26 de febrero de 2023

Las tentaciones de Cristo

 Hay pocos pasajes en los Evangelios más tremendos que el de las tentaciones de Cristo por el demonio. ¡Dios tentado por Satanás! Los evangelistas que cuentan en qué consistieron las tentaciones –Mateo y Lucas, Marcos únicamente nos dice que fue tentado tras cuarenta días de ayuno– son, como siempre, enormemente lacónicos. Veamos cómo nos las cuenta san Mateo en su Evangelio:

Entonces el Espíritu llevó a Jesús al desierto para que el diablo lo pusiera a prueba. Después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, sintió hambre. El tentador se acercó entonces y le dijo:

– Si eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes.

Jesús le respondió:

– Está escrito: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

Después el diablo lo llevó a la ciudad santa, le puso en el alero del Templo y le dijo:

– Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Dará órdenes a sus ángeles para que te lleven en brazos, de modo que tu pie no tropiece en piedra alguna”.

Jesús le dijo:

– También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios[1]”.

De nuevo lo llevó consigo el diablo a un monte muy alto, le mostró todos los reinos del mundo con su gloria, y le dijo:

– Todo esto te daré si te postras y me adoras.

Entonces Jesús le dijo:

– Márchate Satanás, porque está escrito: “Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo darás culto”.

Entonces el diablo se alejó de él…

San Lucas lo cuenta de forma muy similar con una variación que no deja de sorprender: Altera el orden de las dos últimas tentaciones. Me parece que es más razonable el orden de Mateo, porque denota la progresividad en el atrevimiento de Satanás, ya que hay un crescendo. La primera es un simple milagro privado para saciar el hambre. La segunda implica dejarse llevar por la vanidad ante el mundo. La última de las tentaciones de Mateo es especialmente brutal. Satán le pide a Cristo que le adore. Lucas añade que el demonio se alejó hasta otra ocasión más oportuna. No cabe duda de que esa situación se produjo en Getsemaní, en la oración del huerto, cuando Jesús aceptó heroicamente, la voluntad del Padre y experimentó en su carne todos nuestros sufrimientos. Los teólogos debaten en la cuestión de si el diablo sabía o no que estaba tentando al mismo Dios. Yo pienso, sin, por supuesto, pretender inclinar la balanza, que no lo sabía. Creo que las tentaciones son también una especie de juego de astucia en el que Satanás quería saber quién era realmente el ser al que se estaba enfrentando, qué terreno pisaba. De ahí su progresividad. Creo que fue tras la última tentación cuando supo que se trataba del mismísimo Dios. Desde luego, lo supo más tarde, cuando, tras ser vencido y expulsado de sus víctimas, le declaró la guerra. Cada vez que un endemoniado veía a Jesús le gritaba: “Sé quién eres, el Santo de Dios”. Lo hacían para violentar la táctica de progresividad con la que Jesús quería hacer saber esa verdad a los hombres. Pretendía que el escándalo de Dios hecho un ser humano, hiciese que ningún judío le siguiese. Pero en el desierto, antes de su propia manifestación ante el mundo, creo que Satanás no lo sabía que estaba tentando al mismo Dios. Pensaría, creo, que era un hombre extraordinario, un profeta sin precedentes, importantísimo para los planes de Dios. Tal vez creyese que era el Mesías, pero un Mesías exclusivamente humano, como creían los judíos, que estaba al alcance de sus tentaciones y que él podría frustrar la misión que Dios le hubiese podido encomendar. No sería la primera vez que lo hubiese logrado. Ni la última. Aventuro que tal vez Mahoma pudiera ser un hombre elegido por Dios para llevar el cristianismo a los pueblos árabes politeístas. En tal caso, creo que resistió la primera y segunda tentación –ayunaba en el mes de Ramadán y tuvo que huir de La Meca–, pero sucumbió a la tercera según el orden del Evangelio de Mateo –sucumbió en Medina a la tentación del poder–. Eso llevó a la corrupción de su misión, que degeneró en el Islam, un monoteísmo que se expandió a sangre y fuego por las armas. A Cristo, tentaciones aparte, también le quisieron hacer rey tras el prodigio de la multiplicación de los panes y los peces, pero se escondió para evitarlo. Sin embargo, la ignorancia del demonio, si es que la hubo, no hace el pasaje menos sobrecogedor. A menudo he intentado imaginarme esa terrible escena con imágenes más vivas de lo que debió ser ese duelo. Pero recientemente he leído dos libros que lo narran con un verismo tremendo y desde dos ópticas completamente distintas, opuestas.

El primero es “Los hermanos Karamazov” de Fiódor Dostoievski. No voy a decir nada de Dostoievski porque sería una pretensión por mi parte. Tras muchos, muchos años de tener en la lista de espera de lectura –más por pereza que por cualquier otra cosa, dado el número de páginas de esa obra–, por fin, me he decidido a leerlo recientemente. Es, desde luego, una obra maestra. Pero su cultura rusa y su lenguaje decimonónico lo hace de una lectura que requiere un cierto esfuerzo de voluntad. Parece escrita para hacer más llevadero el largo invierno ruso en el que no se puede hacer otra cosa que estar sentado frente a la chimenea. Pero, hacia el fin del primer tercio de la obra, dos de los hermanos Karamazov, mediano y pequeño, Iván y Alexis –de diminutivo Aliocha– mantienen una conversación. Iván es un joven de 23 años, instruido, librepensador e iconoclasta. Aliocha, tres años menor es un monje ortodoxo ingenuo y bienpensante. Parece poco dudoso que en esa conversación Iván pretende destruir la fe de su hermano menor, corromperle. Le cuenta una historia de su invención, un poema que dice que escribiría si supiera. La historia está ambientada en la Sevilla en el siglo XVI. El cardenal gran inquisidor acaba de realizar un auto de fe en el que han sido quemados un grupo de herejes. Va a oficiar el funeral de una pequeña niña que ha muerto, cuando se aparece el mismo Jesús y, en una escena que mezcla la resurrección del hijo de la viuda de Naín con la de la hija de Jairo, resucita a la niña. El gran inquisidor le hace prender. Ni una sola persona del pueblo, aterrado por el Santo Oficio, levanta un dedo para defender a Cristo. El gran inquisidor se queda a solas con Jesús. Le explica, sin que Jesús pueda replicarle –el cardenal deja claro que si lo hiciese estaría yendo contra la ya completa Revelación– cómo su mensaje ha fracasado, pero cómo la Iglesia lo ha cambiado para su propio beneficio. Le explica que él mismo debería haber hecho caso de los sabios consejos que el Espíritu de las profundidades –el mismísimo Satanás– le había dado en el momento de las tentaciones. ¡Cuánto mejor le hubiera ido a la humanidad si Cristo le hubiese hecho caso! –dice–. Pero, ¡afortunadamente! –continua el cínico inquisidor–, ahí estaba la Iglesia católica para enmendar el error de Cristo, siguiendo los consejos de Satanás. Naturalmente, en su propio beneficio. Durante el largo monólogo del inquisidor, Cristo, efectivamente, no le dirige una sola palabra. Tan solo le mira con una ternura que irrita aún más al cardenal. Es en esa larga historia en la que Iván explica a un escandalizado Aliocha su versión de las tentaciones.

El segundo libro al que me estoy refiriendo es “Camino a Caná” de la escritora americana Anne Rice. Es como la réplica no buscada a la visión de las tentaciones de Iván Karamazov. Pero, así como de Fiódor Dostoievski no me he atrevido a decir una sola palabra, creo que sí debo hacerlo en relación con Anne Rice. Rice era una escritora de éxito escribiendo libros de vampiros para un público bastante siniestro. En un momento dado tuvo una profunda conversión al catolicismo, dejó de escribir ese tipo de libros y decidió escribir una trilogía sobre Jesucristo bajo el título de “El Mesías, Christos Kyrios”. Se han publicado los dos primeros, “El niño judío”, que cuenta la infancia de Jesús, y éste del que hablo ahora, “Camino a Caná”. Desgraciadamente, en un determinado momento dejó la Iglesia por su postura ante el aborto, la anticoncepción, el matrimonio sexual y la ideología de género. Así, la tercera parte de la trilogía jamás la escribió y, en cambio, volvió a las “Crónicas vampíricas”. Murió en 2021. Pero, sea como fuere, sus dos libros sobre Cristo son magníficos. Presenta a un Cristo en que, sin negar de ninguna forma su divinidad, presenta su humanidad con aspectos tan concretos y veristas que pueden llegar a ser un poco escandalosos para ciertos cristianos, aunque no para mí. No porque yo tenga manga ancha, sino porque creo sinceramente que no hay motivo para el escándalo por presentar a Cristo como verdadero hombre, siempre que se le presente libre de pecado, como en definitiva hacen los libros de Rice. Es en este libro, que abarca la juventud de Jesús, inmediatamente previa a su manifestación, en el que narra las tentaciones a las que le somete el demonio. Es para mí, una narración excepcional. El perfecto contrapunto a cómo las presenta el ruso, librepensador y anti romano Iván Karamazov, que no creo que represente a Dostoievski.

