11 de julio de 2018

Crónica desde sanfermín

Empiezo esta cónica diciendo que, a mis 67 años, la experiencia vivida este domingo/lunes 8-9 de Julio de 2018 ha sido una de las mejores de mi vida. Y no especialmente por el hecho de haberme sacado la espina de “correr” los toros en el encierro, sino por la experiencia de relación con mis hijos y mi yerno. Pero vayamos por partes, cronológicamente.

Como sabéis, porque os lo conté en el envío del viernes pasado, todo arranca de mi “trauma” juvenil de no haber podido ir a correr los encierros en mis 18 años y primeros veinte por diversos motivos que también explicaba el viernes pasado. Y después, hasta el pasado lunes, por la responsabilidad hacia las personas que dependían de mí. Pero una vez “amortizado”, tras ver en televisión el último encierro de Pamplona del año pasado, decidí que en el siguiente año, es decir, éste, me sacaría la espina. Dicho y hecho. Pregunté a mis hijos y a mi yerno quiénes querían venir y con su respuesta, en el mismo mes de Julio de 2017, reservé tres habitaciones dobles en un hotel. En dos de ellas dormirían mis tres hijos que venían y mi yerno y en la otra, como un majarajá, yo solo. Mi hijo Tomás se ocupó con gran eficiencia de que pudiéramos tener una reserva en un buen restaurante de Pamplona el lunes 9, así como tener entradas para los toros de esa tarde, tarea nada fácil. Contó con la inestimable ayuda de dos grandes personas, navarros ellos, Luis Muro y Raúl Domínguez con los que había trabado una buena amistad a través de una cordialísima relación profesional. Vaya para ellos desde aquí mi más grande agradecimiento. Luis y Raúl se ocuparon, además, de conseguir para mis hijos un sitio de privilegio para ver el encierro en la calle Estafeta, así como de conseguir entradas para el apartado de los toros esa mañana en la plaza. En dos palabras, ¡¡¡IM PRESIONANTE!!! Gracias Luis y Raúl.

Durante este año, vi en youtube cientos de encierros. Todos los años, desde hace… ¡yo que sé cuántos!, los he visto en TVE, entre admirado y envidioso de los mozos que corren entrando y saliendo de entre los toros. Con todo ello, sabía cuáles eran los sitios en los que nunca pasa nada y cuáles los peligrosos. El último mes busqué estadísticas, que ya os conté el viernes pasado pero que os repito ahora. En cada encierro hay una media de 0,9 heridos por asta de toro y corren unas 2.000 personas. Es decir, hay una probabilidad de 0,45 por mil de que un toro te hiera. Además, esas cogidas ocurren en los sitios peligrosos. El numero de personas que tienen que ser atendidas por contusiones cuadruplica el de heridos por los toros. Pero éstos se producen todos en los sitios en los que hay aglomeración de gente que corre. Naturalmente, yo elegí lo menos peligroso de todo. Justo en la parte alta de la cuesta de Santo Domingo, el primer sitio en que los toros llegan a la altura donde hay gente, cuando van ciegos y en un paquete compacto, en el lado izquierdo de la calle (vista según la ven los toros), hay un bordillo. El toro no cabe por ese bordillo, por lo que va siempre más allá del mismo. Porque lo que no hace un toro es ir con sus dos patas izquierdas por encima del bordillo y sus dos derechas por la parte de debajo. Los toros no tienen un pelo de tontos. Por supuesto, si el toro echa el cuello hacia su izquierda, con la envergadura de los cuernos –que hay que verla de cerca para darse cuenta– puede enganchar a quien esté pegado a la pared. Pero, en los cientos de vídeos que he visto, eso no ha pasado nunca. Por lo tanto, desde un punto de vista racional, estar allí, pegado a la pared tiene una probabilidad de percance muchísimo menor del 0,45 por mil. Es más seguro que muchas actividades que hacemos de forma cotidiana y mecánica. Tenía una reserva mental. ¿No habría tortas por estar en un sitio tan seguro? ¿No me echarían de allí los habituales, los “dueños” de esos sitios? También leí cientos de consejos de cómo se debe correr en los encierros. De ellos había dos cosas que me preocupaban. Decían que había que tener en cuanta que los toros eran animales impredecibles y que nuestras reacciones también podían serlo. Yo no podía hacer nada para paliar la imprevisibilidad de los toros, pero sí la mía. Es una cosa estudiada que si quieres, ante una determinada situación difícil, poder prever tu reacción, la tienes que visualizar cientos de veces en tu cabeza, imaginándote teniendo la reacción que te gustaría tener. Pues desde hace un mes empecé a visualizar la situación. Me planteaba dos posibles escenarios. En el primero, el cómodo, veía a los toros venir –otra ventaja del sitio en el que había decidido estar es que al no haber nadie entre donde estás y el paquete de toros y cabestros, los ves venir de lejos y te haces una composición de lugar de la situación– juntos en paquete. En ese caso, me visualizaba a mí mismo de pie, pegado a la pared. En el otro escenario, me imaginaba a un toro viniendo pegado al bordillo y echando derrotes hacia la pared. En ese caso, me visualizaba tirándome al suelo pegado a la pared. También me representaba una visualización negativa de lo que nunca, bajo ningún concepto, debía hacer. Salir corriendo. Cuento todo esto porque hay gente que piensa que soy un irresponsable por haber estado en el encierro. Creo que lo anterior, junto con el hecho de estar “amortizado”, me exculpa de ese delito.

