18 de noviembre de 2017

Los límites del laisser-faire, laissez passer

En mi entrada del 7 de septiembre “Sobre pesos, muelles, motores y clavos”, dije que había dos retos a los que respondería en siguientes envíos.

El primero -decía- era profundizar un poco más en el rational de por qué el libre mercado siempre crea más prosperidad que cualquier intento intervencionista. A este reto intenté responder con el post del 15 de septiembre: "¿Qué pasa, que el mercado no se equivoca nunca?

El segundo reto que planteaba era profundizar un poco más en dónde puede estar el límite que separa, por un lado, un sano estado que legisle hasta donde hay que legislar y ejerza la coacción para hacer cumplir esas leyes hasta donde sea necesario, creando el necesario marco del “rule of law” y, por otro lado, el exceso de regulación-legislación-coerción, que genera parálisis en la creación de riqueza. A ver si soy capaz de responder hoy a este reto, mucho más sutil que el primero, ya que la delimitación de fronteras es siempre algo sutil y delicado.

Es indudable que para que el libre mercado funcione tiene que haber un estado que legisle y que cree ese “rule of law” absolutamente necesario. Sin un estado, nada es viable. En los países en los que el estado es un ente fallido como, por ejemplo, Somalia, es totalmente imposible la creación de riqueza y prosperidad. Por otro lado, un estado en el que todas y cada una de las actividades de sus ciudadanos estuviesen meticulosamente establecidas y controladas por el estado, crearía una parálisis que haría también inviable la creación de riqueza. Esto es evidente. La cuestión espinosa es dónde poner ese límite. Una cuestión previa que ese “rule of law” debe cumplir es que debe ser estable a largo plazo, de forma que los ciudadanos, al actuar, sepan a qué atenerse y que pueden esperar que el estado haga en lo que pueda influir a sus decisiones. Si las leyes y reglas del juego están cambiando continuamente, se crea una inseguridad jurídica que lleva a la parálisis. Establecida esta cuestión previa, ahora, ¿dónde poner ese límite estable?

Creo que puedo establecer un principio básico sobre ese límite: “Un estado debe defender a sus ciudadanos y a todos aquellos, personas e instituciones, que operen bajo su ley, de la acción de cualquier otro ser humano o institución que quiera privarle de bienes a los que tenga derecho. Lo que pase de ahí es intromisión”.

Pero, claro, el problema no está en definir un principio, sino en definir bien sus términos y poder aplicarlo a situaciones concretas. Estoy seguro de que en el enunciado anterior podrían definirse mejor los términos de los sujetos pasivos de las leyes: “ciudadanos y todos aquellos, personas e instituciones, que operen bajo su ley” o “cualquier otro ser humano o institución”. Pero no voy a entrar en esas disquisiciones. Sí voy a entrar, en cambio, en la discusión sobre el alcance de los “bienes a los que tenga derecho”. Para definir esto mejor, hay que profundizar en el concepto de justicia. La justicia es “dar a cada uno lo suyo”. Es decir, aquello a cuya propiedad haya accedido lícitamente. Sigue siendo necesario puntualizar lo de “lícitamente”. Al usar esta palabra no me refiero a lo que es lícito únicamente según el derecho positivo sino a lo que es éticamente lícito. Naturalmente, para un iuspositivista, que cree que la ley positiva condición necesaria y suficiente para que algo sea éticamente lícito –de hecho, para un iuspositivista “strictu sensu”, es únicamente la ley positiva, sea ésta como sea, la que hace algo ético, puesto que niega la existencia de una ética externa a cualquier ley positiva y superior a ésta–, todo lo que diga la ley es lícito y ético. Pero el sentido común nos dice que esto no es así. Si mañana la ley dijese que todo lo que coja de la casa del vecino, por ser más fuerte que él, es mío, puede que esa ley convierta en lícita esa conducta, pero no en ética. Este ejemplo podría parecer traído por los pelos, pero como se verá después, no lo es tanto. Así pues, ¿cuáles son los medios éticamente lícitos por los que se puede acceder a la propiedad de algo? Creo que es difícil contradecir lo siguiente de forma razonable. Todo aquello que se consiga utilizando medios que sean previamente de uno o que se obtenga por un contrato de cualquier tipo en el que las partes, libremente, intercambien bienes o servicios, será éticamente mío. Y si se acepta este principio, cualquier ley que haga que algo sea mío sin cumplir estos requisitos o que no lo sea, cumpliéndolos, será una ley que haga lícita su posesión o su expropiación, pero en modo alguno será una ley justa.

Permítaseme ahora un par de ejemplos negativos, es decir de medios NO éticos de obtener o quitar la propiedad. No es ético que yo consiga algo produciéndolo mediante mano de obra esclava, porque hay una obvia carencia de libertad en el contrato. Sí lo es si lo obtengo usando el trabajo de personas que libremente decidan darme su capacidad de trabajo a cambio de un salario. No es ético que me quiten una parte de lo que he ganado de forma ética. Esto nos llevará más adelante al tema de los impuestos. O, al menos, de ciertos impuestos.

Por tanto, uno de los primeros aspectos del “rule of law” que buscábamos, es que garantice la libertad de sus ciudadanos a la hora de contratar el intercambio de cualquier tipo de bien o servicio. Y que, con esta libertad garantizada, vele para que, de acuerdo con el principio de responsabilidad, esos contratos se cumplan. Y, como se ha dicho anteriormente, la forma de garantizar esas libertades y responsabilidades tiene que ser lo más estable posible a largo plazo y, jamás, aplicarse ninguna nueva ley con carácter retroactivo. Volveré más adelante sobre esa consideración de cuando un intercambio es libre.

Si un sistema legal se complica demasiado, queriendo cubrir cada aspecto de la conducta humana, necesariamente se hará farragoso y, lo que es peor, se conseguirá que aparezcan en él contradicciones que lo hagan imposible de cumplir o arbitrario en su interpretación. Es decir, lo contrario a la seguridad jurídica. Por lo tanto, para que un sistema legal transmita seguridad jurídica tiene que ser claro y sencillo.

Lo que un estado no puede hacer es calificar como más o menos necesarias[1] las actividades que puedan llevar a cabo los ciudadanos y, en consecuencia, primar unas y penalizar otras. Eso sería ponerse por encima de la libertad de sus ciudadanos, yendo, por tanto, contra el principio básico enunciado más arriba. Pudiera parecer razonable considerar que la actividad de un agricultor es más necesaria que la de un futbolista. Pero, de ninguna manera puede un estado establecer que Cristiano Ronaldo deba sufrir que su actividad como futbolista sea penalizada frente a las primas a un probo agricultor. Eso sería poner al estado por encima de la libertad del ser humano. Si Cristiano gana lo que gana es porque millones de personas se afanan por verle jugar y sólo unas pocas personas en el mundo lo hacen como él, mientras que, si mañana hubiese escasez de, pongamos, patatas, miles o millones de empresas y de hectáreas podrían dedicarse de forma inmediata a aumentar la producción de las mismas. Pero lo que no puede decirse es que es injusto que Ronaldo gane lo que gana. Cristiano no comete un solo acto contra la libertad de nadie. Nadie obliga al Madrid a pagarle lo que le paga. Nadie va a ver al Madrid o lo ve en la televisión obligado. Nadie paga por poner publicidad en la camiseta de Ronaldo porque éste o el Madrid le obliguen. Ningún anunciante paga lo que paga por un pase publicitario en el descanso de un Madrid-Barsa porque alguien le obligue a ello. Por lo tanto, hasta el último céntimo que gana Cristiano lo gana porque alguien libremente se lo quiere pagar y lo que gana es, por tanto, justo y ético.

Mucha gente no opina así. Muchos creen que no es ético que Cristiano Ronaldo gane lo que gana. Lo que gana Cristiano, piensan, es a costa de que otro gane menos. Y, efectivamente, así es. Ciertamente, si me compro una entrada para ver al Real Madrid en la final de la Champions, tendré que dejar de comprar alguna otra cosa. Elegiré no comprar aquello que me dé una menor satisfacción por el dinero que me cuesta. Pero con el mismo dinero, yo seré más rico, ya que mi riqueza no es el dinero que tengo, sino la satisfacción que soy capaz de obtener con el dinero que tengo. Sólo un avaro que le guste contemplar compulsivamente el saldo de su cuenta corriente considera que la riqueza es el dinero que tiene. Y si eso me pasa a mí y al resto de las personas, deberemos admitir que el hecho de que exista el Real Madrid, con Cristiano en su equipo, crea riqueza, aunque no aumente el dinero disponible[2] y aunque al comprar una entrada para ver al Madrid, deje de comprar algo a lo que yo doy menos valor. No obstante, podría decirse que habría que limitar el sueldo de Cristiano, para que la entrada para ver al Real Madrid fuese más barata y no se perjudicase a otros sectores de la economía que se consideran prioritarios. Pero seguramente, quien diga esto no se ha parado a pensar el guirigay, que a buen seguro degeneraría en violencia, si se empezase a pensar qué actividades deberían ser prioritarias y cuales ser relegadas al furgón de cola. ¿Quién decidiría si la Ópera debe ir por delante de las aceitunas? ¿O si los toros deben ir por detrás del cultivo de la endivia? ¿Un ejército de moralistas, unos probos funcionarios con saber enciclopédico, pagados por el estado? Y, ¿por qué demonios debo aceptar su decisión de hacer más endivias, que detesto, sobre los toros que me apasionan? No es difícil saber quién decidiría qué poner por delante y qué por detrás: los dictadores y aquéllos lobbies de poder que tuviesen algún tipo de influencia sobre ellos. Los auténticos lobbies, no las chorradas que se dicen ahora sobre las empresas del IBEX 35 y otras cosas por el estilo. Telefónica está en el IBEX 35 porque compite con suficiente éxito con Orange, Yoigo, O2 y varios cientos de compañías de telefonía. Esos lobbies están inventados por demagogos baratos para avanzar en una agenda en la que ellos saldrían beneficiados y que seguramente nos llevaría a la ruina. Si hubiese alguien que pudiese primar o perjudicar a la producción de energía sobre la construcción, entonces sí, las empresas se dedicarían a intentar influir en ese trato de favor, en vez de a pensar en ganar las preferencias de los que compran casas o los que consumen energía[3].