Voy a transcribir literalmente ambas descripciones, aunque sean un poco largas. Merece La pena. Ahí van:

Las tentaciones de Cristo según Iván Karamazov

“Se te advirtió, los consejos no te faltaron; pero Tú no hiciste caso: rechazaste el único medio de hacer felices a los hombres. Afortunadamente, al marcharte dejaste en nuestra mano tu obra. Nos concediste solemnemente el derecho de hacer y deshacer. Supongo que no pretenderás retirárnoslo ahora. ¿Por qué has venido a molestarnos?”

– ¿Qué significa eso de que “se te advirtió, los consejos no te faltaron”? preguntó Aliocha.

Es el punto capital del discurso del anciano, que sigue diciendo: “El terrible Espíritu de las profundidades, el Espíritu de la destrucción y de la nada, te habló en el desierto, y la Sagrada Escritura dice que te tentó."

"No se podía decir nada más agudo que lo que se te dijo en las tres cuestiones o, para usar el lenguaje de las Escrituras, tres tentaciones que Tú rechazaste. No ha habido en la tierra milagro tan auténtico y magnífico como el de estas tres tentaciones. El simple hecho de plantearlas constituye un milagro. Supongamos que hubieran desaparecido de las Escrituras y que fuera necesario reconstituirlas, idearlas de nuevo para llenar este vacío. Supongamos que con este fin se reúnen todos los sabios de la tierra (hombres de Estado, prelados, filósofos, poetas) y se les dice: “Idead y redactad tres cuestiones que no solamente correspondan a la importancia del acontecimiento, sino que expresen en tres frases toda la historia de la humanidad futura”. ¿Crees que este areópago de la sabiduría humana lograría discurrir nada tan fuerte y profundo como las tres cuestiones que te planteó en tus tiempos el poderoso Espíritu? Estas tres proposiciones bastan para demostrar que te hallabas ante el Espíritu eterno y absoluto y no ante un espíritu humano y transitorio. Pues en ellas se resume y se predice toda la historia futura de la humanidad. En estas tres tentaciones están condensadas todas las contradicciones indisolubles de la naturaleza humana. Entonces no era posible advertirlo, ya que el porvenir era un misterio; pero ahora, quince siglos después, vemos que todo se ha realizado hasta el extremo de que es imposible añadirles ni quitarles una sola palabra. Ya me dirás quién tiene razón, si Tú o el que te interrogaba. Acuérdate de la primera tentación, no de las palabras, sino del sentido. Quieres ir por el mundo con las manos vacías, predicando una libertad que los hombres, en su estupidez y su ignominia naturales, no pueden comprender; una libertad que los atemoriza, pues no hay ni ha habido jamás nada más intolerable para el hombre y la sociedad que ser libres".

"¿Ves esas piedras en ese árido desierto? Conviértelas en panes y la humanidad seguirá tus pasos como un rebaño dócil y agradecido, pero, al mismo tiempo, temeroso de que retires la mano y se acaben los panes. No quisiste privar al hombre de libertad y rechazaste la proposición, considerando que era incompatible con la obediencia comprada con los panes. Respondiste que no sólo de pan vive el hombre; pero has de saber que por este pan de la tierra el espíritu terrestre se revolverá contra ti, luchará y te vencerá; que todos seguirán, gritando: ‘¡Nos prometió la luz del cielo y no nos la ha dado!’ Pasarán los siglos, y la humanidad proclamará por boca de sus sabios que no se cometen crímenes y, en consecuencia, que no hay pecados, que lo único que hay es hambrientos. ‘¡Aliméntalos y entonces podrás exigirles que sean virtuosos!’: he aquí la inscripción que figurará en el estandarte de la revuelta que derribará tu templo. En su lugar se levantará un nuevo edificio, una segunda torre de Babel, que sin duda no se terminará, como no se terminó la primera. Habrías podido evitar a los hombres esta nueva tentativa y miles de años de sufrimiento. Después de haber luchado durante mil años para edificar su torre, vendrán a vernos. Nos buscarán bajo tierra, en las catacumbas, como antaño, donde estaremos ocultos (porque otra vez se nos perseguirá) y nos dirán: ‘Dadnos de comer, pues los que nos prometieron la luz del cielo no nos la han dado’. Entonces terminarán su torre, pues para ello sólo hace falta alimentarlos, y nosotros los alimentaremos, haciéndoles creer que hablamos en tu nombre. Sin nuestra ayuda, siempre estarían hambrientos. No existe ninguna ciencia que les dé pan mientras permanezcan libres; por eso acabarán por poner su libertad a nuestros pies diciendo: ‘Hacednos vuestros esclavos, pero dadnos de comer’. Habrán comprendido al fin que la libertad no se puede conciliar con el pan de la tierra, porque jamás sabrán repartírselo. Y, al mismo tiempo, se convencerán de su impotencia para vivir libremente, por su debilidad, su nulidad, su depravación y su propensión a la rebeldía. Tú les prometías el pan del cielo. Y vuelvo a preguntar si este pan se puede comparar con el de la tierra a los ojos de la débil raza humana, eternamente ingrata y depravada. Millares, decenas de millares de almas te seguirán para obtener ese pan, pero, ¿qué será de los millones de seres que no tengan el valor necesario para preferir el pan del cielo al de la tierra?"