Y así, con esta mentalización, llegó el domingo 8 de Julio de 2018. Mi hijo Tomás iría directamente desde San Sebastián con su coche, mi yerno Pablo iba a ir en tren para poder echar una mano en casa la tarde del domingo. Blanca, mis hijos Pedro e Íñigo y yo, decidimos que, de camino para Pamplona, pararíamos en La Aguilera para ver a mi hija Marta que, como muchos sabéis, está en el convento de san Pedro Regalado, al lado de Aranda de Duero. Blanca, una prima suya y yo fuimos en su coche y mis dos hijos fueron con el mío. Nos encontramos en La Aguilera. Llevábamos unas tortillas de patata para comer de picnic en el convento. Después del picnic, a eso de las cuatro de la tarde, Pedro, Íñigo y yo salimos en mi coche y Blanca se quedó en el convento para volver más tarde a Madrid en su coche, con su prima. La idea era que Pedro, que tenía que estar el martes a las 8 y media de la mañana en Valladolid por motivos de trabajo y no podía quedarse a los toros, se llevase mi coche y el resto, Tomás, Íñigo, Pablo y yo, volviésemos a Madrid después de los toros en el coche del primero.

Sin más historias, a las 8 de la tarde estábamos en el hotel de Pamplona todos menos Pablo, que llegaría en tren hacia las once. Nos informamos de cómo poder ir al encierrillo. En Pamplona, los toros están en un lugar, un poco más a las afueras de la zona donde tiene lugar el encierro, llamado los corrales del Gas. Cada noche, sobre las 9,30 o 10h. los toros van en un encierro desde los corrales del Gas hasta el corral desde donde saldrán al día siguiente para el encierro. En el encierrillo no se puede correr, sólo se puede ver en determinadas zonas en las que la gente no pueda distraer a los toros. Se pide que se guarde silencio, precisamente por la misma razón. Llegamos a eso de las 8,30h a un lugar desde donde podía verse el paso de los toros. Al llegar tan pronto, cogimos un sitio de privilegio. Cuando soltaron a los toros de los corrales del Gas, se hizo un silencio absoluto. Se oyeron los cencerros de los cabestros y pasaron los toros, como una exhalación, tan arropados por los mansos que yo sólo fui capaz de contar tres toros. Eso me dio buena espina. Parecía que los toros tendían a ser gregarios. Los Cebada Gago, una ganadería que ha corrido treinta años en Pamplona, tienen fama de ser terribles. Son, junto con los Vitorinos, Adolfo Martín, el enjabonado encaste Veragua, mantenido por Tomás Prieto de la Cal, y Miura, de las pocas ganaderías realmente encastadas de España. En las estadísticas de los encierros casi triplican el número de heridos por asta de toro. Cuando me enteré, allá por el pasado mes de Mayo, de que el lunes 9 los toros que corrían eran los Cebada Gago, me entró un poco de canguis. Entonces vi los 10 o 12 encierros de esa ganadería de los que hay vídeo. Efectivamente, eran terribles en los tramos avanzados del encierro, pero en santo Domingo se comportaban excelentemente bien. Por lo tanto, me tranquilicé. Y el encierrillo me reafirmó en esa tranquilidad.

