10 de diciembre de 2018

Lujuria, castidad, agresiones y manadas


Creo sinceramente que nos estamos volviendo locos como sociedad. Locos de una especie de doble personalidad esquizoide que nace de la prohibición que nos hemos hecho de llamar a las cosas por su nombre y de proscribir algunos sanos conceptos.

Nos espantamos, con toda razón, ante actos tan deleznables como los de la manada. Y queremos, también razonablemente, que haya leyes duras que condenen esas conductas con penas proporcionadas al daño que hacen. Hasta aquí, nada que reprochar a la sociedad en que vivimos. Pero a partir de aquí empiezan los disparates. Y el primero, aunque de ninguna manera el mayor, es el del establecimiento de fronteras entre lo que es una sana relación sexual y lo que es un abuso o violencia. Evidentemente, no es no, y así debe ser. Pero en el juego erótico que precede al sano cortejo sexual y al mismo acto sexual hay una inmensa cantidad de matices, de ambigüedades, de sobreentendidos, de acercamientos y alejamientos, de cambio de actitudes y pareceres. Y esto forma parte de lo normal. Es parte del juego erótico que es un ingrediente básico de una sana sexualidad. Y lo es en todas las relaciones eróticas y sexuales, en las circunstanciales y en las estables. Pretender convertir todo esto en una línea nítida, recta e inamovible es ir contra una de las conductas que pueden ser de las más humanas, dulces, sanas y deseables que se pueden tener. Cierto que esas conductas también pueden derivar en algo abyecto y miserable. Pero matar lo primero para evitar lo segundo se me antoja como matar a un ruiseñor para poder echar la siesta o como talar un árbol centenario para poder tomar el sol.

La solución no está, desde luego, en el trazado de toscas líneas que maten la sutileza. Está en remontarse a algo más básico, profundo e importante de las reglas que rigen la conducta humana. La distinción entre el bien y el mal, entre lo bueno y lo malo, entre lo virtuoso y lo vicioso, entre la gracia y el pecado. Pero, claro, aquí tocamos sacrosantos principios que esta sociedad ha condenado al ostracismo. Porque esa distinción atañe a la conciencia del ser humano y, la conciencia es algo que debe ser formado desde la infancia. Y, lo primero que hay que hacer es empezar por formar en que existe el bien y el mal, lo que implica decir que existe la verdad y la falsedad y que no todo da igual. Hay que empezar por decir que existe la virtud y el vicio y la gracia y el pecado. Pero todos estos conceptos han sido desterrados por la sociedad en que vivimos, como si fuesen estupideces, cosas de retrógrados o conceptos de casposa sacristía que estorban a un concepto erróneo de libertad.

Las ideas que sobre estos temas forman la conciencia individual y colectiva se van cociendo a fuego lento en las generaciones a través de la educación. Y, la verdad es que la educación sexual imperante que se da ahora a los niños es, en general, la de que todo vale si te apetece. Como esta cocción es lenta, merece la pena que me remonte hacia a atrás a determinadas vivencias y recuerdos personales en lo que a educación se refiere. Y uno de mis recuerdos se remonta a la famosa campaña de publicidad del “Póntelo, pónselo”. ¡Qué divertido! El sexo no era más que un divertimento con dos pequeños inconvenientes; que la mujer se podía quedar embarazada y que a través de él, sobre todo si las relaciones eran promiscuas, se podían transmitir enfermedades sexuales y, en especial, el SIDA. Pero, ¡no pasa nada! Con el condón, todo solucionado. Diviértete con el sexo irresponsable, convertido en “responsable” sólo con el “póntelo, pónselo”. Recuerdo que en la misma época del “póntelo, pónselo”, en todo el mundo había publicidad para combatir el contagio del SIDA. Pero no puedo dejar de comparar la española con la que se hizo en ese mismo momento en Alemania. Allí aparecía una secuencia de escenas en el que el mismo hombre se llevaba a la cama, con gran alegría, a diferentes mujeres. El audio decía: “Éste es Klaus con Erika. Éste es Klaus con Brigitte. Éste es Klaus con Kristine…”. Entonces cambiaba el cuadro y se veía al mismo hombre enfermo y demacrado, al tiempo que el audio decía: “… y éste es Klaus con SIDA”. Sólo al final se recomendaba no tener relaciones promiscuas y, si se tenían, usar preservativo. Es decir, ni más ni menos que la única receta de éxito, la llamada ABC[1]. Abstinencia, fidelidad, condón. Por ese orden. En España sólo quedó la C.

Por aquella época, hablo de hace 25-30 años, mis hijos eran adolescentes e iban al Liceo Francés. Un buen día llegaron a casa diciendo que en el patio del Liceo iban a poner una máquina de preservativos. Nos creímos que era la típica broma de adolescentes, el típico bulo “gracioso”. No. Fue verdad. La pusieron. Mi mujer y yo, nos lanzamos a una campaña de recogida de firmas para pedir que se quitaran. Fuimos calificados de “la caverna”. Otro amigo mío y yo conseguimos entrar a formar parte del “Conseil d’Etablissement” como dos de los cuatro representantes de los padres. Inútil. En el Conseil estaban los sindicatos, la dirección, los profesores y los alumnos. Los profesores, con alguna honrosa excepción seguían a la dirección. Los sindicatos eran progres. Los alumnos y los padres estábamos divididos. Conclusión. Todo llegaba amañado antes de cada reunión y lo único que podíamos hacer mi amigo y yo era darnos el gustazo inútil de decir lo que nos parecía. ¿Qué cosas se decidían allí? Por ejemplo, una clase de educación sexual para evitar el contagio del SIDA, o que se diese a las niñas la píldora del día después en la enfermería del Liceo sin conocimiento de los padres. Las sesiones de educación sexual anti SIDA las daba la doctora del Liceo. Tras una ardua lucha conseguimos que mi mujer pudiese asistir a las charlas. Éstas se podían resumir en lo siguiente: Toda conducta sexual que no contagiaba el SIDA era buena. Por supuesto, hacer el acto sexual con condón era bueno. No puedo estar más de acuerdo en que se le diga a un adolescente que, si va a hacer el acto sexual indebidamente, por lo menos, no haga la tontería de hacerlo sin preservativo. Así educaba yo a mis hijos. “Hacer el amor –les decía– es eso, un acto de amor. Y el amor no es sólo un sentimiento, es, sobre todo, un compromiso serio y profundo que, deseablemente, debe ir acompañado de un sentimiento que, si es auténtico, no es pasajero. Por tanto, hasta que no se tenga madurez para ese amor, ese compromiso, es sano abstenerse del acto sexual. Peeeeero, si hacéis lo indebido y echáis un polvo, que no es lo mismo que hacer el amor, no pongáis una estupidez encima de lo indebido. Poneros el preservativo”. A menudo les contaba la frase leída en la novela “El plan infinito” de Isabel Allende, que decía: “El amor es la música y el sexo es el instrumento”. Yo la completaba diciendo que hacer el acto sexual sin auténtico amor era como jugar al tenis con un Stradivarius: se perdía el partido y se destrozaba el violín. Un hijo mío de 16 años protestó un día en clase de francés, ¡de francés!, porque la profesora les dijo que un chico que no había tenido relaciones sexuales a los 17 años era bicho raro. Mi hijo le respondió con la frase de Isabel Allende y mi comentario y la profesora se quedó de piedra. Pero no era ese el mensaje de las charlas de educación sexual. ¡No! El mensaje era: si no da SIDA, es bueno. La masturbación mutua, es buena, porque no da SIDA. La felatio y el cunilingüis, son buenos, porque no dan SIDA. ¡Como suena! A niños y niñas de 14 años en adelante. Mi mujer se plantaba y les explicaba a los chicos y chicas que las cosas no eran así. La doctora tenía que dejarla, porque esas eran las reglas del juego. Entre los chicos y chicas se producía discusión y división de opiniones. Esta división estaba sesgada. La mayoría de los que estaban de acuerdo con mi mujer eran chicas. Así mantuvimos esa lucha mi mujer y yo, hasta que nos hartamos y sacamos del Liceo a nuestros hijos que todavía no habían acabado el Bachillerato. Dos cosas debo decir a favor del Liceo Francés. La primera que la formación intelectual que daban era magnífica, enseñando a los jóvenes a razonar en vez de memorizar. Por eso me dio pena sacarles. La segunda que, a pesar de la lucha que mantuvimos mi mujer y yo, nunca, jamás, mis hijos se vieron perjudicados en sus notas ni en ninguna actividad escolar ni extraescolar por esa batalla nuestra. Tal vez pueda pensarse que esas son cosas que sólo pasaban en el Liceo Francés. Es posible que eso fuese así en aquella época, pero mucho me temo que, años después, en España, con la educación para la ciudadanía y otras cosas, en los colegios públicos –y en cierta medida en los concertados– se han superado con creces esas barbaridades. En cambio, tengo la impresión de que en la educación pública francesa –el Liceo Francés es público– se está ya un poco de vuelta de semejantes dislates.

