18 de septiembre de 2020

Sigo aprendiendo lecciones

 En el post del 28 de Agosto os contaba lo mal que lo había pasado este verano pero cómo esa experiencia tan dura me había enseñado muchas cosas. Luego, el día 3 de Septiembre me hicieron una operación de caballo. Me quitaron una parte de un disco intervertebral y le unieron dos vértebras con 4 tornillos. Cabría esperar que estuviese hecho una mierda. ¡Pues no! El día 4 me hicieron dar unos pasos en el hospital. El día 5 me mandaron a casa con la instrucción de que anduviese todos los días lo que pudiera. Me dijeron que moviese el culo, aunque no me lo dijesen con esas palabras. ¡Y lo estoy moviendo! Todos los días ando un rato cada hora. Voy por diez minutos y, en progreso. Y, lo que es más importante: ¡¡¡¡No me duele nada!!!! ¿No es increíble? Increíble, pero cierto. Y lo es, porque no hay aforismo más aplicable que el de la castiza zarzuela de “La verbena de la Paloma” cuando nos  dice que “hoy los tiempos adelantan que es una barbaridad”. Hace diez años una operación así, además de tener muchas más probabilidades de fracaso, te mantenía postrado un largo tiempo. Y como sabéis que no desaprovecho ocasión de traer el agua a mi molino (lo que creo que es mejor para la humanidad, ningún otro molino), diré que hay un “culpable” de que pase eso. Se llama libre empresa o, si se llama a las cosas por su nombre, capitalismo. Así que acabo el cuerpo de este mail gritando: ¡¡¡¡Viva el capitalismo!!!! ¿Oigo a alguien coreando mi grito?

Pero, a pesar de que todo esté yendo viento em popa, el aprendizaje de la fragilidad sigue enseñándome cosas. Quizá por eso que os cantaba de que nunca he tenido una enfermedad grave ni, hasta ahora, un dolor que no se quitase con un paracetamol, había ido desarrollando dentro de mí un cierto sentimiento inconsciente de invulnerabilidad. Cierto que la cabeza me decía que, como pequeño ser humano que soy, soy extremadamente frágil. Pero una cosa es lo que sabes con la cabeza y otra muy distinta lo que te dicen tus más inconscientes y profundos sentimientos vitales. El mes de Agosto que he pasado y la operación, a pesar del éxito que ha tenido, han venido a quebrar ese sentimiento inconsciente y a hacer que me haya dado cuenta de que, efectivamente, soy un pequeño y débil ser contingente que en un chasquido de dedos puedo pasar de una situación de salud a una de dependencia y sufrimiento. Y no ha sido una toma de consciencia tranquilizadora. A decir verdad, he pasado mucho miedo, asaltado por intensos temores de vejez y decrepitud. En una palabra; jodido.

 Pero la casualidad, a la que, como no existe, prefiero llamar Providencia, ha venido en mi ayuda. En las muchas horas que estoy sentado en mi butaca, muerto de aburrimiento –leer, escribir y casi cualquier cosa me produce una inmensa sensación de tedio–, zapeando sin sentido entre canales de televisión que me producen un tedio que ya es indescriptible, vi en la 5, una breve secuencia de una entrevista que le hacía un locutor, cuyo nombre ignoro, pero por el que tengo bastante poca simpatía, a la actriz Paz Padilla. Ésta me parecía una graciosilla –en el sentido peyorativo de la palabra– partícipe de programas de estos de reality show que me producen náuseas. Sin embargo, lo poco que oí del flash de esa entrevista, me hizo aguzar el oído. Cuando casi todo te parece tedioso, cosas que en otro momento te hubiesen pasado desapercibidas o de las que incluso hubieras huido, te despiertan interés. Fue como si hubiese vislumbrado algo que podía ayudarme en mis miedos crecientes. Entré en internet y busqué la entrevista completa. Hace años leí una novela en la que aparecía una frase de esas que se te quedan grabadas. Decía:

 

“Una hoja caída del árbol puede cambiar un rumbo; un grano de arena que gira, llegar a ser roca; una palabra oída, torcer una idea; la idea que gira, crear un sentir, el sentir un suspiro, el suspiro un relato... y en el aire hay hojas, arenas, palabras, ideas, sentires, suspiros, relatos.

 

Más tarde recordé que en septiembre había yo comprado y no leído unos libros al tomar el avión para Londres. Mi memoria no daba como imposible el que entre ellos estuviera ‘Los papeles de mi tío’. Encontré y leí el libro... Allí estaba la hoja caída, el grano de arena que rueda, la palabra, la idea que gira, el sentir, el suspiro, el relato. Allí el alma de seres y cosas, quereres, renuncias... Una mente que sueña y delira, que sufre, que goza, que siente...”

 

Exactamente eso me pasó al ver la entrevista. Allí estaba la puerta que podía, tal vez, ayudarme a exorcizar mis miedos nacientes y crecientes. Pongo el link a la entrevista por si alguno quiere ver si están allí, también para él, algunas esas cosas perdidas:

 

https://www.tokyvideo.com/es/video/entrevista-completa-a-paz-padilla-en-salvame-deluxe

 

Quiero, antes de continuar, disculparme ante Paz Padilla, aunque no creo que lea esto ni, si lo lee, le importe tres caracoles. Pero yo necesito liberarme del malestar del prejuicio, del hábito de clasificar a la gente sin conocerla. ¡Qué estúpidos somos a menudo los humanos con nuestros prejuicios! Ahí van mis disculpas.

 

Sería largo, tedioso e inútil hacer una síntesis de esa entrevista. Pero en ella, entre otras muchas cosas, Paz Padilla citaba a Isabel Allende en su novela Paula, escrita tras la muerte de su hija. Esa cita, que ya estaba en mi subconsciente y que a raíz de ese flash busqué textualmente, decía:

 

“Me di cuenta en algún momento de que uno viene al mundo a perderlo todo. Mientras más uno vive, más pierde. Vas perdiendo a tus padres primero, a gente a tu alrededor, tus mascotas, los lugares y tus propias facultades también. No se puede vivir con temor, porque te hace imaginar lo que todavía no ha pasado y sufres el doble. Hay que relajarse un poco, tratar de gozar lo que tenemos y vivir en el presente”.

 

Muy cierto, pero esa puerta voluntarista sólo me llevaba, como triste consuelo, al carpe diem, que puede ser en el mejor de los casos una etapa hacia otra cosa y, en el peor, una vía muerta de resignación. Pero cuando se abren las puertas de lo profundo, allí se encuentran muchas cosas. Y, ya puesto sobre la pista, encontré, en mi subconsciente y en mi ordenador esta poesía, oración de abandono en Dios, de Teilhard de Chardin:

 

“Cuando los signos de la edad marquen mi cuerpo,

(y más aún cuando afecten a mi mente);

cuando la enfermedad que vaya a disminuirme

o a causarme la muerte

me golpee desde fuera o nazca en mi interior;

cuando llegue el doloroso momento

de tomar conciencia de pronto

de que estoy enfermo o envejeciendo;

y sobre todo en ese último momento

en que sienta que pierdo el control de mí mismo

y que estoy absolutamente inerte en manos

de las grandes fuerzas desconocidas que me han formado;

en todos esos oscuros momentos, oh Dios,

concédeme comprender que eres tú

(supuesto que mi fe sea lo bastante fuerte)

quien está separando dolorosamente

todas y cada una de las fibras de mi ser

para penetrar hasta la médula misma

de mi esencia y llevarme contigo”.

