16 de febrero de 2019

¿A qué se dedican las 500 personas con mayor capacidad de gasto del mundo?


Hoy publico un artículo de un empresario y columnista americano, Jim Kelly. El artículo peca un mucho de una ironía –o más bien ácido sarcasmo–, además de decir cosas que silban en los castos oídos de la Europa socialdemócrata de la que participan TODOS los partidos. Y estas cosas le restan credibilidad. Pero, si se lee sin hacer caso al ácido sarcasmo y se miran las cosas que silban reflexionando sobre lo que está pasando en Europa, y en especial en España, en el aspecto económico, se verá que dice verdades como puños. Bueno, yo lo publico, que para eso me he tomado la molestia de traducirlo, y que cada uno piense lo que quiera.
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La desigualdad en los ingresos celebró su 50 cumpleaños en EEUU el año pasado. Después de descender de forma continua desde la Segunda Guerra Mundial, en 1968 empezaron 50 años de aumento de la misma.


Pocos se alegran de ello, ya que la concentración de riqueza es peligrosa. Los que controlan enormes cantidades de dinero pueden usar su poder de compra para mangonearnos. Por eso, multimillonarios como Mark Zuckerberg, Bill Gates y Warren Buffett reciben el oprobio público a través de las noticias.

Y esto me hace feliz. Hace que los dedos no me señalen a mí ni a mi aún mayor cantidad de pasta. Mark y Bill viven confortablemente, sin lugar a dudas, pero los realmente ricos juegan en otra liga. Somos unos 500 con un poder de gasto que hace que los ojos de Mark se queden como platos. Él puede que tenga unos 56.000 millones de dólares, pero casi todo son acciones de Facebook, y le ha costado décadas conseguirlo. Todo su patrimonio es simple calderilla para personas como yo: nosotros gastamos esa cantidad cada dos semanas.

Normalmente no hablo de las inmensas sumas que tengo a mi disposición. Lo que hago normalmente es liderar el movimiento de denuncia de los ricos. Pero hoy quiero sacar esto de mi pecho y siento que puedo confiar en ti para que no lo difundas a los cuatro vientos.

Cómo llevo comida a mi mesa

Lo mejor es que empiece por lo básico: soy un político. Mi trabajo es supervisar servicios públicos como las carreteras y la policía.

Tal vez puedas pensar que mi trabajo es fundamentalmente pasivo —un humilde servidor público que canaliza fielmente la Voluntad del Pueblo y hace las cosas lo mejor que puede para ser eficiente en un entorno político difícil.

Pero la verdad es que soy un emprendedor exactamente igual que Zuckerberg. Para avanzar en mi carrera debo encontrar un problema que preocupe a la gente —o que pueda ser convencida de que le preocupa— y persuadirles de que yo soy mejor apuesta que cualquier otro candidato para resolverlo. Me paseo por Twitter buscando el ultraje de la semana. Y busco errores de la industria que yo pueda resolver contratando reguladores.

Como cualquier otro emprendedor, no hay límites sobre dónde puedo buscar problemas para “productivizarlos”. No tengo por qué limitarme a las carreteras y la policía. De hecho, si hago eso, me quedaré sin trabajo rápidamente, porque mi sector es brutalmente competitivo. Todo tiene que ser juego limpio: el peligro público de las floristerías sin licencia, la distribución irresponsable de pajitas de plásticos, la amenaza del rescatador de mascotas. Los primeros resultados se cosechan casi inmediatamente. Pero, para seguir llevando comida a mi mesa, tengo que ser imaginativo.

Puede sonar fastidioso, pero encontrar causas para liderarlas es la parte fácil de mi trabajo, y tronar contra ellas en las noticias es una gran diversión. “¡Seis millones de personas mayores no tienen qué comer!”, grito. “¡Los Demócratas quieren dar coches a los inmigrantes indocumentados!” Tengo toda la audiencia de un profesional de la lucha libre, pero sin los moretones.

Entonces, ¿qué me quita el sueño?

Si tu primera respuesta es que lo que me quita el sueño es encontrar soluciones reales a los problemas con los que hago campaña, entonces —Dios te bendiga— eres mi votante ideal. Pero estás frío, frío. Los grandes problemas como la pobreza o el terrorismo no tienen solución y, ciertamente, ninguno de aquellos sobre los que puedo legislar la tienen. Y los floristas sin licencia no son una amenaza tan grande como podrías pensar. De cualquier manera, no necesito aportar soluciones.

De hecho, eliminar la pobreza sería una terrible noticia para mí, cómo lo sería para Colgate que desapareciesen las caries. Si para las próximas elecciones he enunciado algunos programas que suenan bien y el problema es más grave que nunca, tengo una gran oportunidad para ser reelegido y conseguir un presupuesto mayor.

Sí, sé que suena cínico, pero sólo quiero explicar el aspecto económico de mi trabajo. Cuando me di cuenta de que así era como funcionaba, yo también pensé que era malo.

Pero descubrí que mis votantes tampoco quieren ver los problemas resueltos. Prueba a decirle a un amigo activista que el problema social que le preocupa se ha resuelto. Explica a una feminista de la tercera ola que la brecha salarial es mala estadística. O a cualquiera aterrorizado con el cambio climático, que el problema no es tan grave como se dice. O a un halcón de la guerra, que los talibanes se rindieron en Afganistán hace mucho tiempo.

Se esperaría de ellos que estuviesen prudentemente contentos de que sus objetivos se hayan logrado y que pidiesen impacientemente saber más del asunto. Pero es más probable que se enfaden y te manden a la porra por boicotear su Gran Causa. Yo doy a mis clientes lo que de verdad quieren: un propósito para su vida y un aliado que les apoye.

Mi auténtica preocupación es el dinero, porque mis programas biensonantes son mero teatro, pero el teatro también requiere dinero para desarrollarse, y es aquí donde mi trabajo se vuelve más competitivo. Mientras que todo el mundo quiere soluciones –o, al menos algo que lo parezca– todos odian pagar impuestos para financiarlas. Si no encuentro una forma de hacer que mis programas parezcan gratis, lo hará el siguiente candidato.

Un puñado de trucos

Admito que estoy bastante orgulloso con mis numerosas formas de meter la mano en tu bolsillo y endorsárselo a otro. Deliberadamente disfrazo tu “aportación” a los  impuestos como si fuese un impulso generoso. Hago que sean tu empleador o la estación de servicio de la esquina los que recauden tus impuestos y hacerles así aparecer como villanos.

