15 de octubre de 2019

Sobre la sentencia del Procés por el 1-O


Hoy no puedo por menos que hacer un post con mis impresiones sobre la sentencia del Proceso del 1-O. Como ya han corrido ríos de tinta al respecto, me temo que no voy a decir nada nuevo pero, aún así me atrevo a hacer mis comentarios.

En primer lugar, me parecería una osadía inadmisible por mi parte pretender emitir un juicio sobre la bondad de esa sentencia. Son muchas horas de declaraciones de las que yo sólo he oído unos pocos minutos en la televisión mientras hablaba de otra cosa con mi familia, miles de páginas del sumario y de la vista de las que no he leído ni una. La sentencia ha sido emitida por siete jueces con una experiencia enorme que sí lo han oído analizado todo, de los que su presidente, el juez Marchena, me ha asombrado durante el juicio por su firmeza y templanza, en directo ante el mundo entero, sorteando todo tipo de trampas y añagazas torticeras. Han deliberado sobre ella durante meses desde que la vista quedó lista para sentencia. ¿Qué puedo decir yo al respecto? No tengo  la mínima formación jurídica y no le habré dedicado, poniendo todo el tiempo junto, ni una hora a pensar sobre ello. Lo único que puedo hacer es sentirme orgulloso de un sistema judicial de cuya independencia no puedo dudar, honesto y capaz. He oído a quien dice que le parece sospechoso que el fallo haya sido por unanimidad, que si la sentencia ha supuesto un pasteleo entre los jueces para llegar a un consenso, que el mero hecho de que haya habido un tira y afloja en el que algún juez haya podido cambiar su postura para llegar a ese consenso supone prevaricación, ya que si ha cambiado de parecer por llegar a un acuerdo ha dictado a sabiendas una sentencia que él considera injusta. Podría, tal vez, estar de acuerdo con esto si hubiese habido algún juez, que tuviese meridianamente claro que el delito era de rebelión y que por lograr el consenso, hubiese cambiado su punto de vista de rebelión a sedición en vez de emitir un voto particular con su visión del delito de rebelión. Pero en un terreno tan sutil como la separación entre rebelión y sedición, hay zonas grises y no tengo ningún motivo para pensar que un juez haya cambiado de negro a blanco por el consenso. Tal vez  –o casi seguro– haya habido alguno que haya accedido a pasar de un gris tirando a oscuro al blanco. De ser así, ¿qué? Esa aceptación de matices no es prevaricación y, en cambio, da a la sentencia una fuerza y una solidez extraordinaria tanto ante el independentismo como ante las instancias jurídicas internacionales. Por todo ello, mi más caluroso aplauso a la sentencia.

Me preocupa, y mucho, que la sentencia se haya filtrado y que el viernes ya estuviese en la prensa. Estoy convencido de que las filtraciones no vienen de los jueces. Seguro que hay unas cuantas personas, aunque tampoco muchas, que lo sabían el viernes. Si no estoy equivocado, estas filtraciones son en sí mismas un delito. Debería, por tanto, investigarse la procedencia de las filtraciones y castigarse. Seguro que no es tan difícil. ¿Por qué pasa una y otra vez, siempre, y nadie hace nada?

También he oído protestas porque la fiscalía pedía al tribunal que se explicitase en la sentencia que no se pudieran dar el tercer grado penitenciario hasta cumplida la mitad de la misma. El Supremo no ha concedido esto porque el proceso del tercer grado, aunque en primera instancia pueda ser concedido por órganos penitenciarios dependientes del gobierno autonómico de Cataluña, esta decisión puede ser recurrida por la fiscalía y, en última instancia, tendría que ser el Supremo el que decidiese. Y, en todo este proceso, el tercer grado concedido por la administración penitenciaria, quedaría en suspenso (Sólo en el caso de que el recurso lo hiciese la acusación particular, y no la fiscalía, el recurso no interrumpiría la concesión del tercer grado penitenciario). Es decir, hay medidas judiciales, que pasan por el Supremo, para evitar ese tercer grado. No me parece, por tanto, razonable  que se diga en la sentencia algo que no se sabe si se va a dar pero que, si se da, la fiscalía que lo pide y el mismo tribunal pueden paralizar. Me parece muy razonable, en cambio, el proceder de la sentencia.

Por supuesto, el Gobierno tiene la potestad de conceder el indulto, sin que el Tribunal Supremo pueda hacer nada. No me fio ni un pelo del un posible gobierno de Sánchez según lo que salga de las elecciones, pero lo que sí creo es que el gobierno que diese un indulto a estos delitos, habría cavado su propia tumba. Y, aunque sea por esa razón, no por rectitud, creo que, aún si ganase las elecciones, Sánchez no lo haría. No obstante, me quedaría mucho más tranquilo si, como piden PP y C’s, se hiciese una ley que impidiese el indulto a este tipo de delitos y, de paso, a otros.

Lo que me parece lamentable son las declaraciones de Santiago Abascal de que va a recurrir la sentencia. Y esto lo ha dicho con la sentencia recién dictada, sin haber tenido oportunidad de leer una sola línea de la misma. Pero, la pregunta es: ¿Ante qué instancia va a recurrir la sentencia? Incluso alguien sin formación jurídica como yo puede pensar que sólo le quedan dos instancias: a) El Tribunal Constitucional y b) El Tribunal de Justicia de la Unión Europea. ¿De verdad que se plantea recurrir la sentencia ante alguna de estas dos instancias? No creo que sea necesario argumentar el por qué de ambas posibilidades sería una irresponsabilidad mayúscula. Más bien lo hace para enardecer a una parte de sus votantes que tanto más le aplauden cuanto más barbaridades dicen. Ese es un camino que no lleva a ningún sitio al que merezca la pena ir. Es este tipo de actitudes las que me hacen imposible votar a VOX, con cuyo ideario, en líneas generales, coincido. Pero no veo en esa formación una reflexión suficiente sobre cuestiones candentes. Veo un partido que primero habla, luego piensa y, entre medias, insulta. Y eso no me genera la más mínima confianza.

Adjunto un link a un artículo que creo que es muy bueno, escrito por alguien que parece que sí se ha leído a fondo la sentencia.

11 de octubre de 2019

Cosmovisión occidental, cosmovisiones orientalistas


Hace ya bastantes años que escuché por primera vez la palabra cosmovisión y debo confesar que no sabía muy bien cuál era su verdadero alcance. En el diccionario de la RAE hay sólo una acepción de la palabra: “Visión o concepción global del universo”. La verdad es que me parecía demasiado vaga, muy genérica. Pero un día, leyendo el libro de “La democracia en América” de Alexis de Tocqueville, encontré lo que me parece la más precisa descripción del término y su utilidad para la vida:

“No hay casi acción humana, por particular que se la suponga, que no nazca de una idea muy general que los hombres han concebido de Dios, de sus relaciones con el género humano, de la naturaleza de su alma y de sus deberes hacia sus semejantes. No se puede evitar que esas ideas sean la fuente común de donde surge todo lo demás. Por tanto, los hombres tienen un interés inmenso [o deberían tenerlo] en concebir ideas muy firmes sobre Dios, su alma, sus deberes generales hacia su creador y sus semejantes, porque la duda sobre esos puntos dejaría al azar todas sus acciones y las condenaría, en cierto modo, al desorden y a la impotencia. Es esa la materia en la que resulta más importante que cada uno de nosotros tenga ideas sólidas […].

El mundo occidental, basado en una cosmovisión judeocristiana –tanto si uno profesa la religión cristiana como si no, tanto si es consciente de ello como si no–, desde hace unas décadas, está experimentando un auge de una cosmovisión basada en las religiones/filosofías orientales nacidas principalmente en la India. Me refiero al hinduismo, budismo, jainismo, yoga, taoísmo, confucionismo (estos últimos nacidos en China), etc. Tal vez la causa de ese auge haya que buscarla en el sentimiento de aburrimiento del cristianismo –¡Eso ya lo tengo muy visto!, aunque no se conozca más que superficial y sesgadamente su contenido– y en el exotismo novedoso de estas religiones/filosofías[1]. Soy consciente que he metido en el mismo saco de religiones/filosofías orientales, cosas muy diversas. Pero, aunque no sepa diferenciar claramente las fronteras de esas religiones/filosofías –como un budista no sabría hacerlo entre el catolicismo y el anabaptismo o, incluso entre cristianismo y judaísmo– creo, sin demasiado miedo a equivocarme, que todas tienen una cosmovisión similar.

En las siguientes líneas voy a intentar formular, de acuerdo con la definición de Tocqueville, cuáles pueden ser las cosmovisiones judeocristiana por un lado y oriental por otro, y, sobre todo, su impacto en el obrar humano a los largo de la historia de ambas civilizaciones.

