9 de febrero de 2014

¿Es el cristianismo la religión verdadera?

Escribo esta entrada como la tercera (y última) que pretende servir como respuesta a la conferencia de Antonio Garrigues que publiqué hace dos semanas. En ella Garrigues se rasgaba las vestiduras de que los cristianos pensasen que el cristianismo es la religión verdadera y veía en ello el origen de muchos de los males que aquejan al mundo. De ahí nacen estas líneas.

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Hay preguntas que están mal planteadas y que, en consecuencia, son imposibles de responder satisfactoriamente. Esta es una de ellas. Hay también preguntas trampa que pueden plantearse con una intención tal que, sea cual sea la respuesta que se de, su interpretación simplista deriva conclusiones ausentes de la respuesta. Esta pregunta es  formulada muchas veces con esta intención. Por tanto, en estas líneas intentaré, 1º plantear bien la pregunta, 2º responderla y, 3º salir al paso de la interpretación simplista y tergiversadora de la respuesta. Pero para ello tengo que remontarme a los principios.

El hombre, desde que tuvo inteligencia para “ver” el mundo que le rodeaba con los ojos de esta facultad, se empezó a preguntar por la naturaleza y la finalidad de lo que “veía”. Ningún animal se había preguntado qué era un cielo estrellado ni de dónde había salido ese mundo en el que se encontraba ni qué finalidad tenía. Pero en cuanto “vió” empezó a hacerse preguntas. Y prácticamente todas las respuestas que se daban tenían que ver con la trascendencia. Alguien (o algo), era la causa de ese cosmos, a la vez ordenado y caótico. Y ese alguien tenía una intención al causar el cosmos. Debía haber una razón para el cosmos. Y esta búsqueda dio lugar al fenómeno religioso. Los hombres empezaron a buscar respuestas en la actuación de distintos tipos de dioses, con distintas finalidades. También empezaron a plantearse de qué manera podrían llegar a comunicarse con ese dios o dioses para agradarle o, al menos aplacarle. De ahí nace el fenómeno religioso que, en sus inicios tenía mucho de mítico. Pero otra fuente de este fenómeno, no mítico, es el del asombro ante la verdad, la bondad y la belleza, tres cosas, que los filósofos griegos, nada míticos, denominaros los “trascendentes” y que, usando la razón, identificaron con los atributos del ser, causa primera del cosmos. Merece la pena, para ahondar en estos dos orígenes, leer el libro de “Las dos fuentes de la moral y la religión” del filósofo francés Henri Bergson.

Como yo funciono mejor con imágenes que con razonamientos, me imagino las religiones como montañas artificiales, construidas por el hombre con ritos, sacrificios y normas morales, para llegar a establecer esa relación con su dios. Subidos a lo más alto de ellas, alzaban los brazos a lo alto, imprecando la benevolencia de su deidad. Veo la enorme “planicie” de la historia humana llena de estas montañas, unas más altas, otras más bajas, más suaves, más abruptas, etc., pero siempre infinitamente alejadas de ese cielo al que querían llegar. La imagen bíblica de la torre de Babel no es ajena a esta visión.

Pero he aquí que, según afirma una larga tradición milenaria, ese Dios, no con minúscula, no el imaginado por los hombres al construir si montículo, sino el Dios creador del cosmos y de TODOS los hombres, decide –cosa razonable si uno de sus atributos es la bondad– establecer, siempre según esa tradición, ese contacto desde arriba con esos seres que le buscan patéticamente. Y empieza un proceso que conocemos con el nombre de Revelación y que es la intrusión de ese Dios en la historia de los hombres. Elije un hombre –Abraham– para que empiece a construir una montaña nueva, siguiendo las indicaciones que él le dará y diciéndole algo de sí mismo. Y lo que le revela poco a poco es asombroso. Ese Dios ama al ser humano. Por eso ha creado el cosmos y al género humano en él. Esa montaña, le va descubriendo, es para TODOS los hombres, aunque al principio su construcción sea llevada a cabo por un pueblo que nacerá de ese hombre. Y le va revelando a ese pueblo, dice esa tradición, que el final de la historia es la salvación de TODO el género humano y que esa salvación vendrá de la mano de un hombre especial, ungido del Señor, mesías en hebreo, cristo en griego. Les habla de que Él mismo, Dios en persona vendrá en su rescate. Les habla de la paz universal instaurada por ese mesías que, cuando triunfe, hará de las espadas arados y conseguirá que el león paste con el buey. Y todo esto se lo dice a lo largo de un proceso histórico-didáctico, a través de una multitud de seres humanos que se van tomando el relevo para escribir todo esto de una manera extraña en la que se mezclan realidades, signos y símbolos. De esa tradición ha nacido la religión del Libro, de la Biblia, el judaísmo.

