10 de enero de 2015

Sostenibilidad del sistema capitalista

Desde que Marx inventó el marxismo se empezó a correr el bulo de que el sistema capitalista engendraba unas contradicciones internas que, inevitablemente, acabarían en su colapso. Lo cierto es que el sistema capitalista no ha colapsado y, en cambio, sí que lo ha hecho el sistema comunista. No obstante, parece que la papanatería continúa. Hace unos meses el economista francés Thomas Picketty se ha puesto de moda coreado por el coro de grillos que cantan a la luna. Así, ha conseguido vender un millón de ejemplares de un libro bajo el mimético y poco original título de “El capital del siglo XXI”. En él, vuelve a pronosticar la inminente caída del capitalismo por su incapacidad para evitar un supuesto futuro de desigualdad y depauperación. El capitalismo no caerá, pero a él, los grillos le han metido en el bolsillo un buen porrón de dinero.

Una de las causas de esa supuesta desigualdad es, según dicen algunos, la tecnología. Al hacer que la productividad aumente –dicen los profetas agoreros–, hará superflua mucha mano de obra, condenando así al paro y a la miseria a enormes masas. Parece mentira que haya que salir al paso de semejante simplismo, teniendo en cuenta que ese proceso de avance tecnológico lleva ya más de un siglo y, lejos de haber producido esas consecuencias ha supuesto una inmensa mejora de la calidad de vida de la población en general y un mejor reparto de la riqueza, haciendo aparecer una clase media inédita en la historia de la humanidad. Pero como parece que la papanatería crece como los hongos, me propongo en estas líneas desmontarla.

Supongamos que mañana hubiera un extraordinario avance tecnológico que hiciese que en todo el mundo se pudiesen producir la misma cantidad de bienes con la mitad de horas de mano de obra[1]. Estamos acostumbrados a medir la riqueza global del mundo en una determinada moneda. Pero esto es falso. La riqueza del mundo se mide por la cantidad de “cosas[2]” que se pueden producir con los recursos disponibles. Por tanto, habremos de convenir que la riqueza total del mundo sería la misma tras esa revolución tecnológica. El problema que aparecería sería el de cómo repartirla. Si esto se produjese de golpe, no me cabe duda de que habría un periodo de adaptación que podría llegar a ser terriblemente duro y hasta violento. Pero si eso ocurriese paulatinamente, a lo largo de los años, el mercado haría que se produjese un reparto también paulatino.

Supongamos que antes del cambio tecnológico, los trabajadores, trabajando 100 obtuviesen el 50% de las cosas. Podría pensarse que, en primera instancia, al trabajar la mitad, se llevasen también, como colectivo, la mitad de las cosas que antes, es decir el 25%. Entonces el capital se llevaría el 75% restante. La historia demuestra que esto jamás ha sido así. Los mercados propiciarían un reparto diferente, más equitativo. No sé como llegaría a ser ese reparto. Pongamos que los trabajadores, trabajando el 50% acabasen llevándose en vez del 25% el 30%. Es decir, si antes trabajaban 100 y con eso obtenían el 50% de las cosas, tras el cambio trabajarían 50 obteniendo el 30% de la riqueza[3]. Digamos que serían menos ricos en cuanto a la proporción de cosas que les correspondiesen, pero más ricos en el ratio de porcentaje de cosas por hora trabajada que pasaría de 0,5 (50/100) a 0,6 (30/50). Por otro lado, los trabajos que desaparecerían serían aquellos que pueden ser hechos más ventajosamente por una máquina. Por tanto, el tiempo dedicado al trabajo sería en tareas más propias del ser humano, es decir, más dignas. Con todo, no cabe duda de que, si el reparto se hiciese más o menos de esta manera, los trabajadores se habrían empobrecido aunque dispusiesen de más tiempo de ocio[4]. Más aún, si hubiese un cierto crecimiento demográfico, la porción de cosas que les tocase a los trabajadores, tendría que repartirse entre más, con lo que tocarían a menos, empobreciéndose aún más. Malthus fue uno de los agoreros que, ya en 1798, en su libro “Ensayo sobre el principio de la población”, pronosticó que el crecimiento de la población condenaría irremisiblemente a la clase obrera a la miseria. Es evidente que se equivocó.