Tras el encierrillo, hicimos a pie el recorrido del encierro. Estafeta estaba petada. Música y charangas. Pero no vi otra cosa que buen rollo y buen humor. Las chicas que estaban allí estaban felices y divertidísimas. Ni el menor atisbo de alarma social. Luego, nos fuimos a cenar a un restaurante normalito de Pamplona, el Mercao. Decir un restaurante normalito de Pamplona es decir un restaurante donde se come de cine porque Pamplona, junto con San Sebastián, son, probablemente, las dos ciudades de España en las que mejor se come, con permiso de Bilbao. Así que cenamos impresionantemente bien. Si vais, os recomiendo las torrijas. A mitad de la cena se incorporó Pablo. Y, tras la cena, todos a la cama, a descansar, para estar frescos para el día siguiente. No viví Pamplona la nuit, ni tampoco era algo que me apeteciese lo más mínimo.

Al día siguiente, tenía que salir del hotel, me dijeron, a las 6,15h. Llegamos a dormir a eso de la 1 de la madrugada. Así que tenía sólo 5 horas escasas para dormir. Dormí poco y mal. No por miedo ni nervios, ni por angustia de tener poco tiempo, sino por impaciencia y anticipación del encierro del día siguiente. A las 5,55h, arriba y ducha. Antes de salir, en una hoja de papel del hotel, escribí lo siguiente:

“Mi nombre es Tomás Alfaro Drake. Soy A+. Estoy en ayunas. Soy donante de TODOS mis órganos que a mis 67 años puedan ser útiles. Si me pasase algo, llamar a mi hijo Tomás Alfaro Uriarte, que está en Pamplona”. (Y añadí sus dos números de móvil) Firmé y puse el pie de firma con mi nombre.

No lo hice por miedo, pero… por si acaso. Me lo metí al bolsillo de la camisa y salí de la habitación. Al salir, de la mesa del vestíbulo del hotel tomé un periódico del día anterior. El Diario de Navarra. En portada, una foto del encierro del día anterior, en la que un toro empitonaba por el culo a un corredor justo enfrente de donde yo iba a ponerme. Al cogerlo, la verdad me dio un poco de mal rollo, pero… ¿superstición?... qué chorrada. Estaba corriendo e iba por el lado malo, por la parte de fuera de la ligera curva de arriba de la cuesta de Santo Domingo. Lo enrollé y salí a la calle.

Lo de salir a las 6,15h era una exageración. Por el camino, a lo largo de la calle Mayor, me crucé con los últimos juerguistas que no se resignaban a retirarse. Muy pocos, pero casi todos con un pedo espantoso. Llegué a mi sitio a las 6,30h y me pegué una jartá de esperar. Pero no fue en vano, porque se me quitó una de mis aprensiones. A saber, que los “dueños” de los sitios me echasen. Para nada. Muchos de los que estaban allí les pasaba como a mí, que era la primera vez que corrían. Al contrario, me hice muchos amigos de unos minutos. Dos peruanos pirados, Gerardo y Johny. Guiris de muy distintas nacionalidades, norteamericanos desde California hasta Wyoming, canadienses, sudafricanos, franceses, un polaco, etc. Y, por supuesto, españoles y pamplonicas, algunos de estos últimos experimentados. Un español con la cara desencajada me pidió si le podía dar un trozo de mi periódico. Lo desenrollé y me pareció una buena idea darle las páginas exteriores, con la portada del empitonado, y quedarme con las interiores. Después lo volví a enrollar. ¿Por qué pensé eso? No lo sé, pero debo reconocer que sentí cierto alivio. No le volví a ver. Espero que no le pasase nada. Todos encantadores. Un navarro me quiso meter miedo contándome leyendas urbanas. “Los Cebada –me decía–, desde que salen del corral, ya te han visto y fichado y si te mueves, van a por ti. ¿La acera? Más de una vez corren por encima de la acera, sin dejar un milímetro entre ellos y la pared”, y otras cosas amedrentadoras. Como yo había visto los diez últimos encierros de los Cabada, no me creí ni media. Pero, por supuesto, no le contradije. Poco a poco, los curiosos se iban yendo y venían otros más profesionales. En un momento dado, en medio de un silencio respetuosísimo, colocaron una escalera en el lado opuesto de donde yo estaba, pusieron al santo patrón en su hornacina y encendieron las velas. Cuando se acabó la operación todo el mundo prorrumpió en un cerrado aplauso. Hablé con una peña que iban de verde. Cada encierro se colocan varios grupos en distintos sitios del recorrido que echan a suertes. Poco antes de los cánticos se reúnen como los equipos de fútbol antes de un partido y el más experimentado les dice en qué momento tienen que echar a correr a todo lo que den y por qué lado de la calle debía correr cada uno. “¡Hostia!, cuando van a menos de la mitad de la cuesta –les decía –, a mi señal, ya tenéis que poneros a correr como cabrones, porque van a toda hosssstia y si no sales cagando hostias llegan a ti antes de que te enteres te atropellan y te dan la hostia. Si corréis como putas a toda hostia, podréis aguantar su ritmo diez o doce metros, no más. Pero la peor hostia es la de los que vienen por detrás de ti y te empujan. Y vosotros lo mismo, a hosssstias con los de delante si se paran”. Conté siete u ocho veces las que dijo que todo había que hacerlo todo a toda hostia y repartiendo más de lo mismo –con las eses silbadas . Y es que, así como para quedarse pegado a la pared del lado izquierdo de los toros en Santo Domingo es lo menos peligroso de todo el encierro, correr en esa zona es peligrosísimo. Me acordé de la portada del periódico y, después de oír al capitán de la peña, pensé: “ese no debió echar a correr a toda hostia a tiempo”. Se notaba la crispación en los que iban a correr de verdad. Ejercicios de estiramiento, señales de la cruz, saltitos y movimientos de descontracción, miradas fijas en el suelo.

