12 de marzo de 2017

Sobre el pecado original

El pecado original es uno de los mayores motivos de escándalo entre muchos cristianos. Desde la óptica cristiana la pregunta es: “¿Por qué demonios, si Adán y Eva la cagaron, tengo yo que cargar con las consecuencias de esa cagada?” Desde la óptica no creyente no es una cuestión de escándalo, sino de incredulidad un poco despectiva: “¡Venga ya, no me cuentes películas! ¿Cómo que había una pareja que vivía sin pegar un palo al agua, siendo buenos y benéficos? Esa pareja serían unos monos que para sobrevivir las tendrían que pasar canutas. Y, ¿de qué va eso de que por un pecado –sea lo que sea eso del pecado– perdieron ese chollo? ¡Chorradas, zarandajas!” Voy a ver si soy capaz de hacer alguna reflexión sensata y en román paladino sobre ambas cuestiones. Y lo voy a intentar hacer con un lenguaje muy coloquial, aunque a algunos tal vez les parezca un poco simplista.

Primero desde la óptica cristiana: Dios, tras ver cómo la evolución, guiada por unas leyes sabias, diseñadas por Él, produjo unos seres anatómicamente como nosotros, les dio varios “regalos”, añadidos a su cuerpo venido de la evolución. Estos “regalos” les hicieron distintos del resto de los seres creados. El primero era la libertad. Dios amaba a su creación. A toda. Por eso la creó. Por eso en cada acto de creación decía: “Y vio Dios que era bueno”. La creación entera era el teatro de operaciones en el que el último eslabón de la misma, el ser humano, ejercería su poder para regirla, como delegado suyo, de una manera cuidadosa y, también llena de amor. Le mandó pastorearla[1] en su nombre. Pero quiso –lo que no me meteré es en las razones por las que Dios quiso eso. Sería jugar a ser Dios. Las razones por las que Dios hace las cosas se escapan infinitamente a nuestra mente finita– que el ser humano fuese capaz de responder al amor que Él le tenía, y por el que le había creado, con amor. Ahora bien, para amar es condición sine qua non la libertad. Sencillamente, no se puede amar a la fuerza. Si no, peguntaos si, cuando teníais veinte años, al aparecer el primer amor, hubiese venido la tía (o el tío) más increíble del mundo y os hubiese dicho. “¡Me tienes que querer por mis pistolas!” Muy probablemente le hubiésemos mandado a escardar cebollinos. “¡Por tus pistolas te va a querer tu abuela, yo, no!” ¿O no? Así pues nos hizo libres para que le pudiésemos amar. Y nos diseñó –porque somos seres de diseño– para eso. Para ser felices cuando le amásemos a Él y, a través de Él, a todos los seres que había creado. A todos los seres humanos y a todas las criaturas, de forma que las pastoreásemos. Pero para que pudiésemos ejercer esa libertad de forma que le amásemos y llegásemos a la felicidad, de acuerdo con nuestro diseño, nos dio unas pautas de comportamiento que nos llevarían a esa felicidad. Nos regaló también la razón para que, entre otras cosas, pudiésemos entender el porqué de esas pautas. Y esas pautas eran benignas. Todo lo que no va contra la felicidad del hombre, es bueno y está, por tanto, permitido. Por supuesto, podíamos no seguirlas. ¡Éramos libres! Y nos dio otra cosa. Nos delegó poder para ejercer ese pastoreo en su nombre. El salmo 8 nos dice: Cuando contemplo los cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, me pregunto: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que de él te cuides? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y majestad, le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies: rebaños y ganados, bestias salvajes, aves del cielo, peces del mar; todo cuanto surca los mares”. Con ese poder delegado podíamos controlar el desplome de un alud o la crecida de un río o la erupción de un volcán o la ola de un tsunami. Y lo que es más importante, podríamos controlar el crecimiento de la entropía de nuestro cuerpo y con ello, controlaríamos el envejecimiento y la muerte. Ese fue el poder que regaló a esas pobres criaturas cuyo cuerpo procedía del mono[2]. Y nos dejó ejercer nuestro poder y nuestra libertad hasta que la obra estuviese completa.

