan, suelen ser equivocados porque sus criterios son irrealistas. Mal podrían ser realistas cuando quien los asigna está en la torre de marfil de su poltrona si no es que se basan en el clientelismo y corrupción más puros y aberrantes. Son, por tanto, un freno a la creación de auténtico bienestar, riqueza y prosperidad, lo que, a fin de cuentas, se traduce en injusticia global. Además, como reza el castizo refrán español que dice que en el comer y en el rascar, todo es empezar, el estado –y sus administradores– se acostumbran, más pronto que tarde, a incrementar compulsivamente estos gastos en derechos de 3ª generación cada vez más exagerados pero que producen votos. Y así empieza la carrera del déficit público y la acumulación enfermiza de la deuda pública, con sus efectos deletéreos en la economía de la prosperidad. Y cuando el déficit y la deuda pública se han disparado, aparece la tentación de echar mano de un tercer recurso, la creación de dinero, generalmente acompañada de inflación, de forma disparatada e irracional. Y, como ya definieron hace siglos los escolásticos de la escuela de Salamanca, la inflación es una de las peores formas de robo generalizado. Y no hay mayor injusticia que repartir muy bien la miseria.

Por tanto, si estos razonamientos son correctos, los supuestos derechos de 3ª generación no deberían poder ser impuestos por el estado, ni por motivos de justicia, ni por motivos de eficiencia, ni por motivos económicos. Y, en consecuencia, las normas políticas que rigen el comportamiento del estado deberían prohibir expresamente que el estado los prestase, como deberían también prohibirse las conductas que vayan contra los derechos de 1ª y 2ª generación correctamente definidos. También deberían imponerse límites estrictos, o con muy restringida discrecionalidad, al déficit y la deuda públicos, así como a la creación disparatada de dinero, verdaderos cánceres de la economía de la prosperidad.

Así pues, cierro el circunloquio de los tres tipos de derecho y concluyo sus consecuencias.

1ª La constitución política debería asegurar el respeto a los derechos de 1ª y 2ª generación.
2ª La constitución política debería excluir explícitamente la prestación de servicios para que el estado proporcionase los derechos de 3ª generación.
3ª La constitución política debería prever explícitamente limitaciones estrictas al déficit y deuda públicos, así como a la creación de dinero en los que pudiera incurrir el estado. Quizá con una adecuada aplicación de esta 3ª cuestión, no fuese necesaria la 2ª.

Estas tres premisas no se basan en un a priori ideológico, sino que surgen de un razonamiento que me parece difícilmente discutible desde la razón y desde la experiencia empírica de lo que está pasando en el mundo con los estados megalómanos con gastos, déficits y deudas que no preconizan nada bueno. La ausencia de estas premisas sólo genera descontento cuando, por imposibilidad de seguir por esa línea, el estado tiene que frenar su frenética huida hacia delante. Y ese descontento es el caldo de cultivo de movimientos populistas profundamente antidemocráticos que pueden llegar a ser la puntilla de la democracia. Pero, ¡ay del que tenga que tomar estas medidas! ¡Será fusilado al amanecer! Parafraseando a Bertrand Russell diría que todo esto, si no está más allá de cualquier discusión, está sin embargo tan cerca de ser cierto que ninguna democracia que lo rechace podrá sobrevivir. Sólo con los andamios de estas verdades, sólo con los cimientos firmes de esta convicción inconmovible, podrá construirse de manera segura una democracia sostenible.

Es evidente, sin embargo, que hay posicionamientos ideológicos que rechazan estos razonamientos. Y aunque esos posicionamientos han demostrado ser ineficientes e incapaces de razonar que sean más justos, siguen ganado posiciones debido al planteamiento apriorístico e ideológico del igualitarismo. Pero hace tiempo que la visión filosófica dominante de la posmodernidad rechaza que la mente humana pueda conocer ninguna verdad. Y esta visión ha hecho imposible que se apliquen principios razonables. Tal vez, sólo tal vez –y creo que ni así–, hubiesen sido posibles si desde el principio se hubiesen expresado así. Pero una vez alcanzada la mentalidad actual se han sacralizado cada vez más derechos de 3ª generación. Como se ha acabado por sacralizar el papel del estado para decidir en qué gastarse dinero en cualquier ámbito de actividad sin apenas rendición de cuentas. O como se ha sacralizado el “derecho” del estado de redistribuidor de la renta, sin límite alguno, decidiendo quién, a su juicio gana demasiado. Porque se ha implantado en la el imaginario colectivo la disparatada falacia del juego suma 0 que dice: “Si alguien gana mucho es a costa de que otros ganen poco” cuando en realidad es al revés. A mí, y a todos los ciudadanos, los Amancio Ortega, con nombres y anónimos, no nos hacen más pobres, sino más ricos. Y llegados a este punto es prácticamente imposible que estas condiciones de la democracia se apliquen.