 

Una nueva puerta que se abría en la sala vacía del carpe diem, que me sacaba de su vía muerta, del estéril consuelo sin mayor sentido. No, no hemos venido a este mundo a perderlo todo y a disfrutarlo mientras lo tengamos. No es que eso no sea verdad, es que sólo es la mitad de la verdad, y ya se sabe lo que es la mitad de la verdad, sobre todo, cuando es la mitad más pobre. La verdad completa es que hemos venido a este mundo a administrar esos dones –entre lo que está disfrutarlos, aunque no sólo– para entregárselos cada día, voluntariamente, a su dueño. Recuerdo una cosa que me contó un amigo mío, dominico, sometido al voto de pobreza. Era lo que llamaban la “desapropiación debida”. Mi buen dominico, necesitaba disponer para su actividad apostólica de una serie de bienes, tales como un modesto coche, un austero reloj o un móvil. Pero casa año debía prestarse ante su superior y entregarle las llaves del coche, el reloj y el móvil. Normalmente, esos objetos le eran devueltos inmediatamente. A veces le eran devueltos aumentados con alguna otra cosa que pudiese necesitar o las mismas cosas de mayor calidad pero, por supuesto también podía ser al revés. Lo importante era acordarse cada año que había hecho voto de pobreza y que nada de lo que usaba como suyo lo era realmente. Esa debería ser también nuestra actitud. Con una enorme diferencia. Que si nos desapropiamos de lo que creemos que es nuestro –salud, riqueza, personas amadas, etc–, sabemos con seguridad que nos serán devueltas, nuevas, transfiguradas, infinitamente aumentadas en la existencia para la que realmente hemos sido creados. Así nos ha sido dicho: “Os aseguro que todo aquel que haya dejado casa, patrimonio, salud, mujer, hermanos, parientes o hijos por el Reino de Dios, recibirá mucho más en este mundo y la vida eterna en el mundo futuro”. No se trata, desde luego, de desperdiciar, despreciar o tirar a la basura ninguno de estos bienes. Al revés, tenemos la obligación de cuidarlos y de dar gracias a Dios por ellos… después de haber llevado a cabo la desapropiación debida. Tenemos que comprender que es Dios (supuesto que nuestra fe sea lo bastante fuerte) quien cuando llegue el momento estará separando dolorosamente todas y cada una de las fibras de nuestro ser para penetrar hasta la médula misma de nuestra esencia y llevarnos consigo.

 

La promesa que nunca, jamás, nos ha sido hecha, es la de que este mundo será un jardín de rosas. Más bien nos ha sido dicho lo contrario, aunque a menudo nuestra oración sea para pedirle a Dios ese jardín jamás prometido. Los seres humanos somos duros de mollera.

 

Pero –y he ahí la cuestión–, ¿es nuestra fe lo bastante fuerte? Sólo hay una respuesta a esta pregunta. NO, NO LO ES. Lo será sólo si se lo pedimos a Dios cada día –“Señor, yo creo, pero ayuda a mi incredulidad”–. Pero para pedir algo, hay que saber antes lo que se quiere y se puede pedir. A mí, estos días, gracias a mi fragilidad, gracias a ver que mi salud pende de un hilo, aunque posiblemente dentro de un mes esté bien, gracias a mi repentina consciencia de que nada de eso es mío, gracias a la Providencia de haber visto la entrevista a Paz Padilla, gracias a que esa entrevista me ha llevado a Isabel Allende, me ha sido dado encontrar la hoja caída, el grano de arena que rueda, la palabra, la idea que gira, el sentir, el suspiro, el relato, el alma de seres y cosas, quereres, renuncias... Y, aunque sólo sea brevemente, trascender la apariencia de este mundo que está llamado a la extinción. San Pablo nos dice: “En lo que resta, que los que lloran vivan como si no llorasen; los que se alegran, como si no se alegrasen; los que compran, como si no poseyeran; los que disfrutan del mundo, como si no disfrutasen. Porque la apariencia de este mundo está a punto de acabar”.

 

Sé, sin embargo, casi con absoluta certeza, que cuando me encuentre bien dejaré de ver todas estas cosas que hoy veo. Sé que se irán difuminando en la mentira de creerme dueño de lo que no es mío. Sé que me olvidaré de la desapropiación debida. Pero quizá todas estas cosas no se me olviden del todo. Quizá se queden en el rincón más profundo del alma, donde se va formando el humus en el que sí pueden crecer esas promesas que sí nos han sido hechas. Pero hoy, al menos hoy, casi, casi –¡Dios mío, cuánto desconfío de mí mismo!–, se me ha quitado la angustia de la fragilidad y le puedo dar gracias a Dios, no a pesar de ella sino, precisamente, por ella. Así que, sí, sigo aprendiendo cosas que confío que nunca se me olviden del todo.

 

¡Oh Capitán, mi Capitán, Dios mío!

11 de septiembre de 2020

Las memorias de Churchill

 

Acabo de terminar de leer las memorias de Winston Churchill sobre la II Guerra Mundial. Seis tomos cuyo calibre, afortunadamente, no he llegado a saber –los he leído en Kindle– porque de haberlo sabido me hubiese desanimado. “The Gathering Storm”, “Their Finest Hour”, “The Great Alliance”, “The Hinge of Fate”, “Closing the Ring” y “Triunph and Tragedy”. Debo decir que para mi modesta capacidad ha sido una ardua proeza intelectual, sólo comparable, aunque en sentidos muy distintos, a la lectura de “En busca del tiempo perdido” de Marcel Proust o “El Estudio de la Historia” de Arnold J. Toynbee. Proeza intelectual de la que no me arrepiento en absoluto a pesar del enorme esfuerzo que me ha llevado leerlos, además, en inglés. Al contrario, siento que ha sido para mí una inmensa fuente de inspiración y aprendizaje.

