11 de diciembre de 2017

Frases 12-XII-2017

Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.

Es preciso darse plenamente para que la verdad se dé. La verdad no sirve más que a sus esclavos.
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Eres un consagrado: debes querer lo que quiere la verdad; consiente en movilizarte por ella, en establecerte en sus propios dominios, en organizarte y, como inexperto que eres, en apoyarte en la experiencia de los demás.

D. Sertillanges. La vida intelectual.

3 de diciembre de 2017

Reflexiones en voz alta sobre el bitcoin y conceptos relacionados

En las últimas semanas, el bitcoin se ha convertido en una estrella mediática. Todo el mundo habla de él, sin tener ni idea de lo que es, y se pregunta si debería invertir en bitcoins para forrarse. Vaya por delante que yo, personalmente, antes me dejaría arrancar un brazo de cuajo que meter en bitcoins algo que supere el 1% de mi patrimonio líquido. Y, tal vez, ni eso. Pero no pretendo en estas páginas hacer una recomendación sobre la inversión en bitcoins, sino aclarar un poco qué es eso del bitcoin y, de paso, algunos conceptos relacionados con él. Y digo aclarar un poco, porque hay muchas, muchísimas y muy profundas lagunas en lo que conozco de él. Casi me podría catalogar en la categoría de ignorante. Pero con lo poco que sé y otro poco de sentido común y de conocimientos de economía y finanzas, creo que puedo decir algo medianamente interesante. Pero basta de excusatio non petita; ahí voy.

El bitcoin es una moneda artificial. A las monedas artificiales como el bitcoin se ha dado en llamarlas criptomonedas aunque, como veremos más adelante, no tienen por qué responder al apelativo de cripto, en su sentido de secreto. Creo que sería más adecuado llamarlas monedas virtuales. Pero vayamos poco a poco.

En 2009, alguien –o alguienes– desconocido, de quien sólo se sabe el alias de Satoshi Nakamoto, diseño un programa de ordenador que creaba una unidad de una moneda virtual llamada bitcoin a cambio de aproximadamente 1 centavo de $. El algoritmo de ese programa fijaba que el número de bitcoins nuevos que se podía crear debía dividirse por dos cada cuatro años. Eligió como unidad de tiempo un periodo de 10 minutos, de forma que, para que la cantidad de bitcoins creados se dividiese por dos cada cuatro años, cada 10 minutos no podían emitirse más que un 99,99967…% de lo emitido los diez minutos anteriores. Con esta tasa de reducción cada 4 años, o su equivalente cada 10 minutos, se ponía un límite máximo a la cantidad total de bitcois que podría llegar a haber. Esta cantidad está en 21 millones de bitcoins y se alcanzará en el año 2140. Es decir, si el bitcoin hubiese mantenido su valor inicial, el total de los bitcoins alcanzaría en 2140 un valor menor de 210.000 $. Sin embargo, a día de hoy, en que se llevan emitidos 17 millones de bitcoins y que cada bitcoin alcanza un valor de unos 10.000$, el volumen de esta moneda virtual alcanza los 170.000 millones de $. Es decir, el que compró un bitcoin en 2009 por un centavo, tiene ahora 10.000$, obteniendo por tanto una rentabilidad de casi el 600% anual acumulativo.

Ante esto, se me ocurren tres preguntas. La primera: ¿Pensaban los creadores del bitcoin que algo así se podría producir? Apostaría cualquier cosa a que no. Creo que en el principio todo el asunto se veía como un juego gracioso de frikis informáticos. Si alguien se pregunta si los fundadores del bitcoin han ganado algo con ello, la respuesta es NO. A menos que hayan invertido ellos también, como cualquier otro, en sus bitcoins. Pero lo cierto es que nadie, ni siquiera ellos, tienen ningún control sobre el precio de la moneda virtual que han creado. De garantizar eso se encarga la tecnología block chain de la que hablaré en un próximo artículo. La segunda pregunta es más difícil de contestar: ¿Cómo ha podido llegar a multiplicarse por 1 millón de veces el valor del bitcoin? Y, la tercera es la más importante: ¿Qué pasará en el futuro con esta moneda virtual? A contestar estas dos últimas preguntas dedicaré las siguientes páginas. Pero para contestarlas hay que profundizar un poco en qué es lo que hace que una determinada moneda real tenga el valor que tiene.

El valor de una moneda respecto a otras se forma, como cualquier precio, por la ley de la oferta y la demanda. Si mañana todo el mundo que tiene euros quisiera comprar dólares, habría una enorme demanda de dólares y una enorme oferta de Euros. Como consecuencia, el dólar subiría y el euro bajaría. Pero esta respuesta no sirve para nada. Porque la cuestión radica en saber por qué demonios mañana puede haber más gente que quiera comprar dólares de la que quiera comprar euros. Y, para contestar a esta cuestión hay que considerar varias cuestiones macroeconómicas.

La primera requiere asomarnos a la economía real. Yo me gasto el dinero en euros, porque es la divisa en la que el Corte Inglés, Benetton o, incluso Tommy Hilfiger, que es americana, me venden un jersey en España. Por lo tanto, la empresa en la que trabajo tiene que pagarme el sueldo en euros y cobra sus ventas en euros o, si le pagan en dólares, tiene que vender esos dólares por euros para poder pagarme el sueldo. Pero si mi empresa tiene que comprar algo a una empresa de EEUU importándolo de allí, tendrá que pagar a esa empresa americana en dólares (o, si le paga en euros, la empresa americana tendrá que vender esos euros por dólares), para lo que tendrá que vender euros para comprar los dólares para pagar lo que compra a esa empresa de los EEUU. Así pues, los euros son necesarios para comprar y vender cosas producidas en Europa y los dólares para hacer lo propio con cosas producidas en EEUU. Así pues, si el PIB de Europa crece, parece razonable pensar que será necesario que haya más euros y lo mismo pasa con los dólares si el PIB americano crece. Y si el PIB americano crece más que el europeo, harán falta más dólares para comprar los bienes que se producen allí, y el precio de dólar subirá. Por supuesto, si mañana el Corte Inglés admitiese como cosa corriente que la gente le pagase en dólares e hiciesen lo mismo todas las empresas de Europa, al día siguiente yo no tendría ningún inconveniente en que me pagasen el sueldo en dólares y el euro iría desapareciendo como divisa. Esto ha pasado en Europa con la aparición del Euro y la desaparición de todas las divisas locales de cada país. Eso fue un acuerdo político global, pero no hay nada práctico que impida que ocurra en un país por consenso libre de los ciudadanos, a través de un proceso gradual en el que una moneda vaya poco a poco sustituyendo a la otra en un más o menos largo periodo de coexistencia. Es, sin embargo, un fenómeno altísimamente improbable.

La segunda cuestión que influye en la oferta y demanda de una divisa hay que buscarlo en la economía financiera. Si hay mucha gente que quiera tener sus ahorros en dólares, con independencia de en donde viva o de donde sea o en que divisa compra sus jerseys, habrá demanda de dólares como moneda de ahorro y el dólar subirá. Y, ¿por qué alguien va a querer ahorrar en dólares? Muy sencillo, porque reciba una mayor rentabilidad por su dinero si lo tiene en dólares que si lo tiene en euros. Es decir, por los tipos de interés o por las oportunidades de inversión muy rentable en los negocios americanos. Esta demanda de dólares hará subir al dólar. Pero la economía, si se deja a los mercados funcionar libremente, tiene mecanismos automáticos de reequilibrio. Si el dólar sube respecto al euro, las cosas producidas en EEUU serán más caras para el comprador europeo, por lo que éste optará por comprar cosas más baratas fabricadas en Europa. Y lo mismo pasará con el ciudadano americano: preferirá productos europeos. Así, la demanda de euros aumentará y el euro subirá, reequilibrándose la situación. Europa empezará a ir mejor con ese consumo adicional y las oportunidades de inversión en este continente mejorarán, atrayendo también más euros de los ahorradores y, otra vez, haciendo que el euro suba. Si este mecanismo funcionase, el ahorro que en un momento dado iba en la dirección del euro hacia el dólar, revertirá su flujo y este componente del tipo de cambio entre ambas divisas se revertirá. Así que esta dirección del ahorro es siempre de ida y vuelta, por lo que no podrá tener una influencia indefinida en el tiempo en el tipo de cambio[1].

La tercera cuestión que influye en la oferta y demanda de una divisa es la intervención arbitraria por motivos políticos de los Bancos Centrales Emisores de cada divisa, Banco Central Europeo para el euro o Reserva Federal –la FED– para EEUU. Ocurre continuamente que estos Bancos Centrales, que tienen el monopolio de la creación de dinero, crean dinero a espuertas con la intención de, supuestamente, reactivar la economía o de mantener la divisa artificialmente alta o baja por motivos, como ya he dicho, políticos. Con esto, falsean las señales del precio del dinero para los mercados, dando lugar a serios desequilibrios y la aparición de burbujas que causan los indeseables ciclos de la economía. Pero no es éste el lugar de seguir hablando de esta aberración.