Permítaseme una digresión lingüística. Religión viene de “religare”, buscar la relación con los dioses. Pero, aunque no sea así etimológicamente, todas las religiones anteriores al judaísmo eran unidireccionales. Es decir sólo iban de abajo hacia arriba, elevando montañas que eran como un dedo índice extendido entre el cielo y la tierra. Pero, por primera vez en la historia, una tradición afirma que Dios empieza a salvar el inmenso hiato entre ese dedo y el cielo. La religión se ha hecho bidireccional. Asimétricamente bidireccional, puesto que la infinita distancia entre la punta del dedo y el cielo, la recorre Dios hacia abajo. Y así, el hombre, empieza a atisbar los planes y propósitos de ese Dios. Pero, si esa tradición es cierta, eso ya no es una religión. Es algo cualitativamente distinto. Es un encuentro, aunque desigual y todavía en ciernes.

Y ese mesías, anunciado durante siglos por esa tradición, esperado con anhelo creciente, imaginado de distintas formas por ese pueblo temporalmente elegido como medio, acaba viniendo. O al menos, alguien se presenta como tal. A decir verdad, muchos hombres se habían presentado como mesías antes que el que nos va a ocupar y otros vinieron después. Todos llegaron en sin de guerra y todos fueron derrotados y olvidados pronto. Éste es el único que se presenta manso y humilde, como había sido anunciado pero no esperado. Un tal Jesús de Nazaret, nacido de mujer en un pueblo oscuro de un lugar que no era más que rincón del mundo, incluso para los judíos. Y no es reconocido. Pero anuncia que él ha vencido a la muerte, que es el Señor de la Vida que el que crea en él no morirá. De forma blasfema y única en la larga lista de sedicentes mesías, declara ser el mismo Dios que viene en persona a buscarnos, a ser uno de nosotros, a sufrir como uno de nosotros, a morir como uno de nosotros, para, resucitando, vencer la muerte por y para nosotros. Si fuese verdad, el encuentro se habría consumado. Dios habría recorrido el camino, de arriba abajo, hasta unir el cielo y la tierra, para reconciliar consigo todas las cosas en ese Dios-hombre.

Y aquí llega la disyuntiva. La gran disyuntiva. ¿Es verdad? Naturalmente, a esta pregunta no se puede responder con una demostración silogística. Pero si hubiese un Dios creador bueno, todopoderoso y amante del género humano, idea que no repugna al intelecto, al menos al de los griegos, aunque no creyesen en un Dios personal, esa acción de Dios respondería a una lógica interna. Ciertamente, los filósofos griegos no creían en un Dios personal y, mucho menos en un Dios que amase a los hombres. Pero eso era una carencia de su pensamiento. Los filósofos griegos, que creían en una causa primera generadora del cosmos fuera del tiempo creían en esto por su razón. Pero jamás llegaron a explicarse por qué, esa causa primera, plena de todas las perfecciones, causó. ¿Qué le pudo haber hecho causar a esa causa primera que consideraban necesaria? No encontraban la respuesta. Y se devanaba los sesos sin poder responder. Esta sinrazón descorazonaba a las mentes de los filósofos griegos. Santo Tomás nos dice: “Qué angustias no sufrieron por esa causa aquellos preclaros ingenios” Aristóteles se hubiese alegrado de caer en la cuenta de esa razón: El amor. Pero sólo un Dios personal es capaz de amar.