"Porque supongo que Tú no querrás sólo a los grandes y a los fuertes, a quienes los otros, la muchedumbre innumerable, que es tan débil pero que te venera, sólo serviría de materia explotable. También los débiles merecen nuestro cariño. Aunque sean depravados y rebeldes, se nos someterán dócilmente al fin. Se asombrarán, nos creerán dioses, por habernos puesto al frente de ellos para consolidar la libertad que les inquietaba, por haberlos sometido a nosotros: a este extremo habrá llegado el terror de ser libres. Nosotros les diremos que somos tus discípulos, que reinamos en tu nombre. Esto supondrá un nuevo engaño, ya que no te permitiremos que te acerques a nosotros. Esta impostura será nuestro tormento, puesto que nos habrá obligado a mentir. Tal es el sentido de la primera tentación que escuchaste en el desierto. Y Tú la rechazaste por salvar la libertad que ponías por encima de todo. Sin embargo, en ella se ocultaba el secreto del mundo. Si te hubieras prestado a realizar de forma sistemática el milagro de los panes, habrías calmado la inquietud eterna de la humanidad –individual y colectivamente–, esa inquietud nacida del deseo de saber ante quién tiene uno que inclinarse. Pues no hay para el hombre libre cuidado más continuo y acuciante que el de hallar a un ser al que prestar acatamiento. Pero el hombre sólo quiere doblegarse ante un poder indiscutible, al que respeten todos los seres humanos con absoluta unanimidad. Esas pobres criaturas se atormentan buscando un culto que no se limite a reunir a unos cuantos fieles, sino en el que comulguen todas las almas, unidas por una misma fe. Este deseo de comunidad en la adoración es el mayor tormento, tanto individual como colectivo, de la humanidad entera desde el comienzo de los siglos. Para realizar este sueño, los hombres se han exterminado unos a otros. Los pueblos crearon sus propios dioses y se dijeron en son de desafío: ‘¡Suprimid vuestros dioses y adorad a los nuestros! Si no lo hacéis, malditos seáis vosotros y vuestros dioses’. Y así ocurrirá hasta el fin del mundo, pues cuando los dioses hayan desaparecido, los hombres se arrodillarán ante los ídolos. Tú no ignorabas, no podías ignorar, este rasgo fundamental de la naturaleza humana. Sin embargo, rechazaste la única bandera infalible que se te ofrecía, la que habría movido a todos los hombres a inclinarse ante ti sin rechistar: la bandera del pan de la tierra. La rechazaste por el pan del cielo y por la libertad del hombre. Ya ves el resultado de haber defendido esta libertad. Te lo repito: no hay para el hombre deseo más acuciante que el de encontrar a un ser en quien delegar el don de la libertad que, por desgracia, se adquiere con el nacimiento. Mas para disponer de la libertad de los hombres hay que darles la tranquilidad de conciencia. El pan te aseguraba el éxito: el hombre se inclina ante quien se lo da (de esto no cabe duda); pero si otro se adueña de su conciencia, el hombre desdeñará incluso tu pan para seguir al que ha cautivado su razón. En esto acertaste, pues el secreto de la existencia humana no consiste sólo en poseer la vida, sino también en tener un motivo para vivir. El hombre que no tenga una idea clara de la finalidad de la vida, preferirá renunciar a ella aunque esté rodeado de montones de pan y se destruirá a si mismo antes que permanecer en este mundo. ¿Pero qué hiciste? En vez de apoderarte de la libertad humana, la extendiste. ¿Olvidaste que el hombre prefiere la paz e incluso la muerte a la libertad para discernir el bien y el mal? No hay nada más seductor para el hombre que el libre albedrío, pero también nada más doloroso. En vez de principios sólidos que tranquilizaran para siempre la conciencia humana, ofreciste nociones vagas, extrañas, enigmáticas, algo que superaba las posibilidades de los hombres. Procediste, pues, como si no quisieras a los seres humanos, Tú que viniste a dar la vida por ellos. Aumentaste la libertad humana en vez de confiscarla, y así impusiste para siempre a los espíritus el terror de esta libertad. Deseabas que se te amara libremente, que los hombres te siguieran por su propia voluntad, fascinados. En vez de someterse a las duras leyes de la antigüedad, el hombre tendría desde entonces que discernir libremente el bien y el mal, no teniendo más guía que la de tu imagen, y no previste que al fin rechazaría, a incluso pondría en duda, tu imagen y tu verdad, abrumado por la tremenda carga de la libertad de escoger. Al fin exclamaron que la verdad no estaba en ti, ya que sólo así se explicaba que hubieras podido dejarlos en una incertidumbre tan angustiosa, con tantos cuidados y problemas insolubles. Así llevaste a la ruina tu reinado; por lo tanto, no acuses a nadie de ella. ¿Acaso fue esto lo que se te propuso? Sólo hay tres fuerzas capaces de subyugar para siempre la conciencia de esos débiles revoltosos: el milagro, el misterio y la autoridad. Tú rechazaste las tres para dar un ejemplo. El Espíritu terrible y profundo te transportó a la cúspide del templo y dijo: ‘¿Quieres saber si eres el hijo de Dios? Arrójate desde aquí, pues está escrito que los ángeles deben sostenerlo y llevárselo, de modo que no sufrirá el menor daño. Entonces sabrás que eres el hijo de Dios y, además, demostrarás que tienes fe en tu Padre’. Pero Tú rechazaste esta proposición: no te quisiste arrojar. Demostraste entonces una arrogancia sublime, divina; pero los hombres son seres débiles y rebeldes, no dioses. Tú sabías que al dar un paso, al hacer el menor movimiento para lanzarte, habrías tentado al Señor y perdido la fe en Él. Te habrías estrellado, para regocijo de tu tentador, sobre esta misma tierra que venias a salvar. Pero, ¿hay muchos como Tú? ¿Puedes tener la más remota sospecha de que los hombres tendrían la entereza necesaria para hacer frente a semejante tentación? ¿Es propio de la naturaleza humana rechazar el milagro y en los momentos críticos de la vida, ante las cuestiones capitales, atenerse al libre impulso del corazón? ¡Ah! Tú sabías que tu entereza de ánimo se describiría en las Sagradas Escrituras, subsistiría a través de las edades y llegaría a las regiones más lejanas, y esperabas que, siguiendo tu ejemplo, el hombre no necesitara el milagro para amar a Dios. Ignorabas que el hombre no puede admitir a Dios sin el milagro, pues es sobre todo el milagro lo que busca. Y como no puede pasar sin él, se forja sus propios milagros y se inclina ante los prodigios de un mago o los sortilegios de una hechicera, aunque sea un rebelde, un hereje, un impío recalcitrante. No descendiste de la cruz cuando se burlaban de ti y te gritaban entre risas: “¡Baja de la cruz y creeremos en ti!” No lo hiciste porque de nuevo te negaste a subyugar al hombre por medio de un milagro. Deseabas una fe libre y no inspirada por lo maravilloso; querías un amor libre y no los serviles transportes de unos esclavos aterrorizados. Otra vez te forjaste una idea demasiado elevada del hombre, pues los hombres son esclavos, aunque hayan nacido rebeldes. Examina los hechos y juzga. Después de quince siglos largos, ¿a quién has elevado hasta ti? Te aseguro que el hombre es más débil y más vil de lo que creías. En modo alguno puede hacer lo que Tú hiciste. El gran aprecio en que le tenías ha sido un perjuicio para la piedad. Has exigido demasiado de él, a pesar de que le amabas más que a ti mismo. Si le hubieses querido menos, le habrías impuesto una carga más ligera, más en consonancia con tu amor. El hombre es débil y cobarde. No importa que ahora se levante en todas partes contra nuestra autoridad y se sienta orgulloso de su rebeldía. Es el orgullo de los escolares amotinados que han apresado al profesor. La alegría de estos rapaces se extinguirá y la pagarán cara. Derribarán los templos e inundarán la tierra de sangre; pero esos niños estúpidos advertirán que su debilidad les impide mantenerse en rebeldía durante mucho tiempo. Llorarán como necios y comprenderán que el Creador, haciéndolos rebeldes, quiso tal vez burlarse de ellos. Entonces protestarán, sin poder contener su desesperación, y esta blasfemia les hará aún más desgraciados, pues la naturaleza humana no soporta la blasfemia y acaba siempre por vengarse. Así, las consecuencias de tu amarga lucha por la libertad humana fue la inquietud, la agitación y la desgracia para los hombres. Tu eminente profeta, en su versión simbólica, dice que vio a todos los seres de la primera resurrección y que había doce mil de cada tribu. A pesar de ser tan numerosos, eran más que hombres, casi dioses. Habían llevado tu cruz y soportado la vida en el desierto, donde se alimentaban de saltamontes y raíces. Ciertamente, puedes estar orgulloso de esos hijos de la libertad, del amor sin coacciones, de su sublime sacrificio en tu nombre. Pero ten presente que eran sólo unos millares, y casi dioses. ¿Y los demás qué? ¿Es culpa de ellos, de esos débiles seres humanos, no haber podido soportar lo que soportan los fuertes? El alma débil no es culpable de no poseer prendas tan extraordinarias. ¿Viniste al mundo sólo para los elegidos? Esto es un misterio para nosotros, y tenemos derecho a decirlo así a los hombres, a enseñarles que no es