Me atrevería a decir que la cosmovisión judeocristiana se basa en la existencia de un Dios personal bondadoso, todopoderoso, inteligencia creadora por amor de mundos visibles e invisibles. Para todas las cosmogonías anteriores al Génesis el mundo era poco más que material de desecho, cuando no una prisión en el que el ser humano estaba atrapado o una niebla ilusoria que nos impedía la visión. La revolución se produce con una sola frase, repetida tras cada acto creador. “Y vio Dios que era bueno”. Estos mundos, visible e invisibles, han sido construidos con un propósito, de acuerdo con esa inteligencia. Y, en esos mundos ha auspiciado la aparición de seres libres, personales e individuales y racionales que, con su inteligencia pueden, y tienen el deber y la compulsión, de acercarse al propósito de esa creación, entenderla y configurar su acción a ese propósito. Cuando esos seres fueron (fuimos) creados, el Génesis dice: “Y vio Dios que era muy bueno”. Y si ese Dios ha creado todo por amor, entonces nosotros tenemos hacia nuestros semejantes el deber de transmitirles ese amor. Ese Dios-Inteligencia es todopoderoso en todo menos en una cosa: No puede ni engañarse ni engañarnos. Por tanto, no puede escamotearnos la búsqueda de su propósito cambiando las reglas del juego. Esos mundos y el ser humano son buenos en su esencia, pero por un “accidente” del mal uso de la libertad, han hecho que apareciese el mal. Sin embargo, este mal no es consustancial ni al mundo ni a los seres inteligentes que pueda haber en él. Este mal no tiene existencia ontológica sino que es, únicamente, la ausencia de un bien, como el frío no es sino la ausencia del calor. Por tanto, este mal puede y será corregido por esos seres libres e inteligentes con la ayuda de su Creador. Esta ayuda se traduce en una revelación de su propósito, a través de unos textos que pueden y deben ser interpretados por la inteligencia de esos seres. Por último, esa ayuda se ha materializado –esto ya únicamente dentro de la cosmovisión cristiana– en la irrupción del mismo Dios, hecho hombre, en la historia. Los hombres pueden, con la oración, entrar en contacto con ese Dios personal. En la religión católica, ese contacto se logra sobre todo a través de la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre de ese Dios encarnado, que nos asimila a Él. Esta historia tiene un fin que será la redención final del hombre y de la creación entera, y su unión beatífica con su Dios.

Comprendo que este párrafo me ha salido largo y retorcido, pero no es fácil describir en unas líneas la cosmovisión judeocristiana y, seguramente, a pesar de su longitud y retorcimiento, sea incompleta. Por supuesto, no es el objetivo de la descripción de esta cosmovisión inducir a nadie a creer en ella. Su objetivo es meramente descriptivo.

Ahora, con mucho más miedo del que he tenido para describir la cosmovisión judeocristiana, me voy a atrever a hacer lo mismo con la de las religiones/filosofías orientales, teniendo por seguro que no voy a hacer justicia a los sutiles matices que diferencian a unas y otras. Pero quiero dejar constancia que lo que voy a describir no es esas religiones/filosofías, sino la cosmovisión que subyace a ellas.

Esta cosmovisión postula la existencia eterna de una fuerza impersonal, a veces desplegada en distintas deidades “personales” menores (Hinduismo). Los seres humanos (y esas deidades “personales” menores en el caso del hinduismo) no son criaturas distintas ni creadas por esa fuerza impersonal. Son uno con ella que es la Unidad. No existe, por tanto, el dualismo creador-creación. Por supuesto, la experiencia sensible cotidiana dice que cada una de las personas que vivimos en el mundo no somos esa fuerza impersonal y experimentamos nuestra individualidad y nuestras inmensas limitaciones. Pero, según esta cosmovisión, eso es debido a que entre nosotros y esa fuerza impersonal, hay un velo de ficción, llamado maya, que es el mundo (¿cómo, si somos Uno con ella puede haber algo entre nosotros y ella?). Precisamente lo que los seres humanos deben lograr es hacer desaparecer la ficción de ese velo del maya-mundo para acceder a la experiencia directa de esa Unidad, previamente existente, con la fuerza impersonal y a su poder. Esto es el nirvana. No hay acuerdo en distintas versiones de esta cosmovisión si ese nirvana es la unión con esa fuerza impersonal o la simple y llana extinción en el no-ser. Porque, en definitiva, la cosmovisión monística, no distingue la dualidad del ser y el no-ser, como no distingue la dualidad entre el bien y el mal. Todo se subsume en un monismo de contrarios que es el yin y el yang. Así que el mal es consustancial con el bien y jamás desaparecerá. Sea como fuere, la forma de eliminar ese velo maya es lograr el desapego total de todo lo que forma ese maya, incluidos afectos personales. Pero, una vida no es suficiente para lograr ese desapego que lleve a los seres humanos al nirvana. Por eso, hay que pasar por el calvario de sucesivas reencarnaciones que, lejos de ser una magnífica oportunidad de vivir otra vida son, para esta cosmovisión, una terrible rueda, una espantosa pesadilla: el samsara, que nos esclaviza. Hay distintas versiones del samsara en las diferentes religiones/filosofías orientales. El conjunto de las acciones que nos llevan a ese desapego es el karma. Lo terrible es que al pasar de una reencarnación a otra, olvidamos el karma que pudiéramos llevar acumulado, con lo que no hay aprendizaje, al menos consciente, de una vida a la otra[2]. La meditación es la única vía para salir de la rueda del samsara.

Me temo que este párrafo descriptivo de la cosmovisión oriental me ha salido aún más largo y retorcido que el de la cosmovisión judeocristiana. El lógico, puesto que sé menos de esta segunda que de la primera. Pero aún así, me atrevo a seguir adelante. Veré cómo esas cosmovisiones condicionan la relación del ser humano con el mundo, con sus semejantes y con Dios.

La cosmovisión judeocristiana ve en el mundo un libro que refleja la inteligencia de ese Dios. Es un mundo con unas leyes coherentes, fruto de un propósito misterioso, sí, pero en el que se puede uno adentrar usando la razón de la que Dios ha dotado al ser humano. Por tanto, el hombre debe dejarse llevar por ese afán, innato en él, de investigar ese mundo con los pobres medios que tenga para arrancarle su secreto. Y esa búsqueda es la misma que la búsqueda de la intención de su creador, siempre sabiendo que el amor es lo que subyace en la creación. Desde los primeros padres de la Iglesia se percibe ese rastro. En el siglo II, decía Tertuliano: La razón es cosa de Dios, en la medida en que no hay nada que Dios, el Hacedor de todo, no haya proveído, dispuesto u ordenado por la razón –nada que no haya querido que que sea manejado y entendido por la razón”. En el siglo III Clemente de Alejandría: “No creáis que decimos que estas cosas son para ser recibidas sólo por la fe, sino que también son para ser asentidas por la razón. Porque está claro que no es seguro comprometerse con estas cosas con la fe desnuda de la razón, porque es seguro que la verdad no puede ser irrazonable”.  En el siglo V, san Agustín: “Los cielos no quieren que Dios odie en nosotros aquello por lo que nos ha hecho superiores a los animales. Los cielos no quieren que debamos creer de tal forma que no tengamos que aceptar o buscar razones, ya que no podríamos siquiera creer si no poseyéramos almas racionales”. O: “hay ciertos asuntos pertenecientes a la doctrina de la salvación que no podemos aprehender todavía… un día seremos capaces de hacerlo”. Pero no sólo celebraba el progreso teológico, sino que, con los pies en la tierra, también aplaudía y admiraba el progreso material: “¿Acaso el genio del hombre no ha inventado y aplicado incontables y asombrosas artes[3], en parte por necesidad y en parte como resultado de su exuberante inventiva, de forma que el vigor de su mente es signo de una inagotable riqueza de su naturaleza que le permite inventar, aprender o emplear tales artes? ¡Qué maravillosos –puede uno decir asombrado– avances ha hecho la laboriosidad humana en las artes del tejido, y la construcción, de la agricultura y la navegación!”. O Gilbert de Tournay en el siglo XIII: “Nunca encontraremos la verdad si nos contentamos con lo que ya conocemos. Todo lo que se ha escrito antes de nosotros no son leyes, sino guías. La verdad está abierta a todos, ya que nunca es totalmente poseída”. O Fray Giordano de Florencia en el siglo XIV: “No hemos encontrado todas las artes; nunca encontraremos el fin en esa búsqueda. ¡Cada día se descubre un nuevo arte! ¡Cada día uno descubre y admira la habilidad que se ha alcanzado en medidas y números! ¡Con qué sagacidad se han descubierto los movimientos y conexiones de las estrellas! Y todo esto se debe al inefable don de que Dios confiriese a su creación una naturaleza racional[4]. ¿Y qué decir de Tomás de Aquino? ¿Y de toda la escolástica tardía de la Escuela de Salamanca, que aplicando la razón a la política y la economía fueron pioneros innovadores en esas dos ramas del saber? Francisco de Vitoria es considerado como el padre del Derecho internacional y una pléyade de clérigos de diferentes órdenes, son los padres de la actual liberal escuela austríaca de economía. De Cusa, Copérnico, Brahe, Kepler y Galileo, entre otros, veían la creación como un libro en el que Dios se había revelado por un camino complementario a las Escrituras. Libro que debía ser comprendido como debían serlo las mismísimas Escrituras. Mediante la aplicación de la razón a ambos libros. Creyesen o no en Dios, era el mismo espíritu el que impulsaba e impulsa en distintas épocas a Darwin y Wallace o a Mendel, a Watson y Crick o a Collins, a Hubble y Lemâitre o a Einstein, a Maxwell y Faraday o a Bohr, a Cajal y Ochoa o Marañón y a un inacabable etcétera de científicos de todos los campos. Incluso a ateos militantes como Hawking y Dawkins. Para cerrar este punto, me quedo dos frases: la primera es la final del libro “El retorno de los brujos[5]” de Pawels y Bergier:  “La vida del hombre sólo se justifica por el esfuerzo, aún desdichado, para comprender mejor. Y la mejor comprensión es la mejor adhesión. Cuanto más comprendo, más amo; porque todo lo comprendido es bueno”. ¿Y si ni siquiera tiene por qué ser desdichado? La segunda es de la carta de san Pablo a los Romanos (Rom 8, 19-20): “La creación entera está en anhelante espera de la manifestación de los hijos de Dios. Ya que fue sometida al fracaso, no por su propia voluntad, sino por el que la sometió, con la esperanza de que será liberada de la esclavitud de la destrucción para ser admitida a la libertad gloriosa de los hijos de Dios”. Punto.

Toca ahora que analicemos la relación del ser humano con el mundo a la luz de una cosmovisión como la de las religiones/filosofías orientales. Tengo miedo de pecar de occidentalcentrismo, ya que mi conocimiento de la cosmovisión que subyace en las religiones/filosofías orentales es mucho más limitado que el de la judeocristiana. Pero la lógica y la observación me tranquilizan.