Por tanto, no repugna a la razón que un Dios así exista y, por tanto, tampoco repugna a la pretensión de ese hombre, por muy inaudita que sea. Pero la cuestión no es esa. La cuestión se plantea en la disyuntiva. Porque si todo esto no es verdad estamos ante la mayor mentira de la historia. Mentira histórica, atribuible a un pueblo a lo largo de los siglos, y mentira personal, atribuida a un solo hombre. Y las responsabilidades de un pueblo pueden diluirse, pero las de un hombre no. Si ese hombre, ese Jesús de Nazaret fue un mentiroso, fue el más despreciable de los hombres. Porque vino a jugar con la esperanza del resto de los humanos. No hay término medio. La historieta de un personajillo bueno no se tiene de pie si todo fue una mentira. Ese personajillo sería un farsante, probablemente un demente y, desde luego, un psicópata. Pero entonces debemos explicar por qué sus seguidores, que, naturalmente, sabrían que todo era una mentira, se dejaron masacrar por ese fraude. No hay en toda la historia de la humanidad nada parecido a una mentira semejante, basada en una mentira previa de 1800 años y que haga que veinte siglos más tarde siga habiendo decenas de miles de personas que se dejen matar o que “desperdicien” su vida, dedicándosela por completo a ese Dios-hombre, por una mentira semejante. Entonces debemos considerar que un san Francisco de Asís o una Teresa de Calcuta y tantos santos, conocidos o anónimos, de los últimos veinte siglos, son unos patéticos estúpidos. Debemos considerar, si todo es una mentira, que todo el arte occidental, las catedrales góticas, las universidades, y tantos y tantos logros del genio occidental, son basura.

Naturalmente, no puedo demostrar que sea verdad. Sólo un encuentro personal, misterioso, escondido, íntimo con ese hombre al que creemos vivo y actuante en el mundo, puede darnos el convencimiento de que es verdad. No es el resultado de un razonamiento sologístico, pero es razonable pensar que todo esto no tiene visos de ser la más tramposa de las mentiras de la humanidad.

Por tanto, vuelvo al primero de los tres puntos del principio. Planteemos bien la pregunta. ¿Si Cristo es auténtico, es la religión cristiana la única que afirma que el Dios creador se ha hecho hombre? Y la respuesta es SÍ. Y, ¿si es todo mentira? Entonces, como dice san Pablo, los cristianos seríamos los más miserables de todos los hombres. Pero también lo será la civilización construida sobre ese cimiento.

El punto segundo era: responder a la pregunta. Rotundamente creo que sí, que el cristianismo es la única religión que tiene la pretensión de que Dios ha venido hasta encontrarse en la carne con la humanidad haciéndose uno de nosotros y que, también rotundamente, creo que esta pretensión es verdadera.

El tercer punto era salir al paso de la interpretación simplista y tergiversadora de la respuesta. Esta interpretación simplista tiene dos ramificaciones. La primera, decir que esa respuesta es excluyente y generadora de violencia. La segunda, decir que es irracional. Desde luego, nada en la creencia de que el cristianismo es la religión verdadera implica que tenga que ser excluyente. Al contrario, quien lea las Escrituras verá que el cristianismo es incluyente de toda la humanidad. Ese Dios que se ha hecho hombre, no ha creado a los cristianos, ha creado a TODOS los hombres. No ama sólo a los cristianos, ama a TODOS los hombres, se ha encarnado por TODOS y ha muerto por TODOS. No puede encontrarse ni una línea en todo el Nuevo Testamento que incite a la violencia y a la exclusión. Y si se encuentran en el Antiguo Testamento, hay que interpretarlo a la luz de los principios superiores, que también están en ese Antiguo Testamento y que son llevados a su plenitud por Cristo en el Nuevo. Y a la luz de esos principios de interpretación, la religión cristiana es la religión del amor. Y Para que TODOS los hombres puedan salvarse, ha dejado en la tierra los medios para ayudar a nuestra naturaleza humana, capaz de lo peor y lo mejor, para que con la ayuda de Cristo, camine hacia lo mejor. Esos medios son los sacramentos de Cristo. Y los sacramentos están en El SACRAMENTO que es la Iglesia fundada por Él. Y ELSACRAMENTO de la Iglesia se desdobla en los sacramentos conocidos, que no son sino medios sobrenaturales para caminar hacia lo mejor. Pero la Iglesia que milita en esta tierra está formada por seres humanos, yo entre ellos. Seres humanos que seguimos participando de esa “esquizofrenia” de la naturaleza humana, capaz de lo mejor y de lo peor. Seres humanos que desfiguramos a veces el rostro de ese SACRAMENTO de salvación que es la Iglesia. Pero, también, y hay que decirlo, hombres y mujeres que hacen brillar esplendorosamente lo mejor de la naturaleza humana. ¿Por qué Dios ha permitido que los cristianos no nos transformemos inmediatamente en ángeles de bondad? La respuesta es sencilla. Porque nos ha creado libres y se toma nuestra libertad muy en serio. Dios no es un dictador, ni siquiera del bien. Así pues, los cristianos que formamos la Iglesia, tomamos muy a menudo el nombre de Dios en vano. Por eso son necesarios los sacramentos. Y por eso sin ellos es más difícil estar a la altura de la misión. Pero, demasiado a menudo, los cristianos hacemos excluyente algo que es inclusivo. En palabras recientes del Papa Francisco en su “Evangelii gaudium”: “A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas”. Pero, a pesar de los a menudo tristes comportamientos de muchos cristianos la Iglesia proclama que “es su misión de fomentar la unidad y caridad entre los hombres y también entre los pueblos, considera aquí, ante todo, aquello que tiene en común [con otras religiones] y les conduce a la mutua solidaridad”[1] y “no rechaza nada de lo que en estas religiones es verdadero y santo. Considera con profundo respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas que, aunque discrepen mucho de lo que ella mantiene y propone, no pocas veces reflejan, sin embargo, un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres”[2].