Pero cuando dije que la “riqueza del mundo se mide por la cantidad de cosas de las que se puede producir”, añadía: “con los recursos disponibles”. No cabe duda de que ahora los recursos disponibles han aumentado. Ahora disponemos de una cantidad mayor de horas disponibles de trabajo, por lo que se podrían producir más cosas y generar, por lo tanto más riqueza. Dicho de otra manera, si los trabajadores estuviesen dispuestos a trabajar lo mismo que antes, podrían producir el doble de cosas y, aunque esa cantidad adicional de cosas se repartiese entre ellos y las empresas[5], la cantidad total de cosas que tendrían tras la innovación tecnológica sería bastante mayor de la que tenían antes. Ahora trabajarían otra vez 100 y le tocaría el 30% del doble de cosas que antes, es decir, el equivalente al 60% de las cosas de antes. Lo que se ha producido es que los trabajadores han cambiado tiempo de ocio por riqueza. Son ellos, de acuerdo con el valor que den a su ocio los que indican al mercado que parte de ese nuevo ocio que ha aparecido están dispuestos a cambiar por más cosas.

Esto, que puede parecer el cuento de la lechera, es exactamente lo que ha ocurrido en los dos últimos siglos. Ciertamente, no es que haya tenido lugar un cambio tecnológico brusco que haya reducido de la noche a la mañana a la mitad la necesidad de recursos humanos para la producción de cosas. Lo que ha ocurrido es que ha habido muchas innovaciones tecnológicas que han conseguido eso mismo, pero poco a poco. Cuanto más progresivo y menos brusco sea el cambio, mejor, porque esto da tiempo a los mercados para irse adaptando a las nuevas situaciones. Merece la pena considerar que la solución esbozada más arriba no perdería su validez si, en el límite, para hacer cosas no hiciese falta mano de obra en absoluto. Entonces sí que podríamos aspirar al salario universal, creciente en la medida que creciese la cantidad de cosas producidas, para todos los seres humanos por el mero hecho de serlo. Estaríamos en Jauja. Aunque, evidentemente, esto no va a ocurrir nunca, creo que es importante señalarlo como límite.

La pregunta es: ¿podrá seguir ocurriendo en los próximos doscientos siglos? No lo sé, doscientos siglos dan para muchos, pero en principio no veo por qué no. Son varias, no obstante, las espinosas cuestiones que habría que considerar. La primera cuestión es bastante sencilla: ¿no se llegará a una saturación en la que ya no haya más cosas que se puedan hacer? Creo que la respuesta es “no”. Si echamos la vista atrás, a cualquier persona de hace doscientos años le parecería inaudita la enorme cantidad de cosas de las que disponemos y que ni siquiera podría soñar en su vida. Y si echamos la vista adelante, se me ocurren infinitas cosas que me gustaría poder hacer. Pero, cuando se me agote la imaginación, todavía habría cosas que ahora no puedo ni imaginar y que me gustaría hacer.

Seguro que muchos, con espíritu moralista, estarán pensando con el dedo en alto: “consumismo, consumismo”. Y no es verdad. Una cosa es el reprobable consumismo compulsivo que lleva a que alguien compre más cosas de las que puede permitirse o sufra por no poder tener todas las que quisiera y otra muy diferente es el lícito deseo del ser humano de poder aumentar su bienestar. Esto es lo que ha impulsado el progreso material de la humanidad. Sin ese natural anhelo estaríamos todavía en la época de las cavernas. Cierto también que la posibilidad de disponer de muchas cosas puede crear en el hombre una sensación de autosuficiencia que le lleve a olvidar su condición de ser contingente. Pero estos peligros morales, que son muy reales y que deben ser evitados, no hacen malo el sano deseo de aumentar el bienestar. Así que cuando hablo de tener más cosas, no hablo de consumismo. El progreso material tiene sus riesgos morales, pero la solución no es frenarlo.

Las segunda y tercera cuestiones son mucho más peliagudas. Pero no tienen nada que ver con el capitalismo. Serían cuestiones a las que tendría que responder cualquier sistema económico que pretendiese dar de comer y crear bienestar para una humanidad creciente. Son las cuestiones sobre el cambio climático, en primer lugar, y sobre la escasez de recursos distintos de los humanos, en segundo.