Empecemos por la lógica. Si una cosmovisión concibe el mundo material como un engaño de nuestros deseos que es el obstáculo –maya– que nos impide llegar a descubrir nuestra unidad intrínseca con ese ser impersonal que es el Uno y nos condena a la rueda del samsara, ¿cómo esa cosmovisión podría despertar en el ser humano el ansia de conocer a fondo ese mundo de cuyo engaño hay que liberarse? Realmente, no existe esa razón o, al menos, a mí no se me alcanza. Ahora la observación. Si comparamos los logros de las civilizaciones basadas en ambas cosmovisiones, la diferencia es evidente. No niego que en las civilizaciones orientales ha habido también descubrimientos importantes. Siempre se dice que en China se inventó la pólvora, la brújula y la seda, por poner algunos ejemplos. Seguro que se inventaron otras muchas cosas más. Pero cualquier lista que se haga de la inventiva china no resiste, ni remotamente, la comparación con la occidental. Además, los inventos occidentales nacen, en su mayoría, de una profunda búsqueda de los principios profundos de funcionamiento de la naturaleza y la materia. Es decir de la ciencia[6]. La palabra ciencia requiere una mínima aclaración. Para que algo sea ciencia, tiene que caminar sobre dos patas: La primera, una teoría coherente que pretenda explicar un determinado fenómeno y que permita hacer predicciones. La segunda, el diseño de agudos y a menudo exquisitos experimentos objetivos y repetibles que permitan que todo el mundo pueda comprobar la veracidad o falsedad de las predicciones de la teoría. Y eso sólo se ha dado en la cultura occidental, en ninguna otra. Ni siquiera en la griega. Un avance tecnológico, como la pólvora o la brújula, puede ser un fenómeno aislado. Pero cuando está basado en la ciencia, no es tal, es una poderosa irradiación que crea un potente tejido tecnológico. Y no es una casualidad que esto haya ocurrido sólo en occidente. Es una consecuencia inmediata de su cosmovisión. (A quien esté interesado en profundizar en esto, le sugiero que visite tres entradas con el título de "Primera no casualidad", "Segunda no casualidad" y "Tercera no casualidad, colgadas, respectivamente el 23 y 30 de Enero de 2011 y el 6 de Febrero de ese mismo año)

Analicemos ahora la relación del ser humano con sus semjantes a la luz de ambas cosmovisiones. En la cosmovisión judeocristiana nuestro semejante es nuestro prójimo. Igual a nosotros en dignidad, con independencia de las circusntancias, porque participa de la filiación divina. Todos somos iguales ante Dios. Debemos por tanto amar a nuestro prójimo. Es en el Levítico, escrito mucho antes de Cristo, en el que se nos dice “ama a tu prójimo como a ti mismo”, o donde se dicen frases tan luminosas como, entre otras muchas: Cuando coseches la mies de tu tierra, no siegues hasta el mismo borde de tu campo, ni espigues los restos de tu mies. No harás rebusco de tu viña, ni recogerás de tu huerto los frutos caídos; los dejarás para el pobre y el forastero. Yo, Yahvé, vuestro Dios”. La obligación de respetar el derecho de los débiles también aparece desde el principio: “No torcerás el derecho del forastero ni del huérfano, ni tomarás en prenda el vestido de la viudaTe acordarás de que fuiste esclavo en el país de Egipto y que Yahvé tu Dios te rescató de allí. Por eso te mando hacer esto”. Más adelante Jesucristo nos dice que debemos amar a nuestro prójomo, incluso si es nuestro enemigo y nos hace mal y debemos amarle cómo Dios nos ama a nosotros. Esto es algo absolutamente único en ninguna otra cosmovisión. De esta cosmovisión nace la igualdad de todos ante la ley. Gracias a esta cosmovisión se abolió la esclavitud en occidente. Aunque tardó mucho en imponerse, hay otras muchas culturas, basadas en otras cosmovisiones, donde todavía existe en la práctica y donde existe un sistema de castas. De esta cosmovisión arranca la Declaración de Derechos Humanos y sólo esta cosmovisión hace posible que nazca el estado de Derecho. El derecho pasa por ser una creación de Roma. Pero todavía estaba Tarquino el Soberbio, un terrible tirano, reinando en Roma cuando se habían puesto por escrito las ideas anteriores en el Pentateuco.

Y, ¿qué pasa con las cosmovisiones orientalistas? Cada hombre tiene que desarrollar su propia lucha contra maya. Tiene que conseguir desapegarse de los deseos que lo encadenan a la rueda del samsara para poder darse cuenta de que es dios, ya que es uno con el Uno. El libro del Samyutta Nikaya, Buda[7] dice: “Monjes, el deseo cesa en aquél que permanece reflexionando sobre la miseria de las cosas que encadenan. Al cesar el deseo, cesa también el apego. Al cesar el apego, cesa también el deseo de ser. Al cesar el deseo de ser, cesa también el deseo de renacer. Al cesar el renacer cesan también la ancianidad y la muerte, el dolor, el lamento, el sufrimiento, el desconsuelo y la desesperación. De este modo se produce la cesación de toda esta masa de dolor”[8]. Siglos más tarde, casi coincidiendo con la era cristiana, se produjo una innovación en la doctrina de la liberación del samsara. El iluminado que alcanzaba la victoria contra el samsara en vez de irse al nirvana, se quedaba en el mundo para ayudar a otros a encontrar el camino. Estos Budas que se quedan se llaman los Boddhisattvas. Esta corriente se llama el Gran Vehículo o Mahayana, que contrasta con el Pequeño Vehiculo o Hinayana del primer budismo. Esta doctrina incipiente,  evolucionando y en el sigo VII de nuestra era aparece un Boddhisattva llamado Shantideva que escribe: “Por el ánimo que emana de todos mis actos buenos quiero aplacar el dolor de todas las criaturas, ser el médico, el sanador, la nodriza del enfermo mientras tanto exista la enfermedad. [...] Mi vida, con todos mis renacimientos, todas mis posesiones, todo el mérito que he adquirido o voy a adquirir, todo esto lo abandono sin esperanza de ganar nada para mí mismo, a fin de ayudar a la salvación de todos los fieles”[9]. Es dificil, aunque no está documentado, no ver aquí una influencia del cristianismo, cuyo influjo, naturalmente, ya había llegado a la India en el siglo VII. No obstante, este texto todavía coexiste con otro, del mismo Shantideva en el que sigue latente la necesidad del desapego de todo afecto: ¿Cómo puede un ser fugaz apegarse a otro ser fugaz?, pues no volverá a ver a su ser amado en miles de nacimientos. Mientras no lo vea, sentirá despecho y no podrá mantener el pensamiento reconcentrado. Más, aunque lo viera no lograría saciarse; le oprimiría la sed como antes. Por este apego no percibe las cosas como son, pierde el sentido de urgencia por el desasosiego, y lo consume esta aflicción que le causa el ansia de querer unirse con lo amado. Preocupándose con esto, segundo a segundo pasa su corta vida en vano. Pierde el Dharma perenne por querer algo perecedero”. Es difícil que en una filosofía vital así nazca una cultura en la que florezcan el derecho, las libertades personales y la igualdad ante la ley. Si en cualquier momento, entre el siglo VII y la actualidad uno va a donde están los  que intentan aplacar el dolor de todas las criaturas, ser el médico, el sanador, la nodriza del enfermo mientras tanto exista la enfermedad y que entregan su vida,[...], todas sus posesiones, todo el mérito que han adquirido o van a adquirir, todo esto lo abandonan sin esperanza de ganar nada para sí mismos, a fin de ayudar a la salvación de todos los hombres, seguramente se encuentre con misioneros cristianos y muy pocos budistas.

Y ¡qué decir de la tercera relación de cada cosmovisión, la relación con Dios! San Pablo nos dice: “En Él vivimos, nos movemos y existimos, y todavía peregrinos en este mundo –un mundo a menudo excesivamente duro por el mal uso de nuestra libertad en el que, a pesar de todo– experimentamos continuamente las prubas de su amor”. Un Dios del que el salmista nos dice ser “como un niño en brazos de su madre”, un Dios que nos ha dicho hace muchos siglos: “¿Puede una madre olvidarse del fruto de sus entrañas? Pues aunque ella se olvidara, yo no te olvidaré”. O qué Él mismo, hecho hombre para acompañarnos en esas dificultades de la vida y nos ha preguntado: “Quién de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra, o si le pide un pez, le dará una serpiente? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuanto más vuestro Padre (Abba, papá) que está en los cielos, dará el Espíritu Santo a quien se lo pida”. El Espíritu Santo, la sabiduría, el amor. Un Dios bajo cuyo cuidado podemos caminar todos los instantes de nuestra vida. Un Dios al que podemos entrar a saludar cada día o al que podemos asimilar físicamente y dejarnos asimilar por Él en la Eucaristía, donde se ha quedado con nosotros “hasta el fin de los tiempos”. Pero un Dios que es, además, o sobre todo, esa infinitamente poderosa en indomable fuerza creador que se deja domar por nosotros si nos ponemos, un rato, cada día conscientemente en su presencia. Qué baja hasta nosotros, y nos empapa como la lluvia empapa la tierra reseca o nos da su luz, como un sol, para que hagamos nuestra función clorofílica, o sopla sobre nosotros como una suave brisa en un día de calima. Que nos da la fuerza para caminar cada día, no como quien arrastra una pesada piedra, sino para traer su Reino a este mundo bueno que ha creado para nosotros y que nuestra libertad mal usada ha trastocado. Un Dios que nos acogerá con nuestro cuerpo material y nuestra alma, ambos purificados y glorificados, y nos hará encontrarnos con todos los seres a los que hemos amado en este mundo y de los que no tenemos que desapegarnos, y que nos fundirá con Él en su Unidad de Tres. Es Él el que baja a nosotros, sólo conque le abramos los brazos. Sin esfuerzos de concentración, sin crear ningún vacío, sólo conque le llamemos en el silencio de un pequeño aparte de nuestra vida cotidiana. Esa es la relación con el Dios de la cosmovisión judeocristiana.