Cuando hablo de estas cosas, me gusta poner un ejemplo. Supongamos que somos jóvenes arquitectos del siglo XVI que trabajamos con el gran Miguel Ángel. Hemos aprendido con él a ser grandes arquitectos mientras nos iba explicando pacientemente cada paso que daba. Acaba de completarse casi al 100% la cúpula de San Pedro. Todavía están puestas las estructuras que la sostienen hasta que se ponga la piedra de clave en el centro de la cúpula. La construcción es tan equilibrada que basta con sujetarla con un dedo en alto, sin necesidad de ningún esfuerzo. Sólo poner el dedo en el punto clave y mantenerlo. Miguel Ángel va a buscar la piedra de clave para colocarla[3] y nos deja a nosotros, en lo alto del andamio, con el dedo en alto, sujetando la cúpula. Nos sentimos plenos y satisfechos. Grandes. Somos espléndidos arquitectos. Entonces, en ese pequeño impasse de tiempo, mientras Miguel Ángel está buscando la piedra para rematar la obra, viene hasta nosotros un envidioso enemigo suyo y nos pregunta, como quién no quiere la cosa: “¿Qué haces ahí arriba con el dedo en alto? - Sujetando la cúpula –le contestamos con orgullo– hasta que vuelva el maestro. - Pero, ¿tú eres tonto? –nos responde el envidioso transeúnte– ¿Te crees que va a volver? No te hagas ilusiones, no va a volver. Te va a dejar ahí, haciendo el ridículo, mientras él va a recoger todos los parabienes sin contar contigo que tanto has aportado a la construcción. Además, eso de que la cúpula necesita ser sujetada es una pamplina. Se sujeta sola. Te hace quedarte como un pasmarote, con el dedo en alto, tan solo para que creas que es necesario que estés ahí. Yo que tú me iría ahora mismo a recibir los honores que te corresponden”. Y, nosotros, incautos, ante las palabras de un desconocido que no nos ha dado nada, absolutamente nada, dejamos nuestro puesto y nos vamos a recoger esos supuestos honores que no nos habíamos ganado y que, no obstante, Miguel Ángel iba a compartir con nosotros. Y claro, la cúpula se derrumba. Y al derrumbarse, perdemos el control sobre aludes, crecidas, volcanes y tsunamis, vida y muerte. Porque si mantuviésemos ese poder sin el sometimiento a quien nos lo ha delegado, sin el respeto a sus pautas, al manual de uso del diseño que somos, sería el desastre de los desastres. La Biblia nos dice: “‘He aquí al hombre manejando el bien y el mal. Sólo falta que ahora coma del árbol de la vida y viva para siempre así, sin arreglo’. Y lo sacó del Edén”[4]. Es importante notar que del árbol de la vida, sí podía comer el ser humano antes de comer del árbol del mal y del bien. Sólo después de comer de éste árbol le fue prohibido comer de aquél

Cuando vuelva Miguel Ángel, ¿qué debería hacer? ¿Tal vez mandarnos a la mierda? Sería muy razonable. Pero Dios no hizo eso. Si el poder le fue abolido al ser humano casi por completo, para que no lo usase mal, dejándole reducido a una débil criatura, no así la libertad, no así la capacidad de amar, no así el amor de Dios a su criatura rectora, no así las pautas de cómo ser felices dado el diseño que tenemos. Estas cuatro cosas siguen en vigor. Tampoco fue abolida la razón para entender las pautas y para muchas cosas más, aunque, ciertamente, ésta quedo muy mermada. El hombre quedó con un poder y una inteligencia muy mermados, pero con la libertad y la capacidad de amar casi intactas y con el amor de Dios, si cabe, engrandecido por su misericordia. Y, claro, Dios no nos dejó huérfanos. Inmediatamente nos dejó claro que todo se arreglaría. No con un chasquido de dedos y haciendo otra vez Él todo. Tampoco podía dar otra vez el poder al hombre. No hasta que supiese usarlo de acuerdo con las pautas de delegación. Se arreglaría dando al ser humano un gran protagonismo en la reconstrucción, con un poder limitado y desde luego, con su ayuda[5]. Pero también con esfuerzo, con dolor y con muerte. Nos prometió desde el primer momento esa reconstrucción. Digamos que antes incluso de cerrarnos el camino al árbol de la vida puso en marcha el plan B. Un plan B que le ha salido muy “caro” a Dios. Nos dice el Génesis en 3,15: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza, y tú la herirás en el talón”. Ha habido muchísima discusión de si ese ella, se refería a la mujer o a su estirpe. Da igual. La promesa de Jesucristo y de María ya estaba allí y, con ellos, la redención, el arreglo, con sangre, sudor y lágrimas, pero con la ayuda, el apoyo, el consuelo y, por qué no decirlo, el sufrimiento de Dios en su plan B, en esa ardua tarea. Y, en esas estamos. No hay castigo. Es necesario que esta reconstrucción la llevemos a cabo nosotros, que destruimos la cúpula original. No solos, por supuesto, sino con un Dios que toma nuestra condición y sufre con nosotros TODOS nuestros dolores, fatigas y sufrimientos de este Plan B. Vale, podemos preguntarnos, pero, ¿y todos esos seres humanos masacrados, humillados, atropellados de mil formas distintas a lo largo de la historia? ¿Qué pasa con ellos? ¿Quién les va a compensar su sufrimiento? Al final de los tiempos, Dios restaurará la historia, la volverá a escribir en unos cielos nuevos y una tierra nueva donde ya no habrá llanto, ni luto, ni dolor, ni quedará el recuerdo de que lo hubo. Todo lo hará nuevo, también la Historia y NUESTRA historia y nuestra memoria de la Historia y de NUESTRA historia reescrita. Lo que de ninguna manera quiere decir que esta reescritura de la historia sea una excusa para no aliviar en este mundo los dolores de los que sufren. Ni la doctrina cristiana dice semejante cosa, ni el ejemplo de los mejores cristianos lo avala. Tenemos la obligación, en este mundo, de aliviar con todas nuestras fuerzas los sufrimientos del prójimo. Hasta aquí la explicación desde la óptica cristiana.