Respecto al cambio climático, me caben pocas dudas de que en unas décadas dejará de ser un problema. El principal motor del cambio climático es la producción masiva de gases invernadero, en especial CO2, debido a la quema de combustibles fósiles. Pero eso será superado, como digo, en unas décadas. Efectivamente, en Octubre de 2014, la empresa Lockeed Martin, situada en 2012 en el puesto 38 de las mayores empresas industriales de USA, anunció públicamente en Octubre 2014 que, tras siete años de investigaciones, podían asegurar que en diez años sería capaz de comercializar centrales de fusión nuclear con una potencia de 100 Mw[6] y del tamaño de un camión. El anuncio ha tenido eco en la revista Nature, una de las más prestigiosas revistas científicas del mundo. Si esto fuese verdad supondría una revolución energética que pondría fin a la quema de combustibles fósiles y garantizaría un suministro ilimitado de energía. Me permito hacer algunos cálculos bastante sencillos para ver dos cosas. Primera, cuánta agua sería necesaria para producir la fusión nuclear necesaria para administrar energía al mundo entero y, segunda, qué residuos quedarían tras el proceso.

En todo el mundo se consumen unos 140.000 millones de Kw-h, utilizando todas las formas de producción disponibles. Esto quiere decir que harían falta unos 160.000 centrales-camiones en todo el mundo. Si, para hacer este número más comprensible, lo aplicásemos a la Comunidad de Madrid, harían falta 133 centrales-camiones para suministrar energía a toda esta Comunidad Autónoma. La energía nuclear de fusión se produce mediante la fusión de un átomo de deuterio con uno de tritio[7]. Un litro de agua pesada (se llama agua pesada a la que el hidrógeno del H2O es todo él deuterio o tritio) en la que se separase del oxígeno el deuterio y tritio para fusionarlos en helio produciría unos 26.000 Mw-h. Por tanto, cada cantral-camión necesitarían unos 34 litros de agua para que funcionase. Si toda la energía del mundo se produjese con los 160.000 centrales-camiones, harían falta unos 5.450 m3 de agua pesada, que viene a ser el agua de tres piscinas olímpicas, es decir, despreciable frente al agua del océano. Cierto que para obtener esos 5.450 m3 de agua pesada habría que “filtrar” 3.250 veces esa cantidad de agua normal para obtener el deuterio necesario (el tritio se obtendría sintéticamente a partir del nitrógeno del aire, como se ha dicho). Pero el agua normal de la que se extrajese el agua pesada sería restituida al océano, por lo que sólo se consumirían al año las tres piscinas olímpicas que se ha dicho antes para obtener TODA la energía que necesita el mundo.

Los subproductos de esta fusión nuclear serían, por un lado 4.713 Toneladas de oxígeno corriente que se lanzarían a la atmósfera y, por otro 737 Toneladas de helio, una cantidad muchísimo menor de las necesidades mundiales de ese gas. El helio se utiliza principalmente para refrigerar imanes superconductores, para escáneres de resonancia magnética, para soldadura por arco, para mezclar con el aire de buceo, etc. El helio es un gas mucho más ligero que el aire prácticamente inexistente en la atmósfera. Si se soltase en ella, subiría hacia arriba y se escaparía al espacio. Se encuentra mezclado con el gas en los yacimientos. Se extrae mediante un proceso de evaporación fraccionada. Por tanto, el helio producido por la fusión sería muy útil para todas estas cosas. Y, en todo el proceso, no hay ni un subproducto radiactivo, ni un solo gramo de CO2 lanzado a la atmósfera. Además, como la producción de energía estaría localizada junto al lugar en que se consume, se ahorraría todo lo que se desperdicia en el largo transporte desde donde se produce hasta miles de kilómetros de distancia hasta donde se consume. En conclusión, habría energía ilimitada, sin apenas consumo de un recurso prácticamente inagotable como agua de mar y sin subproductos peligrosos.