Demonizo a tu vecino como “el rico” con insinuaciones de que sus ahorros los ha logrado de forma sospechosa —una peligrosa acumulación de dinero que amenaza a tu familia. Le acuso de no pagar su “justa parte” y te animo a votar para que le suban los impuestos. Mientras tanto, le animo a él para que te haga lo mismo a ti. Una vez que os he puesto al uno contra el otro, doy un paso atrás y me froto las manos. ¡Aparece así la lucha de clases! Qué vergüenza, aquí, en la Tierra de la Libertad. Tal vez sea necesario otro programa para ayudaros en eso.

Uso un ingenioso artilugio llamado bond measure[1], mediante el cual consigo que vendas a tus hijos a… bueno… la esclavitud, para pagar los baches de tus carreteras o el tren para tu transporte. Te imploraré para que pienses en tus hijos mientras secretamente contaré contigo para que no pienses demasiado en ellos.

Para que pienses correctamente he cultivado un tipo moderno de funcionariado[2] con doctorados en economía que desarrollan una teología del dinero —esto es, una serie de oscuras justificaciones para mis tácticas. Ellos te convencerán, por ejemplo, de que la creación de trillones de nuevos dólares es un servicio público vital. Cada vez que lo hagamos, claro. Para ti, en cambio, seguirá siendo un crimen.

Después de que haya tenido suficiente cantidad de su agua bendita, la inflación —que una vez fue pecadora— renacerá como santa. Seguramente te gusten las rebajas de los Waltmarts o Costcos en su lucha mundial para ofrecerte buenos precios, pero la bajada generalizada de los precios enfurece a la Diosa de la Economía. Si se permitiese que las cosas fuesen más baratas cada día, los consumidores dejarían de comprar y sucumbirían al vicio del ahorro. Los trabajadores perderían su trabajo y una plaga de paro descendería sobre la tierra. Lo que realmente necesitas es que todo sea un 2% más caro cada año. Gracias a la Diosa, conseguiré que te lo creas.

Mis sacerdotes predican ardientes sermones en honor de mi déficit fiscal. Debo gastar mucho más de lo que recaudo en impuestos, insisten, porque mis ofrendas agradarán a la Diosa. Hay un efecto multiplicativo en el hecho de gastarme tu dinero, pero sólo cuando lo hago yo. El dinero que tomo prestado es a costa del ahorro privado —¿cómo podrías ahorrar nunca dinero si yo no te hiciese el favor de poder prestármelo a mí? Mis deudas compran infraestructuras que de otra forma no podríamos abordar; en otras palabras, esa deuda, de alguna forma, permite hacer realidad capacidades futuras aquí y ahora. Si los fallos de estas afirmaciones no son inmediatamente obvios, es que mis economistas han hecho un trabajo excelente.

Los políticos se vuelven locos

Estas son sólo algunas de las técnicas que uso para seducir tu cartera y concentrar tu riqueza en mis manos. Pero, ¿puedes siquiera comparar mis manos con las de Charles Koch[3]?

Diría que depende de tu punto de vista. Os he convencido a la mayoría de vosotros, gente corriente, de que mis programas mejoran vuestras vidas, pero las familias de las decenas de miles de habitantes de Oriente Medio que he matado recientemente puede que piensen diferente. Y los millones de americanos encarcelados por crímenes sin víctimas, probablemente tengan también sus propias opiniones.

Pero mira a cuántas personas he ayudado. Millones de ellas empezaron un día a depender de mí por el pago de un cheque de la seguridad social, cartillas de alimentos o viviendas y ahora se dan cuenta de que no pueden dar marcha atrás. Tenemos, ellos y yo, una asociación tan fuerte como la pueda tener un vendedor de heroína con sus clientes. Puedo contar con su lealtad para votarme y salir a la calle para protestar contra mis rivales.

Puede que les haya prometido más de lo que pueda darles. Dije a 160 millones de trabajadores y a sus familias que les mantendría cuando se retirasen. Prometí salud universal a 275 millones de americanos cuando sean viejos y estén enfermos. Lo confieso: mentí. Los contribuyentes necesitarán pagar unos 999.000 $ cada uno para hacer buenas estas promesas. Alerta para los que anticipan el final: no tienen ese dinero.

Esconder la deuda se está haciendo cada vez más difícil. Os he empeñado a todos en 22 trillones de dólares, mucho más de lo que nadie en la historia ha debido jamás, y está empezando a descubrirse. He escondido una factura de 66.000$ en la cuna de cada recién nacido en América —llámalo un regalo por su nacimiento. Es vergonzoso que no tenga un trabajo todavía, porque para cuando sea suficientemente mayor para empezar a devolverla, la deuda será mucho mayor. Las deudas de esta magnitud no se pueden devolver nunca.

Cuando las promesas del pasado me alcancen, te contaré más mentiras. Los presupuestos escolares —te diré— han sufrido recortes salvajes. La victoria en la guerra contra el terrorismo está a la vuelta de la esquina. La codicia aplastó a la economía. La defensa está menos financiada de lo que debiera. Los malvados lobbies empresariales me hicieron promulgar esa ley. Eres un parado tras 15 años de educación pública por culpa del racismo. Tengo que comprar esas empresas porque son “demasiado grandes para caer” (too big to fail). El problema es que no gastamos suficiente.

Y entonces hago campaña para otro programa que no funciona y que no puedes pagar. Vota por mí —te digo— y te daré matrículas gratis para la universidad. Atención médica para todos. Me aseguraré de que China y Rusia respeten los intereses de América en su propio territorio. Salvaré especies de animales. Generaré puestos de trabajo.

Mientras tanto, repararé las destartaladas infraestructuras de América. Revisaré nuestros sistemas de energía. Detendré el calentamiento del planeta. Haré de cada americano propietario de su hogar. Acabaré con la pobreza.

Dios, ayúdame, ya no puedo parar. No puedo soportar firmar otro cheque sin fondos, hacer otra promesa que no puedo esperar cumplir por nada del mundo.

Propósito de la enmienda

Aquí está, amigo mío, mi confesión. Y estando en paz contigo, tendré un nuevo comienzo. Por fin voy a drenar la ciénaga y a gastar tu dinero de forma responsable y sostenible —dando soluciones reales a problemas reales.

Entre las reformas que haré… ¡ah!, ¿no es ese el Codicioso Multimillonario Jeff Bezos? ¡Sus 138.000 millones de dólares son una peligrosa concentración de patrimonio que están destrozando este país!

Por eso voy a lanzar mi nuevo programa de 7,25 trillones de dólares para protegerte de gente como él.


Jim Kelly es un ejecutivo del sector tecnológico y disidente de fin de semana que escribe desde las minas de datos de San Francisco. Tiene un BA por Berkeley y un doctorado por Princeton. Puedes seguirle en @jkellyinsf en Medium o Twitter.