Y, de repente, a eso de menos diez el primer cántico, con sendas chuletas sostenidas en la pared, a izquierda y derecha del santo, saludándole con el periódico enrollado como si fuese un hisopo para aspergerle agua bendita:

A san Fermín pedimos
por ser nuestro patrón
nos guíe en el encierro
dándonos su bendición

y luego, en vascuence.

Entzun arren san Fermín
zu zaitugu patroi
zuzendu gure oinak
entzierro hontan otoi

Y un grito seco: ¡¡¡¡Viva san Fermín!!!! Coreado por un potente y multitudinario ¡¡¡¡¡¡¡Viva!!!!!!!, y ¡¡¡¡Gora san Femín!!!!, ¡¡¡¡¡¡¡Gora!!!!!!!

Un rato, con más nervios y… segundo cántico. Tensión en aumento y tercer cántico. Se acabaron las bromas, todo el mundo a su sitio. Debo decir que, tal vez por la cantidad de veces que había visualizado le escena, la visualicé una vez más y no tenía ni rastro de nervios. Puede que también mi sentida y auténtica oración a san Fermín ayudase. Y, por qué no decirlo, el hecho de estar en estado de Gracia habitual te da una gran tranquilidad. No porque pienses que si te pasa algo irás al cielo, sino porque así es el estado de Gracia habitual. ¡Cohete! Se abren las puertas y aparecen los morlacos, como ciento cincuenta metros calle abajo. El cordón de policía que hasta ese momento evita que la gente baje calle abajo, sale del recorrido por unas puertas del vallado. Algunos mozos bajan por la calle unos metros para coger a los astados unos metros antes y cambian bruscamente de dirección para empezar a correr calle arriba a toda hostia, como ellos dicen. ¡¡¡Hay que estar pirado!!! Pero eso no me incumbe. En ese momento oigo más que veo al líder de la peña gritar con toda su alma: “¡¡¡¡Ahora!!!! ¡¡¡¡Y ni miedo no hossssstias!!!!” Yo miro a los toros que vienen. ¡Horror! Un toro negro corre pegado a la acera. Sin echar derrotes, pero pegado a la acera. ¿Y si ya me había visto y al llegar a mi altura empieza a derrotar? Las leyendas urbanas del pamplonica me comen el tarro por un efímero instante. ¿Me tiro al suelo? Pero, a mitad de cuesta, un cabestro salvador se pone delante del toro negro. El toro sigue pegado a la acera, pero con un cabestro delante de él no puede verme. En mucho menos de lo que se tarda en leer lo anterior, los toros ya han pasado. El toro negro pasó a escasamente un metro de mí. Lo que cuento ahora sólo lo entenderán los que tengan más de sesenta años y hayan visto la película Moby Dick de Gregory Peck de 1956. Recuerdo cuando la vi –años después de su estreno, no soy tan viejo– una escena en la que el capitán Ajab arponea a la desesperada a la enorme ballena blanca. En un momento dado, el enorme ojo de la cetáceo, lleno de odio, copa completamente la pantalla. Pues bien, en la escasa décima de segundo en que el Cebada negro estuvo delante de mí, vi su enorme ojo negro mirándome y llenando todo mi campo de visión. Pero, una décima de segundo después, sólo vi la grupa del último cabestro, doblando la pequeña curva a la izquierda y desapareciendo de mi visión. ¿Fue alivio lo que sentí? No lo sé. Creo que no. Creo que fue una cierta decepción. ¿Eso era todo? ¿Ya se había acabado el encierro para mí? Pues sí. Reservé una pequeña esperanza, totalmente carente de deseo, de que un toro se hubiese dado la vuelta y me deparase una emoción más fuerte. Eché a andar calle arriba y no, ningún toro de dio la vuelta. Al cabo de un rato, oí los dos chupinazos que indicaban que todos los toros estaban ya en la plaza de toros y que todos habían entrado en los toriles. ¡Se acabó! ¡No hay para más! Mandé un WhatsApp a mi familia y otro al grupo que había constituido en el móvil. ¡Safe!