Hay, sin embargo, un asunto en el que discrepo de los liberales a ultranza –los llamados liberales libertarios. Me refiero a temas como la droga. Para éstos, el concepto de libertad de elección anteriormente expresado les lleva a aceptar la droga como un producto más que debe ser respetado como cualquier otro. Mi discrepancia no es únicamente por cuestiones éticas, sino también porque creo que se opone a la libertad y al principio enunciado más arriba. Se opone, primero a la libertad. En efecto, las drogas crean, en la inmensa mayoría de las personas una fuertísima dependencia que hace que su consumo deje de ser libre, y sea fruto de una compulsión invencible. Es como si los productores de endivias me obligasen, poniéndome una pistola en el pecho, a cenar todos los días tan amarga hortaliza. En el caso de la droga no es una pistola, pero casi. En segundo lugar, también se opone al principio enunciado más arriba, si bien de una manera indirecta. Yo tengo derecho, salvo desastres imponderables al bien de vivir en una sociedad que funcione. Si la droga se extiende como una plaga, repercutirá indudablemente en el pésimo funcionamiento de la sociedad y, por tanto, se me está quitando un bien al que tengo derecho. ¿El caso de la droga sería extensible a otras cosas? No lo sé, pero, en todo caso, si las hay serían muy pocas y no deberían, ni mucho menos servir de excusa para extender el intervencionismo a casas o kilowatios. Deberían mantenerse como contadísimas excepciones.

Es importante hacer notar que un estado que se limitase a crear un sistema legal como el descrito, es decir, elaborar un sistema legal sólido y sencillo, juzgar si se cumplen esas leyes y a obligar a su cumplimiento, es decir, un estado con legisladores, jueces y brazo ejecutivo[4], sería un estado muy, muy barato. Y eso haría que para mantenerlo hubiese que quitar muy poco dinero a los ciudadanos en forma de impuestos. Ningún estado tiene derecho a quitar a sus ciudadanos, de ninguna manera, aquello a lo que tienen derecho. Y el dinero honestamente ganado es una de esas cosas a las que lo tienen. Ello no obstante, y dado que sin ese mínimo estado, la sociedad no funcionaría, aplicando un argumento similar al segundo del párrafo anterior, podrían justificarse unos impuestos moderados. Y pongo el énfasis en moderados.

Pero hay una función que jamás debió asumir el estado y que da lugar a unos impuestos que, se miren como se miren, no pueden considerarse moderados. Me refiero a la llamada “redistribución de la renta”. Este concepto nace de una perversión del concepto de justicia. Es el de identificar justicia con igualdad. Nada más falso. Cierto que un elemento imprescindible para la justicia es la igualdad de oportunidades. Para eso está el sistema legal que no imponga ventajas estructurales a unos respecto a otros, sino que obligue a todos a cumplir la ley por igual. Pero, ni la igualdad de oportunidades es igualdad de resultados ni es lícito apelar a la igualdad de oportunidades para igualar los resultados. Si ha habido en la historia de la humanidad sociedades que hayan logrado una igualdad de oportunidades sin precedentes, esas sociedades son las capitalistas. Naturalmente, crean desigualdad de resultados. Pero es que esta desigualdad de resultados es un incentivo absolutamente necesario para que el sistema funcione y genere riqueza para todos. Además, la mala prensa de la desigualdad nace de un concepto absolutamente falso, a saber: que la cantidad de riqueza del mundo es un juego suma cero y que, por lo tanto, si una persona es muy rica, lo es a costa de hacer a otras pobres. Y eso es, como acabo de decir, absolutamente falso. Es más, la realidad es exactamente la contraria. Bill Gates o Jeff Bezos, por poner dos ejemplos de personas enormemente ricas, no hacen a nadie más pobre, sino más rico. En primer lugar, creando puestos de trabajo para muchas personas pero, y más importante, en segundo lugar, creando productos y servicios de una inmensa utilidad y libremente buscados y comprados por cientos de millones de personas. Es decir, estas personas aumentan la tarta a repartir en mucho más de lo que ellas ganan. Es cierto, sin embargo, que una sociedad moderna no debe permitir que alguien, por carencia absoluta de medios, no tenga acceso a una buena sanidad o a una educación adecuada. Pero esto también es algo que se puede conseguir sin grandes medios y, por tanto, sin grandes impuestos. Es más, esto es algo que se debe tratar que se consiga con la aportación voluntaria de los más favorecidos, a través de fundaciones, ONG´s, etc. Sólo con carácter subsidiario deberían estas cuestiones básicas para la igualdad de oportunidades, ser cubiertas por el estado. Caben, además, pocas dudas de que las entidades civiles antes citadas son mucho más efectivas que el estado en el logro de ese objetivo. Y ello por la lejanía, falta de información e intereses espurios de un macroaparato como el del estado. Confundir esta sana aspiración social con la situación en la que ha degenerado la llamada “redistribución de la renta” es ser realmente miope o ver las cosas desde presupuestos ideológicos. Y es esta “redistribución de la renta” la que genera los megalomaníacamente disparatados impuestos a los que estamos sometidos hoy en día. Y estos impuestos van, frontalmente, contra el principio establecido al comienzo de estas líneas. Me quitan aquello a lo que tengo derecho. Y me lo quita el estado que es, precisamente, el que tiene el monopolio de la fuerza que debería velar, precisamente, para que nadie me lo quitase. ¡El colmo!

Pero, más allá de crear ese sistema legal, judicial y policial como el dicho anteriormente, hay algunas otras razones que hacen necesaria la intervención del estado en algunos temas. Como sé que esto puede despertar críticas de muchos liberales a ultranza, quiero apoyarme en una frase de Hayek, uno de los gurús del liberalismo, en su obra “Camino de servidumbre” uno de los textos de referencia liberales. Dice Hayek:

“Probablemente, nada ha hecho tanto daño a la causa liberal como la rígida insistencia de algunos liberales en ciertas toscas reglas rutinarias, sobre todo en el principio del laissez-faire”.

Toca, por tanto, la difícil disección de cuáles son estas posibles intervenciones del estado que podrían ser justificables con las debidas precauciones. Las hay a mi entender de cuatro categorías que creo que son todas identificables en la obra citada de Hayek: 1ª las que protegen al sistema de enfermedades autoinmunes. 2ª las que intentan regular productos y/o servicios a los que no es posible poner un precio de mercado 3ª las que tratan de evitar deseconomías externas y 4ª las que procuran proteger a personas de escasa formación. El tema de la “política monetaria” merece un capítulo aparte. Veamos estas cuatro categorías y el capítulo de la “política monetaria”.

1ª Las enfermedades autoinmunes son las que hacen que el sistema inmunitario de un ser vivo ataque al propio organismo al que pertenece. Esto puede ocurrir también en el capitalismo. La enfermedad autoinmune paradigmática del capitalismo es aquella que impide que la competencia y los mercados funcionen correctamente. Toda la justificación del capitalismo se basa en la competencia. Sin un sistema de competencia que funcione de manera suficientemente buena, el capitalismo se troca en compincheo. No hay más que mirar a la historia para ver que las mayores restricciones a la libre competencia han venido, casi siempre, de la mano del estado. Es evidente que el estado no debería colaborar en la creación de mono u oligopolios de cualquier tipo o de otras formas de restricciones a la competencia. Sin embargo lo hace con medidas como la concesión de permisos o licencias especiales que hacen que no todo el mundo tenga el mismo derecho de usar sus activos para un determinado fin (licencias para que cualquiera pueda usar su coche como taxi, por ejemplo). Pero no es menos cierto que todo empresario puede tener la tentación de crear barreras, distintas de las que aparecen como fruto de la inteligencia y el buen hacer, para preservarse de tener que competir. Y creo que el estado debe intervenir para intentar evitar que esas tentaciones se transformen en hechos. Pero es importante resaltar el término que aparece en negrita en líneas anteriores. Si la abrumadora mejora de calidad o de costes de producción del producto de una empresa le genera una ventaja competitiva, es un craso error considerar esta ventaja como una restricción a la competencia. Sería castigar al que lo hace mejor para beneficiar al ineficiente, lo que, por supuesto, redundaría en un perjuicio para la sociedad. Otros aspectos de esas enfermedades autoinmunes serían el uso de información privilegiada, la opacidad o falsedad deliberada de la información de los productos, la creación deliberada de escasez para influir en los precios, etc. Todas estas cosas deben ser evitadas por el estado, pero con un sentido muy crítico en el que se analice si la actuación no acabará, a fin de cuentas, creando parálisis en el sistema o favoreciendo a unos en contra de otros, lo que redundaría en la merma del bien general en vez de en su aumento.

2ª En contadas ocasiones puede ocurrir que no sea posible trazar mediante un precio la línea de a quién le compensa comprar o no un determinado producto o servicio. La construcción de carreteras es un ejemplo paradigmático de ello. La “imposibilidad” de controlar quién las usa, cuánto y quién no las usa, hace “imposible” cobrar únicamente a quien las usa y en función de cuánto la usa. En esos casos, podría ser razonable que el estado fuese el propietario de esas carreteras y las pagase mediante gravámenes de impuestos sobre los ciudadanos. A ser posible estos impuestos deberían estar ligados a parámetros que tuviesen alguna relación con el posible uso de carreteras. Pero antes de dar por buena la validez esta premisa de “imposibilidad” conviene fijarse en las comillas puestas anteriormente en la palabra “imposibilidad” citada más arriba. Es evidente que hasta muy avanzado el siglo XX, esa imposibilidad no admitía las comillas. Era imposible, sin crear grandes trastornos y costes, controlar mediante peajes quién usaba y quién no la mayoría de las carreteras. Pero lo que era imposible hace unas décadas, se está haciendo cada vez más posible mediante la tecnología. Saber, sin causar molestias ni apenas incurrir en costes, quién circula por una carretera y durante cuantos kilómetros, es cada vez más fácil. Llegado a un punto, sería perfectamente posible que todas y cada una de las carreteras fuesen de propiedad estatal y se arrendasen a empresas privadas que cobrasen por su uso o, incluso, que fuese la misma iniciativa privada la que decidiese dónde y cuándo hacer una carretera y ser directamente la propietaria. Por tanto, la justificación de este tipo de intervenciones del estado debe ser siempre provisional y replantearselas tan pronto como la tecnología lo permitiese.