La meditación trascendental o su versión moderna, el mindfulness, me parecen una versión empobrecida de lo anterior. No niego que pueda ser buena esta meditación o este mindfulness. Seguro que es algo bueno. Pero ponerse ante un algo impersonal que no se sabe si es el ser o el no ser, o una mezcla de los dos, para, con gran esfuerzo, trepar hacia su cima para lograr vaciarnos de ese maya engañoso que nos impide ver que, en realidad ya somos uno con ello, me parece muy pobre, comparado con lo anterior.

Acabo con una aclaración pertinente y un epílogo.

Aclarción: No hay en esta comparación de cosmovisiones ni el más mínimo atisbo de nada que pueda considerarse superioridad racial. No hay ninguna raza superior a otra. El Homo Sapiens, con sus grandezas y mezquindades, es el mismo en África, Asia, América, Oceanía o Europa. Pero la cosmovisión judeocristiana ha producido en la historia avances que sólo podían brotar de ella. No es casualidad que la ciencia, la tecnología, la riqueza, los derechos humanos, el Estado de Derecho, la igualdad ante la ley, etc., etc., etc., hayan nacido de ella. Si esa cosmovisión hubiese cuajado en Asia, América, África u Oceanía, sería en esos continentes en los que se hubiesen producido esos avances.

Epílogo: Pero la casualidad –o, mejor dicho, la Providencia– ha querido misteriosamente que esta cosmovisión arraigase y floreciese en Europa. Una Europa que fue capaz de irradiar esa cosmovisión –junto con otras cosas malas, es verdad– a los otros cuatro continentes. Una Europa que hace siglos decidió empezar a darse tiros en el pie, un pie que se le va gangrenando poco a poco. Una Europa que se está haciendo vieja y escéptica de su fuerza y su misión, a las que desprecia. ¿Qué pueblo o continente tomará el relevo y llevará la antorcha de la cosmovisión judeocristiana? No lo sé. Pero sí sé que no será ninguna otra cosmovisión la que haga que se mantengan estos logros. Y si ningún pueblo toma el relevo, todos estos logros acabarán por desaparecer. Pero la cosmovisión seguirá viva porque es eterna y, como ave Fénix, será cuestión de siglos que aparezca otra vez bajo una forma más purificada que le dé otra oportunidad. El profeta Habacuc, desde el siglo VII a. de C. nos dice: “Escribe esta visión, ponla en tablillas con caracteres bien legibles, porque la visión tardará en cumplirse: tiende a su fin y no fallará; aunque parezca tardar, esperalá, pues se cumplirá en su momento”. Y san Pedro: “Una cosa, queridos, que no se os ha de ocultar: que in día es para el Señor como mil años y mil años como un día. Y no es que el Señor se retrase en cumplir su promesa como algunos creen; simplemente tiene paciencia con vosotros porque no queire que alguno se pierda, sino que todos se conviertan”. Pero esperemos que esta nueva oportunidad no sea necesaria. Todavía podemos reanimar y expandir a todo el mundo esa cosmovisión inmortal, bajo nuestra civilización. Con la ayuda de Dios, nada está perdido.



[1] Hablo de las últimas décadas, pero esa influencia se encuentra en la filosofía occidental, por lo menos, desde Arthur Schopenhauer en obras suyas como “El mundo como voluntad y representación”. Aunque tal vez debamos remontarnos más atrás hasta Kant, con su negación de la existencia real del espacio y el tiempo, prólogo del idealismo extremo que llega a negar la realidad lisa y llanamente. O, incluso a Descartes que llevado de su desconfianza hacia lo que el decían los sentidos, llegó a su tan famoso como erróneo “pienso luego existo”. Y, todavía más atrás, a Guillermo de Occam o en los griegos, a Parménides y Zenón de Elea que afirmaban que el movimiento no existía y que si lo percibíamos era porque nuestros sentidos nos engañaban. ¡Nada hay nuevo bajo el sol! Pero creo que muy pocos de los adeptos occidentales de estas corrientes hayan leído a estos pensadores.
[2] Esto recuerda, negativamente, a la historia narrada en dos películas “Atrapado en el tiempo” y “Al filo del tiempo”. Bajo diferentes circunstancias ambas películas nos presentan a una persona que tiene que volver a vivir una y otra vez una determinada parte de su vida. Pero en estas películas, los protagonistas sí que recuerdan lo que les pasó en las veces anteriores, lo que da lugar a un aprendizaje que les permite salir del bucle. Esto no se da, al menos conscientemente, en esta cosmovisión.
[3] Artes, en este contexto no significa el “arte” propiamente dicho. Significa, artilugios, ingenios.
[4] Muchas de estas citas están sacadas del libro “El triunfo de la razón” de Rodney Stark. La negrita es mía
[5] Recomiendo fervientemente la lectura de este libro, un gran éxito editorial en los años 70’s del siglo pasado. La traducción del título es lamentable. El original francés es: “Le matin des magiciens”. Tras leerlo, y con un poco de libertad poética yo lo hubiera traducido por “El amanecer de lo misterioso”. Pero…
[6] Uso la palabra ciencia en un sentido restrictivo, refiriéndome sólo a las ciencias duras, empíricas.
[7] Siddharta Gautama, en el siglo V A. de C. Fue el fundador del budismo y el primer Buda.
[8] Mircea Eliade, Historia de las creencias y de las ideas religiosas. Tomo IV, Las religiones en sus textos. Pag. 595.
[9] Bodhicharyavatara. Mircea Eliade. Historia de las creencias y de las ideas religiosas, Tomo II, Pag 222.

4 de octubre de 2019

Circuitos electrónicos, ordenadores, cerebro y alma



Soy ingeniero industrial. Del ICAI, para ser más exacto. Elegí la rama electrónica. Me apasionaba diseñar circuitos con microchips de lógica booleana. Mi “fallido” proyecto fin de carrera fue un circuito muy especial. Entre mi director de proyecto (75%) y yo (25%) diseñamos un circuito que servía para acoplar un alternador a la red en un barco. No me voy a extender en explicar qué demonios es eso, pero baste decir que el momento en el que la red eléctrica de un barco necesita más potencia, es necesario que se ponga en marcha otro grupo electrógeno que mueva una máquina que genera electricidad alterna (un alternador) que se acople a la red eléctrica a la que le falta potencia. Todo el proceso es extraordinariamente delicado. Sin electrónica, se hacía a ojo y, muy frecuentemente, un error en ese proceso hacía que el acoplamiento fallase, el alternador se rompiese y el barco quedase, durante un tiempo, sin suficiente potencia eléctrica. Si esto ocurría en más de una o dos ocasiones en una travesía, el barco tenía que entrar en puerto a reparar las averías, con el enorme coste en tiempo y dinero que esto suponía. Pero la electrónica vino a solucionar esto. Y entre mi director de proyecto y yo, diseñamos uno de los sistemas electrónicos pioneros para llevar a cabo esta delicada función. Tras una laboriosa puesta a punto (25% mi director de proyecto, 75% yo) el equipo funcionó a la perfección y la escuela de ICAI –que, como es razonable, tenía la propiedad intelectual– lo pudo vender a varias navieras para que lo instalasen en sus barcos[1].

Efectivamente, el circuito era una maravilla. Pero tenía un defecto. Sólo podía hacer eso. Lo hacía magníficamente, pero únicamente podía hacer eso. Más tarde entré a trabajar como ingeniero en una empresa pionera. Diseñaba circuitos que servían para controlar cualquier cosa a la que se conectase. Por ejemplo, podían estar “enchufados” a una planta química en la que se dosificaba la mezcla de varias sustancias, se controlaba la presión de la mezcla y su temperatura y se determinaba cuando la reacción química se había producido y se paraba el proceso. O se pesaba un camión de remolacha lleno y vacío, se leía el contenido en azúcar de la misma y, en función de estas cosas, se establecía el precio que había que pagar. Pongo estos dos ejemplos entre las varias cosas que hice. Pero tenía que tener buen cuidado de que las especificaciones del cliente estuviesen bien meditadas, porque una vez avanzado o terminado el diseño y la puesta a punto, ya no se podía pedir que hiciese una función más como, por ejemplo, medir y regular también la presión de la reacción química o añadir la variable humedad para determinar el precio a pagar por la remolacha. Haberlo pensado antes. Una vez que habías dotado al sistema de unos “sentidos” (sensores) y unos “brazos” (actuadores), el circuito servía para lo que servía y nada más que para eso.

Pero en los últimos meses de mi estancia en esa empresa, me encontré con los microprocesadores. Recuerdo la marca y el modelo: Era el INTEL8080. Fue un shock para mí. El microprocesador podía programarse. El hardware era siempre el mismo, pero el microprocesador podía hacer lo que tú le dijeses, con un software programable que podías cambiar tanto y tantas veces como quisieras, sin modificar el hardware básico. Eso dejaba un inmenso campo abierto. Se podían añadir casi tantos canales de entrada de los más diversos sensores (“sentidos”) o de salida hacia cualquier tipo de actuador (“brazos”). Sólo había que reprogramarlo. Cierto que el lenguaje de programación era un coñazo. El FORTRAN, COBOL y otros lenguajes simbólicos de la época eran para los grandes IBM’s para los centros de cálculo. El 8080 había que programarlo en “código máquina” y era algo muy laborioso. Pero podía hacerse. Por supuesto, aprendí a programar en “código máquina” e hice varios proyectos con el 8080. El microprocesador tenía, eso sí, una desventaja frente al circuito electrónico: Que sin programar es totalmente inútil.