Debo decir, desde el principio, que una de las cosas que hace, hasta cierto punto, árida la lectura de esas memorias es su frecuentísimo recurso a insertar en ellas muchas páginas de copias textuales de cruces de cartas, telegramas, minutas, etc., entre Churchil y Franklin D. Roosebelt, Joseph Stalin, los Jefes de Alto Estado Mayor de los ejércitos británico y americano, Secretarios de Estado, Ministros, y muchos más personajes relevantes del momento de las tres potencias aliadas, así como documentos de guerra alemanes de los que se tuvo conocimiento tras la derrota de Hitler, amén de intervenciones en la Cámara de los Comunes, arengas a topas, etc., etc., etc. Y ello, a pesar de que una gran cantidad de estos documentos, mucho mayor de la que aparece en el texto, está en los apéndices que, desde luego, no he leído. Esto que, como he dicho, hace árida su lectura, tiene la inmensa ventaja de que da al relato una inmensa credibilidad. Es muy normal que si uno lee las memorias de un político, de un hombre de Estado o de un mítico directivo empresarial, éstas estén trufadas de interpretaciones a posteriori, a menudo falseadas a favor del protagonista, lo que les resta credibilidad. En éstas no. Lo que estas cosas le hacen ganar en aridez se lo hacen ganar, multiplicado por diez, en credibilidad. Ciertamente, se puede falsear por omisión, pero este pecado es tanto más difícil de coeter cuanta mayor sea la cantidad de estos documentos, y creerme si os repito, que la cantidad es abrumadora, incluso sin leer los apéndices. Por lo tanto, la fiabilidad de lo que en ellas se cuenta es, si no absoluta al 100%, sí me atrevería a decir que alcanza cotas muy cercanas a ese 100%. Y esto es muy de agradecer. Por otro lado, tampoco conviene olvidar, para juzgar la amenidad de la lectura, que a Churchill le concedieron el Premio Nobel de Literatura en 1953, en gran parte, por estas obras.

Si tuviera que señalar las cosas que más me han impresionado del libro, y sin ánimo –ni posibilidad– de ser exhaustivo, diría lo siguiente:


1.     La indudable certidumbre de ver detrás de la aparición de Churchill en la II Guerra Mundial, la mano de la Providencia. No creo que hubiese en Gran Bretaña –ni en el mundo– una sola persona capaz de acometer la proeza de resistencia, valor, aguante y resiliencia de Churchill. En los terribles bombardeos de Londres y otras grandes ciudades inglesas, supo mantener alta la moral de todos los ingleses a la vez que, en un magnífico discurso, avisó a los omnipotentes nazis que si desembarcaban en Inglaterra, encontrarían una resistencia a muerte en cada pueblo, en cada colina, en cada bosque y en cada casa. Sea como fuera, el soberbio Hitler, siendo dueño de Europa, no se atrevió, en contra de todo pronóstico, a llevar a cabo la operación “León marino” de desembarco en Gran Bretaña. Con 65 años de edad, y hasta los 71 –yo tengo 69 y me dan vahídos sólo de pensar que me pudiese pasar a mí– dedicó una actividad, mental y física, incansable a la causa de la guerra. Alentó a los pilotos de la RAF en la heroica batalla de Inglaterra, mantuvo a raya a los terribles U-boats alemanes en la batalla del Atlántico en la que se jugaba el abastecimiento por mar de Gran Bretaña, superó dos años en los que cada mes se sucedía una catástrofe mayor que la anterior, llevó a cabo innumerables y agotadores viajes a EEUU, Moscú, Canadá, norte de África, Italia, Grecia, en aviones incomodísimos y afrontando todo tipo de peligros, metereológicos, mecánicos y de guerra. Quizá el que más me ha impresionado, con no ser el más agotador ni peligroso, fue el que inició la víspera de Navidad de 1944 a Grecia. Con la guerra ya casi ganada, Churchill vio el inmenso peligro que el comunismo suponía para la nueva Europa. Ahora casi todo el mundo es consciente de los métodos stalinistas, del continuo recurso a la mentira y la falsedad del comunismo. Pero entonces nada de eso era tan evidente. Sin embargo, al final de la guerra. Grecia fue el primer embate y Churchill supo verlo y evitarlo. Sin duda, su viaje a Grecia y las durísimas decisiones que tuvo que tomar allí, frenaron al comunismo en ese país. Se dio cuenta de que su presencia allí era indispensable, YA, y esa víspera de Navidad, con la preparación de una cena familiar ya ultimada, sin dudarlo un momento y sin siquiera pensar en retrasarlo “sólo” 24 horas, se fue a Grecia a resolverlo. Por supuesto, también se dio cuenta de que esa tragedia se extendería a una buena parte de la que luego fue la Europa satélite de la Unión Soviética, pero, a pesar de sus tercos, perseverantes e inteligentes intentos en las reuniones de los tres aliados en Teherán, Yalta y, muy al final, en Potsdam, ya con Truman en vez de Roosevelt, no pudo evitarlo. No se dejó engañar por Stalin, aunque no pudo evitar que otros si lo fueran. Y, como si fuera evidente que había cumplido con su función providencial hasta donde le era posible, tuvo que ver con amargura, pero con un impresionante fair play, cómo las elecciones británicas de Julio de 1945 le mandaban a casa desde donde tuvo que ver, en la impotencia, como se consumaba la división de Europa. Fue el primero que, antes de dejar de ser Primer Ministro, habló del tristemente célebre “Telón de Acero” (Iron Courtain).

 

Su carrera militar y política en la I Guerra Mundial y la primera parte de la posguerra, no estuvo, ni mucho menos a la altura de lo que hizo durante la II Guerra Mundial. Tuvo fracasos realmente estrepitosos. Hay quien no dudaría en decir que era un hombre fracasado. Pero si el Parlamento Británico y sus aliados franceses hubiesen hecho caso de sus avisos durante los años 30, en los que prácticamente solo y ridiculizado, defendió que había que parar los pies a Alemania cuando se estaba a tiempo, a buen seguro no hubiese habido II Guerra Mundial. La hubo. Tras su estallido, el pacifista, Chamberlain, ya enfermo y casi muerto, dimitió y aconsejó que se nombrase a Churchill, ministro de defensa de ese gabinete tras el estallido de la contienda, para hacerse cargo de la dirección del gobierno. Los miembros del Partido Conservador lo aceptaron poco menos como un impasse hacia lo que pensaban podría ser una decisión posterior más acertada. Pero Churchill fue capaz de mantener unido, durante toda la Guerra a un gobierno de la más amplia coalición nacional, que le brindó su apoyo, al igual que el Parlamento, no incondicional, pero casi unánime, porque se lo ganó día a día.

 

No ver detrás de ello la mano de la Providencia y pensar que fueron las azarosas circunstancias las que le dieron la dirección de la guerra, me parece de una miopía excepcional. Cito palabras de Gotthold Ephraim Lessing: “La palabra casualidad es una blasfemia; nada, bajo el sol, sucede por casualidad”. O las de Anatole France: “El azar es el pseudónimo de Dios cuando no quiere firmar”.