la libre decisión ni el amor lo que importa, sino el misterio, al que deben someterse ciegamente, incluso contra lo que les dicte su conciencia. Esto es lo que hemos hecho. Hemos corregido tu obra, fundándola en el milagro, el misterio y la autoridad. Y los hombres se alegran de verse otra vez conducidos como un rebaño y libres del don abrumador que los atormentaba. Dime: ¿no hemos hecho bien? ¿Acaso no es una prueba de amor a los hombres comprender su debilidad, aligerar su carga, incluso tolerar el pecado, teniendo en cuenta su flaqueza, siempre que lo hagan con nuestro permiso? Por lo tanto, no has debido venir a entorpecer nuestra obra. ¿Por qué callas, fijando en mi tu mirada tierna y penetrante? Prefiero que te enojes; no quiero tu amor, porque yo no te amo. No hay razón para que te lo oculte. Sé muy bien con quién estoy hablando, pues leo en tus ojos que sabes lo que voy a decirte. No tengo por qué ocultarte nuestro secreto. Tal vez quieras oírlo de mis labios. Pues lo vas a oír. Hace ya mucho tiempo que no estamos contigo, sino con él. Hace exactamente ocho siglos que hemos recibido de él aquel último don que Tú rechazaste indignado cuando él te mostró todos los reinos de la tierra. Aceptamos Roma y la espada de César, y nos proclamamos reyes únicos de la tierra, aunque hasta ahora no hayamos tenido tiempo de acabar nuestra obra. ¿Pero de quién es la culpa? La empresa está aún en su principio, su fin está todavía muy lejos, y la tierra tiene ante sí aún muchos padecimientos; pero alcanzaremos nuestro fin, seremos Césares, y entonces podremos pensar en la felicidad del mundo. Tú habrías podido empuñar la espada de César. ¿Por qué rechazaste este último don? Si hubieras seguido este tercer consejo del poderoso Espíritu, habrías dado a los hombres todo lo que buscan sobre la tierra: un dueño ante el que inclinarse, un guardián de su conciencia y el medio de unirse al fin cordialmente en un hormiguero común, pues la necesidad de la unión universal es el tercero y último tormento de la raza humana. La humanidad ha tendido siempre a organizarse sobre una base universal. En la historia ha habido grandes pueblos que, a medida que han ido progresando, han sufrido más y han experimentado más profundamente que los otros la necesidad de la unión universal. Los grandes conquistadores, como Tamerlán y Gengis Kan, que recorrieron la tierra como un huracán, encarnaban también, sin darse cuenta de ello, la aspiración unitaria de los pueblos. Si hubieses aceptado la púrpura de César, habrías fundado el imperio universal y dado la paz al mundo. ¿Pues quién mejor para someter al hombre que aquel que domina su conciencia y dispone de su pan? Nosotros hemos empuñado la espada de César y, al empuñarla, te hemos abandonado para unirnos a él. Aún transcurrirán algunos siglos de licencia intelectual, de vanos esfuerzos científicos y de antropofagia, pues en esto caerán los hombres cuando hayan terminado su torre de Babel sin contar con nosotros. Entonces la bestia se acercará, arrastrándose, a nuestros pies, los lamerá y los empapará de lágrimas de sangre. Y nosotros cabalgaremos sobre ella y levantaremos una copa en la que habrá grabada la palabra «Misterio». Sólo entonces la paz y la felicidad reinarán sobre los hombres. Estás orgulloso de tus elegidos, pero éstos son sólo unos cuantos. En cambio, nosotros daremos la tranquilidad a todos los hombres. Además, entre los fuertes destinados a figurar en el grupo de los elegidos, ¡cuántos han llevado y cuántos llevarán todavía a otra parte las fuerzas de su espíritu y el ardor de su corazón! ¡Y cuántos acabarán por levantarse contra ti fundándose en la libertad que tú les diste! Nosotros haremos felices a todos los hombres, y las revueltas y matanzas inseparables de tu libertad cesarán. Ya nos cuidaremos de persuadirles de que no serán verdaderamente libres hasta que pongan su libertad en nuestras manos. ¿Será esto verdad o una mentira nuestra? Ellos verán que les decimos la verdad, pues recordarán la servidumbre y el malestar en que tu libertad los tuvo sumidos. La independencia, la libertad de pensamiento, la ciencia, los habrá extraviado en tal laberinto, colocado en presencia de tales prodigios y tales enigmas, que los rebeldes furiosos se destruirán entre sí, y los otros, los rebeldes débiles, turba cobarde y miserable, se arrastrarán a nuestros pies gritando: ‘¡Tenéis razón! Sólo vosotros poseéis su secreto. Volvemos a vuestro lado. Salvadnos de nosotros mismos’. Sin duda, al recibir de nuestras manos los panes, verán que nosotros tomamos los suyos ganados con su trabajo y que luego los distribuimos, sin realizar milagro alguno. Se darán perfecta cuenta de que no hemos convertido las piedras en panes, pero recibir el pan de nuestras manos les producirá más alegría que el simple hecho de recibir el pan. Pues se acordarán de que antaño el mismo pan, fruto de su trabajo, se les convertía en piedra, y verán que, al volver a nosotros, la piedra se transforma en pan. Entonces comprenderán el valor de la sumisión definitiva. Y mientras no lo comprendan serán desgraciados. ¿Quién ha contribuido más a esta incomprensión? ¿Quién ha dispersado el rebaño y lo ha enviado por caminos desconocidos? Pero el rebaño volverá a reunirse, volverá a la obediencia y para siempre. Entonces nosotros daremos a los hombres una felicidad dulce y humilde, adaptada a débiles criaturas como ellos. Y los convenceremos de que no deben enorgullecerse, cosa que les enseñaste tú al ennoblecerlos. Nosotros les demostraremos que son débiles, que son infelices criaturas y, al mismo tiempo, que la felicidad infantil es la más deliciosa. Entonces se mostrarán tímidos, no nos perderán de vista y se apiñarán en torno de nosotros amedrentados, como una tierna nidada bajo el ala de la madre. Experimentarán una mezcla de asombro y temor y admirarán la energía y la inteligencia que habremos demostrado al subyugar a la multitud innumerable de rebeldes. Nuestra cólera los hará temblar, los invadirá la timidez, sus ojos se llenarán de lágrimas como los de los niños y las mujeres, pero bastará que les hagamos una seña para que su pesar se convierta en un instante en alborozo infantil. Desde luego, los haremos trabajar, pero organizaremos su vida de modo que en las horas de recreo jueguen como niños entre cantos y danzas inocentes. Incluso les permitiremos pecar, ya que son débiles, y por esta concesión nos profesarán un amor infantil. Les diremos que todos los pecados se redimen si se cometen con nuestro permiso, que les permitimos pecar porque los queremos y que cargaremos nosotros con el castigo. Y ellos nos mirarán como bienhechores al ver que nos hacemos responsables de sus pecados ante Dios. Y ya nunca tendrán secretos para nosotros. Según su grado de obediencia, nosotros les permitiremos o les prohibiremos vivir con sus mujeres o con sus amantes, tener o no tener hijos, y ellos nos obedecerán con alegría. Nos expondrán las dudas más secretas y penosas de su conciencia, y nosotros les daremos la solución, sea el caso que fuere. Ellos aceptarán nuestro fallo de buen grado, al pensar que les evita la grave obligación de escoger libremente. Y millones de seres humanos serán felices. Sólo no lo serán unos cien mil, sus directores; es decir, nosotros, los depositarios de su secreto. Los hombres felices serán millones y habrá cien mil mártires abrumados por el maldito conocimiento del bien y del mal. Morirán en paz, se extinguirán dulcemente, pensando en ti. Y en el más allá sólo encontrarán la muerte. Pues si hubiera otra vida, es indudable que no se concedería a los seres como ellos. Pero nosotros los mantendremos en la ignorancia sobre este punto, los arrullaremos, prometiéndoles, para su felicidad, una recompensa eterna en el cielo… Se profetiza que volverás para vencer de nuevo, rodeado de tus poderosos y arrogantes elegidos. Nosotros diremos a los hombres que los tuyos sólo se han salvado a sí mismos, mientras que nosotros hemos salvado a todo el mundo. Se afirma que la ramera, que cabalga sobre la bestia y tiene en sus manos la copa del misterio, será envilecida, que los débiles se levantarán de nuevo, desgarrarán su púrpura y dejarán al descubierto su cuerpo impuro. Entonces yo me levantaré y te mostraré a los millares de seres felices que no han pecado. Yo, que por bien de ellos he cargado con sus faltas, me erguiré ante ti, diciendo: ‘No te temo’. También yo he vivido en el desierto, alimentándome de saltamontes y raíces, también yo bendije la libertad con que Tú obsequiabas a los hombres, y me preparé para figurar entre tus elegidos, entre los fuertes, ardiendo en deseos de completar su número. Pero volví en mí y no quise servir a una causa insensata. Entonces me reuní con los que han corregido tu obra. Dejé a los orgullosos y vine al lado de los humildes para darles la felicidad. Lo que te he dicho se cumplirá, y entonces habremos construido nuestro imperio. Te lo repito: mañana, a una señal mía, verás a ese dócil rebaño traer los leños ardientes a la pira sobre la que te pondremos por haber venido a entorpecer nuestra obra. Pues nadie ha merecido más que Tú la hoguera. Mañana te quemaré. Dixi”.