Estas son las tres cuestiones que influyen en la oferta y demanda de una divisa y que, por tanto, forman su precio. Cuanto más masa tengan las dos primeras cuestiones, mayor será la inercia de la moneda y más estable será su valor. Para monedas como el euro o el dólar, el peso de estas dos cuestiones es muy grande. La tercera cuestión es algo indeseable bajo cualquier circunstancia. Ahora, ¿Cómo aplica esto al bitcoin?

En lo que a la primera cuestión se refiere, el bitcoin no tiene detrás ninguna economía, ni grande, ni pequeña, ni mediopensionista, de forma que esta cuestión es, hoy por hoy, irrelevante, es decir, de inercia cero. Pudiera ocurrir que en un futuro, mediante un proceso como el descrito más arriba, el bitcoin fuese admitido como un medio de pago en El Corte Inglés, etc., y un día me llegasen a pagar en sueldo en bitcoins, y el euro y el dólar dejasen de existir sustituidos por el bitcoin. Pero eso, hoy por hoy es algo impensable salvo para una novela de ciencia ficción financiera. La masa monetaria de la zona Euro y EEUU, expresada en dólares de casi 30 BILLONES europeos (treinta millones de millones) de $. Hoy, la cantidad de bitcoins alcanza el valor de 170.000 millones de $, es decir, el 0,6% de la masa monetaria de ambas zonas. Por supuesto, hoy en día es perfectamente posible comprarle a un amigo su jersey y pagarle con bitcoins, siempre que ambos tengan un wallet de esta moneda virtual. Pero la cosa cambia si le quiero comprar su coche. Porque si quiero que las multas o el impuesto de tracción mecánica le lleguen a él en vez de a mí, tengo que tener algo que demuestre que el coche ya no es mío, sino suyo y, hoy por hoy no es posible que un contrato que demuestre eso se instrumentalice en bitcoins. Por lo tanto, si le vendo el coche tendré que fiarme de que me vaya a reembolsar multas e impuestos. No digamos si lo que le quiero vender es una casa. Eso entre particulares. No conozco, hoy en día, ninguna empresa que acepte ser pagada en bitcoins. Por supuesto, esto puede cambiar, pero… Además, para que una moneda sirva como medio de pago, debe tener un precio estable. Si una moneda se deprecia continuamente, como es el caso en los países con una inflación desbocada, la gente no quiere de ninguna manera tenerla. Lo que hace, en cuanto la tiene, es gastársela, pues sabe que al día siguiente podrá comprar menos cosas con ella. Lo contrario ocurre con una moneda cuyo valor aumenta rápidamente, como ocurre en los raros momentos en que en algunos países hay deflación y como es el caso del bitcoin. La gente no consume, sino que guarda el dinero, pues sabe que mañana podrá comprar más cosas con él. Por tanto, el bitcoin no podría sustituir a monedas relativamente estables como el euro o el dólar mientras su valor aumente al ritmo al que lo hace. Pero, si dejase de hacerlo, ¿quién querría comprarla? Y, como veremos más adelante, en el mismo momento en el que la gente no quisiera comprar bitcoins, éste se derrumbaría de forma instantánea. Así que inercia cero.

El tercer aspecto es, afortunadamente, hoy por hoy inexistente. Dado que los creadores del bitcoin crearon una regla “inviolable”[2] para la creación de bitcoins, esto lo convierte en un recurso limitado y, por tanto, no sujeto al capricho de ningún Banco Central.

Nos queda, pues, el segundo aspecto, el del bitcoin como divisa de ahorro. Hoy por hoy, hasta donde yo sé, no se pagan intereses sobre los ahorros que se puedan tener en bitcoins. Por tanto, la esperanza de sacar rentabilidad de esos ahorros es que continúe su “imparable” ascenso. Si deja de crecer, se derrumba. Pero, ¿sobre qué base crece el bitcoin? Nadie lo sabe. Mejor dicho, sí se sabe, está bastante claro: sobre la base del espejismo colectivo de que siga subiendo, aunque nadie sepa decir por qué debe hacerlo. Ese espejismo colectivo y un poco histérico atrae cada vez a más gente. Nadie quiere perderse este “imparable” ascenso. Lo dicen los periódicos. Lo saben los taxistas. ¿Cómo se compran bitcoins? ¿Dónde? ¡No quiero perdérmelo! Estas son las cosas que pasan por la cabeza de la gente siempre que se crea una burbuja, sea lo que sea que haya dentro de ella. Claro que puede haber una explicación racional: que, debido a su opacidad, lo que haya dentro de ella sea una demanda causada por la afluencia a esa moneda de dinero procedente de las más sucias y terribles actividades delictivas. Yo prefiero no jugar a ese juego. Ni un euro. No sé a ciencia cierta el grado de opacidad del bitcoin. Pero, como principio, este tipo de divisas virtuales no tienen por que ser opacas. Puede perfectamente haber divisas virtuales totalmente transparentes y, de hecho, las hay. Pero también puede haberlas, sea como sea el bitcoin, absolutamente opacas. Hoy en día en la web subterránea se puede comprar cualquier cosa sin dejar el menor rastro. No hay ninguna razón que obligue a que una divisa virtual sea criptodivisa, pero también es fácil crear divisas virtuales totalmente “cripto”.

Volvamos a las burbujas. Una de las primeras burbujas fue la de los tulipanes en Holanda. En 1620, los holandeses empezaron a perder la cabeza por tener bulbos de tulipán, algo exótico que traían de Turquía. Los precios de los bulbos empezaron a subir más y más. Cuanto más subían, más apetito había de ellos. En 1635, se llegó a cambiar un bulbo por una casa en Amsterdam. Por supuesto, nadie usaba los bulbos de tulipanes para su uso natural, tener flores bonitas. Era un bien que se guardaba a buen recaudo, lejos de las miradas de todos, pero se procuraba que la gente supiese cuantos bulbos tenía uno. Simplemente, se poseían inútilmente como artículo de ostentación. Pero el día 6 de Febrero de 1637 –se recuerda la fecha como una fecha trágica– se impuso el sentido común. ¿Cómo nadie en su sano juicio podía pagar esas barbaridades por algo perfectamente inútil? El precio se desplomó al que nunca debió dejar de tener. El de un bulbo más o menos raro que uno plantaba en su jardín para tener una flor bonita. Ese día fue la ruina para miles de familias y el inicio de una crisis que se cernió sobre Holanda durante decenios. Pero durante diecisiete años hubo gente que se hizo inmensamente rica con los tulipanes… siempre que no los tuviese el día del desplome. Desde entonces, cada cierto tiempo aparecen nuevas burbujas. La de la vivienda es la última hasta ahora. Un factor común de todas las burbujas, desde los tulipanes a las casas, es el hecho de que los elementos que tienen dentro, tulipanes o casas, se pueden comprar con dinero, pero una vez comprados, no se pueden devolver al origen. Cuando el tulipán llegaba de Turquía se podía comprar con dinero, pero lo que no se podía hacer era devolverlo a Turquía. Cuando alguien compra una casa a una constructora, no puede devolverla después. Es decir, se puede entrar al sistema, pero no se puede salir de él. La única manera de deshacerse de los tulipanes o las casas es vendiéndoselos a otros. Tal vez la próxima burbuja sea el bitcoin. Porque se pueden comprar bitcoins recién paridos por el programa informático, pero no se pueden devolver al claustro materno del algoritmo y recuperar el dinero. Hay que vendérselos a otro. Y, naturalmente, para ganar dinero hay que vendérselo más caro. Pero el día que la gente empiece a no tener interés por comprarlos, cundirá el pánico. Todos querrán venderlos, pero nadie querrá comprarlos. Y entonces vendrá el llanto y el crujir de dientes y todo se vendrá abajo.

