14 de septiembre de 2018

El aprendiz de zapatero

Justo a la vuelta de vacaciones me ha pasado una cosa curiosa. En mi casa, tengo una biblioteca que es un caos. Hay en ella algo así como el doble de los libros que caben. Por lo tanto, los hay encima de la mesa, puestos horizontalmente encima de los que están en las estanterías y apilados en una especie de mesas auxiliares extraíbles. A pesar de todo, creo que conozco todos los libros que tengo en ella, aunque no los haya leído todos, y hasta tengo ciertas probabilidades de encontrar uno que ande buscando y que no haya visto en años. Pero el otro día vi, encima de una pila de libros, con la portada hacia arriba, uno que no había visto jamás. No estaba en una estantería de canto, no. Estaba encima de una pila. Es absolutamente inconcebible que llevase tiempo ahí sin que lo hubiese visto. Por lo tanto, lo miré con curiosidad. Era muy finito. Un cuento muy breve de León Tolstoi con el título de “El aprendiz de zapatero”. Lo abrí y empecé a ojear la primera página. Me enganchó desde el principio y, al ser tan corto, me senté y lo leí de una tacada, en una media hora. A medida que lo leía, me emocionaba más y más. Al final, me quedé quieto un rato, meditando sobre lo que había leído. No voy a decir que haya ocurrido algún hecho extraordinario para que este libro apareciese en mi biblioteca, pero lo que sí sé es que no tengo ni idea de cómo llegó a ella ni de cómo llegó a estar en el top de unos libros apilados, a la vista del más miope. Como necesito compartir lo que me emociona o me impresiona, decidí que os lo tenía que hacer llegar. Ya he dicho que su lectura es de no más de media hora y, por lo que os cuento aquí, queda claro que os lo recomiendo vivamente. Espero que os impresione y emocione como lo ha hecho conmigo.




El aprendiz de zapatero

León Tolstoi

I

Hace mucho tiempo vivía en una aldea un zapatero con su mujer y sus hijos. Vivían en una habitación alquilada a un campesino, porque el zapatero no tenía casa ni tierras y a duras penas ganaba para mantener a su familia. El pan era caro y el trabajo mal pagado; se comía todo lo que ganaba y sólo tenía, para sí mismo y para su mujer un abrigo de piel de oveja ya raído. Hacía tiempo que el zapatero intentaba conseguir dinero para comprar pieles de carnero y hacerse un nuevo abrigo.

Un otoño había conseguido ahorrar algo y en un cofre de la “mamma” guardaba tres rublos en billetes. En la aldea de al lado le debían cinco rublos y veinte céntimos.

Una mañana decidió ir a comprar las pieles. Se puso la bata acolchada de boatiné de la “mamma”, se cubrió con su sayo de paño, se echó al bolsillo los tres rublos, cogió su bastón y, después de desayunar, se fue.

“Cobraré los cinco rublos –pensaba–. Les añadiré estos tres y compraré pieles para un abrigo”.

Al llegar a la aldea fue a casa de un campesino, pero éste estaba fuera; su mujer le prometió que su marido le llevaría el dinero en esa misma semana, pero no le dio ni un céntimo.

En otra casa le juraron que no tenían para pagarle todo; le dieron sólo veinte céntimos por unas suelas. El zapatero intentó comprar fiadas las pieles, pero el vendedor no quiso fiarle.

- Dame dinero –le dijo–, y elegirás tú mismo el género, porque sé lo mucho que cuesta cobrar.

El zapatero no logró lo que quería; sólo consiguió, junto con los veinte céntimos del arreglo, un viejo para de botas de fieltro que le dieron para remendar.

Entristecido, fue a la taberna, se bebió los veinte céntimos y se fue andando sin las pieles. Por la mañana había tenido frío por el camino, pero después de beber entró en calor sin necesidad del abrigo. Andaba alegre golpeando con el bastón el suelo helado; se reía y mascullaba entre dientes:

“Tengo calor sin abrigo porque he bebido un poco; mi tripa está llena de vino. ¿Para qué querría un abrigo nuevo? Me he olvidado de mi miseria, soy todo un hombre. ¿Qué me importa nada? Puedo vivir perfectamente sin abrigo. Paso de él para siempre. Pero la “mamma” lo sentirá mucho, y tendrá razón. Trabajamos para los campesinos que nos explotan. ‘¡Espera! ¿Quieres dinero? ¡Pues vete a la porra!...’ Y le pagan a uno dándole sólo veinte céntimos. ¿Qué puede uno hacer con veinte céntimos? Bebérselos en la taberna y santas pascuas. Entonces te dicen: ‘¡La miseria!’ ‘¡Claro, claro! Pero, ¿y mi miseria, qué? Tienes una casa, ganado y todo lo que necesitas y yo no tengo nada.  Comes el pan que te produce tu campo y yo tengo que comprar el mío; necesito tres rublos por semana; al llegar a mi casa ya se han comido el pan y tengo que gastar otro rublo y medio… Págame lo que me debes”.

Así llegó cerca de la ermita, en una vuelta del camino, y vio detrás de ella algo blanco. Atardecía y el zapatero no veía bien.

“¿Qué es eso de ahí? No era una piedra blanca. ¿Será una vaca? No, no parece una vaca. Por la cabeza, yo diría que es un hombre; pero, ¿por qué lo veo blanco? ¿Y por qué hay un hombre aquí?”