Lo dicho sobre el rendimiento del proceso de fusión es pura ciencia incontestable. Pero, ¿será cierto lo que dice Lockeed Martin de la disponibilidad de esas centrales-camiones en diez años o será simplemente el cuento de la lechera o un farol? No lo sé, pero me cuesta creer que una empresa así se invente semejante cuento y que una revista de primera línea internacional como Nature se haga eco de ello. La comunidad científica-académica ha acogido con escepticismo lo asegurado por Lockeed, pero en el equipo que está trabajando sobre este proyecto, no hay científicos de pacotilla, sino de primerísima línea que no están por la labor de perder el tiempo con cuentos y estupideces. Por tanto, yo creo que lo que dicen tiene fundamento. Que en vez de 10 años sean 15 o que las centrales en vez de ser del tamaño de un camión sean de un edificio de tres plantas es posible, pero irrelevante. Posiblemente, tras el lanzamiento comercial de las centrales haya un periodo de 15 o 20 años para lograr que hay en funcionamiento suficientes como para producir el 80 o 90% de la energía mundial. Pero parece probable que en unos 30 años, la mayor parte de la energía del mundo sea producida por fusión nuclear. Por supuesto, esto no es óbice para que se siga investigando sobre tecnologías más eficientes de producción de energías renovables limpias o para que sigamos con un proceso de investigación para el uso más eficiente de la energía y de concienciación para cambiar de hábitos de despilfarro energético. Pero es muy razonable pensar que en unos treinta año, adiós a los combustibles fósiles y a la producción de CO2. Con esto queda contestada la segunda cuestión que estamos tratando. Adiós al efecto invernadero y al calentamiento global.

La tercera, la más peliaguda, se refiere a la escasez de recursos distintos de los humanos para poder mantener el ritmo de crecimiento deseado. Las nuevas tecnologías están creando una demanda creciente de elementos que son muy escasos en la naturaleza, como el tántalo, el niobio, el litio, etc. Pero los principales recursos escasos son, y serán en el futuro el agua y la superficie de tierra cultivable. La disponibilidad de agua de una determinada región depende, en última instancia de las precipitaciones que haya en zonas más altas de la cuenca hidrográfica que pase por esa zona, ya que bombear agua hacia arriba es un proceso de alto consumo de energía. El aumento de la agricultura y del uso doméstico han disparado el consumo de agua. Hasta ahora se ha producido un despilfarro inaudito de este líquido porque se consideraba que ese suministro no tenía límite. Se abre el grifo, el agua se va por el desagüe y es impensable bombearla otra vez hacia arriba. Se riega con agua potable y se desperdicia más de lo que se aprovecha. Se pierde casi el 60% del agua en la distribución. Se desperdicia el agua sin almacenarla allí donde sobra. Pero ya están en marcha sistemas de reciclaje que permitirán reutilizar las aguas negras, no sólo para regadío, sino para consumo. Actualmente, en la ciudad de San Diego, en California, todo está preparado para hacerlo así. El agua reciclada es de mejor calidad que la natural según los más rigurosos estándares. Sólo los prejuicios de la población hacen que no se utilice. Los sistemas de riego por goteo ahorran una cantidad asombrosa de agua, sin hablar de los cultivos hidropónicos. Si se puede transportar gas con unas pérdidas infinitamente menores, ¿por qué no se va a poder hacerlo de forma similar con el agua? Las posibilidades de almacenamiento allí donde sobran son algo que está al alcance de la mano. Pero, sobre todo, con una energía ilimitada, el problema de desalinizar el agua de mar y de subirla y transportarla desde allí, o desde donde sobre, hasta donde sea, será de mucha más fácil resolución. Por lo tanto, tampoco el agua será problema. Aunque esto no debe hacer que bajemos la guardia en la racionalización de su consumo.

Hay varias cuestiones que hacen que la tierra cultivable sea ahora, y vaya a ser en el futuro un recurso cada vez más escaso. La primera es la imperiosa necesidad de bosques, que una valiosísima reserva de biodiversidad y el pulmón necesario para luchar contra el cambio climático. La segunda es la competencia por esa tierra entre la alimentación y la producción de bio-diesel, la tercera, y la más difícil de salvar es que el planeta Tierra, en sí mismo, es una superficie limitada. Hoy en día, ya hay en marcha proyectos de la llamada “agricultura vertical”. Se estudia la construcción de edificios de veinte o treinta plantas en las que con técnicas de cultivo hidropónico se consigan cosechas mayores por m2 que de cualquier otra manera. Como estos edificios podrán ser como invernaderos, darán varias cosechas al año y podrán instalarse cerca de los lugares de consumo, con independencia de su clima, disminuyendo así el transporte. El aprovechamiento más eficiente de la superficie cultivable es otro de los factores que mejorarán inmensamente. Semillas más productivas y más resistentes a las plagas aumentarán la productividad, al tiempo que disminuirán casi a cero la necesidad de plaguicidas. El cultivo sin roturación del terreno mejorará también el rendimiento, disminuirá el agotamiento de nutrientes, lo que hará menos necesarios los fertilizantes, amén de disminuir enormemente la producción de metano, otro gas invernadero. El riego por goteo, además de ahorrar agua, evitará la salinización de la tierra. El ganado tendrá un coeficiente de transformación de forraje en kilo de carne mucho mayor. Todo esto y mucho más se podrá conseguir con la producción de alimentos transgénicos que serán totalmente inocuos. Por tanto, tampoco la superficie de cultivo será un problema.