Una última cosa. Esto de las burbujas, tulipanes, casas o bitcoins, tiene un cierto aspecto de pirámide de Ponzi, pero no son tales. Porque en las pirámides de Ponzi, hay un Ponzi que es el que idea el pufo y el que se forra con ella y se va a algún sitio remoto con el dinero el día antes de que estalle, cosa que él ve venir. Cierto que a algunos, como a Madoff o, más carpetovetónico, a Camacho –alguien se acuerda de Gescartera– les trincan antes de que les dé tiempo a pirarse. Ojalá esto se convierta en la norma, pero... Sin embargo, en estas burbujas no hay ningún inventor que gane. Por supuesto, el que compró 1.000 bitcoins por 10$ en 2009 y los venda, por casualidad, el día antes del colapso –del que, como del doomsday nadie sabe ni el día ni la hora–, se forrará –hoy sacaría 10 millones de $–. Pero no habría timado a nadie. Sin embargo ambas, burbujas y pirámides de Ponzi tienen en común la falsa creencia, anclada en la cabeza de demasiada gente, de que existen modos de forrarse sin trabajo, sin inteligencia y sin riesgo. Y, de ninguna manera es así. El sano capitalismo enseña que para ganar dinero hay que hacer algo útil como trabajar en cosas que merezcan la pena. O ingeniárselas y asumir un riesgo para encontrar y producir cosas que realmente hagan mejor la vida de la gente y que ésta esté dispuesta a pagar por ellas libremente. O poner el dinero, con riesgo, pero inteligentemente analizado, en inversiones que financien empresas útiles ideadas por otros y sacar una rentabilidad acorde con el riesgo. Tanta más cuanta mayor sea la inteligencia en el análisis. El sano capitalismo enseña que no hay comida gratis. Sólo el –perdóneseme el improperio– estúpido afán de lucro irracional –lo opuesto al capitalismo– alimenta las burbujas. Así que, si a alguien le da por comprar bitcoins, que ponga una vela a santa Rita para que su 6 de Febrero no le pille con bitcoins entre las manos. A menos que invierta unas perrillas para divertirse. Pero no más. Y tal vez haya formas mejores de divertirse con esas perrillas que meterlas en bitcoins. Se me ocurre jugar al Palé o al Monopoly para creerse un gran financiero.

El título de estas líneas es “Reflexiones en voz alta sobre el bitcoin y conceptos relacionados”. Hasta aquí, sólo he hablado sólo de la divisa virtual. Pero relacionados con ellas están los conceptos de block chain, mineros monetarios, Ethereum, ICO (Initial Coin Offer), token, etc. Dedicaré alguno de los próximos envíos a estas cosas. Así que: continuará.



[1] Esto de la ida y vuelta es falso cuando un país empieza a recorrer la espiral infernal de la miseria, como lleva haciendo durante años Venezuela. Puede que a muy largo plazo sí sea un mecanismo de ida y vuelta, pero no creo que yo llegue a ver al bolívar como estaba hace veinte años, ni creo que tampoco llegue a ver el peso argentino como estaba en los años 30 del siglo pasado. Si es que cosas como estas dos llegan a ocurrir algún día.
[2] Pongo lo de inviolable entre comillas porque no sé que grado de blindaje tiene el algoritmo con el que se creo el bitcoin y si es o no posible que un día sus creadores o algún hacker lo cambie y altere drásticamente las reglas del juego.

2 de diciembre de 2017

Frases 2-XII-2017

Ya sabéis por el nombre de mi blog que soy como una urraca que recoge todo lo que brilla para llevarlo a su nido. Desde hace años, tal vez desde más o menos 1998, he ido recopilando toda idea que me parecía brillante, viniese de donde viniese. Lo he hecho con el espíritu con que Odiseo lo hacía para no olvidarse de Ítaca y Penélope, o de Penélope tejiendo y destejiendo su manto para no olvidar a Odiseo. Cuando las brumas de la flor del loto de lo cotidiano enturbian mi recuerdo de lo que merece la pena en la vida, de cuál es la forma adecuada de vivirla, doy un paseo aleatorio por estas ideas, me rescato del olvido y recupero la consciencia. Son para mí como un elixir contra la anestesia paralizante del olvido y evitan que Circe me convierta en cerdo. Espero que también tengan este efecto benéfico para vosotros. Por eso empiezo a publicar una a la semana a partir del 13 de Enero del 2010.

¡Oh, Verdad!, presides en todas partes a los que te consultan, y respondes al mismo tiempo a todos, aunque consulten cosas diversas. Claramente respondes tú, pero no todos oyen claramente. Todos consultan lo que quieren, pero no todos oyen lo que quieren. Tu mejor servidor es el que procura no tanto oír de ti lo que quisiera, sino, más bien, creer lo que de ti oiga.

San Agustín, Confesiones.


26 de noviembre de 2017

Un mínimo rayo de esperanza

Sí, creo que hay un rayo de esperanza. ¿Esperanza de qué? De dar un paso importante en la disminución de la pobreza en el mundo. Sostengo con enorme convicción que la causa principal de la pobreza en el mundo es la existencia de tiranías que ahogan la iniciativa, la libertad, la creatividad y el incentivo de una vida mejor, innatos en la naturaleza humana. Efectivamente, en los países en los que hay un tirano, con todo el poder político en sus manos, éste decide quién puede y quién no puede ganar dinero en su país. Y la lista de los que sí pueden es muy corta. Primero el tirano, luego él, después él y mucho después, su clan, sus amigos, y, por último, quien le pague por ello. Y en esa categoría no entran ni de lejos los que viven bajo su yugo. No sólo porque él se apodera de lo que puedan ganar –la codicia de los tiranos no tiene límites y nada les parece poco–, sino también, y sobre todo, porque si sus oprimidos ganan dinero, saben muy bien que el dinero da autonomía y la autonomía es una amenaza contra su omnímodo poder. ¡Y eso sí que no! Pero si la tapadera de la olla a presión se levantase, entonces, de una forma espontánea, la seguridad jurídica, unida a las características de la naturaleza humana a que me he referido antes, harían que el país entrase en ebullición y empezase a generar riqueza. Y con la seguridad jurídica llegaría al país también la inversión extranjera y la creación de riqueza se aceleraría. ¡El capitalismo! Éste es un fenómeno –tanto la miseria de los países tiranizados como la creación de riqueza espontánea en los que se han podido liberar de sus tiranías– que se ha demostrado empíricamente en muchos países. Las dos Coreas pueden ser un ejemplo evidente de ello.


Pues bien, uno de los mayores tiranos de la historia acaba de ser derrocado. Me refiero a Robert Mugabe, de 97 años, Presidente de Zimbabue desde su independencia en 1980, es decir durante 37 años. Ha sido, en estos 37 años un auténtico depredador económico y ha hecho de Zimbabue uno de los países más míseros de la tierra. Y de ahí mi esperanza. Pero, inmediatamente, se me viene encima el jarro de agua fría de mi memoria. Y me acuerdo de lo que pasó en Irak cuando se derrocó a Sadam Husseín o lo que ocurrió con la esperanzadora primavera árabe. Lo que vino después hizo bueno a lo anterior. ¿Ocurrirá lo mismo en Zimbabue? Me temo que hay muchas probabilidades de que así sea. Pero la esperanza es lo último que se pierde. Veremos por dónde sale el sol. Pido a Dios que no ocurra lo de que los que vengan detrás le hagan bueno. Si no ocurre, creo que podremos ver un despegue del desarrollo en Zimbabue y, con ello, la disminución de la pobreza en uno de los países más míseros del mundo. Pero…

18 de noviembre de 2017

Los límites del laisser-faire, laissez passer

En mi entrada del 7 de septiembre “Sobre pesos, muelles, motores y clavos”, dije que había dos retos a los que respondería en siguientes envíos.

El primero -decía- era profundizar un poco más en el rational de por qué el libre mercado siempre crea más prosperidad que cualquier intento intervencionista. A este reto intenté responder con el post del 15 de septiembre: "¿Qué pasa, que el mercado no se equivoca nunca?

El segundo reto que planteaba era profundizar un poco más en dónde puede estar el límite que separa, por un lado, un sano estado que legisle hasta donde hay que legislar y ejerza la coacción para hacer cumplir esas leyes hasta donde sea necesario, creando el necesario marco del “rule of law” y, por otro lado, el exceso de regulación-legislación-coerción, que genera parálisis en la creación de riqueza. A ver si soy capaz de responder hoy a este reto, mucho más sutil que el primero, ya que la delimitación de fronteras es siempre algo sutil y delicado.

Es indudable que para que el libre mercado funcione tiene que haber un estado que legisle y que cree ese “rule of law” absolutamente necesario. Sin un estado, nada es viable. En los países en los que el estado es un ente fallido como, por ejemplo, Somalia, es totalmente imposible la creación de riqueza y prosperidad. Por otro lado, un estado en el que todas y cada una de las actividades de sus ciudadanos estuviesen meticulosamente establecidas y controladas por el estado, crearía una parálisis que haría también inviable la creación de riqueza. Esto es evidente. La cuestión espinosa es dónde poner ese límite. Una cuestión previa que ese “rule of law” debe cumplir es que debe ser estable a largo plazo, de forma que los ciudadanos, al actuar, sepan a qué atenerse y que pueden esperar que el estado haga en lo que pueda influir a sus decisiones. Si las leyes y reglas del juego están cambiando continuamente, se crea una inseguridad jurídica que lleva a la parálisis. Establecida esta cuestión previa, ahora, ¿dónde poner ese límite estable?