Semel, que ese era el nombre del zapatero, se acerca, le mira y lo ve todo claro. ¡Prodigioso! Es un hombre. ¿Está vivo o muerto? Está sentado, completamente desnudo, apoyado en la pared de la ermita y sin moverse. El zapatero se asusta y se dice:

“Seguro que le han matado, le han robado sus vestidos y lo han dejado aquí; si me acerco me meteré en líos, porque creerán que soy el asesino y el ladrón”.

El zapatero pasa de largo, deja atrás la ermita y ya no mira al hombre. Pero luego vuelve la cabeza y ve que el hombre está separado de la pared y se mueve y parece que le mira fijamente. Cada vez con más miedo, el zapatero se santigua y se pregunta si debe volver o huir.

“Si me acerco a él –piensa–, puede que me ocurra una desgracia. ¿Qué clase de hombre será? Me parece sospechoso. Se abalanzará contra mí y no podré escaparme. Si no me estrangula, al menos me veré en un serio apuro. ¿Qué podré hacer con un hombre desnudo? No puedo desnudarme y darle mi única ropa para vestirle. Me largaré a toda prisa”.

Y apresura el paso. De pronto, se para en el camino.

“¿Qué vas a hacer Semel? –se dijo–. ¿Qué vas a hacer? ¿Un hombre se está muriendo y a ti te da miedo y huyes de él? ¿Tal vez eres ya rico? ¿Tienes ya miedo de que te quiten tus tesoros? Vamos, Semel, eso no está bien”.


II

Cuando reflexionó así Semel volvió hacia la ermita y se acercó derecho al encuentro del hombre. Cuando llegó a su lado empezó a observarle. Era joven y fuerte. No tenía señales de golpes ni heridas en su cuerpo desnudo, pero estaba aterido de frío y parecía asustado. Estaba pegado a la pared, sin mirar a Semel. Era como si estuviese exhausto, sin poder ni siquiera levantar los párpados. Semel se inclinó sobre él. El hombre se reanimó súbitamente, abrió los ojos, volvió la cabeza hacia él y le miró.

Al ver aquella mirada, el zapatero sintió aprecio por el desconocido. Dejo caer sus botas de fieltro, soltó su cinturón y se quitó el sayo.

¡Venga –le dice–, nada de charla inútil! ¡Vístete! De prisa, venga, de prisa… Te vas a congelar.

Coge al pobre hombre entre sus brazos, le ayuda a levantarse, le pone de pie y se fija en su cuerpo, muy fino y muy blanco, y en su dulce rostro.

Semel le pone el sayo sobre los hombros, pero el desconocido no sabe como meter los brazos en las mangas. Semel se las mete, cierra el sayo, le pune el cinturón, se quita su gorra raída y quiere ponérsela, pero siente frío en la cabeza y piensa:

“Estoy completamente calvo y el tiene el pelo largo y rizado. Me hace más falta a mí”.

Y se vuelve a poner la gorra.

“Será mejor ponerle las botas”.

Y, poniéndose de rodillas a los pies del desconocido, le pone las botas de fieltro. Luego le pone de pie y le dice:

- ¡Bueno, hermano! Venga, muévete un poco. Caliéntate. Aquí ya no hay nada que hacer. Podemos irnos.

Pero el desconocido sigue de pie, en silencio, mirando dulcemente a Semel. No es capaz de articular ni una palabra.

- ¿Qué te pasa? ¿Por qué no dices nada? No podemos pasarnos aquí todo el invierno. Tenemos que volver a casa. Coge mi bastón y apóyate en él si te faltan fuerzas. ¡Vamos, en marcha!

El hombre empieza a andar sin quedarse atrás.

Andan el uno junto al otro y Semel le pregunta:

- ¿De dónde eres?

- No soy de aquí

- Conozco a las personas de por aquí. ¿Por qué estabas detrás de la ermita?

Y el otro respondió:

- No puedo decírtelo.

- ¿Te han atacado tal vez?

- No, no me a maltratado nadie. Me ha castigado Dios.

- Ya sé que todo viene de Dios, pero de algún lugar vienes, ¿no? ¿A dónde vas?

- A cualquier parte, me da igual.

Semel se queda asombrado. “Este hombre no tiene cara de malo, tiene una voz dulce, pero no cuenta nada de sí mismo”. Semel piensa que el asunto es misterioso y le dice al desconocido:

- Ven a mi casa a calentarte un poco.

Samel echa a andar y el otro le sigue. El viento sopla con fuerza y atraviesa la bata de Semel. Pasado el efecto del vino, ya sereno, empieza a sentir frío. Anda deprisa sin resuello y piensa:

“¡La he hecho buena! ¡Vaya abrigo traigo! He salido para comprar un abrigo y vuelvo sin sayo siquiera y con un hombre desnudo. No creo que Matryona me lo agradezca”.

Matryona es la “mamma”. Al pensar en ella, Semel se siente incómodo, pero cuando mira al desconocido recuerda su mirada en la ermita y siente que el corazón le salta de alegría en el pecho.


III

Matryona, la mujer de Semel, se ha levantado muy pronto para hacer la casa. Ha cortado leña, ha ido a por agua, ha dado de comer a los niños y ella también ha comido. Luego se ha puesto a pensar. Piensa en el pan. Tiene que hornearlo hoy o mañana. Todavía tiene en la despensa una hogaza. Si Semel ha comido en la aldea y esta noche no cena, tendrán bastante para mañana. Mira una y otra vez la hogaza.

