20 de mayo de 2018

Pentecostés: una mirada al cristianismo a través de los dones del Espíritu Santo


Nunca había entendido muy bien qué eran los dones del Espíritu Santo. Suponía que debían ser cosas buenas, pero no me sabía siquiera su lista. Un día que los vi enumerados, me pareció que varios de ellos sonaban a lo mismo. Don de sabiduría, de ciencia, de inteligencia, de consejo. Los mismos perros con distintos collares, pensaba. El de fortaleza me sonaba realmente bien, pero el de piedad parecía un poco triste y, sobre todo, el de temor de Dios me parecía definitivamente contrario a mi creencia en un Dios que era Amor. Desde luego el tema tampoco me importaba demasiado. Una cosa más del galimatías de palabras incomprensibles.

Pero cierto día cayó en mis manos un libro[1] cuyo título llamó mi atención. Se llamaba “Guía de las dificultades de la fe católica”. En el índice había un apartado dedicado a los dones del Espíritu Santo y por ahí lo empecé. Por primera vez en mi vida lo entendí. Desde entonces, algo de mi tiempo de meditación ha estado orientado hacia la comprensión de estos dones. Estas reflexiones mías son las que a continuación plasmo en el papel. Santo Tomás, en la Suma Teológica ha definido mucho mejor de lo que yo nunca pueda hacer, estos dones y, hasta donde sé, de una forma diferente. Creo sin embargo que no es heterodoxa mi manera de verlos y si a mí me ayuda pensar en ellos así, tal vez pueda ayudar también a otros.

El don de ciencia

A mi modo de ver, todo empieza por el don de ciencia. El don de ciencia del Espíritu Santo no discurre por argumentos filosófico-teológicos sobre el conocimiento de Dios. Es una Gracia, que está al alcance de los más sencillos, con independencia de su formación filosófica. Y esta Gracia permite, a cualquier ser humano, remontarse de las criaturas al Creador. Si quien tiene esta Gracia puede, además, buscar y encontrar demostraciones filosóficas, tanto mejor para los demás, porque para él son tan inútiles como unas muletas para el campeón mundial de los cien metros lisos. Es probable que quien lea estas líneas haya experimentado más de una vez un sobrecogimiento casi religioso al contemplar un paisaje grandioso o una noche cuajada de estrellas. Ahí está actuando el don de ciencia. Yo, que a menudo necesito muletas, las he encontrado en la ciencia actual. Las reflexiones que vienen a continuación ni son el don de ciencia del Espíritu Santo ni una demostración de nada. Tal vez estén a mitad de camino entre una y otra, lo que puede querer decir que son un puente o que no son nada. Que cada uno elija.

Si uno contempla una noche cuajada de estrellas puede percibir, más o menos, unos mil puntos de luz. Son en su mayoría estrellas de nuestra propia galaxia, la Vía Láctea. Lo que llamamos Vía Láctea, esa mancha lechosa que cruza el cielo, no es otra cosa que nuestra galaxia, vista desde dentro. Cuando en 1610 Galileo miró la mancha de la Vía Láctea a través de un telescopio por primera vez en la historia, descubrió que estaba formada por muchísimas estrellas. Estaban tan juntas que no se podían ver de forma individual a simple vista. Al ser la galaxia como un disco aplanado, si se mira dentro del plano del disco, se ven tantas estrellas que parecen una mancha lechosa. Pero en el resto de direcciones se ven de forma individual las estrellas de la galaxia que no están en el plano del disco. Se estima que en la Vía Láctea hay unos doscientos mil millones de estrellas.

Pero mirando algunos puntos de luz con un telescopio suficientemente potente, se percibe que no son estrellas, como pudiera parecer a ojo desnudo, sino otras galaxias. Hoy en día, a medida que se construyen telescopios cada vez más potentes, se siguen descubriendo nuevas galaxias. Se estima que puede haber unos cien mil millones de galaxias como la Vía Láctea, con doscientos mil millones de estrellas cada una. Si multiplicamos una cifra por la otra sale la escalofriante cifra de doscientos mil millones de billones[2] de estrellas.

Ahora bien, ¿de dónde ha salido este universo tan inmenso y como se ha formado? Contestar a estas preguntas nos llevaría un libro entero[3], pero casi todos los científicos están hoy día de acuerdo de que el universo nació de un punto sin dimensiones en el que se concentraba toda la materia que hoy lo forma. Ese punto y ese momento, se llama el Big Bang. ¿Qué había antes del Big Bang y por qué ocurrió? Nadie lo sabe y, lo que es más grave, nadie podrá saberlo nunca. Todos los científicos, hasta los pocos que no creen en el Big Bang, admiten que, si éste ha tenido lugar, nunca, ningún aparato de medida, podrá jamás medir lo que había antes. Este tema cae, por tanto, fuera de las fronteras de la ciencia. Sin embargo, abundan las teorías que buscan explicaciones más o menos razonables a lo que había antes. Ninguna de ellas es científica. Yo tengo mi teoría. Científicamente indemostrable, como cualquier otra. Se llama creación de la nada. Y la causa necesaria y suficiente de esa creación de la nada se llama Dios. Si bien es cierto que yo no puedo demostrarla, no es menos cierto que nadie puede refutarla. La ciencia del siglo XX ha abierto la puerta a la Creación y, por lo tanto, a Dios. Si el Espíritu Santo nos concede su don de ciencia, podremos franquearla.

Pero, sin intentar, ni mucho menos, agotar el tema, quiero dar otro argumento más de estos a mitad de camino entre el don del Espíritu Santo y la demostración. El universo es como es gracias a una finísima sintonía entre unas constantes que gobiernan sus leyes. Estas constantes son la velocidad de la luz, la constante gravitatoria, la de Planck, la electrostática y la carga del electrón. Si estas constantes no guardasen un improbabilísimo equilibrio, el universo podría haberse mantenido indefinidamente como una etérea nube de hidrógeno. O haberse condensado, en menos del tiempo que tarda en leerse esta línea, en un inmenso y único agujero negro. O vaya usted a saber qué. Pero no, desde luego, en este universo estructurado en estrellas, galaxias, cúmulos de galaxias, supercúmulos de galaxias, etc. Y, evidentemente, no existirían unos seres inteligentes, llamados hombres, que pudieran preguntarse cómo es el universo y cómo ellos mismos han llegado a aparecer el él.

El premio Nobel de física Roger Penrose estima en una entre 10 10^128 las probabilidades de un universo viable[4]. La cifra anterior no podría escribirse en notación decimal ni poniendo un 1 con tantos ceros como átomos componen el universo. Deberíamos preguntarnos si parece concebible que esta casi imposible casualidad se haya dado por azar. O si nos parece más razonable pensar que hay una mente creadora que ha planificado que el universo sea, precisamente, como es. A la medida para que nosotros seamos capaces de contemplarlo maravillados. El filósofo Guillermo de Occam enunció hace siglos otro principio que aún hoy en día goza de gran popularidad entre los investigadores. De forma coloquial se le llama la tijera de Occam y viene a decir que de dos explicaciones de un fenómeno, la más sencilla tiene más posibilidades de ser cierta. Naturalmente la tijera de Occam no es un principio de certeza, pero es bastante razonable. Y, si Gillermo de Occam aplicase al problema que nos ocupa su famosa tijera, ¿cuál sería la explicación más sencilla del universo, la de la casualidad o la del creador? Me parece que la pregunta es claramente retórica, de forma que no me voy a tomar la molestia de contestarla.

Sin embargo, quien no quiere dar el paso necesario para creer puede buscar un contraargumento a esa tijera. Se sugiere la posibilidad de que se hayan formado un número inmenso –¿infinito?– de universos. Una abrumadora mayoría de ellos no sería viable y, por tanto, no habría aparecido en ellos ninguna inteligencia capaz de preguntarse por el devenir de su cosmos. Tan sólo en unos pocos habría aparecido la consciencia. Uno de esos es el nuestro y, por tanto, lo que a nosotros nos parece una improbabilísima casualidad, no lo es en realidad. Es sólo el fruto de un casi infinito número de pruebas fallidas por el azar para obtener un éxito. De modo que, para eludir un problema, el de la inmensa improbabilidad de un cosmos aleatorio que desarrolle inteligencia, se crea otro mayor. Si no se puede explicar científicamente cómo, por qué y para qué aparece un universo, es necesario, ahora, explicar la formación de infinitos. Aún sigo creyendo que es más sencilla la explicación de un Creador y me parece que Guillermo Occam seguiría cortando con su tijera argumentos como el del inmenso número de universos inútiles. Pero, en cualquier caso, ni la existencia de un Creador, no la de un número inmenso de universos inviables, son comprobables empíricamente y no son, por tanto, científicas.

No tengo mucha confianza en mi capacidad de crear belleza con mi prosa, pero, aunque tuviese las dotes de Shakespeare, estoy seguro de que a ningún lector le habría recorrido la espalda un escalofrío de sobrecogimiento religioso al leer las líneas anteriores. Dudo también que ningún lector haya quedado racionalmente convencido de la existencia de Dios por lo anterior. Porque es sólo, y precisamente, el don de ciencia del Espíritu Santo el que, ante la contemplación de el cielo estrellado, puede hacernos decir con un escalofrío: Sí. Sí a tu existencia, Dios mío. No por lo que me diga la razón, aunque ésta no se oponga a tu existencia. Sí porque algo, en el fondo de mí mismo, me impulsa a reconocer como indudable tu probada o no probada existencia. Ese algo, sólo ese algo más allá de la razón, aunque no en contra de la razón, ese calor, esa alegría exultante y afirmante que confirma mi certidumbre, eso, es el don de ciencia del Espíritu Santo.