 

2.     El libro es una larga e impresionante lección de liderazgo. Liderazgo en el frente político, con los de su partido y con los de todos los de la oposición, liderazgo hacia los mandos militares, con los que supo mantener una relación de respeto, haciendo prevalecer sus visiones estratégicas por convencimiento, jamás por imposición y aceptando, tras defender sus puntos de vista con insistencia y racionalidad, las decisiones operativas militares cuando éstas no coincidían con sus puntos de vista. Presentó en varias ocasiones a los Comunes cuestiones de confianza en sesiones interminables, en las que jamás puso límite a las discusiones y en las que defendió siempre sus tesis con tanta fuerza, convicción y honestidad que las ganó todas por mayorías aplastantes. Se tomaba la molestia de dejar por escrito todos sus puntos de vista, reflexiones, respuestas a sus Jefes de Estado Mayor, de transmitir todo lo que debía ser transmitido a quien debía ser transmitido, de jamás tirar por la calle de en medio sin antes agotar todo el arsenal de argumentos. Agradecía y felicitaba por los éxitos, pero jamás desacreditaba a nadie por sus fracasos, aunque, evidentemente, tuviesen sus repercusiones en quien los cometía. Pero siempre trataba de hacer que el que había fracasado aceptase las consecuencias de su fracaso con fair play. Muy a menudo daba una segunda oportunidad al que había fracasado. Fue impresionante su capacidad de liderazgo con las Juntas de Estado Mayor de los EEUU y la ascendencia moral recíproca, llena de respeto mutuo, entre él y Roosevelt, con quien trenzó una amistad y camaradería impresionantes. Supo aunar esfuerzos de ejércitos tan diferentes como el Británico, el de los Dominios Británicos, básicamente Canadá, Australia, Nueva Zelanda, con gobiernos independientes y más difícil aún el de la India que, aún siendo parte del Imperio, sin la autonomía de los Dominios, presentaba unas dificultades de independentismo casi insuperables. Especial mención y dificultad tuvo la relación con el gobierno francés que surgió tras la rendición de la Francia de Vichy, que llevó a la ocupación final de esa zona por Alemania, con las luchas internas y las dificultades creadas por la personalidad enorme y soberbia de De Gaulle. Pero también supo llevar una impresionante relación con el gobierno italiano tras la rendición de este país después del desembarco y la conquista de Sicilia. Y por supuesto, su capacidad para tratar con Stalin, sin dejarse achantar ni un milímetro, pero con una cordialidad que contrasta con el odio visceral que sentía hacia el comunismo y el absoluto conocimiento del uso de la mentira que esta ideología y ese personaje utilizaban. Contrasta el tono desagradable, exigente, insultante a menudo, de los comunicados de Stalin con las respuestas, firmes pero educadas y hasta amables si era posible, de Churchill. Son impresionantes las frecuentes expresiones de admiración hacia la imponente gesta del ejército soviético de, primero, parar a los alemanes y, después, hacerle retroceder de forma estrepitosa. En mi idea de la II Guerra Mundial tenía grabado el convencimiento de que el ataque de Hitler contra Rusia fue un acto estúpido sin la más mínima posibilidad de éxito. A posteriori es fácil extrapolar la imagen del general Invierno derrotando a las tropas napoleónicas, pero lo cierto es que nadie en el mundo dudaba de que Alemania derrotaría a la Unión Soviética. De hecho, faltó poco más que el canto de un duro para que así fuese. En muchos momentos se ve que Churchill, en pro de la alianza con la Unión Soviética, se tiene que morder la lengua en los comunicados para no recordarle a Stalin su vergonzosa alianza con los Nazis para el reparto de Polonia en 1939 y la satisfacción con que éste miraba la postración de Gran Bretaña hasta que él mismo fue atacado por Hitler. Pero, aunque en el texto se ve que Churchill lo tenía clavado como una espina en el corazón, ni una sola vez se lo echa en cara a Stalin.

 

3.     Como he apuntado antes, nunca, en ningún momento del libro, ni en ninguno de los textos escritos en el fragor de la contienda, hay ni una sola expresión despectiva para nadie, ni una falta de respeto, ni un insulto. Siempre, incluso en los fracasos más estrepitosos, que desde luego, como se ha dicho, tenían sus consecuencias, como no podía ser de otra manera, sabía buscar el elogio a lo que se había hecho bien e intentaba cargar él mismo, en la medida de lo posible, con la responsabilidad de esos fracasos en las circunstancias adversas. Se tiene de Churchill la imagen de alguien con un ingenio ácido, incluso corrosivo. Seguro que era así en los debates parlamentarios partidistas, pero de ninguna manera en lo que se trasluce de toda su actuación en la guerra. Verdaderamente, impresiona esta faceta de su actuación.


4.     Aunque son sólo pinceladas, me llama la atención el apoyo constante que recibió de su inteligente y leal mujer, Clementine. Siempre estuvo incondicionalmente a su lado y le acompañó en varios de sus viajes. Ella misma fue Presidenta del Fondo de Ayuda de la Cruz Roja para Rusia y se distinguió en la ayuda que esta organización prestó a los soldados soviéticos heridos. Recibió por ello, durante la guerra, un homenaje en ese país. Tuvieron tres hijos, una de ellas fallecida a los dos años. Aunque en sus memorias habla poco de sus dos hijos, Randolph y Sarah, lo hace con inmenso cariño y aprecio. Randolph era, al parecer un joven problemático. Pero en la guerra se alistó en las SAS (Special Air Services) una unidad de comandos, y participó en una arriesgadísima operación en la que un pequeño grupo entró en Bengasi con la intención de volar dos grandes barcos en la bocana del puerto para inutilizarlo para el ejercito italo-alemán. La misión fracasó por los pelos y los comandos pudieron regresar a su base con inmensas dosis de astucia y valor. Pocos días después, en un accidente de coche resultó muerto el comandante del comando y Randolph acabó con varias vértebras aplastadas, lo que hizo que tuviese que abandonar el servicio activo. Jamás su padre le ahorró trabajos ni riesgos en la guerra. Sarah, la hija de Churchill, inteligente, testaruda y digna hija de su padre, se alistó nada más empezar la guerra en las WAAF (Women’s Auxiliary Air Force), en el servicio de inteligencia de fotografías aéreas. Aunque no participó en acciones directas de guerra, sirvió eficientemente a su país en la guerra y también acompañó a su padre en sus viajes a Teherán, Yalta y Potsdam.

 

5.     Probablemente las dos decisiones más terribles que Churchill tuvo que tomar en la guerra, fuesen el bombardeo de la flota francesa en el puerto de Orán y, naturalmente, el lanzamiento de las dos bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki, de los que estos días hace 75 años. En ninguna de las dos tuvo dudas de lo que debía hacer. Respecto a la primera, tras la rendición de Francia[1], pidió al gobierno francés, antes de que se constituyese el títere de Vichy, que dejase que los buques de guerra franceses fuesen remolcados a un puerto en el que se pudiese tener la seguridad de que no se iban a hacer con ellos los alemanes. Ante la negativa, y dado el riesgo de que los alemanes se hiciesen con la flota, avisó con antelación el día y momento del bombardeo (también de esto hay comunicados oficiales del momento). Los franceses no le creyeron y ni siquiera desalojaron los barcos. En el día y hora señalados, la flota fue bombardeada y hundida en el puerto de Orán o en un intento de salida de él. Se produjeron muchos muertos entre los marineros franceses. Cuenta Churchill cómo, en una visita a Francia tras el hecho –antes de la constitución del gobierno de Vichy–, fue aplaudido por su decisión por patriotas franceses en un pueblo en el que se reunió con el gobierno que se rindió a Alemania.