 “No voy a amasar hoy –se dice–. Además, tengo poca harina. A ver si así tenemos hasta el Viernes”.

Tras guardar el pan, Matryona se sienta a la mesa para remendar la camisa de su marido. Mientras cose piensa en Semel, que se ha ido para comprar pieles.

“¡Con tal de que no le hayan engañado! Es tan tonto… Él no ha engañado nunca a nadie y un niño podría engañarle. Con ocho rublos podrá comprar un buen abrigo que abrigue bastante, aunque no sea de buena calidad. Hemos sufrido mucho el último invierno con un solo abrigo. No se podía ir a lavar al río sin ponérselo y ahora, al irse, se ha puesto mi bata acolchada… Así no puedo salir de casa… ¡Cuánto tarda! ¿No se habrá ido a la taberna “mi pájaro?”

Nada más pensar estas palabras oye los pasos de Semel en el zaguán. Matryona deja la labor y va al vestíbulo. Ve entrar en él a dos hombres, Semel y otro campesino, con la cabeza descubierta y con botas de fieltro. El aliento revela a Matryona que su marido ha bebido.

“Lo que me temía” –pensó.

Al verle sin sayo, con las modas vacías, en silencio y avergonzado, el corazón le empeza a latir con fuerza a la “mamma”.

“Se ha bebido el dinero –pensó–. Se ha ido a la taberna con algún paria y luego lo trae aquí. Es lo que nos faltaba”.

Les deja entrar en la cabaña y les sigue sin decir nada.

Ve que el desconocido es un joven, delgado y pálido, vestido con el sayo, sin camisa debajo y sin gorra. Cuando entró, se quedó callado, con la mirada baja. Matryona piensa:

“Es un sinvergüenza, tiene miedo”.

Se va junto a la estufa, molesta, esperando a ver qué pasaba.

Semel se quita la gorra y se sienta en el banco, como un buen chico.

- Oye –Matryona murmura entre dientes mientras se para junto a la estufa mirando a uno y a otro moviendo sólo la cabeza.

Semel se da cuenta de que su mujer está indignada pero, ¿qué puede hacer? Como quien no quiere la cosa, coge de la mano al desconocido y le dice:

- Siéntate hermano. Vamos a cenar.

El hombre se sienta silencioso.

- Di, mujer, ¿no has hecho la cena?

- ¡Sí, la he hecho! ¡Pero no para ti! ¡Ya has cenado bastante con lo que has bebido…! ¡Te vas a buscar un abrigo nuevo y vuelves sin sayo! ¡Y para colmo de males te traes a un vagabundo desnudo! ¡No he hecho cena para borrachos!

- Basta ya, mujer. No hace falta hablar tanto sin decir nada. Sería mejor que me preguntases quién es este hombre.

- Empieza por decirme dónde te has dejado el dinero– terció la “mamma”. Semel se mete la mano en el bolsillo y saca de él los tres rublos.

- Aquí tienes el dinero. Trofimov no me ha pagado. Me ha prometido pagarme mañana.

Matryona se pone más y más furiosa. Se acabó lo del abrigo nuevo y el sayo lo tiene un vagabundo desnudo que trae su marido a casa para colmo de males. Coge el dinero y lo guarda, diciendo:

- No hay cena. No quiero alimentar a todos los vagabundos borrachos.

- Escucha Matryona, calla y escucha lo que te digo.

- ¡Escuchar yo las idioteces de un imbécil borracho! ¡Tenía razón en no querer casarme contigo! Mi madre te dio para una tela y tú te la bebiste. Vas a comprar un abrigo y te lo bebes.

Semel intenta explicar sin éxito que sólo se ha bebido veinte céntimos y quiere contarle cómo encontró al desconocido. Pero Matryena no le deja ni abrir la boca porque ella habla por los dos a la vez. Le echa en cara hasta lo que ocurrió hace diez años. Habla y habla y después agarra a Semel por una manga.

- Dame mi bata. Sólo tengo esa y me la has quitado y te cubres con ella, perro sarnoso. ¡Que te lleve el diablo!

Semel quiere quitarse la bata, pero su mujer tira y se rompen las costuras. Al final, Matryona coge la bata, se la pone sobre la cabeza y va hacia la puerta para irse… Pero, de repente, se para con un acceso de furia. Quisiera reñir a alguien y saber quién es ese hombre.


IV

Matryona, le lanza estas palabras desde el umbral de la puerta:

- Si fuese un buen hombre no iría desnudo. Tendría, por lo menos, una camisa. Si hubieras hecho una buena acción, me habrías dicho de donde viene este tío.

- Llevo tres horas diciéndotelo, pero no me quieres escuchar. Pasaba junto a la ermita y vi a este chico desnudo y casi helado. Ya no estamos en verano ni cosa parecida. Dios me ha llevado a él, si no, esta noche hubiera muerto. ¿Qué otra cosa podía hacer? Le he abrigado, le he vestido y me lo he traído. Serénate Matryona, es un pecado ponerte así y todos vamos a morir.

Matryona abre la boca para contestar. De pronto, mira al desconocido y se queda callada. Sentado en el banco, sigue inmóvil. Su pecho se levanta, se está ahogando, con las manos sobre las rodillas, cruzadas, la cabeza baja, los ojos cerrados, como hundido. Matryona calla. Semel le dice dulcemente:

- Matryona, ¿es que no está Dios en tu corazón?

