18 de febrero de 2017

La tecnología, ¿destructora de empleo?

La última reunión del Foro Económico Mundial, conocido como Foro de Davos, y otras voces autorizadas, pintan un futuro que podría ser muy negro para la capacidad de la economía mundial de seguir creando trabajo y riqueza para todo el mundo. Las nuevas tecnologías, piensan muchos, con su capacidad para lograr que muchos trabajos que ahora se hacen con personas lleguen a hacerse automáticamente destruirán millones de puestos de trabajo, se afirma. Y, desde luego, no se puede hacer oídos sordos ni ojos ciegos a estas profecías y estas visiones. Pero tampoco pueden aceptarse acríticamente sin más. Recomiendo la lectura del artículo al que se accede a través del siguiente link:


Este fenómeno no es ni mucho menos nuevo. Antes de la revolución industrial, hilar 100 libras de algodón requería 50.000 horas de trabajo. En 1779, unos decenios más tarde, este tiempo se redujo a 135 horas, es decir, casi 400 veces menos. Y este no es más que un ejemplo de los muchos avances tecnológicos que se han producido desde entonces –como el telar, la máquina de vapor, el ferrocarril, la electricidad, los motores de combustión interna, los aviones, el telégrafo, el teléfono, etc., etc., etc.– que hicieron posible la revolución industrial y, tras ella, los 250 años de mayor creación de riqueza para todo el mundo. En esos 250 años, el mundo a pasado de una situación de hambre generalizada en los cinco continentes a otra en la que menos de un 10% de la población vive bajo el umbral de pobreza absoluta. Y este porcentaje sigue disminuyendo rápidamente. Desde luego, no se produjo la situación que temía la reina Isabel I de Inglaterra, a finales del siglo XVI, cuando le dijo a William Lee, un inventor inglés que le presentó el prototipo de una máquina para tejer medias: Apuntáis alto maestro Lee. Considerad qué podría hacer esta invención con mis pobres súbditos. Sin duda sería su ruina al privarles de su empleo y convertirles en mendigos”. Tampoco se han hecho realidad las siniestras premoniciones de David Ricardo o Carlos Marx que veían una clase obrera arrastrándose y malviviendo en el límite de subsistencia.

Pero, ¿ha crecido la desigualdad? Los más pobres, ese 10% que todavía viven bajo el umbral de pobreza absoluta, siguen casi igual que como estaba todo el mundo hace 250 años. En cambio, en el otro extremo, hay gente extremadamente rica. Inmensamente más rica que el más rico del siglo XVIII. Pero en los países en los que la revolución industrial prendió a fines del siglo XVIII, ha aparecido una clase media que jamás nadie hubiera podido pensar que llegase a existir. Y, además, desde hace unos cincuenta años, la mayoría de los países más pobres están creciendo a un ritmo mayor que los desarrollados y está apareciendo en ellos su propia clase media. Es decir, se están cerrando los gaps entre el primer y el tercer mundo. ¿Alguien puede decir que querría que el mundo volviese a la situación económica del siglo XVIII, aunque fuese más “igualitaria”? Creo que nadie en su sano juicio. En estas líneas voy a explorar primero los claroscuros de este proceso de los pasados 250 años. Después veré si es o no plausible pensar que estamos en mitad de ese proceso que seguirá su progreso indefinidamente o si, como dicen las profecías y visiones pesimistas, estamos ante el umbral del apocalipsis económico mundial.

Los claroscuros de los últimos 250 años

Me voy a centrar en dos, aunque seguro que hay más. El primero en los inicios del proceso de la revolución industrial, en lo que ha dado en llamarse el capitalismo salvaje. El segundo en la desigualdad económica del mundo actual.

El capitalismo salvaje del siglo XIX

Cuando se evoca esa época de la historia es imposible evitar que se nos vengan a la cabeza imágenes de niños sucios trabajando en condiciones inhumanas en fábricas. En masas depauperadas en las ciudades. Y a cualquier persona se le hace un nudo en el estómago. Pero lo que no suele verse es cuáles eran las condiciones de esas personas y esos niños, antes de la revolución industrial. Vivían en el campo, en condiciones todavía más infrahumanas. En el invierno morían de frío, niños y adultos, como chinches. El trabajo, de todos, niños incluidos, era de sol a sol bajo las más duras condiciones de frío, lluvia o calor. Si un año la cosecha no era buena, millones de personas, niños incluidos, morían de hambre. Si la gente iba en masa a esos hormigueros humanos en que se convirtieron muchas ciudades, no era porque les llevasen como ovejas al matadero. Iban huyendo de esa vida de campo que no tenía ni una gota del bucolismo con el que nuestra imaginación lo quiere pintar. Seguramente, como sigue ocurriendo ahora, los que iban a la ciudad en busca de un trabajo en la industria incipiente, eran los más echados para adelante y, también seguramente, lo que contaban a los que se habían quedado en el campo producía un efecto llamada para que dejasen el mundo rural y se fuesen también a la ciudad. Si alguien cree que estoy quitando hierro a la terrible situación que se vivía en las ciudades y en las fábricas en esos años, se equivoca. Me parece que fue terrible. Sólo trato de hacer ver que la situación anterior era aún más terrible. Y cada década que pasaba la situación de estas personas mejoraba, sin dejar  de ser terrible. Y seguía viniendo gente del “bucólico” campo a la horrible –sin comillas– ciudad fabril. Pero ese proceso de mejora paulatina llevó a lo que hay hoy en los países donde esas cosas pasaron en el siglo XIX. Y si en otros países sigue pasando eso es porque ese proceso de desarrollo lo frenan los dirigentes de esos países que, con la explotación de su pueblo en su propio beneficio, cierran el camino al desarrollo. Esos dirigentes, convertidos en una terrible minoría extractiva, impiden la seguridad jurídica necesaria para que este proceso se produzca. Si no fuese por ellos, se produciría de forma mucho más acelerada, y también más suave, de como se produjo en el siglo XIX en Europa y Norteamérica, por la iniciativa de sus ciudadanos y por la inversión extranjera. En todos los países a los que llega la inversión extranjera, las condiciones en las que se trabaja en las empresas occidentales que invierten allí, es infinitamente más suave de lo que ocurrió en Europa y América del Norte en el siglo XIX y de lo que ocurre en las empresas explotadas por esas minorías extractivas locales.No invento nada que no haya ocurrido en la realidad. Irlanda, España, Taiwan, Corea del Sur y algunos países de Latinoamérica son ejemplos vivos en los que ese proceso ha ocurrido o está ocurriendo. Tan pronto como se instala un sistema de seguridad jurídica y de igualdad de todos ante la ley, se inicia ese proceso que produce el acercamiento de los países que lo viven hacia los más avanzados hasta llegar a mimetizarse con ellos.

La desigualdad económica del mundo actual

Es absolutamente cierto que si tomamos al hombre que más dinero gana  en el mundo de hoy y lo comparamos con el que menos gana, las diferencias son inmensamente mayores hoy que hace 250 años. Por la sencilla razón de que el hombre más pobre de hoy gana casi lo mismo que el de hace 250 años y, en cambio, Amancio Ortega o Bill Gates ganan inmensamente más que el más rico de hace 250 años. ¿Y? Este tipo de comparaciones son absolutamente inútiles y llevan a la más absurda demagogia. Ojalá hubiese muchos Amancios Ortegas y muchos Bill Gates que ganasen muchísimo a base de crear riqueza para millones de personas. Hay, es cierto, un tipo de ricos que son agujeros negros de la riqueza ajena. Son los dirigentes chupasange de muchos países pobres que obtienen su riqueza extrayéndola de la pobreza de sus “súbditos”. Pero de ninguna manera es ese el caso de un Amancio Ortega, un Bill Gates, un Steve Jobs o tantos y tantos más. Éstos ganan lo que ganan haciendo que mucha gente –trabajadores y usuarios de sus productos– viva mejor. Tú, que estás leyendo esto, si lo dudas, mira a tu ropa o a tu ordenador o tu smartphone. Preguntémonos cuántos millones de personas tienen un trabajo digno en las empresas de esta gente tan rica. Los sátrapas de los países más pobres participan en un juego suma cero en el que para ser ellos más ricos tienen que empobrecer a otros. De ninguna manera pasa nada ni remotamente parecido con los ricos que crean empresas prósperas. Obtienen su riqueza creando más riqueza y bienestar para millones de personas en todo el mundo. Para hablar de la distribución de la riqueza hay que hablar en términos estadísticos, comparando las curvas de distribución de la misma[1]. Si se viese una curva de distribución de la renta de hace 250 años, habría una enorme joroba muy picuda en zonas de renta muy bajas –es decir, una miseria muy igualitariamente distribuida–, una joroba muy pequeña, de las pocas personas muy ricas, en una renta muy alta y una zona muy pegada al eje horizontal, es decir de muy pocas personas, entre ambas jorobas. La curva de la distribución de la renta en la actualidad se parece a una doble joroba de un camello (los camellos son los que tienen dos jorobas y los dromedarios sólo una). Una, con más gente, es decir, más alta, se sitúa con la cúspide de la joroba en una renta baja, aunque notablemente más alta que hace 250 años y otra joroba bastante alta también, aunque más baja que la otra, en la zona de renta muy, muy alta. Pero si nos pusiesen una película de cómo se ha pasado de la distribución de hace 250 años a la de ahora, veríamos varias cosas. Primera, cómo la joroba de renta alta aumentaba en tamaño, se hacía cada vez más estrecha y se desplazaba cada vez más a zonas de renta alta. Sería la joroba de los países desarrollados. Tendría una cola, muy pegada al eje horizontal y que se alargaría mucho hacia la derecha. Serían los súperriquísimos, muy pocos y muy, muy ricos. Pero si pudiéramos ver la cara de estos súperriquísimos, nos daríamos cuenta que los de hoy no son los hijos de los que eran hace cincuenta años y que los hijos esos superriquísimos de entonces formaban parte de las huestes de gente normal en lo que a riqueza se refiere. Con alguna excepción, naturalmente. Y, luego, veríamos otra joroba, también creciente, con una cola también pegada al eje horizontal y que empezaría cerca de la renta 0. Sería la joroba de los países en vías de desarrollo. En medio habría un valle, una especie de silla de montar entre las dos jorobas. Pero, gracias a Dios, desde que empezó el fenómeno de la globalización, esta joroba de baja renta se desplaza hacia rentas más altas, al tiempo que crece y se hacía más estrecha. Y la veríamos desplazarse de una forma mucho más rápida de lo que se desplaza la joroba de la renta alta. Todo parecería indicar que, de seguir así la evolución las dos jorobas, con el paso del tiempo, se acabarían fusionando en una y el camello de dos jorobas se iría transformando en un dromedario de una. Seguramente también veríamos que a la izquierda de la joroba de los países en vía de desarrollo, se desgajaba una tercera joroba, que no seguía a la de éstos países. Corresponde a los pobres de los países dominados por sátrapas sin escrúpulos. Éstos, naturalmente, estarían en la cola de más a la derecha, la de los ricos riquísimos, seguramente mezclados con los Amancios Ortegas y los Bill Gates. O tal vez no apareciesen, porque su dinero, en vez de ser transparente como el de éstos últimos, sería negro y opaco, anónimo y oculto. Si viésemos el intervalo entre el extremo de la cola de la derecha y el de la izquierda, éste se hubiese ampliado. Pero las jorobas indicarían la aparición de una clase media creciente en cada uno de los dos tipos de países que cuando llegasen a fusionarse crearían una única y numerosísima clase media. ¡Bendito sea Dios! ¿Se llegará a esto algún día? No lo sé, pero es perfectamente posible. A menos que se cumplan las profecías de Davos. Pido disculpas por esta explicación verbal de jorobas y colas que puede parecer chino a algunos. Sería más didáctico explicarlo con un gráfico, pero hacerlo me llevaría unas horas que no tengo. Lo siento.