¿A dónde quiero llegar con estos recuerdos y experiencias? A que si esa ha sido la educación que se ha dado en los institutos y colegios, ¿por qué nos extraña que haya manadas? Quien siembra vientos, cosecha tempestades. Tal vez sean leyendas urbanas, no lo sé, pero he oído historias de juegos sexuales practicados en grupo entre chicos y chicas, historias que el pudor me impide contar, que indican que las manadas o los lobos sexuales solitarios, no son otra cosa que el producto de esa educación.

Estoy convencido de que otro gallo cantaría si la educación hubiese hecho énfasis en lo que decía al principio, el bien y el mal, la verdad, la virtud y el vicio, la gracia y el pecado. Indudablemente en el pasado –y ahora hablo de mi infancia– el énfasis en el pecado y en la gravedad del sexto mandamiento y en el anatema del sexo fueron excesivos. Pero me atrevería a decir que lo que aquello no producía eran manadas. Y que para el impacto en la salud mental era mucho mejor aquello que esto. Lo cual no me hace añorar la educación de mi infancia. Pero sí un correcto equilibrio. La ley del péndulo nunca ha sido una buena ley. Y para ello, hay que educar en distinguir la virtud y el vicio. No usemos, si se considera inoportuno –aunque no veo por qué ha de serlo– la idea de pecado, pero hablemos a los niños y jóvenes del vicio de la lujuria –y de la avaricia y de la soberbia, etc.– así como de sus virtudes sanadoras de la castidad –y de la generosidad y de la humildad, etc.– que compensan los vicios anteriores. Y no tiñamos en la educación el vicio de aureola de libertad y la virtud de sometimiento y represión. Volvamos a los clásicos. Virtud viene de virtus, que es fuerza en latín. El hábito de la virtud es un hábito de fuertes. El hábito del vicio es un signo de debilidad. En la puerta de bronce, llamada de las virtudes, del antiguo seminario de los Jesuitas en Comillas, una obra de arte –la puerta– del arquitecto-escultor Lluis Domenech i Muntaner, aparecen representadas las siete virtudes que se oponen a los siete[2] pecados capitales. Las virtudes son mujeres que están de pie sobre plataformas debajo de las cuales están representados, como aplastados, los vicios. La segunda por la derecha es la castidad, una bella joven con un lirio en la mano. Aplastado por ella aparece un rijoso mono, símbolo de la lujuria. No me parece mal símil. En una educación así, deberíamos decirles a nuestros jóvenes lo que en 1906 le decía Paul Claudel a su discípulo Jaques Rivière cuando éste tenía 20 años:

“No crea usted a quien le diga que la juventud está hecha para divertirse: la juventud no está hecha para el placer; está hecha para el heroísmo. Es verdad, un hombre joven necesita heroísmo para resistir a las tentaciones que le rodean, para creer él solo en una doctrina despreciada... para estar solo contra todos, para ser fiel contra todos. Pero, “tened valor, que yo he vencido al mundo...”. La virtud es la que nos hace hombres. La castidad le hará a usted vigoroso, ágil, alerta, penetrante, claro como un toque de clarín y esplendoroso como el sol de la mañana. La vida le parecerá a usted llena de sabor y gravedad, y el mudo, lleno de sentido y de belleza”.

No soy ningún ingenuo. No creo que exista ninguna receta infalible en la educación que erradique los vicios y generalice la virtud. La virtud, como fuerza y heroísmo que supone, será siempre menos frecuente que el vicio que es un dejarse llevar corriente abajo. Pero sin creer en una panacea, sí estoy convencido de que una sana educación, basada en la verdad, la virtud y la gracia, daría, sin duda, un mundo con una mayor proporción de virtud y, por consiguiente, con menos manadas o lobos sexuales solitarios. No me resisto a citar una frase que Gustav Janouche pone en Franz Kafka en sus “Conversaciones con Kafka”

“... es difícil imaginar hoy, verdaderamente, una juventud libre y ligera. La espantosa marea de estos últimos años lo sumerge todo. […]. Es cierto que la impureza y la juventud se excluyen mutuamente. Pero, ¿dónde está la juventud de los hombres de hoy? Vive en la mayor familiaridad y en la más íntima confianza con la impureza. Los hombres conocen la fuerza de la impureza, pero han olvidado la fuerza de la juventud. Por eso dudan de la juventud misma. [...] La presión exterior es terriblemente fuerte: defenderse y abandonarse al mismo tiempo... De aquí nace una crispación”.

Realmente, con la educación que se ha dado en los últimos, al menos, treinta años, es muy difícil que surja una juventud de virtud heroica más allá de algunas excepciones. Sería raro que no viviesen “en la mayor familiaridad y en la más íntima confianza con la impureza” y que no tuviesen “una profunda crispación”. Y, así, no es raro que salgan manadas o lobos sexuales solitarios.

Lo sorprendente es la hipocresía de esta sociedad que se asombra de que tras la inoculación de esos desviados principios, se produzcan estos resultados y no se dé cuenta de que aquellas lluvias trajeron estos lodos. Y, lejos de rectificar errores, se mantiene la contumacia en ellos, se profundiza en la errada educación y se buscan unas triquiñuelas legales disparatadas, que desnaturalizan cualquier tipo de relación sexual admisible, para reprimir conductas perversas que esa educación ha producido. Por supuesto, estoy a favor de que el código penal castigue con dureza las execrables conductas de la manada y similares. Pero no a costa de disparates jurídicos de notarialización de las relaciones sexuales. Últimamente circulan muchos chistes al respecto. No voy a abundar en ellos porque seguramente todos los que lean estas líneas los habrán visto. Podrán parecer boutades, pero tienen un profundo fondo de razón. Y, mucho me temo que, con estas ridículas propuestas legales, acaben en la cárcel personas cuya conducta no es merecedora de ella. Podemos llegar al extremo de que decirle a una chica, por ejemplo, que tiene un pelo muy bonito, sea considerado una agresión sexual. ¿Exagero? Veremos, tiempo al tiempo.