El don de temor de Dios.

Una vez que nuestra mente inspirada por el don de ciencia del Espíritu Santo ha dado el paso para afirmar asombrada la existencia de Dios, empieza a maravillarse de la grandeza de ese Dios que acaba de descubrirse. Uno puede conocer sólo su pueblo o haber viajado por todo el mundo. Puede saber apenas escribir o conocer todo lo que la ciencia humana dice de la grandeza del universo. Pero siempre, cualquier ser humano se da cuenta de su pequeñez frente a la más pequeña de las fuerzas de la naturaleza. Un poco de resaca en una playa puede acabar en minutos con la vida de una persona. Una fuerte lluvia, un árbol que se cae en un bosque, un viento impetuoso. Son tantas y tantas las cosas cotidianas que pueden dar al traste con nuestra vida.

No hay, por tanto, que ser un sabio para darse cuenta de la grandeza de la creación y de nuestra pequeñez. Sin embargo, un poco de conocimiento de nuestro universo puede hacer que se acentúe esta sensación. La marea, la lluvia, el árbol o el viento no son sino un minúsculo accidente en un planeta que tiene 40.000 Km. de circunferencia. Harían falta veinte millones de personas tumbadas una a continuación de la otra para abrazarlo. Todos los humanos vivos, apiñados como en una manifestación, cabrían en un territorio equivalente a menos del 1% de España, menos de la cienmilésima parte la superficie total de la Tierra. No somos nada ante la fuerza de nuestro planeta y lo sabemos. Pero nuestro planeta es menos que nada ante el universo. Vamos a dar un paseo por él.                                                                                    La Tierra es una esfera con un diámetro aproximado de 12.700 Km que gira alrededor del Sol en una trayectoria ligeramente elíptica, casi circular, de 150 millones de Km. de radio. Para expresar las magnitudes de algunas distancias, se toma como unidad esta distancia de la Tierra al Sol, que recibe el nombre de "unidad astronómica" (UA). La esfera solar tiene un  diámetro de 1'4 millones de Km. Esto quiere decir que dentro del Sol cabrían más de 1 millón  de  Tierras.  Si en vez de tamaño, hablamos de masa, la del Sol es más de 2 x 1027 Tm (un 2 seguido de 27 ceros), cantidad que no sé cómo se nombra, pero que podríamos describir como dos mil billones de billones europeos[5]. Como tampoco esto nos dice nada, diré que si una tonelada fuese una gota de agua, el Sol tendría la masa del Mediterráneo. Alrededor del Sol giran otros planetas, y todos juntos componen el Sistema Solar. El más exterior de estos planetas es Plutón, que tiene una órbita bastante elíptica, y cuya distancia media al Sol es de 5910 Millones de Km. o, lo que es lo mismo, 39,4 U.A.

La estrella más cercana al Sol es Alpha Centauri que dista 40,5 billones europeos de Km., ó 270.000 U.A. Dado que las distancias del universo son enormemente mayores, la U.A. se convierte enseguida en una unidad ridículamente pequeña y se utiliza el año luz, que es la distancia recorrida por la luz, a 300.000 Km/seg., en un año. Un sencillo cálculo nos dice que, 1 año luz es 9,44 billones de Km ó 63.072 U.A. Por lo tanto Alpha Centauri dista 4,29 años-luz de la Tierra.

El Sol, su vecina Alpha Centauri y otros 200.000 millones de estrellas más están agrupadas en un enjambre con forma de disco en espiral que es la galaxia de la Vía Láctea de la que ya hemos hablado. Nuestra Vía Láctea, tiene un diámetro de 100.000 años luz (evidentemente me niego a expresar esta distancia en Unidades Astronómicas y mucho menos en Km.), y el Sol se encuentra a unos 30.000 años-luz de su centro, es decir, más cerca del borde que del núcleo central. Tampoco el Sol es una estrella aparatosa. Si hablamos de tamaño, hay estrellas como Aurigae B cuyo diámetro es 2.000 veces el del Sol.

Pero la Vía Láctea es sólo una galaxia entre las más de los 100.000 millones de ellas que se estima pueblan el universo. Si vamos ampliando nuestro horizonte, como un paleto que empieza a salir de su pueblo, nos encontraremos con las Nubes Magallanes que son dos pequeñas galaxias que se encuentran a unos 500.000 años-luz de la Vía Láctea. Un poco más allá, a 2'7 Millones de años-luz, nos encontramos con Andrómeda, una respetable galaxia con un diámetro de 200.000 años-luz, que se estima tiene el doble de estrellas que la Vía Láctea. Estas cuatro galaxias Vía Láctea, Andrómeda y Nubes de Magallanes y varias otras más pequeñas, forman lo que se llama el Grupo Local. Este nombre parece indicar que todavía vamos por carreteras comarcales. Y es verdad, porque más  allá,  hasta  unos  15.000  Millones de años-luz, se extiende el vasto universo con sus 100.000 Millones de galaxias, la inmensa mayoría de ellas invisible a simple vista desde la Tierra.

Las galaxias no están uniformemente distribuidas por el espacio. Suelen aparecer agrupadas en racimos llamados cúmulos de galaxias. A una escala mayor, los cúmulos de galaxias aparecen agrupados en supercúmulos que a su vez se agrupan en formaciones filiformes que darían al universo, si lo viésemos con una perspectiva suficientemente amplia aspecto de una maraña de hilos con enormes espacios vacíos entre ellos.

Me gustaría terminar este paseo por el cosmos con un sencillo cálculo. Si el número de galaxias del universo se estima en 100.000 millones y cada galaxia tuviese un promedio de 200.000 Millones de estrellas, que es lo que tiene la Vía Láctea, esto nos ofrece a la imaginación un universo con 20.000 millones de billones europeos de estrellas. Número, desde luego, inimaginable. Ante un universo así, sólo cabe el asombro.

Y entonces surge la pregunta. ¿Qué es el hombre al lado de Dios? Y la respuesta. ¡Nada! Ahora puede llegar el don de temor de Dios. No creo que la palabra temor deba entenderse como miedo, sino como respeto impregnado de admiración por su grandeza. Yo no temo al mar tranquilo cuando me baño en él, pero sería estúpido de mi parte meterme a cien metros de la playa un día de fuerte marejada. A la mayor parte de la gente que se ahoga en las playas cada verano le sobreviene la desgracia porque su ignorancia le hace carecer del debido respeto por el mar. Ese respeto, en principio un poco temeroso, hacia Dios es el suscitado por el Espíritu Santo a través de su don de temor de Dios. Como he dicho antes, no es condición ni necesaria ni suficiente conocer la inmensidad del cosmos para experimentarlo. Millones de gentes sencillas lo sienten y, sin embargo, muchos científicos son incapaces de sentirlo. La soberbia es, con toda seguridad, el mayor obstáculo para este don del Espíritu Santo.

El don de inteligencia

Pero si uno está iluminado por ese don, el de temor de Dios, lo normal es que quiera conocer todo lo posible de ese mar en el que está inmerso lo quiera o no. Es enorme el número de religiones que hombres de toda época y lugar han desarrollado para entender a Dios. Sobre todas planea el problema del mal, del sufrimiento y, en última instancia, de la muerte. Casi todas, de una u otra manera buscan una esperanza de inmortalidad. Las más primitivas divinizan las terribles fuerzas de la naturaleza e idean ritos para evitar su ira o lograr su benevolencia. Otras más avanzadas buscan en el interior del hombre la sabiduría para evitar o, al menos, aceptar con estoicismo, la caprichosa voluntad de dioses personales o impersonales. Otras, por último, dicen que el propio Dios se ha revelado a los hombres para explicarles quién es, cómo es y por qué actúa de una determinada forma. Estas últimas son las llamadas religiones del Libro. Son el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Todas tienen un nucleo común, el Pentateuco. Sobre él, los judíos han añadido una serie de libros que no aceptan los musulmanes que, en cambio, han tejido sobre el Pentateuco, el Corán dictado, según dicen, directamente por Dios a Mahoma. Los cristianos, por su parte aceptan todo el texto sagrado judío, al que añaden algunos libros para formar el llamado Antiguo Testamento, sobre el que ponen los Evangelios y otros libros y cartas posteriores a la predicación de Cristo, formando el Nuevo Testamento que, junto con el Antiguo, conforman la Biblia.

Ni soy yo la persona ni este es el lugar para hacer un estudio comparativo de textos, pero todas las religiones del Libro aceptan el Génesis –aunque el Islam lo adapte a su manera– como el primero de ellos en orden cronológico. Ya en las primeras líneas del Génesis aparecen las bases del credo de las tres fes. El mundo ha sido creado por un Dios Todopoderoso y ha sido creado bueno. Las fuerzas de la naturaleza no son dioses. Antes bien, han sido puestas al servicio del hombre. Las tres aceptan también un principio del mal que ha aparecido, no por voluntad de Dios sino como un accidente. Este accidente ha sido posible a pesar de un Dios Bondadoso, Todopoderoso y Omnisciente porque éste ha limitado libremente su Poder para dar cabida a la libertad de algunas de sus criaturas, ángeles y hombres. Esta libertad es absolutamente necesaria para la plena felicidad de esas criaturas y, por eso Dios, tomando esta libertad y esta felicidad absolutamente en serio, no ha dado marcha atrás cuando el mal, un riesgo posible, ha hecho su aparición. Donde difieren las tres religiones es en la estrategia de Dios para arreglar el desaguisado por el que han entrado en el mundo el mal, el sufrimiento y la muerte.