Al oír esto, la mujer mira al extraño, que también la mira, y su corazón se enternece. Vuelve a entrar y se acerca a la estufa para preparar la cena. Posa la cazuela en la mesa y trae el último pan y la cerveza.

- ¡Venga!, come –le dice.

Semel pone al joven a la mesa.

- Acércate, hermano.

Parte el pan, lo unta y empieza a comer.

Matryona se sienta en una esquina de la mesa, apoya los codos en ella y apoyando la barbilla en las manos, mira al extranjero.

Siente cómo le invade una gran compasión. Siente que quiere a ese pobre hombre. El desconocido se pone alegre de repente. Y levantando la cabeza mira sonriendo a la mujer. Al terminar de cenar, la “mamma” recoge los platos y dice:

- ¿De dónde vienes?

- No soy de aquí

- ¿Por qué estabas junto a la ermita?

- No puedo decírtelo.

- ¿Quién te ha desnudado?

- Me ha castigado Dios

- ¿Y estabas así, desnudo?

- Así estaba allí, desnudo. Me estaba helando. Semel me vió, sintió pena por mí, me puso su sayo y me dijo que fuese tras él. Tú te has compadecido de mi miseria y me has dado de comer y de beber. ¡Que Dios te bendiga!

Matryona se pone en pie, abre el arcón, saca de él la camisa vieja de Semel, que había remendado para el día siguiente, coge unos calzones, se los da al desconocido y le dice con cariño:

- Toma. Veo que ni siquiera tienes camisa. Póntela y túmbate donde quieras, en el banco o junto a la estufa.

El desconocido se quita el sayo, se pone la camisa y se tumba en el banco. Matryona apaga la luz, toma el sayo y se acuesta junto a la estufa, al lado de Semel. Se tapa con el sayo, pero no puede pegar ojo. Le preocupa el extranjero y, además, piensa en que se han comido todo el pan que quedaba y que al día siguiente no tendrán nada, que le ha dado la camisa y los calzones de Semel. Esta triste e inquieta. Pero al recordar la sonrisa del extranjero siente un estremecimiento de alegría. Durante mucho tiempo Matryona no puede dormir. Semel tampoco duerme y tira del sayo.

- ¡Semel!

- ¡Qué!

- Nos hemos comido todo el pan y hoy no he amasado. ¿Qué vamos a hacer mañana? Le tendré que pedir a Melania que nos preste.

- Ya nos apañaremos. No nos faltará para comer.

Tras un instante de silencio.

- Parece un hombre bueno. ¿Por qué no se explica?

- Lo tiene prohibido, sin duda.

- ¡Semel!

- ¿Qué?

- Nosotros damos y a nosotros nadie nos da.

Semel no sabe que responder.

- Basta de cháchara –dice dándose la vuelta.

Y se queda dormido.


V

El zapatero se despertó muy temprano. Los niños todavía dormían. La “mamma” había salido para pedir pan a la vecina. El extranjero estaba sentado en el banco con la mirada fija en el techo. Su rostro estaba más tranquilo que la víspera.

Semel dijo:

- Bueno hermano, el vientre pide pan y el cuerpo vestido. Hay que alimentarse y valerse por uno mismo. ¿Sabes trabajar?

- No sé hacer nada

Semel se espabila y dice:

- Cuando hay buena voluntad se aprende lo que se quiere.

- Si todos trabajan, yo haré como todos.

- ¿Cómo te llamas?

- Mijail

- Muy bien, Mijail. Si no quieres decirme nada de tu vida, me parece bien. Pero hay que comer. Si haces lo que te diga, yo me encargaré de tu sustento.

- ¡Qué Dios te proteja! Enséñame y hazme aprender todo lo que ignoro.

Semel toma cáñamo y lo retuerce.

- No es nada del otro mundo. Mira.

Mijail mira, toma el cáñamo lo retuerce y en poco tiempo Semel le enseña a cortar, a coser, a usar el punzón, a poner las suelas y a marcar las costuras. A los tres días Mijail hace sin dificultad cualquier tipo de trabajo. Tiene tal habilidad que podría pensarse que llevaba cien años haciendo zapatos. No pierde un minuto y come poco. Al terminar su trabajo se queda en su rincón, con la mirada fija, en silencio. Habla poco y no ríe nunca. No sale nunca de casa y nadie le ha visto sonreir más que una sola vez, la primera noche, cuando la “mamma” le dio la cena.


VI

Día a día, semana a semana, pasó un año. Mijail seguía trabajando con Semel. Ganó fama de ser un buen aprendiz. Nadie hacía mejores botas ni más resistentes que Mijail, el ayudante de Semel. Era conocido en veinte leguas a la redonda y Semel empezó a ganar dinero.

Un día de invierno jefe y ayudante trabajaban juntos cuando un trineo tirado por tres espléndidos caballos, con unos arreos que sonaban alegremente, se paró en la puerta de la cabaña. Bajó del pescante un criado que abrió la portezuela de la calesa. Envuelto en un abrigo bajó del carruaje un hombre con aspecto de ser un terrateniente. Subió los peldaños del zaguán. Matryiona abrió la puerta de par en par. El terrateniente se inclinó para entrar en la cabaña y enderezó su enorme cuerpo. La cabeza casi tocaba el techo y ella sola ocupaba toda una esquina de la sala. Semel saludó asombrado al terrateniente. Nunca había visto un hombre como aquél. Semel era rechoncho, Mijail enjuto y Matryona parecía un viejo tronco seco. Diríase que aquel hombre venía de otro mundo. Su cara, mofletuda y colorada y su cuello de toro le daban un aspecto de enorme robustez.