Por aquel entonces, 1977, decidí que quería dedicarme a la gestión de empresas y me matriculé en el MBA del IESE donde me gradué en 1979 y di un giro radical a mi carrera profesional. Muchas veces me he preguntado qué hubiese sido de mi vida si hubiese seguido en el mundo del diseño de equipos electrónicos y programación de microprocesadores. Y siempre me he dado la misma respuesta: Ni lo sé ni me importa. Tengo la vida que tengo y no tengo ni una sola queja de la misma.

Llegados a este punto, Don Mendo diría: “¿Y a qué viene, vive el cielo, / cuando tan grande es mi duelo, / esta conseja endiablada / del cencerro y de la espada / y del farol y del celo?” Bueno, pues viene a cuenta de las dos primeras palabras del título de estas líneas. Tengo ahora que relacionarlas con las dos siguientes, cerebro y alma. El cerebro humano, a diferencia del del resto de los animales, es más un ordenador que un circuito electrónico. Los animales tienen un cerebro capaz de hacer magníficamente aquellas funciones para las que le ha diseñado la evolución. En el proceso de fabricación en serie de cerebros animales, a veces ocurre que en un se cambia una resistencia por un condensador o una puerta booleana Y por una O. Normalmente lo que ocurre es que ese cerebro queda inutilizado y el organismo que lo tiene es inviable. El error muere con él. Pero muy de cuando en cuando, ocurre que un error así, hace el cerebro mejor que el anterior para determinada situación. Y aparece un animal que, con ese cerebro hace mejor cosas que el anterior hacía peor o no podía hacer. Y ese animal, encuentra su nicho en el ecosistema, distinto del que ocupaba el anterior, y en él vive y se reproduce. Y lo que pasa con el órgano llamado cerebro, pasa también con el hígado o los brazos. Poco a poco, pequeños cambios se van acumulando hasta que se forma una nueva especie. Así funciona –de forma excesivamente simplificada– la evolución.

En un momento dado, hace unos tres y pico millones de años, apareció el primer homínido. El Ardipithecus Ramidus. Era ya bastante parecido a nosotros en lo que se refiere a su anatomía. Mucho más de lo que puedan serlo los actuales chimpancés. Caminaba erguido. Medía un metro y medio, pesaba 50Kg y su cerebro era de unos 350g. A partir de ahí, se fueron sucediendo diferentes especies. Australopithecus con distintos apellidos y, más tarde, el género Homo, también con distintos apellidos. En sus rasgos anatómicos se iban pareciendo cada vez un poco más a lo que ahora somos nosotros. Pero lo que realmente sorprende al ver la evolución de todas estas especies es la velocidad a la que crecía el cerebro. En el A. Ramidus la relación entre el peso del cerebro y el del cuerpo era de 7g/Kg. Los primeros Homo Sapiens, es decir nosotros, pesaban unos 70Kg, ya que no poseían el panículo adiposo que tiene el Homo Sapiens actual, y nuestro cerebro pesa 1,35Kg, lo que da un ratio de 19g/Kg. Es decir, casi triplicamos la relación[2]. Aunque nos parezcamos normales, somos un “bicho raro”. Muy “raro”. Es muy posible que, en esta evolución, nuestro cerebro “circuito electrónico” conviviese con la formación de un cerebro “ordenador”. Pero un cerebro “ordenador” sin software, como explicaré más adelante.

Esto no es una mera curiosidad, sino un hecho de gran importancia. El cerebro es uno de los órganos que más energía consume. Por lo tanto, un cerebro más grande de lo normal requiere una necesidad mucho mayor de búsqueda de alimentos. Además, si el Homo Sapiens adulto tiene esta relación, en un Homo Sapiens recién nacido esa relación es escandalosamente mayor. Una de las cosas que crea ternura hacia los bebés es su enorme cabeza. Conseguir alimentos para una cría así es un problema para una hembra de Homo Sapiens. Pero, además, complica enormemente el parto. Para nacer, el niño debe hacer una auténtica ginkana y, al final, sale con la cara mirando para atrás, cosa que no ocurre en el parto de ningún otro mamífero. Esto hace necesaria la presencia de otra hembra para limpiar las vías respiratorias del recién nacido. Las hembras chimpancés hacen esto ellas solas. Pero el momento del parto es de una exposición enorme a los depredadores y, en el caso de la hembra Homo Sapiens, además de ser mucho más largo, expone a dos hembras. Más aún, para que la pelvis de una hembra de Homo Sapiens pueda dejar pasar una cabeza así, el hueco que deja ese hueso tiene que ensancharse y, en consecuencia, se hace más frágil. Todo esto –y más cosas que no describo por brevedad– hacen de ese cerebro desproporcionado del Homo Sapiens y el Homo Neandertalensis un terrible hándicap evolutivo. No es de extrañar. Tener en la cabeza un “circuito electrónico” para funcionar en el día a día, al mismo tiempo que se va construyendo un “ordenador” sin “software” es algo muy complicado y caro. Por supuesto, estos hándicaps desaparecen totalmente cuando en ese cerebro “ordenador” aparece el “software”, es decir, la inteligencia. Pero, como vamos a ver, hay un desfase temporal importante entre la aparición de la especie Homo Sapiens anatómicamente igual a nosotros y la aparición del software-inteligencia y el lenguaje.

Efectivamente, el Homo Sapiens anatómicamente como nosotros apareció hace unos 200.000 años. Sin embargo, los primeros indicios de una inteligencia simbólica aparecieron hace tan sólo –en esta escala de tiempo– hace unos 30.000 años. Es decir, hay un “incómodo” gap de unos 170.000 años entre ambos fenómenos en el que la especie Homo Sapiens tuvo que soportar el hándicap de un cerebro desproporcionado, sin las ventajas de la inteligencia. ¿Se produjo ese cerebro por evolución? Sin la más mínima duda. Se puede seguir perfectamente el cambio evolutivo del cráneo en la evolución de los homínidos. Aunque la línea evolutiva que llega hasta nosotros no es una línea directa, sino que tiene diferentes ramificaciones, en el registro fósil puede apreciarse un continuo y progresivo crecimiento de la capacidad craneal. Pero la cuestión es cómo se puedo llegar a producir esa evolución de unos órganos que tienen un alto coste, ANTES de que aparezca la función que los hace útiles. Los seres humanos estamos acostumbrados subvencionar una actividad económica si creemos que puede ser rentable pasados unos años, aunque durante sus primeros tres o cuatro dé pérdidas. Pero eso no pasa con la evolución. La evolución jamás permitirá que aparezca un órgano cuya función no sea “rentable” de forma inmediata. De hecho, mientras que de las ramas evolutivas de las que se desgajó la que llevó al Homo Sapiens, hay en la actualidad bastantes especies –chimpancés, bonobos, gorilas, orangutanes, gibones, etc.–, toda la rama principal y las bifurcaciones de otras especies de homínidos están extintas. Es decir, la Especie Homo sapiens estamos solos en el género Homo y de los Ardipithecus y Australopithecus no queda nadie. Parece como si una vez cumplida su misión de transmitirnos su bagaje evolutivo hubiesen desaparecido completamente. Las causas de la desaparición son hasta hoy una cuestión tremendamente controvertida en la que hay profundos desacuerdos. Pero todo parece indicar que el cerebro era, a todas luces, un órgano demasiado caro para la evolución antes de tener la inteligencia. Es cómo si la evolución hubiese hecho una excepción a su ley de no dar subvenciones para permitir que la rama que lleva hasta nosotros subsistiese justo para cumplir con su relevo. Pero eso no es posible, evolutivamente hablando. A menos que…

Hace unas líneas he dicho que ese cerebro tan desproporcionado nos hacía a los seres humanos unos seres muy “raros”. Al menos tan raros como un toro de raza Hereford o un perro Chihuahua. Ambos son animales que no podrían existir si no los hubiese “producido” el hombre. Y el hombre los ha “producido”, por supuesto, por evolución. Ha ido criando ejemplares en los que, a través de cruces especialmente elegidos y una rigurosísima selección, se hayan desarrollado evolutivamente los caracteres que les permitiesen dar más carne o ser extremadamente pequeños. Pero ambos tipos de toros o perros serían incapaces de sobrevivir en la naturaleza. Los primeros morirían por ser demasiado torpes y los segundos por excesivamente delicados. Han llegado a ser como son y subsisten como raza porque el hombre los cuida[3]. Se puede sostener que la evolución del cerebro de Homo Sapiens sea un tipo de evolución “subvencionada”, como lo es la de los toros Hereford o la de los Chihuahua. La cuestión es que la evolución de los toros Hereford y los perros Chihuahua, la guía y la protege el ser humano. Pero, ¿quién ha guiado y protegido la evolución del Homo Sapiens? Ha debido de haber un alguien. Un alguien que ha ido cuidando a las especies que iban transformándose hacia el Homo Sapiens hasta que cumplían su función mientras construían su “ordenador”. Y, cuando, al final, éste ha estado listo, ese alguien le ha cargado el software de la inteligencia. Y aquí estamos. Convertidos en la “máquina” más eficaz de supervivencia que jamás hubiera podido soñar con producir la evolución natural.

Como soy más amigo de imágenes que de razonamientos abstractos, ilustraré esto con otra imagen. Imaginemos el arbusto de la vida. Es un arbusto frondoso que ha tomado una forma irregular pero que cabría en una cúpula semiesférica. Sin embargo, hay una rama que se aleja por el aire a una distancia varias veces mayor que el diámetro del arbusto y a una altura también varias veces mayor que la del arbusto. La vemos de lejos y nos preguntamos cómo se sostiene en el aire. Sospechamos que no se sostiene en el aire, sino que debe haber una guía, un pequeño alambre o una pequeña guita en la que esa rama se apoye para poder llegar tan lejos y tan alto. No la vemos, pero es la explicación más plausible. Y, al final de esa rama, vemos el fruto. Grande, jugoso, de aspecto sabroso. El único fruto de todo el arbusto. Por más que rebusquemos en él, no encontraremos  ni un fruto igual.