[1] Bonds measure son bonos emitidos por el estado para financiar determinados proyectos de infraestructuras, escuelas y otras iniciativas de interés comunitario.
[2] Este párrafo y los dos siguientes utilizan un juego de palabras intraducible al español. El texto inglés usa la palabra “clergy” cuya traducción al español es “clero”. Lo traduzco por funcionariado porque el término inglés “clerk”, del que viene “clergy”, significa, además de clérigo, empleado de oficina o funcionario. En ese juego es en el que se habla, en los siguientes párrafos de “agua bendita”, “pecadores redimidos” y “prédicas de sacerdotes”.
[3] Charles G. Koch (Wichita, Kansas, Estados Unidos, 1 de Noviembre de 1935) es un empresario y co-propietario, junto con su hermano David H. Koch, de la empresa hoy conocida como Koch Industries, un conglomerado de empresas inglesas con numerosas filiales dedicadas a la fabricación, comercio e inversiones, que se estima que dan como ingresos anuales unos 100 mil millones de dólares. Es, según Forbes, la segunda empresa privada más grande que no cotiza en bolsa del país después de Carghill. La fortuna de Charles G. Kock asciende a 48.000 millones de $.

8 de febrero de 2019

No, si al final va a tener razón Chesterton, aunque sea por razones equivocadas y en el momento equivocado


Chesterton es uno de los pensadores más agudos y perspicaces que conozco. Su ironía y su sentido del humor, unidos a mi coincidencia con casi la totalidad de su pensamiento, hace que sea uno de los escritores que más admiro. Por eso, me da pena no coincidir con él en su visión de la economía. Es manifiestamente anticomunista, en lo que, por supuesto, coincido con él. Pero, aunque no con la misma virulencia, es también muy contrario al sistema capitalista. Comprendo, hasta cierto punto, aunque no comparto, su opinión, pues vivió su juventud a finales del siglo XIX cuando el capitalismo era lo que ha dado en llamarse ‘capitalismo salvaje’. En la frase anterior pueden llamar la atención las expresiones “hasta cierto punto” y “lo que ha dado en llamarse ‘capitalismo salvaje’”. Creo que esas expresiones merecen una aclaración.

Empiezo por lo de “lo que ha dado en llamarse ‘capitalismo salvaje’”. Lo primero que debo decir es que esta adjetivación del capitalismo, no nace en principio para referirse al capitalismo del siglo XIX, sino lo hace en una fecha tan tardía como los años 80 del siglo XX, cuando ya el capitalismo había perdido una gran parte, si no todo, de su ‘salvajismo’, cuando prácticamente ya había superado la lucha de clases y cuando ya se olía la derrota del comunismo. Es, por tanto, un fruto tardío de la propaganda marxista. Pero, olvidando este origen del término, supongámoslo aplicado al sistema imperante en la juventud de Chesterton. Cuando se piensa en las grandes masificaciones fabriles, en el ejército de parados o “ejército de reserva de proletarios”, como lo llamó Marx, en el hacinamiento de las ciudades, en los barrios insalubres de las mismas en los que vivían los trabajadores, en las jornadas laborales interminables y en unas condiciones lamentables, en el trabajo infantil, etc., es lógico que a uno se le oprima el corazón. Tendría uno que ser un monstruo para que eso no le pasara. Pero antes de emitir juicio alguno sobre esta terrible situación, conviene ver cuál era la situación anterior. Antes del inicio de la concentración fabril, la inmensa mayoría de la gente vivía en el campo y para campo, pero apenas del campo. Vivía o malvivía y moría. Porque las jornadas de trabajo en el campo eran de sol a sol, tan largas como las que hubo más tarde en las fábricas –con lluvia, escarcha y pampero, dirá el gaucho Jorge Cafrune– , y en ellas trabajaban también los niños que, por supuesto, no pasaban el día en la escuela. No vivían en bucólicas viviendas saneadas con vistas al campo. Lo hacían en condiciones impensables de insalubridad y la mortandad producida por estas condiciones era inmensa, sobre todo la infantil. Si un año la cosecha era mala, la muerte por inanición alcanzaba a masas inmensas de seres humanos. La gente no iba del campo a la ciudad como fruto de un proyecto de ingeniería social, como haría el régimen comunista soviético en pleno siglo XX. Se iban a la ciudad, porque, a pesar de las duras condiciones y del hacinamiento, la esperanza de vida y de salud en las ciudades hongos –como las llamó también Marx– era mucho mayor que en el campo. De hecho, fue hacia 1850 cuando la esperanza media de vida en Inglaterra empezó a crecer, y en 1900 ya lo hacía exponencialmente. Y, ciertamente, esa mejor vida, por dura que fuese, ejercía un efecto llamada, muy similar al que hoy se produce para la inmigración desde los países pobres. Pero al encontrarse juntos muchos trabajadores en grandes centros de producción en lugar de estar dispersos por todo el país, adquirieron conciencia de clase y apareció la ideología marxista con su lucha de clases y sus sindicatos. Y con todo ello, la propaganda del capitalismo salvaje, aunque ese término no se haya acuñado hasta hace bien poco, por otras causas y refiriéndose a otra cosa. Hasta aquí con el término de ‘capitalismo salvaje’ aplicado a la época de la juventud de Chesterton.

Sigo con el “hasta cierto punto”, aplicado a mi comprensión hacia la actitud de Chesterton. Comprendo de forma muy empática el encogimiento de corazón de toda persona con un mínimo de sensibilidad por la forma de vida de los trabajadores que vivían en los barrios marginales de Londres o Manchester a principios del siglo XX. Pero si algo caracteriza a Chesterton es la primacía de su aguda razón sobre el sentimiento. Creo que si hubiese analizado la situación con atención podría haberse dado cuenta de la mejora que suponía, a pesar de todo, la situación del, según terminología marxista, proletariado. Pero, ciertamente, soy injusto con Chesterton, porque los hechos, que ahora debieran ser evidentes para todos los que no sean ciegos por no querer ver, podían no serlo tanto para un hombre joven de 1900, con buena voluntad y cercano a esa situación, por inteligente que fuese. Porque, además, el sufrimiento aparejado a la vida rural, siendo inmenso, estaba disperso y lejos de la vista de un urbanita, mientras que el hacinamiento de las ciudades hongo, era perfectamente visible. Por esto, sólo comprendo a Chesterton, pero sólo “hasta cierto punto”.