[1] ABC son las siglas de Abstinence, Be faithful, Condon. Be faithful era la manera de decir fidelidad de forma que el acrónimo fuese ABC.
[2] En realidad aparecen sólo seis. La soberbia no aparece. Los guías que lo enseñan dicen que la soberbia está representada por la propia puerta. No sé si lo veo muy claro.

2 de diciembre de 2018

Hoy ha sido una jornada histórica


Creo que hoy hemos vivido una jornada histórica en España. Tal vez debería esperar hasta mañana para escribir más en frío, pero me pasan dos cosas.

La primera que si no escribo ahora lo que tengo en la cabeza, no voy a poder dormir y la segunda que mañana no voy a tener un segundo para escribier, así que, a estas horas intempestivas, allá voy.

Lo primero quiero dar rienda suelta a ki alegría de que, después de casi 40 años, el PSOE tenga que salir con el rabo entre las piernas del gobierno. Creo que es una magnifica oportunidad de que la brecha económica entre Andalucía y el resto de España deje de agrandarse. Porque la culpa de esta brecha la tiene el nefasto gobierno continuado del PSOE en la región. Es una excelente noticia porque, siendo el separatismo de Cataluña y Vascongadas el factor de mayor riesgo de ruptura de España, la brecha económica es, sin duda, el segundo.

Por otro lado quiero hablar del ascenso de VOX. Nunca he votado a VOX y creo que no lo haré. No comparto la acusación que desde la izquierda se le hace de representar una derecha antidemocrática y ultra. No lo es. Comparto muchos de sus presupuestos. Creo que es el partido más liberal en lo económico que hay actualmente en España. Pero ser liberal sin gobernar está chupado. Lo puede ser cualquiera. Comparto su falta de fe en el llamado Estado de las Autonomías, que es una sangría económica y política para España. Pero, para acabar con este Estado de las Autonomías tendría que hacerse por el camino difícil de la reforma constitucional (2/3 en las dos cámaras, disolución y elecciones, nueva mayoría de 2/3 entre las dos cámaras y referéndum). O sea, imposible. Gastar hoy en día energías en eso es como querer alcanzar la azotea de un edificio de 10 plantas con un salto desde la calle. Tal vez un día –ojalá– las condiciones de España lo permitan. Pero ese día está todavía muy lejos y si hay que acercarse a él, deberá ser con astucia. Astutos como serpientes… Comparto su visión de un control serio de la inmigración, libre de demagogias. Control no es cierre de fronteras, es admitir a los que puedan venir a España a trabajar, no a vagar por las calles manteando. Esto no es xenofobia, es realismo. Comparto con VOX su visión cristiana de la vida. Entonces, ¿por quñe no le voto? Por varios motivos. El primero porque todavái no ha hecho nada real por España que demuestre su valía. El PP, con todo lo malo que haya podido hacer, ha prestado a España el inestimable servicio de sacarle dos veces de la ruina a la que el PSOE la había abocado. Ahora está de moda decir que la economía no es importante. Pero, sí que lo es y mucho. Es el trabajo y el pan de millones de personas. Hasta ahora, VOX sólo ha hecho honor a su nombre. Bla, bla, bla. Y a mi las palabras me impresionan poco. Prefiero los hechos. Pero, además, hay otras razones, que no diré públicamente porque no me da la gana, por las que creo que no les votaré nunca.

Pero no es un partido antidemocrático, como se le pretende presentar, identificándolo con Le Pen o los partidos neonacis o neofascistas de Alemania, Grecia y otros países. Es un partido que no acepta lo políticamente correcto, lo que me parece estupendo, pero en este país equivale a ser tachado de fascista. Sí son profundamente antidemócatas, se pongan la careta que se pongan Pablo Iglesias y Podemos. Se me han puesto los pelos como escarpias al ver el discurso de Pablo Iglesias tras las elecciones. En el más puro estilo leninista, plagado de amenazas y de llamadas a la toma de la calle. Eso sí es ser un partido antidemocrático, por mucho que se crea con derecho a repartir certificados de demócratas. La pobre candidata para Andalucía ha dicho lo mismo, pero solo daría pena si no tuviese detrás a quien tiene.

Me pone de mala leche el discurso de Susana Díaz, la gran fracasada, la puesta a dedo por Griñán, de la pretendida unión de los demócratas –entre los que, por supuesto, pone a Podemos– frente a los antidemócratas, en un patético, pero, ojo, no imposible, intento de atraerse a C’s. Me parece bastante plausible que, si entre C’s y PSOE tuviesen 55 escaños, se revalidaría el pacto de la pasada legislatura. El guiño de Susana estaba clarísimo. Pero… alinearse con Podemos es demasiado, incluso para C’s. No obstante, en su discurso, Rivera ha avanzado el postularse para ser Presidente de Andalucía. A ver si, burla burlando, vamos a acabar teniendo nuevas elecciones en Andalucía en unos meses. Sería de coña, pero no lo descarto y tal vez al PSOE le gustaría, porque soñaría con atraer a la abstención.

No veo más que una salida razonable y, además, magnífica para Andalucía y para España. Una entente entre PP, C’s y VOX. No sé qué tipo de entente. Eso son tmas tácticos que me resbalan. Pero una entente. Entente que, parece lógico, debería estar centrada en el PP. Pero, claro, aquí me encuentro con los que han demonizado al PP, culpándole de todos los males de España, ciegos a los servicios de este partido a España.

El los numerosos, rápidos y eléctricos cambios d Whasapp mientras se daban los resultados me ha pasado lo que le pasa siempre a todo aquel que pretende mantener la cabeza fría. No tenfo entre mis contactos a nadie que llame fascista a VOX –aunque sí a gente que, como yo ni les ha votado ni les votará nunca– pero éstos me llamarían también fascista por defender hasta donde lo he hecho a VOX. Si tengo, en cambio, a bastantes que, por los más diversos motivos, unos que entiendo y otros que no, son entusiastas votantes de VOX. Me han puesto a parir. Me da igual. Su argumento, erróneo, por supuesto, es que este resultado ha sido gracias a VOX. “Si no hubiese sido por los 12 escaños de VOX”, me decían. Como si esos votos no hubiesen existido sin VOX. Hubiesen existido y se hubiesen repartido, casi todos entre PP y C’s y hubiesen ido, además, a favor de la ley de Hont. O sea que el resultado hubiese sido parecido. Les he contestado que, aunque su razonamiento era erróneo, bien está lo que bien acaba, intentando con ello, hacer una honrosa paz, como la que debe haber de ahora en adelante entre las fuerzas de centro derecha y derecha. Pero, no ha servido. Su enardecido ánimo les ha llevado, si no al insulto, sí a una notable falta de respeto, llevando sus argumentos ad hominem. Que si parecía metita que yo, siendo tan listo, fuese a la vez tan tonto como para no ver que VOX era el partido salvador de Andalucía. No me importa. Los amigos son los amigos más allá de las opiniones políticas.