No obstante, Cristo, como cuando en Nazaret, sus paisanos estuvieron a punto de despeñarle, pasa junto al impotente arzobispo mirándole a los ojos y sonriéndole con dulzura, para perderse en la noche sevillana. Hasta aquí las tentaciones contadas por Iván Karamazov o por Dostoievski. Pero la réplica no se hace esperar. Oigamos como las describe, de una forma diametralmente opuesta, Anne Rice:

Cuarenta días y cuarenta noches. Es el tiempo que permaneció Moisés en la cumbre del Sinaí.

Es el tiempo que esperó Elías hasta que el Señor habló con él.

– Señor, lo he hecho –murmuré–. Sé también lo que esperan ellos de mí. Lo sé muy bien.

Mis sandalias se caían a pedazos. Hice más nudos en las correas de los que podía contar. La vista de mis manos quemadas por el sol me incomodaba, pero en mi interior reía. Volvía a casa. 

Montaña abajo, hacia el desierto reverberante que se extendía entre mí y el río que aún no podía ver.

– Solo, solo, solo –cantaba.

Nunca había sentido tanta hambre. Nunca había sentido tanta sed. Despertaron como en respuesta de una decisión mía.

– Oh, sí, cuántas veces lo deseé fervientemente –canté para mí mismo–. Estar solo.

Y ahora estaba solo, sin pan, sin agua, sin un lugar donde reposar mi cabeza.

– ¿Sólo?

Era una voz. Una voz familiar, la voz de un hombre familiar por su timbre y su tono.

Me di la vuelta.

El sol estaba a mi espalda, de modo que la luz no me hirió los ojos y lo iluminó con toda claridad.

Era más o menos de mi estatura e iba vestido con elegancia, con prendas más hermosas y ricas incluso que las de Rubén de Caná o Jasón... más parecidas al atuendo del rey. Llevaba una túnica de lino con una orla bordada de hojas verdes y flores rojas, y cada capullo relucía recamado en hilo de oro. La orla de su manto blanco era de un brocado todavía más ancho y más rico, hilado como los mantos de los sacerdotes, con flecos de los que colgaban pequeños cascabeles de oro. Las sandalias llevaban hebillas metálicas relucientes. Y ceñía su cintura con un grueso cinturón de cuero tachonado con clavos de bronce, como el de un soldado. Y también colgaba a su costado una espada en su vaina adornada con incrustaciones de joyas.

El cabello era largo y lustroso, de un bello tono castaño oscuro. Y del mismo color eran sus ojos risueños.

– Mi pequeña broma no te ha divertido —dijo cortés, con una graciosa reverencia.

– ¿Tu broma?

– Nunca te miras en un espejo. ¿No reconoces tu propia imagen?

La alarma sacudió mi rostro y luego toda mi piel. Era mi duplicado, excepto por el hecho de que yo nunca me había vestido de esa manera.

Dio un pequeño giro sobre sí mismo en la arena, de modo que yo pudiera percibir mejor su atuendo. Me fascinó la expresión –o la falta de expresión– de sus grandes ojos entornados.


– ¿No crees –me empezó a decir– que tengo cierta obligación de recordarte lo que eres? Ya ves, me he enterado de tu manía particular. Tú no te consideras a ti mismo un simple profeta o un santón como tu primo Juan. Tú crees ser el Señor en persona. 

No contesté.

– Oh, ya sé. Tenías intención de mantenerlo en secreto, y muchas veces consigues ocultar bastante bien lo que piensas, o al menos así me lo parece. ¿Pero aquí, en este desierto? Sabes, con frecuencia sueles hablar en voz alta.

Se acercó más, y alzó el borde de su manga para que yo admirara mejor el brocado, las hojas puntiagudas, las flores carmesí.

– Por supuesto, no quieres hablar conmigo, ¿no es así? –dijo con una ligera mueca despectiva. Se parecía a mí cuando me hacía el desdeñoso. Si alguna vez me lo había hecho–. Pero sé que tienes hambre, un hambre horrorosa. Tanta hambre que estarías dispuesto a comer cualquier cosa. Lo cierto es que ya estás devorando tu propia carne y tu propia sangre.

Me di la vuelta y empecé a alejarme.

– Ahora, si eres un santo de Dios –dijo, y se colocó sin esfuerzo a mi lado y caminó a la par conmigo, mirándome a los ojos cuando yo volvía la vista hacia él­–, y olvidemos por el momento esa manía tuya de creerte el Creador del Universo, en ese caso sin duda podrás convertir estas piedras, cualquiera de las que hay por aquí, en pan caliente.

Me detuve y percibí el inconfundible aroma del pan caliente. Podía sentirlo en mi boca.

– Eso no habría sido un problema para Elías –dijo–, ni para Moisés, por descontado. Y tú aseguras ser un santo de Dios, ¿no es así? ¿El Hijo de Dios? ¿Su Hijo muy amado? Bueno, hazlo. Convierte las piedras en pan.

Miré las piedras un momento, y luego volví a caminar.

– Muy bien, pues –dijo, y al caminar para mantenerse a mi lado tintinaron con suavidad los cascabeles de su mamo–. Aceptemos como cierta tu manía. Eres Dios. Ahora bien, según tu primo, Dios puede convertir estas piedras en hijos de Abraham, estas piedras o cualquier otra piedra, ¿no? Pues entonces, convierte estas piedras en pan. Lo necesitas con bastante urgencia, ¿verdad?

Mc volví hacia él y me eché a reír.

– ‘No sólo de pan vive el hombre –le contesté–, sino de todo lo que sale de la boca de Dios’.

– Esa es una traducción literal bastante deficiente –me dijo con un suave meneo de su cabeza–, y si me permites indicártelo, mi piadoso y engañado amigo, tus vestidos no se han conservado durante estos cuarenta días tan bien como los de tus antepasados durante los cuarenta años que erraron en el desierto, y ahora mismo tienes el aspecto de un mendigo andrajoso que muy pronto va a quedarse descalzo.

Volví a reír.

– No importa –dije–. Yo sigo mi camino.

– Muy bien –repuso él cuando me puse de nuevo en marcha, pero es demasiado tarde para que entierres a tu padre. Ya lo está.

Me detuve.

– ¡Oh, vamos, no me digas que el profeta cuyo nacimiento estuvo acompañado de tantas señales y maravillas no sabe que su padre, José, ha muerto!

No contesté. Sentí un nudo en el corazón y procuré reprimir mis lágrimas. Miré la extensión arenosa.

– Dado que al parecer eres como mucho un profeta a tiempo parcial –prosiguió con la misma voz tranquila, mi voz–, déjame describirte la escena. Fue en la tienda de un recaudador de impuestos donde exhaló su último suspiro, y entre los brazos de ese recaudador, imagínatelo, aunque su hijo no estaba sentado a su lado y tu madre le lloraba. ¿Y sabes cómo pasó sus últimas horas? Contando al recaudador de impuestos y a todo aquél que quisiera escucharle lo que podía recordar de tu nacimiento... Bueno, ya sabes, la vieja canción del ángel que se apareció a tu pobre madre aterrorizada, y el trabajoso viaje a Belén para que tú pudieras llegar berreando a este mundo en plena tormenta, y después la visita de ángeles de las alturas a unos pastores entre todos los hombres posibles. Y esos potentados, los Magos; también le habló al recaudador de impuestos de su venida. Y luego murió, en pleno desvarío, podría decirse, aunque de forma muy apacible.

Bajé la mirada al suelo desértico. ¿estaría aún muy lejos el río?

– ¡Lloras! ¡Vaya, fíjate, estás llorando! –dijo–. No me esperaba una cosa así. Esperaba que te avergonzaras de que un varón tan justo haya muerto en brazos de un ladrón respetable, pero esas lágrimas me desconciertan. Después de todo, tú te largaste y dejaste que el viejo se las arreglara solo en mitad del río, ¿no es así?

No respondí

Él se puso a silbar entre dientes una tonadilla como las que uno puede silbar, tararear mientras camina y, en efecto, dio una vuelta caminando a mi alrededor mientras yo seguía sin moverme.

– Bueno –dijo tras pararse frente a mí– Eres un hombre de corazón tierno, ya es algo para empezar. ¿Pero un profeta? No lo creo. En cuanto a esa manía de que tú has creado el mundo entero, vaya, déjame recordarte lo que sin duda ya sabes: una pretensión parecida me costó a mí el puesto que ocupaba allí arriba, en la corte celestial.

– Me parece que lo embelleces demasiado –dije. Mi voz estaba aún cargada de lágrimas, pero las secaba el viento abrasador del desierto.