Pero quiero decir que el hecho de que haya unos principios que sería razonable, más allá de toda duda razonable (incurro a propósito en la redundancia), que la constitución política de un país los consagre, no es algo que vaya contra la esencia de la democracia. Al contrario, la preserva de la enfermedad autoinmune que la lleva a su autodestrucción. Hay un inmenso campo de juego dentro de esos principios. La democracia, o se basa en esos principios, o está abocada, como ya está empezando a ocurrir, a generar populismos que la llevarán a su auto aniquilamiento. Hace un tiempo leí un libro de Daron Acemoglu y James A. Robinson con título “¿Por qué fracasan los países?”[1]. Su tesis es que las libertades civiles y políticas y el desarrollo económico acelerado nacieron en Inglaterra y se realimentaron mutuamente de forma positiva. Una tímida libertad política inicial permitió que muchas personas que antes no tenían posibilidad de emprender y ganar dinero, la tuviesen, mejorando su situación económica. Esa situación económica mejor se traducía en que más personas podían exigir mayores cuotas de participación política. A su vez mejoraban su situación económica ampliando otra vez las cuotas de participación en un bucle de espiral virtuosa. Así, Inglaterra primero y luego, poco a poco, otros países de Europa y América del Norte, fueron desarrollando mayores índices de participación política y desarrollo económico. En la terminología del libro, esos países pasaban de tener unas instituciones políticas y económicas extractivas –es decir en las que una minoría con el poder político total eran los únicos que podían ganar dinero, extrayendo la riqueza de la mayoría sometida– a tener unas instituciones inclusivas en las que cada vez más personas gozaban de un nivel mayor de participación que les permitía tener la suficiente seguridad jurídica para invertir y ganar dinero. Y, de esta forma, se inició la época, sin parangón, con mayor crecimiento de riqueza, bienestar y prosperidad de la historia de la humanidad. Los países que, por diferentes causas, han mantenido instituciones extractivas, sin iniciar esa evolución, se han quedado atrapadas en un bucle de pobreza del que es muy difícil que salgan. Son economías fallidas. Pues bien –y la idea y terminología que viene a continuación son una extrapolación mía de las ideas de los autores citados– creo que las instituciones económicas y políticas inclusivas están dando paso a otra fase de instituciones económicas y políticas que podríamos llamar disipativas. Éstas están haciendo que aparezcan masas cada vez más numerosas que creen que les asiste un derecho de vivir a costa de la gente que crea riqueza con su trabajo, del tipo que sea, e inversión. Y el estado fomenta cada vez más esa creencia y va haciendo, poco a poco, que el grupo de los que van a remolque sea cada vez mayor y exijan más. Hasta que se cree una amplia mayoría que, apoyada por partidos populistas, imponga sus supuestos “derechos” a una minoría que cada vez puede hacer menos para evitarlo. ¿Hemos pasado ya el punto de no retorno? Creo que no. Pero si no lo hemos traspasado, vamos a ritmo acelerado hacia esa frontera irreversible. Estas líneas pretenden esbozar un modelo que pueda evitarlo. “Sí –diréis los que lo hayáis leído– pero esto es imposible”. No puedo estar más de acuerdo. Y me remito al principio de estas páginas. Así que pido disculpas a los que hayan llegado hasta aquí. Como decía un novillero que a punto de tomar la alternativa recibió una cornada que le hizo tener que dejar el torei. “¡Tanto esfuerzo… pa ná!”. Pa ná. Pero, ¡hala!, que otro dé el siguiente paso.



[1] El 3 de septiembre de 2015 hice un envío con un extenso resumen de las tesis del libro. Si alguien quiere que se lo envíe, no tiene más que pedírmelo.

23 de junio de 2017

El PSOE, su congreso federal y su falta absoluta de fiabilidad

Este fin de semana he asistido perplejo a las noticias que se dieron sobre la reunión del congreso federal del PSOE.

Lo primero por la definición de España como Estado Plurinacional con la soberanía exclusivamente en el pueblo español. Lo de siempre del PSOE, nadar y guardar la ropa, ambigüedad, equidistancia, que si PSC por aquí, que si militancia por allá, que si votantes por acullá. En fin, que son, como de costumbre, poco fiables. Además me parece increíble que todavía no se hayan enterado que a la fiera de los nacionalismos independentistas, no se las calma dándoles carnaza, sino que son como los tiburones que cuando huelen sangre, se vuelven más voraces. En fin, lamentable. Para colmo, van y ponen como ejemplo de estado plurinacional a Bolivia. ¿Seguro que no es una tomadura de pelo? ¡No jodas Pedro!

Pero lo que me produjo asombro un poco risible es que acabasen cantando la internacional puño en alto. ¿Sabéis la letra de la Internacional? Pues para el que no la sepa, ahí va: “Arriba parias de la tierra, en pie famélica legión. Alcémonos todos al grito, es el fin de la opresión. Derribemos todas las trabas que oprimen al proletario, cambiemos el mundo de base hundiendo el imperio burgués. Agrupémonos todos en la lucha final y se alzan los pueblos con valor por la internacional”. ¿Puede haber algo más casposo y decimonónico? ¿Parias de la tierra? ¿Famélica legión? Si yo fuese votante del PSOE me sentiría ofendido. ¡Paria de la tierra y famélica legión lo será tu abuela! ¿La opresión? ¿Qué opresión? ¿Proletarios oprimidos? ¿Dónde están? ¿Hundamos el imperio burgués? ¿¿¿??? ¿Pero qué es Pedro Sánchez si no es un burgués? ¿Alzarse con valor por la Internacional? :-0 ¿A quién coño le importa una mierda la internacional para alzarse con valor por ella? Puede que esto fuese apropiado para la comuna de París en donde se compuso la internacional, en 1871, pero, ¿en el siglo XXI? ¿Se puede ser más casposo?

Lo del puño en alto ya es menos gracioso. :-(  Era un saludo de la Unión Soviética que se extendió a los comunistas y socialistas de otros países. Pero actualmente, en Europa, sólo lo usan los socialistas de España (donde también lo usa ERC, IU, creo que la facción hegemónica maoísta del Bloque Nacionalista Galego (BNG), Unión do Povo Galego (UPG)  y, por supuesto, Podemos), Bélgica y Portugal. Se usa en el Partido Comunista Chino. Pero también lo usan personajes como Maduro, Evo Morales (otra vez el ejemplo de Bolivia), Daniel Ortega, Raúl Castro o personajes tan siniestros como el zimbaubwense Mugabe, más siniestro que Maduro, si cabe. Y, claro, el PSOE de Pedro Sánchez. ¿Os imagináis un partido español saludando con el brazo en alto y la mano extendida? Preguntaos qué pasaría.

Y ahora resulta que el nuevo PSOE no va a apoyar el acuerdo de libre comercio de la UE con Canadá. ¡Pues qué bien! A lo mejor merece más la pena un tratado bilateral con Bolivia, cuyo modelo tanto gusta al PSOE. Seguro que con eso le disputaría mejor los votos de la izquierda a Pablo Iglesias.


En fin, si me permitís un final un poco ordinario, ¡pa mear y no echar gota!

21 de junio de 2017

Frases 21-VI-2017

Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.