Como he dicho más arriba, bien está lo que bien acaba y lo de Andalucía, aunque no ha acabado, va bien. Esperemos que no acabe mal en nuevas elecciones o en pactos maléficos. Esto último lo veo casi imposible, ya que si C’s se uniese a Podemos acabaría de firmar su sentencia de muerte. Pero lo de las nuevas elecciones… hasta que no vea una investidura no me lo creeré. Por algo me llamo Tomás.

24 de noviembre de 2018

Míster Ed, Wilbur, la venganza de Don Mendo y un corolario teológico


Por esos recovecos que tiene la memoria, hoy me ha venido a la cabeza el recuerdo de una serie de televisión de los años 60´s que a mis 14 o 15 años veía sin perderme un solo episodio.

Se trataba de la serie Mister Ed. Un día, un ejecutivo agresivo americano, por nombre Wilbur al que le van más las cosas en los negocios, en su matrimonio y en su familia, tiene que vender su loft en Manhattan y comprar una casa vieja en el campo, relativamente lejos de Nueva York. El que le vende la casa le hace una rebaja para que se quede con un viejo penco inútil que se llama Mister Ed con el que no sabe qué hacer. Wilbur, tras regatear la rebaja, acepta. El primer día que va a vivir a la casa, huyendo de su mujer, que le da la brasa por haberse tenido que ir a vivir al quinto infierno, va a la cuadra y le empieza a contar sus penas familiares y profesionales al viejo caballo. En un momento dado, el animal le habla y le da tres buenos consejos, uno para su trabajo, otro para su matrimonio y otro para sus hijos. Por supuesto, Wilbur cree haberse vuelto loco y sale corriendo. Pero, al cabo de un rato, intrigado, vuelve y Mister Ed le vuelve a dar los consejos. Él no está convencido de no estar majara, pero, los consejos le parecen sensatos y –por probar no pasa nada– decide ponerlos en práctica. Efectivamente, en su trabajo le empieza a ir bien y también empiezan a mejorar las relaciones con su mujer y sus hijos. Como mera curiosidad, pongo un link a la cabecera de la serie. (San Google lo encuentra todo).

A partir de ese momento, gracias a los consejos de Mister Ed, a Wilbur le empiezan a ir las cosas de bien en mejor. En su trabajo le suben el sueldo y le ascienden, con su mujer y sus hijos va teniendo un ascendiente y un cariño cada vez mayor, sus amigos, que antes le tenían por un pringao le empiezan a admirar por su sensatez y buen juicio. Gracias al entrenamiento que Mister Ed supervisa y a su autoconfianza su juego de golf mejora espectacularmente. Los que antes no querían ni oír hablar de jugar al golf con él ahora se lo rifan… y así en muchas cosas.

Pero él no da ninguna importancia a nada de eso. Lo único que le importa es demostrar al mundo que tiene un caballo que habla, con el fin de venderlo por un pastón y forrarse. Intenta tender a Mister Ed todo tipo de trampas, cada vez más sofisticadas para que alguien le vea y le oiga hablar. Pero, el caballo no quiere que nadie lo sepa y, naturalmente, es mucho más astuto que el idiota de Wilbur que, sin la ayuda de Mister Ed la caga una y otra vez. Naturalmente, para su frustración nunca consigue que nadie oiga hablar a su caballo y se desespera. Al final de cada episodio, cuando a Wilbur le fallan estrepitosamente sus estrategias para desenmascarar a Mister Ed, siempre acaba con que el caballo mira a su dueño con cara socarrona mientras le dice con voz de cachondeo: ¡Wilbuuuuuuur! En el matrimonio de Wilbur hay, sin embargo, un punto negro. Su mujer le da continuamente la tabarra para que se deshaga del caballo, “ese viejo penco”. Y el pobre Wilbur se las ve y se las desea para no complacer a su mujer que intenta vender a Mister Ed de mil formas distintas. Sin embargo, al caballo no le importa el empeño de su dueño por deshacerse de él por dinero cuando consiga demostrar que habla. Sigue ayudando a Wilbur cada vez con más tino y sensatez y el matrimonio, la familia, el sueldo y el prestigio de Wilbur crecen como la espuma.

Bueno –estaréis pensando–, ¿a qué demonios viene que Tomás nos cuente esta historia de un caballo que habla y de un tío un tanto gilipollas? O, puesto en palabras de Don Mendo en una escena de su famosa venganza:

“¿Y a qué viene, ¡vive el cielo!
cuando tan grande es mi duelo
esta conseja endiablada
del cencerro y de la espada
y del farol y del celo?”

Aún a riesgo de que muchos de vosotros conozcáis de sobra la obra de Don Pedro Muñoz Seca, no puedo dejaros en la incógnita del porqué de la indignación de Don Mendo. Por una serie de motivos, Don Mendo está en una lóbrega mazmorra y un amigo suyo, el marqués de la Moncada, le va a ver para proponerle un plan de fuga. Están acosados por el tiempo que tarde en volver el siniestro carcelero. Pero, a pesar de ese agobio, Moncada le suelta a Don Mendo el siguiente rollo:

Moncada:

Ha de antiguo la costumbre
mi padre, el Barón de Mies,
de descender de su cumbre
y cazar aves con lumbre,
ya sabéis vos cómo es.

Don Mendo:

No.

Moncada:

En la noche más cerrada,
se toma un farol de hierro
que tenga la luz tapada,
se coge una vieja espada
y una esquila o un cencerro
a fin de que al avanzar
el cazador importuno
las aves oigan sonar
la esquila y puedan pensar
que es un animal vacuno.
Y en medio de la penumbra,
cuando al cabo se columbra
que está cerca el verderol,
se alumbra, se le deslumbra
con la lumbre del farol.
Queda el ave temblorosa,
recelosa, cautelosa,
y entonces, sin embarazo,
se le atiza un estacazo,
se la mata, y a otra cosa.

Don Mendo:

No es torpe, no la invención
mas un cazador de ley
no debe hacer tal acción,
pues oyendo el esquilón
toman las aves por buey
a vuestro padre, el Barón.

Moncada:

Es verdad, no había caído,
vuestra advertencia es muy justa
y os agradezco el cumplido.
¡El Barón por buey tenido!
No me gusta… no me gusta.

Es entonces cuando a Don Mendo le sobreviene el ataque de cólera, al ver que se esfuma el tiempo para planear su fuga.

Seguiréis diciéndoos: ¿Y por qué Tomás nos transcribe un párrafo tan largo de “La venganza de Don Mendo”? Hay varias buenas razones para ello. La primera, que este año se cumple el centenario del estreno de dicha obra y, para celebrarlo, el grupo de teatro del Colegio del Recuerdo de los jesuitas, va a representar esta obra varias veces los dos próximos fines de semana. Os añado un link con el cartel donde se dan días y horas de las funciones.


La segunda, porque estoy seguro de que si vais, pasaréis un rato muy divertido de humor inteligente y saldréis con una sonrisa, cosa que, dados los tiempos que corren, siempre es de agradecer. Si no podéis ir, os recomiendo la lectura. No es lo mismo, pero… Por supuesto, podéis encontrarlo en Amazon. Yo iré este domingo 25, así que si os veo, nos reiremos juntos.