Creo que puedo establecer un principio básico sobre ese límite: “Un estado debe defender a sus ciudadanos y a todos aquellos, personas e instituciones, que operen bajo su ley, de la acción de cualquier otro ser humano o institución que quiera privarle de bienes a los que tenga derecho. Lo que pase de ahí es intromisión”.

Pero, claro, el problema no está en definir un principio, sino en definir bien sus términos y poder aplicarlo a situaciones concretas. Estoy seguro de que en el enunciado anterior podrían definirse mejor los términos de los sujetos pasivos de las leyes: “ciudadanos y todos aquellos, personas e instituciones, que operen bajo su ley” o “cualquier otro ser humano o institución”. Pero no voy a entrar en esas disquisiciones. Sí voy a entrar, en cambio, en la discusión sobre el alcance de los “bienes a los que tenga derecho”. Para definir esto mejor, hay que profundizar en el concepto de justicia. La justicia es “dar a cada uno lo suyo”. Es decir, aquello a cuya propiedad haya accedido lícitamente. Sigue siendo necesario puntualizar lo de “lícitamente”. Al usar esta palabra no me refiero a lo que es lícito únicamente según el derecho positivo sino a lo que es éticamente lícito. Naturalmente, para un iuspositivista, que cree que la ley positiva condición necesaria y suficiente para que algo sea éticamente lícito –de hecho, para un iuspositivista “strictu sensu”, es únicamente la ley positiva, sea ésta como sea, la que hace algo ético, puesto que niega la existencia de una ética externa a cualquier ley positiva y superior a ésta–, todo lo que diga la ley es lícito y ético. Pero el sentido común nos dice que esto no es así. Si mañana la ley dijese que todo lo que coja de la casa del vecino, por ser más fuerte que él, es mío, puede que esa ley convierta en lícita esa conducta, pero no en ética. Este ejemplo podría parecer traído por los pelos, pero como se verá después, no lo es tanto. Así pues, ¿cuáles son los medios éticamente lícitos por los que se puede acceder a la propiedad de algo? Creo que es difícil contradecir lo siguiente de forma razonable. Todo aquello que se consiga utilizando medios que sean previamente de uno o que se obtenga por un contrato de cualquier tipo en el que las partes, libremente, intercambien bienes o servicios, será éticamente mío. Y si se acepta este principio, cualquier ley que haga que algo sea mío sin cumplir estos requisitos o que no lo sea, cumpliéndolos, será una ley que haga lícita su posesión o su expropiación, pero en modo alguno será una ley justa.

Permítaseme ahora un par de ejemplos negativos, es decir de medios NO éticos de obtener o quitar la propiedad. No es ético que yo consiga algo produciéndolo mediante mano de obra esclava, porque hay una obvia carencia de libertad en el contrato. Sí lo es si lo obtengo usando el trabajo de personas que libremente decidan darme su capacidad de trabajo a cambio de un salario. No es ético que me quiten una parte de lo que he ganado de forma ética. Esto nos llevará más adelante al tema de los impuestos. O, al menos, de ciertos impuestos.

Por tanto, uno de los primeros aspectos del “rule of law” que buscábamos, es que garantice la libertad de sus ciudadanos a la hora de contratar el intercambio de cualquier tipo de bien o servicio. Y que, con esta libertad garantizada, vele para que, de acuerdo con el principio de responsabilidad, esos contratos se cumplan. Y, como se ha dicho anteriormente, la forma de garantizar esas libertades y responsabilidades tiene que ser lo más estable posible a largo plazo y, jamás, aplicarse ninguna nueva ley con carácter retroactivo. Volveré más adelante sobre esa consideración de cuando un intercambio es libre.

Si un sistema legal se complica demasiado, queriendo cubrir cada aspecto de la conducta humana, necesariamente se hará farragoso y, lo que es peor, se conseguirá que aparezcan en él contradicciones que lo hagan imposible de cumplir o arbitrario en su interpretación. Es decir, lo contrario a la seguridad jurídica. Por lo tanto, para que un sistema legal transmita seguridad jurídica tiene que ser claro y sencillo.

Lo que un estado no puede hacer es calificar como más o menos necesarias[1] las actividades que puedan llevar a cabo los ciudadanos y, en consecuencia, primar unas y penalizar otras. Eso sería ponerse por encima de la libertad de sus ciudadanos, yendo, por tanto, contra el principio básico enunciado más arriba. Pudiera parecer razonable considerar que la actividad de un agricultor es más necesaria que la de un futbolista. Pero, de ninguna manera puede un estado establecer que Cristiano Ronaldo deba sufrir que su actividad como futbolista sea penalizada frente a las primas a un probo agricultor. Eso sería poner al estado por encima de la libertad del ser humano. Si Cristiano gana lo que gana es porque millones de personas se afanan por verle jugar y sólo unas pocas personas en el mundo lo hacen como él, mientras que, si mañana hubiese escasez de, pongamos, patatas, miles o millones de empresas y de hectáreas podrían dedicarse de forma inmediata a aumentar la producción de las mismas. Pero lo que no puede decirse es que es injusto que Ronaldo gane lo que gana. Cristiano no comete un solo acto contra la libertad de nadie. Nadie obliga al Madrid a pagarle lo que le paga. Nadie va a ver al Madrid o lo ve en la televisión obligado. Nadie paga por poner publicidad en la camiseta de Ronaldo porque éste o el Madrid le obliguen. Ningún anunciante paga lo que paga por un pase publicitario en el descanso de un Madrid-Barsa porque alguien le obligue a ello. Por lo tanto, hasta el último céntimo que gana Cristiano lo gana porque alguien libremente se lo quiere pagar y lo que gana es, por tanto, justo y ético.

Mucha gente no opina así. Muchos creen que no es ético que Cristiano Ronaldo gane lo que gana. Lo que gana Cristiano, piensan, es a costa de que otro gane menos. Y, efectivamente, así es. Ciertamente, si me compro una entrada para ver al Real Madrid en la final de la Champions, tendré que dejar de comprar alguna otra cosa. Elegiré no comprar aquello que me dé una menor satisfacción por el dinero que me cuesta. Pero con el mismo dinero, yo seré más rico, ya que mi riqueza no es el dinero que tengo, sino la satisfacción que soy capaz de obtener con el dinero que tengo. Sólo un avaro que le guste contemplar compulsivamente el saldo de su cuenta corriente considera que la riqueza es el dinero que tiene. Y si eso me pasa a mí y al resto de las personas, deberemos admitir que el hecho de que exista el Real Madrid, con Cristiano en su equipo, crea riqueza, aunque no aumente el dinero disponible[2] y aunque al comprar una entrada para ver al Madrid, deje de comprar algo a lo que yo doy menos valor. No obstante, podría decirse que habría que limitar el sueldo de Cristiano, para que la entrada para ver al Real Madrid fuese más barata y no se perjudicase a otros sectores de la economía que se consideran prioritarios. Pero seguramente, quien diga esto no se ha parado a pensar el guirigay, que a buen seguro degeneraría en violencia, si se empezase a pensar qué actividades deberían ser prioritarias y cuales ser relegadas al furgón de cola. ¿Quién decidiría si la Ópera debe ir por delante de las aceitunas? ¿O si los toros deben ir por detrás del cultivo de la endivia? ¿Un ejército de moralistas, unos probos funcionarios con saber enciclopédico, pagados por el estado? Y, ¿por qué demonios debo aceptar su decisión de hacer más endivias, que detesto, sobre los toros que me apasionan? No es difícil saber quién decidiría qué poner por delante y qué por detrás: los dictadores y aquéllos lobbies de poder que tuviesen algún tipo de influencia sobre ellos. Los auténticos lobbies, no las chorradas que se dicen ahora sobre las empresas del IBEX 35 y otras cosas por el estilo. Telefónica está en el IBEX 35 porque compite con suficiente éxito con Orange, Yoigo, O2 y varios cientos de compañías de telefonía. Esos lobbies están inventados por demagogos baratos para avanzar en una agenda en la que ellos saldrían beneficiados y que seguramente nos llevaría a la ruina. Si hubiese alguien que pudiese primar o perjudicar a la producción de energía sobre la construcción, entonces sí, las empresas se dedicarían a intentar influir en ese trato de favor, en vez de a pensar en ganar las preferencias de los que compran casas o los que consumen energía[3].