El futuro

Un viejo proverbio chino dice que hacer previsiones es siempre peligroso… sobre todo si son de futuro. Por lo tanto no voy a hacerlas. Voy a presentar dos posibles escenarios (seguro que puede haber muchos más) y, después, qué me parece que puede hacer que lleguemos a uno u otro. Por supuesto, no asignaré probabilidades a uno u otro escenario. Eso os lo dejo a aquellos de vosotros que queráis ejercer el proceloso oficio de videntes.

El primer escenario es el positivo. Supone que en el futuro va a seguir ocurriendo lo que ha ocurrido en el pasado. Lo que ha dado en llamarse la destrucción creativa. Es decir, aunque por un lado, debido a las innovaciones tecnológicas, se destruían muchísimos empleos, la capacidad de producir nuevas cosas de gran utilidad creaba nuevas oportunidades de trabajo que superaban con creces lo que se destruía. Además, dado que la riqueza, medida en la cantidad de bienes y servicios útiles producidos aumentaba más deprisa que necesidad de trabajo, las jornadas laborales se iban acortando al tiempo que aumentaba la renta y se distribuía mejor dando lugar a una inmensa clase media. Y esto ha venido ocurriendo de forma ininterrumpida desde hace 250 años, tanto en los países que en estos años han llegado a ser desarrollados como en los que están en vías de serlo, aunque en estos últimos con un retraso que se va poco a poco enjugando, como se ha visto antes. Desde luego, estos dos procesos, destrucción y creación, no siempre se han producido al mismo ritmo en el pasado. En intervalos de tiempo cortos ha habido, ciertamente, tensiones en los momentos en los que la parte destructiva iba más rápido que la creativa. Pero a vista de pájaro, en estos últimos 250 años, ha ganado por goleada el proceso de creación. Por desgracia, el hecho de que esto haya ocurrido en los pasados 250 años no asegura, de ninguna manera, que tenga que seguirse produciendo en el futuro. Pero parece lógico preguntarse, ¿hay alguna razón para que no se siga produciendo en el futuro? Esto es lo que analizaré después de ver el otro escenario.

El segundo escenario es el negativo. La alarma que ha surgido en Davos es que pueda ocurrir que la tecnología acelere la parte destructiva del proceso más deprisa de lo que pueda seguirla la parte creativa. Es algo perfectamente posible. Y si ocurre, se avecina una época convulsa como no se ha dado nunca en la historia de la humanidad. ¡Dios nos coja confesados!

The heart of the matter, el meollo de la cuestión, la madre del cordero, la pregunta del millón de dólares

¿Qué puede decantar los acontecimientos en un sentido u otro? Antes de contestar a esta difícil cuestión querría hacer un pequeño análisis de lo que creo que está pasando en los países desarrollados. El ritmo al que ha aumentado la riqueza en ellos ha hecho que Europa –y en menor medida EEUU– haya adquirido el vicio de pensar que algo que ocurría a un determinado ritmo gracias al esfuerzo, el trabajo, la creatividad y la asunción de riesgos, tiene que seguir pasando cada vez más deprisa, con menos esfuerzo y sin riesgo, como si fuese un fenómeno automático y garantizado al que los ciudadanos de esos países tienen un derecho inscrito en no se sabe qué constitución. Esto ha dado lugar al llamado Estado del Bienestar al que se supone responsable de hacer que este fenómeno ocurra de forma espontánea. Pero para ello, el Estado ha tenido que absorber cada vez un mayor porcentaje de las rentas de los que más ganan, que son, en general, los que más riqueza crean, así como de los beneficios de las empresas. Además, se ha caído en una hiper regulación de los negocios que está yendo varios pueblos por delante –a mi juicio– de lo que podría considerarse una sana regulación. Esto, ineludiblemente, ha restado incentivos, ha creado cierta parálisis y se ha traducido, por tanto, en una ralentización del ritmo de creación en el binomio de destrucción creativa. Hay quien piensa que el proceso de destrucción tecnológica de hoy es más severo que en el pasado. Creo que no es así. Ya he contado al principio a qué ritmo se destruían horas de trabajo en el inicio de la revolución industrial. Pero el ser humano siempre está tentado a considerar lo que ocurre en su época como más impresionante que lo que ocurrió en el pasado. Paralelamente, las empresas, en un proceso de globalización que ha supuesto una oportunidad inédita en la historia para la mayoría de los países no industrializados, han deslocalizado muchos procesos productivos, acelerando en los países desarrollados la parte destructiva del binomio. Esta conjunción –disminución del ritmo creativo / aumento del ritmo destructivo en los países ricos–, ha creado un terrible malestar en las clases medias de los países desarrollados. No es que vivan peor que hace veinte años, es que su mejora de nivel de vida no lo hace al ritmo al que estaban acostumbrados y exigen. Esta frustración ha dado lugar a populismos –tanto de derechas como de izquierdas–, que se aúpan en esa frustración y que amenazan con hacerse con el poder. Pero las recetas de estos populismos, de índole comunista en los de izquierdas y ultranacionalista en los de derechas, lejos de resolver el problema lo agravarán aún más si llegan a gobernar en los países desarrollados. Si esto ocurre, los populismos de izquierdas aplicarán medidas fiscales y regulatorias que paralizarán en enorme medida el ritmo de creación, mientras que si son los de derechas los que triunfan serán un freno muy grave para el libre comercio y la libre localización de medios productivos, lo que también tendrá un efecto nefasto en el ritmo creativo, amén de frenar el ritmo de desarrollo de los países menos ricos.

Mucha gente cree que el ritmo de destrucción de las nuevas tecnologías es tan potente que no podrá ser compensado por el ritmo creativo. Pero no creo que esto tenga que ser necesariamente así. Si no se pusiesen trabas al proceso de creación, éste podría, sin lugar a muchas dudas, compensar con creces el ritmo de destrucción, como ha pasado en los últimos 250 años. Incluso podría seguir permitiendo que cada vez se pueda trabajar menos ganando más porque con menos horas se podrán crear una cantidad de bienes y servicios inmensamente mayor. Porque la cantidad de productos y servicios útiles y benéficos que el ser humano puede desarrollar si le dejan, es prácticamente ilimitada. No podemos ni imaginarlo, de la misma manera que un hombre de hace 100 años sería incapaz de imaginar la inmensa mayoría de los productos y servicios que hoy usamos como la cosa más natural del mundo.

Ahora estoy en condiciones de abordar la pregunta: ¿Qué puede decantar los acontecimientos hacia un escenario u otro? En primer lugar, cuanto mayor sea el ritmo de destrucción, más probabilidad habrá de que nos decantemos hacia el escenario negativo. Aunque bien pensado, esto no es cierto. Sería mucho más apropiado decir que cuanto mayor sea la capacidad destructiva de la tecnología[2], se podrán soportar menos trabas al desarrollo del proceso de creación. No se trata, pues, de limitar el desarrollo de nuevas tecnologías destructivas –cosa que, por otro lado es prácticamente imposible–, sino de permitir el desarrollo de la parte creativa. Además, las nuevas tecnologías tienen un carácter “ambidiestro”. Si bien pueden destruir empresas obsoletas, también permiten la creación de otras nuevas y eficientes. Sí sería, en cambio, tremenda y unidireccionalmente negativo seguir aplicando los principios fiscales que, hoy por hoy, siguen decantándose hacia una creciente presión fiscal progresiva y a una mayor regulación. La continuidad de estos principios frenaría el proceso de creación. Por supuesto la victoria de cualquier tipo de populismo en los países desarrollados crearía barreras importantes, de una forma u otra, según el tipo de populismo, al proceso de creación.

Por todo lo anterior, me parece indudable que o cambian drásticamente la mentalidad y las instituciones políticas, económicas, sociales y productivas o, efectivamente, se cumplirán las negras profecías que se hacen. Por otro lado, también me parece, no indudable, pero sí altamente plausible, que si esa mentalidad y esas instituciones cambian hacia menores presiones fiscales y regulatorias, incentivando la creación, es perfectamente posible seguir en la senda iniciada hace 250 años. Hace unas líneas dije que no iba a mojarme diciendo cuál de los dos escenarios me parecía más probable, que lo dejaba para aquéllos que quisieran iniciarse en el peligroso oficio de vidente. Pero ya sabéis que son incapaz de no mojarme, así que voy a ejercer yo mismo esa peligrosa profesión. Me temo, ¡ay! que ni la mentalidad ni las instituciones cambiarán. El mundo está demasiado ideologizado para ver la realidad tal cual es. Sólo lo mira a través del cristal deformador de mecanismos mentales profundamente arraigados. Y sin una visión objetiva y desideologizada de la realidad es prácticamente imposible que se tomen las medidas adecuadas para poder hacer que la creación supere a la destrucción. Me temo que seguiremos ciegos el camino de frenar más y más la creación. Pero, ello no obstante, es posible, aunque yo no los vea, que haya escenarios intermedios por los que se pueda transitar. La historia lo dirá. Y, en última instancia, todo está en manos del Señor de la Historia. Pero si fuésemos capaces de actuar como causas segundas eficaces, sería mucho mejor. Aquí está mi palabra, que es lo único que tengo.




[1] Para los que no estén familiarizados con curvas de distribución y estas cosas, unas líneas. Una curva de distribución se representa en un gráfico de la siguiente manera. En el eje horizontal aparecen los niveles de renta y en el vertical el nº de personas que tienen esa renta. Una distribución en la que todo el mundo ganase lo mismo sería 0 en todo el eje horizontal y una línea vertical en el punto de la renta media que es la que todos tienen. Una distribución de desigualdad extrema sería aquella en la que hay dos líneas, verticales, una muy alta en una renta cercana a 0, otra pequeña en una renta muy alta y, en medio… nadie.
[2] El término “destructivo”, aplicado a las nuevas tecnologías, no tiene ningún carácter negativo, sino que se emplea en el sentido de destrucción creativa que venimos utilizando en estas páginas.

11 de febrero de 2017

Frases 11-II-2017

Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.