Sea como fuere, Chesterton intentó buscar, junto con su amigo Hillaire Belloc, algo que, medio siglo más tarde, ha dado en llamarse la “tercera vía”. Y lo hizo con la conciencia cristiana de seguir los consejos de la naciente Doctrina Social de la Iglesia, inaugurada en 1896 con la encíclica Rerum Novarum de León XIII[1]. Ciertamente, no cayó en la falsa y peligrosísima “tercera vía” de la socialdemocracia del partido laborista. Su dialéctica con su contemporáneo Bernard Shaw, laborista de claras inclinaciones marxistas[2], le alejaron de esa tentación. Él buscó una “tercera vía” completamente utópica. Afortunadamente es una “tercera vía” que era entonces, y ha sido hasta ahora, inaplicable, lo que la ha hecho inofensiva. Por supuesto, si alguien la hubiese podido llevar a la práctica hubiese supuesto el hambre y la miseria para millones de personas, pero como era irrealizable… Mucho más peligrosa es la realizable tercera vía de la socialdemocracia que nos está llevando a un experimento económico realizable pero en el que un día podemos darnos cuenta de que hemos pasado el punto de no retorno y acabemos, sin quererlo, en el comunismo y en el desastre económico. Pero no es de la socialdemocracia de lo que quiero hablar, sino de la “tercera vía” de Chesterton y Belloc. Le llamaron distributismo. Su nombre no proviene de que promulgase que el estado debería distribuir la riqueza. Tanto Chesterton como Belloc creían en la propiedad privada, incluida la de los bienes de producción y en la libertad humana, unida a la responsabilidad y no eran, ni de lejos, estatalistas. El nombre de distributismo se lo pusieron pensando en un sistema en el que esa propiedad de los bienes de producción estuviese distribuida, de forma libre, en todas las familias o pequeñas comunidades. Cada una de esas pequeñas comunidades tendría sus propios medios de producción y fabricarían lo necesario para autoabastecerse y abastecer mediante comercio próximo a otras comunidades vecinas. De esta manera, pensaban, desaparecían el trabajo asalariado, los grandes centros fabriles, las aglomeraciones de obreros en ciudades seta y otros males visibles del capitalismo de la época. Cada uno viviría donde quisiese y la frontera entre el tiempo de ocio y trabajo desaparecería, dando lugar a un trabajo libre en un entorno pequeño y familiar. El distributismo que idearon no era anticapitalista, era partidario de que todos fuesen capitalistas. Lo que criticaba Chesterton del capitalismo queda reflejado en una frase suya: “Más capitalismo no significa más capitalistas, sino menos”. El distributismo pretendía, en definitiva, que todo el mundo fuese capitalista. No hay en él ninguna devoción por el estado y sí un enorme respeto al principio de subsidiariedad.

Hay quien dice que su inspiración estaba en la comunidad de los hobbits, descrita por JRR Tolkien en su libro “El Hobbit”. No me consta qué relación hubo entre Tolkien y Chesterton, pero parece fuera de toda duda que, siendo contemporáneos, viviendo ambos en Inglaterra desde 1892, fecha del nacimiento de Tolkien, hasta 1936 en que murió Chesterton, siendo ambos intelectuales católicos militantes, no tuviesen una influencia mutua. De hecho, “El Hobbit” vio la luz en distintas entregas entre 1920 y 1930 y el nacimiento del distributismo se sitúa en 1926, fecha en la que Chesterton y Belloc fundaron la llamada Liga Distributista, y apareció el libro “The outline of sanity” que trata este tema. A Chesterton debió fascinarle la sociedad formada por los hobbits y pensó en un sistema que pudiese dar lugar a una sociedad similar. Todo muy bucólico y muy bonito. Pero con un defecto “insignificante”: que era absolutamente inviable. ¿Qué me lleva a decir que el distributismo era inviable? La verdad es que no debería ser necesario explicar por qué este utópico sistema económico era inviable. No obstante, voy a enumerar algunos factores que no dejan lugar a dudas y porque me van a resultar útiles dentro de unas líneas.

1º. en 1927 había muy poca gente con la capacidad de ahorro suficiente como para poder dedicar parte de sus ingresos a invertir en capital. La única preocupación de la inmensa mayoría de la población era la supervivencia.

2º. Los bienes de capital eran algo muy caro y, por tanto, sólo la gente con gran capacidad de ahorro podía invertir en ellos.

3º Los procesos productivos necesitaban economías de escala y éstas sólo eran posibles con un sistema productivo en masa.

4º Los sistemas de comunicación y de transmisión y tratamiento de la información eran muy lentos e imperfectos, por lo que el trabajo de coordinación para que una producción descentralizada pudiese fabricar productos complejos como un coche o una máquina de tren o un telar, era totalmente imposible.

5º El transporte era algo muy caro e ineficiente. Las vías de comunicación físicas terrestres eran muy pobres y los medios de transporte se basaban todavía casi exclusivamente en la tracción animal, mientras el transporte por mar se basaba en navíos muy lentos. Con tan rudimentarias y caras infraestructuras y sistemas de transporte, la descentralización era prácticamente imposible.

Sin embargo, la evolución del capitalismo iba a hacer falsa la frase antes citada de Chesterton de que “Más capitalismo no significa más capitalistas, sino menos”. Posiblemente Chesterton estuviese también influido por las doctrinas de Malthus, David Ricardo e, incluso, aunque no fuese santo de su devoción, de Marx. Todos estos pensadores, de muy diferentes ideologías, tenían una idea en común. El sistema capitalista necesariamente haría que los salarios de las grandes masas obreras se mantuviesen siempre en el nivel mínimo de subsistencia. Y, naturalmente, así no había ninguna posibilidad de que hubiese una masa de ahorradores que pudieran convertirse en inversores y capitalistas. Posiblemente, la naciente doctrina social de la Iglesia, de la que bebieron Chesterton y Belloc, también estuviese impregnada de esta visión. Pero esas profecías han demostrado hasta la saciedad ser falsas. A pesar de todo, sigue habiendo quien las hace y, lo que es peor, inmensas cantidades de gente que se las creen. Lo que ha pasado es exactamente lo contrario. A lo largo del siglo XX ha ido apareciendo una creciente clase media en todos los países donde la seguridad jurídica ha permitido el desarrollo de la libre empresa y del capitalismo. Clase media con una capacidad de ahorro cada vez mayor. Los sistemas productivos siguen necesitando hoy en día, en gran medida. ser en masa y cada vez con más inversiones en capital. Pero, para poder obtener fondos para esas inversiones aparecieron los mercados y bolsas de valores en los que las grandes corporaciones podían financiarse de la capacidad de ahorro de esa clase media ahorradora. Poco a poco, parte del sueño de Chesterton y Belloc, empezó a hacerse realidad. La posesión de los bienes de producción estaba cada vez más distribuida, a través del sistema accionarial, y los capitalistas se pueden hoy día contar por cientos, si no miles de millones de seres humanos. Muy pocas de las más boyantes y exitosas empresas actuales son de sus fundadores o de un gran capitalista. Éstos tienen una parte de ellas, mayor o menor según los casos, pero la mayor parte de la propiedad de estas empresas está en manos de esa ingente masa de ahorradores/inversores de clase media e, incluso, baja.