Tenemos que reconocer que estamos literalmente cubiertos por una realidad viva, sin duda increíblemente más viva que la nuestra y a la cual pertenecemos ya en la medida, ¡ay!, siempre muy débil, en que nos liberamos de los esquematismos racionalistas. El inmenso servicio que debería poder prestarnos la filosofía [...], sería el despertarnos cada día más, incluso del lado de acá de la muerte, a esa realidad que nos envuelve sin duda por todas partes, pero a la cual, en virtud de nuestra condición de seres libres, tenemos el temible poder de rehusarnos sistemáticamente. [...] Este es el terrible precio del inconmensurable poder que nos ha sido confiado, más aún, que nos constituye. Mas, por otra parte, a medida que nos tornamos atentos a las solicitaciones, con frecuencia tenues, pero innumerables, que emanan del mundo invisible, todas las perspectivas se transforman –quiero decir que se transforman aquí abajo–, pues, simultáneamente, la vida terrestre misma se transfigura, cobra una dignidad que de ningún modo le pertenecería si fuera considerada como una simple excrecencia que hubiera brotado de una forma aberrante sobre un mundo de suyo ajeno al espíritu y a sus exigencias. [...] Esta transfiguración es la de una polifonía humana que une a todos los hombres, en medio de las trabas de la condición cautiva, en una compleja melodía cuya cadencia final será revelada por la muerte, que aportará a ella la “divina resolución” musical. La esperanza hace “rebullir” al desesperado; se despierta en él como una melodía olvidada en el fondo de la memoria.

Esta realidad que nos cubre, esta polifonía de los seres que nos rodean, no sería más que un noble vuelo poético, si no fuera la sombra proyectada por una comunión trascendente, un amor divino, al que Marcel llama el Tú absoluto.


Una mezcla de textos de Gabriel Marcel y de Charles Moeller en Literatura del siglo XX y cristianismo, tomo IV, capítulo dedicado al propio Gabriel Marcel.

17 de junio de 2017

El irresistible ascenso de la mediocridad

Antes de pasar al núcleo de estas páginas, quiero hacer una aclaración. Cuando hablo de mediocridad no hablo de las personas con una inteligencia mediana o baja, no. Me refiero a las personas que desprecian cualquier esfuerzo para mejorar y para sacar a sus capacidades, sean las que sean, el mayor fruto posible. Eso es la mediocridad. Y el propósito de estas páginas es dejar patente cómo, desde hace años, se está fomentando de forma alarmante el ascenso de la mediocridad.

El viernes 2 de Junio se aprobó por decreto ley la posibilidad de pasar de ESO a BUP con dos suspensos. Eso sí, siempre que no sean lengua o matemáticas. Esto se encuadra en el proceso de retirada de la LOMCE, ley que pretendía elevar el nivel de exigencia para los estudiantes. Pero, claro, semejante cosa es considerada como “fascista” por las “fuerzas del progreso y de la cultura”. Y, en consecuencia, el gobierno, sin capacidad para forzar semejante medida “fascistoide”, está reculando por mor del venerado “consenso” y, claro, también porque sabe, o cree, que mantenerse firme le llevará a perder votos. Y, mientras tanto, todos los informes PISA, uno tras otro, dicen que los españoles tenemos un sistema educativo pésimo. No pasa nada. Todo sea por el “progreso y la cultura”. Sin embargo, esto no es nuevo. Es un proceso que empezó hace años. No sabría decir cuantos, pero bastantes.

Un día, en el ejercicio del más puro e insensato buenismo, se decidió que los niños no podían fracasar en primaria y, como consecuencia, se dio vía libre al paso a secundaria. ¿Y el que no esté preparado? ¡Pobrecito, no vamos a frustrarle! Bueno, pues no le frustremos. Y, claro, el niño que pasó de primaria a secundaria sin estar preparado, más algunos más que no llegaban al nivel exigido en secundaria, fracasaron en este nivel. Pero, naturalmente, cualquier cosa menos que se disparasen las cifras de fracaso escolar. Las estadísticas mandan. Por tanto, esto había que remediarlo. ¿Cómo? Muy fácil, hagamos que tampoco se pueda fracasar en secundaria dando paso franco de secundaria a la ESO. Que no fracasen en secundaria, que sigan, que fracasen en la ESO, patada a seguir al problema. Todo menos aumentar el nivel de exigencia que, ya se sabe, es “fascista”. Y los padres, tan contentos. ¿A mí que me importa que mi hijo se esté convirtiendo en un asno? Yo lo que quiero es que no me venga del colegio con problemas. ¡Qué siga! Sería monótono y repetitivo volver a contar cómo esto pasa en el paso de la ESO al BUP y del BUP a la Universidad. ¡Y hasta acaban por terminar sus estudios universitarios, aunque sea por agotamiento y, claro, subvencionados! Pero, ¡adelante! Este proceso ha sido, en general un proceso que no era excesivamente visible. No era oficial. Simplemente, las exigencias académicas para llegar al aprobado raspado, bajaban. Para un profesor, suspender demasiado era un estigma y, además, se puede ver acosado por los padres de los alumnos que, en un lamentable ejercicio de hiperprotección, se ocupan de que sus cachorros no tengan problemas con ese profesor. Lo que ocurre es que ahora, eso que ya pasaba de forma soterrada, ha tomado carácter oficial. Eso sí, como Mizifuz y Zapirón[1], se decide en conferencia –léase consejo de ministros– que lo de pasar con suspensos no vale para lengua y matemáticas. Porque claro, lo que dicen año tras años los informes PISA es que los jóvenes españoles no saben ni leer ni sumar[2]. O sea, que se ha hecho oficial a nivel BOE lo que ya era oficial a nivel calle.