Las tres religiones han desarrollado diferentes códigos de conducta para mitigar los males y lograr la inmortalidad, pero sólo una de las tres religiones, el cristianismo, ha tenido el atrevimiento de decir que el propio Dios ha tomado la condición humana, ha compartido los padecimientos de los hombres, ha sufrido la muerte, ha llevado a los últimos extremos la obediencia a la Voluntad de Dios y, así, nos ha abierto la puerta de la salvación.

La Biblia es un Libro inagotable en su profundidad y sabiduría. Sin embargo, uno puede leerlo cientos de veces y no ver en él más que un conjunto de historias, más o menos bonitas, más o menos edificantes, más o menos brutales, pero nada más. Otra persona puede quedar deslumbrada por una sola frase de este Libro de libros. La fuerza de la Palabra del propio Dios es enorme, pero no mayor que la libertad del hombre. Somos libres para aceptarla o rechazarla. Si la aceptamos empieza a actuar en nosotros el don de inteligencia. Inteligencia quiere decir leer entre líneas. Si uno lee la Biblia de forma reiterada y con apertura de espíritu, poco a poco se va formando un dibujo cada vez más nítido de las intenciones de Dios. Y poco a poco se comprende, se entiende, se atan cabos. Todo va encajando con todo, como en un inmenso rompecabezas en el que cada pieza tiene su sitio y, al mismo tiempo, la totalidad está presente en cada pieza. Se hace la luz y a esa luz todo cobra sentido. Nada es reemplazable por nada y todo es coherente con todo. Es el don de inteligencia el que está actuando.

Y actúa tanto en los que son inteligentes, humanamente hablando, como en los más simples. No es una cuestión de inteligencia humana, sino de actuación divina. Más aún, a veces la inteligencia humana, si nos lleva a la soberbia, se convierte en un freno para esa actuación. Por eso Cristo decía: “Te doy gracias, Padre, porque has revelado estas cosas a los sencillos de corazón y se las has ocultado a los soberbios”. Sencillez, humildad es la clave. Dios resiste a los soberbios. La Iglesia, que vela por que la palabra de Dios llegue completa a todos, no deja de leerla cada domingo, cada día, en la celebración de la Misa. Así, la palabra de Dios en su totalidad, amplificada y enriquecida por la caja de resonancia de la liturgia, puede ser oída íntegramente por cualquier hombre, aunque no sepa leer, en un ciclo de tres años. Y con ella va haciéndose la luz.

El don de piedad filial.

Y la luz que va apareciendo se llama Amor. El alma, a la luz de el don de inteligencia, se da cuenta de que todo empieza y termina en el Amor de Dios. La creación, el hombre, la libertad, la historia, todo nace convocado por la luz del Amor de Dios. Y la culminación de ese Amor es la entrega del propio Dios al plan de salvación del hombre amado y caído. Dios Hijo, deja el empíreo y se hace parte de la historia. Por el más grande acto de amor que se pueda imaginar se reviste de carne, nace, vive y muere con nosotros. Entonces, el código moral deja de ser un simple código mercantil con el que se pueden ir ganando puntos que nos hacen acreedores a un premio y se convierte en un código de salvación dado por Amor y sellado con la sangre del mismo Dios. Como un licor se obtiene a base de hacer pasar por el alambique una y otra vez el vino, así se va destilando en el alma del creyente la comprensión del Amor de Dios por la acción del su propio Espíritu.

Entonces es cuando entra en escena el don de piedad filial. De pronto nos sentimos hijos. Hijos amados hasta extremos que a la inteligencia humana le cuesta calibrar. Sólo el Espíritu Santo es capaz de hacernoslo comprender, saber y, sobre todo, sentir. Sólo Él nos permite hacernos otra vez niños, volver al claustro materno del Amor de Dios, para poder volver a nacer. Nos sentiremos, frágiles, pequeños, necesitados, pero confiados. Confiados en que ese Dios fuerte y grande es nuestro Padre y nos quiere y protege. Entonces nos sale del fondo del alma la llamada ¡Abba!, ¡Papá!. Si el don de la piedad filial nos acompaña, el miedo a los problemas de la vida, a las fuerzas de la naturaleza, al dolor, al sufrimiento, a la misma muerte, desaparece. El Señor de la vida, el que da órdenes a esas fuerzas, el que domina el dolor, el que ha vencido a la muerte es nuesto Padre, poderoso y protector.

Entendemos también, a la luz de la inteligencia de la Revelación que la protección de Dios no quiere decir que no vayamos a pasar por momentos de dificultad y de dolor. Nunca en la Revelación de Dios se nos ha prometido semejante cosa. Pero somos conscientes de que todos esos momentos, por terribles que puedan llegar a ser, son sólo un trámite. Que el fin es el descanso, la paz, el sosiego eterno en las manos de nuestro Padre. Agradecemos el regalo y aceptamos los trámites. Todo lo tenemos por basura con tal de ganar a Cristo y su salvación. Podemos pasarnos horas ante el Sagrario, donde, ilustrados por el Espíritu de inteligencia, sabemos, con una profunda certeza existencial, que está el mismo Cristo. Ahí buscamos la fuente de paz y armonía en medio del caos de este mundo y bebemos de ella. Ahí nos sentimos hijos amados. Ahí nos anonadamos. Si pudiera quedar algo de miedo a un Dios terrible, se esfuma como por ensalmo. Queda, por supuesto el respeto a su grandeza, el agradecimiento por venir a nuestro encuentro con su Revelación y con su entrega incondicional. Sí puede quedar un temor es el de no estar a la altura de su Amor.

El don de consejo.

Empieza a aparecer un sentimiento de necesidad de dar una respuesta. ¿Qué puedo hacer yo para responder a tanto Amor? ¿Qué necesita de mí este Dios? La respuesta es, obviamente, nada. Pero la bondad de Dios ha superado todos los límites. Además de hacernos libres ha concedido valor a nuestros actos. Dios Omnipotente pide permiso a nuestra libertad para actuar a través de nosotros. Nos permite darle una respuesta y cooperar con su plan de salvación, en la venida de su Reino de Amor, Verdad y Justicia. Pero, ¿cómo? ¿De que manera puedo yo colaborar para que venga tu Reino? Instruyeme, Señor. Dime que quieres que haga. Muéstrame tu Voluntad. Háblame al oído. Aconséjame.

Este y no otro es el don de consejo del Espíritu Santo. Se inicia entonces un diálogo entre nuestra libertad y la Voluntad de Dios. El Dios Todopoderoso sugiere en la intimidad del alma. Susurra, como una suave brisa o un arrollo, sus consejos a nuestro oído y, pacientemente, espera nuestra respuesta. Sutilmente nos interpela si ésta no llega. Si le decimos que no, si cerramos nuestros oídos a su llamada, no por eso nos abandona. El río de la vida nos lleva por caminos distintos, generalmente más ásperos y penosos que los que Él había previsto. La puerta que hubiese sido fácil de franquear con un sí a su llamada se va cerrando. Pero Él no ceja en su llamada y si la vida nos embalsa en una presa, Él busca nuevos cauces, nuevas y susurrantes sugerencias.

¡Pero si decimos sí! Si decimos sí, la estepa estéril de nuestra vida se va convirtiendo en un vergel. Poco a poco, imperceptiblemente, la aridez va dejando paso a la frescura, al jugoso verdor, al tierno sabor del fruto. Nos convertimos entonces en cooperadores con Dios en la nueva creación que es la salvación del mundo. Cooperar quiere decir actuar conjuntamente. Es decir, nuestro Padre es tan bondadoso que hace que nuestra existencia sea útil y fructifera actuando conjuntamente con Él y con Cristo en cumplir su Voluntad, que sabemos que es que no se pierda ni uno de los pequeños seres humanos que le han sido confiados. Nuestra cooperación puede llegar a paliar la sed de almas que tiene Jesús para que sean uno con Él y con el Padre. Entonces nuestra vida tiene sentido. Entonces tenemos una misión. Entonces nuestra existencia tiene una razón de ser: Salvar por Cristo, con Él y en Él, almas para Dios. Cuál sea el medio que debamos emplear para actuar en conjunto con esta Voluntad, es algo que el don de consejo nos sugiere si sabemos escucharlo. Pero ese medio, sea cual sea, tiene un requisto indispensable. El amor.

El don de fortaleza.

Así nuestra vida transcurre en este diálogo de síes y noes, en este diálogo con la eternamente fiel Voluntad de Dios y una contínua busqueda, por parte de Él, de caminos siempre transitables a partir de cada sí. Nuestros espejismos pueden hacernos creer que el no es más confortable que el sí. O que la forma en que más nos gustaría cooperar con la Voluntad de Dios es la mejor. Pero la forma más eficaz de salvar almas para Dios no tiene por qué coincidir con lo que más nos gusta hacer. A veces, tenemos que hacer aquello que no nos gusta o para lo que creemos no estar dotados. Y, desde luego, el espejismo de que el “no” es más cómodo que el “sí” es absolutamente falso.