Queda, por último el tema de los elementos escasos. En primer lugar, me caben pocas dudas de que el avance tecnológico conseguirá sustituir en gran parte la necesidad de esos materiales por otros sintéticos que puedan producirse consumiendo sustancias abundantes. Pero, además, muy posiblemente se iniciará la minería del océano, que es rico en cualquier sustancia que se pueda necesitar. Las salinas son una forma artesanal de esta minería. ¿Por qué no va a poder hacerse con otras muchas sustancias además de la sal si se dispone de las tecnologías adecuadas? Pensando en términos un poco más lejanos, la minería de la Luna será también un recurso. Traer material de la Luna a la Tierra, “cuesta abajo”, es mucho más sencillo que llevarlo “cuesta arriba”. Y, por supuesto, el reciclaje. Tendremos que aprender a cambiar nuestras costumbres para reciclar y para ser más cuidadosos con el uso de productos que consuman elementos escasos. Hoy en día ya hay consultoras que se dedican a determinar la huella de carbono o la huella hídrica de cada empresa[8]. No hay ninguna razón para que no pueda determinarse la huella de litio o la de niobio. Esto podría expresarse en los envases de los productos, para que los consumidores, si dan valor a estas cuestiones, penalicen a la empresa con mayores huellas o, mejor, para crear un mercado en la que las empresas con mayor huella de una sustancia tengan que comprar derechos de utilización a las de menor huella, pasando la huella a ser un elemento del coste real. Con todas estas cosas, también este tema podría solucionarse.

Todas estas páginas eran para responder a la pregunta que planteé casi al principio: ¿podrá seguir ocurriendo la expansión de la economía en los próximos doscientos siglos? Y la respuesta que di era que no lo sabía pero que, en principio no veía por qué no. Y sigo sin verlo. Alguien puede pensar que lo que acabo de escribir es el cuento de la lechera. Pero, a diferencia de ese cuento, lo que digo ya lleva ocurriendo en los últimos dos siglos, es decir, “la lechera” ya es millonaria y, de cara al futuro, me estoy refiriendo a avances tecnológicos que ya están en marcha. Podría haberme referido a cosas que todavía no son más que ciencia ficción, como la colonización del espacio, o la transmutación de los elementos o cosas así, pero no lo he hecho (salvo en el caso del tritio, que es ya una realidad). Sin embargo, estoy seguro de que los próximos doscientos siglos nos depararán avances tecnológicos que hoy en día no podemos ni tan siquiera imaginar pero que, si los imaginásemos, nos parecerían de la más absoluta ciencia ficción. Como se lo parecerían muchas cosas que hoy usamos cotidianamente a una persona de hace dos siglos. Quiero hacer constar, eso sí, que prácticamente la totalidad de los avances tecnológicos que han tenido lugar en los últimos dos siglos, los ha producido el sistema capitalista. Si en algunas cosas puntuales, como la carrera espacial, la carrera de armamentos, o el avance científico ha parecido durante algunos años que otros sistemas económicos se adelantaban, ha sido sólo un espejismo. Cuando la URSS parecía adelantar a USA en esas cosas, era tan solo porque utilizaba en ellas ingentes recursos a costa de la miseria de su pueblo, lo que demostró ser insostenible.

Desde luego, a pesar de las razones expuestas, la respuesta del “no lo sé” a la pregunta anterior es la más sensata. Nadie puede saberlo. Los retos a los que se tendrá que enfrentar la humanidad en los próximos siglos serán, a buen seguro, formidables. Pero estamos dotados para afrontarlos. También es cierto que llevamos dentro unos demonios internos que pueden ser nuestro fin. La única solución que no es factible es la de quedarnos quietos donde estamos. La Reina de Corazones le decía a Alicia, en el País de las Maravillas: “En este país, si te quieres quedar quieto donde estás, tienes que correr tanto como puedas. Ahora bien si lo que quieres es avanzar, tienes que correr cuanto menos el doble”. Pero creo que quedarnos quietos donde estamos es tan difícil como poner de pié un lápiz sobre la punta. Creo más bien en lo que decía Walt Whitman: “Está en la naturaleza de las cosas que de todo fruto del éxito, cualquiera que sea, surgirá algo para hacer necesaria una lucha mayor”.