Hay, sin embargo, un asunto en el que discrepo de los liberales a ultranza –los llamados liberales libertarios. Me refiero a temas como la droga. Para éstos, el concepto de libertad de elección anteriormente expresado les lleva a aceptar la droga como un producto más que debe ser respetado como cualquier otro. Mi discrepancia no es únicamente por cuestiones éticas, sino también porque creo que se opone a la libertad y al principio enunciado más arriba. Se opone, primero a la libertad. En efecto, las drogas crean, en la inmensa mayoría de las personas una fuertísima dependencia que hace que su consumo deje de ser libre, y sea fruto de una compulsión invencible. Es como si los productores de endivias me obligasen, poniéndome una pistola en el pecho, a cenar todos los días tan amarga hortaliza. En el caso de la droga no es una pistola, pero casi. En segundo lugar, también se opone al principio enunciado más arriba, si bien de una manera indirecta. Yo tengo derecho, salvo desastres imponderables al bien de vivir en una sociedad que funcione. Si la droga se extiende como una plaga, repercutirá indudablemente en el pésimo funcionamiento de la sociedad y, por tanto, se me está quitando un bien al que tengo derecho. ¿El caso de la droga sería extensible a otras cosas? No lo sé, pero, en todo caso, si las hay serían muy pocas y no deberían, ni mucho menos servir de excusa para extender el intervencionismo a casas o kilowatios. Deberían mantenerse como contadísimas excepciones.

Es importante hacer notar que un estado que se limitase a crear un sistema legal como el descrito, es decir, elaborar un sistema legal sólido y sencillo, juzgar si se cumplen esas leyes y a obligar a su cumplimiento, es decir, un estado con legisladores, jueces y brazo ejecutivo[4], sería un estado muy, muy barato. Y eso haría que para mantenerlo hubiese que quitar muy poco dinero a los ciudadanos en forma de impuestos. Ningún estado tiene derecho a quitar a sus ciudadanos, de ninguna manera, aquello a lo que tienen derecho. Y el dinero honestamente ganado es una de esas cosas a las que lo tienen. Ello no obstante, y dado que sin ese mínimo estado, la sociedad no funcionaría, aplicando un argumento similar al segundo del párrafo anterior, podrían justificarse unos impuestos moderados. Y pongo el énfasis en moderados.

Pero hay una función que jamás debió asumir el estado y que da lugar a unos impuestos que, se miren como se miren, no pueden considerarse moderados. Me refiero a la llamada “redistribución de la renta”. Este concepto nace de una perversión del concepto de justicia. Es el de identificar justicia con igualdad. Nada más falso. Cierto que un elemento imprescindible para la justicia es la igualdad de oportunidades. Para eso está el sistema legal que no imponga ventajas estructurales a unos respecto a otros, sino que obligue a todos a cumplir la ley por igual. Pero, ni la igualdad de oportunidades es igualdad de resultados ni es lícito apelar a la igualdad de oportunidades para igualar los resultados. Si ha habido en la historia de la humanidad sociedades que hayan logrado una igualdad de oportunidades sin precedentes, esas sociedades son las capitalistas. Naturalmente, crean desigualdad de resultados. Pero es que esta desigualdad de resultados es un incentivo absolutamente necesario para que el sistema funcione y genere riqueza para todos. Además, la mala prensa de la desigualdad nace de un concepto absolutamente falso, a saber: que la cantidad de riqueza del mundo es un juego suma cero y que, por lo tanto, si una persona es muy rica, lo es a costa de hacer a otras pobres. Y eso es, como acabo de decir, absolutamente falso. Es más, la realidad es exactamente la contraria. Bill Gates o Jeff Bezos, por poner dos ejemplos de personas enormemente ricas, no hacen a nadie más pobre, sino más rico. En primer lugar, creando puestos de trabajo para muchas personas pero, y más importante, en segundo lugar, creando productos y servicios de una inmensa utilidad y libremente buscados y comprados por cientos de millones de personas. Es decir, estas personas aumentan la tarta a repartir en mucho más de lo que ellas ganan. Es cierto, sin embargo, que una sociedad moderna no debe permitir que alguien, por carencia absoluta de medios, no tenga acceso a una buena sanidad o a una educación adecuada. Pero esto también es algo que se puede conseguir sin grandes medios y, por tanto, sin grandes impuestos. Es más, esto es algo que se debe tratar que se consiga con la aportación voluntaria de los más favorecidos, a través de fundaciones, ONG´s, etc. Sólo con carácter subsidiario deberían estas cuestiones básicas para la igualdad de oportunidades, ser cubiertas por el estado. Caben, además, pocas dudas de que las entidades civiles antes citadas son mucho más efectivas que el estado en el logro de ese objetivo. Y ello por la lejanía, falta de información e intereses espurios de un macroaparato como el del estado. Confundir esta sana aspiración social con la situación en la que ha degenerado la llamada “redistribución de la renta” es ser realmente miope o ver las cosas desde presupuestos ideológicos. Y es esta “redistribución de la renta” la que genera los megalomaníacamente disparatados impuestos a los que estamos sometidos hoy en día. Y estos impuestos van, frontalmente, contra el principio establecido al comienzo de estas líneas. Me quitan aquello a lo que tengo derecho. Y me lo quita el estado que es, precisamente, el que tiene el monopolio de la fuerza que debería velar, precisamente, para que nadie me lo quitase. ¡El colmo!

Pero, más allá de crear ese sistema legal, judicial y policial como el dicho anteriormente, hay algunas otras razones que hacen necesaria la intervención del estado en algunos temas. Como sé que esto puede despertar críticas de muchos liberales a ultranza, quiero apoyarme en una frase de Hayek, uno de los gurús del liberalismo, en su obra “Camino de servidumbre” uno de los textos de referencia liberales. Dice Hayek:

“Probablemente, nada ha hecho tanto daño a la causa liberal como la rígida insistencia de algunos liberales en ciertas toscas reglas rutinarias, sobre todo en el principio del laissez-faire”.

Toca, por tanto, la difícil disección de cuáles son estas posibles intervenciones del estado que podrían ser justificables con las debidas precauciones. Las hay a mi entender de cuatro categorías que creo que son todas identificables en la obra citada de Hayek: 1ª las que protegen al sistema de enfermedades autoinmunes. 2ª las que intentan regular productos y/o servicios a los que no es posible poner un precio de mercado 3ª las que tratan de evitar deseconomías externas y 4ª las que procuran proteger a personas de escasa formación. El tema de la “política monetaria” merece un capítulo aparte. Veamos estas cuatro categorías y el capítulo de la “política monetaria”.

1ª Las enfermedades autoinmunes son las que hacen que el sistema inmunitario de un ser vivo ataque al propio organismo al que pertenece. Esto puede ocurrir también en el capitalismo. La enfermedad autoinmune paradigmática del capitalismo es aquella que impide que la competencia y los mercados funcionen correctamente. Toda la justificación del capitalismo se basa en la competencia. Sin un sistema de competencia que funcione de manera suficientemente buena, el capitalismo se troca en compincheo. No hay más que mirar a la historia para ver que las mayores restricciones a la libre competencia han venido, casi siempre, de la mano del estado. Es evidente que el estado no debería colaborar en la creación de mono u oligopolios de cualquier tipo o de otras formas de restricciones a la competencia. Sin embargo lo hace con medidas como la concesión de permisos o licencias especiales que hacen que no todo el mundo tenga el mismo derecho de usar sus activos para un determinado fin (licencias para que cualquiera pueda usar su coche como taxi, por ejemplo). Pero no es menos cierto que todo empresario puede tener la tentación de crear barreras, distintas de las que aparecen como fruto de la inteligencia y el buen hacer, para preservarse de tener que competir. Y creo que el estado debe intervenir para intentar evitar que esas tentaciones se transformen en hechos. Pero es importante resaltar el término que aparece en negrita en líneas anteriores. Si la abrumadora mejora de calidad o de costes de producción del producto de una empresa le genera una ventaja competitiva, es un craso error considerar esta ventaja como una restricción a la competencia. Sería castigar al que lo hace mejor para beneficiar al ineficiente, lo que, por supuesto, redundaría en un perjuicio para la sociedad. Otros aspectos de esas enfermedades autoinmunes serían el uso de información privilegiada, la opacidad o falsedad deliberada de la información de los productos, la creación deliberada de escasez para influir en los precios, etc. Todas estas cosas deben ser evitadas por el estado, pero con un sentido muy crítico en el que se analice si la actuación no acabará, a fin de cuentas, creando parálisis en el sistema o favoreciendo a unos en contra de otros, lo que redundaría en la merma del bien general en vez de en su aumento.