Voy a adentrarme ahora en la óptica no creyente. Por supuesto, no hay una sola palabra que pueda decir si no se admite como premisa mayor la existencia de un Dios todopoderoso, creador de cielo y tierra y de sus leyes. En cambio, si se acepta esa premisa mayor, todo lo anterior, que sabemos sólo por la Revelación, es posible, aunque se pueda creer o no creer en ello aun aceptando la premisa mayor. Así es que aquí podría acabar lo que pueda decir. Pero, a pesar de todo, me voy a atrever a tres cosas para responder a las irónicas cuestiones que enuncié al principio. La primera es una aclaración. La segunda una pregunta y, después, tratar de analizar posibles respuestas. La tercera es una comparación.

Vamos con la aclaración. Sí, la ciencia moderna ha determinado que todos los seres humanos que hay sobre la tierra descendemos de una sola mujer. Como eso se sabe a través de unos orgánulos de las células que se llaman mitocondrias, la han bautizado con el nombre de Eva mitocondrial. Esto no prueba que en el principio de la estirpe humana hubiese sólo una mujer. Puede ser que hubiese varios linajes y los demás se hayan extinguido. No lo prueba, pero tampoco lo descarta.

Ahora la pregunta. Si la inteligencia del ser humano no ha venido de fuera del mundo material, ¿de dónde ha venido? Ya oigo la respuesta con exclamaciones: “¡De la evolución, por supuesto!” Sí, es la respuesta del mainstream. Pero me parece a mí que a esa respuesta le falta consistencia y voy a intentar señalar esas inconsistencias. Desde luego, soy un convencido de la evolución de las especies y lo he dicho ya más arriba. Me caben muy pocas dudas, si es que me cabe alguna, de que mi cuerpo viene por evolución de un ancestro común de hombres y chimpancés y, en última instancia, de la primera hebra de ARN que se formó en la Tierra (no voy a entrar en cómo se formó esa hebra, no es objeto de estas líneas). Pero eso, que me parece evidente cuando hablo de mi anatomía, se tambalea cuando hablo de la inteligencia y de la libertad. ¿En qué me baso para decir esto? En varias razones de las que expondré sólo algunas.