Don Pedro era muy capaz de despertar la carcajada con las cosas que escribía. Como muestra un botón, ahí va algo verdaderamente genial:

“Don Pedro vivía, desde sus tiempos de estudiante, en una casa de Madrid donde atendía la portería un encantador matrimonio al que profesaba auténtico afecto[1]. Falleció la mujer y, a los pocos días el marido, más de pena que de enfermedad, pues era un matrimonio profundamente enamorado. El hijo de los porteros se dirigió a don Pedro, muy afectado por la muerte de sus padres, y le pidió que redactara un epitafio para honrar su memoria. Del corazón de Muñoz Seca salieron estos versos:

FUE TAN GRANDE SU BONDAD,
TAL SU GENEROSIDAD
Y LA VIRTUD DE LOS DOS
QUE ESTÁN CON SEGURIDAD
EN EL CIELO, JUNTO A DIOS.

Corría mil novecientos veintitantos y, en la época, era preceptivo que la Curia diocesana aprobara el texto de los epitafios que habían de adornar los enterramientos. Así que don Pedro recibió una carta del Obispado de Madrid reconviniéndole a modificar el verso, puesto que nadie, ni siquiera el propio Obispo de la diócesis, o el Santo Padre, incluso, podían afirmar de un modo tan categórico que unos fieles hubieran ascendido al cielo sin más. Don Pedro rehízo el verso y lo remitió a la Curia del modo siguiente:

FUERON MUY JUNTOS LOS DOS,
EL UNO DEL OTRO EN POS,
DONDE VA SIEMPRE EL QUE MUERE
PERO NO ESTÁN JUNTO A DIOS
PORQUE EL OBISPO NO QUIERE.

Nueva carta de la Curia. El Obispo, tras recriminar al autor lo que cree –con toda la razón del mundo– una burla y un choteo de Muñoz Seca, le exige una rectificación, ya que no es el Obispo el que no quiere, pues ni siquiera es voluntad de Dios. Él no decide nuestro futuro, sino que es nuestro libre albedrío el que nos lleva o no al cielo. Así que don Pedro remata la faena escribiendo un verso que jamás se colocó en enterramiento alguno porque la Curia ni siquiera contestó:

VAGANDO SUS ALMAS VAN
POR EL ÉTER, DÉBILMENTE,
SIN SABER QUÉ ES LO QUE HARÁN
PORQUE, DESGRACIADAMENTE,
NI DIOS SABE DÓNDE ESTÁN.

No es de esto de lo que quiero sacar, aunque tal vez podría, ningún corolario teológico ni eclesial.

El final de la vida de don Pedro fue, sin embargo, trágico.

“Fue condenado a muerte, el 26 de noviembre, por un tribunal popular: Por fascista, monárquico y enemigo de la República. Antes de morir escribió esta carta a su mujer[2]:

‘Queridísima Asunción: sigo muy bien. Cuando recibas esta carta, estaré fuera de Madrid. Voy resignado y contento. Dios sobre todos. Llevo una muda de repuesto. Voy muy tranquilo sabiendo que todos estarán bien y que tú seguirás siendo el ángel bueno de todos. El mío lo has sido siempre y, si Dios tiene dispuesto que no volvamos a vernos, mi último pensamiento será siempre para ti. No te olvides de mi madre (…) Siento proporcionarte el disgusto de esta separación pero, si todos debemos sufrir por la salvación de España y ésta es la parte que me ha correspondido, benditos sean estos sufrimientos. Te escribo muy deprisa porque me ha cogido la noticia un poco de sorpresa. Adiós, vida mía. Muchos besos a los niños, cariños para todos y, para ti, que siempre fuiste mi felicidad, todo el cariño de tu Pedro.

Postdata. Como comprenderás, voy muy bien preparado y limpio de culpas’.

Le quitaron la maleta, el abrigo, la cartera, el reloj, los recuerdos que llevaba en los bolsillos y le dejaron un pañuelo, como único equipaje. Un miliciano le cortó los bigotes: ‘Para donde vas, no te van a hacer falta’.

Le ataron las manos con un alambre. Como un Cyrano de Bergerac gaditano, conservaba la entereza y el humor. Les dijo a los que iban a fusilarlo: ‘Me lo habéis quitado todo, la familia, la libertad, pero hay algo que no me podéis quitar: el miedo’.

Tiró el cigarrillo y dijo: ‘Cuanto antes’. Todavía gritó: ‘¡Viva España y viva el Rey!’. Cuentan que agarró la mano del Padre Llop, que estaba perdonando a sus asesinos, y se despidió: ‘Hasta el cielo, Padre’.

Es uno de los miles de cuerpos sin identificar que reposan en la fosa común de Paracuellos”.

Actualmente, don Pedro Muñoz Seca está en proceso de beatificación junto con otros 43 posibles mártires.

Y la tercera razón para colocaros este texto es que mi mayor deseo en la vida ha sido, desde hace muchos años, representar “La venganza de Don Mendo”: Naturalmente, haciendo yo el papel de Don Mendo que me sé de memoria. Mucho me temo que este profundo deseo de mi alma se verá frustrado. O tal vez, si al final no me paso la eternidad vagando por el éter, débilmente, como los pobres porteros de don Pedro, pueda representarlo en el cielo. Veremos en qué acaba esto.

Pero volvamos con Mister Ed y Wilbur. Seguiréis preguntándoos: ¿Para qué demonios nos cuenta Tomás todo esto de Mister Ed, Wilbur, su mujer, su trabajo y todo lo demás? Y aquí viene el corolario teológico.

¡Ah!, es que me parece que muy a menudo nosotros, los seres humanos hacemos con Dios lo que Wilbur con Mister Ed.

Muchos ni siquiera le hacen caso. Escuchan los consejos de Dios, pero los achacan a su locura y se los quitan de la cabeza. Puede que se den cuenta de que los consejos tienen mucho sentido, pero su orgullo les impide ver qué pasaría si los siguiesen. Los oyen como un indistinguible murmullo de fondo al que no hay que prestar la menor atención y, al final, dejan de oírlos.

Otros los siguen y hasta les va bien, pero al poco tiempo se acostumbran a tener a Dios a mano y los ven tan contrarios a los consejos que da el mundo, que poco a poco van despreciándolos hasta que dejan de hacerles ni pito caso. También, al final, dejan de oírlos.

Un tercer grupo, mientras oyen sus consejos, viven obsesionados con quitarse de en medio a Dios, tal y como Wilbur quería hacer con Mister Ed y, al final lo consiguen. O mejor dicho, acaban perdiendo con Dios, la casa, el trabajo, los hijos, los amigos y otras muchas cosas más.

Por último, algunos se acercan continuamente a la oración –la cuadra de Mister Ed– para ver qué tiene que decirles. No es necesario contarle muchas cosas a Dios. El nos conoce hasta nuestras entretelas. Basta con sentarse al lado de la puerta de la cuadra por la que Mister Ed saca la cabeza, darle palmaditas en las carrilleras cuando saca la cabeza y dejarse lamer la mano por él. Enseguida nos vendrán sus consejos. Pero, a diferencia de Wilbur, no debemos esperar de los consejos de Dios el éxito de nuestros planes humanos. Los caminos de Dios no son nuestros caminos y los buenos son los suyos. Porque Él ve la eternidad y toda la trama y urdimbre de las vidas y la historia, mientras que nosotros sólo vemos una minúscula fracción. Los consejos de Dios nos pondrán en el camino de lo mejor para nosotros mismos, pero desde su visión, no la nuestra.