Tras lanzar un bufido, el terrateniente se quita el abrigo, se arrellana en el banco y dice:

- ¿Quién es el maestro zapatero?

Semel avanza:

- Soy yo, excelencia.

El señor llama a su criado

- Fedka, dame el cuero.

El criado saca un paquete que pone encima de la mesa.

- Abre el paquete.

El criado obedece.

El terrateniente señala el cuero a Semel.

- ¿Lo ves bien, zapatero?

- Sí excelencia

- ¿Comprendes de qué género se trata?

Semel palpa el cuero y dice:

- La mercancía es de primera calidad

- ¡Claro que es buena, imbécil! En tu vida has visto otra igual. Es cuero de Alemania, ¿comprendes? Ese cuero vale veinte rublos.

Semel contesta asustado:

- ¿Cómo queréis que lo reconozca?

- Muy bien. ¿Puedes hacerme unas botas con ese cuero?

- Por supuesto, excelencia.

El terrateniente truena:

- ¡Por supuesto! Fíjate en quién te encarga este trabajo y en la calidad de la mercancía. Hazme unas botas que duren un año, que las pueda llevar todo un año sin romperlas ni torcerlas. Si de verdad puedes hacerlo, coge ese cuero y córtalo; si no, déjalo. Te aviso de antemano: si las botas se rompen antes de un año, te meteré en la cárcel. Si me duran ese tiempo, te pagaré diez rublos.

Aterrado, Semel duda sin saber qué responder. Mira a Mijail, le da un codazo y le pregunta si debe aceptar o no el encargo.

Mijail asiente con un gesto y Semel acepta y se compromete a hacer unas botas que no se tuerzan ni se rompan en todo un año.

El terrateniente llama al criado que le descalza, muestra su pie y dice:

- Pues entonces, tómame la medida.

El pie del terrateniente es tan grande que hay que cortar otra hoja de papel, a pesar de que la primera es muy grande. Semel toma la medida de la planta, del empeine y empieza a medir la pantorrilla, pero el papel no da la vuelta entera. La pantorrilla es tan gorda como una viga. Mientras Semel toma las medidas, el terrateniente mira a todas partes. Entonces se fija en Mijail.

- Y este, ¿quién es?

- Es mi ayudante, él os hará las botas –dijo Semel.

- ¡Mucho ojo! Tienen que durar un año.

Semel se fija en Mijail y se da cuenta de que éste no mira al terrateniente, sino más arriba, por encima de él.

- Aplícate en que las botas estén terminadas en el plazo acordado.

Mijail contestó:

- Estarán listas como hemos convenido.

- Por supuesto –exclama el terrateniente poniéndose el abrigo.

Se fue hacia la puerta y como se olvidó de inclinarse se dio con la cabeza en la viga y empezó a lanzar improperios de cólera. Luego se irguió, se frotó la frente y subió al carruaje.

Una que el terrateniente estuvo fuera Semel dice:

- Aquí tenemos a uno que es fuerte como un roble. Ha roto la viga y apenas siente nada.

Y Martyona replica:

- Viviendo como vive, ¿no va a ser grande? Está fundido en bronce y la muerte no le llegará pronto.


VII

Semel se dirige a Mijail:

- A ver si nos va a traer algún disgusto este encargo que hemos aceptado –le dice–. El cuero es caro, el terrateniente, iracundo. Esperemos no equivocarnos… Tu vista es mejor que la mía y tu mano más segura. Aquí tienes las medidas, corta el cuero y, mientras tanto, yo haré tu trabajo.

Mijail obedece y cogiendo el cuero lo extiende y empieza a cortarlo.

Matryona le mira. Acostumbrada al oficio, se extraña de que Mijail corte el cuero de una forma tal que va a ser imposible hacer unas botas. Quiere decir algo, pero piensa:

“A lo mejor no he entendido qué tipo de botas necesita el terrateniente. Mijail sabe lo que hace, no voy a meterme en sus asuntos.”.

Mijail hace un calzado y lo cose como unas sandalias. Matryona está extrañada, pero prefiere no interrumpirle y Mijail sigue cosiendo. Llega la hora de comer. Semel se levanta y se da cuenta de que Mijail ha usado el cuero para hacer unas sandalias en vez de unas botas. Le parece raro en una persona que nunca se había equivocado. Semel exclama asombrado:

- Hemos estropeado el género. ¿Qué podré decirle al terrateniente? ¿Dónde podré encontrar un material igual?

Y le dice a Mijail:

- ¿Qué has hecho? Me has hundido amigo mío. El terrateniente me ha pedido unas botas. ¿Dónde están?

En ese mismo momento llaman a la puerta. Se ve por la ventana al criado  del terrateniente atando su caballo a la argolla de la puerta. Semel abre. El criado esta muerto de cansancio.

- Buenas noches jefe.


- Buenas noches, ¿qué pasa?

- La señora me envía a buscar las botas.

- ¿Las botas?

- Sí. El señor ya no las necesita, nunca más llevará botas. La señora os desea una larga vida.

- ¿Cómo?