Después de haber andado mucho, Francisco y León dejaron el camino y volvieron a tomar el sendero que trepaba bajo las hayas y encinas y conducía a la ermita. Por todas partes la primavera había estallado. Los árboles grandes desplegaban su follaje completamente nuevo. Y sobre el verde, tierno y dorado de las hojas, los rayos de sol jugaban en medio del canto de los pájaros. De la tierra húmeda y tibia del bosque subía un buen olor a musgo, hierbas muertas y a violetas en flor. Por todas partes asomaban alegremente pequeños ciclámenes rojos. Todo esto tambuén, sin duda, vivía y reposaba en el tiempo de Dios, en el tiempo del principio. La tierra, con su vida secreta, no se había separado de este tiempo, lo mismo que las estrellas del cielo. Los grandes árboles en el bosque dilataban sus ramas al soplo de Dios, igual que en los primeros días de la creación. Con el mismo temblor. Sólo el hombre había salido de ese tiempo del principio. Había querido trazar su camino y vivir en su propio tiempo. Y desde entonces no conocía el descanso, sino solamente el cansancio, la turbación y la precipitación hacia la muerte.

Leído en el libro “Sabiduría de un pobre” de Éloi Leclerc.

Solo cuando tenemos la certidumbre viva, experencial, de que Dios ES, podemos entrar en el tiempo de Dios. Y, entonces, nos abandonamos al fluir de ese tiempo y todo está bien, aunque no entendamos. Porque todo está en las manos del que ES y Él sabe el porqué y el para que de todo. Y todo es bueno en Él.

Como en Genesaret.

Atrás queda la noche
llena de insomnio y de fantasmas.
Se evapora ante una nueva mañana
para mí creada,
transparente en su luz
de fresco amanecer de Julio.
Como pudo quizá serlo
la primera mañana del mundo.
He visto cómo su luz
se hacía poco a poco,
con materia prima
de rosada negrura,
de montes azules y lejanos,
de horizontes borrosos.
Ante mí han cobrado vida,
en una temblorosa levedad,
los aires transparentes,
llenos de líquida alegría.
Y estabas Tú detrás de todo eso;
la luz y la frescura,
la negrura,
el rosa y el azul y los livianos temblores,
el aire, la vida y la alegría.
Así debió ocurrir
en otra mañana que fue nueva,
igual de transparente que ésta,
al borde de un lago.
Allí, en la orilla de otra larga,
estéril, negra noche,
a otro hombre viejo le fue dicho:
“Ven, sígueme, que voy a hacerte

también a ti, como a este mundo, nuevo”.

4 de febrero de 2017

Trump, el rayo que no cesa

El 5 y el 10 de Noviembre y el 11 de Diciembre publiqué sendos posts con los títuloss de "Ante las elecciones USA", "Tras las elecciones USA" y "Peligros y oportunidades de Trump y la teoría económica de los grifos y las piscinas.

En todas ellas venía a decir que ante lo poquísimo que me atraían ambos candidatos y, a pesar de la zafiedad de Trump, y consciente de sus peligros, atisbaba oportunidades y que, por lo tanto, si fuese americano votaría a Trump y estaría dispuesto al "wait and see". No han pasado ni unas semanas desde su toma de posesión y casi no tengo mucho más que esperar.

El viernes por la mañana mandé un mail a una larga lista de remitentes. Ante la "avalancha de respuestas que obtuve, escribí otro la mañana del sábado y hoy, madrugada del Domingo escribo un tercero. Los copio a continuación.


Viernes 3 de Febrero 10,00h

Esta semana he estado demasiado liado y no he podido escribir nada parab enviar hoy. Así que, ¡descansad un poco de mí!

Pero aunque no haya escrito nada, sí que quiero decir algo sobre el fenómeno Trump que cada día sale con una nueva boutade. La de hoy ha sido colgar el teléfono al primer ministro de Australia. ¡Viva el nuevo estilo de diplomacia! Pero hay una cosa que me preocupa. Atisbo que algunos católicos, entre ellos algún sacerdote, cegados por el hecho de que Trump haya cerrado el grifo a la financiación pública de Planned Parenthood, la multinacional del aborto y del tráfico de órganos de fetos y a la financiación de campañas de abortos en los países en desarrollo, parece que están dispuestos a hacer la vista gorda a todo lo demás o, al menos, a mirarlo con benevolencia. Por supuesto, soy católico. Por supuesto, soy pro vida y anti aborto. Por supuesto, me alegro de que Trump haya cerrado ese grifo. Por supuesto, me alegro que el Vicepresidente Pence haya ido a la multitudinaria manifestación pro vida que ha habido en Washington. Pero eso no va a cegar mi espíritu crítico contra Trump y, si en algún momento estuve a punto de concederle el beneficio de la duda, ese espacio de duda se va achicando día a día. Sus continuos dislates se lo están comiendo. Pero me preocupa la escasa capacidad crítica de los que con el tema del aborto ya están escribiendo cartas de felicitación.

No sabía si escribir sobre la marcha algo sobre esto en el cuerpo del mail. Pero ayer, una persona me dio la clave. ¡Trump es como Gil y Gil! El mismo prototipo. Cortado por el mismo patrón. Con una pequeña diferencia, que Gil y Gil sólo llegó a alcalde de Marbella y Trump es presidente de los EEUU de Norteamérica. Si Trum hace con los EEUU, y de rebote con el mundo, lo que Gil y Gil hizo con Marbella, que Dios nos coja confesados. Porque él acabaría en un impeachement, pero no antes de dejar el mundo jodido. Recuerdo, los primeros meses de Gil y Gil como alcalde de Marbella, una discusión que tuve con una persona que tenía relación con esa localidad y que defendía a ultranza lo que Gil y Gil estaba haciendo y lo que iba a hacer. Bueno, después de esto, todavía me queda una ínfima reserva de paciencia para reservarme el juicio. Pero tan ínfima que está a punto de evaporarse.

Aunque, naturalmente, bastante poco le importa a Trump lo que me quede de paciencia. Pero sólo me queda la palabra.

Un abrazo a todos.


Tomás


Sábado 4 de Febrero 10,09h

Joe, yo me esperaba que hoy iba a ser un envío de transicición y hete aquí que he levantado una polémica que no me esperaba, recibiendo una “avalancha” de respuestas. Por supuesto, me siento muy agradecido de que me leáis y más aún que me respondáis, pero si son muchas, me colapso. Así que voy a dar una respuesta genérica porque casi todas las respuestas van en la misma dirección. En primer lugar hablan de la manipulación que de Trump hace la prensa progre americana. Desde luego siento bastante aversión por la prensa progre y soy relativamente inmune a sus manipulaciones, por lo que coincido en parte con los que me dicen esto. Pero creo que hay que tener enorme cuidado con no caer en lo de que “si lo dice la prensa progre, es mentira”. Hay hechos que son incontrovertibles. Por ejemplo: no cabe didar de que ha dado orden de seguir construyendo el muro, ni de que ha dicho que lo van a pagar los mexicanos, ni de que ha echado para atrás el TTP, ni de que ha dicho que va a intentar acabar con NAFTA, ni de que ha destituido a la fiscal general (no sé el título exacto del cargo) por su oposición a la política de expulsión de emigrantes, ni de que ha dicho que va a castigar a las ciudades “santuario” ni de que ha amenazado a las empresas que no lleven su producción a los EEUU, etc, etc, etc. ¿O se ha inventado todo eso la prensa progre? Dicho esto, no, no tengo constancia de que le haya colgado el teléfono al primer ministro australiano, no estaba allí, pero dado el personaje, ¿a alguien le choca? Aplaudo su forma de enfrentarse a lo políticamente correcto, actitud que detesto (lo políticamente correcto). Pero hay muchas maneras de hacerlo. Maduro también se opone a su modo a lo políticamente correcto y hay muchas maneras de Trump que se le parecen. Un amigo mío americano, me dice que los americanos son muy “bestias”, entiendo que en el buen sentido de la palabra, diciendo que es muy directo. ¿Pero les gusta tanto la “bestiez” a lo Maduro? Porque por ahí va la “bestiez” de Trump. Si hace algunas de esas cosas, mucha gente sufrirá y pasará hambre en EEUU y en el resto del mundo, porque volver al siglo XIX en lo que a comercio internacional se refiere es insoportable. Ojo con usar a la prensa progre como excusa. En otro frente que tengo abierto, me dicen que lo de Fillon es un ataque de esa prensa. Es difícil que un político europeo me parezca mejor que Fillon y es verdad que la progresía francesa detesta un político como él. Pero esa campaña de acoso, que existe, nace de que Fillon, con una imprudencia e ingenuidad política temerarias, se lo ha puesto a huevo. Si no nos gusta la prensa progre, no le demos pie.

También estoy de acuerdo en que los americanos estén hartos de ser los policías del mundo y gastarse una pasta en eso. Me parece bien y justo que haga que Europa pague más por su defensa. Pero lo que no creo es que vaya a bajar los gastos de defensa intentando expulsar a China de las islas artificiales del mar del sur de China o diciendo que va a poner contra la pared a Corea del Norte o que va a participar activamente en el fin del ISIS. Todas estas cosas las suscribo, pero eso no le va a ahorrar dinero en defensa. Y si, por otro lado aumenta el gasto en obra pública y baja el tipo impositivo, aunque a medio plazo la ley de Laffert le haga recaudar más, el déficit va a ser de aúpa. ¿Cómo lo financiará?

No es un chorizo como Gil y Gil, me dicen algunos. Posiblemente no. Pero no me extrañaría nada que parte de los gastos del muro y del resto de obra pública que haga se lo pague, los mexicanos o él, a sus propias empresas. Y no porque intentando no pisar la raya la acabe pisando por error, sino porque la hibris --lease soberbia—del personaje le va, creo, a llevar a hacerlo. Deliberadamente va a jugar con ese conflicto de intereses. Y si lo hace, la democracia americana no se lo perdonará.

Por tanto, me ratifico. Mi margen de confianza sobre el personaje se reduce de día en día. Y creo que sus políticas económicas, diseñadas para decir a la clase media americana lo de “Let´s make America great again” son en gran medida demagogia que hará a América, a los americanos y al mundo, más pobre.

Pero, nos guste o no, la historia nos dirá. “¿Qué será, será? The future will come to see”, decía una Antigua canción de Doris Day. Esperemos que no traiga lágrimas.

Un abrazo y, de verdad, muchas gracias por vuestros comentarios. Pero no me hagáis trabajar tanto, ¡¡¡porfa!!!

Tomás


Domingo 5 de Febrero 02,03h

Trump, el rayo que no cesa.

No, no me digáis que soy un pesado, es que Trump no me da cuartel.

Primero, un juez federal de Seattle revoca el veto del Trump al visado de inmigrantes. Y la reacción de Trump en su Twitt (el nuevo BOE de EEUU) no se hace esperar. Dice: “The opinion of this so-called judge, which essentially takes law-enforcement away from our country, is ridiculous and will be overturned”. “La opinión de este que se dice juez, que en esencia elimina el cumplimiento de la ley en nuestro país, es ridícula y será revocada”. ¡Toma ya! No hay invento de la prensa progre. ¿A qué suena esto? ¡Desde luego, no a respeto a la separación de poderes!

Segundo, el recién nombrado por Trump Secretario de Defensa, Vincent Viola, renuncia al cargo antes de tomar posesión por conflicto de intereses entre su cargo y sus negocios. ¿Cómo se puede nombrar a una persona que se tiene que saber que tiene esos conflictos? Sólo hay una razón, creo. Porque al que le nombra le importan una mierda los conflictos de interés. Porque Trump los debe tener a montones. ¡Pero le da igual! ¡Para eso es el Presidente de los EEUU de Norteamérica! Gil y Gil. Huele a impeachment que te cagas.