Alguien podrá pensar que me estoy centrando sólo en el aspecto material del desarrollo. Y tendrá razón. Pero es que al instrumento “capitalismo” no se le puede pedir otra cosa que progreso material. No obstante, y a riesgo de una cita demasiado larga, creo que es útil la siguiente de Henri Bergson en su libro “Las dos fuentes de la moral y de la religión”, publicado en 1932:

“Si el misticismo debe transformar a la humanidad, sólo lo logrará transmitiendo progresiva y lentamente una parte de sí mismo. Los místicos lo saben bien. El gran obstáculo que encontrarán es el mismo que ha impedido la creación de una humanidad divina. El hombre debe ganar el pan con el sudor de su frente: en otros términos, la humanidad es una especie animal, sometida como tal a la ley que gobierna el mundo animal y que condena al ser viviente a alimentarse de lo viviente. Al serle disputado su sustento tanto por la naturaleza en general como por sus congéneres, tiene forzosamente que emplear su esfuerzo en conseguirla; su inteligencia, precisamente, está hecha para proporcionarle armas y útiles para esta lucha y este trabajo. ¿Cómo, en estas condiciones, la humanidad habría de volver hacia el cielo una atención esencialmente dirigida hacia la tierra? Si tal cosa es posible, sólo lo será en virtud del empleo simultáneo o sucesivo de dos métodos muy distintos. El primero consistirá en intensificar hasta tal punto el trabajo intelectual, en llevar la inteligencia tan lejos y más allá de lo que la naturaleza había querido para ella, que el simple instrumento dé paso a un inmenso sistema de máquinas capaz de liberar la actividad humana, siendo esta liberación, por otra parte, consolidada por una organización política y social que asegure al maquinismo su verdadero destino. Medio éste peligroso, porque la mecánica, al desarrollarse, podrá volverse contra la mística: incluso es de este modo, como aparente reacción contra ésta, como la mecánica se desarrollara más completamente. Pero existen riesgos que hay que correr: una actividad de orden superior, que tiene necesidad de una actividad más baja, deberá suscitarla o, en todo caso, dejarla actuar, dispuesta a defenderse si es preciso; la experiencia muestra que, si de dos tendencias contrarias pero complementarias una ha crecido hasta el punto de pretender ocupar todo el espacio, la otra se encontrara bien situada por poco que haya sabido conservarse: al llegar su turno, se beneficiará de todo lo que se ha hecho sin ella, que incluso no ha sido llevado vigorosamente más que contra ella”.

Ante la incertidumbre de esta lucha, siempre mayor, hay dos cosmovisiones radicalmente diferentes. La primera es que estamos solos en ella. Que los retos y nuestros demonios internos por un lado y nuestra inteligencia por otra, son los únicos actores de esta lucha. Sería como un concurso en el que la cultura de un concursante se enfrenta a preguntas de dificultad creciente. ¿Llegará el concursante a ganar el súper premio? Las apuestas están abiertas, pero raro es el concurso en el que el concursante gana el “gordo”. La segunda es la cosmovisión de quien cree que la inteligencia que nos permite desarrollar tecnologías es algo que nos ha sido dado y que nos ha sido dado por alguien y para algo. Según esta cosmovisión, la inteligencia nos la ha dado un Dios que, además, está con nosotros para derrotar a nuestros demonios internos (y externos). Un Dios que nos ha provisto de una cornucopia, una despensa de recursos que, bien administrados, pueden dar mucho de sí. Un Dios que como buen profesor, va dosificando la dificultad de las preguntas a un nivel al que, si nos aplicamos, podemos llegar. Que nos acompañará en este aprendizaje hasta que alcancemos el doctorado y acabe el concurso. ¿Pero cómo vamos a pensar nosotros ahora, que estamos en EGB, en las preguntas de doctorado? Sólo podemos caminar confiados hacia él. Eso sí, “a Dios rogando y con el mazo dando”. La obtención de este doctorado es la razón por la que nos ha dado el don que nos ha dado. Es el deseo de Dios en el Génesis: “Hagamos a los hombres a nuestra imagen y semejanza, para que dominen sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, las bestias salvajes y los reptiles de la tierra”, seguido de su primera orden: “Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven por la tierra […] Os entrego todas las plantas que existen sobre la tierra y tienen semilla para sembrar; y todos los árboles que producen fruto con semilla dentro os servirán de alimento”. Yo creo en esta segunda cosmovisión. Según ella, el doctorado consiste en que “la creación entera espera anhelante la manifestación de los hijos de Dios […] vive en la esperanza de ser también ella liberada […] y participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios”, porque “está gimiendo con dolores de parto hasta el presente”. Aunque no es este el lugar para mostrarlo, creo que esta cosmovisión es más plausible que la primera. Así lo he mostrado en otros escritos y libros míos. Por eso confío en el futuro. No confío en que en este futuro ascendamos lineal y tranquilamente hacia el fin del doctorado. Seguro que suspenderemos asignaturas, que tendremos que corregir muchos trabajos mal hechos, que tendremos que repetir algún curso, pero que al final, tras una dura lucha, la humanidad alcanzará el grado de doctor. Así lo creo y así lo espero.