Lo peor de todo esto es que con los años, se ha dinamitado por completo la cultura del esfuerzo. Dicen los psicólogos que en los años más jóvenes de nuestra vida (hay quien dice que antes de los 5 años) ya están puestos los cimentos de lo que serán nuestros hábitos y valores. Pues eso es lo que ocurre. Los jóvenes de hoy día consideran, en su gran mayoría, que los estudiantes que, a pesar de todo, se esfuerzan por aprender de verdad, son unos frikis. Y, a menudo, esta presión hace que éstos se pasen a las filas de los “listos” que saben manejarse en la aguja de marear de ir al tran tran, pasando. De curso y de la vida. Y esto hace que los que se crean el hábito de esforzarse por aprender sean una minoría. Por eso, ahí va mi más admirado homenaje a los que, a pesar de los pesares, contra viento y marea, resisten, llegan así al final de su carrera universitaria y abordan con esa mentalidad su vida profesional. En medio del caldo de tibio de la mediocridad, hay gente así, y esos son los que merecen la pena, tengan el nivel de inteligencia que tengan, para todos los que, como yo, nos dedicamos vocacionalmente a la docencia. Pero, lamentablemente, son pocos.

En la Universidad Francisco de Vitoria, donde soy profesor, tenemos un magnífico programa llamado Becas Europa. En él, seleccionamos a los alumnos con los expedientes más brillantes de una gran cantidad de colegios e institutos de España. Se hace un primer filtro a través de entrevistas personales hechas por personal y profesores de la UFV. Con este filtro se seleccionan los doscientos mejores. Éstos pasan en la UFV un fin de semana de intensa formación en muchos aspectos, en el que se seleccionan los 50 mejores, que realizan un viaje, financiado por el banco de Santander, por las mejores universidades de Europa. Allí reciben lecciones de los mejores profesores sobre temas de máxima actualidad. A los 200, y en especial a los 50 últimos se les ofrecen becas de excelencia para que estudien en la UFV y suban así el nivel. He tenido la oportunidad de participar en la formación de ese fin de semana en la UFV y es espectacular ver a 200 de estos chicos y chicas juntos. Son gente normalísima, divertida, chispeante que, además de llevar bien sus estudios tienen inquietudes por infinidad de temas y practican hobbies de distinto tipo, desde interpretación musical hasta el ajedrez de alto nivel o la escritura y declamación de poesía. Es un verdadero privilegio participar en su formación. Si se les da una charla, tiene uno que ir preparado para peguntas agudas que rara vez se le hacen, ni siquiera en foros profesionales. Lo que más les gusta de esa experiencia de fin de semana es encontrarse en un grupo de 200 como ellos en vez de sentirse perdidos en un mar de mediocridad que les intenta hacer ver que son bichos raros. Es para ellos una experiencia inolvidable. Después, durante años, estudien o no en la UFV, se lleva con ellos un seguimiento de formación especial a distancia y presencial a través de un proyecto llamado Escuela de Liderazgo. Es magnífico. Pero no deja de ser una gota de agua en el océano.

En la Universidad veo a menudo a alumnos decepcionados con la escalofriante cifra del paro juvenil que, en plena crisis, llegó a alcanzar el 50%. A esos alumnos decepcionados con el mundo, del que se sienten víctimas, les digo lo siguiente: “Estar en el 50% que trabajan o en el de los que no trabajan, no es como echar una moneda al aire para ver si sale cara o cruz. Cara, encuentro trabajo, cruz, al paro. No. Si desde el primer día de la carrera os esforzáis en sacarla brillantemente, aprendéis bien, de verdad, inglés, aprovecháis el tiempo libre (para empezar los tres meses de vacaciones) para hacer cosas que os enriquezcan cultural, experiencial o éticamente, compatibilizáis el estudio con alguna actividad económica que os permita ganar un dinero para el bolsillo en vez de depender de quien os mantenga, en los últimos años hacéis prácticas en empresas, además de las obligatorias del curriculum, y las hacéis bien, etc., podéis tener mala suerte y no encontrar trabajo, pero estaréis en un grupo en el que el 80% encuentran trabajo. Si simplemente pasáis, estaréis en un grupo en el que sólo encuentran trabajo el 10%. Y si luego, en vuestra vida profesional dais lo mejor de vosotros mismos y de vuestro esfuerzo, imaginación, iniciativa y conocimientos, tendréis éxito profesional”. Cierto que algunos siguen este consejo y perseveran hasta el final. Y, hasta donde yo sé, se cumple lo que les digo. Con alguna excepción, ciertamente. Pero muchos prefieren el victimismo y la queja acerca del mundo y su maldad. Ya tienen una excusa para tirar la toalla. Hasta hay películas españolas que dan alas a lo que no es verdad y pintan el fracaso de quien ha asumido el primero de los dos roles comentados.

Uno podría pensar que ese aplazar el fracaso para más adelante lo que hace es que al final del camino de la formación se enfrenten con el duro muro de la vida profesional. Porque, claro, como es lógico las empresas preferirán a los excepcionales. Y así ocurre. Paro como estos son una minoría y se necesita más gente, también una parte de los otros consigue trabajo. Al menos hasta el 50%. Ignoro a cuánto ascendería el paro juvenil, en particular el universitario, si los alumnos del primer tipo anterior fuesen mayoría. Apostaría a que sería mucho menor. Conozco directores de RRHH de empresas que se quejan amargamente de el bajísimo nivel de interés, compromiso y, por supuesto, de conocimientos, que encuentran en los jóvenes a los que entrevistan y, a pesar de ello, acaban por contratar a algunos. Pero dejan a muchos en el tintero porque no les merece la pena.