- Ha muerto antes de llegar a casa. Ha muerto en el camino. Llegamos, abro la calesa y le veo quieto, tumbado en el fondo. Me ha costado mucho trabajo sacarle del coche. La señora me ha mandado que viniera diciéndome: “Dile al zapatero que haga unas sandalias para un muerto en vez de las botas que el señor le encargó cuando le dio el cuero. Dile que se de prisa, espera allí y ven con las sandalias”.

Mijail coge las sandalias y los retazos de cuero, lo envuelve todo y le da el paquete al criado que está esperando.

- Adiós hermanos. ¡Que Él os ayude!


VIII

Transcurrió un año, luego dos y he aquí que ya hace seis años que Mijail llegó a casa de Semel. Todo sigue igual. No sale jamás. Habla poco y sólo ha sonreído en dos ocasiones. La primera cuando la “mamma” le dio de comer y la segunda cuando les visitó el terrateniente. Semel está contento con su oficial y no le pregunta ya de dónde viene. Sólo tiene miedo de una cosa: de que Mijail se vaya.

Un día, estando todos reunidos, los niños jugaban y trepaban a los bancos para mirar por la ventana, Matryona calentaba las tenazas de hacer rizos, Semel manejaba el punzón y Mijail remataba un tacón. Uno de los niños se apoyó en el hombro de Mijail, que estaba sentado al lado de la ventana, y le dijo:

- Mira, tío Mijail. Mira, por ahí viene una comerciante con dos niñas. Me parece que vienen a casa. Una de las niñas cojea.

Al oír las palabras del niño, Mijail deja su trabajo y mira al exterior. Semel se queda asombrado; Mijail nunca ha mirado fuera y ahora está como pegado al cristal. Semel mira también por la ventana. Efectivamente, ve a una mujer bien vestida que se acerca llevando dos niñas abrigadas con abrigos de piel y con pañuelos de lana en la cabeza. Las niñas son tan iguales que es imposible distinguirlas, pero una de ellas cojea arrasando una pierna.

La mujer se para ante la puerta, levanta el pestillo y entra en la cabaña detrás de las dos niñas.

- Buenos días maestros.

- Bienvenida. ¿Qué deseáis?

La mujer se sienta. Las niñas no se apartan de su lado.

- Quiero unos zapatos para las niñas.

- Nunca hemos hecho unos zapatos tan pequeños, pero hacemos lo que se nos pide. Vamos a probar. Podemos hacerlas forradas de tela o de cuero. Decid cómo las queréis. Mijail, mi oficial, es muy habilidoso.

Semel está cada vez más asombrado. Ciertamente, las pequeñas son guapas, graciosas, con las mejillas sonrosadas y los ojos negros. Los abrigos y los pañuelos son muy bonitos, pero no puede entender por qué Mijail las mira tan fijamente como si las conociera de antes. Semel habla con la mujer y toma las medidas a las niñas.

La mujer sienta a la niña cojita en su regazo, diciendo:

- Toma las medidas a ésta. Haz un zapato para el pie defectuoso y tres para los normales. Como son gemelas los tienen iguales.

Después de tomar medidas, Semel señala a la cojita y dice:

- ¿De qué le viene la cojera? ¿Es de nacimiento?

- No, su madre le aplastó el pie.

Matryona, picada por la curiosidad, se entremete en la conversación.

- ¿Quién eres? –le dice a la mujer– ¿Y quién son estas niñas? ¿Eres su madre?

- No soy su madre ni tengo ningún parentesco con ellas. Son mis hijas adoptivas.

- ¿No son de tu sangre y las quieres tanto?

- ¿Cómo no voy a quererlas? Las he amamantado a mis pechos. Tuve un hijo. Dios me lo arrebató, pero no le quería tanto como a éstas.

- ¿De quién son hijas?


IX

Matryona empezó a charlar con la mujer que les contó esta historia:

- Hace seis años que se quedaron huérfanas. El padre murió un martes, la madre un viernes. Huérfanas de padre antes de nacer y su madre no sobrevivió ni un día a su nacimiento. Yo vivía por aquél entonces en la misma aldea con mi marido. Éramos vecinos. El padre era leñador y trabajaba en el bosque. Un árbol le aplastó y quedó tan malherido que al volver a su casa le entregó a Dios su alma. Tres días después, su mujer parió estas dos niñas. Pobre y sola, no hubo alrededor de su cama ni comadrona ni criada. Parió sola. Yo fui por la mañana a verla. Entré y me encontré muerta a la pobre mujer. Al morir cayó sobre una de las niñas y le aplastó el pie. Llegó la gente, amortajaron el cadáver, la pusieron en el ataúd y a éste en la tierra. Los vecinos eran buena gente, pero las pequeñas quedaron huérfanas y nadie se ocupaba de ellas. Entonces yo era la única mujer que estaba criando en la aldea. Amamantaba a mi hijo y se quedaron algunos días a mi lado. Los campesinos se reunieron, discutieron, se preguntaron lo que debería hacerse con ellas y me dijeron: “Por favor, cuida a estas pequeñitas, amamántalas y danos un poco de tiempo para decidir algo”. Le di el pecho a una, paro a la otra, a la pobre cojita no. No creía que pudiese sobrevivir, pero luego me avergoncé de mi inhumanidad. La niña gemía y me dio lástima. ¿Por qué tenía que sufrir esa alma de ángel? Le di el pecho y los crie a los tres, al mío y a las huérfanas. Yo era joven y fuerte. Comí bien y tuve leche en abundancia. El Señor me colmó de bendiciones. Daba el pecho a dos de los niños mientras el tercero esperaba. Cuando los dos estaban saciados, cogía al tercero. Dios me concedió la misericordia de conservármelos. El mío murió dos años después y Dios no me dio más hijos. En ese tiempo, conseguimos algunos bienes. Ahora vivimos en el molino de la casa de un tendero. Tenemos una buena paga y la vida asegurada, pero no tengo otros hijos. ¿De quién cuidaría si no estuvieran estas niñas? Son las niñas de mis ojos.