[1] Aunque en el sitio de internet, donde he leído esta anécdota, no especifica quien es el autor de los textos que enmarcan los epitafios, pondría la mano en el fuego de que su autor es Alfonso Ussía, nieto de don Pedro, del que ha heredado su ingenio.
[2] Tampoco este texto es mío, lo he visto en internet, sin que se citase el autor, pero debe ser de alguien de su familia, posiblemente también Alfonso Ussía.

8 de noviembre de 2018

Mi puente de Todos los Santos


Debo, tal vez, empezar por justificarme por escribir lo que viene a continuación. Necesito esta justificación porque siento bastante pudor al escribirlo. Las causas de este pudor no nacen sobre todo, aunque también, de la revelación de cosas de la intimidad. Provienen fundamentalmente de una sensación de malestar –y hasta de cierta culpabilidad– que me produce el sentimiento de ser un privilegiado, como se desprende de lo que voy a contar. Dicho en palabras coloquiales pudiera parecer que me presento en estas líneas como un poco “la mamá de Tarzán” y a mi familia también un poco como la “familia cebolleta”. Es, por tanto, totalmente aplicable a este caso lo de “excusatio non petita, accusatio manifesta”. Así es. Que cada uno, después de leerlo, piense de qué me puedo acusar. ¿Por qué lo escribo entonces? ¿Qué me justifica? Me justifica una frase de Jean Guitton que cité en el envío del 26 de Octubre. Decía Guitton:

“Cada uno de nosotros en la vida privada, en la vida familiar, en la vida nacional y en la vida internacional, no habla nunca de lo que es esencial. Dicho de otra manera; lo que es esencial queda escondido para siempre en nuestro corazón. Sin embargo, en mi opinión, no deberíamos guardar silencio sobre lo esencial”.

No voy a hablar de nada esencial en la vida nacional ni internacional, pero sí de algo esencial en la vida personal y familiar.

Este largo (para mí) puente de Todos los Santos, he ido, con casi toda mi familia a Sanary sur mer, un pequeño pueblo francés próximo a Toulon, en la costa mediterránea francesa. La razón del viaje ha sido doble: Por un lado, mi hijo Rodrigo, que es sacerdote y está como tal en la Diócesis de Toulon, en la parroquia de Sanary, celebraba el décimo aniversario de su ordenación sacerdotal. Realmente su décimo aniversario será el próximo 22 de Diciembre de 2008, pero dado que ese día no íbamos a poder estar con él, pasamos la celebración a el día de Todos los Santos. Pero es que, además, se daba la circunstancia de que el lunes 5 de Noviembre se cumplían el 45º aniversario de mi boda con Blanca, mi mujer. Así que decidimos matar dos pájaros de un tiro. Desde hace meses, cada uno de la familia nos las hemos apañado para sacar billetes baratos y buscar días de vacaciones extras para poder ajustarlo. Lo hicimos cada familia por su lado y así, unos se fueron a Sanary el martes y volvieron el sábado, otros fuimos el miércoles y volvimos el lunes y, entre estas fechas, hubo diferentes combinaciones. Pero entre el miércoles y el sábado, nos juntamos 25 de la familia. 14 adultos, 9 niños y 2 no natos. Únicamente no pudieron venir una nieta que sus padres juzgaron que era demasiado pequeña para venir, un nieto casi recién nacido y su madre, mi nuera, que se tuvo que quedar a cuidar a su hijo. Y, claro, tampoco vino mi hija Marta, monja de clausura del Instituto Iesu Communio. Pero ambas estuvieron muy presentes tanto emocional como espiritualmente. Mi hijo Rodrigo organizó que todos pudiésemos vivir, invitados por sus feligreses, en casas de alquiler que, por ser temporada baja, pusieron a nuestra disposición gratis et amore. Además, se “picaban” para ver cuáles de ellos nos invitaban a comer o a tomar una copa a sus casas. Amore a mi hijo Rodrigo que es su vicario (el párroco es un sacerdote chileno excepcional). Ya de por sí, sólo eso, indica el cariño que le tienen a Rodrigo sus feligreses que, además de dejar sus casas para la familia de su vicario, le ayudan de mil maneras diferentes. Una parroquia viva, con una feligresía impresionante. En Francia, los católicos son una muy pequeña minoría, pero los que lo son, se vuelcan en ayudar de mil maneras en sus parroquias, diócesis y otras instituciones de la Iglesia. Han pasado históricamente por la prueba de fuego de una revolución francesa y un laicismo agresivo –aunque no el de hoy día. Tanto Macron como en su día Sarkozy han pronunciado discursos en los que señalaban la importancia de la religión católica y los católicos para la vida civil de la República Francesa. Tampoco nos vendrían mal unos políticos así–. Por tanto, el que ha seguido fiel a su catolicismo lo ha hecho consciente y aguerridamente. Ni que decir tiene que tanto a Blanca como a mí, más a Blanca que a mí, por ser madre, eso –que sus feligreses le quieran tanto y le cuidan– nos da una satisfacción impresionante.

Rodrigo organiza el día 31 de Octubre, desde los seis años que hace que está en esa parroquia, lo que llama a Cité des Saints. Los niños de la parroquia se disfrazan del santo que quieran y tienen que explicar muy brevemente la vida de su santo al resto de los niños y a los adultos que asisten. Cada año hay más niños que se disfrazan y muchos de ellos prefieren vestirse de santos que de las brujas o demonios de Haloween que están tan de moda. Y los niños arrastran a los padres. La representación tiene lugar en pleno paseo del puerto de Sanary y cuenta con la entusiasta colaboración del Alcalde que, aunque no es creyente, apoya estas y otras actividades de la parroquia. Cada vez que ha habido en Francia un atentado terrorista, le ha pedido a la parroquia que haga un funeral por las víctimas, al que él asiste, como lo hace a la misa del día de Todos los Santos y otras grandes festividades. Es un republicano laico francés, inmensamente respetuoso y activo promotor del culto católico. Ya lo he dicho antes, ¡ojalá tuviéramos en España unos cuantos políticos así! Por supuesto, mis nietos fueron disfrazados y explicaron, en español y en francés –los que por ir al Liceo Frances hablan con cierta soltura esta lengua– la vida de sus santos.

Podría seguir contando cosas de este fin de semana, pero podría ser tan aburrido para vosotros como cuando los recién casados, de vuelta del viaje de novios, te intentan dar una sesión de fotos de la boda y del viaje. Y os juro que no es ese mi propósito. No puedo, sin embargo, dejar de recordar un par de párrafos de una novela que publiqué en 2001, con el título de “La victoria del sol”. Es una historia, muy inspirada en mi familia –en esa fecha todavía no tenía ningún hijo casado–. Es un relato escrito en flash back por un español que va a recibir el premio nobel de física y recuerda cómo, cuando era un chico más bien tirando a vago, le preguntó a su padre, un ser un tanto peculiar, cómo llegó a saberse que el sol estaba en el centro y no la Tierra. El padre va contando a los miembros de la familia que quieren oírle, a salto de mata y con todo tipo de comentarios, la historia de la astronomía, que se mezcla con las vivencias familiares. No puedo dejar de recordar el pasaje en el que se cuenta el momento de la comida familiar, porque en este viaje lo he recordado, aunque lo vivo casi todos los fines de semana multiplicando por tres el tumulto del libro.