Sin embargo, los mediocres, ahormados por esta sociedad buenista en el mundo de la educación, han encontrado otra horma para la vida. Esta horma se llama salario mínimo vital garantizado. En España, si mi memoria no me falla, eso del salario mínimo vital garantizado lo inauguró Podemos, partido aparecido de los ninis que quieren elevar esta digna ocupación a nivel de forma de vida. Ninis que llenaron durante meses la Puerta del Sol en el tan cacareado movimiento 15M[3]. Pero resulta que cada vez hay más partidos políticos que apoyan, de mejor o peor grado, con variantes aquí y allá, esta descabellada idea. Sencillamente, porque es un caladero de votos en el que, si uno no pesca, es cada vez más difícil ganar unas elecciones y, claro… la política va de eso. Y, además, al término salario mínimo vital garantizado, se le pone el adjetivo “digno” que, en realidad quiere decir que sirva para vivir con “razonable” holgura. Pero, para que ese salario mínimo vital garantizado digno, sea más digno, se ha creado un nuevo héroe nacional. Se llama Juan Palomo, y ya se sabe lo que hacía Juan Palomo: yo me lo guiso, yo me lo como. Lo que significa aversión total a cualquier tipo de compromiso y, por supuesto, aversión a un proyecto de vida de a dos, estable y abierto a que sean 3, o 4, o… “¿Estamos locos? Eso es imposible, con el sueldo de mileurista que pagan las empresas…” Ya está, otra vez, la excusa para tirar la toalla. Por supuesto, siempre hay una relación sexual, de monogamia sucesiva de corto plazo, o de aquí te pillo aquí te mato, o una mezcla de las dos. Sin embargo, sí que es posible lo primero. Lo veo en bastantes casos que, por desgracia, son minoritarios, que tras unos años de trabajo, se casan y forman una familia, aunque sea anticuado. Así que ya tampoco puede fracasarse en la vida. Bueno, al menos si no se considera fracaso vivir paniaguado y sin perspectivas de ningún tipo de compromiso, con relaciones de pareja de usar y tirar. A mi modo de ver, esta actitud es la de la peor de las pobrezas, la pobreza antropológica. El ser humano no está hecho para eso. Está hecho para soñar, comprometerse con sus sueños, luchar y dejarse la piel por ellos y desarrollar un proyecto vital con trabajo y esfuerzo. Sólo así se puede uno sentir lleno y llegar a algo que se parezca a la felicidad. Por la otra vía, se crea gente desencantada, sin un motivo para tirar para adelante cada día con fuerza e ilusión y con un vacío vital y existencial que lleva a la depresión.

Pero esa cantidad de gente, que cada vez son más, saben perfectamente a quién votar, a los que les prometan el salario más “digno” con el menor esfuerzo posible. Y, por eso, en un deslizamiento de decenios, todos los partidos se resbalan hacia allí, bajar todos los listones habidos y por haber y premiar a los que pasan sin tener que haber pasado con premios que no se han ganado. Hacer la pelota a los jóvenes por el mero hecho de ser jóvenes, como si eso fuera un logro, etc. Y esos premios, ¿quién los paga? Los ricos, naturalmente. Y uno oye decir esto con el mayor desparpajo en tertulias de la radio y televisión a periodistas que acaban creando opinión. Los ricos son, por supuesto, los que cran riqueza, bienestar, progreso y prosperidad. Y en el capítulo de ricos no incluyo sólo a los Amancio Ortega o Juan Roig, sino también a los miles de empresarios que luchan día a día con sus empresas para sacarlas adelante, ganando dinero, claro está. Entre otros a los que tenían negocios a puerta de calle en la Puerta del Sol que se vieron arruinados por los ninis que la tomaron durante meses. Pero si a estos ricos se les carga cada vez con más impuestos, los habrá que decidan que no les compensa ser ricos y soportar tan pesada carga. Y si los que deciden eso son muchos, se acabó el chollo.

Y formulo ahora la pregunta del millón de dólares. Una pregunta durísima, pero real. Que cada uno se responda como le parezca. ¿Se puede hablar de igualdad de oportunidades cuando en el mundo desarrollado hay una mayoría de gente que toma libremente la opción vital de la mediocridad y del desinterés y la ausencia del más mínimo esfuerzo para su propia formación?

 Volvemos otra vez al problema que ya apuntó en uno de mis anteriores escritos con título, “El populismo triunfará”. Acabé esas páginas diciendo:

“El segundo camino sería la adaptación del sistema democrático a las circunstancias actuales. No sé cómo debería ser esta adaptación, pero es evidente, como he dicho antes, que el sistema democrático actual, que en su momento nació para hacer posibles las libertades individuales las puede llegar a matar. A pesar de no saber cómo pueda ser está evolución del sistema democrático, en un futuro escrito me atreveré a dar unos cuantos palos a ciegas y, por tanto, sin confiar demasiado en lo que pueda decir. Pero tal vez mis ideas puedan ayudar a otros a alumbrar unas mejores, de ahí mi atrevimiento”.

Así que, tras estas páginas, mi compromiso sigue en pie, y reforzado.




[1] A mí en el colegio, me hacían aprenderme poesías de memoria. ¡Atroz! Por culpa de esta mala costumbre me acuerdo todavía de muchas poesías de Machado, Juan Ramón Jiménez, y otros que me crearron la estúpida afición de leer poesía y saberme también de menoria o saber dónde encontrarlas porque sé que existen, poesías de muchísimos poetas. ¡Qué inutilidad! Y, así, se me ha venido a la mente una fábula de Samaniego (¿Cuántos alumnos de BUP sabrán quién era Samaniego? Prefiero no investigar) que dice: “Mizifuz y Zapirón/se comieron un capón/en un asador metido./Después de haberse lamido/trataron en conferencia/si obrarían con prudencia/en comerse el asador./¿Lo comieron? ¡No señor!//Era caso de conciencia”. No me lanzaré el farol de decir que me acordaba de memoria de toda la fábula, pero si de los tres o cuatro primeros versos y del nombre de su autor. Armado de estos conocimientos, lo encontré en internet. Pero si no hubiese oído hablar de Samaniego ni me hubiese aprendido de memoria alguna de sus fábulas, ¿cómo podría buscarlo? Sin embargo, debo reconocer que el poder buscar esto en internet es algo absolutamente inútil. Total, ¡¿pá qué sirve?!
[2] Ahora parece que PISA ha añadido una nueva categoría, la de educación financiera, en la que, por supuesto, suspendemos. ¡Viva la Pepa!
[3] Les llamo ninis porque es imposible llenar durante meses la Puerta del Sol a todas horas del día con gente que estudie o que trabaje. Los que estudian o trabajan, están en la Universidad o en su trabajo y no pueden estar todo el día en la Puerta del Sol.