 

Respecto a las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, prefiero citar textualmente a Churchill en traducción personal.

 

“El Presidente (Truman) me invitó a conferenciar con él inmediatamente (En Potsdam). Estaban con él el general Marshall y el almirante Leahy. Hasta ese momento nos habíamos hecho a la idea de un asalto al territorio de Japón mediante un impresionante bombardeo aéreo y la invasión con un enorme ejército. Contemplábamos la desesperada resistencia de la lucha de los japoneses hasta la muerte, con espíritu Samurai, no sólo en reñidas batallas, sino en cada bunker y trinchera. Tenía en mi mente el espectáculo de la isla de Okinawa, donde muchos miles de japoneses, en vez de rendirse, se habían posicionado en líneas y se habían destruido a sí mismos con granadas de mano después de que sus líderes llevasen a cabo el rito del hara-kiri. Doblegar la resistencia japonesa hombre a hombre y conquistar el país yarda a yarda podría requerir la pérdida de un millón vidas americanas y la mitad de ese número de británicas –o más si hubiésemos tenido tiempo para apoyarles con más tropas: porque habíamos resuelto compartir la agonía. Ahora, este cuadro de pesadilla se desvanecía. En su lugar, estaba la visión –recta y brillante, como nos parecía– del final completo de la guerra con uno o dos violentos shocks. Pensé inmediatamente para mí mismo cómo el pueblo japonés, cuyo coraje siempre había admirado, podría encontrar en la aparición de este arma casi sobrenatural, una excusa que salvase su honor y les liberase de su obligación de que muriese hasta el último combatiente”.

 

“Más aún, no necesitaríamos a los rusos. El final de la guerra con Japón ya no dependía de la avalancha de sus ejércitos para la larga y sangrienta carnicería final. No necesitábamos pedirles favores. […] La cadena de problemas en Europa podría entonces abordarse por sus méritos y de acuerdo con los principios generales de Naciones Unidas (cuya carta se había pactado unos días antes en San Francisco). Súbitamente sentimos que habíamos entrado en posesión de un piadoso acortamiento de la carnicería en el Este y de unas perspectivas mucho más halagüeñas en Europa. No tuve dudas de que esos pensamientos estaban también presentes en las mentes de nuestros amigos americanos. En ningún caso hubo un momento de discusión sobre si deberíamos usar la bomba atómica o no. Para evitar una inmensa e indefinida masacre, para llevar la guerra a un final rápido, para dar paz al mundo, para llevar manos que sanasen a sus gentes torturadas, la manifestación de un poder sorprendente al coste de unas pocas explosiones, nos parecía, después de todos nuestros esfuerzos y peligros un milagro de liberación”.

 

“El consentimiento británico al uso del arma se dio, en principio, el 4 de Julio, antes de que la prueba final se hubiese realizado (La prueba Trinity se llevó a cabo el 16 de Julio de 1945, a las 5,30h de la mañana, en el desierto de Nuevo México, en un lugar llamado “la jornada del muerto”). La decisión final, ahora, estaba en las manos del Presidente Truman, que era el que tenía el arma; pero nunca dudé de que así sería ni tuve nunca ninguna duda de que era la decisión correcta. El hecho histórico permanece, y debe ser juzgado por la posteridad que la decisión sobre si usar o no la bomba atómica para forzar la rendición de Japón, nunca estuvo en cuestión. Fue un acuerdo unánime, automático, incuestionado, alrededor de la mesa. Nunca oí la más mínima sugerencia de que pudiera ser de otra manera”.

 

“La fuerza aérea americana había preparado un inmenso asalto de bombardeo convencional sobre la ciudades y puertos japoneses. Estos hubiesen, ciertamente, sido destruidos en unas pocas semanas o meses y nadie podría decir con qué pesadas pérdidas de vidas de la población civil. Pero ahora, usando este nuevo artefacto podríamos, no solamente no destruir ciudades, sino salvar vidas, tanto de amigos como de enemigos”.

 

[…]

 

“Japón estaba sumida en el caos. Los diplomáticos profesionales estaban convencidos de que sólo una rendición inmediata bajo la autoridad del Emperador podría salvar al Japón de la completa desintegración, pero el poder estaba todavía enteramente en las manos del pequeño círculo militar determinado a llevar a la nación a un suicidio colectivo antes de aceptar la derrota. La terrible destrucción a que se enfrentaban no impresionaba a la fanática jerarquía que continuaba profesando la creencia en algún inesperado milagro que volviese las tornas a su favor”.

 

[…]

 

“Eventualmente, se decidió mandar un ultimátum llamando a una rendición incondicional de las fuerzas armadas del Japón. Este documento se publicó el 26 de Julio”.

 

No transcribo aquí íntegro el largo documento, pero hay algunos puntos que no puedo dejar de señalar:

 

“4. Ha llegado el momento para Japón, decidir si continuar controlados por estos autoimpuestos consejeros militaristas cuyos erróneos y estúpidos cálculos han llevado al Imperio del Japón al umbral de la aniquilación, o si seguir el camino de la razón”.

 

Vienen a continuación los términos impuestos por los aliados para la rendición.

 

“10. No pretendemos que el Japón sea esclavizado como raza ni destruido como nación, pero se aplicará una severa justicia a todos los criminales de guerra […] Deberán establecerse los derechos humanos de libertad de expresión, religión y pensamiento”.

 

“11. Se permitirá al Japón mantener sus industrias para sustentar su economía […] pero no aquellas que le permitan rearmarse para la guerra”.

 

“12. Las fuerzas de ocupación aliadas se retirarán del Japón tan pronto como se hayan logrado estos objetivos y se haya establecido, de acuerdo con la voluntad, libremente expresada del pueblo japonés, un gobierno responsable e inclinado a la paz”.

 

“13. […] La alternativa para el Japón es la completa y absoluta destrucción”.

 

“Estos términos fueron rechazados por los dirigentes militares japoneses y la Fuerza Aérea de los EEUU hizo sus planes para dejar caer una bomba atómica en Hiroshima y otra en Nagasaki”.

 

“Acordamos dar todas las posibilidades a los habitantes. Se desarrolló un detallado proceso. Para minimizar la pérdida de vidas. Once ciudades japonesas fueron avisadas el 27 de Junio, mediante el lanzamiento de panfletos, de que serían sometidas a un intenso bombardeo. En los siguientes días, seis de ellas fueron atacadas. El 31 de Julio se avisó a otras doce ciudades y cuatro de ellas fueron bombardeadas el 1 de Agosto. El último aviso se dio el 5 de Agosto. Para entonces, se habían dejado caer un millón y medio de panfletos cada día y tres millones de copias del ultimátum. La primera bomba se lanzó el 6 de Agosto”.