3ª Se llaman deseconomías externas a aquellos efectos negativos producidos por una empresa, pero que no afectan a sus resultados económicos. Por ejemplo, una industria que contamina un río con los residuos que echa en él tiene un efecto negativo sobre la salubridad del mismo y sobre todos los habitantes y otras actividades económicas que se desarrollan en sus orillas. Parece evidente que alguna instancia superior debe hacer que el coste de esa contaminación caiga sobre la empresa. La manera mejor de hacerlo, cuando ello es posible es obligar a la empresa a poner los medios –y cargar con su coste– para evitar esos efectos negativos. Por ejemplo, eliminar los residuos de forma que se evite la contaminación. Pero hay ocasiones en las que eso no es posible, como es el caso, por ejemplo, de la emisión de CO2 por una central térmica. En estos casos, se trataría de asignar un coste, mediante un impuesto, a la emisión de ese gas. Sin embargo, a menudo es posible asociar las deseconomías externas a un mercado que funcione libremente, en lugar de asignarles un impuesto de forma más o menos arbitraria. Se trataría de asignar un cupo total admisible a cada empresa de las industrias que no pueden evitar al 100% la deseconomía. Si una empresa no puede o no quiere evitar generar más deseconomías de las que tiene asignadas tendrá que pagar un precio por ello a otra empresa que quiere y puede disminuir su emisión. De esta manera se forma un mercado libre, de oferta y demanda de derechos de emisión que incentiva a poner los medios para reducir dichas deseconomías. Cuanto menor sea el cupo global asignado, mayor el número de empresas que no quieren o pueden reducirlas y menor el de las que sí quieren y pueden, más caros serán esos derechos. Esto incentiva a que las empresas, para no pagar ese alto precio de los derechos, busquen medios para disminuir las deseconomías, lo que hará que baje el precio de dichos derechos. Pero tan pronto como éste baje demasiado, la instancia reguladora podría, si lo estima oportuno, dar otra vuelta de tuerca y disminuir el número total de derechos concedidos. De esta manera, se lograría que el precio vuelva a subir y se repita el proceso. Esto crearía un incentivo para el desarrollo tecnológico que permitiese reducir cada vez más las deseconomías, aunque no se puedan eliminar por completo. Esa instancia reguladora superior, si bien no necesariamente tiene que ser el estado si debe, al menos, contar con el apoyo de éste para hacer que se cumplan los compromisos.

4ª Hay productos o servicios que, por un lado, pueden ser demandados por consumidores que carezcan de la suficiente formación y conocimientos para entenderlos y, por otro lado, un error de apreciación debido a su falta de formación, pueda llegar a tener consecuencias muy negativas para los consumidores que los adquieran. Parece bastante razonable que en ciertos casos esto debería dar lugar a una cierta obligación del estado de velar por esos consumidores. El peligro de esto es llegar a una situación demagógica en la que el punto de partida sea que todo el mundo es ignorante y, lo que es peor, que nadie tenga la obligación de informarse antes de comprar algo y que no sirva de nada el que el consumidor se pueda asesorar con profesionales que le aconsejen. En ese caso, se corre un grave peligro de acabar anulando el principio de validez contractual y atentar de esta manera contra la seguridad jurídica, creando riesgos que encarezcan los productos o, incluso, imposibiliten su producción.

Vayamos ahora al asunto de la “política monetaria”. Detrás de esta expresión lo que subyace es la manipulación de los tipos de interés, por parte del estado o de algún organismo dependiente de él, con fines políticos. Es decir, lo mejor que puede hacer el estado es mantener sus manos alejadas de esa “política monetaia” que falsea artificialmente el precio del dinero. Detrás de la gran mayoría de las crisis está, precisamente, esa manipulación con intereses espurios de los tipos de interés. Sin embargo, es absolutamente necesario ajustar de una manera razonable la cantidad de dinero del sistema monetario de un país o conjunto de países a la cantidad de riqueza que esos países son capaces de generar. Cuando la riqueza del mundo era bastante estable o crecía muy poco, el patrón oro era un sistema aceptable. La cantidad de dinero era igual a la cantidad de oro y no podía ser manipulada por nadie. Pero cuando la riqueza de las naciones empezó a crecer a ritmos exponenciales, era evidente que la cantidad de dinero no podía mantenerse prácticamente estable, ligada a la cantidad de oro disponible. Pero al desligarse la masa monetaria de una mercancía prácticamente fija y estable, se hizo posible para las naciones crear dinero de la nada de forma disparatada, a través de los Bancos Centrales, creándose a menudo enormes desequilibrios que casi indefectiblemente desembocaron en crisis. Sin embargo, es necesario que exista un único agente, por cada ámbito monetario, que pueda crear dinero para acompasarlo al crecimiento de la riqueza. No veo factible establecer ningún tipo de mercado abierto en el que se autoregule la cantidad de dinero. Y creo que éstos agentes deben ser los Bancos Centrales. Pero, por supuesto, no deberían poder crear dinero a su antojo ni albedrío, sino de acuerdo con unas reglas de decisión claras y objetivas que permitan establecer una relación suficientemente estable entre masa monetaria y cantidad de riqueza. Y, a partir de ahí, que los tipos de interés fluctúen como tengan que hacerlo, de acuerdo con un mercado libre de oferta y demanda. De esta forma, cuando la inversión se dispara, el coste del dinero aumentará evitando el recalentamiento de la economía y la aparición de “burbujas” y viceversa. Es decir, nada de “política monetaria” discrecional. La historia ha demostrado sobradamente la ineptitud e irresponsabilidad con que, en general, se han llevado a cabo estas políticas. Posibilidad de crear dinero en base a unas reglas claras, sí. “Política monetaria” discrecional, de ninguna de las maneras.

En resumen, como dice Hayek, hay que tener cuidado con “la rígida insistencia […] en ciertas toscas regla rutinarias, sobre todo en el principio del laissez-faire”. Pero creo que hay que tener más cuidado todavía para que determinados intentos de intervención que persigan las cuatro categorías anteriormente descritas, u otras categorías que pueda haber, no traspasen líneas rojas muy sutiles que acaben teniendo efectos contrarios a los deseados u otros colaterales imprevistos que hagan que el remedio sea peor que la enfermedad. Además, no se debe echar en saco roto la tendencia de los funcionarios a aplicar en esto del intervencionismo lo que el refrán dice del comer y el rascar: todo es empezar. Hay miles de ejemplos de esta voracidad intervencionista. Y tampoco debe olvidarse que casi toda intervención crea oportunidades para la corrupción y la venta de favores.

Acabo, como colofón de esta serie de los tres últimos envíos con otra frase de Hayek en la obra citada: “la planificación y la competencia sólo pueden combinarse para planificar la competencia, pero no para planificar contra la competencia”.

No puedo, sin embargo, resistirme a poner broche final a esta serie de envíos con un apéndice en el que recojo algunas frases entresacadas de la obra de Hayek que he citado ya dos veces: “Camino de servidumbre”.

APÉNDICE

Probablemente, nada ha hecho tanto daño a la causa liberal como la rígida insistencia de algunos liberales en ciertas toscas reglas rutinarias, sobre todo en el principio del laissez-faire.

[…]

Es importante no confundir la oposición contra la planificación de esta clase con una dogmática actitud de laissez-faire. La argumentación liberal defiende el mejor uso posible de las fuerzas de la competencia como medio para coordinar los esfuerzos humanos, pero no es una argumentación en favor de dejar las cosas tal como están. Se basa en la convicción de que allí donde pueda crearse una competencia efectiva, ésta es la mejor guía para conducir los esfuerzos individuales. No niega, antes bien, afirma que, si la competencia ha de actuar con ventaja, requiere una estructura legal cuidadosamente pensada, y que ni las reglas jurídicas del pasado ni las actuales están libres de graves defectos. Tampoco niega que donde es imposible crear las condiciones necesarias para hacer eficaz la competencia tenemos que acudir a otros métodos en la guía de la actividad económica. El liberalismo económico se opone, pues, a que la competencia sea suplantada por métodos inferiores para coordinar los esfuerzos individuales. Y considera superior la competencia, no sólo porque en la mayor parte de las circunstancias es el método más eficiente conocido, sino, más aún, porque es el único método que permite a nuestras actividades ajustarse a las de cada uno de los demás sin intervención coercitiva o arbitraria de la autoridad. […] Esto no es necesariamente cierto, sin embargo, de las medidas simplemente restrictivas de los métodos de producción admitidos, en tanto que estas restricciones afecten igualmente a todos los productores potenciales y no se utilicen como una forma indirecta de intervenir los precios y las cantidades. Aunque todas estas intervenciones sobre los métodos o la producción imponen sobre-costes, es decir, obligan a emplear más recursos para obtener una determinada producción, pueden merecer la pena. Prohibir el uso de ciertas sustancias venenosas o exigir especiales precauciones para su uso, limitar las horas de trabajo o imponer ciertas disposiciones sanitarias es plenamente compatible con el mantenimiento de la competencia. La única cuestión está en saber si en cada ocasión particular las ventajas logradas son mayores que los costes sociales que imponen. Tampoco son incompatibles el mantenimiento de la competencia y un extenso sistema de servicios sociales, en tanto que la organización de estos servicios no se dirija a hacer inefectiva en campos extensos la competencia. […] El funcionamiento de la competencia no sólo exige una adecuada organización de ciertas instituciones como el dinero, los mercados y los canales de información —algunas de las cuales nunca pueden ser provistas adecuadamente por la empresa privada—, sino que depende, sobre todo, de la existencia de un sistema legal apropiado, de un sistema legal dirigido, a la vez, a preservar la competencia y a lograr que ésta opere de la manera más beneficiosa posible. No es en modo alguno suficiente que la ley reconozca el principio de la propiedad privada y de la libertad de contrato; mucho depende de la definición precisa del derecho de propiedad, según se aplique a diferentes cosas. Se ha desatendido, por desgracia, el estudio sistemático de las formas de las instituciones legales que permitirían actuar eficientemente al sistema de la competencia; y pueden aportarse fuertes argumentos para demostrar que las serias deficiencias en este campo, especialmente con respecto a las leyes sobre sociedades anónimas y patentes, no sólo han restado eficacia a la competencia, sino que incluso han llevado a su destrucción en muchas esferas.