Pero, aún así, éste no era el modelo económico imaginado por Cheserton y Belloc. Por supuesto que el capitalismo ha ido evolucionando y el tipo de empresas también. Para empezar, muchas empresas, si no la mayoría, son ahora empresas de servicios, en las que el trabajo fabril ya no existe. Es cierto también que en las que siguen siendo grandes fábricas de producción en masa el trabajo ya nada tienen que ver con las que eran a principios del siglo XX, ni en sus horarios, ni en la dureza de un trabajo embrutecedor. Pero siguen existiendo empresas, de producción o de servicios que, aunque sean propiedad de pequeños ahorradores/inversores, no responden ni de lejos al sistema de producción descentralizada que Chesterton y Belloc habían pensado. Sin embargo, esto está ya cambiando y, como muchos de los cambios revolucionarios, puede ser que se produzca de forma exponencial. De hecho ya han desaparecido casi por completo los cinco factores que he enumerado anteriormente como imposibilitadores de un sistema de producción descentralizado.

1º Hoy en día hay, como se ha visto, una enorme cantidad de gente con capacidad de ahorro.

2º Aunque determinadas máquinas pueden ser muy caras, otras muchas no lo son tanto como para que una familia o una pequeña comunidad no pueda invertir en un brazo robótico, una impresora 4D y un microprocesador.

3º Con estas nuevas tecnologías las economías de escala han dejado de ser importantes.

4º y 5º Las tecnologías de comunicación y tratamiento de información así como los medios e infraestructuras de transporte físico han sufrido una drástica revolución en rapidez, eficiencia y coste.

Por lo tanto, esas barreras que hacían imposible en 1900 la descentralización de la propiedad fabril, están desapareciendo si no han desaparecido ya. Es decir, la propia evolución natural del capitalismo está haciendo, no sólo posible, sino ineludible, la descentralización de los procesos productivos. Si hay un freno a este proceso, este sólo puede venir de la inercia mental de personas y empresarios y de las trabas que puedan imponer al proceso, estados hiper reguladores y sindicatos decimonónicos. Pero, si de verdad esa descentralización productiva es algo apetecible para el ser humano, como creían Chesterton y Belloc, el proceso será imparable.

Lo que viene a continuación es una visión que no tiene nada de imposible. Más aún, si bien no es posible afirmar categóricamente que se vayan a producir las transformaciones necesarias para llegar a ella, las probabilidades de que ocurran es altísima, me atrevería a decir que inevitable. Esta visión es, no obstante, difícil de explicar, pero pondré todo mi esfuerzo en intentar que lo que viene a continuación sea lo más inteligible posible.

Yo apostaría a que dentro de unas pocas décadas –cuántas depende más bien de los frenos que estados y sindicatos puedan imponer y de lo cierta que sea la apetencia de la gente de un sistema descentralizado de producción–, los grandes centros fabriles desaparecerán. Para producir un producto físico complejo como, digamos, un coche, una empresa fabricante de automóviles tendrá un programa informal que romperá toda la “suply chain[3]” en pequeños trozos. Digamos que uno de esos trozos es fabricar, por ejemplo 200.000 bielas para los motores. El programa lanzará una subasta on line para ver que comunidades son capaces de producir esas 200.000 bielas en el plazo y con la calidad requerida. Seguramente, serán varias las comunidades necesarias para producir todas esas piezas. En el lado de la oferta, cada familia o pequeño grupo vecinal, llamémosle célula productiva, tendrá los medios de producción que estime oportunos. Por ejemplo, pueden tener un par de brazos robóticos de determinadas características, tres impresoras 4D y varios microprocesadores. Estas herramientas serán de su propiedad. Cada célula productiva tendrá las herramientas que estime oportunas y podrá coordinarse con otras células productivas formando grupos orientados al mismo fin, las 200.000 bielas. La empresa de automóviles les suministrará el programa que coordine todas estas cosas y la materia prima. Cuatro o cinco grupos de varias comunidades cada uno, formados ad hoc por varias células productivas para ese pedido, ganarán el concurso de suministro y harán las 200.000 bielas. Estos grupos se disolverán tan pronto como el pedido esté terminado y buscarán las alianzas necesarias para otro posible pedido. Las 200.000 bielas fabricadas serán enviadas a otros grupos de montaje robotizado que recibirán, además, bloques de motor hechos por otros grupos, cilindros, culatas, cigüeñales, árboles de levas, etc., etc., etc., y los ensamblarán y, a su vez, enviarán los motores resultantes a otros grupos que reunirán chasis, carrocerías, volantes, salpicaderos y otro sinnúmero de partes que, todas juntas formarán un coche. Todo esto, bajo la batuta del programa gestor de la “suply chain” coordinado por el fabricante de automóviles. Seguramente algunos de los procesos, los que sean el núcleo central más sensible de un coche, se seguirán haciendo por el “fabricante” de coches, pero la mayoría procederán del outsourcing coordinado citado. Así, el “fabricante” pasará a ser, más bien, un coordinador de actividades de otros. Los grupos, en sus distintas jerarquías u niveles, se configurarán ad hoc para cada actividad. De esta forma, una célula productiva que viva en un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, puede estar trabajando hoy para el fabricante A de automóviles, mañana para el fabricante N de buques, pasado mañana para el fabricante Z de aviones y al día siguiente para el fabricante V de los propios robots o impresoras 4D que utiliza. Y en cada una de estas fases productivas se asociará con otras células para formar una comunidad ad hoc para ese pedido. Y, como efecto secundario saludable de este proceso, es posible que ese lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, que ahora se está enfrentando a la despoblación, encuentre gente que le parezca bien trabajar desde él si está dotado de las debidas infraestructuras. Desde luego, esto luchará contra la despoblación de una forma inmensamente más eficaz que todo el dinero público malgastado en programas estatales para frenar artificialmente el proceso de despoblación.

Esto sí que es auténtica distribución de la propiedad del capital y, por tanto, distributismo. Pero si algo parecido a esto llega a ocurrir, no será porque una instancia superior lo haya decidido, sino que será fruto de la libertad de elección de cada célula productiva y de la organización de la empresa “fabricante” de automóviles. Por supuesto, la libertad llevará aparejada la responsabilidad. Cada célula productiva tendrá que tomar decisiones sobre qué tipo de equipo debería tener para poder participar en diferentes procesos de “suply chain”. Si ve que está perdiendo el tren de muchos pedidos, deberá preguntase qué está haciendo mal, qué le falta y qué puede hacer para conseguir participar en más procesos. También decidirá qué parte de su tiempo y con qué horarios quiere dedicar al trabajo y cuánto al ocio. Será libre para tomar todas estas decisiones. Cada célula será una microempresa autónoma. Fin del trabajo asalariado. Fin de los contratos fijos que este trabajo asalariado pretende llevar aparejados. Viva la libertad. Pero esa libertad traerá aparejada su responsabilidad. Si una célula no está vigilante para ver qué se puede hacer mejor, empezará a perder oportunidades hasta quedarse fuera de juego. Por supuesto, se puede y debe ayudar y formar a esas células para tomar las decisiones adecuadas, pero, como en toda situación, habrá a quien le vaya muy bien y a quien le vaya mal. Es decir, habrá desigualdad.