La segunda interpretación simplista a la respuesta afirmativa es la de la irracionalidad. Y aquí hay que poner un punto en el debe de una corriente que arranca desde Descartes: el racionalismo. Grosso modo el racionalismo cartesiano viene a defender que toda afirmación que no se pueda demostrar mediante razonamientos silogísticos, es irracional. Esto deja fuera de la racionalidad a todos los sentimientos y a la emotividad en general. La frase de Pascal de que “el corazón tiene razones que la razón no entiende” no es un bonito juego de palabras. Es reconocer la capacidad de toda la naturaleza humana para conocer la verdad. No sólo de la razón, sino de la emocionalidad. La unión de estas dos potencias humanas es racional. El racionalismo cercena esto, condenando todo sentimiento a la esfera de la irracionalidad. Pero, como siempre que se cae en un dualismo, separando lo que está unido y privilegiando una de las partes, la historia se toma su venganza. Y tras el frío racionalismo aparece, como reacción, el exuberante romanticismo en el que la emotividad se convierte en la única potencia para vivir en la realidad. Nueva tragedia, porque esto degenera en el sentimentalismo que, así, aislado de la razón, es ciertamente irracional. Pero ambos, racionalismo y sentimentalismo son aberraciones que hacen que el hombre pierda la brújula para navegar por el mar de la realidad. Y ambas aberraciones epistemológicas conducen a aberraciones de comportamiento que, cuando se generalizan, se traducen en aberraciones sociales e históricas. Sólo la superación de esa esquizofrenia cognoscitiva, sólo la recuperación de la unidad de la capacidad de conocer del ser humano por la razón y la emotividad, sólo cuando la cabeza respeta y tiene en cuenta al corazón y viceversa, sólo entonces se obtiene la paz. Y si ese sentimiento es el amor, entendido desde la unidad, la paz está garantizada. Y el cristianismo tiene esa unidad. Entiendo porque amo y amo porque entiendo.

Por todo esto, creer que el cristianismo es la religión verdadera no es excluyente y no es irracional como se quiere hacer ver.



[1]  Concilio Vaticano II, Declaración “Nostra Aetete”, nº 1.
[2] Concilio Vaticano II, Declaración “Nostra Aetete”, nº 2.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Tomás, como nos tiene acostumbrados, ! BRILLANTE¡
Muchas gracias,
M Victoria.

Anónimo dijo...

Gracias a ti, M. Victoria, por leer mi blog.

Tomás

Juan GM dijo...

Bestial, Tomás. Se me ponen los pelos de punta, y además porque mientras leo la entrada, estoy escuchando el Preludio de Tristán e Isolda dirigida por Carlos Kleiber.
Muchas gracias

Anónimo dijo...

Es que el preludio de Tristán e Isolda es de lo más escalofriante que se ha compuesto en música. ¡Viva Wagner!

Tomás