Pero volvamos al “software”. Cuando nuestro cerebro ordenador estuvo listo, ese alguien que parece haber guiado su desarrollo le inyecto el “software”[4]. Pero cuando se habla de software, hay que tener en cuenta que hay diferentes capas de software. Por ejemplo, yo estoy escribiendo estas líneas en un programa llamado Word. Puedo usar otros programas como Excel, Power Point, Access, Acrobat, PDF, etc. Estos son programas cuyas reglas de funcionamiento conozco y uso para mis propios fines. Pero ninguno de estos programas funcionaría si no tuviese una capa inferior, que es el sistema Office, que integra estos programas. Y yo no tengo ni idea de cómo es ese programa Office. Sólo sé que tiene que estar ahí para que el Word funcione. Y, por debajo del Office, funciona al Windows, mucho más misterioso. Y, todavía más abajo hay un sistema operativo que traduce todo a código máquina. Porque al final, al igual que me pasaba a mí con el INTEL8080, todo lo que hace un ordenador se reduce a 1’s y 0’s. De todo eso que hay debajo, yo sólo percibo la pinta del iceberg, el Word y otros programas. La inteligencia, la voluntad, la memoria[5], etc. Son el equivalente a esos programas. Pero por debajo hay algo, imperceptible, no detecatable, mucho más difícil de definir, como la consciencia, la capacidad de buscar la verdad, el anhelo de la bondad o la capacidad de extasiarse ante la belleza. Y aún más abajo, como el sistema operativo que permite que lo de más arriba funcione, está el alma.

El hardware de un ordenador es algo físico y material. Y como todo lo físico y material, sujeto a deterioro. El sofware, en cambio, puede guardarse en diferentes soportes y, aunque el hardware se deteriore, salvaguardarse de forma casi indefinida. De la misma manera, aunque el cuerpo humano se deteriore y, al final, muera, todo nuestro software, todo lo que hayamos escrito en el Word de nuestra vida, calculado en nuestro Excel, almacenado  en nuestro Acces, podrá ser conservado ad eternum. Y creo que el que diseño nuestro software, lo guardará en sus circuitos eternos, depurará las faltas de ortografía de nuestro Word, las fórmulas erróneas de nuestro Excel o los links de búsqueda sin salida de nuestro Acces. Más aún, podrá combinar y conectar, en su soporte eterno,  todos esos programas míos con los del resto de los seres humanos. Así, en ese nuevo soporte, experimentaré dentro de mí la bondad de un san Francisco de Asís o de una Madre Teresa, la belleza plástica sentida por un Chagall o la auditiva de un Mahler, las profundas verdades escrutadas por un Tomás de Aquino o un Husserl, todo en una unidad magnífica que sea infinítamente más que la suma de sus partes, porque estará insertada, enriquecida, purificada, multiplicada, exaltada, por la conexión y contemplación del SOFTWARE eterno y primigenio. Por Dios. Allí espero encontrarme algún día congregado en la unidad con todos los seres humanos, por la benevolencia y misericordia de ese SOFTWARE que es Dios.


[1] Alguno se puede estar peguntando por qué he escrito mi “fallido” proyecto de fin de carrera. Pues porque después de mi 25% de diseño, de mi 75% de puesta a punto y de escribir una breve pero precisa memoria, el profesor de la asignatura de proyectos, cuando le presenté la memoria, la miró de canto y dijo, sin abrirla: “Esto hay que engordarlo”. Tuvimos un “pequeño altercado” y, aunque el equipo funcionó en barcos de verdad, no hubo manera de que mi proyecto fuese aceptado. Cosas de la vida.
[2] Hago en esto una simplificación, por no complicar estas líneas. Esta simplificación sería demasiado burda si estuviese comparando a un hombre con un elefante. Pero para animales con un peso corporal parecido no es una simplificación grave.
[3] La evolución artificial, guiada por el hombre, ha sido capaz de crear nuevas razas, pero jamás ha producido una especie nueva. Caben pocas dudas, sin embargo, que una continuación de este proceso durante suficiente tiempo, acabaría produciendo nuevas especies.
[4] En la entrada del 19-IX-2019, titulada “Una reflexión sobre el libro “Sapiens” de Yubal Noah Harari”, explico por qué me parece prácticamente imposible que nuestra inteligencia venga por evolución.
[5] No me refiero a la memoria como lugar de almacenamiento de recuerdos, que sería puro hardware, como lo son los megas de un ordenador, sino a la memoria que me permite organizar, buscar, extraer, relacionar, etc. esos recuerdos. Esta memoria es al puro hardware como el programa Acces es a la memoria de megas del ordenador.

27 de septiembre de 2019

Visiones sobre el cambio climático


El post de este viernes ha surgido como por ensalmo de dos cosas que me han mandado esta semana por WhatsApp y otras que he buscado y escrito yo mismo.

La primera es un artículo de “El Mundo” del 25 de Febrero de 2001 en el que se hacían unas apocalípticas previsiones de las consecuencias del cambio climático para 2020, o sea, para mañana. Al leerlas causa estupor el ridículo de las mismas. Tanto que he querido comprobar si era una burda manipulación. Hasta donde he podido averiguar, el artículo es tan auténtico como ridículo. Ahí tenéis el link.

El segundo WhatsApp es un artículo de Libertad Digital en el que se desempolva la polvareda levantada por el ex presidente de los EEUU Al Gore por anunciar el Armagedon al que nos iba a llevar el cambio climático. Su documental “Una verdad incómoda le valió el Oscar al mejor documental en 2007 y, lo que es peor, el Premio Nobel de la Paz en ese mismo año.

Tras leer estos dos artículos, me pareció sorprendente la falta de sentido crítico y la facilidad de manipulación de los ciudadanos españoles que, según un estudio llevado a cabo este mes de septiembre por el Instituto Elcano, vemos que los españoles no albergamos ni siquiera la sombra de una duda sobre el peligro apocalíptico del cambio climático.

Por último, leí la otra cara de la moneda. Una entrada en el blog de Fernando del Pino, el 25 de septiembre de este año, sobre el mismo tema. Fernando del Pino representa la faceta negacionista del cambio climático –aquí no pasa nada–  que me parece casi, casi, tan irracional, irresponsable y sesgada por las ideas políticas como la visión apocalíptica que pretende que el mundo se paralice.
El efecto de la hemeroteca es terrible, aunque haya gente que ni se entere. Entonces recordé que yo había escrito en Febrero de 2008 unas páginas, que publiqué en mi blog, sobre mi percepción del cambio climático. Las leí, debo decir que con cierta aprensión. Sólo vagamente recordaba lo que escribí entonces y casi 12 años son muchos años que pueden hacer que algo escrito denote su obsolescencia. Pero no, cuando lo leí, me sentí satisfecho.  Ciertamente, hay matices que si lo escribiera ahora, los cambiaría. Pero he preferido poner el link a tadurraca para que se pueda leer tal y como lo escribí hace casi 12 años. Aparte de matices, sí que he evolucionado bastante en una cuestión. Ahora estoy mucho más convencido de que la tecnología es perfectamente capaz d hacer que, lo que pueda tener de verdad parcial el cambio climático, pueda ser revertido por los avances tecnológicos. Pero ahí va lo que escribí entonces. Tal cual.

Al que quiera formarse una idea sobre este tema, le recomiendo el libro “Historia de los cambios climáticos” de José Luis Comellas. En sus dos últimos capítulos coincide en la perplejidad que yo expreso tener sobre ese tema en mi escrito de tadurraca y en la necesidad de una sensata prudencia en espera de que la tecnología haga fútil el problema.

20 de septiembre de 2019

Desigualdad, pobreza y justicia social


La desigualdad se ha convertido en un mantra repetido por la izquierda una y mil veces hasta que ha llegado a calar en la mente de la buena gente y que ésta acepte como un dogma de fe que es una grave injusticia y la culpa de todos los males de la sociedad. Males causados, naturalmente por los perversos ricos, sean éstos empresarios de éxito o directivos con sueldos millonarios. Esto se refleja de muchas maneras en conversaciones, noticias, foros, conferencias, homilías, etc. Degenera en la creación de índices de pobreza relativa que definen como pobres a aquellos que pertenecen a una unidad de consumo (familia) que tenga unos ingresos per cápita de menor de un determinado porcentaje de la mediana[1] de ingresos per cápita de todas las unidades de consumo (familias). Eurostat define ese porcentaje en el 60%. Es decir, toda aquella persona que pertenezca a una familia cuyos ingresos per cápita sean menores del 60% de la mediana, son considerados pobres, en términos relativos. Definida así, es obvio que en cualquier sociedad, por opulenta que sea, siempre habrá pobres relativos. Lo que ocurre es que inmediatamente, la palabra relativa desaparece y, entonces se oyen cosas como: “En España un 30% de sus habitantes vive en la pobreza”. O, todavía más dramáticamente. “En España, un tercio de los niños pasan hambre”. O, con un carácter más general la falsa e insidiosa frase: “Los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres”. Armas de propaganda que la izquierda siempre ha usado con eficacia ante la credulidad de la buena gente. La izquierda siempre cuenta con la buena gente para el éxito de su ideología. Así es su propaganda. Dicho esto, ciertamente, hay desigualdades. Pero no todas las desigualdades son iguales y los deberes de la justicia no son los mismos para cada causa.