1ª La evolución jamás funciona a saltos bruscos[6]. Si hay algo que hace casi indudable la evolución es el hallazgo de un registro fósil que permite trazar su senda desde un organismo a otro y reconstruir en buena parte el árbol de la vida. Es admirable la descripción que hace Stephen Jay Gould en su obra “Un dinosaurio en un pajar”, del paso de un mamífero terrestre a los actuales mamíferos marinos, basándose en fósiles de mamíferos intermedios que marcan el camino. O el camino, marcado con fósiles, seguido por algunos reptiles hasta llegar a convertirse en aves. Pero, eso mismo, que da credibilidad innegable al hecho de que mi cuerpo proceda de la evolución de un ancestro común con los chimpancés, a través de una serie de homínidos, hace altamente inverosímil la aparición de la inteligencia humana por evolución. ¿Dónde están los pasos intermedios que tan brillantemente demuestran la evolución anatómica? ¿En dónde se encuentran las huellas de una inteligencia como la nuestra? Sencillamente, no existen. Si la inteligencia viene por evolución hay que buscar explicaciones que suenan un poco confusas y que, al final, reconocen su ignorancia. Oigamos a Ian Tatterstall: “[…] por último, debemos considerar la aparición de algo totalmente inesperado [el pensamiento simbólico] gracias a una casual coincidencia. [...] Pero podemos afirmar que nuestro linaje pasó a disfrutar de un pensamiento simbólico desde un estado precedente no simbólico. La única explicación ¿verosímil? es que, con la llegada del H. Sapiens anatómicamente moderno, las exaptaciones previas se combinaron por azar con pequeños cambios genéticos, creando un potencial sin precedentes. […] No podemos dar por completo este relato pues los humanos anatómicamente modernos siguieron siendo arcaicos [sin pensamiento simbólico] durante mucho tiempo antes de adquirir un comportamiento moderno. [...] No podemos afirmar con seguridad en que consistió la innovación de marras[7]. (la negrita es mía y me he permitido poner entre interrogación la palabra verosímil. Pido disculpas por ello).

2ª La plasticidad de la evolución hace que todo lo que pueda suponer una ventaja competitiva para un organismo, sea desarrollado por la evolución una y otra vez de muy distintas maneras y desde diversos puntos de origen en un proceso de evolución convergente. Un delfín y un tiburón, a pesar de que su origen evolutivo es muy distante, tienen una forma parecida porque ambos se han tenido que adaptar a nadar en un medio acuático y su forma es una clara ventaja competitiva. Tener apéndices que pinchen confiere a un organismo una ventaja competitiva. Y, claro, la evolución ha buscado una gran variedad de maneras de llenar ese hueco en especies muy distantes entre sí en el árbol de la vida. Por ejemplo, los toros tienen cuernos punzantes de hueso. Los elefantes los tienen de piezas dentales, los rinocerontes los tienen de pelos endurecidos, los cardos de tejido de parénquima, etc. Lo mismo podría decirse de la capacidad de generar veneno por medusas, abejas, escorpiones, serpientes, ortigas, etc. Sin embargo, el arma competitiva de la inteligencia, que es, de lejos, la más poderosa que pueda existir, ha aparecido una sola vez. Extraño, ¿no?

3ª La evolución es extremadamente tacaña. Jamás comete excesos. Sólo produce aquello
que los organismos necesitan para sobrevivir en el plazo inmediato, y siempre los deja en el límite de la supervivencia. Y, por favor, que alguien me diga, ¿era necesaria para la supervivencia de un hombre de las cavernas tener una inteligencia que eventualmente le permita saber de qué están hechas las estrellas? ¿O un oído que le permita componer, reproducir y apreciar las más bellas melodías imaginables? ¿Se dedicaría la evolución a desarrollar esas facultades? ¿Para qué? ¿Se conoce alguna otra especie que haya tenido el éxito expansivo que ha tenido la humanidad?

Podría seguir con argumentos relacionados con el tamaño del cerebro, el parto humano, la evolución del aparato del habla, etc, que hacen poco plausible pensar que la inteligencia ha venido por evolución, aunque el mainstream se empeñe en ello. Conviene desconfiar de los mainstreams que no dan respuestas convincentes. Acaban siendo simple moda. Y moda cuya vulneración puede tener duras consecuencias. Pero, si la inteligencia no ha venido por evolución, ¿de dónde demonios ha venido? ¿Cómo, por qué y para qué ha aparecido?