– Ah, ahora me hablas sin citar las Escrituras, con tus mismas palabras. –Rio, una imitación perfecta de mi risa anterior, y me dirigió una sonrisa cálida, casi hermosa.

– Sabes, los santos casi nunca me dirigen la palabra. Escriben larguísimos poemas campanudos en los que yo salgo hablando con el Señor de la Creación y Él hablando conmigo, pero ¿ellos mismos, los escribas?, en cuanto oyen mencionar mi nombre, gritan y salen corriendo despavoridos.

– Y a ti te gusta que se mencione tu nombre, ¿verdad? Sea cual sea el nombre. –Empecé a enumerar despacio–: Ahrimán, Mastema, Satanel, Satán, Lucifer... ¿Te gusta, ¿verdad, que te invoquen?

Guardó silencio.

– Belcebú –dije–. ¿Es ése tu nombre favorito? –Y añadí en griego– Señor de las Moscas.

– ¡Odio ese nombre! —dijo con un espasmo de rabia–. No respondo a ninguno de esos nombres.

– Claro que no. ¿Qué nombre podría rescatarte del caos que es tu objetivo real? –repliqué–. Demonio, diablo, enemigo. –Negué con la cabeza–. No, no respondes a ellos. Tampoco respondes al nombre de Azazel. Los nombres son aquello en lo que sueñas, nombres y propósitos sitos y esperanzas, y tú no tienes ninguna de esas cosas

Me volví y seguí caminando.

Él me siguió.

– Por qué me hablas? –preguntó encolerizado.

– ¿Por qué me hablas tú a mí?

– Señales y maravillas –dijo, las mejillas encendidas por la sangre que se le agolpaba, salvo que lo simulase–. Demasiadas señales y maravillas te rodean, mi miserable amigo andrajoso. Y ya te he hablado antes. Llegué una vez hasta ti en sueños.

– Lo recuerdo. Y elegiste también el disfraz de la belleza. Debe ser algo que ansías con desesperación.

– No sabes nada de mí. ¡No tienes ni idea! Yo fui el primogénito del Señor al que tú llamas Padre, miserable mendigo.

– Ten cuidado. Si te enfureces demasiado podrías desaparecer en una nubecilla de humo.

– Esto no son bromas, aprendiz de profeta –dijo–. Yo no aparezco y desaparezco por capricho.

– Desaparece por capricho –repuse–. Eso es suficiente.

– ¿De verdad no sabes quién soy? –Su cara se deformó de súbito por un dolor profundo–. Muy bien, te lo diré– Y en hebreo pronunció las palabras–: Helel ben-Shahar.

– Luz brillante de la mañana –dije. levanté la mano derecha y chasqueé los dedos–. Te he visto caer... así.

Un rugido terrorífico me rodeo, y la arena salió volando como si estuviéramos en medio de una tormenta en lugar de a la plácida luz del sol, y a punto estuvo de despeñarse desde lo alto del risco.

Me sentí llevado en volandas a gran velocidad y de pronto me rodeó otro rugido, más familiar e inmenso, y mis pies se posaron en el borde del parapeto del Templo de Jerusalén, bajo la inmensa bóveda celeste, y por encima de la enorme multitud de personas que entraban y salían de aquel lugar. Yo estaba de pie en el pináculo veía, allá abajo, a todos los que recorrían los amplios patios interiores.

Los ruidos y los olores de la muchedumbre llegaban hasta mí. Sentí el dolor agudo de las punzadas del hambre. Y por todas partes se extendían los techos de Jerusalén, mientras la gente hormigueaba en el laberinto de estrechas callejuelas.

– Mira todo esto –dijo él, a mi lado.

– ¿Por qué habría de mirar? –repliqué–. No estamos allí en realidad.

– ¿No? ¿Crees que no? ¿Crees que es una ilusión?

– Tú estás lleno de ilusiones y engaños.

– Entonces tírate abajo, ahora, desde esta altura. Déjate caer sobre esa muchedumbre. Veremos si es una ilusión. Y si no lo es, ¿qué? ¿Acaso no está escrito?: ‘El hará que sus ángeles cuiden de ti, y con sus manos te sostendrán, para que ni siquiera un dedo del pie te golpees contra una piedra’.

– Oh, tú has sido un asesino desde el principio –le dije–. Te encantaría verme caer ahí abajo, ver cómo se rompen mis huesos, ver esta cara que tan bien imitas ensangrentada y hecha pedazos. Pero quieres más todavía, ¿no es así? El cuerpo no significa nada para ti, por mucho tormento despiadado que le des. Lo que quieres es mi alma.

– No, estas equivocado –dijo en voz baja, inclinándose hacia mi tanto como pudo–. Y estamos aquí, sí, te he traído a este lugar, sin ilusiones ni engaños, para mostrarte dónde has de empezar tu trabajo. Eres tú quien asegura ser el Cristo. Eres tú a quien anuncian otros como el Hijo de David, el príncipe que conducirá a su pueblo a la victoria final, sois tú y tu pueblo quienes habéis celebrado tu inmenso poder y tu eventual conquista en un libro tras otro, en un poema tras otro. ¡Lánzate al vacío! Te digo. Hazlo y deja que los ángeles te sostengan. ¡Deja que tu batalla empiece con ese pacto entre tu y el Señor al que aseguras servir!

– No voy a poner al Señor a prueba aquí –dije–. Y también está escrito: ‘No tentarás al Señor tu Dios’.

– ¿Cuándo, entonces, vas a empezar la batalla? –preguntó como si de verdad deseara saberlo–. ¿Cómo reclutarás tus ejércitos? ¿Como difundirás tu mensaje entre todos los judíos de esta tierra, y de la siguiente, y de la que sigue a la siguiente? ¿Cómo harás saber a las comunidades de judíos de los rincones más alejados del Imperio que ha llegado el momento de empuñar la espada y el escudo y formar bajo tus banderas en el nombre de tu Dios?

– Lo sabía ya cuando era niño —dije mirándole.

– ¿Qué sabías?

– Que eres el Señor de las Moscas, pero estás a merced del Tiempo. No sabes lo que va a ocurrir en el Tiempo.

– Bueno, si eso es verdad, entonces la mitad de las veces tú no vales más que yo, porque tampoco lo sabes, y esos gusanos que hay allá abajo y a los que llamas hermanos y hermanas no son nada, porque no saben ni siquiera lo que va a ocurrir en el instante siguiente. Por lo menos tú tienes visiones y planes.

Me agarró como si tomara posesión de mí, y una mueca de malevolencia le desencajó el rostro.

–¿Qué has sabido tú del Tiempo en esos años aburridos que has desperdiciado en Nazaret? ¿Qué llegará el momento en el que entregaras al polvo tus músculos doloridos, toda tu persona? ¿Por qué lo toleras? ¿Por qué lo tolera Él? Tú dices conocer Su voluntad. Dime, ¿por qué no lo suprime?

– ¿Suprimir el Tiempo? –pregunté con un hilo de voz–. ¿El regalo del Tiempo?

– ¿Regalo? ¿Es un regalo estar perdido en este mundo miserable que Él ha creado, perdido para la despiadada ignorancia de los otros, en el Tiempo?

– Ah, sé que conoces una cosa, y es la desgracia.

– ¿Yo? ¿Yo conozco la desgracia? ¿No conocen ellos la desgracia, día a día, y no la has conocido tú al lado de ellos? ¿Crees que esa vida y el Tiempo fueron un regalo para ese chico, Yitra, al que apedrearon tus aldeanos? Sabes que era inocente, ¿o no lo sabes? Oh, fue tentado, pero era inocente. ¿Y el Huérfano? Ese niño ni siquiera supo por qué murió. ¿Sabes lo que había en sus corazones cuando vieron volar las piedras hacia ellos? ¿Qué crees que hay en el corazón de la madre de Yitra, y por qué está llorando en este mismo momento?

– Te preguntaría de dónde viene la esperanza sino del Tiempo. Te pediría que me respondieses, pero ya has adoptado una decisión, total y definitiva y para siempre, y para ti el Tiempo no existe.

– ¡Tendría que arrojarte abajo yo mismo, desde aquí! –siseó. Había levantado las manos para agarrarme, pero no se cerraron sobre mi garganta–. Tendría que aplastarte contra esas piedras. Carezco de escrúpulos en lo que se refiere a tentar al Señor tu Dios. Nunca los he tenido.

Retrocedió un paso, demasiado furioso para seguir hablando. Luego tomó aliento.