Pero también Cristo nos ha avisado de que su Padre, el viñador, poda al sarmiento que da fruto para que de más fruto. A veces, la Voluntad de Dios puede requerir el heroísmo extremo. Otras veces, el no menos importante heroísmo de enfrentarnos cada día con algo que no nos gusta, con lo que no parece hecho para nosotros. Es la cruz de cada día. Es posible que la cruz sea tan pesada que nos caigamos bajo su peso. Pero es más corriente que la tiremos o que nos tiremos nosotros simulando que no podemos con su peso. En cualquier caso, necesitamos otra vez que Espíritu Santo nos ayude con sus dones. Esta vez es el don de fortaleza. Fortaleza para que el peso se aligere en relación a nuestras fuerzas. Fortaleza para no tirar la cruz o para no tirarnos nosotros mismos. Y también la vertiente más enternecedora de la fortaleza: El consuelo. El Espíritu Santo, dulce huesped del alma, puede ayudar a la fortaleza siendo también consuelo del alma, bálsamo para nuestras heridas, verdor para nuestra sequedad, humildad para nuestro orgullo herido por nuestra incapacidad para la tarea.

El don de sabiduría.

Y como un ceñidor que todo lo recoge, lo une y da sentido, el don de sabiduría. Aunque etimológicamente no sea correcto, me gusta relacionar sabiduría con saborear. El don de sabiduría nos hace saborear los momentos dulces que siempre hay en el seguimiento de la Voluntad de Dios y vivir de ellos y de su recuerdo en los momentos de lucha y dificultad. Nos permite representarnos la meta, el premio, en el momento de máximo esfuerzo que nos deja sin aliento, la cima a la que escalamos, en mitad de la niebla y el vendaval. Hace que ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro, ni la espada nos puedan separar del Amor de Cristo. Hace que saboreemos, como un vino fuerte que calienta nuestros miembros, el Amor de Dios derramado en nuestros corazones. Tendremos, entonces sí, todo por basura con tal de ganar a Cristo.

Entonces se percibe en los dones del Espíritu Santo la esencia de las creencias cristianas. No son ya palabras sin sentido. Son Vida y son Luz. Son, parafraseando a Gabriel Celaya, “lo más necesario, lo que no tiene nombre. Son gritos en el Cielo y en la tierra son actos”.

¿Cómo alcanzar esos dones?

Me queda una reflexión, que es una pregunta, antes de terminar con las que voy desgranando. Y tal vez sea la más importante. ¿Qué hacer para alcanzar la maravilla de los dones del Espíritu Santo? Los dones del Espíritu Santo son eso, dones, regalos. Los regalos se dan gratis. No es nuestro esfuerzo el que los consigue. No hay esfuerzo capaz de conseguirlos. Sólo hay, por tanto, una manera de conseguirlos: Pedirlos en oración humilde. Oración de pobreza de quien se sabe necesitado de algo que no puede conseguir por sí mismo. Pedid y se os dará. Pidámoselos a Cristo Eucaristía. Dios, que es Bueno, no dará una piedra a quien le pida pan, sino que dará el Espíritu Santo a quien se lo pida. Tal vez no de forma inmediata ni en la forma que uno quisiera recibirlo, pero el Espíritu Santo, a fin de cuentas. Y en el momento adecuado. Pero si hay un medio particularmente eficaz de oración para conseguir el Espíritu Santo, ese medio se llama María.

Cada aparición de María en el Evangelio o en su continuación, los Hechos de los Apóstoles, viene acompañada de la efusión del Espíritu. En primer lugar a ella misma en la Anunciación. Lo recibe después san José, al soñar que debe aceptar como inocente a su desposada. Le llega a través de su mediación a su prima Isabel y a su hijo todavía no nacido, el Bautista, que da saltos de alegría en el vientre de su madre. La misma María, bajo la inspiración del Espíritu entona el Magnificat. Recae sobre los pastores y los reyes sabios de oriente cuando le piden a María que les enseñe al Recién Nacido. Inunda al anciano Simeón y a la viuda Ana cuando, humildemente, la Virgen va con su Hijo a cumplir el ritual de la circuncisión y la purificación. Vuelve a aconsejar a José para decirle que vaya a Egipto con su mujer y Jesús, para salvar la vida del Salvador. Le indica cuándo ha pasado el peligro y puede, por tanto, volver. Y le dice a dónde debe hacerlo. Inspira y esclarece la mente de los doctores cuando la madre encuentra al Hijo después de una afanosa búsqueda. Se derrama antes de lo previsto, por petición de María, sobre los novios de Caná y su agua el día de su boda. El sólo pensamiento de la madre de Dios pone en la boca de una mujer el “bendito el vientre que te llevó y los pechos que te amantaron”. Recae sobre san Juan al pie de la cruz cuando recibe a María como madre del género humano. Lo recibe a través de ella Santiago, el hermano –primo– del Señor, que luego será jefe de la Iglesia de Jerusalén y que dará la vida por Cristo. El mismo Santiago que va a buscarle al principio de su ministerio para llevarle a casa, tomándole por trastornado. Y, por último, se derrama sobre la Iglesia reunida en oración alrededor de María, el día de su fundación en Pentecostes.

Es, por tanto, María la más segura mediadora para obtener estos dones. Cuando se los pidamos a Cristo Eucaristía, hagámoslo, pues, a través de su madre y nuestra insípida agua, será cambiada en fuerte vino.

Acabo con una reflexión de cómo el Espíritu Santo transforma todos los aspectos del cristianismo:

“Sin el Espíritu Santo Dios está lejos; Cristo pertenece al pasado; el Evangelio es letra muerta; La Iglesia es una simple organización; la autoridad, un dominio; la misión, mera propaganda; el culto, un recuerdo muerto; el obrar cristiano, una moral de esclavos. Con Él, el cosmos gime con los dolores de parto del Reino; Cristo ha resucitado y está vivo; el Evangelio es experiencia y vida; la autoridad, un servicio liberador; la misión es Pentecostés; la liturgia, memorial y anticipación; el obrar humano, gracia y libertad”.

Ignacio Hazim, metropolita de Lataquia, en la conferencia de apertura de de la Asamblea del Consejo Ecuménico en Upsala, sobre el tema: “He aquí que hago nuevas todas las cosas” Apocalipsis, 21, 5.


[1] Gía de las dificultades de la fe católica de Pierre Descouvemont. Editorial Desclée deBrouwer.
[2] Billones europeos, es decir un millón de millones.
[3] El autor, Tomás Alfaro, tiene editado un libro sobre este tema bajo el título: “Más allá de la ciencia” en lla colecciñon dBolsillo de ediciones Palabra.
[4] Técnicamente se entiende por universo viable aquel que tenga una entropía lo suficientemente baja para permitir su desarrollo. Para los efectos de estas líneas podríamos definir universo viable como aquél en el que puede aparecer una estructura de planetas, estrellas, galaxias, cúmulos de galaxias, supercúmulos de galaxias, etc. que permitan la aparición de la vida y su posterior evolución hacia una complejidad que, eventualmente, pudiera crear un soporte para la inteligencia que sabemos existe en el cosmos.
[5] 1 Billón europeo = 1 millón de millones

14 de mayo de 2018

¿Tiene arreglo el problema catalán?


Si nada lo impide, esta tarde, bien con la abstención de la CUP, bien con sus votos favorables, Quim Torra será elegido Presidente de la Generalidad de Cataluña. Y no creo que haya nada que lo impida. Como tampoco creo que fuese bueno que algo lo impidiese. Por supuesto, este títere de Puchi me parece lamentable. Me lo pareció por el hecho de que Puchi lo nombrase a dedo. Me lo pareció más cuando leí sus tuits insultantes hacia todo lo español. Y alcanzó cotas más altas de lamentabilidad cuando pronunció su inaudito discurso de investidura, posiblemente redactado por el propio Puchi. Creo que hará bueno a Puchi, como Puchi hizo bueno a Mas. Pero, ¿serviría de algo que esta tarde no fuese investido? Es posible que esto forzase a nuevas elecciones. O puede que no, porque la lista de títeres de Puigdemont es interminable y debe haber Quimes Torras como para dar y tomar. Pero, aún si se forzasen nuevas elecciones, ¿se solucionaría algo? Me temo que no. Todo parece indicar que con unas nuevas elecciones la situación sería similar, si no peor, con un ascenso de la CUP. Entonces, ¿tiene arreglo el problema catalán?

Antes de contestar a esta pregunta quiero tocar dos temas candentes que enfrentan a C’s y PP. El primero, el asunto de los votos delegados de Puchi y Comín que, si la CUP se abstiene son decisivos para la investidura (si la CUP vota afirmativamente serían irrelevantes). El segundo, el mantenimiento de la vigencia del 155 aún después de la investidura.

Los votos delegados. Parece ser, aunque C’s lo duda, que los abogados del Estado han informado al gobierno de que en el caso de pedir la nulidad de estos votos, seguramente perdería el gobierno en las instancias jurídicas pertinentes. Y no parece que perder batallas legales sea una cosa conveniente. C’s dice que el gobierno no ha enseñado el informe de la abogacía del Estado, poniendo en duda su existencia y acusando a éste de no presentar esa batalla para ganarse al PNV para la causa de los PGE. Acusación tan grave como gratuita. ¿Debería el gobierno hacer público este informe, si existe? Mi respuesta es que no. De ninguna manera. Sería dar armas al enemigo. Más adelante volveré sobre esta acusación.