2ª En contadas ocasiones puede ocurrir que no sea posible trazar mediante un precio la línea de a quién le compensa comprar o no un determinado producto o servicio. La construcción de carreteras es un ejemplo paradigmático de ello. La “imposibilidad” de controlar quién las usa, cuánto y quién no las usa, hace “imposible” cobrar únicamente a quien las usa y en función de cuánto la usa. En esos casos, podría ser razonable que el estado fuese el propietario de esas carreteras y las pagase mediante gravámenes de impuestos sobre los ciudadanos. A ser posible estos impuestos deberían estar ligados a parámetros que tuviesen alguna relación con el posible uso de carreteras. Pero antes de dar por buena la validez esta premisa de “imposibilidad” conviene fijarse en las comillas puestas anteriormente en la palabra “imposibilidad” citada más arriba. Es evidente que hasta muy avanzado el siglo XX, esa imposibilidad no admitía las comillas. Era imposible, sin crear grandes trastornos y costes, controlar mediante peajes quién usaba y quién no la mayoría de las carreteras. Pero lo que era imposible hace unas décadas, se está haciendo cada vez más posible mediante la tecnología. Saber, sin causar molestias ni apenas incurrir en costes, quién circula por una carretera y durante cuantos kilómetros, es cada vez más fácil. Llegado a un punto, sería perfectamente posible que todas y cada una de las carreteras fuesen de propiedad estatal y se arrendasen a empresas privadas que cobrasen por su uso o, incluso, que fuese la misma iniciativa privada la que decidiese dónde y cuándo hacer una carretera y ser directamente la propietaria. Por tanto, la justificación de este tipo de intervenciones del estado debe ser siempre provisional y replantearselas tan pronto como la tecnología lo permitiese.

3ª Se llaman deseconomías externas a aquellos efectos negativos producidos por una empresa, pero que no afectan a sus resultados económicos. Por ejemplo, una industria que contamina un río con los residuos que echa en él tiene un efecto negativo sobre la salubridad del mismo y sobre todos los habitantes y otras actividades económicas que se desarrollan en sus orillas. Parece evidente que alguna instancia superior debe hacer que el coste de esa contaminación caiga sobre la empresa. La manera mejor de hacerlo, cuando ello es posible es obligar a la empresa a poner los medios –y cargar con su coste– para evitar esos efectos negativos. Por ejemplo, eliminar los residuos de forma que se evite la contaminación. Pero hay ocasiones en las que eso no es posible, como es el caso, por ejemplo, de la emisión de CO2 por una central térmica. En estos casos, se trataría de asignar un coste, mediante un impuesto, a la emisión de ese gas. Sin embargo, a menudo es posible asociar las deseconomías externas a un mercado que funcione libremente, en lugar de asignarles un impuesto de forma más o menos arbitraria. Se trataría de asignar un cupo total admisible a cada empresa de las industrias que no pueden evitar al 100% la deseconomía. Si una empresa no puede o no quiere evitar generar más deseconomías de las que tiene asignadas tendrá que pagar un precio por ello a otra empresa que quiere y puede disminuir su emisión. De esta manera se forma un mercado libre, de oferta y demanda de derechos de emisión que incentiva a poner los medios para reducir dichas deseconomías. Cuanto menor sea el cupo global asignado, mayor el número de empresas que no quieren o pueden reducirlas y menor el de las que sí quieren y pueden, más caros serán esos derechos. Esto incentiva a que las empresas, para no pagar ese alto precio de los derechos, busquen medios para disminuir las deseconomías, lo que hará que baje el precio de dichos derechos. Pero tan pronto como éste baje demasiado, la instancia reguladora podría, si lo estima oportuno, dar otra vuelta de tuerca y disminuir el número total de derechos concedidos. De esta manera, se lograría que el precio vuelva a subir y se repita el proceso. Esto crearía un incentivo para el desarrollo tecnológico que permitiese reducir cada vez más las deseconomías, aunque no se puedan eliminar por completo. Esa instancia reguladora superior, si bien no necesariamente tiene que ser el estado si debe, al menos, contar con el apoyo de éste para hacer que se cumplan los compromisos.

4ª Hay productos o servicios que, por un lado, pueden ser demandados por consumidores que carezcan de la suficiente formación y conocimientos para entenderlos y, por otro lado, un error de apreciación debido a su falta de formación, pueda llegar a tener consecuencias muy negativas para los consumidores que los adquieran. Parece bastante razonable que en ciertos casos esto debería dar lugar a una cierta obligación del estado de velar por esos consumidores. El peligro de esto es llegar a una situación demagógica en la que el punto de partida sea que todo el mundo es ignorante y, lo que es peor, que nadie tenga la obligación de informarse antes de comprar algo y que no sirva de nada el que el consumidor se pueda asesorar con profesionales que le aconsejen. En ese caso, se corre un grave peligro de acabar anulando el principio de validez contractual y atentar de esta manera contra la seguridad jurídica, creando riesgos que encarezcan los productos o, incluso, imposibiliten su producción.

Vayamos ahora al asunto de la “política monetaria”. Detrás de esta expresión lo que subyace es la manipulación de los tipos de interés, por parte del estado o de algún organismo dependiente de él, con fines políticos. Es decir, lo mejor que puede hacer el estado es mantener sus manos alejadas de esa “política monetaia” que falsea artificialmente el precio del dinero. Detrás de la gran mayoría de las crisis está, precisamente, esa manipulación con intereses espurios de los tipos de interés. Sin embargo, es absolutamente necesario ajustar de una manera razonable la cantidad de dinero del sistema monetario de un país o conjunto de países a la cantidad de riqueza que esos países son capaces de generar. Cuando la riqueza del mundo era bastante estable o crecía muy poco, el patrón oro era un sistema aceptable. La cantidad de dinero era igual a la cantidad de oro y no podía ser manipulada por nadie. Pero cuando la riqueza de las naciones empezó a crecer a ritmos exponenciales, era evidente que la cantidad de dinero no podía mantenerse prácticamente estable, ligada a la cantidad de oro disponible. Pero al desligarse la masa monetaria de una mercancía prácticamente fija y estable, se hizo posible para las naciones crear dinero de la nada de forma disparatada, a través de los Bancos Centrales, creándose a menudo enormes desequilibrios que casi indefectiblemente desembocaron en crisis. Sin embargo, es necesario que exista un único agente, por cada ámbito monetario, que pueda crear dinero para acompasarlo al crecimiento de la riqueza. No veo factible establecer ningún tipo de mercado abierto en el que se autoregule la cantidad de dinero. Y creo que éstos agentes deben ser los Bancos Centrales. Pero, por supuesto, no deberían poder crear dinero a su antojo ni albedrío, sino de acuerdo con unas reglas de decisión claras y objetivas que permitan establecer una relación suficientemente estable entre masa monetaria y cantidad de riqueza. Y, a partir de ahí, que los tipos de interés fluctúen como tengan que hacerlo, de acuerdo con un mercado libre de oferta y demanda. De esta forma, cuando la inversión se dispara, el coste del dinero aumentará evitando el recalentamiento de la economía y la aparición de “burbujas” y viceversa. Es decir, nada de “política monetaria” discrecional. La historia ha demostrado sobradamente la ineptitud e irresponsabilidad con que, en general, se han llevado a cabo estas políticas. Posibilidad de crear dinero en base a unas reglas claras, sí. “Política monetaria” discrecional, de ninguna de las maneras.

En resumen, como dice Hayek, hay que tener cuidado con “la rígida insistencia […] en ciertas toscas regla rutinarias, sobre todo en el principio del laissez-faire”. Pero creo que hay que tener más cuidado todavía para que determinados intentos de intervención que persigan las cuatro categorías anteriormente descritas, u otras categorías que pueda haber, no traspasen líneas rojas muy sutiles que acaben teniendo efectos contrarios a los deseados u otros colaterales imprevistos que hagan que el remedio sea peor que la enfermedad. Además, no se debe echar en saco roto la tendencia de los funcionarios a aplicar en esto del intervencionismo lo que el refrán dice del comer y el rascar: todo es empezar. Hay miles de ejemplos de esta voracidad intervencionista. Y tampoco debe olvidarse que casi toda intervención crea oportunidades para la corrupción y la venta de favores.

Acabo, como colofón de esta serie de los tres últimos envíos con otra frase de Hayek en la obra citada: “la planificación y la competencia sólo pueden combinarse para planificar la competencia, pero no para planificar contra la competencia”.

No puedo, sin embargo, resistirme a poner broche final a esta serie de envíos con un apéndice en el que recojo algunas frases entresacadas de la obra de Hayek que he citado ya dos veces: “Camino de servidumbre”.

APÉNDICE

Probablemente, nada ha hecho tanto daño a la causa liberal como la rígida insistencia de algunos liberales en ciertas toscas reglas rutinarias, sobre todo en el principio del laissez-faire.