 

[…]

 

“El 9 de Agosto siguió una segunda bomba, esta vez sobre la ciudad de Nagasaki. Al día siguiente, a pesar de una insurrección de algunos militares extremistas, el gobierno japonés acordó aceptar el ultimátum, siempre y cuando esto no supusiese un perjuicio para la prerrogativa del Emperador como el dirigente soberano. Los Gobiernos Aliados, Francia incluida, replicaron que el emperador estaría sujeto al Mando Supremo de las Fuerzas Aliadas, que debería autorizar y asegurar la firma de la rendición y que las fuerzas armadas de los Aliados permanecerían en Japón hasta que los propósitos establecidos en Potsdam se cumpliesen. Estos términos fueron aceptados el 14 de Agosto y Mr. Attlee (el sucesor de Churchill como Primer Ministro) difundió la noticia a medianoche”.

 

He querido alargarme en esta cita textual para decir que le pido a Dios que jamás en mi vida me vea enfrentado a semejantes decisiones, pero que, si por desgracia me encontrase en esa situación, actuaría en esas dos decisiones, como actuó Churchill. Tal vez el mismo pacifismo que permitió que tuviese lugar la inmensa tragedia de la II Guerra Mundial, redivivo hoy, hubiese preferido prolongar la guerra un año a costa de millones de muertos americanos, británicos, rusos, australianos, canadienses, neozelandeses, indios, franceses, italianos, polacos, etc., amén de japoneses y de la absoluta destrucción del Japón, que hoy es una gran potencia económica. Es difícil encontrar en la Historia un comportamiento tan noble y ejemplar como el de los EEUU de Norteamérica con Japón tras la II Guerra Mundial. Todas y cada una de sus promesas fueron escrupulosamente cumplidas. Creo que el General MacArthur merece también un reconocimiento por ello. Y pudieron ser cumplidas gracias a que la bomba atómica evitó que Japón fuese arrasado.

 

En resumen, creo que si ha habido una guerra justa en la historia de la humanidad, esa ha sido la II Guerra Mundial, que si se hubiese hecho caso a Churchill en los años 30 del siglo pasado, se hubiese podido evitar, que la Providencia situó al frente de esa guerra justa al que probablemente era el único ser humano capaz de ganarla, que yo, si hubiese estado en esa situación, hubiese tomado sus mismas decisiones, si hubiese tenido agallas para ello, cosa harto dudosa. Que si el Presidente Truman le hubiese secundado en Potsdam, Europa y el mundo se habrían ahorrado una inmensa parte de la tragedia que el comunismo ha sido para la humanidad. Tristemente, esto no pudo ser. En definitiva, tras leer estas memorias profeso una admiración y un agradecimiento casi ilimitado por Winston Churchill.

 

Y, por supuesto, recomiendo que, con paciencia y poco a poco, os adentréis en la proeza intelectual de leer estas memorias. Merece la pena.



[1] Ha sido una inmensa sorpresa para mí que, en su intento de evitar la capitulación de Francia ante Alemania, Churchill propusiese al gobierno francés un plan elaborado para la constitución de una unión permanente entre las dos naciones para hacer una sola nación y hacer frente a los nazis. Hay en las memorias abundantes documentos sobre ese plan que los franceses no aceptaron, prefiriendo la deshonra de la rendición. Sería un buen ejercicio de futurible pensar qué hubiera pasado de haberse llevado a la práctica esa unión.

28 de agosto de 2020

Unas vacaciones muy especiales

Verdaderamente, estas vacaciones han sido muy especiales. Duras, pero en las que he aprendido lecciones muy importantes que a mis 69 años nunca había tenido que estudiar. Y, realmente, han sido lecciones muy fructíferas. Tan fructíferas como jodidas, porque la letra, con sangre entra. Pero basta de preámbulos y os cuento lo más brevemente que pueda cómo han sido estas vacaciones para después poderos contar las cosas que he aprendido en ellas.

 

El día 22 de Julio nos fuimos, Blanca y yo, a nuestra casa de Cantabria. Con eso del teletrabajo, me lo podía permitir. El 23 y 24, como es habitual, anduve a paso de marcha durante 45 minutos. Lo que pasa es que, con el carácter compulsivo que tengo, y recordando las épocas en las que corría durante una hora, había empezado a picarme conmigo mismo: “De cada 5 minutos, medio corriendo” y al cabo de unos días: “de cada 5, uno corriendo”. Así, el día 24 subí de uno y medio corriendo a 2 corriendo. Acabé de correr pletórico. “Tomás –me decía a mí mismo con satisfacción–, eres un fenómeno”. Al día siguiente me levanté con una contractura a la que no di mucha importancia, ya que me dan con cierta frecuencia y se me pasan en dos o tres días. Eso sí, dejé de correr, aunque me fui andando a ritmo de paseo a la misa de Santiago, a una iglesia que está a un par de kilómetros ida y otros tantos de vuelta. Al cabo de dos días la cosa no sólo no remitía, sino que iba a más, pero como tenía planificado un viaje a Portugal, allá que nos fuimos. En Portugal, la cosa siguió yendo a peor. No podía apenas tumbarme en ninguna postura, por lo que tuve que empezar a pasar parte de la noche sentado en una butaca. Fui a una clínica, me dijeron que era una tendinitis y me pusieron una inyección de caballo de corticoides. Nada, seguía a peor. De vuelta a mi casa –home, sweet home– la cosa siguió empeorando. Si hubiese estado en Madrid, me hubiese ido a urgencias de Puerta de Hierro y seguramente me hubiesen diagnosticado bien lo que tenía. Pero en Cantabria, en Agosto y en un sitio un poco apartado, no estoy en mi salsa. Fui un día a urgencias al hospital de Sierrallana, de la Seguridad Social, en Torrelavega. Me miraron un poco por encima y me dieron el mismo diagnóstico: tendinitis. Nueva inyección de caballo de corticoides. Nada, si daba más de diez pasos era como si me clavasen cuchillos en la pierna. Me reforzaron un poco la medicación. Pero nada, seguía empeorando. Ya no podía ni pensar en tumbarme, por lo que me pasaba las noches sentado en un sofá durmiendo a base de cabezadas sueltas. Al día siguiente, todavía en peores condiciones, fui a urgencias a la clínica privada de Mompía. Mismo diagnóstico y nueva medicación. No me servía para nada y el sofá seguía siendo mi compañía nocturna. Como no localizaba a mi traumatólogo habitual, llamé a un médico amigo mío, que no es traumatólogo y al contarle lo que me pasaba, me dijo que no podía ser sólo tendinitis y pasó, con precaución, a un posible diagnóstico más serio: trocanteritis. Y me mandó una medicación más fuerte. Por supuesto, me dijo que me hiciese una resonancia magnética para tener el diagnóstico adecuado. Pero hacerse una resonancia magnética en Cantabria no es tan fácil. Hay lista de espera de meses. Al final, removiendo Roma con Santiago, obtuve cita con un traumatólogo de Santander y conseguí, con enchufe, que me diesen hora para hacerme una resonancia magnética en Mompía. Pero la noche del 12 al 13, me dio un dolor que yo creía que me moría. Y junto al dolor, la sensación de impotencia. A las 5 de la mañana llamamos a una ambulancia que me llevó a Sierrallana. Me dieron un chute intravenoso de tres mejunjes distintos que me alivió al 80%. De allí, ya en coche, Blanca me llevó a la consulta del médico. El traumatólogo, tras hacerme hacer unos movimientos me dijo que ni trocanderitis ni leches, que tenía un pinzamiento en el nervio ciático, probablemente causado por una hernia de disco entre la 4ª y 5ª vértebras lumbares, por donde sale el nervio ciático. Lo que es el ojo clínico. Pero esa misma tarde ese médico empezaba sus vacaciones. De allí fuimos a Mompía a hacerme la RM. El traumatólogo que me había visto lo había clavado. Hernia de Disco entra la 4ª y la 5ª vértebras lumbares. Me vio el jefe de traumatología de esa clínica y me dijo que tenía que operarme ya, además de mandarme una medicación todavía más fuerte. Pero, desde luego, ni se me ocurrió hacerle caso y al lunes siguiente, día 17, con un acojone indescriptible añadido al dolor, me vine a Madrid. En mi casa de Madrid –todavía más home, sweet home– estaba mi butaca favorita que parecía estar diseñada específicamente para pasarme la noche en ella. Ayudado por un amigo mío médico, concerté una cita con un figura, especialista en columna de la Fundación Jiménez Díaz, para el martes. Tras ver la RM me dijo que de ninguna manera tenía que operarme, que me iba a hacer una infiltración en la columna, que normalmente eso me daría unos meses sin dolor y que en la mayoría de los casos, al desinflamarse el disco lumbar, se quitaba el dolor y también normalmente, la hernia se “cicatrizaba” y podría no volver a tener problemas en muchos años o nunca. Desde luego, debía cuidarme, hacer ejercicios de fortalecimiento muscular y perder peso. ¡Uf! ¡Qué alivio! Sin embargo, yo estaba cagado con lo del pinchazo en la columna. Para mi sorpresa, ni me enteré. Me dijo que siguiese con la medicación. Efectivamente, a partir de ahí, empecé a mejorar paulatinamente. Mejoré una semana, pero este martes empezaron otra vez los dolores como antes. Hoy viernes le he ido a ver y me ha dicho que si en una semana me habían vuelto los dolores, si me infiltraba otra vez, me pasaría lo mismo la semana siguiente para encontrarme otra vez en la casilla de salida y vuelta a empezar. Eso, además de ser una barbaridad, no tenía sentido ir de semana en semana arrastrando mi pésima calidad de vida. Así que el jueves que viene, 4 de Septiembre, tras buscar una segunda opinión, si ésta no s demasiado contundente en contra, me opero de la hernia de disco.