10 de junio de 2017

Sobre el cambio climático (a raíz de Trump)

El viernes 2 de Junio, Donald Trump anunció que los EEUU iban a salirse del acuerdo de París sobre el cambio climático. Al margen de lo que a cada uno le parezca, Trump no hizo más que cumplir algo que había anunciado reiteradamente en su campaña presidencial. En este caso, el que avisa no es traidor.

No obstante, yo llevo mucho tiempo dándole vueltas al asunto del cambio climático y este anuncio de Trump me hizo volver a refrescar mis puntos de vista sobre el tema. Así que estas páginas no se refieren a Trump, sino al fenómeno del cambio climático.

Tengo buenos amigos que dicen que esto del cambio climático es una burda manipulación de la información y que no hay ningún soporte científico serio que lo avale. Cuando hablo con ellos me abruman con datos y más datos con los que apuntalan su opinión. Me sorprende la vehemencia con la que argumentan.  Me produce la impresión de que en su argumentación hay mucho de ideológico que intentan cubrir con datos. Ciertamente, en el lado de los que claman por reducir drásticamente las emisiones de CO2 para frenar el cambio climático, también hay, una enorme dosis de ideología. Y cuando la discusión se ideologiza, yo me siento perdido y tiendo a no hacer demasiado caso ni a unos ni a otros. Por otro lado, mi base científica, aun siendo mayor de la de muchos de los que discuten ideologizadamente, es claramente insuficiente para tomar partido decididamente por un lado u otro. Entonces, uso mi sentido común. Y éste me lleva a las reflexiones que hago a continuación.

En todas las revistas científicas serias que leo –Science, Nature, Scientific American (en su versión española; Investigación y Ciencia)–, hay una unanimidad absoluta alrededor de la gravedad del cambio climático y sus consecuencias. En principio, cuando veo que alrededor de un tema hay unanimidad absoluta, se me arruga la nariz. Muy a menudo, la unanimidad encierra algún gato. Sin embargo, en este caso estamos hablando de unanimidad entre científicos. Por supuesto, los científicos son seres humanos, sujetos, como todos los demás, a pasiones, intereses y modas que les pueden llevar a torcer su juicio. Pero es preciso reconocer que son, probablemente, el colectivo menos proclive a dejarse llevar por estas pasiones o modas. Cierto que siempre hay en ciencia un paradigma dominante que a menudo crea un mainstream del que pocos se salen. Pero siempre, a lo largo de toda la historia de la ciencia, ha habido voces claras de científicos de primera línea que se han alzado contra ese mainstream, que se han manifestado con claridad, que han encontrado vías para comunicarse en revistas científicas de primer orden y que, muy frecuentemente, han dado la vuelta como un calcetín al paradigma dominante. Siempre. Sin embargo, en este caso, no lo hay. Y aunque esta unanimidad me arruge la nariz, lo hace menos que si ésta fuese entre economistas o taxistas. Naturalmente, los negacionistas –entiéndase este término sin el más mínimo carácter peyorativo– aducen inmediatamente que sí existen esas voces contrarias. Pero que esas voces son silenciadas por los medios generales, sesgados hacia el sensacionalismo y por el miedo de los científicos a las consecuencias de salirse del mainstream, entre las que está el no obtener fondos para sus investigaciones. Respecto a este miedo, ya he argumentado hace unas líneas, así que no volveré sobre ello. Voy a dedicar, en cambio, unas líneas a lo de la silenciación mediática. Ciertamente, los medios tienen generales –pero en muchísima menor medida los medios científicos serios– tienen un fortísimo sesgo que  les lleva a orientar sus opiniones hacia lo que tiene mayor aplauso social, entre otras cosas porque así venden más. Pero siendo muy cierto ese sesgo de la prensa a favor de la afirmación del cambio climático, la cuestión no es esa. La cuestión es si el cambio climático es o no cierto, con independencia de sesgos mediáticos o miedos de científicos.

Y llegado a este punto sólo me queda decir que no lo sé. Y hay en mí dos fuerzas que tiran en sentido contrario. La primera me lleva a alinearme con los negacionistas. Me caben pocas dudas de que el cambio climático, con independencia de que sea cierto o falso, es usado como un arma ideológica arrojadiza por la izquierda antisistema que pretende poner palos en el radio de la bicicleta de la economía de libre mercado para intentar hacerla fracasar tan estrepitosamente como lo ha hecho el sistema económico que ellos defienden. Se sienten obligados a hacer que se cumplan las fracasadas profecías marxistas. Y esto me produce un rechazo irracional a aceptar el cambio climático como cierto. La segunda me dice, de forma mucho más racional, que en caso de duda, más vale dar crédito al cambio climático que no hacerlo. Si la sociedad toma medidas sensatas para prevenir el cambio climático y el tiempo muestra que era una burda manipulación, no pasa gran cosa. Pero si no se actúa y resulta ser cierto, el daño puede ser irreparable. Es exactamente la razón por la que la gente se asegura contra riesgos que pueden no ocurrir pero que hoy le cuesta un dinero en la prima. Un buen padre de familia, aunque se encuentre en perfecto estado de salud, hará bien en pagar un seguro de vida. Claro, siempre que la prima sea razonable. Nadie pagaría una prima de un 40% del valor de su casa por asegurarla contra incendios. Es difícil definir con claridad hasta donde es razonable pagar la prima del seguro contra el cambio climático, pero me caben pocas dudas de que hay que pagar alguna prima. Por supuesto, la propaganda azuzada por la izquierda radical, pretende que la prima sea tan ruinosa que lleve al sistema a la quiebra. Hay que tener sumo cuidado en no caer en ese mantra. Pero, de estas dos fuerzas, la racional, es decir, la segunda, vence dentro de mí, no sin cierta reluctancia a estar haciéndoles el caldo gordo a los enemigos del sistema de libre mercado y, desde luego teniendo mucha precaución en la valoración de la prima a pagar. Pero, con eso y todo, me decanto por el seguro… qué le vamos a hacer.