Por si alguno piensa que me estoy marcando un farol, mando dos capturas de pantalla de la TVE1. En la primera puede verse mi cabeza encima de la del segundo policía por la izquierda. En la segunda soy esa figura borrosa pegada a la pared que he señalado en el pantallazo con un trazo rojo.





Pero dejado atrás el encierro, quedaba lo mejor del día: el plan con mis hijos. Había salido del hotel en ayunas. Habíamos quedado en la plaza del Castillo para pegarnos un desayuno de los de levantar a un muerto. Delante de un plato de huevos fritos con patatas, chistorra y tomate, nos contamos nuestras impresiones. Ellos, invitados por los amigos de mi hijo Tomás, habían visto el encierro en Estafeta. Los comercios de esa calle tienen el sistema de cierre al revés. En vez de tener una cortina metálica que se cierra de arriba abajo, se cierra de abajo a arriba. Y si se cierra sólo hasta la altura de los hombros, se ve el encierro como si se estuviera en la mismísima calle… pero sin estar, ¡he ahí la diferencia! Tras el desayuno, fuimos a dejar libre la habitación del hotel y, siempre invitados por los amigos de Tomás, al apartado de los toros. Las entradas al apartado de la plaza cuestan tres euros y son casi imposibles de conseguir, pero para Luis y Raúl, todo era posible y tuvimos las nuestras. El apartado se trata de separar a los toros de uno en uno para ponerlos a cada uno en su chiquero en espera de la lidia. En un recinto rectangular estrecho, abierto por arriba, por uno de los lados pequeños del rectángulo se abre con cuerdas una puerta y entran en el recinto un cabestro delante y un todo detrás. Enfrente hay otra puerta abierta por la que pasa inmediatamente el dócil buey, pero que es cerrada con una pértiga antes de que el toro le siga. Entonces se abre una puerta en el lado largo del rectángulo y el toro sale por ella. Todo se maneja desde arriba y allí, acodados en una barandilla, se puede ver toda la operación. Uno no puede dejar de imaginarse lo que le ocurriría si cayese en ese recinto y un escalofrío le recorre la espalda. Pero no, la barandilla es lo suficientemente alta como para que eso no pueda ocurrir. Así pasan, de uno en uno, todos los toros. En las esperas, se puede tomar un vinito y un rico pincho de chistorra. Una gozada.



De ahí fuimos con Raúl y su mujer, Marta –Luis estaba trabajando–, a tomar el aperitivo a un sitio de pinchos muy típico de Pamplona, el Gaucho. Unos pinchos de aspecto suculento, pero no nos entregamos a ellos y nos conformamos con unos vinos porque, tras el aperitivo, nos esperaba una opípara y copiosa comida en el restaurante del hotel Europa. Ambientazo. El bar y la calle de bote en bote. Todo el mundo vestido de blanco, con pañuelos y fajín rojos, de un humor excelente. Risas y buen rollo. Lunes. Las oficinas bancarias, tiendas y otros negocios, abiertos. Pero tanto en las primeras como en las segundas, la gente va a trabajar con el atuendo sanfermín y a la hora del aperitivo todo el mundo se echa a la calle. Sana alegría de vivir y disfrutar por todos lados. No me cabe duda de que, como en todas partes, por los sanfermines pululan indeseables de la peor calaña en busca de experiencias horribles, como los de la tristemente célebre Manada. Pero lo que no ví por ninguna parte, igual que la noche anterior en Estafeta, fue el más mínimo atisbo de alarma social.