Hay, por último, ámbitos donde, evidentemente, las disposiciones legales no pueden crear la principal condición en que descansa la utilidad del sistema de la competencia y de la propiedad privada: que consiste en que el propietario se beneficie de todos los servicios útiles rendidos por su propiedad y sufra todos los perjuicios que de su uso resulten a otros. Allí donde, por ejemplo, es imposible hacer que el disfrute de ciertos servicios dependa del pago de un precio, la competencia no producirá estos servicios; y el sistema de los precios resulta igualmente ineficaz cuando el daño causado a otros por ciertos usos de la propiedad no puede efectivamente cargarse al poseedor de ésta. En todos estos casos hay una diferencia entre las partidas que entran en el cálculo privado y las que afectan al bienestar social; y siempre que esta diferencia se hace considerable hay que encontrar un método, que no es el de la competencia, para ofrecer los servicios en cuestión. Así, ni la provisión de señales indicadoras en las carreteras, ni, en la mayor parte de las circunstancias, la de las propias carreteras, puede ser pagada por cada usuario individual[5]. Ni tampoco ciertos efectos perjudiciales de la desforestación, o de algunos métodos de cultivo, o del humo y los ruidos de las fábricas pueden confinarse al poseedor de los bienes en cuestión o a quienes estén dispuestos a someterse al daño a cambio de una compensación concertada. En estos casos es preciso encontrar algo que sustituya a la regulación por el mecanismo de los precios[6]. Pero el hecho de tener que recurrir a la regulación directa por la autoridad cuando no pueden crearse las condiciones para la operación adecuada de la competencia, no prueba que deba suprimirse la competencia allí donde puede funcionar.

Crear las condiciones en que la competencia actuará con toda la eficacia posible, complementarla allí donde no pueda ser eficaz, […] son tareas que ofrecen un amplio e indiscutible ámbito para la actividad del Estado. En ningún sistema que pueda ser defendido racionalmente el Estado carecerá de todo quehacer. Un eficaz sistema de competencia necesita, tanto como cualquier otro, una estructura legal inteligentemente trazada y ajustada continuamente. Sólo el requisito más esencial para su buen funcionamiento, la prevención del fraude y el abuso (incluida en éste la explotación de la ignorancia), proporciona un gran objetivo nunca, sin embargo, plenamente realizado por la actividad legisladora.

 […]

la planificación y la competencia sólo pueden combinarse para planificar la competencia, pero no para planificar contra la competencia.




[1] Es curioso constatar cómo ideologías que postulan que no hay una ética objetiva general, son las que dan lugar, en mayor medida, a estados que sí deciden por sí mismos qué actividades de sus ciudadanos primar y cuáles penalizar, erigiéndose así en dictadores.
[2] Otra manera diferente por la que el capitalismo genera riqueza es su capacidad de producir una misma cantidad de algo utilizando menos recursos. Ese algo bajará de precio y ese dinero ahorrado por quien lo compre podrá destinarse a comprar otras cosas que antes no se podían comprar. Y para producir esas otras cosas se utilizarán los recursos que antes se utilizaban para hacer ese algo inicial. Hay otras maneras adicionales por las que el capitalismo genera riqueza, pero exceden al objeto de estas páginas.
[3] He puesto estos dos ejemplos a propósito, porque, efectivamente, estos sectores son dos de los más intervenidos por la acción de muchos estados y en los que, por culpa de esta intervención se da una mayor ineficacia y/o corrupción.
[4] A esto habría que añadir un ejército para defender al país de amenazas externas.
[5] Este punto, que en el momento en que Hayek escribió este libro, era, sin duda, cierto, no lo es ya con la tecnología disponible. La detección e identificación del paso de cualquier vehículo por cualquier carretera, de forma que se pueda cargar a cada uno el precio correspondiente al uso que hace de ella, es hoy día perfectamente posible. Y es de suponer que algo similar puede ocurrir con el uso de otros bienes y servicios.
[6] Este puede ser el caso de, por ejemplo, el mercado de derechos de emisión de CO2 u otros gases nocivos.

11 de noviembre de 2017

¿Agravios comparativos entre jueces?

Sigue el rayo que no cesa de Cataluña y yo, erre que erre. Perdonad que no deje de daros la lata. Pero es que la situación que estamos viviendo está siendo para mí, lego en derecho, un curso intensivo de derecho constitucional y procesal. Y como siempre me gusta contar a otros lo que aprendo, pues aquí estoy, dando la brasa. Y corriendo el riesgo de que otros, que también estén haciendo el mismo curso que yo, o que sepan derecho, piensen que no digo sino obviedades o, peor aún disparates. Bueno, ahí va mi aprendizaje de estos días, por lo que pueda valer.

***

Desde hace una semana se han empezado a oír opiniones sobre supuestas diferencias de actitud entre la juez Carmen Lamela de la Audiencia Nacional y el juez Pablo Llarena del Tribunal supremo. Todo empezó cuando Llarena concedió una semana a los miembros de la mesa del parlament, Forcadell y compañía, mientras que Lamela no lo hizo con Junqueras y sus colegas del ex gobern no fugados. Pocos señalaron una cosa absolutamente evidente: Forcadell y los que con ella iban, se lo pidieron al juez, mientras que Junqueras y los suyos, no lo hicieron. Es posible que si lo hubieran hecho, la juez Lamela les hubiese dado también esa semana, a pesar de que Puigdemont y sus compinches se habían fugado. Pero el hecho es que ni siquiera lo pidieron.

Después he oído los comentarios más dispares sobre el diferente trato que ambos jueces habían dado a sus respectivos imputados en lo que a medidas cautelares se refiere. Mientras que Lamela dicto prisión incondicional sin fianza para todos, Llarena decretó prisión eludible con fianza de 150.000€ para Forcadell y de 25.000€ para el resto, menos uno, al que dejó en libertad sin cargos. Para los independentistas, Lamela es una ogresa y para los que deseaban prisión incondicional también para los miembros de la mesa, Llarena era un blando. Pero no hay ni una cosa ni otra.

Para decretar prisión incondicional es necesario que haya fuertes indicios de que se den una combinación de tres elementos. 1º Riesgo de fuga, 2º Riesgo de reiteración del delito y 3º Riesgo de destrucción de pruebas. Por supuesto, en la evaluación de la gravedad de esos riesgos hay un componente de apreciación, pero la prisión preventiva se tiene que sustentar argumentando sobre estos tres elementos.

En el caso de Junqueras y otros ex consellers, todos ellos, en sus declaraciones, se negaron a contestar a todas las preguntas menos a las de sus abogados, lo cual era un indicio de rebeldía (en sentido procesal, no en cuanto al delito de rebeldía) y no de que estuviesen dispuestos a no reincidir en el delito. Además, Puigdemont y otros ex consellers, ya estaban fugados. La prueba de que Lamela no se equivocó es que, posteriormente, desde la prisión, los ex consellers encarcelados no han parado, cada vez que han podido, de mandar twits, a través de las visitas que recibían, incitando a sus seguidores a la violencia. Aunque la percepción del riesgo de fuga debe ser de carácter personal, no colectivo, no es de extrañar que, habiéndose fugado la mitad de los ex consellers, se evaluase, para los que quedaban, para cada uno de ellos individualmente, la posibilidad personal de seguir los pasos de sus colegas.

Muy distinta es la situación con la que se encontró Llarena. Para empezar, ninguno de los miembros de la mesa había intentado fugarse en la semana en que estuvieron en libertad con una muy escasa vigilancia. Luego, cuando se presentaron a declarar, todos aceptaron contestar a todas las preguntas que se les formularon, tanto por parte de sus abogados, como del ministerio fiscal y del juez. Y, por si fuera poco, todos acataron la constitución española y aceptaron la aplicación del 155, además de decir que la DUI había sido un acto simbólico, sin ninguna validez jurídica y de aceptar no tomar pare en actividades políticas si no era desde el respeto a la constitución y a la legalidad vigente, la única vigente, la española. Parece por tanto muy razonable que, desde un punto de vista estrictamente jurídico, se estimase que los riesgos que pueden llevar a dictar prisión incondicional eran mucho menores. No obstante, el juez Llarena, no descarta que las declaraciones de los miembros de la mesa sean mendaces, lo que le hace decir, en el razonamiento jurídico Décimo Quinto:

“No se escapa que las afirmaciones de todos ellos pueden ser mendaces, en todo caso, han de ser valoradas en lo que contienen, sin perjuicio de poderse modificar las medidas cautelares si se evidenciara un retorno a la actuación ilegal que se investiga”.