El mantenimiento del 155. Hasta ayer, todos los partidos constitucionalistas, C’s incluido, decían que lo que tenían que hacer los independentistas era presentar un candidato que no estuviese incurso en un proceso penal. Pues eso es lo que han hecho. ¿Que han presentado a un penoso títere de Puchi? ¿Alguien esperaba que presentasen a alguien cabal? ¿Que el discurso de investidura ha sido incendiario y sigue en la vía independentista? Cierto. Pero en un Estado de Derecho, cuyas normas hay que respetar escrupulosamente si se quiere que el problema catalán tenga arreglo, como comentaré más adelante, las intenciones no constituyen delito, sólo los hechos. Además, es más que dudoso que la autorización concedida por el Senado al gobierno para la aplicación del 155 admita esa prorroga. Copio textualmente parte del texto que el gobierno mandó al Senado para pedir su autorización y las puntualizaciones que el Senado introdujo al mismo.

Petición del Gobierno:

E.9 Duración y revisión de las medidas.

Las medidas contenidas en este Acuerdo se mantendrán vigentes y serán de aplicación hasta la toma de posesión del nuevo Gobierno de la Generalitat, resultante de la celebración de las correspondientes elecciones al Parlamento de Cataluña.

Durante la vigencia de las presentes medidas, y en aquellos casos extraordinarios en que resulte imprescindible o inaplazable, el Gobierno de la Nación podrá plantear ante el Senado modificaciones o actualizaciones de las medidas inicialmente autorizadas, cuya procedencia será, en su caso, acordada por la autoridad u órgano que se cree o designe a tal efecto.

El Gobierno de la Nación podrá anticipar el cese de estas medidas si cesasen las causas que lo motivan, dando cuenta al Senado de esta decisión.

El Gobierno de la Nación dará cuenta al Senado del estado de aplicación y ejecución de las medidas contenidas en este Acuerdo con una periodicidad de dos meses.

Puntualizaciones del Senado:

h. Respecto del apartado E.9. Duración y revisión de las medidas:

En este apartado se contemplan previsiones respecto de la posibilidad de plantear modificaciones o actualizaciones de las medidas, así como de anticipar su cese si cesasen las causas que lo motivan.

Además, el Gobierno, atendiendo a la evolución de los acontecimientos y de la gravedad de la situación, llevará a cabo una utilización proporcionada y responsable de las medidas aprobadas por el Senado, modulando su aplicación si se produjeran cambios en la situación u otras circunstancias que así lo aconsejen.

Las negritas son mías, y parece que ni la petición del gobierno ni las puntualizaciones del Senado hablan de la posibilidad de alargar el plazo, sino de modificar y modular las medidas. La ley tiene sutilezas que a mí se me escapan, pero a la vista de los textos anteriores, no me parece que la aplicación del 155 sea prorrogable. En cualquier caso, prorrogarlo, podía llevar a una situación de riesgo jurídico que la prudencia más elemental hace, a mi entender, desaconsejable. Y, por si esto fuera poco, que es más que suficiente, tampoco para la necesaria batalla en el ámbito de la UE sería buena la prolongación del 155.

Por supuesto, una cosa es no prorrogar el 155 y otra muy distinta es no volver a aplicarlo si fuese necesario. El Presidente del Gobierno ya ha dicho que “el 155 ya no es sólo un artículo de la Constitución, sino un precedente y un proceso”. Y no sólo el 155. La aplicación de la ley, que antes era una cosa impensable en Cataluña, es ya también algo que seguirá sucediendo, no sólo en Cataluña sino, espero, en cualquier otra Comunidad Autónoma que quiera seguir ese camino. Es un aviso a navegantes. Si Torra es nombrado presidente y pasa de las incendiarias palabras de su discurso de investidura a los hechos, caerá sobre él, personalmente, el peso de la ley, Cataluña se encontrará de nuevo con el 155 y él haciendo compañía a su amo Puchi o a sus colegas Turull y compañía. El Presidente del Parlamento catalán, Roger Torrent, ha tomado buena nota de lo que le ha pasado a su antecesora Carmen Forcadell y ha tenido buen cuidado de no traspasar ciertas líneas, como la de intentar investir a Puigdemont. A amagado con pisarla, pero, al final, no se ha atrevido. ¿Se inmolará Torra? ¿Por qué lo dudo?

Vistos estos dos temas, me meto a intentar responder a la pregunta que da título a estas líneas: ¿Tiene arreglo el problema catalán? Si la pregunta fuese si el problema catalán tiene solución, mi respuesta sería un tajante NO. Entiendo como solución el hecho de que un día ocurra que en Cataluña haya un porcentaje de personas que quieren la independencia similar al que pueda haber en Comunidades como Andalucía o ambas Castillas o la valenciana o, incluso, Galicia, con su BNG, por citar algunas. Creo que nunca ocurrirá semejante cosa. Pero la pregunta no es si tiene solución, sino si tiene arreglo. Y a esta pregunta respondo con un cauteloso; podría tenerlo. Este “podría tenerlo” tiene un carácter afirmativo, si se dan ciertas circunstancias. Pero antes de ver cuáles puedan ser estas circunstancias, debo aclarar que, incluso de darse, este arreglo estaría en un futuro que podríamos situar en treinta o cuarenta años. Más o menos lo que ha tardado en arreglarse, aunque no totalmente, que no solucionarse, el problema del terrorismo de ETA. Quiero que quede claro que, a pesar de la gravedad de los delitos cometidos por los independentistas catalanes, no estoy comparando éstos con los del terrorismo de ETA. Pero el arreglo del problema catalán tiene que seguir los pasos que se han seguido para el arreglo, todavía sin concluir, del terrorismo de ETA. A saber: la aplicación rigurosa y equilibrada de la ley, sin desmayo, sin fisuras y con el consenso sin resquicios del bloque de los partidos constitucionalistas. Y este proceso es un proceso largo y de desgaste a largo plazo de la paciencia y capacidad de aguante de los independentistas. Un proceso en el que se den cuenta de que NADA de lo que hagan fuera de la ley sirve para NADA, de que NINGUNA ilegalidad les va a reportar NINGUNA ventaja y sí una respuesta legal INMEDIATA. Es decir, NADA de las tan cacareadas soluciones políticas. La independencia de Cataluña no está en cuestión de ninguna de las maneras y la tolerancia con las trasgresiones de la ley tiene que ser CERO. Es decir, a efectos prácticos, ni una sola competencia más transferida a ninguna comunidad autónoma. Personalmente, soy partidario de la recuperación de algunas de las competencias cedidas a algunas CCAA. Pero me temo que no es posible intentar algo así sin crear graves fisuras en el bloque constitucionalista –muy en particular por el lado PSOE/PSC–, así que tendré que tomar la misma medicina que dentro de unas líneas prescribiré a los independentistas.

Otra cuestión es el tema económico. Las medidas de asfixia económica que algunas voces piden, de forma irresponsable, ahogarían a toda la población de Cataluña y nunca hay que olvidar que casi un 50% de ella es, y se siente, española hasta las cachas. No sería de ninguna forma razonable que sufriesen esas consecuencias.

Todo esfuerzo inútil produce melancolía. Así, la lucha por objetivos ilegales inalcanzables, frenados sistemáticamente por la paciente, serena y metódica aplicación de la ley por un sólido bloque constitucionalista, con independencia de qué partido esté en el gobierno, producirá melancolía y desánimo en los independentistas. Y por ahí, sólo por ahí, puede venir el arreglo. Ese desánimo es el que ha llevado a ETA a darse cuenta de que la lucha armada no tiene el más mínimo sentido. Y será ese desánimo, el que lleve a los independentistas a darse cuenta de la total inutilidad de su empeño. En la lucha contra el terrorismo de ETA, el terrorismo del GAL no ayudó nada –es más, la perjudicó. El Estado de Derecho tiene sus propias armas, que son las únicas que tiene que usar. Y sus armas no están hechas para atajos, impaciencias y gestos grandilocuentes e inútiles. En la lucha contra el independentismo no puede haber atajos ni impaciencias. La melancolía y el desánimo del desgaste acaban con el pensamiento ideológico. Y cuando éste desaparece, se abre un hueco, aunque sea estrecho, para la luz de la razón. No creo que ésta lleve a los independentistas a darse cuenta de que no hay ni una sola razón objetiva para desear la independencia, pero al menos hará que guarden el sentimiento independentista, que por otro lado tienen derecho a tener, en el cajón de las cosas deseadas pero imposibles. Todos tenemos cosas de esas, deseadas e imposibles, en nuestros cajones personales. Y si, teniendo estas cosas, las tenemos con inteligencia y equilibrio, no nos hacen infelices. Antes al contrario, si sabemos convivir con ellas nos dan madurez y sabiduría. La felicidad no consiste en la ausencia de deseos inalcanzables sino en la sabiduría para saber coexistir con ellos serenamente. Así el independentismo, sin desaparecer, se puede volver sabio y maduro y encontrar su felicidad en esa sabiduría. Pues esa es la sabiduría que tendrán que alcanzar los independentistas catalanes, como parece que, de momento –toquemos madera– están alcanzando los vascos. Lo contrario es caer en un infantilismo estúpido que no lleva más que a darse golpes contra todo y lleva a la más triste infelicidad. Pero ojo con hacer la carga demasiado pesada. Ya he hablado antes de la diferencia que creo que hay que establecer entre las ausencia total de negociación política sobre la independencia y las medidas económicas que puedan ser negativas para Cataluña. Seguro que los deseos imposibles producirán alguna que otra rebelión esporádica y darán algún que otro susto, pero la constatación de su imposibilidad cada vez que haya una crisis de rebeldía, proporciona un poso más de sabiduría. Lo que ha impedido históricamente a esa sabiduría es el movimiento romántico, que ha demostrado en todas partes que no conduce más que a tragedias inútiles y, en definitiva, a la desgracia y el sufrimiento sin fruto alguno. De hecho, el nefasto movimiento romántico de la historia es el punto de arranque de todos los dolorosos y a menudo sangrientos nacionalismos e independentismos. Y como Europa no se ande con ojo con este romanticismo, se va a enterar de lo que vale un peine.