Interesante comentario de Stanley Payne. Insatisfecho con ambos candidatos, pensó, por primera vez en su vida, no votar. Paro al final votó a Trump porque pensó que era más fácil que le destituyeran a él que a Hillary. ¡No está mal pensado! ¡Pence for President!


Un abrazo y perdonadme la brasa, pero quien es capaz de resistirse a esta marea.

Tomás.

28 de enero de 2017

Silencio; la película de Martin Scorsese

Hace dos semanas fui a ver la película “Silencio” de Martin Scorsese. Lo primero y más inmediato que se me viene a la mente son dos palabras: IM PRESIONANTE. Verdaderamente, salí de la película en silencio, casi sin atreverte a respirar, profundamente interpelado por lo que vi. Si alguien va a ir a verla le recomiendo que no lea estas líneas hasta después, pues no querría hacer de spoiler.

El título de la película está magníficamente puesto, pues el núcleo de la misma es la pregunta por el silencio de Dios. La historia transcurre en la primera parte del siglo XVII. Los primeros jesuitas habían llegadoal Japón en 1549, con san Francisco Javier al frente de otros dos jesuitas, Cosme de Torres y Juan Fernández y un traductor de nombre Anjiro. Pronto empezaron a producirse muchísimas conversiones, principalmente entre los campesinos, aunque también se conviertieron algunos samurais. Efectivamente, el mensaje del amor de Dios a todas sus criaturas, a todos los seres humanos, encarnado en Jesucristo, era algo que despertaba ecos de anhelos tenidos como imposibles por unos campesinos que no conocían sino la opresión y el expolio de las clases altas japonesas, para los que su vida no valía para nada sino para extraer hasta el último recurso que se pudiera de ellos. Su religión, una mezcla de budismo zen y panteísmo, sólo les ofrecía el alivio de dejar de reencarnarse para poner fin a la rueda del sufrimiento, el samsara.No les presentaba la más mínima esperanza de nada mejor, sino sólo resignación, no les servía de gran consuelo. Y llegan los jesuitas, que les hablan de que Dios les quiere con locura, de que ellos son tan importantes para ese Dios que ha querido compartir su suerte encarnándose en Jesucristo, que tras la muerte les espera un paraíso de felicidad junto a Él que ya les acompaña con su amor en este mundo. Además, los jesuitas se unen a sus sufrimientos y les ayudan parahacer más llevadera su dura vida presente. Y empiezan las conversiones. En 1551san Francisco Javier se vuelve a Goa dejando allí a varios jesuitas al mando del P. Vilela. Éste obtiene el permiso del Shogun AshikagaYoshieteru para predicar libremente. Las conversiones se multiplican e incluso hay monjes que se convierten. En 1580 ya se han abierto un colegio y una iglesia en Kioto. La evangelización se hace desde una óptica muy mariana y la imagen de la Virgen con el niño en brazos era muy venerada. Se habla de cerca de medio millón de japoneses convertidos.

Pero en 1587, ToyotomiHideyoshi conquista el shogunato y, alarmado porque algunos de sus más altos oficiales se habían convertido, expulsa a todos los misioneros y ordena la destrucción de las iglesias. La persecución se suaviza cuando vuelve de Roma, en 1591, una embajada enviada por el anterior Shogun. El P. Valignano acompaña a la delegación para entrevistarse, con cierto éxito, con Hideyosi. En 1596 llega el primer obispo, Mons. Martínez. Pero al año siguiente, se reanuda la persecución, hasta la muerte de Hideyoshi en 1598, cuando vuelve a producirse un respiro. Sin embargo, en 1603, con la llegada de la dinastía Tokugawa, la persecución se reanuda con una virulencia inusitada y sin cuartel. En 1613 se proclama un edicto de persecución terrible que prácticamente consigue exterminar u obliga a la apostasía a los católicos y persigue con saña a los sacerdotes de todas las órdenes religiosas que ya han llegado a Japón. Hay decenas de miles de mártires, entre sacerdotes y japoneses conversos. Prácticamente deja de haber católicos en Japón y los pocos que quedan viven en la más oscura clandestinidad, sin ningún sacerdote. No obstante, las pequeñas comunidades clandestinas tienen una persona encargada de bautizar a los niños, otra de llevar el calendario de las fiestas litúrgicas y mantienen una enorme veneración a la Virgen.

Es en esta época en la que se desarrolla la película. La historia que narra es rigurosamente cierta y está atestiguada por documentos de los jesuitas. Las primeras imágenes muestran con crudeza, mientras una voz en off narra la historia, como un gran número de jesuitas habían sufrido espantosos martirios, hasta que no queda ni un sacerdote en el Japón. Dos jóvenes jesuitas, el P. SebastianRodrigues y el P. Francisco Garupe arrancan a su superior de Goa, que acepta con gran renuencia,el permiso para ir a Japón a averiguar qué ha sido del P. Christovao Ferreira, ex Provincial del Japón, del que llegan inquietantes noticias sin confirmar de que ha apostatado. Cuando llegan a Japón, encuentran pequeñas comunidades clandestinas. Es muy emocionante ver con qué alegría estos cristianos perseguidos acogen a los dos sacerdotes, se confiesan con ellos y reciben la Eucaristía, tras la celebración de la Misa a la que asisten con una devoción impresionante. Se me encogía el alma comparando esta actitud con la frialdad, el hastío y la frivolidad con la que los cristianos de los países en los que tenemos los sacramentos y la Misa con la máxima comodidad los menospreciamos o, incluso, los despreciamos. ¡Qué manera de desperdiciar la inmensa gracia que esto supone! ¡Qué triste el hastío del saciado! Me acordé de cuando estuve con mi hijo sacerdote, Rodrigo, en Puerto Iguazú en Argentina y celebró Misa en la catedral. La palabra catedral le viene grande al pequeño y sencillo templo en las calles de esa ciudad argentina. Al acabar la Misa, un grupo de unas veinte sencillas mujeres esperaron a mi hijo para besarle las manos. Él, abrumado, les dijo: “¡Pero si yo soy sólo un sacerdote!” Casi al unísono le regañaron las veinte mujeres. “¡Cómo que usted es SÓLO un sacerdote! ¡Usted es NADA MENOS que un sacerdote! ¡Usted es Cristo entre nosotros!” ¡¡¡Ufff!!!

Pero la presencia de los sacerdotes, que en seguida se divulga, atrae la persecución y muchos campesinos son terriblemente martirizados por ello. Uno de ellos, antes de su martirio, le da al P. Rodrigues un pequeño Cristo crucificado de madera tallado por él. Los dos jesuitas deciden separarse en un momento dado para poder llegar a más comunidades. El P. Garupe muere mártir intentando salvar del martirio a algunos de sus fieles, pero el P. Rodrigues es capturado y deciden seguir con él una estrategia maléfica. Tratarle relativamente bien, tener con él de vez en cuando conversaciones teológicas en las que le quieren hacer ver que toda doctrina es igual y que es imposible que el cristianismo arraigue en Japón. El P. Rodrigues mantiene muy bien el tipo en estas discusiones. Pero, sobre todo, la tortura psicológica consiste en hacerle culpable del suplicio de los cristianos que, le dicen, se salvarían de las más refinadas y horribles torturas, que le obligan a presenciar, si él apostatase. En una frase sibilina le dicen. “Tu gloria, es al precio de su sufrimiento. El P. Rodrigues reza con toda su alma pero sólo escucha el terrible silencio de Dios. El rito de apostasía es sencillo. Basta con pisar una imagen de Cristo, grabada en una losa y puesta en el suelo. Le tientan diciéndole que es una simple formalidad, que no les importa lo que piense realmente, sino que, simplemente haga ese gesto externo. Para librarse de esa tortura psicológica el P. Rodrigues grita a los que están siendo torturados que apostaten, que Dios sabrá perdonarles. Pero la respuesta de los torturadores es terrible. “Ellos ya han apostatado muchas veces, pero eso no les salvará de la tortura.Lo único que les salvará es tu apostasía”. ¡Terrible! Por último, y para acabar de romperle, le traen al P. Ferreira que, efectivamente, apostató hace años y ahora es un funcionario con una mujer e hijos que ha heredado de otro funcionario que murió. Ferreira es la imagen de un hombre muerto en vida, con un rictus de profunda amargura dibujado en su rostro. El pobre P. Rodrigues, antes de romperse, cree oír la voz de Cristo que le dice que apostate. Efectivamente, en ese momento se rompe y apostata pisando suavemente la imagen de Cristo, aunque luego caiga llorando sobre ella. Y los perversos torturadores liberan a los otros cristianos japoneses de su tortura.

A partir de ese momento, le cambian el nombre, le convierten en funcionario y no deja ni un segundo de estar vigilado, además de tener que repetir cada año el “formalismo” de apostasía de pisar la imagen de Cristo. También la amargura de un hombre roto se adueña del rostro de Rodrigues como lo había hecho con el de Ferreira.A ambos les han roto la columna vertebral espiritual y se percibe claramente que son hombres destruidos. A su debido tiempo, hereda él también una mujer y un hijo de otro funcionario muerto. Los casi cuarenta años que vive todavía lo hace como funcionario y ayudante del antiguo P. Ferreira en el servicio de detección y denuncia de objetos traídos por los comerciantes europeos que puedan tener la más mínima significación cristiana. Se deja entender que las consecuencias son terribles para aquellos que los traen si los dos funcionarios exjesuitas los califican como objetos cristianos. Cuando Ferreira muere[1], es él quien hereda el cargo de jefe de ese servicio, que lleva a cabo de forma eficaz durante el resto de sus días, despreciado por japoneses y europeos. De vez en cuando le ponen pruebas sibilinas para ver si de verdad no actúa ni como cristiano ni como sacerdote. Una de ellas es especialmente terrible. Cuando los dos jesuitas salen de Goa, va con ellos, en calidad de guía, un pescador japonés borracho que está allí, de nombre Kichijiro. Un auténtico desecho humano. Al llegar a Japón se enteran de que Kichijiro es un cristiano que ha apostatado y ha visto morir quemados vivos a todos los miembros de su familia por mantenerse fieles a su fe. En varias ocasiones le pide confesión al P. Rodrigues con un arrepentimiento que parece sincero. Se presenta como un hombre débil incapaz de soportar el martirio y que por eso apostata continuamente. En un momento dado le dice al P.Rodrigues. “¿Qué podemos hacer unos hombres débiles como nosotros en un mundo como éste?” o “Es injusto. Si hubiese nacido cincuenta años antes hubiese podido morir como un buen cristiano”. El P. Rodrigues le confiesa cada vez con gran ternura y misericordia y también cada vez, Kichijiro le traiciona de nuevo y le delata o ejerce el oficio de debilitador de su determinación de resistir. Cuando el P. Rodrigues, tras apostatar, lleva ya varios años de funcionario, Kachijiro va a su casa y le pide con grandes lágrimas que parecen de conversión que le confiese. Aunque no está explícito en la película, parece evidente que se trata de una traición más, una trampa para ver si le confiesa. El P. Rodriguesno lo hace y le dice que él ya no es ni cristiano ni sacerdote. Sin embargo, le abraza con ternura y le da su perdón personal. Pero, paradojas de la vida o de Dios. En un momento dado a este Judas –la comparación de Kichijiro con Judas es evidente y se hace explícita en la película– le encuentran un crucifijo y, aunque en la película no se ve, parece evidente que acaba en el martirio.