Es decir, que si en un futuro inmediato los imputados desarrollasen una actividad que desmintiese sus declaraciones, se revisarían las medidas cautelares, pudiéndose, en ese caso, dictarse prisión preventiva incondicional. Parece que tan pronto como Carmen Forcadell ha salido de la cárcel ya ha mandado un twit en los que dice que en sus declaraciones ante el juez defendió la libertad de expresión del parlament catalán: “Vuelvo a casa. Con la conciencia tranquila de haber actuado correctamente: Garantizar la libertad de expresión al Prlament, sede de la soberanía nacional”. (la traducción del catalán es mía, ya que lo hablo en privado) ¿Será verdad eso de que la cabra siempre tira al monte? Veremos. Parece que en la mente de esta gente cabe la idea de que uno puede decir ante el juez lo que le dé la gana para librarse de la acción de la justicia, pero luego puede desdecirse tranquilamente ante sus amiguetes y la opinión pública. Espero que la opinión pública se dé cuanta del engaño y que los amiguetes, si no son capaces de eso, al menos, se desencanten de los líderes que les han llevado a donde les han llevado y luego se achantan. Pero no tengo mucha confianza en la capacidad crítica de la gente abducida.

Por su parte, la juez Lamela dejó abierta la posibilidad –como es preceptivo– de que, si los ex consellers querían modificar su declaración, podían hacerlo. No es, por tanto, imposible, que un día de estos, Junqueras y compañía decidan adoptar la estrategia de Forcadell y los suyos y puedan ver modificadas las medidas preventivas. No sería, en modo alguno, un “arrugarse”, sino la pura y llana aplicación de la ley de un Estado de Derecho.

Así pues, ni la juez Lamela ni el juez Llarena son duros ni blandos, ni mucho menos incorporan en sus decisiones sesgos de ideologías personales o de conveniencia política o de presiones de cualquier tipo, como se ha dicho en uno u otro sentido, equívocamente, en muchos medios y ha sido sostenido por algunas personas y, en particular políticos. El inefable Iceta, del no menos inefable PSC/PSOE, la caña quebrada, siempre dubitativo y equívoco, y jugando a dos bandas ya dice que le gusta más el talante de Llarena que el de Lamela. Pero no hay nada de eso. Ambos autos son puro razonamiento jurídico impecable.

Como impecable es el razonamiento que puede leerse en el auto de Llarena de por qué la actuación de los dirigentes del independentismo se puede considerar violenta a la luz del ordenamiento jurídico y por qué, por tanto, puede serles imputado el delito de rebelión. Así que que nadie piense que unas medidas cautelares menos duras, aunque siempre ajustadas a derecho, significan que la pena sea menor. Debajo de estas líneas puede verse parte de ese razonamiento y, para el que quiera, pongo un link al texto completo del auto del juez Llarena.

Si en los próximos días, el caso de los ex consellers es asumido por el Tribunal Supremo como parte del mismo proceso, tampoco será, como ya se está empezando a decir, ningún tipo de reprobación a la actuación de la juez Lamela. En el tercero de los antecedentes de hecho que se citan en el auto, se dice:

“Por resolución de fecha 31/10/2017, la Excma. Sala Segunda, acordó: 1º) Declarar la competencia de esta Sala para la instrucción y, en su caso, el enjuiciamiento por los delitos de rebelión, sedición y malversación contra Dª Carme Forcadell i Lluis, D. Lluís María Corominas i Díaz, D. Lluis Guinó y Subirós, Dª Anna Simó i Castelló, Dª. Ramona Barrufet i Santacana, D. Joan Josep Nuet i Pujals. Asimismo hacer extensiva esa competencia, para el caso en que el Magistrado instructor así lo considere oportuno, respecto de aquellas otras causas penales actualmente en tramitación y que puedan referirse a hechos inescindibles respecto de los que han sido inicialmente atribuidos a los querellados”.

Es decir, desde el 31 de octubre, antes de que la juez Lamela hubiese podido dictar ningún auto de prisión preventiva, también por motivos estrictamente jurídicos, se contemplaba la eventualidad, por parte del Tribunal Supremo de que si por motivos jurídicos –y bastante razonables– de inescindibilidad de los hechos, se consideraba oportuno, la causa podría derivarse de la Audiencia Nacional al Tribunal Supremo. Parece lógico  de ningún modo alguno punitivo para nadie.

***

Razonamientos jurídicos

OCTAVO

“[…] Pero eso no quiere decir que para que el alzamiento público sea violento, resulte exigible que incorpore hechos lesivos o dañosos contra personas o bienes, sino que se manifiesta también el alzamiento violento cuando integra la ostentación de una fuerza y se muestra la disposición a usarla. Y es precisamente esta primaria concepción, la que hace que el código penal contemple que, si el alzamiento violento y público, se integra además por esgrimir armas o por realizar combates, trasciende el tipo básico del delito de rebelión y justifica una modalidad comisiva agravada. Recurso Nº: 20907/2017 15 Se entiende así que el alzamiento es violento, cuando el levantamiento se orienta de modo inequívoco a intimidar a los poderes legalmente constituidos, bien mediante el ejercicio activo de una fuerza incluso incruenta, bien mediante la exteriorización publica y patente de estarse dispuesto a su utilización, por existir una determinación de alcanzar “a todo trance”, los fines que contempla el artículo 472 del Código Penal. Es esta singularidad la que integra el alzamiento violento y público que analizamos, alejándose así, bien claramente, de las manifestaciones y reclamaciones colectivas inherentes a los sistemas democráticos y constitucionales actuales”.

NOVENO

“[…] De este modo, la interna y personal renuncia al uso de la violencia que el día del referéndum, o en los días posteriores, acompañó a los miles de individuos que integraron una reacción pública, no excluye necesariamente la responsabilidad de los excepcionales sujetos que tenían una determinación diferente, como tampoco excluye la responsabilidad de quienes -para conseguir las finalidades que el delito de rebelión contempla- se sirven del alzamiento y se aprovechan de la sugerencia razonable de que la violencia puede llegar a ser ejercida de manera incontrolable [...]”.



7 de noviembre de 2017

¡Estamos hechos para cantar!

Empiezo por reconocer que lo que viene a continuación tiene no poco de exageración. Pero no por ello deja de haber en lo que voy a escribir un fondo de verdad. Mi punto de partida es el siguiente: “Estamos hechos para cantar”. Puede parecer una afirmación gratuita, pero no lo es. Al menos, no del todo. Hasta un ser humano como yo, con unas cuerdas vocales muy pobres, es capaz de cantar en un rango de una octava y media. Y, ¿qué demonios es eso de una octava y media? Lo explico con un experimento que puede llevar a cabo cualquiera que sepa cantar una escala DO-RE-MI-FA-SOL-LA-SI-DO. Que empiece por el DO más grave del que pueda partir y haga la primera escala completa. Habrá cumplido con la misión de cantar una octava. Si llegado al DO agudo, sigue subiendo y llega al SOL siguiente, habrá logrado, como yo, la proeza de cantar una octava y media. Por supuesto, no todos los seres humanos somos iguales y habrá quien pueda llegar hasta, digamos, al segundo SI, mientras que otros se quedarán en el segundo RE. María Callas era capaz de abarcar con su voz más de dos octavas y, por supuesto, es posible entrenar la voz, como cualquier otra cosa y ampliar el rango natural que uno tenga. Pero, en cualquier caso, ser capaz de cantar más de una octava es una proeza de la naturaleza. Ningún otro ser vivo es capaz de hacerlo. Un ruiseñor –dicen, yo no lo he oído nunca– es capaz de cantar de una forma enormemente agradable al oído. Pero su rango no alcanza ni de lejos la octava. El rango entre el ladrido de un perro y el sonido que emite cuando se le pisa el rabo, no alcanza tampoco el rango de una octava. Sólo el ser humano es capaz de hacerlo. No me cabe duda de que al ser humano, esta rara habilidad le ha sobrevenido por la evolución. Pero me pregunto por qué sólo al ser humano le resulta evolutivamente rentable esta proeza. ¿Por qué no la han desarrollado también evolutivamente nuestros parientes cercanos, los chimpancés, bonobos, gorilas u orangutanes? Es una de las varias preguntas que hacen un misterio de la evolución del ser humano.

Pero tenemos otro don innato necesario para cantar. La capacidad de reproducir casi sin esfuerzo cualquier melodía con sólo oírla unas cuantas veces. Para ser capaz de lo mismo tocando el piano o el violín, hay que dedicarle a estos instrumentos arduos años de esfuerzo. Ciertamente, también en esto existe un don innato, el del oído musical. Hay gente que afirma tener una oreja enfrente de la otra. Pero, incluso quien afirma eso, es capaz de reproducir la melodía. Quizá no lo haga con precisión y desafine, pero en lo que canta se reconoce perfectamente la melodía original. Que alguien sin una profunda educación instrumental intente hacer lo mismo con un violín, verá lo que le pasa. Lo que nos lleva a otra capacidad: saber distinguir cuándo dos sonidos o melodías independientes armonizan o no entre sí. Y, por si fuera poco, tenemos la capacidad de memorizar fácilmente las melodías, incluso durante decenios, y que una mañana nos dé por cantarlas tras veinte o treinta años de aparente olvido. Estas cosas forman lo que se llama el oído. E incluso las personas que afirman no tenerlo, lo tienen en un grado más que aceptable. Y, además, el oído se puede educar sin gran esfuerzo. Todas estas cosas son proezas de la naturaleza. Hay muchas cosas que los seres humanos hacemos inconscientemente y que son auténticas proezas. Andar es una de ellas. Pero incluso gatear lo hacemos de una manera mucho más dificultosa que cualquier animal. En cambio, las cosas relacionadas con el canto, no es que las hagamos mejor que cualquier animal, es que somos los únicos que podemos hacerlo.