“Por fin, nos sentamos a la mesa. La situación de cada uno en la mesa de comedor era un indicio inequívoco de la estructura jerárquica doméstica. Mi madre presidiendo. A su derecha, mi padre, que hacía mucho que sabía quién mandaba en casa. Su autoridad se había mantenido únicamente en salvaguardar el principio de que no hubiera perro en casa. Ya hay suficientes seres vivos bajo mi responsabilidad – decía. Después, hacia la derecha, cada uno de los hermanos por orden riguroso de edad. Carlos, Luisa, Pepe, yo, Pablo y Lucía. La rigurosidad del orden no residía en ningún protocolo ni código. Era simplemente el orden en que nos íbamos sirviendo.

Dicen que todos tenemos un sexto sentido que nos alerta si alguien nos está mirando fijamente, aunque se encuentre a nuestra espalda. No sé si esto será cierto para el resto de los mortales, pero es una realidad indiscutible en la familia Atienza. Cada uno sentía clavados sobre él los ojos de los que iban detrás en el turno de servirse. Sobre todo cuando lo que circulaba era la fuente de las patatas fritas. Estaba terminantemente prohibido expresar en voz alta ningún tipo de disconformidad sobre la cantidad que se servía cada uno. Sin embargo, ningún poder de este mundo hubiese podido evitar el tumulto de carraspeos incontenibles que se producía si, a juicio de “la mesa”, alguno se extralimitaba en lo que se servía. “La mesa” era una inteligencia independiente de los comensales, especialmente dotada para calcular a velocidades vertiginosas la ración justa que le correspondía a cada uno. Ni mi padre se libraba del implacable control de “la mesa”. La conversación, generalmente animada y, a veces, hasta divertida, quedaba bruscamente interrumpida al hacer su aparición Julius, el marido de Violeta, con la fuente. La tensión podía palparse en el ambiente. Era como ese silencio tenso que siempre precede al ataque de los indios en los “westerns”. A veces, mi madre, que era extremadamente parca en lo que se servía, cometía el horrible crimen de servir a Lucía, que por ser la pequeña y, por tanto, la última, estaba situada a su izquierda. El estrépito era entonces ensordecedor y solía terminar con el llanto desconsolado de Lucía que por aquel entonces tenía siete años y era especialista en llorar ruidosamente con razón o sin ella. No me gustaría que se me entendiese mal. No era que las cantidades fueran escasas. No. Podía haber comida para un regimiento. Sin embargo, nunca en mi recuerdo ha existido el día en que sobrase algo.

Otra batalla librada implacablemente era la del pan. El hecho más deshonroso que podía ocurrirte durante la comida era que alguien que se había terminado el suyo, se adueñase del tuyo. Era un asunto absurdo, porque el pan no estaba tasado. Si se te acababa, en seguida Julius te traía más. Pero quitárselo al de al lado era como si fuese una aventura cinegética. A ningún cazador le haría gracia que una empresa especializada en conseguir cuernas de venado le trajese un medalla de oro para colgar encima de la chimenea. La gracia estaba en cazarlo. Lo mismo ocurría con el pan. Lo suyo era cogérselo al de al lado y que fuera éste el que tuviera que pedirlo. Todos desarrollamos técnicas depuradísimas para evitar semejante oprobio. Mi hermano Carlos, que tenía unas manos enormes era capaz de usar con enorme destreza los cubiertos para sacar un suculento bocado de, digamos una perdiz, mientras con el dedo meñique de la mano izquierda sujetaba firmemente el pan. Esto llegó a ser en él un reflejo condicionado. Recuerdo, muchos años más tarde, una comida importante del Círculo de Empresarios del que él era miembro activo. Estaba invitado el Presidente de la Comisión Europea y la televisión dedicó unos minutos a informar de ese almuerzo. No pude reprimir una sonrisa al ver en las noticias de la noche como, durante tan importante comida, Carlos usaba el dedo meñique para la función en la que lo había entrenado durante tantos años. Si Paulov levantara la cabeza se sentiría satisfecho.

Pero fuera del crítico momento de servirse, y de la lucha por la propiedad del pan, la hora de la comida era un momento agradable. No sólo por los guisos de Violeta, que era una excelente cocinera, sino por el ambiente. El tema era lo de menos. Podía hablarse del programa del concierto del viernes o de la broma que le habían gastado a un profesor en el colegio, del estilo del pórtico de la catedral de Santiago o de la tajada que se agarró un amigo la noche anterior, de la mar y de sus peces, de lo humano y lo divino. Podía ser una conversación profunda o frívola, humorística o didáctica, pero siempre era acalorada y casi siempre entretenida. Ya se hablase de la muda del caparazón del cangrejo del ártico o del cultivo de la zanahoria en la Patagonia occidental, cada uno expresaba su opinión como si la vida le fuese en el hecho de que sus puntos de vista prevaleciesen. Rara vez, sin embargo, la discusión llegaba a la virulencia. Mi madre solía participar más activamente en las discusiones. Mi padre se mantenía un poco más al margen. Visto ahora, con la perspectiva de los años, me parece que disfrutaba del espectáculo. Creo que se veía un poco como un patriarca. Apostaría a que en ese momento le invadía un sentimiento de satisfacción que compensaba los momentos de desasosiego que frecuentemente le producía la responsabilidad de la familia. Sin ser pesimista, sentía una cierta angustia, compensada por el optimismo desbordante de mi madre. El recuerdo de aquellas comidas de los sábados me produce siempre una cálida y grata nostalgia. Una buena parte de las pilas que he necesitado para funcionar por la vida se han cargado en momentos como esos”.

Tampoco puedo dejar de transcribir el párrafo final del libro, cuando el que recuerda está a punto de salir de su habitación del hotel de Estocolmo para ir a recoger el premio Nobel de física. Mientras se arreglaba, pensaba que, aunque ese debería ser el día más feliz de su vida, no tenía la sensación de que lo fuese.

“En ese momento tocaron a la puerta de la habitación del hotel. Una barahunda de personas entró como una tromba. Eran mis hijos con todos mis hermanos, sus mujeres o maridos y algunos de sus hijos. Me quité la pajarita, me eché un abrigo por encima del frac y decidí que no iba a recoger el premio Nobel. No resultaría nuevo. Una larga lista de excéntricos escritores o científicos lo había hecho antes. ¿Por qué no lo iba a hacer yo? Salimos todos de la habitación. Tras dudarlo un instante, Ana nos siguió. Un enorme autobús con conductor nos estaba esperando en la puerta del hotel. Diluviaba. Dentro del autobús, como si de un arca de Noé se tratara estaba el resto de los hijos de mis hermanos. Una vez todos dentro zarpamos con rumbo al mejor restaurante de Estocolmo que habían cerrado para nosotros. Tuvimos una cena familiar para más de sesenta personas y tres generaciones. En un momento me sentí como parte de un frondoso árbol que extendía sus ramas protectoras hacia el cielo. Yo era una de esas ramas. Había muchas más, grandes y pequeñas. Y muchas hojas. Hacia abajo, las raíces, enterradas, pero no muertas, sorbían la savia del suelo y la bombeaban hacia arriba. Paralelamente era también tronco de otro árbol, hojas de otros muchos y percibí, fuera del espacio y el tiempo, que sería raíz enterrada de otros. Un entramado inextricable de árboles, de los que yo era en cada uno algo distinto, rama, tronco, hojas o raíz se tejió ante mí. Todos tendían sus ramas hacia la inmortalidad. Entonces sí que noté que ese era el día más feliz de mi vida”.