Cuando, tras muchos años, muere Rodrigues, le entierran según el ritual budista. Por supuesto no dejan ni un momento a solas con él ni a su hijo adoptivo ni a su mujer. Tan sólo le permiten a ésta acercarse a darle el último toque de adiósal cadáver para, siguiendo el rito budista, darle un amuleto contra los malos espíritus. A hurtadillas, en ese acto, parece, sólo parece, que su mujer, además del amuletodeja algo entre los pliegues de su ropa. Pero cuando la pira empieza a arder, la cámara entra en zoom dentro del sarcófago y se ve que, en la mano de Rodrigues, está el crucifijo que un día le regalase un japonés mártir y que su mujer le ha puesto en el momento de la despedida.

Nunca ni de ninguna manera la película presenta a ambos sacerdotes como quienes han hecho lo correcto. Tampoco les condena –quien esté libre de pecado que tire la primera piedra–, aunque sí deja entrever un cierto cinismo agriado en Ferreira y una inmensa tristeza en ambos. Más bien los presenta como dos pobres hombres débiles que al traicionarse a sí mismos, además de a Dios, se les ha secado el alma. Es decir, como antihéroes, frente a los héroes, japoneses y jesuitas, que sí dan la vida por aquello en lo que creen. Pero también se debe apuntar en el haber de esta película el hecho de que en un mundo en el que la mayor barrera que tiene la evangelización es la absoluta indiferencia hacia los temás religiosos, una película ponga en primera plata temas en los que Cristo es el centro y que brindan la oportunidad de hablar de estas cosas con gente que de otra manera sería completamente insensible. Es decir, brinda una extraordinaria oportunidad de evangelización. No es poco.

He leído alguna crítica que desaconseja ver esta película porque considera que hace apología de la apostasía y llega a decir que si la viesen los cristianos que en este momento están bajo persecución, se sentirían desmoralizados. Más aún, he leído una crítica en la que quien la escribe empieza diciendo que no irá a ver la película. Sin comentarios. También alguna crítica pretende que la película plantea una dicotomía entre los jesuitas cultos y preparados que apostatan y los campesinos incultos que mueren. Y en esta crítica se pretende ver en esto, de una forma a mi parecer rocambolesca, un brindis al relativismo.También hay críticas con descalificaciones personales de Scorsese. Me pregunto si quienes esto dicen y yo, habremos visto la misma película. O tal vez hayan llegado tarde al cine y no hayan visto la escena inicial en la que cientos de jesuitas sufren el martirio con entereza. O ni siquiera hayan visto la película. Además,los que apostatan son presentados como personas que, por su debilidad, destruyen su vida, aunque no mueran. En cambio, los que soportan el martirio, japoneses y sacerdotes indistintamente, despiertan profunda admiración. Me considero absolutamente incapaz de saber qué aspiraciones despertaría en mí esta película si la viese en la situación de cristiano perseguido, pero creo que puedo decir que no me produciría la tentación de parecerme a los dos sacerdotes que apostatan. Y, puestos a ver otros valores en la película, no es despreciable la sensaciónde misericordia que despierta ante la debilidad humana. Cierto que la postura de santidad sería la del martirio, la de que el P. Rodrigues, en vez de gritar a los torturados que apostatasen, les hubiese insuflado ánimos con himnos inspirados y hubiese sufrido el martirio con ellos. Pero la película narra unos hechos reales y su debilidad no se lo permitió. Algunos críticos afirman con una seguridad pasmosa que Dios manda SIEMPRE las fuerzas necesarias para soportar el martirio si se le piden esas fuerzas. ¿SIEMPRE? ¿Cómo se explican entonces todas las apostasías que ha habido desde el principio del cristianismo? ¿Es que ninguno de los que han apostatado en la historia de la Iglesia le han pedido con toda su fuerza al Señor la gracia de soportarlo? ¿O, tal vez es que todos han rechazado esa gracia? Me cuesta creerlo. Y más me cuesta encasillar a Dios en el “si yo hago esto, Él SIEMPRE hace esto”, como si Dios fuera una ecuación matemática. Creo que tan sólo hay un SIEMPRE en Dios. El hecho de que SIEMPRE, en los momentos claves de nuestra vida, nos manda la gracia para que podamos alcanzar la salvación. Pero que Él me libre de querer decir cuándo son esos momentos. Eso forma parte del misterio de la Providencia de Dios y si alguien cree que conoce la respuesta a ese misterio, esa es la mejor prueba de que no entiende nadadel misterio insondable de la Voluntad de Dios. Sin embargo, si hay alguna faceta humana con la que Dios es compasivo es con nuestra debilidad.Me atrevo a decir que la lástima sin juicio que te hace sentir la película por los P. Rodriguesy, en menor medida, Ferreira podría ser parecida a la que Dios debe sentir por nosotros cuando nos ve débiles y pecadores, como ovejas sin pastor. Es decir, la película nos hace comprender mejor la misericordia de Dios. Así, frente a su silencio aparente, nos enseña su misericordia. Al menos así me ha ocurrido a mí. Tras reposarse la tempestad de preguntas que me produjo la película, ha emergido en mí un sentimiento de ternura y misericordia.Ycreo que esa era la intención de Scorsese cuando dice de su película: “Silencio es la historia de un hombre que aprende dolorosamente que el amor de Dios es más misterioso de lo que él sabe, que deja mucho más a los caminos de los hombres de lo que nos damos cuenta y que Él siempre está presente…incluso en su silencio”. Por todo esto, me dan cierto corajelas críticas de los que creen que comprenden el amor de Dios como si fuese una fórmula matemática. ¿Me atreveré a decir que me parecen un punto farisaicos? En otras críticas, en cambio, parece que se intenta hacer ver que, en realidad, lo que hicieron esos dos jesuitas no es apostasía. Creo que esto es dejar de llamar al pan, pan y al vino, vino. A las cosas hay que llamarlas por su nombre. Apostataron, por más que uno pueda sentir más i menos comprensión sobre las razones que les llevaron a esa apostasía. Otra cosa es el juicio que esta apostasía nos pueda merecer. La película, siendo compasiva con los apóstatas, deja lugar a muy pocas dudas de que su conciencia les atormenta y que son hombres machacados.

En conjunto, la película le deja a uno con muchas preguntas. La más misteriosa y angustiosa es, por supuesto, ¿por qué el silencio de Dios? ¿Por qué no manda las fuerzas necesarias al P.Rodrigues cuando éste se las pide de forma continua y sufriente a lo largo de todo su cautiverio? Son preguntas sin respuesta. O, al menos, sólo tienen respuesta desde una fe profunda en la providencia, la bondad y la misericordia de Dios. La respuesta se da en la película de una manera fugaz pero explícita. “Yo nunca he dejado de estar contigo–le dice Jesús en un momento–, en el silencio, estaba yo”. Muchas veces, en su resistencia, el P. Rodrigues recuerda a Cristo en Getsemaní y en la cruz, cuando se creía abandonado por Dios y el silencio del Padre caía a plomo sobre él. Y sólo la fe en la providencia de Dios permite aceptar, que no comprender, por qué Dios no le manda las fuerzas necesarias, qué de bueno para el Reino de Dios y para su propia salvación puede tener la apostasía del jesuita para que Dios lo permita. Porque otra de las preguntas que se hace uno cuando está en el sillón del cine sobrecogido es: ¿Qué haría yo en esa situación? Y la respuesta a esa pregunta la tengo meridiana: Dejado a mis fuerzas apostataría en menos que canta un gallo. Sólo con la fuerza de Dios puede ningún ser humano resistir esa terrible prueba. ¿Por qué Dios entonces no se la manda? No lo sé.Sé, sin embargo, aunque no entiendo, que el silencio de Dios no es tal. Por supuesto, mi fe en la bondad y misericordia de Dios no me deja ni un resquicio de duda de que el P. Rodrigues está con Dios, en su seno, recibiendo todas las respuestas a todas las preguntas. Es imposible pensar que ese hombre quebrado, destruido y atormentado no haya tenido muchas veces en su vida una auténtica contrición. Aunque al día siguiente siguiese con su miserable funcionariado de delator de objetos cristianos. ¿Cuántas veces perdona Dios? ¿Siete? No, setenta veces siete. Y creo que lo mismo podría decir del P. Ferreira. Pero hay otra pregunta. ¿Por qué, los hombres del racionalista y saciado occidente dan tan a menudo al silencio de Dios la respuesta de “Dios no existe” con tan sólo ver las pruebas de su silencio que han sufrido otros? ¿Por qué ante una tan pequeña prueba de confianza, creer que Dios está en el silencio de otros, que no nos hace ni siquiera sacar los pies de las pantuflas de nuestra comodidad, tiramos tan fácilmente la toalla? No lo entiendo. ¿Saciedad? ¿Creer que se nos debe el que Dios nos responda cuándo y cómo queramos como si fuese el chico de los recados? No lo sé. Creo que a veces Dios no dice nada porque todo lo tiene dicho en Cristo. Él está con nosotros sufriendo cualquier cosa que nosotros podamos sufrir. Él ha sufrido ya nuestro sufrimiento, el nuestro, no otro, en Getsemaní. Pero, ¡qué fe tan endeble tenemos! Y, tras todas esas preguntas, un propósito. Ser capaz de sentir, aunque no sea con el sentimiento sino con la razón, la voluntad y los hechos, la alegría de poder estar cada día con Dios en la Eucaristía, el agradecimiento de poder acercarme a abrazarle en la Reconciliación cada vez que le vuelva la espalda. Le pido a Dios y espero de él esta gracia.

Sólo al final de la película leí en los créditos que la película estaba basada en una novela del escritor japonés ShusakuEndo, del que hace años leí una vida de Cristo que me encantó. La madre de Endo se convirtió al catolicismo siendo Shusaku pequeño y fue bautizado a los 12 años. Mientras veía le película mi cabeza la asociaba con las novelas de Graham Green como “El poder y lagloria” o “El revés de la trama” (pésima traducción de Theheart of thematter”). Efectivamente, Green, también católico, presenta profundos dilemas existenciales de sus débiles personajes que sólo en la misericordia de Dios encuentran respuesta. No andaba descaminado porque en mi indagación posterior he encontrado esta comparación y existió una admiración mutua entre ambos escritores.