La mujer estrecha a la niña contra su corazón, besa a la cojita y se enjuga las lágrimas de sus ojos.

“Se vive sin padre y sin madre, pero no se vive sin Dios”, dice el proverbio.

Así hablaron y la mujer se dispuso a marcharse. Mientras la acompañaban, se volvieron hacia Mijail que estaba con las manos sobre las rodillas, con los ojos mirando al cielo y sonriendo.


X

Semel se acerca a él y le dice:

- ¿Qué haces Mijail?

Mijail se pone en pie, deja el trabajo se quita el delantal, saluda al patrón y la patrona y les dice:

- Perdonadme patrón. Dios me ha perdonado, perdonadme también vosotros.

Los patrones ven que Mijail desprende un vivo resplandor. Semel se levanta, le saluda y le dice:

- Ya veo Mijail que no eres un hombre como los demás y que yo no puedo mantenerte conmigo ni interrogarte. Sólo dime una cosa: ¿Por qué estabas tan huraño, tan asustado cuando te encontré y te traje a mi casa? ¿Por qué te tranquilizaste cuando mi mujer te ofreció comida? En ese momento sonreíste y te serenaste. Más tarde, cuando llegó el terrateniente a encargar las botas sonreíste de nuevo y te serenaste aún más. Y ahora, cuando esta mujer ha venido con las niñas, has sonreído por tercera vez y has resplandecido. Dime Mijail: ¿Por qué irradias esa luz purísima y por qué has sonreído esas tres veces?

Y Mijail responde:

- Irradio luz porque estaba castigado. Dios me había desterrado y ahora me perdona. Y he sonreído esas tres veces porque tenía que oír tres palabras divinas y las he oído. La primera la oí cuando tu mujer se compadeció de mi desgracia. Entonces sonreí por vez primera. Sonreí otra vez cuando vino el terrateniente, porque se me reveló la segunda palabra y, ahora, al ver a estas niñas he escuchado la tercera palabra divina y he sonreído por tercera vez.

Semel le preguntó:

- Dime Mijail: ¿Por qué te había castigado Dios y qué palabras son ésas, para que yo también pueda saberlas?

Respondió Mijail:

- Dios me castigó por mi desobediencia. Yo era uno de los ángeles del cielo y el Señor me envió a la tierra para buscar un alma, el alma de una mujer. Bajé a la tierra y vi a una mujer enferma acostada en una cama, que había dado a luz dos niñas en ese momento. Gemían al lado de su madre que estaba demasiado débil para amamantarlas. Cuando me vio, comprendió que Dios reclamaba su alma y me dijo con voz suplicante: “Ángel de Dios, mi marido se ha matado hace tres días aplastado por un árbol en el bosque. No tengo ni madre, ni hermana, ni parientes y mis pequeñas huérfanas no tienen más auxilio que el mío. No tomes mi pobre alma, déjame criar a mis hijas, deja que crezcan porque los niños no pueden vivir sin padre ni madre”. Hice caso a la mujer. Le puse una niña en el regazo, la otra en sus brazos y subí de nuevo al cielo. Cuando estuve en la presencia del Señor le dije: “No he sido capaz de llevarme el alma de la mujer recién parida. El padre ha muerto y ella tiene dos gemelas. Me ha suplicado que le conceda el tiempo necesario para criar a sus niñas. No podrían vivir sin padre ni madre. Y, así, no he podido llevarme su alma”. Dios me contestó: “Ve y tráeme al alma de esa madre. Un día te serán reveladas tres palabras divinas: sabrás lo que hay en el interior de los hombres, lo que no le es dado al hombre y lo que les vivifica. Cuando conozcas esas tres palabras, volverás al cielo”. Volví a bajar a la tierra y me llevé el alma de esa pobre madre. Las niñas se desprendieron del seno materno y el cadáver, al caer sobre el lado izquierdo aplastó el pie de una de ellas. Cuando me elevaba sobre la aldea para entregar el alma al Creador, me envolvió un torbellino, sentí gravidez en las alas que se me doblaron. El alma se remontó sola al cielo y yo quedé caído en el suelo, en el borde de un camino”.