[…]

Es importante no confundir la oposición contra la planificación de esta clase con una dogmática actitud de laissez-faire. La argumentación liberal defiende el mejor uso posible de las fuerzas de la competencia como medio para coordinar los esfuerzos humanos, pero no es una argumentación en favor de dejar las cosas tal como están. Se basa en la convicción de que allí donde pueda crearse una competencia efectiva, ésta es la mejor guía para conducir los esfuerzos individuales. No niega, antes bien, afirma que, si la competencia ha de actuar con ventaja, requiere una estructura legal cuidadosamente pensada, y que ni las reglas jurídicas del pasado ni las actuales están libres de graves defectos. Tampoco niega que donde es imposible crear las condiciones necesarias para hacer eficaz la competencia tenemos que acudir a otros métodos en la guía de la actividad económica. El liberalismo económico se opone, pues, a que la competencia sea suplantada por métodos inferiores para coordinar los esfuerzos individuales. Y considera superior la competencia, no sólo porque en la mayor parte de las circunstancias es el método más eficiente conocido, sino, más aún, porque es el único método que permite a nuestras actividades ajustarse a las de cada uno de los demás sin intervención coercitiva o arbitraria de la autoridad. […] Esto no es necesariamente cierto, sin embargo, de las medidas simplemente restrictivas de los métodos de producción admitidos, en tanto que estas restricciones afecten igualmente a todos los productores potenciales y no se utilicen como una forma indirecta de intervenir los precios y las cantidades. Aunque todas estas intervenciones sobre los métodos o la producción imponen sobre-costes, es decir, obligan a emplear más recursos para obtener una determinada producción, pueden merecer la pena. Prohibir el uso de ciertas sustancias venenosas o exigir especiales precauciones para su uso, limitar las horas de trabajo o imponer ciertas disposiciones sanitarias es plenamente compatible con el mantenimiento de la competencia. La única cuestión está en saber si en cada ocasión particular las ventajas logradas son mayores que los costes sociales que imponen. Tampoco son incompatibles el mantenimiento de la competencia y un extenso sistema de servicios sociales, en tanto que la organización de estos servicios no se dirija a hacer inefectiva en campos extensos la competencia. […] El funcionamiento de la competencia no sólo exige una adecuada organización de ciertas instituciones como el dinero, los mercados y los canales de información —algunas de las cuales nunca pueden ser provistas adecuadamente por la empresa privada—, sino que depende, sobre todo, de la existencia de un sistema legal apropiado, de un sistema legal dirigido, a la vez, a preservar la competencia y a lograr que ésta opere de la manera más beneficiosa posible. No es en modo alguno suficiente que la ley reconozca el principio de la propiedad privada y de la libertad de contrato; mucho depende de la definición precisa del derecho de propiedad, según se aplique a diferentes cosas. Se ha desatendido, por desgracia, el estudio sistemático de las formas de las instituciones legales que permitirían actuar eficientemente al sistema de la competencia; y pueden aportarse fuertes argumentos para demostrar que las serias deficiencias en este campo, especialmente con respecto a las leyes sobre sociedades anónimas y patentes, no sólo han restado eficacia a la competencia, sino que incluso han llevado a su destrucción en muchas esferas.

Hay, por último, ámbitos donde, evidentemente, las disposiciones legales no pueden crear la principal condición en que descansa la utilidad del sistema de la competencia y de la propiedad privada: que consiste en que el propietario se beneficie de todos los servicios útiles rendidos por su propiedad y sufra todos los perjuicios que de su uso resulten a otros. Allí donde, por ejemplo, es imposible hacer que el disfrute de ciertos servicios dependa del pago de un precio, la competencia no producirá estos servicios; y el sistema de los precios resulta igualmente ineficaz cuando el daño causado a otros por ciertos usos de la propiedad no puede efectivamente cargarse al poseedor de ésta. En todos estos casos hay una diferencia entre las partidas que entran en el cálculo privado y las que afectan al bienestar social; y siempre que esta diferencia se hace considerable hay que encontrar un método, que no es el de la competencia, para ofrecer los servicios en cuestión. Así, ni la provisión de señales indicadoras en las carreteras, ni, en la mayor parte de las circunstancias, la de las propias carreteras, puede ser pagada por cada usuario individual[5]. Ni tampoco ciertos efectos perjudiciales de la desforestación, o de algunos métodos de cultivo, o del humo y los ruidos de las fábricas pueden confinarse al poseedor de los bienes en cuestión o a quienes estén dispuestos a someterse al daño a cambio de una compensación concertada. En estos casos es preciso encontrar algo que sustituya a la regulación por el mecanismo de los precios[6]. Pero el hecho de tener que recurrir a la regulación directa por la autoridad cuando no pueden crearse las condiciones para la operación adecuada de la competencia, no prueba que deba suprimirse la competencia allí donde puede funcionar.

Crear las condiciones en que la competencia actuará con toda la eficacia posible, complementarla allí donde no pueda ser eficaz, […] son tareas que ofrecen un amplio e indiscutible ámbito para la actividad del Estado. En ningún sistema que pueda ser defendido racionalmente el Estado carecerá de todo quehacer. Un eficaz sistema de competencia necesita, tanto como cualquier otro, una estructura legal inteligentemente trazada y ajustada continuamente. Sólo el requisito más esencial para su buen funcionamiento, la prevención del fraude y el abuso (incluida en éste la explotación de la ignorancia), proporciona un gran objetivo nunca, sin embargo, plenamente realizado por la actividad legisladora.

 […]

la planificación y la competencia sólo pueden combinarse para planificar la competencia, pero no para planificar contra la competencia.




[1] Es curioso constatar cómo ideologías que postulan que no hay una ética objetiva general, son las que dan lugar, en mayor medida, a estados que sí deciden por sí mismos qué actividades de sus ciudadanos primar y cuáles penalizar, erigiéndose así en dictadores.
[2] Otra manera diferente por la que el capitalismo genera riqueza es su capacidad de producir una misma cantidad de algo utilizando menos recursos. Ese algo bajará de precio y ese dinero ahorrado por quien lo compre podrá destinarse a comprar otras cosas que antes no se podían comprar. Y para producir esas otras cosas se utilizarán los recursos que antes se utilizaban para hacer ese algo inicial. Hay otras maneras adicionales por las que el capitalismo genera riqueza, pero exceden al objeto de estas páginas.
[3] He puesto estos dos ejemplos a propósito, porque, efectivamente, estos sectores son dos de los más intervenidos por la acción de muchos estados y en los que, por culpa de esta intervención se da una mayor ineficacia y/o corrupción.
[4] A esto habría que añadir un ejército para defender al país de amenazas externas.
[5] Este punto, que en el momento en que Hayek escribió este libro, era, sin duda, cierto, no lo es ya con la tecnología disponible. La detección e identificación del paso de cualquier vehículo por cualquier carretera, de forma que se pueda cargar a cada uno el precio correspondiente al uso que hace de ella, es hoy día perfectamente posible. Y es de suponer que algo similar puede ocurrir con el uso de otros bienes y servicios.
[6] Este puede ser el caso de, por ejemplo, el mercado de derechos de emisión de CO2 u otros gases nocivos.

11 de noviembre de 2017

¿Agravios comparativos entre jueces?

Sigue el rayo que no cesa de Cataluña y yo, erre que erre. Perdonad que no deje de daros la lata. Pero es que la situación que estamos viviendo está siendo para mí, lego en derecho, un curso intensivo de derecho constitucional y procesal. Y como siempre me gusta contar a otros lo que aprendo, pues aquí estoy, dando la brasa. Y corriendo el riesgo de que otros, que también estén haciendo el mismo curso que yo, o que sepan derecho, piensen que no digo sino obviedades o, peor aún disparates. Bueno, ahí va mi aprendizaje de estos días, por lo que pueda valer.

***

Desde hace una semana se han empezado a oír opiniones sobre supuestas diferencias de actitud entre la juez Carmen Lamela de la Audiencia Nacional y el juez Pablo Llarena del Tribunal supremo. Todo empezó cuando Llarena concedió una semana a los miembros de la mesa del parlament, Forcadell y compañía, mientras que Lamela no lo hizo con Junqueras y sus colegas del ex gobern no fugados. Pocos señalaron una cosa absolutamente evidente: Forcadell y los que con ella iban, se lo pidieron al juez, mientras que Junqueras y los suyos, no lo hicieron. Es posible que si lo hubieran hecho, la juez Lamela les hubiese dado también esa semana, a pesar de que Puigdemont y sus compinches se habían fugado. Pero el hecho es que ni siquiera lo pidieron.

Después he oído los comentarios más dispares sobre el diferente trato que ambos jueces habían dado a sus respectivos imputados en lo que a medidas cautelares se refiere. Mientras que Lamela dicto prisión incondicional sin fianza para todos, Llarena decretó prisión eludible con fianza de 150.000€ para Forcadell y de 25.000€ para el resto, menos uno, al que dejó en libertad sin cargos. Para los independentistas, Lamela es una ogresa y para los que deseaban prisión incondicional también para los miembros de la mesa, Llarena era un blando. Pero no hay ni una cosa ni otra.