Hasta aquí mis preguntas. Pero quiero continuar con el contexto histórico. ¿Qué pasó después? ¿De qué manera prendió la fe en Japón? Cuando ya no quedó ni un sacerdote allí, los cristianos japoneses siguieron realizando el culto que la ausencia de sacerdotes les permitía. Era una Iglesia de las catacumbas, pero sin sacerdotes. Seguían bautizándose, cantaban himnos religiosos en una especie de latín desnaturalizado, leían Biblias en portugués que copiaban de padres a hijos y que también se fue desnaturalizando, etc.  Con el tiempo, las imágenes y las oraciones se iban pareciendo cada vez más a los iconos y salmodias budistas, aunque se mantenían palabras y frases completas en latín o portugués. Se mantenía, sin embargo, una inmensa devoción a la Virgen María a la que se la llamaba Virgen de la Alacena, porque era en ese mueble donde solía estar escondida. Pero, con el transcurso de muchos años faltos de pastores, los cristianos japoneses se deslizaron hacia un sincretismo religioso entre la fe católica y el budismo panteísta de la religión oficial. Pero siguió habiendo muchos mártires entre ellos. Eran los kakurekirishitan, cristianos ocultos.

No fue hasta 1865 cuando a la Iglesia católica se le permitió abrir una iglesia en Urakami, un suburbio de Nagasaki, regentada por el sacerdote francés Bernard Petitjean. Eso sí, sólo para occidentales. Los kakurekirishitan no podían manifestar sus creencias bajo pena de martirio. Un día aparecieron 15 kakurekirishitan a las puertas de la iglesia. Dijeron a P. Petitjean que los últimos sacerdotes que estuvieron allí les habían dicho que la Iglesia retornaría a Japón y que la reconocerían por tres signos. Los sacerdotes serían célibes, tendrían estatuas de María y obedecerían al Papa-sama en Roma. Los visitantes, encabezados por uno que se llamaba Pedro, le preguntaron al P. Petitjean si estaba soltero, si obedecía al Papa-sama y le pidieron que les enseñase una imagen de la Virgen María, cosa que éste hizo. Entonces Pedro le dijo: “En casa todos son como nosotros, tienen el mismo corazón”. Petitjean visitó de incógnito a la comunidad y cometió la torpeza de decirles que tenían que vivir su fe abiertamente. Esto recrudeció la persecución. Hasta 1873 más de 3.000 kirishitan fueron deportados o sufrieron prisión y 13 fueron ejecutados. 660 murieron en el exilio y sólo 1.580 retornaron a sus hogares. En 1865 se estimó que quedaban unos 30.000 cristianos japoneses. Los nuevos misioneros instaron a los kakurekirishitan a que abandonasen su credo sincretista para volver al catolicismo ortodoxo. Más o menos la mitad aceptaron abandonar lo que en su fe había de las antiguas creencias. A los que siguieron firmes en ellas les llamaron hanarekirishitan, cristianos separados. Solo recientemente el Papa Francisco ha reconocido a los pocos hanarekirishtian que quedan como hijos queridos de la Iglesia.

Las protestas de las potencias occidentales por el trato a los kirishitan lograron que en 1873 se prohibiera su persecución en Japón. Pero no fue hasta 1889 cuando se aceptó la libertad religiosa. Los kirishitan del barrio de Ukarami decidieron entonces construir una iglesia en el mismo sitio en el que durante siglos se les había obligado a apostatar cada año durante más de 200 años. En 1895 se inicia la construcción de la catedral de Nagasaki, que no se termina hasta 1917. El 9 de Agosto de 1945 la bomba atómica destruyó la catedral que, no obstante, se volvió a reconstruir en 1959. En 1950 se construye en Hiroshima, también sobre las ruinas de la antigua catedral,una nueva dedicada a la Asunción de María, y a la conmemoración votiva de la paz mundial. Cada día 6 de Agosto, día de la bomba de Hiroshima, las campanas suenan durante parte del día por la paz.

A día de hoy hay, más o menos, un millónde católicos en Japón, lo que representa menos de un 1% de su población. La mitad de ellos, sin embargo, son inmigrantes de otros países como Filipinas. Pero este escaso porcentaje de católicos ha dado dos primeros ministros a Japón. En 1918 fue elegido Primer Ministro el católicoHaraTakashi y en 2008 lo fue Taro Aso que sigue siendo Viceprimer ministro en la actualidad.

¿Ha sido la sangre de mártires semilla de cristianos en Japón? Bueno, medio millón, aunque sea sólo un escaso 0,5%, partiendo de los 30.000 que había en 1865 supone un crecimiento considerable. Pero, ¿quiénes somos nosotros para saber si eso es mucho o poco? Estas cosas no se miden en números. Además, creo que la historia de la humanidad no ha hecho más que empezar. Considero que, si comparamos a la humanidad con el desarrollo de una persona, en estos momentos somos un adolescente inconformista que empieza a rebelarse contra lo que considera, erróneamente como sabemos muchos de los que somos padres, como una traba a su libertad. El Señor de la Historia tendrá la palabra en los próximos más de 150.000 años que, según la extrapolación con la vida de una persona, nos quedan para llegar a los 90 años equivalentes. ¿cómo podemos nosotros siquiera vislumbrar ese lejanísimo futuro? Yo, por mi parte, seré humildemente respetuosos desde mi ignorancia y confío en el Señor de la Historia, el Alfa y el Omega, el Principio y el Fin, el Logos.



[1]Parece que en determinadas crónicas europeas de la época corría la noticia de que el P. Ferreira se había retractado de su apostasía y que había muerto mártir. Sin embargo, esto, que puede ser cierto, no está de ninguna forma comprobado. El P. HubertCieslik S.J., uno de los más respetados historiadores del cristianismo en Japón, escribió un largo artículo sobre el P. Ferreira, tras una profunda investigación (Monumentanipponica. Vol. 29 Nº 1 Spring 1974, pp 1-54). Cito los dos últimos párrafos de su artículo del que suscribo de todo corazón la última frase: “Pero queda la otra y más importante cuestión de si Ferreira murió de hecho como un mártir o al menos abjuró de su apostasía antes de su muerte. Las fuentes holandesas no dicen nada de su martirio o de la recoplilación de testimonios japoneses o chinos, como se menciona en otras fuentes indirectas.Este silencio no es, en sí mismo una prueba contra el martirio, sobre todo, teniendo en cuenta que los holandeses recibían su información a través de hombres corrientes y que las entradas en el diario Deshima son extremadamente breves y concisas. Además, el registro del templo recoge simplemente el día de fallecimiento de los allí enterrados y no dice nada sobre las circunstancias de su muerte. El hecho de que a Ferreira se le diera un nombre póstumo budista y una tumba en un cementerio budista, tampoco es concluyente porque pudiera haber sido el resultado de una iniciativa de los funcionarios locales o de sus familiares, es decir, de la familia Sigimoto. En cualquier caso, el gobierno jamás hubiese reconocido una retractación de su apostasía y hubiera podido tratar de echar tierra sobre el asunto.

Por lo tanto, si bien hay dudas sobre la fiabilidad de las fuentes europeas que reportan la conversión final de Ferreira, las escuetas fuentes japonesas sólo nos dicen la fecha de su muerte. Tanto si las fuentes europeas están bien fundadas como si no, no podemos, por supuesto, saber lo que pasó en el alma de un hombre moribundo antes de su muerte. Probablemente siempre quedará un elo de misterio sobre el caso de Christovao Ferreira”. (La negrita y la traducción del inglés son mías.


21 de enero de 2017

Algunas posverdades

En el post anterior sobre la posverdad, enumeré algunas de ellas. Las recuerdo: mencioné la ideología de género, el aborto, el sistema de pensiones de transferencias, el Estado del Bienestar tal y como lo entendemos hoy en día, la redistribución de la renta por el Estado, y la socialdemocracia. Estoy seguro de que muchos pensarán que incluir alguna de estas cosas en el concepto de posverdad es un poco drástico. Pero creo que no lo es y es lo que voy a tratar de hacer ver.

Empecemos por la más trágica de estas posverdades: El aborto. Por descontado que no voy a enfocar esta posverdad desde el punto de vista religioso, sino desde la razón y la ciencia. Ya a mediados del siglo pasado, en 1956 el genetista indonesio-americano Joe Hin Tijo descubrió definitivamente que las células humanas tienen todas 23 pares de cromosomas (en 1921 Theophilus Painter se equivocó al adjudicarles 24 pares). Lo de que se hable de pares es porque también se sabe que un elemento de cada par procede del padre y el otro de la madre, a través de los espermatozoides y los óvulos respectivamente, que tras un proceso de división celular especial, llamado meiosis, se quedan con 23 cromosomas cada uno. En cuanto un óvulo de mujer es fecundado por un espermatozoide de hombre, aparece una célula nueva, un cigoto, que por un lado es, sin duda, una célula humana con 23 pares de cromosomas y, por otro, es diferente de las células del organismo paterno y materno.Es única e irrepetible (la probabilidad de que de una misma pareja aparezcan en distintas fecundaciones dos cigotos idénticos es de algo aproximado a 1/1070, es decir, totalmente despreciable). Además, tiene en sí todo un impresionantemente complejo programa de desarrollo que, si se le permite seguir, acabará en un organismo completo. Es decir, es, desde el punto de vista científico, un ser humano diferenciado de cualquier otro. Si no, ¿qué demonios es? El hecho de que se haya implantado o no en el útero, de que todavía no haya desarrollado neuronas, que no sea capaz de sentir, de que necesite del organismo materno para sobrevivir, no altera ni un ápice este hecho. Todas las variaciones que sufra desde ese mismo momento serán progresivas y formarán un continuo sin cesuras de ningún tipo que permitan marcar una transición clara. Desde la fecundación hasta la muerte todo es un continuo. Por tanto, todos los plazos que se fijen para declarar lícito el aborto son pura invención de conveniencia. Si, además, resulta que, como ocurre en muchas leyes de plazos de aborto, se especifican momentos distintos en los que poder practicarlo según circunstancias de conveniencia, la posverdad está servida. Y, por si esto fuera poco, si le aplicamos al cigoto –o al embrión en cualquier fase de desarrollo– los elementales criterios civilizadores de protección al débil y presunción de inocencia –en este caso presunción de humanidad[1]–la conclusión de razón y de civilización es la misma: La vida del cigoto y del embrión en cualquier momento de su desarrollo debe ser respetada como la de un bebé o como la de un ciudadano adulto, sea cual sea su estado de salud o enfermedad.Si defender el aborto no es adherirse a una posverdad irracional entonces, no sé qué pueda ser una posverdad.

La ideología de género es tan absurda que casi no merece la pena dedicarle más de un par de líneas para mostrar que es algo irracional y una flagrante posverdad. Conviene sin embargo aclarar que la ideología de género es aquella que dice que los atributos sexuales primarios no son determinantes del sexo. Que el sexo es una cosa que se elije según prefiera cada uno. Nada tiene que ver con la igualdad de derechos entre hombres y mujeres o el respeto a las personas homosexuales, cosas ambas perfectamente racionales. Pero, en vez de seguir escribiendo yo y leyendo vosotros, es mejor que veáis el siguiente video:


¿Cabe absurdidad más ridícula? ¿Qué dirían la CNMV o la SEC americana, por ejemplo, si para cumplir el requisito de paridad en los consejos de administración de las empresas un hombre dijese que en realidad se siente mujer y que, por lo tanto, lo es? ¿Alguien piensa que estos organismos aceptarían semejante estupidez? Y, sin embargo, la estupidez de la posverdad ha llegado a la legislación española. Uno puede ir al registro civil y, sin más, decidir si es hombre o mujer y que le cambien su sexo (perdón, su género) en el carnet de identidad. ¿Hasta dónde puede llegar la estupidez humana? Si se admite la posverdad, no hay límites que la paren.