– Puede que seas sencillamente un fantasma creado por Su mente impasible e inmisericorde. ¿Cómo si no podrías dejar de apiadarte de Abigail cuando estaba aterrorizada en medio de aquellos niños, esperando exactamente la misma muerte que el pueblo dio a Yitra y al Huérfano? ¿Has sentido piedad por alguno de ellos en algún lugar, alguna vez?

La luz cambió. El aire empezó a agitarse. La visión del Templo y la multitud que lo ocupaba se desdibujó y se borró, como si fuera una escena pintada sobre seda.

Me vi arrebatado por un torbellino.

De pronto estábamos juntos los dos, el de los hermosos vestidos y yo, en la cima de una montaña tal vez la montaña más alta de la Tierra. Sólo que no se trataba de una tierra conocida.

Debajo de nosotros se extendía lo que parecía un mapa, pero no lo era, sino más bien el esquema de las montañas, valles y océanos que componen el mundo.

– Exacto –dijo, contra el suave viento–. El mundo, lo estás viendo como yo. Un lugar hermoso que gobernar.

Calló unos momentos, como absorto en la placentera contemplación de aquella perspectiva majestuosa, y yo miré también lo que él había querido enseñarme, y luego

le miré a él.

Estaba de perfil, mi perfil, con el cabello oscuro tirado hacia atrás desde los pómulos, y los ojos dulces como los míos habitualmente, y sostenía el manto a un lado con bastante gracia y soltura.

– ¿Quieres de verdad ayudarles? –me preguntó. Levantó un dado–. Digo de verdad... ¿Quieres ayudarlos? ¿De verdad? ¿O lo que pretendes es asustarlos y dejarlos en un estado mucho peor que cualquier otro profeta de los que han venido a maldecir y denunciar y proclamar que nunca se someterán a tantas indignidades?

Se volvió para mirarme con lágrimas en los ojos. Sin duda eran lágrimas muy parecidas a las que me había visto derramar unos momentos antes. Se llevó las manos a la cara y luego me miró a través de aquella niebla húmeda y reluciente.

– Es cierto que tu venida se ha visto rodeada por señales y maravillas —dijo pensativo, como si esas palabras le salieran del alma—. Y vivimos en una época notable. Hay judíos en todas las ciudades del Imperio. Las Escrituras de tu Dios están en griego para que puedan leerlas en cualquier lugar donde residan y sea cual sea la escuela en la que estudien. El nombre de tu Dios sin nombre probablemente se pronuncie incluso en los rincones más lejanos del norte. Y tú eres un sucio carpintero, sí, pero eres Hijo de David, y eres listo y sabes hablar bien.

– Gracias —dije.

– Las Escrituras hablan de uno que les llevará a la independencia y el triunfo. Y tú conoces las Escrituras. Supiste cuando eras niño lo que decían, esas palabras: Cristo el Señor.

– Así fue.

– Tú puedes ayudarlos. Puedes dirigir ejércitos. Puedes activar todas esas células remotas de creyentes que esperan que venga alguien en su ayuda. Vamos, hay judíos en Roma que os meterían a ti y tu ejército dentro de los muros de la ciudad; contigo al frente, atacarían el palacio del emperador, darán muerte hasta al último senador y aniquilarán a la guardia pretoriana. ¿Me escuchas? ¿Entiendes lo que intento explicarte?

– Lo entiendo –dije–. Pero no ocurrirá.

– Pero si no me entiendes. ¡Quiero hacerte ver con toda claridad que sí es posible! Puedes hacer que todos vengan de las ciudades a las que han emigrado; puedes traer a los que viven lejos de Tierra Santa, como un gran torbellino que barrerá las costas de todos los mares.

– Te entiendo. Te he entendido desde el primer momento. Pero no ocurrirá.

– Pero, ¿por qué no? ¿Vas a decepcionarlos? ¿Vas a mascullar oraciones y pronunciar sermones como tu primo, metido en el agua del rio hasta las rodillas, haciendo mucho aspaviento sin sentido, y luego abandonándolos y hacer que te odien porque les has roto el corazón?

No contesté.

– Te estoy ofreciendo una victoria que tu pueblo no vive desde hace centenares de años –dijo con voz sugerente–. Si no aprovechas la ocasión, tu pueblo está acabado. El mundo se lo tragará, Yeshua bar Yosef, del mismo modo que ese viejo de Caná, el bobo de Hananel dijo que el mundo te había tragado a ti.

 

No contesté.

 

– Hace mucho que se acabó todo para tu pueblo –prosiguió en voz baja, como extraviado en sus propios pensamientos–. Se acabé cuando Alejandro desfiló por estas tierras y trajo con él la lengua griega y el estilo de vida griego. Tu pueblo se vio aplastado cuando los romanos lo invadieron y entraron en el mismísimo Templo, y probaron con sus puños brutales que allí dentro no había nada, ¡absolutamente nada! Si renuncias a darles esta última oportunidad de agruparse detrás de un caudillo poderoso, tu pueblo no morirá de hambre y sed, ni por la espada o por la lanza. Sencillamente se desvanecerá. Lo está haciendo ya y seguirá haciéndolo, olvidara su lengua sagrada, se mezclará a través de esposas y jóvenes ambiciosos con romanos y griegos y egipcios hasta que nadie recuerde ya la lengua de los ángeles, hasta que nadie lleve ya un nombre judío. ¿Cuánto tardará? ¿Cien años? Sin una victoria, ni siquiera tanto tiempo. Todo habrá acabado. Será como si nunca hubiera existido.

– Ah, maldito espíritu insidioso –dije– ¿No recuerdas nada de los Cielos? Sin duda sabes que hay cosas que germinan en el útero del Tiempo y que van más allá de tus sueños, y a veces más allá incluso de los míos.

 – ¿Qué es lo que germina? El mundo se hace más grande a cada año que pasa y vosotros os hacéis más pequeños, vuestro pueblo del Dios único, vuestro pueblo del Dios sin nombre que no tiene otros dioses delante de Él. No los habéis convertido a vuestra forma de pensar, y ellos os comen vivos. Te estoy ofreciendo la única cosa que puede salvarlos, ¿es que no lo ves? Y una vez que el mapa que han trazado los romanos para ti esté bajo tu control, podrás enseñar a todos las Leyes que Él os dio en la montaña sagrada. ¡Estoy dispuesto a poner todo eso en tus manos!

– ¿Tú? ¿Tú quieres ayudarme? ¿Por qué?

– Préstame atención, bobo. Se me acaba la paciencia. Aquí no se hace nada sin mí. Nada. Ni la victoria más sencilla se alcanza si yo no formo parte de ella. Este es mi mundo, éstas son mis naciones. ¿No vas a caer de rodillas y adorarme?

Su rostro se desdibujó. De sus ojos brotaron lágrimas de nuevo. ¿Era ése mi aspecto cuando me sentía triste? ¿Cuándo lloraba? Tiritó como si el viento de su propia invención le hiciera sentir frío. Y contempló el mundo creado por él con una mirada desesperada, llena de añoranza.

Durante un momento lo olvidé. Olvidé por completo que estaba allí. Miré aquel panorama y vi algo, algo de lo que antes había tenido un atisbo en el estudio de Hananel de Caná, y que ahora vi con toda claridad. Altares derribados, miles y miles de altares que se derrumbaban como si un poderoso temblor de tierra los resquebrajara, y sobre ellos cantan sus ídolos, mármol y bronce y oro hechos añicos, y el polvo se levantaba sobre los fragmentos esparcidos. Y parecía que el estruendo se extendía despertando ecos por todo el mundo que él había desplegado ante mí, por el mapa que había urdido en mi beneficio pero que, tal como yo lo veía, era un mundo con todos los altares derribados.

– Cristo el Señor.

– ¿Qué? –preguntó–. ¿Qué has dicho?

Me volví a mirarlo, para apartarme de aquella visión, de aquella inmensa ola de destrucción. Le vi de nuevo, vívidamente, en su atildamiento, con aquella piel no menos fina que sus costosos ropajes.

– Estas no son tus naciones –dije–, los reinos de este mundo no son tuyos. Nunca lo han sido.

– Por supuesto que lo son —dijo casi en un siseo—. Yo soy el amo de este mundo, y lo he sido siempre. Soy su Príncipe.

–No. Nada de esto te pertenece ni te ha pertenecido nunca.