Una última reflexión. A la vista de lo anterior, me parece que todo intento oportunista de conseguir votos a costa de romper, con políticas de gestos, ese imprescindible sólido frente constitucionalista, aunque pueda tener éxito a corto plazo, es de una irresponsabilidad extraordinaria. Quien tenga oídos para oír, que escuche.

Así pues, paciencia y esperanza. El problema catalán puede tener arreglo, aunque no solución. Pero no mañana ni pasado. La paciencia es la virtud de los fuertes. Los gestos aparatosos son el recurso de los impacientes. Habrá que ejercitar la paciencia. Si no, el condicional expresado más arriba de que podría tener arreglo, recibirá una respuesta negativa.

13 de mayo de 2018

La posverdad. No adoremos a la vaca sagrada de la ilustración


En mi post del pasado 13 de abril, con el título: “¿La verdad? ¿Qué es la verdad?”, terminaba:

“Es cierto que últimamente se ha puesto de moda la idea de posverdad, para describir este fenómeno. Pero por desgracia, las voces que hablan de la posverdad no pasan de ser el coro de los grillos que cantan a la luna. Porque al mismo tiempo que la desprecian, adoran a la vaca sagrada de la ilustración, que es su punto de arranque. Pero eso es otra cuestión en la que tal vez entre algún día”.

Pues bien, me temo que ese día ha llegado. Tendrá que ser un recorrido rápido. A buen seguro demasiado rápido. Infinidad de cosas se quedarán por el camino. Pero, a pesar de todo, puede aportar una, creo, interesante perspectiva.

Si tuviese que decir un acontecimiento histórico que marque el principio de la ilustración, señalaría la revolución gloriosa en Inglaterra en el año 1688. Podríamos decir que esa revolución, al derrocar a Jacobo II, el último Estuardo e instalar en el trono a Guillermo de Orange por decisión del Parlamento, acabó con la monarquía de derecho divino e instauró la primera monarquía parlamentaria del mundo, lo que puede considerarse el principio real de la democracia. Pero, como he leído de mi admirado D. Mario Hernández Sánchez Barba, no hay un solo acontecimiento en la historia que no haya sido antes una idea. Son muchas las cosas positivas que se derivan de este hecho histórico. Pero las ideas en las que se apoyó tenían el germen de esta posverdad a la que hemos llegado y que nos devora como Saturno a sus hijos.

Cincuenta años antes de este acontecimiento histórico, en el año 1637, Descartes publicó su “Discurso del método”, en donde se lee la famosa frase de “Pienso, luego existo”. Descartes era un hijo de su tiempo y estaba desencantado de las consecuencias nefastas que había tenido el mal uso que en el siglo anterior se había hecho de la verdad. Una escolástica tardía bastante caduca había hecho de la búsqueda de la verdad un ejercicio vacuo y artificioso. Por otro lado, los poderes políticos habían empuñado la verdad defendida por Lutero o por la Iglesia Católica, como un arma arrojadiza que les llevaba a utilizarla en su provecho en sus luchas por el poder político. Esto dio lugar a las terribles y sangrientas guerras, mal llamadas de religión, que asolaron Europa en el siglo XVI y XVII. Y todo esto llevó a muchos a un profundo desencanto y escepticismo hacia la capacidad del ser humano para encontrar la verdad. Es cierto que la verdad, sin un sólido componente de respeto por el contrario, puede convertirse en un instrumento peligroso. Pero negar esa capacidad del ser humano es renegar de la tradición griega en la que se fundamenta la civilización occidental. Encontrar esa estrecha vía entre la capacidad de discernimiento de la verdad y el respeto por las opiniones contrarias es, ciertamente una ardua labor, no exenta de tensiones. Y, esa era en la tensión en la que se encontraba Descartes. Tensión que le sumió en una profunda crisis. Había padecido en sus carnes una de esas terribles guerras, la Guerra de los Treinta Años. Desconfiaba de cualquier punto de anclaje, de premisa mayor indudable, en la que apoyar una innegable cadena de silogismos matemáticos que llevase de forma indudable a la verdad. Para empezar, desconfiaba de los sentidos y de la visión de la realidad que estos presentaban a su razón. Esta visión no podía, según él, servir de base a un sistema infalible que llevase a la verdad. Y, un día –¡eureka!– creyó encontrarlo. “Pienso, luego existo”. La premisa mayor, para él indudable, era que pensaba. Sólo esto le podía convencer de que existía. Una pequeña desviación de la relación causa efecto, aparentemente sin demasiada importancia. Porque no es el pensamiento lo que certifica la existencia, sino la experiencia directa, inmediata, de la existencia, la que posibilita, en algunos seres, el pensamiento. Más bien debería haber dicho: “Me toco, me hago daño si me doy un golpe, percibo el olor de la tierra mojada, veo el mar embravecido y las innumerables estrellas en el cielo… luego existo. Pero, claro, para quien piensa que los sentidos no son fiables para asumir la realidad, había que hacer esa inversión de términos. Este cambio de orden, llevó a Descartes a demostrar la existencia de Dios, no a partir de la escalera de la realidad que por analogía metafísica nos lleva a Él, sino por el subjetivismo del pensamiento. Demostración errónea que, naturalmente fue pulverizada por las siguientes generaciones de pensadores. Tampoco, desde esa inversión en los términos, podía Descartes llegar a una moral justificable desde la realidad, sino a una moral subjetiva, independiente de la realidad. Es decir a un dualismo entre la razón y la moral.

Hace poco leí en un libro, más poético que intelectual, esta frase: “Una hoja caída del árbol puede cambiar un rumbo; un grano de arena que gira, llegar a ser roca; una palabra oída, torcer una idea; la idea que gira, crear un sentir, el sentir un suspiro, el suspiro un relato...”. Eso pasó con la historia del pensamiento a partir de ese momento. Casi 150 años más tarde, en 1781, Kant publicó la “Crítica de la razón pura”, dando otro paso más en ese camino. Ciertamente, había una realidad ahí fuera, pero era un caos ininteligible en sí mismo. No es que los sentidos no fuesen fiables, es que la realidad en sí misma, no tenía sentido. Nosotros, los seres humanos, nos podíamos hacer una representación de esa realidad, sólo para andar por casa, únicamene tras pasarla por unos filtros –unos a prioris, los llamó él– que la ordenaban. Pero estos a prioris no eran parte de la realidad. Eran esquemas innatos que estaban únicamente en nuestra mente. Eran el espacio y el tiempo. Gracias a esos filtros, nos podíamos hacer una representación inteligible de esa caótica realidad. Pero, desde luego, eso no suponía conocer esa realidad y, por lo tanto, tampoco a partir de ella podía desarrollarse ninguna metafísica que partiese de la misma. Así, la idea de Dios tampoco podía sustentarse en ninguna realidad cognoscible que nos llevase a él por analogía, en ninguna metafísica. También esto desembocó en un dualismo razón-moral. Por eso, Kant se vio obligado a escribir su “Crítica de la razón práctica”, siete años más tarde que la de la razón pura, en 1788. En esta obra Kant nos dice:

“Dos cosas llenan el ánimo de admiración y respeto: el cielo estrellado sobre mi y la ley moral en mi”.

Lamentablemente, la primera no era más que una representación humana de esa realidad incognoscible, es decir, una falsa visión, y la segunda no podía apoyarse en ninguna realidad exterior, sino que era algo del más puro fuero interno. Ya en una obra anterior había formulado el llamado imperativo categórico, que enuncia lo siguiente: Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal”. El imperativo categórico es una magnífica norma si la aplica un ser bondadoso. Pero puede también ser utilizado por un monstruo para sus propios fines, ya que no se basa en nada que tenga alguna relación con la realidad. Si Hitler se veía como el más fuerte de los seres humanos, ¿no creería estar aplicando el imperativo categórico al aplicar la ley del más fuerte? ¿Qué se equivocaba porque no se daba cuenta de que mañana podía dejar de ser el más fuerte y que esa ley se volviese en su contra? Seguro, pero aún equivocado en sus consecuencias, estaría aplicando el imperativo categórico. Y alguien más perspicaz, que se diese cuenta que las tornas podían volverse contra él, llegaría a un terrible contractualismo basado en intereses. Yo te respeto a ti hoy, a pesar de ser más fuerte, para que tú me respetes a mí, si mañana tú eres el más fuerte. ¿Lo hará? ¿No me compensaría adelantarme para, por lo menos, estar en una situación de la mayor ventaja posible? Ese es el cálculo al que llevaría este contractualismo. No hay ninguna razón que sustente el imperativo categórico fuera de la bondad natural de quien lo aplique. Pulverizada la idea de Dios –en el que tanto Kant como Descartes creían, pero por una razón equivocada, desligada de la realidad, que otros se encargarían de desmontar– y con ella la dignidad de todo hombre por ser hijo de Dios, ¿qué quedaba como norma moral? Nada, el vacío.