El restaurante del Europa está al lado del Gaucho, por lo que, cuando se fueron Raúl y su mujer, entramos directamente al restaurante. ¡Qué maravilla de comida! Al acabar la comida, con tiempo de sobra para llegar a los toros, a mí me entró el típico sueño sestero. Llevaba en pie desde la 6 de la mañana y había dormido poco y mal. Mi yerno, Pablo, hábil negociador, consiguió que en el precio de la comida estuviese incluida la ocupación, durante hora y media, de una habitación del hotel. ¡Como maná caído del cielo! Ni corto ni perezoso, me subí a la habitación y me eché la siesta del fraile, corta pero descansada. Me puse el despertador del móvil y, como una rosa, bajé con tiempo suficiente para que mi hijo Íñigo subiese a tomarme el relevo durante un rato. Tomás afirmó que él se había echado una siesta en la mismísima silla del restaurante, sin echar el más mínimo derrote con la cabeza, al igual que los toros a mi lado por la mañana, y con un ojo abierto y el otro medio cerrado. Parece que es una rara habilidad que desarrolló en un antiguo trabajo seven eleven en el que at three había que regalarse un disimulado sueñecillo. El único que no durmió fue Pablo que es un poco extraterrestre y no lo necesita. Así que el logrador se quedó sin descanso. Porque Pedro se tuvo que ir tras la comida para llegar a Valladolid en mi coche, con tiempo de descansar un poco antes de empezar a currar el martes a las 8,30 de la mañana. Salimos del restaurante no sin que antes nos diesen, esto sí puesto en la cuenta, unos suculentos bocatas de tortilla francesa con jamón, para matar el hambre que, a buen seguro, reaparecería en el viaje de vuelta.

Sea como fuere, a las seis y veinte estábamos en nuestra localidad de la plaza de toros. Cuatro tendidos bajos de sombra, enfrente de las peñas que se achicharraban al sol, sin que eso les impidiese todo tipo de charangas y festejos. No tenía yo muy buen concepto del comportamiento de esas peñas durante la lidia. Me habían dicho que se pasaban la corrida mirando gradas arriba, de espaldas al ruedo, sin importarles una higa lo que allí pasase, con desprecio de la labor de los matadores. Falso. Cierto que entre toro y toro organizaban la mundial atronando con sus charangas, pero durante la lidia, con mínimas excepciones, permanecían en un respetuoso casi silencio y bastante atentos a lo que se cocía en el ruedo.

Sin entender demasiado de toros y sin ir muy a menudo, me considero un buen aficionado. Sé lo suficiente para, aunque la corrida le pueda parecer un rollo a un guiri, disfrutar con una buena entrada al caballo, un buen par de banderillas puestas por un peón, un toro fijado en el burladero con economía de movimientos mientras el matador brinda o los picadores toman posiciones, un par de naturales lentos, bajos y de buena factura, una buena estocada y otros detalles. Y de estos detalles siempre hay varios en toda corrida, por aburrida que sea. Y en esta los hubo. Pero de lo que más disfruto es, cuando la hay, de la pelea del matador por poder al toro. Un matador puede matar al toro sin haberle podido. Para poder a los toros con casta hay que saber torear de verdad. Y los Cebada tenían casta para dar y tomar. Eran lo siguiente a difíciles de torear. Y los matadores no les pudieron. Ninguno. Ni siquiera Chacón o Álamo, que cortaron dos y una oreja respectivamente, lo que hizo que se abriera la puerta grande para el primero. Desgraciadamente la mayoría de la gente confunde el espectáculo con el toreo y no sabe ver un bajonazo siempre que el estoque entre hasta el fondo. Y con un par de desplantes, un pase de rodillas, alguna otra cosa para la galería y una estocada mala pero profunda, sacan el pañuelo y abuchean al presidente del festejo si no concede la oreja, cosa que hace inmediatamente. Y así se rifaron las tres orejas. Pero ninguno de los diestros supieron torear a los Cebada que, aunque murieron estoqueados, fueron muy superiores a quienes los mataron. En eso sí me decepcionó Pamplona. Yo creía que era una plaza exigente.

Acabada la corrida, al coche y a Madrid. Efectivamente, el hambre volvió de a poquitos. Y cuando se hizo suficientemente molesta, paramos en una gasolinera, nos zampamos los bocatas y reanudamos camino hacia Madrid, donde llegamos, contentos como unas castañuelas y felices como perdices, a eso de la una de la madrugada. Bueno, a esa hora llegué yo, porque a Tomás le tocó repartir a Pablo e Íñigo en sus casas.

En fin, una experiencia inolvidable que no quiero terminar de narrar sin dar otra vez las más efusivas y emocionadas gracias a Luis Muro y Raúl Domínguez, nuestros maravillosos anfitriones navarros. ¡¡¡¡¡¡GRACIAS!!!!!!



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