Para decretar prisión incondicional es necesario que haya fuertes indicios de que se den una combinación de tres elementos. 1º Riesgo de fuga, 2º Riesgo de reiteración del delito y 3º Riesgo de destrucción de pruebas. Por supuesto, en la evaluación de la gravedad de esos riesgos hay un componente de apreciación, pero la prisión preventiva se tiene que sustentar argumentando sobre estos tres elementos.

En el caso de Junqueras y otros ex consellers, todos ellos, en sus declaraciones, se negaron a contestar a todas las preguntas menos a las de sus abogados, lo cual era un indicio de rebeldía (en sentido procesal, no en cuanto al delito de rebeldía) y no de que estuviesen dispuestos a no reincidir en el delito. Además, Puigdemont y otros ex consellers, ya estaban fugados. La prueba de que Lamela no se equivocó es que, posteriormente, desde la prisión, los ex consellers encarcelados no han parado, cada vez que han podido, de mandar twits, a través de las visitas que recibían, incitando a sus seguidores a la violencia. Aunque la percepción del riesgo de fuga debe ser de carácter personal, no colectivo, no es de extrañar que, habiéndose fugado la mitad de los ex consellers, se evaluase, para los que quedaban, para cada uno de ellos individualmente, la posibilidad personal de seguir los pasos de sus colegas.

Muy distinta es la situación con la que se encontró Llarena. Para empezar, ninguno de los miembros de la mesa había intentado fugarse en la semana en que estuvieron en libertad con una muy escasa vigilancia. Luego, cuando se presentaron a declarar, todos aceptaron contestar a todas las preguntas que se les formularon, tanto por parte de sus abogados, como del ministerio fiscal y del juez. Y, por si fuera poco, todos acataron la constitución española y aceptaron la aplicación del 155, además de decir que la DUI había sido un acto simbólico, sin ninguna validez jurídica y de aceptar no tomar pare en actividades políticas si no era desde el respeto a la constitución y a la legalidad vigente, la única vigente, la española. Parece por tanto muy razonable que, desde un punto de vista estrictamente jurídico, se estimase que los riesgos que pueden llevar a dictar prisión incondicional eran mucho menores. No obstante, el juez Llarena, no descarta que las declaraciones de los miembros de la mesa sean mendaces, lo que le hace decir, en el razonamiento jurídico Décimo Quinto:

“No se escapa que las afirmaciones de todos ellos pueden ser mendaces, en todo caso, han de ser valoradas en lo que contienen, sin perjuicio de poderse modificar las medidas cautelares si se evidenciara un retorno a la actuación ilegal que se investiga”.

Es decir, que si en un futuro inmediato los imputados desarrollasen una actividad que desmintiese sus declaraciones, se revisarían las medidas cautelares, pudiéndose, en ese caso, dictarse prisión preventiva incondicional. Parece que tan pronto como Carmen Forcadell ha salido de la cárcel ya ha mandado un twit en los que dice que en sus declaraciones ante el juez defendió la libertad de expresión del parlament catalán: “Vuelvo a casa. Con la conciencia tranquila de haber actuado correctamente: Garantizar la libertad de expresión al Prlament, sede de la soberanía nacional”. (la traducción del catalán es mía, ya que lo hablo en privado) ¿Será verdad eso de que la cabra siempre tira al monte? Veremos. Parece que en la mente de esta gente cabe la idea de que uno puede decir ante el juez lo que le dé la gana para librarse de la acción de la justicia, pero luego puede desdecirse tranquilamente ante sus amiguetes y la opinión pública. Espero que la opinión pública se dé cuanta del engaño y que los amiguetes, si no son capaces de eso, al menos, se desencanten de los líderes que les han llevado a donde les han llevado y luego se achantan. Pero no tengo mucha confianza en la capacidad crítica de la gente abducida.

Por su parte, la juez Lamela dejó abierta la posibilidad –como es preceptivo– de que, si los ex consellers querían modificar su declaración, podían hacerlo. No es, por tanto, imposible, que un día de estos, Junqueras y compañía decidan adoptar la estrategia de Forcadell y los suyos y puedan ver modificadas las medidas preventivas. No sería, en modo alguno, un “arrugarse”, sino la pura y llana aplicación de la ley de un Estado de Derecho.

Así pues, ni la juez Lamela ni el juez Llarena son duros ni blandos, ni mucho menos incorporan en sus decisiones sesgos de ideologías personales o de conveniencia política o de presiones de cualquier tipo, como se ha dicho en uno u otro sentido, equívocamente, en muchos medios y ha sido sostenido por algunas personas y, en particular políticos. El inefable Iceta, del no menos inefable PSC/PSOE, la caña quebrada, siempre dubitativo y equívoco, y jugando a dos bandas ya dice que le gusta más el talante de Llarena que el de Lamela. Pero no hay nada de eso. Ambos autos son puro razonamiento jurídico impecable.

Como impecable es el razonamiento que puede leerse en el auto de Llarena de por qué la actuación de los dirigentes del independentismo se puede considerar violenta a la luz del ordenamiento jurídico y por qué, por tanto, puede serles imputado el delito de rebelión. Así que que nadie piense que unas medidas cautelares menos duras, aunque siempre ajustadas a derecho, significan que la pena sea menor. Debajo de estas líneas puede verse parte de ese razonamiento y, para el que quiera, pongo un link al texto completo del auto del juez Llarena.

Si en los próximos días, el caso de los ex consellers es asumido por el Tribunal Supremo como parte del mismo proceso, tampoco será, como ya se está empezando a decir, ningún tipo de reprobación a la actuación de la juez Lamela. En el tercero de los antecedentes de hecho que se citan en el auto, se dice:

“Por resolución de fecha 31/10/2017, la Excma. Sala Segunda, acordó: 1º) Declarar la competencia de esta Sala para la instrucción y, en su caso, el enjuiciamiento por los delitos de rebelión, sedición y malversación contra Dª Carme Forcadell i Lluis, D. Lluís María Corominas i Díaz, D. Lluis Guinó y Subirós, Dª Anna Simó i Castelló, Dª. Ramona Barrufet i Santacana, D. Joan Josep Nuet i Pujals. Asimismo hacer extensiva esa competencia, para el caso en que el Magistrado instructor así lo considere oportuno, respecto de aquellas otras causas penales actualmente en tramitación y que puedan referirse a hechos inescindibles respecto de los que han sido inicialmente atribuidos a los querellados”.

Es decir, desde el 31 de octubre, antes de que la juez Lamela hubiese podido dictar ningún auto de prisión preventiva, también por motivos estrictamente jurídicos, se contemplaba la eventualidad, por parte del Tribunal Supremo de que si por motivos jurídicos –y bastante razonables– de inescindibilidad de los hechos, se consideraba oportuno, la causa podría derivarse de la Audiencia Nacional al Tribunal Supremo. Parece lógico  de ningún modo alguno punitivo para nadie.

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Razonamientos jurídicos

OCTAVO

“[…] Pero eso no quiere decir que para que el alzamiento público sea violento, resulte exigible que incorpore hechos lesivos o dañosos contra personas o bienes, sino que se manifiesta también el alzamiento violento cuando integra la ostentación de una fuerza y se muestra la disposición a usarla. Y es precisamente esta primaria concepción, la que hace que el código penal contemple que, si el alzamiento violento y público, se integra además por esgrimir armas o por realizar combates, trasciende el tipo básico del delito de rebelión y justifica una modalidad comisiva agravada. Recurso Nº: 20907/2017 15 Se entiende así que el alzamiento es violento, cuando el levantamiento se orienta de modo inequívoco a intimidar a los poderes legalmente constituidos, bien mediante el ejercicio activo de una fuerza incluso incruenta, bien mediante la exteriorización publica y patente de estarse dispuesto a su utilización, por existir una determinación de alcanzar “a todo trance”, los fines que contempla el artículo 472 del Código Penal. Es esta singularidad la que integra el alzamiento violento y público que analizamos, alejándose así, bien claramente, de las manifestaciones y reclamaciones colectivas inherentes a los sistemas democráticos y constitucionales actuales”.

NOVENO

“[…] De este modo, la interna y personal renuncia al uso de la violencia que el día del referéndum, o en los días posteriores, acompañó a los miles de individuos que integraron una reacción pública, no excluye necesariamente la responsabilidad de los excepcionales sujetos que tenían una determinación diferente, como tampoco excluye la responsabilidad de quienes -para conseguir las finalidades que el delito de rebelión contempla- se sirven del alzamiento y se aprovechan de la sugerencia razonable de que la violencia puede llegar a ser ejercida de manera incontrolable [...]”.