[1] Es evidente que una cosa así no se va a producir de golpe, de la noche a la mañana, pero esto ya ha pasado varias veces, poco a poco, en los últimos dos siglos. Por tanto, no es nada descabellado.
[2] Pongo “cosas” entre comillas, porque en esa palabra hay también servicios y productos intangibles y utilizo la palabra, además, en el sentido de riqueza o bienestar. En este sentido utilizaré la palabra cosas en este escrito, por lo que esta palabra debería aparecer siempre entre comillas. No obstante, por mor de no ser repetitivo, no la entrecomillaré más. Pido, no obstante, al lector, que mantenga en su mente las comillas.
[3] Asunto diferente, en el que no voy a entrar, sería si ese 30% de la riqueza sería para la mitad de los trabajadores que trabajasen igual que antes y la otra mitad no recibiese nada o si todos los trabajadores trabajasen el 50% de tiempo que antes y ese 30% de riqueza se repartiese entre todos. Otra vez, en la historia, los mercados han encontrado situaciones intermedias.
[4] Por supuesto, este tiempo de ocio es también una “cosa”, entre comillas y, por lo tanto, riqueza.
[5] Para producir esas “cosas” adicionales haría falta, además de mano de obra, capital, por lo que sería justo que las empresas participasen en ese reparto.
[6] El Mw (Mega watio) es un unidad de potencia, es decir de la capacidad de producir energía de una planta en un segundo. No es una unidad de energía. Una planta de un Mw trabajando durante una hora, produciría una unidad de energía que es el Mw-h. Como en un año hay 24*365 horas, esa central de un Mw trabajando un año produciría 8760 Mw-h.
[7] El deuterio y el tritio son dos isótopos del hidrógeno. Tanto el hidrógeno normal como ambos isótopos constan de un protón en el núcleo. Pero, además, el deuterio tiene un neutrón y el tritio dos. El deuterio está presente en la naturaleza en la proporción de 1 átomo por cada 6.500 de hidrógeno normal. El tritio no está presente en la naturaleza, pero puede ser producido sintéticamente a partir del nitrógeno del aire.
[8] La huella hídrica de un producto indica la cantidad de agua que se ha utilizado hasta su entrega final. Es algo más complejo que el agua que se haya utilizado para fabricarlo. Si, por ejemplo, se trata de un producto cárnico envasado, se trata de seguir toda el agua consumida desde el forraje con el que se ha alimentado al ganado, hasta la utilizada para fabricar las cajas en las que va embalado, pasando por el agua en el que se ha cocido y cualquier otro tipo de utilización de agua en toda la cadena. Una empresa de productos cárnicos que compra la carne y cualquier otra materia prima de productores con poca huella hídrica y que cuida el consumo de agua en su propio proceso productivo tendrá menos huella hídrica que otra que no repare en la huella hídrica de sus proveedores ni de su proceso productivo. Si la información sobre esto es transparente y el mercado da valor a una baja huella hídrica o si hay un mercado en el que se compren y vendan derechos hídricos, las empresas estarán incentivadas para disminuir dicha huella. Lo mismo que se dice de la huella hídrica se puede decir de la huella de niobio o de litio. Una vez más, esto no es soñar. Ya existe el mercado de los derechos de emisión de CO2 en el que las empresas con más huella de este gas, tienen que comprarles derechos a las que tienen baja huella.