Pero la hoja seguía cayendo y cambiando rumbos, el grano de arena continuaba girando, la palabra torció ideas, y las ideas torcidas, retorcieron la historia. Por la puerta abierta por Kant y Descartes, se siguió avanzando hacia ninguna parte. ¿Por qué tendría que haber sólo dos a prioris, espacio y tiempo y una realidad ahí fuera, aunque fuese incognoscible? De hecho, ¿no podría ser toda la realidad un conjunto de a prioris que existiesen sólo dentro de mi mente, constituyendo así MI REALIDAD. Mía, sólo mía. Y si la verdad es la adecuación de los juicios a la realidad y yo construyo MI REALIDAD, ¿qué me impide tener MI VERDAD? ¿La razón? ¿Qué queda de la razón cuando no hay una realidad sobre la que aplicarla? Nada. La pregunta es entonces: ¿Qué me apetece a mí que sea verdad? ¿Qué me apetece a mí que sea bueno? ¿Quién pude negarme MI verdad, la que me apetece, la que me gusta, la que me hace sentir bien? ¿Quién puede decir que lo que a mí me apetece que sea bueno no lo es? Este es el escenario de la posverdad. Fue la ilustración la que lo decoró.

Ciertamente, la Ilustración, en su aspecto político, trajo cosas buenas. Muy buenas incluso. Pero no me resisto a transcribir una frase de Arnold J. Toynbee en su obra “El estudio de la historia”:

“La tolerancia lograda por la Ilustración constituyó una tolerancia basada, no en las virtudes de la fe, esperanza y caridad, sino en las enfermedades mefistofélicas de la desilusión, la aprensión y el cinismo. No fue una difícil conquista del fervor religioso, sino un fácil producto secundario de su decaimiento”.

Antes he dicho que “es cierto que la verdad, sin un sólido componente de respeto por el contrario, puede convertirse en un instrumento peligroso. Pero negar esa capacidad del ser humano es renegar de la tradición griega en la que se fundamenta la civilización occidental. Encontrar esa estrecha vía entre la capacidad de discernimiento de la verdad y el respeto por las opiniones contrarias es, ciertamente una ardua labor, no exenta de tensiones”. La ilustración no quiso buscar esa estrecha vía. No quiso acometer esa ardua labor. Trajo cosas buenas, indudablemente, pero podridas en su raíz por una enfermedad que ha avanzado lentamente, larvando la historia durante los últimos siglos. Sólo el fervor religioso, sólo la vuelta a la realidad, a las cosas mismas, huyendo de tan enfermizo solipsismo en el que hemos caído, nos salvará. Sólo la capacidad de encontrar a través de la realidad y adherirnos a un Dios misericordioso, del que todos somos hijos y del que se deriva nuestra dignidad inalienable, sólo eso nos llevará a la auténtica tolerancia, la basada, en las virtudes de la fe, esperanza y caridad. Nadie es inocente de esta desviación de siglos y todos tenemos la obligación y la responsabilidad de reencontrar el camino. Nos va mucho en ello. Por eso, cuando desenmascaremos la posverdad, no seamos ciegos a su origen, no adoremos a la vaca sagrada de la ilustración. Aceptemos las cosas buenas que ha traído, transfigurándola, no postrándonos ante ella. Traigo aquí la última frase de la pesadilla de Jean Paul Richter, a la que él tituló, horrorizado, “Discurso de Cristo muerto desde lo alto del cosmos diciendo que no hay Dios”:

 Y fue en ese instante cuando me desperté.

Mi alma lloró de alegría de poder volver a adorar a Dios; la alegría y el llanto y la fe en Dios eran mi oración. Y cuando me puse en pie el Sol brillaba a baja altura en el horizonte, detrás de las purpúreas espigas henchidas de grano, y lanzaba apaciblemente el resplandor de su luz crepuscular hacia la pequeña Luna que, sin Aurora[1], iba descendiendo en la mañana. Y entre el Cielo y la Tierra desplegaba sus cortas alas un mundo perecedero, pero alegre, que, igual que yo, vivía en presencia del Padre infinito. Y de la entera Naturaleza que me rodeaba brotaban unos sonidos apacibles; parecía que tocasen al atardecer.

El que quiera leer completo este sueño, junto con un comentario mío, puede verlo en el siguiente link a una entrada de mi blog. Es una de los post más visitados.




[1] Aurora, la estrella de la mañana o del atardecer, Venus

6 de mayo de 2018

Patria; me siento 'culpable'


Este puente he empezado a leer la novela “Patria” de Fernando Aramburu. Tenía la idea de leerlo desde su aparición en septiembre de 2016. Pero algo que no sabía bien qué era hacía que no me animase a su lectura. Unas semanas antes del puente decidí leerla sin remisión. Justo antes, terminé una lectura que tenía pendiente y me descargué la novela en mi Kindle.

A las pocas páginas me di perfecta cuanta de qué era lo que me había hecho ir posponiendo su lectura. Mi subconsciente sabía que me iba a pasar lo que me está pasando, ya que todavía no he terminado de leerla. Una inmensa angustia vital se iba apoderando de mí. Hasta tal punto que he tenido dos noches de insomnio por la novela. Inmensa angustia vital por el sufrimiento de las víctimas de ETA y del terrorismo vasco. Por supuesto, la novela no me ha descubierto nada que yo no supiese, pero me lo ha puesto delante de los ojos con tal nitidez que ha sido como un shock. ¡Qué cierto es el refrán de “ojos que no ven, corazón que no siente”! Sabía, claro está, de ese sufrimiento, pero no era consciente de su grado de intensidad e injusticia. Por supuesto, siempre he estado incondicionalmente del lado de las víctimas. Siempre he considerado injusta la respuesta de la sociedad vasca hacia ellos. Pero no con la nitidez con la que esta novela me la está mostrando. Porque las víctimas del terrorismo vasco han sido, y en gran medida siguen siendo, doblemente víctimas. Por un lado, ETA ha asesinado a maridos, mujeres, hijos, padres, hermanos, etc. de muchos o, les ha causado traumas difícilmente superables. Pero otro terrorismo, el de la cobardía, les ha infligido un sufrimiento, si no más intenso, si más persistente y casi igualmente hiriente: el del vacío social causado por una cobardía no reconocida y transformada en un odio estúpido hacia las víctimas por parte de vecinos y ex amigos. Porque las condenas a muerte promulgadas y anunciadas por ETA púbicamente y de forma indiscriminada, hacía que los amigos de los que eran señalados como víctimas propiciatorias tuviesen miedo a que ellos pusiesen ser los siguientes si mostraban simpatía, comprensión o apoyo a los condenados. Y mucho antes de que la inicua sentencia a muerte fuese ejecutada, se producía la estigmatización de los condenados y sus familias que, desde antes de su asesinato, eran tratados como apestados. Antiguos amigos dejaban de saludarles, en los bares no se les atendía y se les insultaba, en las tiendas no les querían vender y, así un cobarde, terrible, cotidiano y mezquino terrorismo.

Porque los amigos de los señalados, como se ha dicho antes, temían ser los siguientes. Y no tenían valor para arrostrar eso. Pero en vez de tener la capacidad, que indicaría al menos un ápice de valor moral, de reconocer íntimamente su cobardía. Si lo hubiesen hecho, tal vez esto hubiese impedido que creciese en ellos el odio. Pero no, en su afán de autojustificarse, se convencían de que las sentencias de ETA eran justas y de que “algo habrán hecho” y se apartaban aún más de sus antiguos amigos. Es difícil para un ser humano reconocerse, lisa y llanamente un cobarde. Es más fácil caer en el síndrome de Estocolmo de considerar a los opresores, a los sanguinarios, como patriotas de una causa inexistente y unirse a ellos en espíritu. Máxime si uno tenía un hijo en el entorno abertzale activista. ¿Es comprensible que unos padres se hagan pro etarras porque su hijo sea un abertzale radical? Puede que sea comprensible, pero no justificable. Y así, las víctimas lo eran tres veces: Antes del asesinato, en el asesinato y, su familia, o ellos si sobrevivían, después del asesinato. En el martirio de antes del asesinato, muchos tenían que mandar a sus hijos, a veces por amenazas, a veces para ahorrarles humillaciones, si podían, a vivir fuera de las provincias vascongadas. Muchos no podrían soportar este vacío y se iban del que había sido su pueblo de toda la vida, de donde eran expulsados como el cuerpo humano expulsa un absceso purulento. Porque si a mí mañana me matan en un atentado yihadista, aunque muera como un cordero sin defenderme (cosa que si ocurre intentaré que no sea así), seré, si no un héroe, sí alguien digno del máximo respeto. Y ese respeto se transmitiría a mi familia. Pero eso no era así para las víctimas de los dos terrorismos. ¡Terrible!