Entro ahora en lo más importante de estas líneas que casi, casi, hace irrelevante todo lo dicho hasta aquí. Cuentan que una vez le preguntaron a alguien qué le preocupaba más, si la ignorancia o la indiferencia, a lo que contestó: “Ni lo sé, ni me importa”. Bueno, pues hasta cierto punto, eso me pasa a mí. No sé a ciencia cierta quien tiene razón, pero tampoco me importa. Porque mal que les pese a los que usan el cambio climático como arma arrojadiza, el problema va a quedar superado en un decenio o dos a lo sumo. Y va a ser superado por lo que tantas veces ha resuelto problemas importantes de la humanidad: por la tecnología. Tecnología que sólo ha sido desarrollada por un sistema económico: el capitalismo al que odian rencorosamente. Me permito poner un ejemplo un tanto chusco pero absolutamente real. En un pleno de la corporación municipal de Londres de los primeros decenios del siglo XX, se produjo una acalorada discusión sobre el problema de evacuar la mierda de caballo de Londres, ante el crecimiento exponencial que estaba teniendo el parque de coches de caballos. Esta discusión nos mueve hoy a la sonrisa condescendiente. Apliquémoslo a este problema. Ciertamente, la tecnología también ha tenido efectos secundarios negativos, pero es evidente que su resultante ha sido altamente positiva para la humanidad. Y el que no lo vea así, que se vuelva a la edad de piedra. Pero al paleolítico, nada del neolítico. Como decía Walt Whitman, “está en la naturaleza de las cosas que de todo fruto del éxito, cualquiera que sea, surgirá algo para hacer necesaria una lucha mayor”. A continuación voy a enumerar, con cierta extensión, pero sin demasiada profundidad, los cambios tecnológicos que dejarán el problema del cambio climático obsoleto en un decenio o dos. Pero es necesario que haga el disclaimer de que en el próximo o dos próximos decenios, conviene aplicar lo del seguro que he expuesto más atrás, no sea que se supere el problema –si es que hay problema– cuando ya sea tarde. No obstante, quiero dejar claro que nada de lo que voy a contar es ciencia ficción. Son cosas que están pasando ya, delante de nuestras narices.

En primer lugar, los combustibles fósiles tienen los días contados, porque van a perder la batalla y la van a perder en varios frentes.

El primero son las energías renovables, fundamentalmente solar y eólica. Hace 10 años, estas energías eran notablemente más caras que las procedentes de los combustibles fósiles. Pero sus costes están bajando de una forma espectacular y en estos momentos, ya están casi a la par. Es absolutamente indudable que en bastante menos de diez años estas energías limpias serán bastante más baratas. Ciertamente, estas energías tienen un problema muy importante: su producción y su consumo no van sincronizados y dado que la energía no se puede almacenar en grandes cantidades, ¿de qué sirve producir energía barata cuando no se necesita si no se tiene cuando se necesita? Pero, ¿de verdad la energía no se puede almacenar en grandes cantidades? Tal vez hoy sea así, pero esto durará poco. Para empezar, están las baterías de almacenamiento. La batería de mi coche es una tecnología que tiene, cuanto menos 70 años. Pero ya se están fabricando baterías de ion litio con rendimientos y capacidades por m3 inmensamente mayores que las de la batería de mi coche. Rendimientos y capacidades que aumentan a velocidad de vértigo. Y dentro de poco, cada hogar, decenas o centenas de millones de ellos, contarán con baterías de este tipo para asegurarse el ciclo diario –e incluso anual– de almacenamiento de energía. Elon Musk ha fundado una empresa, llamada Solar City con este objetivo, sinérgico con el de su proyecto de coche eléctrico. Se puede argumentar, con razón, que el litio es un recurso muy escaso y que no hay suficiente en el mundo para fabricar la inmensa cantidad de baterías necesarias, amén de los problemas de seguridad que presenta. Que se lo pregunten a Samsung. Pero ocurre que ya están desarrollándose baterías de ion sodio, que es uno de los elementos más abundantes de la naturaleza y que no presenta ningún problema de seguridad. Además, la aparición del grafeno va a hacer de forma casi inmediata –ya lo está haciendo– que la capacidad y rendimiento de las baterías se multiplique de forma asombrosa. Así que el problema del almacenamiento de las energías renovables –solar y eólica– está listo para pasar en breve al cajón de los recuerdos. Pero, por si acaso, hay otras formas bastante eficaces de almacenar energía. Se trata del ciclo de conversión del agua en hidrógeno mediante la electrolisis, que consume energía, para después quemar el hidrógeno y volver a recuperar esa energía. El rendimiento de este proceso está hoy día ligeramente por encima del 50%, pero sin duda mejorará en el futuro inmediato y, en todo caso, está muy por encima de las centrales hidráulicas de bombeo que se usan hoy en día para almacenar energía generada por este sistema.