Por supuesto, el enemigo número uno a que todo esto ocurra, serán los sindicatos y los organismos estatales reguladores. Pero, ¿qué mundo es mejor? ¿El del trabajo asalariado con convenios colectivos, contratos fijos e intervención estatal o el de la libertad unida a la responsabilidad? A mí no me cabe duda: el segundo. Si hay algo que es parte de la naturaleza humana, es el binomio libertad responsabilidad. Los que creemos en una sana antropología cristiana sabemos que Dios nos ha hecho libres para que dirijamos nuestras vidas y seamos responsables de nuestros actos. Esa es la base de la dignidad humana. Lo contrario, la venta de nuestra libertad a estados reguladores y sindicatos que nos den una seguridad a cambio de nuestra libertad, es contrario a la dignidad humana. En el fondo, lo que ocurre es que la libertad da vértigo y el grito de “vivan las caenas” es algo que está metido en muchas personas, que ya han vendido a saldo su libertad por una supuesta seguridad que, al final, tampoco tienen. No está ni mucho menos claro que una mayoría de gente quiera un sistema de libertades y responsabilidades que lleven a un sistema distributista del siglo XXI.

El otro día, exponiendo esto en una conferencia que di a un grupo de jóvenes de gran valía, una chica se espantaba porque decía que esto nos llevaría a una vida de trabajo estajanovista como la que llevan los chinos. Nada más lejos de la realidad. A medida que se alcanza la prosperidad, a medida que se deja de luchar por la mera supervivencia, el valor del tiempo libre es cada vez mayor. A medida que los chinos mejoren su condición de vida, serán ellos los que se empiecen a comportar como los ciudadanos de sociedades libres y prósperas, y no al revés. Pero cada uno dará a su tiempo libre el valor que quiera y, en base a eso, tomará un tipo u otro de decisiones. Podemos ir hacia un mundo cada vez más libre, con sus peligros, o a un mundo cada vez más asfixiante de estados que intentan regular cada vez más cada aspecto del comportamiento humano y que, al final, tampoco es capaz de garantizar el espejismo de seguridad con el que ha comprado la libertad de sus ciudadanos, convertidos en “súbditos”. La primera alternativa nos lleva a algo que se parece como una gota de agua a otra al distributismo, sin el bucolismo de los hobbits, por supuesto. El segundo nos lleva al mundo feliz de Aldous Huxley. Debemos elegir como sociedad compuesta por seres humanos libres, sin dejar que los estados decidan por nosotros. Lo que no es posible, aunque nos quieran tentar con ese espejismo, es la libertad sin responsabilidad. Sin libertad ni responsabilidad, nos espera la esclavitud. Una esclavitud 2.0 del siglo XXI, pero esclavitud al fin y al cabo.

En definitiva, que es posible que, a fin de cuentas, Chesterton acabe teniendo razón. Pero no hay nada más peligroso que tener razón por razones equivocadas y en la época inadecuada. Eso les pasó, creo, a Chesterton y a Belloc al principio del siglo XX. Afortunadamente, su sistema no llegó a aplicarse nunca en la época equivocada. Pero puede que el capitalismo, en su continua adaptación a la tecnología que el genio humano crea en su incesante respuesta al “dominad la tierra”, lo haga posible en el momento en el que es factible y deseable.


[1] Realmente, la Doctrina Social de la Iglesia se inició en el siglo XVI en la Escuela de Salamanca. Y era una DSI sana, basada en una correcta antropología cristiana, no trufada de ideas “compradas” al marxismo decimonónico.
[2] El Partido Laborista inglés es un partido muy curioso. Incluso ahora, junto a figuras como Tony Blair, hay otras como John McDonnell, ideólogo en la sombra de Jeremy Corbyn y neomarxista gramsciano.
[3] Suply Chain es un término de la jerga del mundo de los negocios. Su traducción literal es Cadena de Suministros, aunque todo el mundo la utiliza en inglés. Representa todos los procesos logísticos y productivos que se tienen que dar desde el aprovisionamiento de materias primas por una empresa hasta la entrega del producto terminado a los clientes. El “Suply Chain Management  trata de optimizar todos estos procesos.

1 de febrero de 2019

Moda y permanencia de los partidos políticos


La política es una actividad de enorme dureza. Y la supervivencia de los partidos en ella, una lucha tremenda. Hay partidos que emergen de repente con una fuerza inusitada y, al cabo de un cierto tiempo, se desvanecen. Hay otros que son centenarios, empiezan a languidecer, hasta que desaparecen. Hay otros que son incombustibles y perduran a través de los siglos. La democracia española es muy joven. Su historia tiene cuarenta años, aunque es cierto que entronca con una democracia anterior. Pero esta democracia anterior, del siglo XIX y primer tercio del XX, tampoco era una democracia de primera clase como sí lo es la actual, a decir de los índices internacionales más reputados. ¿Qué hace tan incierta la vida de los partidos? Voy a analizar primero el éxito efímero de ciertos partidos a los que llamaré “emergentes”. Después me fijaré en los partidos consolidados que desaparecen o, al menos, quedan reducidos a la insignificancia. Y estas dos cosas las voy a hacer intentando aplicarlas al caso de España.

Primero, los partidos “emergentes”. Para que un partido naciente se consolide, hace falta, a mi modo de ver, que pase por dos pruebas de fuego.