Pero, todas estas consideraciones de carácter anatómico y físico se quedan pequeñas comparadas con las de carácter anímico y estético. Cantar produce alegría y es, a la vez, una expresión de esa alegría. Solemos cantar espontáneamente cuando estamos contentos. Pero, además, cuando cantamos somos capaces de desterrar, al menos parcial y temporalmente, la tristeza. El refranero popular deja clara constancia de esto: “El que canta, los males espanta” o “gallo que no canta, algo tiene en la garganta”. Esa alegría se ve aumentada por la sensación que se tiene cuando se canta, aunque sólo sea aceptablemente, de estar creando belleza. Entonces una alegría especial nos surge de lo más hondo. ¿A quién no se le han saltado alguna vez las lágrimas de emoción al oír una melodía que le llega al fondo del alma. Gaetano Donizetti, el célebre compositor de óperas, perdió la razón los últimos años de su vida. Murió en 1848 en Bérgamo, su ciudad natal. Los últimos años los pasó en un mutismo autista sin pronunciar una palabra ni reconocer a nadie. Pero cuentan que un día pasó por la calle de la casa en la que estaba una mujer cantando una famosa aria de su ópera Lucia di Lamermour, que había escrito hacía más de diez años. No debía ser un maravilloso performance, pero Donizetti, salió de su mutismo para exclamar: “¡Ah, la mia Lucia, comme e bella!”. No volvió a pronunciar una palabra hasta su muerte. ¡El poder evocador de la música!

Desde hace unos años, un grupo de amigos nos reunimos para cantar en un coro totalmente amateur. No sé a los demás, pero a mí me ha cambiado muchas cosas de la vida. De niño y adolescente era de los que en el colegio les decían cosas del estilo de: “Alfaro, usted no cante que lo estropea”. Esto me creó un “trauma infantil” que me impedía cantar salvo debajo de la ducha. Si pretendía cantar con alguien al lado que hiciese otra voz distinta de la mía, indefectiblemente me iba con la otra voz o, peor aún, me hacía un lío y no cantaba ni una ni otra, sino un mejunje inaguantable. Ni se me ocurría pensar que podía cantar en un coro, a varias voces y, mucho menos, que si cantase en él, podría contribuir a que saliese algo bonito en vez de estropearlo. Pero hace unos años, mi mujer me convenció para cantar en un coro de amigos que ella empezó. Lo hacía a regañadientes. Tengo un carácter un tanto perfeccionista y me dedico compulsivamente a intentar hacer muy bien lo que sea que haga. Y me frustro enormemente cuando no lo consigo, que es la mayor parte de las veces. Esto me produce una gran tensión. Por eso, en el coro, decidí que no iba a caer en lo mismo. No iba a estudiar mi voz ni nada por el estilo. Cantaría lo mejor que pudiese sin ponerme a ello compulsivamente, sólo con lo que aprendiese en las clases, intentando cantar. Encontramos un director que es un verdadero genio. Sabía entendernos a cada uno, hacer que cada uno cantase en la tesitura en la que estaba cómodo, animarle, corregirle con gracia y simpatía, etc., etc., etc. Casi nadie del coro había cantado medio en serio nunca y muchos tenían el mismo “trauma infantil” que yo. Casi todos tenemos, más o menos, la misma filosofía, por lo que el ambiente del coro es y fue, desde el principio, excelente, divertido, distendido, lúdico. Y se produjo el milagro. Cantamos, y lo hacemos bien. A tres y hasta cuatro voces. Me atrevería a decir que cantamos muy bien. Y yo canto sin estropear nada, aportando mi pequeña parte al sonido general. Y canto mi voz sin irme con las otras y sin hacerme un lío casi nunca. Creamos belleza y nos sentimos eufóricos cuando nos damos cuenta, que es a menudo. Cantamos, gratis et amore en bodas, bautizos, fiestas varias y hasta funerales de amigos y conocidos. Porque tenemos un repertorio de música sacra. Pero también cantamos góspel, canciones populares y folclóricas, etc. Y la gente nos dice que es una maravilla oírnos. Y creo que no lo dicen por educación, sino porque lo sienten. Y, lo más importante; todos, yo el primero, disfrutamos enormemente. Por motivos que no vienen a cuento el director nos dejó y encontramos a una directora que también sabe sacarnos lo mejor de nosotros mismos, manteniendo el espíritu del coro. A mí me pasa una cosa curiosísima. Cuando empezamos una nueva obra me parece imposible que llegue a dominarla. Pero, en vez de dedicarme compulsivamente a estudiarla, me dejo ganar por ella, sin apenas esfuerzo. Y, de repente, un día, sin darme cuenta, me levanto por la mañana tarareándola y la canto en la ducha sin esfuerzo, porque me sale fluida, espontánea, sola. ¡Qué alegría!

También la sabiduría popular, además de los refranes que he citado antes, dice: “El que canta reza dos veces”. Nada más cierto. Para mí, cuando cantamos música sacra, cada cosa que cantamos, sea en clase o en público, es una profunda oración. Pero voy más allá. El que canta, aunque sea una tonada popular, reza. Una sola vez, pero reza. Aunque no cante una oración. Porque cuando alguien hace aquello para lo que ha sido hecho, estalla en alabanza al que le dio ese don. Y, para mí, ese don viene de Dios, la Belleza, con mayúsculas, a la que damos gracias cuando usamos el don que nos ha sido dado por Él. Hace años, cuando vivía la religión de una forma un poco compulsiva, como casi todo lo que hago, escribí una poesía que dice:

9-IV-2001

Lunes Santo. Cuenca. Desde lo alto de la ciudad contemplando la hoz del Huécar con Cuenca abajo, a la derecha.

¡Qué envidia me dan los pájaros
cantando a la luz de la mañana!
Con tan sólo cantar, ya Te dan gloria.
Envidio también la lagartija,
que calienta su cuerpo al sol
mientras Te alaba,
porque Tú hiciste frías
su sangre y sus entrañas.
Se me escapa el alma cuando veo
a la trucha cimbreándose en el río.
Para nadar nació
y nadando Te bendice.
¿Y yo? ¿Yo?
¿Cómo, con qué debo alabarte?
¿Cómo Te cantaré?
¿De qué aires, soles, aguas
deberá beber mi lengua para saber
ensalzarte con mi vida?
¿Tal vez me basta con sólo
contemplar y darte gracias?
¿Tal vez es suficiente remontarme
desde el pájaro a tu Nombre?
¿Basta con eso o hace falta
la laboriosa acción transformadora?
Duda, la duda siempre lacerante.
¿Dónde está la sencillez perdida?
¿Se apagan con la muerte las preguntas?
¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! ¡Dios mío...!

He encontrado en el canto la sencillez perdida. Fui hecho para cantar y cantando doy gloria y alabo y agradezco a mi Dios. ¿Qué más hace falta? Nada. Sí, basta con eso. Todo es gratis. Y yo, cantando, le doy gracias.


Por eso considero un sacrilegio el que se le diga a un niño que se calle cuando canta porque lo hace mal. Más vale apoyarle, ayudarle, enseñarle. Por eso animo a todos aquellos que, como me pasaba a mí, han dejado de cantar por el “trauma infantil” del “cállese, fulano, que lo estropea”, a que se liberen y descubran la maravilla de cantar. ¡PUEDEN! No me cabe duda de que el mundo iría mejor si la gente cantase más en coro a varias voces. No hay mejor educación para la armonía del mundo que crear armonía con las voces. Por eso animo a Puigdemont, Oriol Junqueras, Rajoy, Albert Rivera, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Kim Yong Un, Maduro, Trump, Xi Jing Ping, Putin, Erdogan, Bashar al-Assad, Mugabe, Merkel, Macron, May, etc., etc., etc (por supuesto, no pretendo poner a todos los políticos que cito en el mismo saco). a que canten en coro. No tienen por qué hacerlo necesariamente en el mismo. Pero la armonía que lograsen en sus respectivos coros, se transmitiría, sin duda, a las relaciones del mundo. Estamos hechos para cantar. ¡CANTEMOS! 

3 de noviembre de 2017

Clarividente discurso de José Ortega y Gasset en 1932 en las Cortes españolas, en la discusión sobre el Estatuto catalán

En esta entrada me he tomado vacaciones de escribir. Pero no os doy a vosotros descanso de leer porque otro mejor que yo ha escrito por mí para vosotros. Os envío un extracto, hecho por mí, de un discurso magnífico pronunciado por José Ortega y Gasset, en las Cortes de la República, en 1932, cuando se discutía el estatuto de Cataluña. Me ha parecido oportuno, ahora que las aguas parecen estar un poco más encauzadas (esperemos que no vuelvan a desbordarse), plantear una reflexión clarividente, de una de las mejores mentes españolas del siglo XX, sobre el fondo de la cuestión catalana, sin perderse en lo perimetral. Me he permitido, como os he dicho, la osadía de extractarlo y de poner en negrita y, a veces subrayados, algunos párrafos. Lo he hecho porque el lenguaje lleno de florituras del parlamentarismo del siglo XIX, que todavía era normal en 1932, es a veces confuso. Hoy en día tendría la ventaja de que seguramente muchos de Podemos y todos los de la CUP no lo entenderían. Estoy seguro de que vosotros sí lo haríais. Lo contrario sería un insulto a vuestra inteligencia que está muy lejos de mi ánimo. Pero he pensado que si os ahorraba un poco de tiempo y os hacía la lectura un poco más amena, tal vez me lo agradecieseis. Espero que os resulte interesante. Para el que tenga el encomiable interés de ir a las fuentes, le adjunto abajo de todo, el link al discurso completo.


***

Señores diputados: siento mucho no tener más remedio que hacer un 
discurso doctrinal, de aquellos precisamente que el señor Companys, en 
las primeras palabras que pronunció el otro día, se apresuraba a querer 
extirpar de esta discusión. Según el señor Companys, a la hora del debate 
constitucional se hicieron cuantos discursos doctrinales eran menester sobre 
el problema catalán y sobre su Estatuto, y se hicieron –añadía- porque 
los parlamentarios catalanes habían tenido buen cuidado de dibujar, de 
prefijar en el texto constitucional cuantos temas afectan al presente Estatuto. 
Y yo no pongo en duda que esta intervención de los parlamentarios 
catalanes fuese un gambito de ajedrez bastante ingenioso, pero no tanto 
que quedemos para siempre aprisionados dentro de él, hasta el punto de 
que no podamos hacer hoy, con alguna razón, con buen fundamento, sobre 
el problema catalán, sobre este enjundioso problema, algún discurso 
doctrinal. 