La primera causa de desigualdad proviene de hándicaps graves que pueda sufrir una persona de forma totalmente ajenos a su voluntad o a su proceder vital. Hay personas que nacen con minusvalías o que esas minusvalías se las producen enfermedades o accidentes. No tengo la más mínima duda de que la una sociedad civilizada y próspera debe hacer todo lo que esté en su mano para paliar las consecuencias de estos hándicaps. Sí me cabe duda, en cambio, sobre si esa exigencia de es algo que debe ser llevada a cabo por el estado en nombre de la Justicia –con mayúsculas– o más bien es una obligación moral de las personas. Creo que sólo en el caso de que la sociedad civil, es decir, los ciudadanos, libremente, no creen la posibilidad de que se ayude a esas personas, sólo en ese caso, podría estar justificado que interviniera el estado de forma subsidiaria, imponiendo esa ayuda. Alguien podría pensar que eso de que la sociedad civil no cubra las necesidades de esas personas con algún tipo de hándicap, ocurre siempre. Pero no es verdad. Nunca en la historia ha habido más ayuda de los ciudadanos más ricos o de clase media hacia los más pobres, de lo que hay en este momento histórico. Y eso, a pesar de la pesada y creciente carga fiscal que los estados cargan sobre los hombros de los llamados ricos. Si uno paga un tipo marginal de su renta de, digamos, el 40%, es difícil que no llegue a pensar que ya no tiene ninguna obligación adicional. A pesar de ello hay muchísimas personas, ricos y clases medias, que, tras pagar impuestos astronómicos, siguen aportando dinero para ayudar a los más desfavorecidos. Cuanto más si no tuviesen que soportar una carga fiscal tan pesada. Pero, insisto, si la sociedad civil no fuese capaz de atender estos casos, entonces, la intervención del estado sería aceptable e, incluso, necesaria. Por si fuera poco, las ayudas del estado suelen irse dilapidando por el camino hacia su destino y, a menudo, los receptores de las ayudas no son las que las necesitan. En cambio, las ayudas canalizadas por la sociedad civil (ONG’s, Fundaciones, Iglesia, particulares, etc.) llegan casi siempre con menos “desviaciones” y aciertan mucho más con los que las necesitan.

Dejando aparte estos casos, la sociedad debe promover la igualdad de oportunidades, pero en modo alguno debe forzar a la igualdad de resultados. Pero ocurre que hay muchísimas personas que, aunque la sociedad les provea de una razonable igualdad de oportunidades, se dedican a dilapidar voluntariamente esa igualdad. En una sociedad rica, se generan personas que piensan que, por el hecho de pertenecer a esa sociedad tienen derecho a unos ingresos mínimos garantizados. Y, cuanto más próspera es una sociedad tantas más personas creen tener ese derecho. Sin embargo, nada más lejos de la realidad que la existencia de ese derecho. ¿En nombre de qué principio una persona sana y con capacidad de trabajar, que ha tenido oportunidad de formarse, puede exigir ese derecho? Más aún, dado que no hay derechos sin obligaciones, esas personas cometen el abuso de creer que su supuesto derecho no tiene que relacionarse con una obligación suya, sino que esa obligación debe recaer sobre otros. ¿Sobre quién? Naturalmente, sobre los ricos y clases medias, a través de los impuestos. Es decir, piensan que las personas que sí han aprovechado sus oportunidades y que han elegido libremente dedicar un gran esfuerzo al desarrollo de su potencial, tienen el deber de proveerles esos ingresos a los que creen tener derecho.

El problema de todo esto es que no existe un equilibrio estable en este proceso. Cualquier concesión estatal en el sentido de eliminar desigualdades a base de quitar dinero a los “ricos” para dárselo a los “pobres”, es un incentivo perverso que desplaza ese equilibrio hacia la existencia de más personas que creen tener ese derecho, cada vez en mayores cantidades, y menos personas que estén dispuestas a que esa obligación, cada vez más pesada, recaiga sobre sus hombros. Esto produce un aumento de las personas que exigen ese derecho y una disminución de los que crean la riqueza para que se puedan generar los impuestos que abastezcan a los primeros. Por supuesto, el estado tiene poder para llevar a cabo una exacción tan grande como quiera sobre los ingresos de los “ricos”. Pero si se hace así, el incentivo de éstos para crear riqueza disminuirá, mientras que el incentivo para esperar que otros mantengan a los que creen tener ese derecho, aumentará. Y si los incentivos se comportan así, cada vez habrá más personas con ese supuesto “derecho” y menos con esa “obligación”. Y esto crea más votantes para realimentar ese desequilibrio y menos para corregirlo, con la consiguiente deriva política. Y en esta deriva, todo se hace mucho más convulso. Una amiga mía, luchadora incansable contra la pobreza en República Dominicana a través de una entidad dedicada a las microfinanzas, tiene una frase memorable y muy precisa. Dice: “El subsidio crea dependencia, la dependencia crea resentimiento, el resentimiento crea odio y el odio crea violencia”. ¿Alguien percibe que algo así está pasando en España? Yo, desde luego, lo veo claro. Y en ese caladero encuentran su caldo de votos ciertos partidos políticos.

Al que, aprovechando sus oportunidades, consigue éxito profesional se le mira lo que gana y empiezan los cantos de sirena a decir que gana demasiado. Pero nadie ve cómo esa persona, desde niño, se dedicó a estudiar duramente, compatibilizando estudios y trabajo, luego buscó empleos con responsabilidades, se esforzó enormemente, trabajaba para el logro de sus objetivos sin importarle el tiempo y el esfuerzo, fue ascendiendo dentro de las empresas en las que estaba, no se acomodó en su zona de confort y, así, poco a poco llegó a ganar un buen sueldo o, incluso, un sueldazo. Tal vez emprendió un negocio como autónomo dedicándole horas, esfuerzo y preocupaciones. Tal vez formó una familia por la que dejarse la piel, cosa de la que los perroflautas huyen como de la peste. Tampoco ve nadie cómo muchos de sus compañeros de clase en el colegio o la universidad le consideraban un friky pringado. Luego, estos, buscaron –si lo hicieron– un trabajo sin ninguna responsabilidad, que permitiese que el bolígrafo se les cayese a la hora en punto de acabar el horario. Otros ni eso, porque, ¿para qué, si el estado me tiene que mantener? No formaron una familia porque, ¡menuda responsabilidad!, ¡vaya lío!, mejor hago como Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como. Pero estos segundos pretenden comparar sus sueldos –o sus subsidios– con el otro. Dicen: “¡Gana cien veces lo que nosotros! ¡Qué injusticia! ¡Alguien –el estado, por supuesto. Siempre que en este contexto se dice “alguien” ese alguien es el estado– debería regular –léase imponer– un sueldo menor para él o quitarle con impuestos una buena parte de lo que gana para dárnoslo a nosotros! ¡Votaremos al partido que más se acerque a ese desiderata!” Por supuesto, de ninguna manera, estos querrían igualar también la carga de esfuerzo, de trabajo y de responsabilidad que les separa del “rico”. ¡No por Dios! Que dependan de ti dos mil personas o que tengas que viajar 150 días al año o perder el sueño para ver cómo pagas la nómina de las seis personas que trabajan en tu PYME es un horror que no están dispuestos a aceptar. Sólo quieren igualar los ingresos. ¡Faltaría más!

¿Hasta cuándo puede seguir ese proceso? Hasta que el problema se hace irresoluble y el sistema colapsa. Pero es que eso es, precisamente, lo que busca la izquierda radical gramsciana. Que el sistema colapse para que aparezca un descontento creciente que cree lo que ellos llaman las “condiciones objetivas”, para conseguir ganancia de pescadores en el río revuelto. Por supuesto, la izquierda socialdemócrata no quiere eso. Pero una vez que entra en el juego, se trata de pescar votos en ese caladero y, por tanto, de profundizar consciente o inconscientemente en ese juego. La izquierda gramsciana tiene un nombre para estos. Les llama “tontos útiles” o “compañeros de viaje”. Compañeros de viaje que serán rápidamente descartados una vez que se llegue al colapso. Pero la cosa sería menos grave si sólo fuese la socialdemocracia la que entrase en ese juego. Pero no, no es sólo ella. Partidos que se autodenominan liberales, al ver cómo cerrarse a ese proceso les puede hacer perder votos por la izquierda, se apuntan al mismo y empieza la subasta demagógica.

La virtud de la justicia se define en el diccionario de la RAE como “El principio moral que lleva a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece”. O, en menos palabras, “El principio moral que lleva a dar a cada uno lo suyo”. El problema está en ver qué es lo suyo de cada uno. ¿Es lo suyo recibir algo a cambio de nada pudiendo haberse esforzado para aprovechar la igualdad de oportunidades que haya? Para mí, no lo es. Eso no es lo suyo. ¿es suyo el dinero que una persona gana honrada y honestamente por haber aprovechado la igualdad de oportunidades que se le haya podido presentar y haberse esforzado? Para mí sí lo es, con independencia de cuánto gane. Y creo que esta opinión es tan razonable que es difícil que nadie, con un sano juicio opine lo contrario. Es más, si aplicásemos esta definición strictu sensu de justicia al primer tipo de desigualdad, a la que nace de un hándicap de cualquier tipo que alguien pueda tener, la ayuda a quienes sufren esta desigualdad, no sería una cuestión de justicia. Sería una cuestión de caridad, que la RAE define como “la actitud solidaria con el sufrimiento ajeno”. Solo en una séptima acepción la RAE vincula la caridad a una virtud cristiana. Y no es lo mismo caridad que filantropía. La filantropía es, siempre según la misma fuente el “amor al género humano”. A veces la gente considera que la justicia obliga, pero la caridad no. No sé si la caridad obliga a todos, pero, desde luego, a los cristianos sí que nos obliga, y de forma muy grave. Y creo que también la conciencia de cualquier hombre de buena voluntad, sea ateo, agnóstico o practique la religión que practique, también le hace sentirse obligado. Por lo menos, tanto como la justicia. Pero no es lo mismo. Si el estado interviene para ayudar a los necesitados por razón de una limitación involuntaria, lo hace en nombre de la caridad, le guste o no, esté de moda la palabra o no lo esté, pero no en nombre de la justicia.