La primera son las luchas intestinas cuando empieza a asomar la cabeza. Es muy normal que cuando una idea cuaja en un proyecto de partido político, todos sus fundadores formen una piña. Pero esto se suele acabar pronto. Efectivamente, a medida que empiezan a tener que definir con mayor precisión su posición ideológica aparecen los personalismos y las diferencias. Esto puede matar, o al menos herir gravemente, a muchos partidos neonatos. Si vemos el panorama español, tenemos a Podemos. Todavía no han catado el poder, pero sólo el hecho de husmearlo, ya está haciendo que se desmorone. No sé qué pasará en las próximas elecciones, pero todo apunta, y ojalá acierte, a que se va a derrumbar víctima de sus luchas internas. Veremos. Esto es muy típico de la izquierda. Pero por el otro lado del espectro, por la derecha, también pasa. Varios de los fundadores de VOX, abandonaron hace algunos años el partido porque creían que no reflejaba lo que ellos pensaban en su fundación. VOX parece haber superado ese escollo, no sé con qué heridas ni de qué gravedad, pero parece que lo ha hecho. Pero ahora entra en la fase en la que está resquebrajándose Podemos. Empieza a husmear el poder. De momento con 12 escaños en el parlamento andaluz. Veremos qué pasa en las próximas elecciones y con las generales. Me caben pocas dudas de que va a obtener unos buenos resultados, similares a los de Andalucía. Pero para presentar candidaturas en las comunidades autónomas, ayuntamientos y en toda España, tendrá que salir a pescar candidatos y en ese proceso, nunca se sabe qué peces van a entrar en las redes. Entonces entrará en la fase en la que ahora parece que está a punto de naufragar Podemos. Mi recuerdo –alguna ventaja tiene que tener el ser casi viejo– se puede remontar a cuando el partido de José María Ruiz Mateos, en 1989 obtuvo 2 escaños en el Parlamento Europeo. Ahora recordamos eso con una sonrisa de escepticismo irónico, pero en aquel entonces, un líder de ese partido, conocido mío, me aseguraba que aspiraban a ser la tercera fuerza política de España. Y había mucha gente que lo creía. Pretendían representar una oposición al PSOE y mucha gente consideraba en aquella época a Ruiz Mateos como un gran empresario, segado por la perfidia del gobierno socialista y de su entonces ministro de Economía Miguel Boyer. Reíros, pero entonces había gente que así lo consideraba.

La segunda prueba de fuego llega cuando a un partido le llegan responsabilidades, totales o parciales, de gobierno. Porque la política de palabras y gestos está chupada. Pero cuando uno tiene que gobernar, se encuentra con el hecho, ante el que se puede cerrar los ojos cuando uno no gobierna, pero que se impone con dureza cuando sí se hace, de que la política es el arte de lo posible. Entonces, las cosas que se proclamaban a boca llena cuando se hacía sólo política parlamentaria, no se pueden cumplir, sus votantes se cabrean y vuelven a aparecer, con mayor virulencia, los enfrentamientos internos. En esa etapa embrionaria, eso suele ser mortal. En España tenemos el ejemplo, aunque peculiar, por las circunstancias históricas del momento, de la UCD. Ahora, C’s, tras haber intentado evitarlo en otras ocasiones, se enfrenta a ese reto, aunque sea parcial y sólo en Andalucía. Veremos si lo supera. VOX todavía no se va a enfrentar a él, pero tal vez le llegue su momento y, entonces será la hora de la verdad. Esperemos que nunca tengamos que ver cómo afronta Podemos ese reto. En Francia tenemos el gobierno de Emmanuel Macron, cuyo éxito espectacular le ha llevado al gobierno en mayoría a la primera de cambio. Parece que lo tiene crudo. Veremos.

Hasta aquí los peligros de los partidos emergentes. Veamos ahora qué pasa con los consolidados. La principal diferencia entre estos partidos y los embrionarios es su inercia. Los partidos embrionarios son mucho más vulnerables. Las enfermedades en esa fase suelen ser mortales. En cambio, los partidos establecidos pueden padecer enfermedades durante años y, a pesar de ellas, sobrevivir. Pero si no son conscientes de ellas y no toman los remedios oportunos, pueden acabar muriendo o verse relegados a la irrelevancia. ¿Cuáles son estas enfermedades que pueden padecer estos partidos consolidados?

La primera enfermedad es su pérdida de identidad. Esta pérdida de identidad puede ocurrir por dos causas.

Una: que el terreno ideológico que los sustenta desaparezca. En ese caso mueren o tienen que ir a buscar su terruño en otro lugar.

Otra: que ese lugar esté ya ocupado y/o que no guste a su base electoral. En cualquiera de los casos se precipita su decadencia.

La segunda enfermedad, de la que hablaré con más detenimiento más adelante, es que quieran abarcar más de lo que pueden hacerlo sin defraudar a sus bases ideológicas.

La primera enfermedad es más típica de la izquierda. La izquierda siempre ha basado su discurso en la situación de pobreza de inmensas masas de personas y en la lucha de clases como consecuencia de esa pobreza. Pero ocurre que, a lo largo del siglo XX –aunque la corriente empezase antes– la pobreza se encuentra en claro retroceso y, con la aparición de una inmensa clase media, la lucha de clases pierde completamente su sentido. Ante esto, la izquierda ha seguido, para buscar su identidad, tres estrategias distintas que se pueden dar mezcladas.

Una consiste en inventarse nuevas luchas de clases. Por ejemplo, feminismo radical, llegando a la ideología de género, ecologismo ideológico, etc. Cada una de estas luchas de clase inventadas tiene a su vez múltiples vertientes y experimentos ideológicos.

Otra es la exageración tergiversada de la realidad para crear malestar social. Ya que la pobreza está en retroceso, se pone el foco en la desigualdad y se inventa el término de pobreza relativa, definiéndola como los que ganan menos de un porcentaje de la mediana de renta. A continuación se elimina el adjetivo relativa del sustantivo pobreza y se dice que en España hay un 30% de pobres. De esta manera siempre habrá pobres de los que la izquierda hará su estandarte. Naturalmente, las medidas que se proponen no harán disminuir la pobreza de verdad sino que, si se llevan a cabo, la aumentarán dramáticamente. Hay más casos de estas exageraciones, pero dejo a cada cual que las piense. Lo malo es que muchas personas, incluso personas informadas y con criterio, de otros partidos, llegan a comprar la realidad de estas exageraciones, las difunden y hasta las hacen suyas, haciéndoles el caldo gordo a los partidos de izquierdas.

La tercera estrategia es la opción por la socialdemocracia. Esta estrategia pretende atraer a gente moderada que piensa que hay que disminuir las diferencias de renta. Una socialdemocracia moderada podría ser algo aceptable. Creo que es pertinente una aclaración. Una cosa es tener un estado que impida que nadie se quede sin sanidad, sin educación o sin un mínimo ¡mínimo! vital, por ser pobre –pobre de verdad, no pobre relativo y sin confundir los pobres involuntarios con los “pobres” que no quieren trabajar– y otra muy distinta que se llegue a pensar que el estado tiene que pagar la sanidad y la educación a todo el mundo y garantizar una renta universal “digna”. La palabra “digna” es una palabra torticeramente tergiversada por la izquierda que se ha tragado una inmensa cantidad de gente. Es la manera para reivindicar cosas imposibles y crear malestar social, es decir, de reforzar la segunda estrategia anteriormente comentada. Si socialdemocracia fuese que nadie con ganas de trabajar se quede sin sanidad, sin educación o sin un mínimo vital –no “digno”– , por ser pobre y la socialdemocracia se parase ahí, entonces yo sería socialdemócrata. El problema es que estabilizarse en ese punto es imposible. Porque también muchos partidos de derechas se desplazan hacia ella, con lo que la izquierda ve que ese espacio no está del todo libre. Entonces viene una carrera hacia una socialdemocracia cada vez más drástica, que lleva a un super estado del bienestar a base de impuestos asfixiantes para dar café con leche para todos –incluyendo en ese todos a los que no han aportado nunca nada–. Pero también en esa carrera compiten los partidos de derechas, intentando convertirse en algo que ha dado en llamarse centro, que suena muy bien pero que no es ni chica ni limoná. En esa carrera se acaba llegando tan lejos que se lastra la economía y la gente empieza a sentir la asfixia y a preguntarse si eso es sostenible y si merece la pena.