Porque acontece que el debate constitucional en su realidad no coincide, 
ni mucho menos, con el recuerdo que ha dejado en la memoria del 
señor Companys. Tan no coincide, que ni yo, ni creo que ningún otro señor 
diputado recordará, antes de la intervención del señor Maura, ningún discurso 
en el cual se tratase a fondo y de frente el problema de las aspiraciones 
de Cataluña. Se ha hablado ciertamente, en general, de unitarismo y 
federalismo, de centralismo y autonomía, de las lenguas regionales; pero 
sobre el problema catalán, sobre lo que se llama el problema catalán, estoy 
por decir que yo no he oído un solo discurso, ni siquiera una parte 
orgánica de un discurso, como no consideremos tales las constantes salidas 
expectorativas a que nos tiene acostumbrados la bellida barba de don 
Antonio Royo Villanova. Se han hecho discursos sobre el pacto de San 
Sebastián, que es un tema que no tolera ni mucha doctrina ni muy buena, 
y que, por otra parte, no pretenderá resumir un problema viejo de demasiados 
siglos. […].

Sobre todo en estos dos enormes asuntos que ahora tenemos delante, 
la reforma agraria y el Estatuto catalán, es preciso que el Parlamento se 
resuelva a salir de sí mismo, de ese fatal ensimismamiento en que ha 
solido vivir hasta ahora, y que ha sido causa de que una gran parte de la 
opinión le haya retirado la fe y le escatime la esperanza. Es preciso ir a 
hacer las cosas bien, a reunir todos los esfuerzos. El político necesita de 
una imaginación peculiar, el don de representarse en todo instante y con 
gran exactitud cuál es el estado de las fuerzas que integran la total opinión 
y percibir con precisión cuál es su resultante, huyendo de confundirla con 
la opinión de los próximos, de los amigos, de los afines, que, por muchos 
que sean, son siempre muy pocos en la nación. Sin esa imaginación, sin 
ese don peculiar, el político está perdido.
 
Ahí tenemos ahora España, tensa y fija su atención en nosotros. No 
nos hagamos ilusiones: fija su atención, no fijo su entusiasmo. Por lo mismo, 
es urgente que este Parlamento aproveche estas dos magnas cuestiones 
para hacer las cosas ejemplarmente bien, para regenerarse en sí mismo 
y ante la opinión. Quién no os lo diga así, no es leal. (Muy bien.) 
Y en medio de esta situación de ánimo, vibrando España entera alrededor, 
encontramos aquí, en el hemiciclo, el problema catalán. Entremos en 
él sin más y comencemos por lo más inmediato, por lo primero de él con 
que nos encontramos. Y ¿qué es lo más inmediato, concreto y primero con 
que topamos del problema catalán? Se dirá que si queremos evitar vaguedades, 
lo más inmediato y concreto con que nos encontramos del problema 
catalán es ese proyecto de Estatuto que la Comisión nos presenta y 
alarga; y de él, el artículo 1.º del primer título. Yo siento discrepar de los 
que piensan así, que piensan así por no haber caído en la cuenta de que 
antes de ese primer artículo del primer título hay otra cosa, para mí la más 
grave de todas, con la que nos encontramos. Esa primera cosa es el propósito, 
la intención con que nos ha sido presentado este Estatuto, no sólo 
por parte de los catalanes, sino de otros grupos de los que integran las 
fuerzas republicanas. A todos os es bien conocido cuál es ese propósito. 
Lo habéis oído una y otra vez, con persistente reiteración, desde el advenimiento 
de la República. Se nos ha dicho: «Hay que resolver el problema 
catalán y hay que resolverlo de una vez para siempre, de raíz. La República 
fracasaría si no lograse resolver este conflicto que la monarquía no 
acertó a solventar.»
  
[…] pero si, como todos presumimos, no se trata de una figura de dicción, de 
una eutrapelia, que sería francamente intolerable en asunto y sazón tan 
grave, si se trata en serio de presentar con este Estatuto el problema catalán 
para que sea resuelto de una vez para siempre, de presentarlo al Parlamento 
y a través de él al país, adscribiendo a ello los destinos del régimen, 
¡ah!, entonces yo no puedo seguir adelante, sino que, frente a este 
punto previo, frente a este modo de planteamiento radical del problema, yo 
hinco bien los talones en tierra, y digo: ¡alto!, de la manera más enérgica y 
más taxativa. Tengo que negarme rotundamente a seguir sin hacer antes 
una protesta de que se presente en esta forma radical el problema catalán 
a nuestra Cataluña y a nuestra España, porque estoy convencido de que 
es ello, por unos y por otros, una ejemplar inconsciencia. ¿Qué es eso de 
proponernos conminativamente que resolvamos de una vez para siempre 
y de raíz un problema, sin para en las mientes de si ese problema, él por sí 
mismo, es soluble, soluble en esa forma radical y fulminante? ¿Qué diríamos 
de quien nos obligase sin remisión a resolver de golpe el problema de 
la cuadratura del círculo? Sencillamente diríamos que, con otras palabras, 
nos había invitado al suicidio.
 
Pues bien, señores; yo sostengo que el problema catalán, como todos 
los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema 
que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar, y al decir esto, 
conste que significo con ello, no sólo que los demás españoles tenemos 
que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen 
que conllevarse con los demás españoles
. […] Vamos a ello, señores. 

Digo, pues, que el problema catalán es un problema que no se puede 
resolver, que sólo se puede conllevar; que es un problema perpetuo, que 
ha sido siempre, antes de que existiese la unidad peninsular y seguirá 
siendo mientras España subsista; que es un problema perpetuo, y que a 
fuer de tal, repito, sólo se puede conllevar. 

¿Por qué? En rigor, no debía hacer falta que yo apuntase la respuesta, 
porque debía ésta hallarse en todas las mentes medianamente cultivadas. 
Cualquiera diría que se trata de un problema único en el mundo, que anda 
buscando, sin hallarla, su pareja en la Historia, cuando es más bien un 
fenómeno cuya estructura fundamental es archiconocida, porque se ha 
dado y se da con abundantísima frecuencia sobre el área histórica. Es tan 
conocido y tan frecuente, que desde hace muchos años tiene inclusive un 
nombre técnico: el problema catalán es un caso corriente de lo que se 
llama nacionalismo particularista.
No temáis, señores de Cataluña, que en 
esta palabra haya nada enojoso para vosotros, aunque hay, y no poco, 
doloroso para todos

¿Qué es el nacionalismo particularista? Es un sentimiento de dintorno 
vago, de intensidad variable, pero de tendencia sumamente clara, que se 
apodera de un pueblo o colectividad y le hace desear ardientemente vivir 
aparte de los demás pueblos o colectividades. Mientras éstos anhelan lo 
contrario, a saber: adscribirse, integrarse, fundirse en una gran unidad histórica, en esa radical comunidad de destino que es una gran nación, esos 
otros pueblos sienten, por una misteriosa y fatal predisposición, el afán de 
quedar fuera, exentos, señeros, intactos de toda fusión, reclusos y absortos 
dentro de sí mismos

Y no se diga que es, en pequeño, un sentimiento igual al que inspira los 
grandes nacionalismos, los de las grandes naciones; no; es un sentimiento 
de signo contrario. […] Por eso, de la pluralidad de pueblos dispersos que había en la Península, se ha formado esta España compacta

En cambio, el pueblo particularista parte, desde luego, de un sentimiento 
defensivo, de una extraña y terrible hiperestesia frente a todo contacto 
y toda fusión; es un anhelo de vivir aparte. Por eso el nacionalismo 
particularista podría llamarse, más expresivamente, apartismo o, en buen 
castellano, señerismo

Pero claro está que esto no puede ser. […].
 
Pues bien; en el pueblo particularista, como veis, se dan, perpetuamente 
en disociación, estas dos tendencias: una, sentimental, que le impulsa 
a vivir aparte; otra, en parte también sentimental, pero, sobre todo, 
de razón, de hábito, que le fuerza a convivir con los otros en unidad nacional. 
De aquí que, según los tiempos, predomine la una o la otra tendencia 
y que vengan etapas en las cuales, a veces durante generaciones, parece 
que ese impulso de secesión se ha evaporado y el pueblo éste se muestra 
unido, como el que más, dentro de la gran Nación. Pero no; aquel instinto 
de apartarse continúa somormujo, soterráneo, y más tarde, cuando menos 
se espera, como el Guadiana, vuelve a presentarse su afán de exclusión y 
de huida.
 

Este, señores, es el caso doloroso de Cataluña; es algo de que nadie 
es responsable; es el carácter mismo de ese pueblo; es su terrible destino, 
que arrastra angustioso a lo largo de toda su historia. Por eso la historia de 
pueblos como Cataluña […] es un quejido casi incesante; porque la 
evolución universal, salvo breves períodos de dispersión, consiste en un 
gigantesco movimiento e impulso hacia unificaciones cada vez mayores.
 
De aquí que ese pueblo que quiere ser precisamente lo que no puede ser, 
pequeña isla de humanidad arisca, reclusa en sí misma; ese pueblo que 
está aquejado por tan terrible destino, claro es que vive, casi siempre, 
preocupado y como obseso por el problema de su soberanía, es decir, de 
quien le manda o conquien manda él conjuntamente. Y así, por cualquier 
fecha que cortemos la historia de los catalanes encontraremos a éstos, 
con gran probabilidad, enzarzados con alguien, y si no consigo mismos, 
enzarzados sobre cuestiones de soberanía, sea cual sea la forma que de la 
idea de soberanía se tenga en aquella época
[…]. Pasan los 
climas históricos, se suceden las civilizaciones y ese sentimiento dilacerante, 
doloroso, permanece idéntico en lo esencial. Comprenderéis que un pueblo 
que es problema para sí mismo tiene que ser, a veces, fatigoso para 
los demás y, así, no es extraño que si nos asomamos por cualquier trozo a 
la historia de Cataluña asistiremos, tal vez, a escenas sorprendentes, como 
aquella acontecida a mediados del siglo XV: representantes de Cataluña 
vagan como espectros por las Cortes de España y de Europa buscando 
algún rey que quiera ser su soberano; pero ninguno de estos reyes acepta 
alegremente la oferta, porque saben muy bien lo difícil que es la soberanía 
en Cataluña. Comprenderéis, pues, que si esto ha sido un siglo y otro y 
siempre, se trata de una realidad profunda, dolorosa y respetable; y cuando 
oigáis que el problema catalán es en su raíz, en su raíz –conste esta 
repetición mía-, cuando oigáis que el problema catalán es un su raíz ficticio, 
pensad que eso sí que es una ficción.
 