Sí, algo parecido a estas cosas he sentido este fin de semana. Y, sí, me he sentido como un privilegiado, como un patriarca. No como un patriarca autoritario. De los textos anteriores se desprende que mi familia es más un matriarcado que un patriarcado y que, en cualquier caso, los matri-patriarcas no son respetuosamente venerados como figuras hieráticas, sino partícipes de la vorágine familiar. Así hemos educado a nuestros hijos, en la libertad de criterio y de expresión del mismo de forma desinhibida. Y, a pesar de que a veces me exaspera esta falta de “respeto patriarcal”, me compensa con creces el respeto de la libertad y la confianza.

Al principio de estas líneas decía: “Que cada uno, después de leerlo, piense de qué me puedo acusar”. Tal vez la palabra acusar sea demasiado fuerte, pero me siento un poco “culpable”. Pongo “culpable” entre comillas porque sé que no soy culpable de nada, pero no puedo evitar cierto sentimiento de “culpa” de tanto privilegio inmerecido. Como creo en Dios, le pregunto: ¿Por qué a mí, Dios mío? ¿Por qué tanta gente mucho mejor que yo no tiene ese privilegio que me has concedido? ¿Por qué tantos matrimonios, mejores que nosotros, ven su vida conyugal destruida por cuestiones de las que no tienen la culpa? ¿Por qué tantos padres mejores que nosotros ven como algunos de sus hijos se pierden en el laberinto de la vida? Y no encuentro respuesta. No tengo demasiado pudor en expresar este sentimiento en mi círculo de amigos. Les digo que el artífice de ese privilegio no soy yo. Qué incluso ha sido a pesar de mí. Que sigo siendo, a mis 67 años ese joven, un poco idealista, pero que no se fija mucho en la vida que le rodea y, por tanto, un tanto egoísta. Un buen chico egoistón, aunque sin pasarse. Y me dicen, “algo habrás hecho bien”. Y sí, no he matado nunca a nadie y hasta he hecho algunas cosas que merecen la pena. Pero muchos que tampoco han matado a nadie y han hecho muchas cosas que merecen mucho más la pena que las que yo he hecho, no tienen ese privilegio. ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí, Dios mío? ¿Qué pasa con tantos y tantos? Y sigo sin encontrar respuesta. Pero entonces surgen de mí dos sentimientos.

El primero, el agradecimiento. No entiendo, Dios mío, pero sí puedo darte gracias. Y en esos momentos me acuerdo del salmo 115 cuando dice:

¿Cómo podré pagar al Señor
todo el bien que me ha hecho?

Y me respondo. No podré. Nunca podré. No existe nada en el mundo que yo pueda dar a Dios para pagar ese bien. Es impagable. Pero si puedo agradecer. ¿Cómo? El salmo sigue:

Alzaré la copa de la salvación
invocando su nombre.
Cumpliré mis votos
En presencia de todo el pueblo.

Alzar la copa de la salvación. La mejor manera de agradecer al Señor es alzando la copa de la salvación, que Él ha puesto gratis en mis manos, brindando por la salvación de toda la humanidad, de todo este mundo doliente. Y, luego, cumplir los votos. ¿Qué votos? No he hecho ninguno. Cumplir los votos es apurar hasta el fondo el licor de esa copa de la salvación. Algunos tragos serán dulces y aromáticos, llenarán nuestras papilas y su aroma se extenderá por nuestras fosas nasales, pasarán por nuestra garganta y bajarán por nuestro esófago para acabar dándonos una grata sensación de calor en nuestro estómago. Otros tragos puede que sean amargos, como lo fue el cáliz que Cristo bebió en el huerto de los olivos. Esa amargura fue la nuestra, la de cada uno de los seres humanos que han sido, son y serán en el mundo. Él la bebió y en esa amargura fuimos curados. Tal vez, si algún trago de mi copa de la salvación es amargo, sirva para aliviar la amargura de alguien que no tiene mi privilegio y debiera tenerlo. Tal vez.

Y acaba el salmo:

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
[…]
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

El segundo sentimiento no es tal. Es una acción. Es rezar, aunque mi copa sea dulce –o precisamente por serlo–, por los que tienen mucha amargura en la suya. Rezar. Estoy firmemente convencido de que rezar es lo único verdaderamente importante que puede hacer un ser humano. Establecer ese lazo de unión eterna con su Dios, estando todavía en el tiempo, y con toda la humanidad a través de Cristo. Pero me temo que los cistianos hemos perdido la fe en el valor y poder de la oración y la hemos relegado al baúl de las cosas inútiles.

Edith Stein, que en la primera guerra mundial, siendo atea, estuvo en un hospital de soldados con graves infecciones, cuenta en sus memorias, “estrellas amarillas”, cómo, a pesar de todo, su ayuda le dejaba una sensación de vacío por la inutilidad de su acción, como una gota de agua en un océano de sufrimiento. En la segunda guerra mundial, veinte años más tarde, siendo ya carmelita, antes de que la sacasen de su convento para llevarla a morir a Auschwitz, escribió:

“Los brazos del crucificado están extendidos para arrastrarte hasta su corazón. Él quiere tu vida para regalarte la suya.

El mundo está en llamas. Pero en lo alto, por encima de todas las llamas se eleva la Cruz para extender la Resurrección. El mundo está en llamas. ¿Deseas apagarlas? Abrázate a Cristo crucificado. Desde el corazón abierto brota la Sangre del Redentor. Ella apaga las llamas de todo infierno.

Deja libre tu corazón a Dios; en él se derramará el Amor redentor hasta inundar y hacer fecundos todos los rincones de la tierra.

Oyes el gemir de los heridos, oyes la llamada agónica de los moribundos... oyes el gemir de cada hombre en el corazón de Cristo. Te conmueve el dolor de la humanidad y deseas aliviar, abrazar y curar sus heridas más hondas.

Abraza al Crucificado.  Si estás esponsalmente unida a Él, en ti está su Sangre. Unida a Él estás omnipresente como Él.

En el poder de la Cruz puedes estar en todos los frentes, en todos los lugares de aflicción y esperanza. A todas partes llevas su amor misericordioso, en todas partes derramas su preciosísima Sangre que alivia, redime, santifica y salva.

¿Quieres sellar para siempre esta alianza con Él?

¿Cuál es tu respuesta?

Señor, ¿a quién vamos a seguir? Sólo Tú tienes palabras de Vida Eterna”.

Acabo recordando la frase de Guitton que citaba al principio y que cité en un envío anterior:

“Cada uno de nosotros en la vida privada, en la vida familiar, en la vida nacional y en la vida internacional, no habla nunca de lo que es esencial. Dicho de otra manera; lo que es esencial queda escondido para siempre en nuestro corazón. Sin embargo, en mi opinión, no deberíamos guardar silencio sobre lo esencial”.

Yo he procurado hablar de lo esencial de mi vida privada y familiar, no dejarlo escondido en mi corazón, no guardar silencio.