Los partidos de izquierdas españoles combinan todos un poco de estas tres estrategias, en una carrera hacia la izquierda, cada uno desde sus posiciones. Y los dos partidos de izquierdas que pueden considerarse consolidados, PSOE y IU (antes Partido Comunista), se están, uno radicalizando y otro quedándose sin espacio político y a punto de ser fagocitado por el emergente Podemos, para acabar, muy posiblemente, muriendo o llegando a la insignificancia con él. En Francia estas cosas son las que han hecho casi desaparecer tanto al Partido Socialista como al Comunista, no hace mucho muy importantes en el panorama político francés.

La segunda enfermedad, la de querer abarcar más de lo que pueden hacerlo sin defraudar a sus bases ideológicas. es, en cambio, más típica de los partidos de derechas. Como hemos visto hace un momento, estos partidos, se embarcan en una carrera hacia la izquierda, sesgándose hacia socialdemocracia cada vez más dura, no sólo en lo económico, sino también ideológicamente, asumiendo, al menos en parte, muchas de las ideologías sociales que se derivan de las luchas de clases inventadas por la izquierda. Y, claro, a medida que avanzan en esa deriva, van dejando un hueco importante a su derecha. Es el remolino hacia el que se ha estado dirigiendo el PP. Ha querido abarcar desde la socialdemocracia casi extrema, hasta la derecha más tradicional y conservadora en lo social, sin olvidar a la derecha liberal en lo económico. Y eso es, sencillamente, imposible. Así se hace aguas por los dos extremos. Y eso es exactamente lo que le ha ocurrido. Le han salido dos partidos emergentes, cada uno con sus problemas típicos de su fase embrionaria, uno a su derecha y otro a su izquierda. Afortunadamente para el PP, su nuevo líder, Pablo Casado, parece tener las ideas más claras y dar la espalda a ese desplazamiento hacia la izquierda, mirando hacia sus votantes más tradicionales. Pero, a pesar de que este viraje ha tenido lugar antes del éxito de VOX, está llegando tal vez demasiado tarde por ahí ya ha surgido ese partido.

Pero el PSOE, a su vez, también se está decantando hacia la izquierda, intentando no verse superado por el emergente Podemos, aunque este movimiento hacia la izquierda empezó antes de que existiese Podemos. Este desplazamiento, tanto en lo económico como en los experimentos sociales ha venido auspiciado por sus dos últimos secretarios generales, Zapatero y Sánchez, que han radicalizado a su militancia y han hecho muy difícil que líderes más moderados ganen unas primarias, lo que hace muy poco plausible su vuelta a la “moderación” de un Felipe González. Y el espacio que ha dejado a su derecha ha venido a ser ocupado por el emergente C’s. A esto se suma el pacto de Sánchez con los independentistas para mantenerse a toda en el poder, absolutamente rechazado por muchos de sus votantes –que no militantes– más sensatos. Por eso creo que al PSOE le van a pasar una grave factura esas dos cosas, si bien el posible desmorone interno de Podemos le pueda permitir crecer más hacia la izquierda.

Ante este panorama, ¿qué puede ocurrir en el futuro? El oficio de veedor del futuro es muy duro y es mucho más fácil equivocarse que acertar, a menos que se tenga una buena bola de cristal, de la que yo carezco, Por tanto, no tengo ninguna fe en lo que voy a decir a continuación. Mucho me temo que el futuro me dejará en ridículo. Sin embargo, mi proverbial incontinencia me empuja a ejercer ese oficio, aún sabiendo de sus riesgos.

Percibo un batacazo monumental de Podemos que puede atenuar, que no evitar, el que se va a dar también el PSOE tras el paso del caballo de Atila llamado Sánchez. Y su batacazo vendrá, sobre todo, por su derecha, por su apoyo a los independentistas para mantenerse en el poder a toda costa. Creo que un partido consolidado como el PP, si realmente es capaz de volver a sus raíces, crecerá por su derecha y reducirá el espacio al embrionario VOX. Además, al ver achicado su espacio, es posible que este partido –VOX– aumente sus actitudes esperpénticas –como pedir la dimisión de una consejera de la recién constituida Junta de Andalucía por algo dicho hace cinco años que expresaba una opinión sobre la Semana Santa que estaba inmensamente alejada de poder considerarse blasfema– y, por otro lado, vea una nueva ola de tensiones internas. Ambas cosas pueden ser fatales para él en su fase embrionaria. Es posible, no sé cuan probable, que tras unas cuantas elecciones con éxito aparente se vea reducido a la marginalidad. En cuanto a C’s, es muy posible que pueda cubrir el hueco que le va a dejar el PSOE a su derecha (la del PSOE) y si, además, el PP se desplaza a la derecha, también le puede quedarle un hueco en ese lado de su espectro. Así que veo posible que en próximas elecciones vea reforzada su posición, aunque pierda algunos de los votos que ha obtenido en el pasado que lo eran de castigo al PP. Dónde irán esos votos es harina de otro costal. Algunos pueden volver al PP y otros irse a VOX.

En fin, la política es una actividad de una dureza inmensa y, por otro lado, los españoles somos muy dados a pretender que haya un partido que defienda EXACTAMENTE lo que nosotros queremos. Eso da lugar a la aparición de partidos del tipo “república independiente de mi casa”. La mayoría de ellos ni siquiera consiguen sacar la cabeza de la marginalidad. Algunos la sacan durante un cierto periodo de tiempo para retornar a ella al cabo de unas cuantas rondas electorales en las que son “flor de un día”. Sólo de cuando en cuando se da el hecho de la consolidación de un nuevo partido en el ambiente despiadado de la política. Pero ojo, el tiempo político es más rápido que el de la historia, pero más lento de lo que marcan los periódicos. No es bueno dejarse llevar por el espejismo de ciertos éxitos fulgurantes. Hay que dejar que el tiempo decante el vino. Mi apuesta, y sólo en parte mi deseo, es lo que he comentado más arriba. Aunque, como he dicho, no pondría un duro sobre mi carta y me temo que pueda hacer el ridículo.