La igualdad de oportunidades sí que es, en cambio, algo que le corresponde y pertenece a todas y cada una de las personas. Por tanto, sí es un deber de justicia y un derecho de todos y cada uno y sí debe, por tanto, ser protegido y garantizado por un sistema de leyes justo. Por supuesto, no hay ni un solo país en el mundo en el que la igualdad de oportunidades sea perfecta. Eso obliga a ciudadanos y gobernantes a esforzarse por mejorar todos aquellos aspectos que aumenten la igualdad de oportunidades y a luchar contra todo lo que la merme. Lo que debería llevar a que nadie se quede sin una educación de calidad por no tener medios económicos y a remover o mitigar todo aquello que dificulte estas oportunidades a las personas con algún hándicap, del tipo que sea. La primera igualdad de oportunidades es la igualdad ante la ley y la seguridad jurídica. Pero el hecho de que la igualdad de oportunidades no sea siempre imperfecta, no da derecho a vulnerar el principio moral de la justicia, que es “dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece”. Luchar por la justicia en la igualdad de oportunidades no debe confundirse con vulnerar la justicia dando a algunos lo que no les corresponde o pertenece a costa de quitárselo a otros. Eso es pensar que se puede sacar un bien a partir de un mal, lo que supone un error importante.

Después de hablar de la desigualdad y del equívoco y torticero concepto de la pobreza relativa alentado por la izquierda y coreado por muchos, sí que me importa hablar de la pobreza. La de verdad. La que hace que alguien no tenga un mínimo necesario para vivir dignamente[2]. Se dice que viven en pobreza extrema los que lo hacen con unos ingresos de 1,9$ al día (27$ al mes). Evidentemente, esos viven en la pobreza extrema. Pero, desde luego, los ingresos para poder vivir dignamente están muy por encima de esos 1,9$ diarios. Sin embargo, es cierto que, por primera vez en la historia de la humanidad, el número de personas que viven por debajo de esa pobreza extrema es menor del 10%, es decir, menos de 70 millones de personas. Por supuesto, esto no sólo no debe satisfacer a nadie, sino que nos debe poner los pelos de punta. Pero lo cierto es que cada vez hay menos personas bajo la línea pobreza extrema. El Banco Mundial estima que en 1990 eran más de 1.800 millones las personas las que vivían por debajo de esa línea. Y el objetivo de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS’s) es que en 2030 no haya nadie que viva por debajo de esa línea[3]. Desde luego, tampoco entonces deberíamos estar tranquilos. No sé dónde se sitúan los ingresos mínimos para vivir con dignidad, pero desde luego, muy por encima de esos miserables 1,9$ diarios. ¿Y cuál es la causa de que haya todavía ese inaceptable nivel de pobreza?

La respuesta demagógica y falsa a esa pregunta es que la culpa de la pobreza la tienen los ricos. Esa respuesta se basa en un punto de partida totalmente falso. A saber. Que hay una cantidad fija de riqueza a repartir, es decir, el reparto de la riqueza es un juego suma 0. Si esto fuese así, los pobres serían pobres porque los ricos son ricos y apropiándose injustamente de la riqueza de otros, condenan a éstos a la pobreza. Pero hay pocas cosas más falsas que eso. Porque, a diferencia de la materia y la energía, que ni se crean ni se destruyen, la riqueza sí que se crea (y, por desgracia, también se destruye). Y la crean, precisamente, los que se han hecho ricos honestamente, es decir, descubriendo productos y servicios que hacen mejor la vida de la gente y generándolos a un coste que los haga asequible. Eso es lo que ha hecho ricos a personas como Bill Gates, Jeff Bezos, Tim Cook, Amancio Ortega o Juan Roig, por poner tan sólo algunos ejemplos destacados de entre los millones de personas anónimas que crean riqueza para muchos millones de personas. Cuando afirmo que, por ejemplo, Tim Cook crea riqueza, no me estoy refiriendo sólo a los que trabajan para Apple y ganan un sueldo. Me refiero también a mí, que gracias a Apple tengo en el bolsillo un chisme que, a un precio razonable que me permite hacer cosas útiles para mí y para mucha gente que ni en sueños podría hacer sin ese artilugio. Podría pensarse que esa riqueza que me llega a mí, no le llega al pobre de solemnidad. Seguramente al que vive por debajo de los 1,9$ al día, esa riqueza no le llegue. Pero sé de agricultores de los andes peruanos que pueden acceder a infinidad de servicios, microfinanzas entre ellos, gracias a un smartphone que, desde luego, no es un Apple, pero que no existiría si no existiese Apple y que sí está a su alcance. La penetración de smartphones en el mundo no para de crecer y lo hace en los cinco continentes y entre la gente que, sin estar por debajo de los 1,9$ al día, son pobres de solemnidad. Y lo mismo podría decir de millones de empresas y millones de personas que crean riqueza en forma de sueldos y millones de productos útiles para otros muchos más millones de personas.

Sin embargo, sí que hay unos ricos que lo son a base de chupar la sangre de los pobres. No son ninguno de los que he citado más arriba. Son los tiranos que, en general, gobiernan los países más pobres de los países más pobres de la tierra, situados, en su mayoría, en el África subsahariana y en Asia meridional donde, como se ha visto en una nota a pie de página se concentra el 80% de la pobreza extrema. Esos países en los que viven la inmensa mayoría de la gente que vive por debajo de los 1,9$ al día están, con alguna excepción, gobernados por sátrapas que detentan todo el poder y que han decidido que en sus países sólo pueden ganar dinero ellos y sus amigotes o los que les sobornan. Para estos tiranos, que alguien de su país gane dinero es un peligro. Porque si millones de sus súbditos ganase lo suficiente para vivir con dignidad, lo siguiente que pedirían es participar en el poder de una u otra forma. Y eso sería el fin de la riqueza de los sátrapas. Por eso, cada vez que alguno de sus súbditos saca la cabeza un poco por encima de la pobreza, se la corta. Eso crea una inseguridad jurídica brutal que lamina cualquier incentivo que los habitantes de esos países puedan tener para generar riqueza. Es decir, los tiranos no sólo les condenan a la pobreza económica, sino también, y más grave si cabe, a la pobreza antropológica, al privarles de la más mínima oportunidad de prosperar. Porque los pobres del mundo no son pobres porque sean tontos. La mayoría son más listos que muchos de los acomodados ciudadanos de los países prósperos. Pero piensan que para qué se van a esforzar en generar riqueza para ellos, y de rebote para muchos, si se la van a quitar en cuanto destaquen un poco. Y esa es la pobreza antropológica, que se mete en el alma y la mata. Si los pobres de los países pobres tuviesen seguridad jurídica, la pobreza desaparecería en dos generaciones. ¿Hace falta que ponga ejemplos de países en los que ha tenido o está teniendo lugar ese proceso de retroceso drástico de la pobreza? Ahí van. Corea del Sur, muchos países de Hispanoamérica, China (a pesar de su régimen comunista). O, para no irnos tan lejos, Irlanda o España si nos remontamos 80 o 90 años en el tiempo.

Contra esos ricos es contra los que hay que indignarse. Lo que ocurre es que es muy poco lo que los países ricos pueden hacer para eliminar a esos tiranos. Tienen que ser los habitantes de esos países los que se rebelen y eliminen a sus tiranos. Esa ha sido la historia de Europa desde hace muchos siglos. Y, aunque de manera distinta, la de los EEUU y Australia o Nueva Zelanda. Pero no hay atajos. Pocas cosas –o ninguna– tienen posibilidades de que los pobres de esos países salgan de su pobreza, aparte de la seguridad jurídica. Y lo que más ayuda a esos tiranos a perpetuarse es que su población, en vez de luchar contra la tiranía y los privilegios de los poderosos, como ha ocurrido en la historia de Europa, decida irse del país. Sobre todo si son los pocos que podrían considerarse la “clase media” del mismo. Menos gente con capacidad para cuestionar su poder; el paraíso de los tiranos. Esa es la causa de las pateras. Los que vienen en ellas no son los más pobres de cada país, aunque a nosotros nos lo parezca. Son los que pueden pagar a las mafias las cantidades que cobran, es decir, las “clases medias”. Y el tirano piensa. “A enemigo que huye, puente de plata”. Y no sólo permite esas mafias, sino que generalmente, participa en sus pingües beneficios. Esos son los causantes de la pobreza, de las pateras, de las muertes en el mediterráneo, de las vallas, del cierre de fronteras, de las concertinas, etc., etc., etc.

Así que basta ya de demagogia barata. Ojalá haya muchísimos más ricos del estilo de los Tim Cook o Juan Roig o de los ricos anónimos que crean riqueza para millones. Potenciemos su existencia en vez de ponerles palos en los radios de la rueda de su bicicleta. Y dejémonos de corear la cantinela demagógica de la desigualdad y de los torticeros índices de riqueza relativa.


[1] La mediana es la renta que hace que el número de familias con una renta mayor sea igual al número de familias con una renta menor.
[2] ¡Ojo!, la palabra dignidad es otra de esas palabras que se usan de una manera torticera e intencionada por la izquierda, también en términos comparativos.
[3] Aunque efectivamente, el Objetivo nº 1 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible es que en 2030 nadie viva por debajo del umbral de pobreza absoluta, parece que el Banco Mundial no ve esto como posible. El 80% de las personas que viven en la pobreza extrema se concentra en el África subsahariana (Angola, Burundi, Cabo Verde, República Centroafricana, República Democrática del Congo, República del Congo, Costa de Marfil, Eritrea, Etiopía, Guinea, Kenia, Lesoto, Liberia, Madagascar, Mauritania, Mozambique, Sierra Leona, Somalia, Sudán, Swazilandia, Tanzania, Uganda y Zimbabwe) y Asia Meridional:
(AfganistánBangladésButánIndiaIránMaldivasNepalPakistán y Sri Lanka). Es fundamentalmente en estos países en los que es más difícil erradicar la pobreza y, con excepciones, son países en los que la seguridad jurídica es inexistente debido a que están gobernados por sátrapas de los que hablaré más adelante. Adjunto algunos links que tal vez puedan ser de interés.