 

Si he contado todo esto, no es, ni de lejos, para que os compadezcáis de mí. No hay cosa que más me joda que hacerme la víctima ¡Ni se os ocurra compadecerme! Es para contaros la segunda parte, lo que he aprendido este verano.

 

Al principio, mi actitud era: “Vaya puta mierda, se me están jodiendo el verano, además de este puto dolor”. Pero en un momento dado, me dije. “No sirve de nada lamentarse. No sólo es estéril, sino que es contraproducente. Procura tener una actitud positiva y aprender algo de esto”. Y he aprendido. Vaya si he aprendido.

 

He aprendido lo que es el dolor. Creo que hasta ahora nunca lo había experimentado, más allá de algún dolor de muelas puntual que se pasa con un Nolotil. Nunca uno que no se pasa con nada de lo que puedas tener a mano o comprar en una farmacia sin receta, y que, con analgésicos de caballo se te pase sólo a medias y que dure un mes. Pero he aprendido también a valorar la maravilla de que no te duela nada. Es como flotar en un océano tibio y calmante. Espero que cuando no me duela nada, no se me olvide la lección.

 

He aprendido que hay millones de personas ahí, en el mundo, para las que vivir con dolor, con mucho más dolor que yo, es algo habitual.

 

He aprendido a ofrecer mi dolor por estas personas. Por mi fe, sé que éste no es inútil. “Completo en mi carne lo que le falta a la pasión de Cristo”, dice san Pablo. “Creo en la comunión de los Santos”, confiesa el Credo. No, mi dolor no es inútil, no es estéril, es útil, tiene sentido. No te quita ni un ápice de dolor, pero le da un sentido.

 

He aprendido que es muchísimo mayor la salud que tengo que la que me falta. Mi organismo funciona bien, aunque haya un poco de arena en algún engranaje. Millones de personas no pueden decir eso. He aprendido, por lo tanto, a ver el vaso medio lleno. No, medio lleno no, 99 cienavos lleno.

 

Con todos estos aprendizajes he aprendido lo más importante: He aprendido a darle gracias a Dios. A darle gracias no a pesar de lo que me está pasando, sino a darle gracias precisamente por lo que me está pasando. Por darme esta oportunidad de aprender. Y de poner en sus manos las cosas que no están bajo mi control. Y a darme cuenta de que lo que yo creo que está bajo mi control, no lo está. He aprendido a conocer en la práctica mi fragilidad y a darme cuenta que mis planes son un castillo de naipes. He aprendido, por último, a confiar en Él para todo. A entregarle mi fragilidad y mis planes.

 

Así que lo que me ha pasado este verano, lo que me sigue pasando ahora, no ha sido una putada. No han sido unas vacaciones perdidas ni inútiles ni frustrantes. Ninguna otra forma de vivir estas vacaciones me hubiese enseñado tanto como esta forma de vivirlas. Una enseñanza vital. Además, como subproducto, he leído y escrito muchísimo más de lo que lo hubiera hecho sin este merdé.

 

Al leer esto, tal vez alguno piense que soy un estoico ejemplar o un místico. Si lo piensa, se equivoca de medio a medio. Miles de veces cada día pensaba en tirar la toalla o en cagarme en la puta. Y como la toalla no la podía tirar, opté por cagarme en la puta. Así que, estoicamente lanzaba bellísimas imprecaciones como “Vaya puta mierda”, “me gago en la puta” y otras maneras de meter la palabra “puta” donde cupiese. Lo cual deja mi estoicismo y misticismo a la altura del betún.

 

Eso sí, al que haya llegado hasta aquí, le pido con toda mi alma que rece al Dios en el que crea o a cualquier deificación panteísta a la que venere, para que la operación del jueves salga bien. Gracias de antemano.

 

P. D. Si alguno, tras leer esto se le ocurre la idea de llamarme o de contestarme, que lo piense dos veces. Sois más de 600 los que recibís esto. Si después de pensarlo la segunda, decide llamarme o contestarme, estaré encantado. Abrazo.

3 de agosto de 2020

La Jauría humana contra la Monarquía

Creo que caben pocas dudas de que hay una jauría humana que quiere acabar con la Monarquía por métodos anticonstitucionales. Qué cada uno ponga nombre a los hombres –y mujeres, que no me llamen machista– que la forman. Yo no lo haré. Pero lo que me temo es que, de alguna forma alguien, no sabría decir quien, está aplicando la errónea estrategia de echarle carnaza en la creencia de que eso la aplacará. Falso. A las jaurías, la carnaza les hace oler la sangre y les aumenta la furia. A las jaurías sólo se las extermina por inanición. No hay que darles ni el pan ni la sal. Y la carnaza que le les ha echado es, nada menos, que el auto exilio del Rey emérito.