¡Señores catalanes: no me imputaréis que he empequeñecido vuestro 
problema y que lo ha planteado con insuficiente lealtad! 

Pero ahora, señores, es ineludible que precisemos un poco. Afirmar 
que hay en Cataluña una tendencia sentimental a vivir aparte, ¿qué quiere 
decir, traducido prácticamente al orden concretísimo de la política? ¿Quiere 
decir, por lo pronto, que todos los catalanes sientan esa tendencia? De 
ninguna manera. Muchos catalanes sienten y han sentido siempre la tendencia opuesta
; de aquí esa disociación perdurable de la vida catalana a 
que yo antes me refería. Muchos, muchos catalanes quieren vivir con España
Pero no creáis por esto, señores de Cataluña, que voy a extraer de 
ello consecuencia ninguna; lo he dicho porque es la pura verdad, porque, 
en consecuencia, conviene hacerlo constar y porque, claro está, habrá que 
atenderlo. Pero los que ahora me interesan más son los otros, todos esos 
otros catalanes que son sinceramente catalanistas, que, en efecto, sienten 
ese vago anhelo de que Cataluña sea Cataluña. Mas no confundamos las 
cosas; no confundamos ese sentimiento, que como tal es vago y de una 
intensidad variadísima, con una precisa voluntad política. ¡Ah, no!
Yo estoy 
ahora haciendo un gran esfuerzo por ajustarme con denodada veracidad 
a la realidad misma, y conviene que los señores de Cataluña que me 
escuchan, me acompañen en este esfuerzo. No, muchos catalanistas no 
quieren vivir aparte de España, es decir, que, aun sintiéndose muy catalanes, 
no aceptan la política nacionalista, ni siquiera el Estatuto, que acaso 
han votado. Porque esto es lo lamentable de los nacionalismos; ellos son 
un sentimiento, pero siempre hay alguien que se encarga de traducir ese 
sentimiento en concretísimas fórmulas políticas: las que a ellos, a un grupo 
exaltado, les parecen mejores. Los demás coinciden con ellos, por lo 
menos parcialmente, en el sentimiento, pero no coinciden en las fórmulas 
políticas; lo que pasa es que no se atreven a decirlo, que no osan manifestar 
su discrepancia, porque no hay nada más fácil, faltando, claro está a la 
veracidad, que esos exacerbados les tachen entonces de anticatalanes.
Es 
el eterno y conocido mecanismo en el que con increíble ingenuidad han 
caído los que aceptaron que fuese presentado este Estatuto. ¿Qué van a 
hacer los que discrepan? Son arrollados; pero sabemos perfectamente de 
muchos, muchos catalanes catalanistas, que en su intimidad hoy no quieren 
esa política concreta que les ha sido impuesta por una minoría
. Y al 
decir esto creo que sigo ajustándome estrictamente a la verdad. (Muy bien, 
muy bien.) 

Pero una vez hechas estas distinciones, que eran de importancia, reconozcamos 
que hay de sobra catalanes que, en efecto, quieren vivir aparte 
de España
. Ellos son los que nos presentan el problema; ellos constituyen 
el llamado problema catalán, del cual yo he dicho que no se puede resolver, 
que sólo se puede conllevar. Y ello es bien evidente; porque frente a 
ese sentimiento de una Cataluña que no se siente española, existe el otro 
sentimiento de todos los demás españoles que sienten a Cataluña como 
un ingrediente y trozo esencial de España, de esa gran unidad histórica, de 
esa radical comunidad de destino, de esfuerzos, de penas, de ilusiones, de 
intereses, de esplendor y de miseria, a la cual tienen puesta todos esos 
españoles inexorablemente su emoción y su voluntad. Si el sentimiento de 
los unos es respetable, no lo es menos el de los otros, y como son dos 
tendencias perfectamente antagónicas, no comprendo que nadie, en sus 
cabales, logre creer que problema de tal condición puede ser resuelto de 
una vez para siempre
. […] 

Supongamos, si no, lo extremo […]: que se concediera, que se otorgase a Cataluña 
absoluta, íntegramente, cuanto los más exacerbados postulan. ¿Habríamos 
resuelto el problema? En manera alguna; habríamos dejado entonces 
plenamente satisfecha a Cataluña, pero ipso facto habríamos dejado plenamente, mortalmente insatisfecho al resto del país. El problema renacería de sí mismo, con signo inverso, pero con una cuantía, con una violencia incalculablemente mayor; con una extensión y un impulso tales, que 
probablemente acabaría (¡quién sabe!) llevándose por delante el régimen. 
Que es muy peligroso, muy delicado hurgar en esta secreta, profunda raíz, 
más allá de los conceptos y más allá de los derechos, de la cual viven esta 
plantas que son los pueblos. ¡Tengamos cuidado al tocar en ella!
 

Yo creo, pues, que debemos renunciar a la pretensión de curar radicalmente 
lo incurable.
[…] 

En cambio, es bien posible conllevarlo. Llevamos muchos siglos juntos 
los unos con los otros, dolidamente, no lo discuto; pero eso, el conllevarnos 
dolidamente, es común destino, y quien no es pueril ni frívolo, lejos de 
fingir una inútil indocilidad ante el destino, lo que prefiere es aceptarlo

Después de todo, no es cosa tan triste eso de conllevar. ¿Es que en la 
vida individual hay algún problema verdaderamente importante que se resuelva? La vida es esencialmente eso: lo que hay que conllevar, y, sin 
embargo, sobre la gleba dolorosa que suele ser la vida, brotan y florecen 
no pocas alegrías.
 

Este problema catalán y este dolor común a los unos y a los otros es un 
factor continuo de la Historia de España, que aparece en todas sus etapas, 
tomando en cada una el cariz correspondiente. Lo único serio que unos y 
otros podemos intentar es arrastrarlo noblemente por nuestra Historia; es 
conllevarlo, dándole en cada instante la mejor solución relativa posible

conllevarlo, en suma, como lo han conllevado y lo conllevan las naciones 
en que han existido nacionalismos particularistas, las cuales (y me importa 
mucho hacer constar esto para que quede nuestro asunto estimado en su 
justa medida), las cuales naciones aquejadas por este mal son en Europa 
hoy aproximadamente todas […]. 

Con esto, señores, he intentado demostrar que urge corregir por completo 
el modo como se ha planteado el problema, y, sin ambages ni eufemismos, 
invertir los términos: en vez de pretender resolverlo de una vez 
para siempre, vamos a reducirlo, unos y otros, a términos de posibilidad, 
buscando lealmente una solución relativa, un modo más cómodo de conllevarlo
: demos, señores, comienzo serio a esta solución. 

¿Cuál puede se ella? Evidentemente tendrá que consistir en restar del 
problema total aquella porción de él que es insoluble, y venir a concordia 
en lo demás. Lo insoluble es cuanto significa amenaza, intención de amenaza, 
para disociar por la raíz la convivencia entre Cataluña y el resto de 
España, Y la raíz de convivencia en pueblos como los nuestros es la unidad 
de soberanía.
 

Recuerdo que hubo un momento de extremo peligro en la discusión 
constitucional, en que se estuvo a punto, por superficiales consideraciones 
de la más abstrusa y trivial ideología, con un perfecto desconocimiento de 
lo que siente y quiere, salvo breves grupos, nuestro pueblo
, […] se estuvo a punto, digo, nadamenos que de decretar, sin más, la Constitución federal de España. […] la imprecisión,tal vez el desconocimiento, con que se empleaban todos estos vocablos: soberanía, federalismo, autonomía, y se confundían unas cosas con otras, siendo todas ellas muy graves. […] 

Decía yo que soberanía es la facultad de las últimas decisiones, el 
poder que crea y anula todos los otros poderes, cualesquiera sean ellos, 
soberanía, pues significa la voluntad última de una colectividad. Convivir 
en soberanía implica la voluntad radical y sin reservas de formar una comunidad de destino histórico, la inquebrantable resolución de decidir juntos en última instancia todo lo que se decida. Y si hay algunos en Cataluña,
o hay muchos, que quieren desjuntarse de España, que quieren escindir 
la soberanía, que pretenden desgarrar esa raíz de nuestro añejo convivir, 
es mucho más numeroso el bloque de los españoles resueltos a continuar 
reunidos con los catalanes en todas las horas sagradas de esencial decisión.
 
Por eso es absolutamente necesario que quede deslindado de este 
proyecto de Estatuto todo cuanto signifique, cuanto pueda parecer amenaza 
de la soberanía unida, o que deje infectada su raíz. Por este camino 
iríamos derechos y rápidos a una catástrofe nacional.
 

[…] «No nos presentéis vuestro afán en términos de soberanía, porque entonces no nos entenderemos. Presentadlo, planteadlo en términos de autonomía». Y conste que autonomía significa, en la terminología juridicopolítica, la cesión de poderes; en principio no importa cuáles ni cuántos, con tal que quede sentado de la manera más clara e inequívoca que ninguno de esos poderes es espontáneo, nacido de sí mismo, que es, en suma, soberano, sino que el Estado lo otorga y el Estado lo retrae y a él reviene. Esto es autonomía. […]