XI

Semel y Matryona comprendieron entonces quién era aquél a quien habían vestido, alimentado y que vivía con ellos. Lloraban de júbilo y emoción. El ángel siguió hablando:

- Permanecí solo, completamente solo y desnudo al borde del camino Hasta entonces no había sentido ninguna de las miserias de los hombres; ni el frío ni el hambre. Me convertí en hombre y sentí hambre, y sentí frío y no supe qué hacer. Vi una ermita consagrada al Eterno y quise resguardarme en ella, pero la puerta estaba cerrada a cal y canto. No pude entrar y me quedé sentado en el umbral y traté d abrigarme del cierzo. Anocheció. Sentí más frío. Sentí más hambre, padecí, temblé. Y el dolor hizo presa en mí. De pronto, oí pasos por el camino. Venía un hombre. Llevaba unas botas y mascullaba entre dientes. Por primera vez vi una cara mortal de hombre siendo yo mismo hombre y esa cara me produjo miedo. Volví la cabeza y le oí que hablaba consigo mismo: “¿Cómo podré alimentar a mi mujer y a mis hijos? ¿Cómo podré proteger del frío del invierno nuestros miembros ateridos?” Pensé: “Me estoy muriendo de frío y de hambre y por aquí pasa un hombre que sólo piensa en sus necesidades y que no se acercará a socorrerme”. El caminante me vio, frunció el ceño, y mirándome con aire amenazador, pasó de largo. Me sentí desesperado. De repente, le vi dar la vuelta. Le miré y me pareció otro. En su cara, que antes parecía muerta, vi brillar el resplandor de la imagen de Dios. El resucitado se acercó hasta mí, me vistió, me cogió de la mano y me llevó hasta su casa. Su mujer estaba en el umbral de la cabaña y habló. Era todavía más terrible que el hombre. Salía de sus labios un aliento de muerte. El hálito mortal de sus palabras me sobrecogía y me angustiaba. Quiso arrojarme otra vez al frío, al desamparo, a la muerte. Comprendí que ella también moriría al abandonarme. Inopinadamente, su marido le habló de Dios. Entonces la mujer se transformó, me sirvió comida y cuando me miró, fijé en ella mis ojos. La muerta de había transformado en una persona viva y reconocí en su rostro el rostro de Dios, y me acordé de la palabra de Dios: ‘Sabrás lo que hay dentro de los hombres’. Así supe que el amor existe dentro de los hombres. Entonces sonreí por primera vez, feliz por la revelación de la primera de las palabras divinas. Pero no supe todo en ese momento. Todavía no sabía ‘lo que no le es dado al hombre ni lo que les vivifica’.

Así viví un año con vosotros. Entonces el terrateniente vino a encargar unas botas que debían durar un año sin romperse ni torcerse. Al mirarle vi a su lado a uno de mis compañeros, al ángel de la muerte. Sólo le vi yo. Le conocía y supe que antes de que se pusiese el sol el terrateniente se vería separado de su alma y pensé: “Este hombre atesora para un año, pero no sabe que morirá con el día”. Entonces recordé la segunda palabra de Dios: ‘Sabrás lo que no le es dado al hombre’.

Sabía ‘lo que hay dentro de los hombres’, Entonces supe ‘lo que no le es dado al hombre’. No le es dado saber lo que le hace falta a su cuerpo, y sonreí por segunda vez.

Pero aún ignoraba y no comprendía ‘lo que vivifica a los hombres’. Desde ese día viví en espera de que el Creador me revelase la última palabra divina. En el sexto año vino la mujer con las gemelas, las reconocí al instante y supe que habían sobrevivido. Entonces lo supe todo y pensé: “La madre suplicaba por sus hijos y yo la había escuchado. Había creído que esas huerfanitas estaban condenadas a morir y he aquí que una mujer, una desconocida, las ha alimentado y adoptado”. Y cuando esa mujer lloró con ternura al hablar de esas pequeñas desconocidas a las que mimaba y compadecía, vi en ella la imagen divina de Dios y comprendí ‘lo que vivifica a los hombres’. Supe que Dios me había revelado la última palabra y que me daba su perdón. Y sonreí por tercera vez.


XII

Entonces el ángel se liberó de su envoltura terrestre y se revistió de luz. Los ojos de los hombres no podían soportar ese resplandor. Alzó la voz, que parecía que viniese del cielo, y dijo:

- Así supe que el hombre no vive para sus propias necesidades sino que vive por el amor.

- La madre no sabía lo que daría vida a sus hijos. El terrateniente no sabía lo que necesitaba. Ningún hombre sabe si por la noche, estando vivo, le resultarán inútiles las botas o, si estará muerto y necesitará unas sandalias.

- Pude vivir siendo hombre no porque yo cuidara de mí mismo, sino porque encontré amor en un caminante y su mujer. Tuvieron misericordia de mí y me amaron. Las huérfanas sobrevivieron no porque los campesinos pensasen en ellas, sino porque una mujer sintió cómo ardía en su corazón la llama del amor. Los hombres viven, no porque piensen en sí mismos, sino porque el amor alienta en el su corazón.

- Antes sabía que Dios creó a los hombres y quiso que vivieran. Ahora he comprendido que Dios no quiere que el hombre viva solo, por eso oculta a cada uno lo que necesita. Quiere que cada cual viva para los demás. Por eso le revela a cada uno lo que es útil para uno mismo y para los demás.

- Entonces comprendí que los hombres que creen vivir sólo para sus propios cuidados, en realidad no viven sino por amor. El que vive en el amor, vive en Dios y Dios vive en él, porque Dios es amor.

Después, el ángel cantó alabanzas al Señor. La cabaña se sacudió con el sonido de su voz, se abrió el techo y una columna de fuego se elevó a lo alto. Semel, su mujer y sus hijos se postraron rostro a tierra. El ángel desplegó sus alas inmensas y subió al cielo.

Cuando Semel volvió en sí, la cabaña había recobrado su aspecto normal y en ella sólo estaban él y su familia.