– Adórame —repuso con amabilidad, casi con regodeo, y te mostraré todo lo que poseo. Y te otorgaré la victoria que han anunciado los profetas.

– El Señor en las Alturas es el Único al que adoro, a nadie más. Lo sabes, sigues sabiéndolo en cada una de las mentiras que dices. Y tú no gobiernas nada, porque nada tienes. —Señalé—. Mira abajo tú mismo, desde esta perspectiva que tanto te gusta. Piensa en los miles de millares que se levantan por la mañana y se acuestan por la noche sin haber pensado nada malo ni hecho el mal a nadie a lo largo del día, aquellos cuyos corazones están volcados en sus esposas, en sus maridos, en sus padres y madres, en sus hijos, en la cosecha y en las lluvias de la primavera, en el vino joven y en la luna nueva. Piensa en ellos, por qué están hambrientos de la Palabra de Dios, aunque nadie haya llevado hasta ellos, piensa en cómo se esfuerzan por conocerla, y cómo se apartan del dolor y la miseria y la injusticia, ¡a pesar de todos tus esfuerzos!

—Mientes! —me espetó con furia.

—Míralos, emplea esos ojos poderosos capaces de ver todo lo que te rodea. Emplea tus poderosos oídos y escucha sus risas alegres, sus canciones desprovistas de artificio. Mira a lo largo y ancho y los verás reunidos para celebrar sus sencillas fiestas, desde las profundidades de las selvas hasta las alturas cubiertas de nieve. ¿Qué te hace pensar que tú reinas sobre esa gente? Vamos, puede que uno peque, y otro vacile, y alguno esté confuso y no consiga amar como querría hacerlo, y puede que algún emisario tuyo consiga agitar las masas durante un mes de disturbios y destrozos. Pero, ¿Príncipe de este mundo? Me reiría de ti si no fueras indecible. Eres el Príncipe de la Mentira. Y la mentira es ésta: que tú y Dios sois iguales y habéis entablado un combate sin tregua. ¡Eso nunca ha sucedido!

La furia casi le había dejado petrificado.

– ¡Estúpido, miserable profeta de pueblo! –espetó–. Cómo se van a reír de ti en Nazaret.

– Es el Señor quien gobierna —dije—, y siempre lo ha hecho. Tú no eres nada, no tienes nada y no gobiernas nada. Ni siquiera tus propios enviados son tan huecos y tan furibundos como tú. ‘

Tenía la cara enrojecida y se había quedado sin habla.

– Oh, sé que cuentas con enviados tuyos. Los he visto. Y tienes seguidores, esas pobres almas condenadas que tú exprimes en tu puño ansioso. Incluso tienes santuarios dedicados a ti. ¡Pero qué insignificantes son tus feos éxitos en este mundo vasto y vital en que crece el trigo y el sol brilla! ¡Qué baratos tus intentos de agrandar la brecha de cada pequeño desacuerdo, de alzar tu misero estandarte sobre cada rencor surgido de una discusión, sobre cada tenue red de avaricia y corrupción! ¡Qué patético que tu única autentica posesión sean tus mentiras! ¡Tus mentiras abominables! Y siempre, siempre procuras llevar a los hombres la desesperación, convencerles en tu envidia y tu codicia de que tu archienemigo, el Señor, es enemigo de ellos, que Él es inalcanzable, que está situado más allá de sus dolores y necesidades. ¡Mientes! ¡Siempre has mentido! Si reinaras sobre este mundo no ofrecerías a nadie compartir ni una sola partícula. No podrías. No habría mundo que compartir, porque lo habrías destruido. ¡Tu verdadero nombre es Mentira! Y no eres nada más que eso.

– ¡Para, te digo que pares! –gritó. Se tapó los oídos con las manos.

–Soy yo quien va a pararte! —respondí—. ¡Yo quien ha venido a revelar que tu desesperación es un fraude! Estoy aquí para dejar claro de una vez por todas que tú no eres el Rey y nunca lo has sido, que en el gran plan de la existencia no eres más que un salteador piojoso, un ladrón marginal, un merodeador que acecha con envidia impotente los campos cultivados por los hombres y las mujeres. Y voy a destruir tu reino quimérico y a destruirte a ti, porque te expulsaré, te echaré a patadas, te empujaré fuera de este mundo, y no con poderosos ejércitos y baños de sangre, no con el fuego y el terror que tanto ansías, no con espadas y lanzas ensangrentadas que rasgan la carne. Lo haré de una forma que no puedes imaginar, lo haré en la familia en el campo, en la aldea y el pueblo y la ciudad. Lo haré en las mesas de los banquetes de las viviendas más pequeñas y las mansiones más grandes. Lo haré corazón por corazón, alma por alma. Sí, el mundo está preparado. Sí, el mapa ha sido trazado. Sí, las Escrituras pueden leerse en la lengua compartida por todos. Sí. Y por esa razón voy a hacer las cosas a mi manera, y tú has vuelto una vez más, y para siempre, a luchar en vano.

Me di la vuelta y eché a andar, y mis pies encontraron un camino sólido al alejarme de él. Sopló entonces un fuerte viento que me cegó un instante, y luego vi aparecer la ladera familiar por la que caminaba cuando él se acercó a mí por primera vez; y a lo lejos vi las manchas brumosas de verdor que anunciaban la proximidad del río.

– ¡Maldecirás el día en que me has rechazado! –gritó él a mi espalda.

Sentí un mareo. El hambre me roía por dentro. Sentí vértigo.

Me volví a mirarlo. Mantenía aun la ilusión, los bellos vestidos que caían en pliegues graciosos, mientras me señalaba.

– ¡Mira bien estos ropajes! –gritó, y su boca tembló como la de un niño–. Nunca te verás a ti mismo vestido de esta manera. –Gimió retorciéndose de dolor y agitó el puño en mi dirección.

Reí y seguí caminando.

De pronto volvió a aparecer junto a mi hombro.

– Morirás en una cruz romana si intentas hacer esto sin mi –dijo.

Me detuve y le hice frente. . .

Salió volando y fue a caer a una gran distancia, como si lo hubiera empujado una fuerza invisible. Luchó por recuperar el equilibrio.

– ¡Atrás, Satanás! —dije—. ¡Atrás!

En medio de un gran remolino de viento y arena, le oí gritar, y su grito se convirtió en un aullido cada vez más lejano

Entonces llegó la tormenta de arena. Sus aullidos pasaron a formar parte de ella, parte del viento incesante. Sentí que caía de verdad, y el acantilado apareció frente a mí mientras la arena me azotaba las piernas, las manos y la cara.

Tropecé y rodé cuesta abajo, más y más aprisa, protegiéndome la cabeza con las manos. Seguí cayendo. Mis oídos se llenaron de viento, de sus lejanos aullidos y luego, poco a poco advertí que los ruidos que escuchaba venían del río y de un suave rumor de alas. Oí el temblor, el aleteo, el susurro apagado del batir de alas. Sentí en todo el cuerpo el tacto suave de unas manos, y el roce aún más suave de unos labios en mis mejillas, en mi frente, en mis parpados entrecerrados. Me abandone a un hermoso balanceo ingrávido al ritmo de un cántico sin sonido real, que había reemplazado al viento anterior. Y así fui descendiendo con suavidad, abrazado por el cantico, arrullado por él.

– No –dije–. No.

El cántico se convirtió en un largo lamento. Era puro y triste, pero dulce hasta un punto irresistible. Poseía la inmensidad de la alegría. Y aquellos dedos amables se apresuraron a acariciar mi rostro y mis brazos quemados.

– No –murmuré–. Lo haré. Dejadme ahora. Lo haré, tal como he dicho.

Me solté de sus brazos, o ellos se apartaron tan silenciosamente como habían venido, se elevaron y marcharon en todas direcciones, dejándome solo.

Solo de nuevo.

Estaba en el fondo del valle.

Caminaba. Una correa de mi sandalia se rompió. Me agaché para recoger lo que quedaba de aquella tira de cuero. Y seguí caminando bajo una brisa ardiente.

Fin de la historia. Este Domingo, primero de Cuaresma, nos convendría meditar sobre las tentaciones de Cristo



[1] En esta tentación no se refería Jesús a que el demonio, al tentarle a él, estuviese tentando a Dios, sino que el propio Jesús estaría tentando a Dios si hiciese eso.