Tras la pregunta, la comparación. Si se desecha el hecho de que el mundo fue creado bueno y que sólo el uso desordenado de nuestra libertad haya hecho posible el mal, ¿qué esperanza nos queda a los seres humanos de conseguir un mundo bueno? Si el mundo no tiene una raíz buena, aunque mal manejada, sólo nos queda la resignación o el buenismo utópico. Si así fuese, el mal y el bien estarían tan entrelazados y formarían parte en pie de igualdad de la naturaleza del mundo y del hombre que no habría manera de imaginar un mundo sin mal. Y, sin embargo, ese es uno de los más arraigados sueños y de los más profundos anhelos de la humanidad en su conjunto y de cada ser humano en particular, desde sus albores. Eso es lo que nos ha llevado a sociedades cada vez menos violentas que intentan buscar formas pacíficas de convivencia, así como al desarrollo de tecnologías que intenten acabar con el mal físico. ¿De dónde nos viene ese anhelo? ¿También de la evolución? ¿Qué otro ser de este mundo lo tiene? ¿Qué cosmovisión es más acorde con lo que experimentamos que somos y anhelamos? C. S. Lewis decía a un amigo en una carta: Y ahora, otra cosa sobre los deseos. Un deseo puede llevar a falsas creencias, te lo concedo... Pero ¿qué sugiere la existencia del deseo? Una vez me impresionó una frase de Arnold: ‘Tener hambre no prueba que tengamos pan’. Pero lo que es seguro, aunque no prueba que un hombre concreto no tenga comida, sí prueba que existe la comida. Por eemplo, si fuéramos una especie que no comiera normalmente, que no estuviera diseñada para comer, ¿sentiríamos hambre?” Si sólo fuésemos la colocación accidental de los átomos, no tendríamos ese anhelo y deberíamos convenir, si somos coherentes, que si Hitler o Stalin tuvieron algo de malo fue que cometieron un error de cálculo. Pero nadie en su sano juicio acepta semejante barbaridad. ¿Por qué? De forma que es la idea del pecado original la que mejor explica el mundo que vivimos y la que nos da una sólida esperanza a nuestro arraigado anhelo de que el bien, al final, triunfará. Me permito acabar con una frase de Louis Pawels y Jaques Bergier en el prólogo de su libro “La révolte des magiciens”[8]: Ahora bien, si alguien, abusando de la autoridad científica –la cual, que yo sepa, no tiene por misión desesperar al hombre– me dice: “nada maravilloso puede encontrarse en este mundo”, me negaré obstinadamente a prestarle oídos. Con mis pobres medios, y con toda mi pasión proseguiré mi búsqueda. Y si no encuentro nada maravilloso en esta vida, diré, al despedirme de ella, que mi alma estaba embotada y mi inteligencia ciega, no que no hubiese nada que encontrar”.



[1] En más de una ocasión, en otros escritos, he dicho que la frase del Génesis de “dominad la tierra” o “someted la tierra” era una mala traducción del hebreo de una frase que significaría más bien “pastoread la tierra”. Esto no es una idea mía sino de lingüistas que conocen el hebreo.
[2] En términos científicos diríamos que dio al hombre el poder de controlar la entropía y el colapso cuántico de cada partícula. Es científicamente cierto que si alguien tuviese ese poder, podría controlar las cosas que he enumerado arriba a modo de ejemplo y muchísimas cosas más. En general, podría controlar todos los fenómenos físicos. Y si Dios creó todo (recordad que estoy en la óptica cristiana), incluidas las leyes que lo rigen todo, incluida la ley de la entropía y las de la física cuántica, ¿acaso no puede tener ese poder? ¿Y acaso no puede delegárselo a quien quiera?
[3] La piedra de clave es Jesucristo que, si hubiésemos esperado con el dedo en su sitio, hubiese transformado en definitivo ese poder, sin necesidad de pasar por su pasión, muerte y resurrección.
[4] Cfr Génesis 3,22-23, pasaje que he parafraseado muy ligeramente pero que creo que mantiene su sentido.
[5] Los hombres, con nuestra mermada inteligencia, vamos poco a poco reconquistando este poder a través de la tecnología. La gran cuestión es si habremos aprendido a usarla de acuerdo con las pautas de la delegación de Dios. Si no lo aprendemos así, nos pasará como en el juego de la oca cuando alguna trampa hace retroceder al jugador hasta casillas más retrasadas. En la trampa de la muerte, que te devuelve al principio, ya caímos. Ahora se trata tan sólo –¡joder con el tan solo!– de cuántas casillas retrocederemos si no aprendemos.
[6] Esta afirmación no contradice en nada al llamado equilibrio puntuado como forma de evolución, formulado por el extraordinario biólogo evolucionista Stephen Jay Gould. Pero no es este tampoco el lugar para hablar del equilibrio puntuado.
[7] Ian Tatterstal: Homínidos contemporáneos. Investigación y Ciencia, Marzo 2000

[8] Pésimamente traducido por “La rebelión de los brujos” y continuación del también pesimamente traducido en su título “El retorno de los brujos” (Le “matin des magiciens”) dos libros cuya lectura recomiendo con entusiasmo.

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