El título de este escrito es: “Patria; me siento ‘culpable’”. He puesto entre comillas la palabra culpable porque, como he dicho antes, siempre he estado del lado de las víctimas. Pero, aún así, me siento culpable de omisión. Desde febrero del 2007 llevo enviando un mail todos los viernes a cerca de 500 personas en el que doy mi opinión sobre un gran abanico de temas de actualidad. Desde julio de ese mismo año tengo un blog en el que hablo también de infinidad de temas, a veces coincidentes con “el envío de los viernes”, a veces no. Pero nunca, nunca, hasta la semana pasada, en estos ya más de 11 años, he dedicado una sola línea a las víctimas de ETA y su cobarde entorno. Creo poder decir que no ha sido por miedo. De hecho, sí he mandado y publicado en el blog, escritos de condena al Islam y al yihadismo que, espero que no, un día me pueden costar una fatua. Pero cuando los publiqué pensé que el miedo no era un buen consejero. En el caso de las víctimas de ETA, no tengo ni remota consciencia de que haya sido el miedo el que me ha llevado a este silencio. Ha sido la falta de atención, el no mirar con atención en la dirección correcta. En una canción de la cantante Mari Trini, con el título de “yo confieso”, ésta se confiesa, “al oído del que escucha la verdad de mis miserias”. Y entre ellas está la “de no haber vestido al pobre por... por no mirarle siquiera”. Así es. Yo no he escrito nunca ni una línea a favor de las víctimas por no pensar en ellas como debiera. Ciertamente, no ha habido en mi entorno inmediato ninguna víctima de ETA. Pero eso no es excusa. El acoso a las mismas era una cosa sabida. Además, aunque no en mi entorno inmediato, sí que conozco a tres víctimas.

El 10 de enero de 1980, Jesús Velasco Zuazola, hijo de una íntima amiga de mi madre, Conchita Zuazola, a la que recuerdo con enorme cariño, fue asesinado delante de dos de sus hijas, de 12 y 16 años, y dos amigas de ellas, al dejarlas en la puerta de su colegio en Vitoria. Jesús era vasco por los cuatro costados. ¿Su “crimen”? Ser militar y comandante del Cuerpo de Miñones. Este Cuerpo es una policía foral que hunde sus raíces en la edad media. Nada de “fuerzas de represión/ocupación” del Estado. Su hija dijo, tras presenciar el asesinato de su padre, haber visto la cara de rabia y odio del asesino. Por supuesto fui al funeral de Jesús en Madrid. Conocía también a su mujer Ana Vidal-Abarca, que en 1981 fundó la primera Asociación de Víctimas del Terrorismo. Sólo una vez tras el funeral de Jesús vi a Ana. Fue en una cena de los premios de la plataforma HO, creo que en 2007, a las víctimas del terrorismo. Ana murió el 15 de Junio de 2015. Me enteré por los medios. No fui a su funeral. El día a día, que le come a uno. Pero eso no es disculpa, así que confieso mi pecado de silencio por omisión.

Debo también un recuerdo a la familia Mateu. Eran una familia que competía con la mía en numerosidad. No sé cuál de las dos ganaba. Se sentaban en la playa de Laredo al lado de nosotros. Su familia y la de mi suegro se conocían desde hacía años. El padre, José Francisco, magistrado del tribunal supremo, fue asesinado por ETA el 16 de noviembre de 1978. Su hijo Ignacio, amigo de alguna de mis sobrinas, ea militar y, aún en vida de su padre quiso pasarse a la Guardia Civil para luchar contra el cáncer de ETA. Su padre se lo impedía. Él ya estaba amenazado y parece le decía que con un amenazado en su familia ya era suficiente. Ignacio le hizo caso por no contrariarle. Pero muerto su padre, Ignacio pidió al Rey Juan Carlos una gracia especial que le permitiese pasar a servir a su Patria donde él quería, en la Guardia Civil. El Rey atendió su petición y, al acabar su formación fue destinado, por petición atendida, al país vasco. El Teniente de la Guardia Civil Ignacio Mateu Istúriz murió el 26 de Julio de 1986 por una bomba trampa cuando intentaba desactivar un señuelo. He visto en mi vida a pocas personas con la entereza de esa madre y esposa. Poco después yo dejé de veranear en Laredo y perdí de vista a esta familia. Hasta ahora. Otra vez, silencio por omisión. Tampoco por ellos ha pedido perdón ETA.

Por eso la semana pasada escribí contra el hipócrita comunicado de esta banda criminal con una supuesta y parcial petición de perdón a las víctimas “inocentes” de su terrible e injustificado terrorismo. Por supuesto, ni Jesús Velasco ni los Mateu, padre e hijo, estaban incluidos en esa petición de perdón. Eran “culpables”. Eran beligerantes en esa inexistente guerra que quieren inventar los etarras y que, si no estamos alerta, colarán a través de la mentalidad blanda y amorfa que hoy nos domina. En unos días, asistiremos en Francia a una mascarada que intentará inventar un relato falso de lo que han sido estos más de 50 años de muerte y terror. Puede que esté hablando demasiado tarde, pero más vale tarde que nunca. NO DEJEMOS QUE EL MENTIROSO RELATO DE ETA CALE EN ESTA SOCIEDAD IDIOTIZADA. QUE CADA UNO DE NOSOTROS SEA LA PEQUEÑA, MODESTA, PERO IMPARABLE CONCIENCIA QUE DIGA NO, ¡BASTA YA! ¡NO HUBO GUERRA! HUBO UNA BANDA DE ASESINOS QUE, SIN EL MÁS MÍNIMO MOTIVO REMOTAMENTE JUSTIFICABLE, CAUSÓ MUERTE, DOLOR Y ODIO POR DONDE PASÓ. COMO EL CABALLO DE ATILA. Y HUBO UN ESTADO DE DERECHO QUE SE DEFENDIÓ CON LA LEY E HIZO VER A ESOS ASESINOS LA INUTILIDAD DE SU INTENTO. Sólo si se produce una petición de perdón general, dirigida hacia TODAS las víctimas y sus familiares, acompañada del reconocimiento de que no había ni la más mínima justificación para lo que hicieron y de una eficaz ayuda para la clarificación de los crímenes no aclarados, sólo entonces, podrá esta banda de asesinos hacerse digna de que las víctimas que puedan les perdonen. Mucho me temo que algo así, jamás ocurrirá. Y mientras esto no ocurra, que nadie se deje engañar, que la infamia caiga sobre ellos. Edmund Burke dijo que para que el mal triunfe sólo hace falta que la gente de bien calle. ¡No lo hagamos! En el link que se puede ver más abajo, hay un artículo in memoriam de Ana Vidal-Abarca. Pero, más importante, si cabe: Es un link al blog de su hija Ana Velasco Vidal-Abarca que puede servirnos para mantener la memoria activa y vacunarnos contra el olvido y la mentira.


En este otro se da la noticia del asesinato de Ignacio Mateu y se recuerda el de su padre.



El libro de Aramburu no deja en muy buen lugar a la Iglesia vasca, representada en Don Serapio, cura abiertamente nacionalista, proetarra e hipócrita que, por desgracia, fue –¿es?– es muy típico –¿mayoritario?– en las provincias vascongadas y, por supuesto, también en Cataluña. Hace bastante tiempo que he sabido distinguir entre lo que es la esencia de la Iglesia, que es que me alimente con los sacramentos de Cristo, y que es lo que la hace mi madre y por lo que la quiero, de sus comportamientos en muchos ámbitos de la vida y de la historia. En estos últimos, precisamente porque la quiero, soy muy crítico con ella. Ciertamente, ETA nació bajo la protección de muchas parroquias y muy rara vez un cura del país vasco ha condenado con contundencia a esta organización terrorista. Y no sólo curas, sino obispos. A menudo, los obispos del país vasco –y de Cataluña–, individual y colegiadamente,  se han mantenido entre la ambigüedad y la equidistancia con el nacionalismo excluyente y, en el país vasco, asesino o cómplice. Sin ir más lejos, el comunicado último de varios obispos del país vasco español y francés, tras las la hipócrita y sesgada petición de perdón de ETA hace un par de semanas, fue un ejercicio de ambigüedad. ¿Habría Cristo sido ambiguo con ETA? Me caben pocas dudas de que les hubiese condenado con dureza. Creo, con poco o ningún lugar para la duda, que hubiese estado dispuesto a perdonar si se pedía perdón con sinceridad. Pero no a dejarse engañar por la hipocresía y la mentira. Sin embargo, y en honor a la verdad, debo decir que, incluso en su faceta de comportamiento histórico y vital, el balance de la Iglesia, con muchas y muy oscuras sombras, es inmensamente positivo. No es este el lugar para analizar esto, pero estoy profundamente convencido de ello.

Lamento que el libro de Aramburu, Patria, no haya salido antes, en los momentos más duros del terror. No es, que Dios me perdone si lo dijese con esa intención, una crítica a Fernando Aramburu. Bendito sea su libro que lamento no haber leído antes. Por supuesto, recomiendo encarecidamente su lectura a los que no lo hayan hecho, ya que, además de ser un aldabonazo a la conciencia, es un libro interesantísimo y magníficamente escrito.

Y, ahora, permítaseme un corolario. Afortunadamente, el caso de Cataluña es muy distinto del vasco. Ciertamente también hubo alguna organización terrorista –Terra Lliure– del independentismo catalán. Pero sería injusto negar que no encontró el más mínimo arraigo en la sociedad catalana. Pero, no nos engañemos. Su discurso político es el mismo: independencia al coste que sea. Y la marginación de la población de Cataluña que se siente española no ha llegado a los extremos de lo ocurrido en el país vasco, seguramente por el rechazo al terrorismo por pueblo catalán. Pero sin llegar a esos extremos, sí que ha habido y hay extrañamiento, desprecio y marginación por los independentistas catalanes hacia los catalanes que se sienten españoles. Afortunadamente, de forma reciente, los catalanes que se sienten españoles han dicho “basta”. Ojalá encuentren eco en el resto de España y, sobre todo en los partidos políticos constitucionalistas, para que no se prolongue más su sufrimiento y puedan vivir en su patria chica con absoluta libertad civil en todos los sentidos.