Las siguientes posverdades que cito; el sistema de pensiones de transferencias, el Estado del Bienestar tal y como lo entendemos hoy en día, la redistribución de la renta por el Estado y la socialdemocracia seguro que despiertan la extrañeza de muchos, pero espero dejar claro que también son posverdades irracionales. Las voy a ver juntas porque están íntimamente relacionadas. Todo este conjunto de posverdades nace de un tronco común: el buenismo. No hay que confundir el buenismo con la bondad. La bondad busca hacer el bien basándose en la virtud de la prudencia, es decir, de la verdad como la percibe razón. El buenismo parte de una mala conciencia y quiere tranquilizarla a base de proponer medidas imprudentes que dejan de lado la razón y se para basarse en mentiras bonitas. La virtud de la prudencia no es, como se cree en su acepción común, el evitar situaciones de peligro, sino el usar la razón para, evaluando las consecuencias previsibles de una acción, decidir si merece la pena abordarla. La prudencia puede elegir, según los casos, a la luz de este análisis, la decisión más arriesgada. Pero las mentiras, por bonitas que puedan ser, acaban siempre mal y, muy a menudo, en el horror. La socialdemocracia es la corriente política que abriga las posverdades anteriores, a las que añade alguna más, como veremos. Es la heredera del fracasado marxismo y pretende que una pequeña dosis de lo que es malo en grandes dosis, es bueno. Pero veremos que no es así. Pero, si partimos de lo particular llegaremos a lo general. Así que empecemos.

El sistema de pensiones de transferencias, es decir, aquél en el que los que trabajan pagan las pensiones con sus impuestos –impuestos son, aunque no vayan por el camino del IRPF– a los jubilados ha funcionado perfectamente mientras los primeros eran muchos y los segundos pocos. Pero por causa de otra posverdad, en la que no voy a entrar, la pirámide de población se está invirtiendo por la baja natalidad a la par que los avances de la medicina alargan la vida humana –algo verdaderamente excelente. La consecuencia es lo que estamos viendo. La llamada hucha de las pensiones se vaciará en 2017. Por supuesto, si entrásemos en otra época de boom económico, la hucha podría volver a llenarse temporalmente, pero sería sólo un espejismo, porque la inexorable inversión de la pirámide sigue su curso a paso lento pero seguro y el final es perfectamente, casi matemáticamente, predecible. Pocos no pueden mantener a muchos. No debemos confiar mucho en la inmigración, porque lo deseable sería que en los próximos 30 o 40 años la gente no tuviese que huir de la miseria en sus países sino que sólo emigrasen de ellos los que saliesen enbusca de oportunidades mejores –por la oferta y la demanda, no por sus tiranos o sus guerras– de las que encuentren en su país. Y eso les llevará, sin duda, a los países más prósperos. La única solución es aprovechar esos próximos 30 o 40 años para pasar de un sistema de pensiones contributivo a uno de ahorro personal. Si todo lo que una persona paga en su vida a la Seguridad Social para pensiones fuese a su propio plan de pensiones, el problema se habría acabado. Pero eso debe empezarse ahora. Ya. Al que le queden, digamos, 10 años de trabajo activo deberá recibir cuando se jubile un, digamos 80% de su pensión por la vía contributiva, y el otro 20% por lo que ahorre en esos 10 años. Al que le queden 20 años, pongamos que eso fuese 50-50%. Pero al que esté en los primeros años de su vida laboral hay que decirle YA que sólo recibirá el 20% por la vía contributiva y que el otro 80% tiene que ahorrarlo él mismo. Y, por supuesto, a los que empiecen mañana a trabajar hay que decirles que espabilen y ahorren porque dentro de 40 o 50 años no van a ver un euro por la vía contributiva. Pero claro, esto va contra la posverdad de que hay un Estado paternal, benéfico y omnipotente que vela por nosotros y en el que podemos depositar nuestra seguridad. Esta y otras posverdades exigen que ese Estado cobre más y más impuestos cada día. Por supuesto a los “ricos”. Pero de este tema hablaremos más adelante.

Algo muy parecido podría decirse del Estado de Bienestar tal y como lo conocemos hoy. Por supuesto que en un mundo civilizado no se puede admitir que nadie se quede sin que le curen una enfermedad por ser realmente pobre. Ni que un joven se quede sin una educación digna por su pobreza. Pero este principio, del que creo que poca gente puede dudar que deba ser así en un mundo civilizado, no es lo que hoy en día se entiende por Estado del Bienestar. No, se trata de que todo sea gratis para todos. Y además, que los servicios de salud y educación no sólo los pague el Estado, sino que, además, los realice también él. Es decir, hospitales, universidades y, en menor medida, colegios de titularidad pública. Es un hecho totalmente demostrado empíricamente y, además, lógico, que cuando el Estado gestiona unos servicios que no son suyos, aunque tenga la titularidad, lo hace muchísimo peor que quien gestiona lo que realmente es suyo. “Tirar con pólvora del rey” siempre lleva a disparar a lo loco. Así tenemos un pésimo sistema universitario que fagocita a las universidades privadas relegándolas casi a la marginalidad y una sanidad pública con unos magníficos profesionales que ofrecen una magnífica calidad para unas cosas frente a una enorme ineficacia en otras, amén de una ineficiencia económica disparatada. Pero esto es un detalle. Lo importante es: ¿Por qué la gente que tiene ingresos suficientes no puede pagarse él mismo la educación y la sanidad dónde y cómo quiera? Evidentemente, este alivio en la sanidad pública se traduciría en menos impuestos con lo que, otra vez llegamos a lo mismo que antes. Si no hubiese que pagar la barbaridad de impuestos de uno u otro tipo que se van en sanidad y educación, y éstas fuesen más eficientemente gestionadas, con lo que me ahorro de impuestos me pagaría el mejor seguro médico del mundo, mis hijos estudiarían en las mejores universidades y me sobraría dinero. Pero no. La posverdad de que el Estado del Bienestar tiene que ser totalmente público y universal es otra posverdad terriblemente arraigada en el imaginario popular.

Llegamos al mito más buenista y posverdadero que pueda existir: le redistribución de la renta llevada a cabo de forma obligada por el Estado. Hay dos cuestiones previas que debo abordar antes de meterme de lleno en el tema. Primera; por supuesto, una sociedad civilizada no puede dejar, de ninguna manera que una persona que habita en ella viva en la extrema penuria. Encuentro razonable que se garantice a estas personas un mínimo de subsistencia, siempre que se defina adecuadamente el término extrema penuria y mínimo de subsistencia. Segunda; todo hombre, tenga el credo que tenga o aunque no tenga ninguno, está obligado en conciencia a atender las necesidades de otros seres humanos. Si es cristiano, esa obligación moral está escrita en primer lugar en el código ético de su religión. Pero esta obligación es interna, voluntaria y basada en el amor o, si se prefiere, en la filantropía. Y lo mismo pasa con quien no tenga ningún credo si tiene un mínimo de humanidad.Sin embargo, nadie puede obligarle desde fuera. Porque esa obligación no es de justicia. Si alguien gana lo que gana, sea mucho o poco, sin engañar a quien se lo paga y con transparencia meridiana para éste, ese dinero es, en justicia, suyo. Por lo tanto, su obligación moral de compartir no nace de la justicia sino, como se ha dicho, del amor o la filantropía.

Y ahora entro en el núcleo del problema. ¿Cómo puede el Estado quitar a nadie algo que es suyo en justicia? ¿En nombre de qué principio de razón? Se podrá decir que en nombre del principio democrático si así lo decide un parlamento debidamente elegido. Naturalmente, la práctica totalidad de los Estados lo hacen en nombre de ese principio.
Pero volveré sobre esta falacia. Por supuesto, esa redistribución no es quitar dinero a alguien y dárselo a otro, sino quitar dinero a unos para dar a otros un servicio del tipo de los que hemos visto antes en el Estado del Bienestar. Y ese dinero, lo quita el concepto de impuesto progresivo. Es decir, no que los ricos paguen más dinero que los pobres, lo que parecería lógico, sino que los ricos paguen más porcentaje de sus ingresos que los pobres. Sin embargo, esto lleva a enormes ineficiencias. La primera ya la hemos visto al hablar del Estado del Bienestar. La segunda es que al saltarse el Estado en más elemental principio de subsidiariedad, dificulta gravemente que las personas, ricos o pobres, ejerzan libremente su obligación moral de compartir. Hay que reconocer que si el Estado le quita a alguien el 50% de lo que gana, a ese alguien le quedan pocas ganas de compartir porque piensa, y con razón, que ya se lo ha dado al Estado. A pesar de esto, nunca en la historia de la humanidad ha habido más donaciones a ni una pléyade mayor de ONG’s que se desviven por los más necesitados de los más diversos tipos y que viven de donaciones gratuitas de millones de personas. ¡Qué no sería sin esa intolerable presión del estado! La tercera es que el Estado –o los burócratas de todo tipo que ejercen la función de distribución de la renta– es demasiado grande y está demasiado lejos de la gente como para saber quién tiene verdadera necesidad de qué. Y eso hace que las ayudas vayan, demasiado a menudo a quien no las necesita y, en cambio, se quede ayuna mucha gente que sí lo necesita. Esto no pasa con las ONG’s, que están pegadas al terreno. Por último, los impuestos progresivos y los subsidios mal administrados crean dos incentivos perversos. Por el lado de los “ricos” el abuso de impuestos, por mucho que esté aprobado por un parlamento democrático, merma el incentivo para invertir y emprender. Y esto no hay ley que lo pueda suplir, salvo que caigamos en el totalitarismo. Por el lado de los “pobres”, los subsidios disminuyen el incentivo por trabajar. Conozco a gente que le quema cualquier subsidio y que si en un momento lo necesita de verdad vive sin vivir en él hasta que encuentra un trabajo y se libera del subsidio. Pero también conozco a otros que han encontrado el “trabajo” de vivir sin trabajar accediendo a diversos subsidios. Una persona que conozco, que ha dedicado toda su vida a luchar contra la pobreza en Hispanoamérica me decía: “El subsidio crea dependencia, la dependencia crea resentimiento, el resentimiento crea odio y el odio crea violencia”. Creo que es muy cierto. Algo similar pasa con el incentivo por el lado de los “ricos”. Aunque hay gente que invertiría a pesar de altos impuestos, otros lo dejan de hacer en cuanto los impuestos les ahogan un poco. Lo que nos lleva a que cuanto más progresivo sea el impuesto y el subsidio llegue con más dinero a más gente, a más personas alcanzará el incentivo perverso para no invertir o para no trabajar. Y estos incentivos perversos afectarán sin duda a la prosperidad y capacidad de crear riqueza de ese país. Creo en la mayor injusticia que puede cometerse es la de no permitir la creación de riqueza. Si se hace esto se llegará a un reparto de la pobreza, algo que ya debería resultarnos familiar en el experimento comunista. Magnífica posverdad ésta de la redistribución de la renta por el Estado.