 

Quiero aclarar que quien escribe estas líneas no se califica a sí mismo de monárquico. He sido, desde casi el principio de mi vida de participación política, juancarlista primero y felipista después. Y sigo siendo las dos cosas. Creo que todos los españoles –muy especialmente algunos perros de la jauría, entre los que pueden encontrarse independentistas y extremo-izquierdosos, que deben a la democracia poder serlo abiertamente– tenemos con Don Juan Carlos I de España una deuda inmensa por muchas cosas de la que sólo citaré su impresionante manejo de la transición y su parada en seco del golpe de Estado del 23F. No citaré los apoyos económicos y diplomáticos que su servicio como Rey ha aportado a España. Sería una larga lista. No digo, ni por asomo que no haya habido en su reinado errores –y digo errores, no, desde luego, delitos–. No seré yo quien juzgue esos errores. Pero si bien no es lo suyo que los grandes servicios pretendan negar los errores, tampoco es justo que los errores nos hagan olvidar los grandes servicios ni y el agradecimiento que le debemos por ellos.

 

Pero me temo que no estoy entrando en el quid de la cuestión. Éste núcleo central esta en la defensa de la presunción de inocencia de un ciudadano español. El gran poeta y obispo anglicano John Donne decía en una de sus homilías: Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti”. Cuando a un ciudadano, aunque haya sido Rey de España, se le niega la presunción de inocencia, se me está negando a mí y a todos los españoles. Es el principio del fin. Las campanas están doblando y no hay que preguntar por quien doblan. Doblan por cada uno de nosotros. Y, de momento, lo único que hay en contra del Rey Emérito son unas declaraciones de una Corinna para la que el epíteto más suave que le cuadra es el de arribista trepadora. Y ello, en una extraña connivencia con el ex comisario Villarejo del que poco más se puede decir. Realmente parece que en España determinados sórdidos personajes merecen más credibilidad que los tribunales. Por supuesto, no estoy en contra de que los tribunales investiguen hasta donde tengan que investigar. Se podrá decir que la condición de inviolabilidad del Rey impide que esta investigación se lleve a efecto. No me siento capaz de entrar en los vericuetos jurídicos de esta inviolabilidad. Pero sí creo que puedo decir dos cosas.

 

La primera, que si esa inviolabilidad impide la investigación del Rey, no impide la investigación de la trazabilidad de la procedencia de los supuestos fondos, en búsqueda de la persona física o jurídica que los haya creado, si es que realmente existen, y que no son inviolables.

 

La segunda, y tal vez la más importante, es que si el Rey es inviolable, lo es porque la Constitución así lo sanciona y, hasta donde yo sé, la Constitución no la hizo el Rey, aunque ésta fuera posible, en gran medida, gracias a él.

 

Pero, otra vez más, se me queda en el tintero el quid del quid de la cuestión. Y esta segunda derivada del quid es de dónde pare el auto exilio del rey. Y a mí no se me ocurren más que dos orígenes. O que él se la haya auto impuesto personalmente, o que se la haya impuesto el Rey Felipe VI. Las dos cosas me parecerían lamentables y tristes, aunque he de decir que infinitamente más la segunda que la primera.

 

Los que son mucho más listos que yo, ya habrán desechado la primera. “Saben”, por su natural astucia, que el Rey Felipe VI ha presionado a su padre para que se vaya. Puede que así sea, pero yo me permito el beneficio de la duda, aunque esta duda pueda considerarse ingenua por los listos. Ésta primera me parecería lamentable porque sería dejar el campo sin lucha, lo que será entendido por la jauría como una autoinculpación. Y si se piensa que con esto la jauría se daría por satisfecha, se caería en un craso error. El objetivo de la jauría no es el Rey Emérito. Ni siquiera es el Rey Felipe VI. Es la Monarquía y es, en última instancia, España. Por lo tanto, no presentar batalla me parece un error garrafal, sólo equiparable al que a mí me parece el error histórico de Alfonso XIII de irse de España habiendo ganado ampliamente unas elecciones que, por otra parte, eran sólo municipales. Nunca podremos saber qué hubiera pasado si Alfonso XIII se hubiera quedado. Pero sí sabemos lo que pasó por que se fuese. Y es difícil pensar que las consecuencias de su permanencia en España hubiesen sido peores. Porque hacer dejación de los propios derechos, cuando uno es o ha sido el Rey de España es ser injusto con uno mismo y con lo que uno representa. Un ciudadano de a pie puede hacerlo. Un Jefe del Estado, no.

 

Pero si como “saben” los listos ha sido el Rey Felipe VI el que ha presionado al rey Emérito para que abandone España, el error es inmensamente más grave. Porque el Rey reina, pero no gobierna, pero no ha habido ningún gobierno que haya ordenado el exilio del Rey Emérito, ni creo que ningún gobierno lo hiciese jamás por esto. Por lo tanto, la defensa por pare del Rey de los derechos del rey Emérito, no supone ninguna oposición a ningún acto de gobierno de ningún gobierno. Y, en cambio, yo espero de mi Rey que defienda los derechos que un Estado de Derecho concede a sus ciudadanos. Desde el primero, hasta el último. No en vano es la representación de ese Estado de Derecho. Y yo soy el ciudadano Juan Carlos de Borbón. Y cuando hoy se dejan esos derechos al pie de los caballos, mañana pueden ser los míos. La primera raya es la que hace tigre al tigre.

 

Y, podríamos preguntarnos, ¿qué pasaría si una investigación mostrase, aún por vía indirecta, la culpabilidad del Rey Emérito? Pues que la ley siga su curso, sea cual sea. Con la inviolabilidad que la Constitución le conceda, pero sin que por eso se pueda cercenar el derecho de elegir su residencia que otorga la Constitución a cualquier ciudadano. Y si alguien cree que, llegado a ese punto, si se llega, el hecho de que el Rey Emérito estuviese en el auto exilio, sería un alivio para la Monarquía, es que no sabe de qué va la cosa.

 

Nada me hubiese gustado más, ni nada me hubiese parecido más valiente que, ante el comunicado del Rey Emérito, en el caso de que haya sido espontáneo, hubiese aparecido un comunicado de la Casa Real, argumentando su negativa, en base a lo anteriormente dicho, a aceptar el auto exilio del Rey Emérito, aunque, naturalmente, éste pueda libremente irse y volver a España cómo y cuando quiera. Pero es evidente que no va a ser así. De una forma u otra, se ha preferido echar la cabeza del Rey Emérito a la jauría. Y ésta seguirá pidiendo más carnaza. No hay como el olor de la sangre para exacerbar la furia de los carroñeros. Lo dicho, la estrategia con la jauría es exterminarla por hambre: Ni el pan ni la sal.