El segundo frente en el que las energías de combustibles fósiles van a ser vencidas, será el de la energía de fusión. La vieja promesa, cuya meta era como el arco iris, que cuando uno intenta alcanzarlo se aleja de nosotros, parece que va a ser alcanzada relativamente pronto. Los caminos por los que se intentaba llegar a ella eran inmensos macro proyectos como ITER o TOKAMAK, disparatadamente caros, que sólo podían abordarse con financiación pública, sujeta a los vientos de la política y aquejada de ineficiencia. Hoy día hay varias empresas privadas que están abordando el problema desde ópticas radicalmente distintas, que prometen dar fruto en un decenio o dos. Lockeed Martin, una gran empresa privada americana, publicó un artículo en Science, en Octubre de 2014, el el que afirmaba que en diez años estaría en condiciones de producir mini centrales de fusión nuclear de 100 Mw del tamaño de un camión y que produjesen energía a un coste razonable. Si esto fuera así, bastarían 160.000 camiones-centrales para abastecer toda la energía que hoy consume el mundo. Esto supone que haya 1 camión-central cada 740 Km2 de tierra habitable, que es una densidad  equivalente a 675 camiones-central en toda España, algo más de 10 por provincia[1]. Además, esta energía se produciría en el mismo sitio en el que se consume, con lo que las grandes e ineficientes líneas de transporte de energía eléctrica serían innecesarias. Pero Lockeed Martin no es la única empresa privada que está en esta carrera. Empresas como Magnetoinertial Fusion Technologies, General Fusion (Canadá), Tri Alpha Energy, etc., están también en ella y, como es sabido, la competencia es el mayor acicate posible. Por otro lado, el Departamento de Energía de los EEUU está invirtiendo en empresas privadas a través del programa Aceleración del Ensamblaje y Calentamiento de Plasma de Bajo Coste (ALPHA por sus siglas en inglés). Lo importante de la energía de fusión es que su materia prima es sólo agua –bastarían el equivalente de tres piscinas olímpicas para producir toda la energía que hoy consume todo el mundo en un año– y su único residuo es helio, un gas extremadamente útil y caro, del que se produciría una fracción significativa de sus necesidades mundiales. Al ritmo de tras piscinas al año, aunque esta energía no es renovable es, en la práctica, inagotable. Y no produce ni un solo gramo de CO2, ni un solo gramo de sustancias radiactivas. O sea que parece que algo se mueve y que el arco iris podrá ser atravesado dentro de poco.

El tercer frente que acabará con los combustibles fósiles es un reciente hallazgo cuyo alcance está todavía por cuantificar. Se ha descubierto que la Tierra, bajo su corteza, en el manto, está continuamente produciendo hidrógeno mediante reacciones nucleares naturales. Y que este hidrógeno sube por las grietas de la corteza y aflora de forma espontánea en muchos lugares a lo largo y ancho de la su superficie terrestre. Es decir, no es una reserva agotable, sino una producción continua. Es, por tanto, una energía renovable. Lo que todavía está por cuantificar es en qué cantidades se producen estas afloraciones, cómo están distribuidas por la superficie terrestre y cómo pueden detectarse. Pero todo parece indicar que son abundantes, ubicuas y que su flujo es muy importante. Si esto fuese así, entraríamos en la era de la minería ilimitada del hidrógeno. La combustión del hidrógeno produce únicamente agua. Nada de CO2. Pero si, como hipótesis, toda la producción de energía que necesita hoy el mundo viniera del hidrógeno, se produciría suficiente agua para poner en regadío 60 millones de Ha, el 3% de la superficie cultivable del planeta, y, además satisfacer el mínimo de necesidades sanitarias de agua de casi 300 millones de personas. O sea, que sería una de las mayores bendiciones para la humanidad.

Con todas estas cosas, se comprende que alguien como el jeque Yamani dijese hace poco que “la edad de piedra no se acabó porque se acabaran las piedras y la edad del petróleo no se acabará porque se acabe el petróleo”. Yamani fue ministro del petróleo de Arabia Saudí en la crisis de 1973, es decir, que sabe de lo que habla.

Pero hay más buenas noticias sobre lo que logrará la tecnología para solucionar el problema, si lo hay, del cambio climático. Por un lado, como se ha visto, las emisiones de CO2se reducirán prácticamente a cero. Pero, además, será posible retirar de la atmósfera enormes cantidades de este gas invernadero. Efectivamente, la Universidad de Columbia en Nueva York y una gran empresa privada americana, Air Liquid, han desarrollado “árboles artificiales” capaces de secuestrar CO2 de la atmósfera con una eficacia mil veces superior a la función clorofílica natural de los árboles naturales. Su coste es, hoy por hoy, totalmente prohibitivo, pero a buen seguro pasará con él lo que ha venido pasando con los ordenadores o con las energías renovables. Tendrán su propia ley de Moore y su coste bajará drásticamente. En una línea similar, otro grupo de investigación ha desarrollado lo que llaman una hoja biónica que funciona con energía solar y que también lleva a cabo una versión artificial de la función clorofílica.

Así que, que el cambio climático sea verdad o mentira, ni lo sé ni me importa. No gastaré un minuto en esta estéril discusión. Dicho esto, ya comenté anteriormente que, mientras llegan a madurar estas tecnologías que eliminarán el problema, y con independencia de que éste sea real o exagerado o, incluso, inventado, una elemental prudencia nos debe llevar a pagar un coste razonable para reducir la emisión de gases invernadero en los próximos decenios. Por eso, me parece inadecuada la decisión de Trump de salirse del acuerdo de París. Si considera que las medidas de ese acuerdo van más allá de lo razonable, cosa que puede ser perfectamente posible, creo que lo sensato sería intentar cambiarlas desde dentro. Poder tiene para ello.

Así pues, ya basta de profecías agoreras. Sin desdeñar el problema, creemos la conciencia social de que el problema está en vías de solución.



[1] Para abastecer España de energía harían falta más de 675 camiones-central, porque la densidad energética de España es mayor que la media de la superficie terrestre. Doy esa cifra a modo de ejemplo para ver, de promedio, cómo estaría saturada la tierra de camiones-centrales. Es decir, no se verían.

7 de junio de 2017

Frases 7-VI-2017

Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.

Viejo burócrata, camarada mío aquí presente, nadie te ha hecho evadirte nunca, y no eres tú responsable de ello. Has construido a fuerza de cegar con cemento, como las termitas, todos los escapes hacia la luz. Te has envuelto en tus seguridades, en tus rutinas, en los ritos sofocantes de tu vida provinciana; has levantado esa humilde barrera contra los vientos y las mareas y las estrellas. No quieres inquietarte con los grandes problemas; sin duda te ha costado bastante olvidar tu condición de hombre. No habitas un planeta errante, no te haces preguntas sin respuesta. Nadie te cogió por los hombros cundo todavía era tiempo. Ahora, el barro de que estás hecho se ha secado y endurecido, y nadie sabría ya despertar en ti al músico dormido o al poeta o al astrónomo que quizá te habitaban entonces.

Saint-Exupéry. La tierra de los hombres.