Llegamos por último a la socialdemocracia. La socialdemocracia aglutina dentro de sí todas las posverdades anteriormente descritas, más alguna que le es propia. La socialdemocracia es la heredera del comunismo, en los países en los que éste no tuvo éxito. En la mayoría de éstos, la socialdemocracia ha renunciado explícitamente al marxismo. No es el caso de España, donde el PSOE no ha rechazado oficialmente esta ideología. Pero sea como fuere, el socialismo internacional, en los países en los que el comunismo no pudo implantarse, ha adoptado una variante del adagio de “si no puedes vencerlos, únete a ellos”, por el más peligroso de “si no puedes vencerlos, parasítalos”. Y eso es exactamente lo que está haciendo la socialdemocracia en occidente. Y, además, lo está haciendo con notable éxito porque, con independencia de si gana o no las elecciones, está arrastrando a los partidos de corte más liberal a adoptar cada vez más y más deprisa sus premisas, por miedo a perder las elecciones. Porque, naturalmente, las posverdades anteriores son atractivas para la opinión pública (esa es la esencia de la posverdad). Prometer más “beneficios sociales” a costa de imponer más impuestos a los “ricos” es algo aplaudido por la opinión pública. De ahí que se puedan imponer democráticamente estas posverdades. Claro, esto lleva a considerar cada vez más personas en la categoría de “ricos” y a aumentar la presión fiscal hasta alcanzar el límite de la voracidad. Para ello se recurre a tener bajo el más estricto control las más pequeñas parcelas de la economía y a crear cada vez los más variopintos hechos fiscales imponibles con tasas inicialmente pequeñas, pero que siempre se aumentan. El Estado se convierte así, poco a poco, en Big Brother. Y a medida que mete a más personas en el saco de los “ricos”, sube los impuestos e inventa otros nuevos, frena la creación de riqueza y la prosperidad general, lo que va haciendo el problema crónico. Pero mientras la categoría de ricos sea menos numerosa que la de “pobres”, la máquina política funciona, aunque la económica se vaya atasca. Y claro, no serán estos países los que atraigan la inmigración libre que pueda suplir su nula natalidad. El problema se agrava. Y, claro, cuando subir los impuestos se va haciendo cada vez más difícil se recurre a una “solución” terrible. El endeudamiento salvaje de los Estados. Ni siquiera Keynes, cuyo nombre invocan los socialdemócratas como si fuese el oráculo de Delfos, se creería los niveles de endeudamiento a los que han llegado los países desarrollados en esta carrera hacia la socialdemocracia de todos los partidos. Ninguna familia puede funcionar bajo la posverdad de que se puede gastar indefinidamente más de lo que se gana. Pero los Estados creen, o al menos han creído hasta hace poco, que para ellos esta posverdad funcionaría indefinidamente. Y en esas estamos. Los odiados recortes, los más odiados hombres de negro, el victimismo de echar la culpa a la UE de que la posverdad no funcione, el Berxit, los populismos, etc. Pero el reino de la posverdad está acabándose, aunque no me atrevo a añadir, afortunadamente. El sano organismo que ha sido capaz de crear una riqueza inusitada en los últimos 200 años, que ha disminuido la pobreza en todo el mundo hasta hacer que sea menor al 10% y que siga disminuyendo, que va cerrando poco a poco la brecha entre los países desarrollados y los que están llegando a serlo, que ha hecho aparecer una inmensa clase media inexistente en toda la historia de la humanidad, está siendo parasitado por una socialdemocracia basada en posverdades –y ella misma una posverdad que usa mentiras posverdaderas para desprestigiar ese milagroso sistema– que la parasita hasta debilitarla y dejarla en la postración. ¿Qué pasará cuando ese sano organismo muera? No lo sé, pero no me gustaría estar ahí para verlo. Me temo, sin embargo, que tal vez lo vea. Pero me caben pocas dudas de que mis hijos y nietos lo verán y eso me preocupa profundamente. Como decía Jeremy Shapiro en el envío anterior: “los hechos se acabarán cobrando venganza, pero ¿con cuánto sufrimiento?”. Y, mientras tanto yo, erre que erre, luchando contra la hidra siguiendo el consejo de Tolkien: “no parece haber nada más que hacer que negarnos personalmente a venerar cualquiera de las cabezas de la hidra”. Porque quiero evitar, en la medida de mis pequeñas fuerzas que se haga realidad lo que intuyo, premonitoriamente, Alexis de Tocqueville cuando escribió, en 1835 en su obra “La democracia en América”: “Veo una incontable multitud de hombres, todos similares e iguales. Sobre ellos se yergue un inmenso y protector poder, único responsable de suministrarles sus diversiones y cuidarse de su destino. Es absoluto, meticuloso, ordenado, providente, y amablemente dispuesto. Es un poder regulador que extiende sus brazos sobre toda la sociedad, abarcando toda la superficie de la vida social con una red de reglas pequeñas, complicadas, detalladas y uniformes, hasta reducir a cada nación a tan solo un rebaño de animales tímidos y duramente trabajadores con el gobierno como pastor”. Lo que no llegó a ver Tocqueville es que esa sociedad sería, además, una sociedad depauperada con lo que el Estado Leviatán no podría cuidar de absolutamente nadie.

Y doña Irene Lozano, que tan acertadamente me puso sobre la pista de las posverdades con el artículo que dio pie al envío pasado, debería ayudarme en esto. Pero, ¿por qué sospecho que vive dentro de todas las posverdades que denuncio en estas líneas? ¿Tal vez por su pasado de UPyD y PSOE? Que me perdone si me equivoco. La gente puede cambiar.

P. D.

Perdonad que alargue todavía un poco más este envío, pero es que anteayer mismo, las redes ardieron con un mensaje que seguramente habréis recibido y que se basa en una posverdad. Pedían un boicot a las pérfidas eléctricas que, mediante un siniestro complot subían un 33% el precio de la electricidad en plena ola de frío polar (deberían ir a Chicago o a Boston en invierno para saber lo que es frío polar), apagando la luz durante media hora para que sus pérdidas fueran notables. Hacían una llamada subliminal al gobierno para que no lo permitiese. Esto es pura lógica madura, o sea, made in Maduro. Nadie se para a pensar lo que realmente pasa. Se juntan varios factores. 1º Precisamente con el frío, la demanda de electricidad aumenta. 2º A esto se añade que las escasas lluvias hacen que las centrales hidráulicas, con la energía de coste variable más barato, tengan que producir menos. 3º El aumento del precio del petróleo, hace que el coste de las térmicas aumente. 4º Nuestro magnífico ecologismo (otra posverdad de la que podría hablar) ha hecho que no tengamos apenas energía nuclear que es la más barata junto con la hidráulica y 5º En Francia, también llevadas por un ecologismo ridículo, han cerrado varias centrales nucleares y, la demanda y la oferta de electricidad es paneuropea porque todas las redes, afortunadamente, están conectadas. Claro, esto ha hecho que la demanda aumente y que la oferta baje y, por tanto, que el precio suba. “¡Ah!, –dirán algunos– la pérfida ley de la oferta y la demanda. Que el gobierno fije el precio sin dejarse llevar por la tiranía del mercado”. Claro, con su lógica madura no se dan cuenta de que si el gobierno mantuviese el precio bajo pasándose por el arco del triunfo la oferta y la demanda, la producción de electricidad bajaría a ese precio, mientras la demanda se dispararía. Consecuencia: Nos encontraríamos con cortes de electricidad y entonces se protestaría por los cortes que tendrían consecuencias enormemente más graves. Pero, ante esto, muchos se pasan de la lógica madura a la chavista. “Pues entonces –argüirían– que obliguen a las eléctricas a producir aunque no les compense. Y so así las pérfidas eléctricas ganan menos, mejor”. Claro, pero entonces las eléctricas no invertirían y llegaríamos a lo mismo a que ha llevado la lógica madura-chavista, a cortes y restricciones de luz constantes. Porque eso, exactamente eso es lo que ha llevado a Venezuela a donde está. Y que se haga lo mismo con el pavo y el cordero en Navidad, con el pan, con el… ¿dónde paramos? Este es el camino de servidumbre –título de un importante libro del liberal Hayek– que nos lleva a la tiranía. Y una vez que estamos en el resbaladero, salir de él es muy difícil. Y se acaba en el hoyo. Podría seguir tirando del hilo y ver más facetas de esta ridícula lógica madura-chavista, pero sería abusar todavía más de vosotros. Así que lo dejo. Pero ante el incendio de las redes sociales de anteayer, no he podido evitar este comentario. Como dice Arcadi Espada a su querida liberada en su artículo de El Mundo del Domingo 15 de Enero pasado: Pero ya advierto tu mohín escéptico. No solo la verdad. La objetividad, los hechos, la termodinámica, el sentido común, el futuro, la biología, la inteligencia... Todo de derechas.
Así que sigue ciega tu camino.
A”.

Para el que tenga ganas de leer el magnífico artículo de Espada, ahí va el link.


P. D. de la P. D.

Ni 48 horas ha tardado el gobierno en intervenir en el mercado para que la energía baje. Y no lo ha hecho renunciando a pare del 50% de impuestos que hay en el precio. No. Eso iría contra el déficit. ¿Para qué va a pagarlo él cuando se puede buscar alguien que lo haga a la fuerza? Ha obligado a ENDESA y Gas Natural a producir más de lo que creen oportuno para que al aumentar la oferta artificialmente, baje el precio, a costa de los beneficios de las empresas energéticas (porque el precio bajará para todas). “Muy bien –dirán los de lógica “madura”– que paguen las empresas. Qué conste que a mí me encanta que mi factura de energía no suba demasiado, pero ni dejo de preguntarme por qué demonios van a tener que pagar parte de mi factura de la luz los accionistas de las empresas energéticas. Y, la verdad, no le encuentro sentido. Tampoco se lo encontraría si lo pagase el Estado, o sea, todos los contribuyentes. ¿No pide la lógica de verdad que lo pague yo? ¿O que baje el termostato un grado? Aunque fuera haga un supuesto “frío polar”, si yo bajo el termostato un grado, en mi casa sólo bajará la temperatura un grado. ¿Qué tengo que estar en mi casa con jersey en vez de en mangas de camisa? Bueno, pues así deberá ser. Porque cuando el estado paga eso u obliga a las eléctricas a que lo paguen, eso tiene un precio para todos. Porque el Estado no es un padre benéfico que de algo gratuitamente, es más bien, en palabras de Hobbes, un Leviatán. Y cuando le entregamos a él para que nos saque nuestras castañas del fuego, lo pagamos con una moneda carísima, pero que no se aprecia hasta que se pierde. La libertad. Pero, en nombre de nuestra querida liberada, sigamos ciegos nuestro camino. Por ese camino de servidumbre se llega a Venezuela.



[1] La presunción de inocencia nace del principio de que es mejor que un culpable salga libre que que un inocente sea condenado. Admitiendo, sólo metodológicamente, porque no es razonablemente admisible, que no supiésemos cuando hay un ser humano y aplicado el equivalente a la presunción de inocencia, el principio de presunción de humanidad diría que es mejor que se respete la vida de un ser vivodel que se pudiera pensar, aún sin estar seguro del todo, que todavía no fuese humano a acabar con la vida de un ser humano.