6 de julio de 2015

Grecia

Una de las compulsiones que tengo es la de poner por escrito las cosas que pienso. No consigo relajarme hasta que lo hago. Tengo la suerte de que cuando inicio ese proceso suelo tener en la cabeza con bastante claridad lo que quiero escribir y, sobre todo, la estructura lógica que quiero darle a lo que escriba. Por supuesto, esa estructura se modifica a medida que escribo pero tengo una idea bastante clara desde el principio. No es el caso con todo el asunto de Grecia, con el que se me agolpan en la cabeza ideas que están claras para mí, pero para las que no tengo un plano en la cabeza sobre cómo estructurarlas. Por eso me temo que este escrito pueda resultar un tanto farragoso. Si es así, espero que sepáis disculparme. Un buen sitio para empezar cuando uno no sabe por dónde hacerlo, es el principio, así que empiezo por ahí.

¿Cómo empezó todo?

Si no queremos remontarnos a la época de la Grecia clásica, que nos aportará pocas luces para el problema actual, podemos empezar por John Maynard Keynes. Keynes fue el primer economista (al menos el primero famoso) que abogó por que, en momentos de recesión económica, el Estado, para reactivar la economía, gastase más de lo que recaudaba, creando un déficit, para devolver las cosas a su situación natural, con superávits, en momentos de bonanza, de forma que la deuda no se acumulase indefinidamente. No soy keynesiano, ni siquiera en ésta su versión blanda, pero no es este el momento de explicar el por qué. Sin embargo, lo que me parece una locura –y creo que Keynes se volvería a morir de inmediato si levantase la cabeza y viese a lo que hoy se llama keynesianismo– es que, en nombre de Keynes se haya llegado a la situación en la que mucha gente piense que los Estados pueden gastar, de forma crónica e indefinida, más de lo que recaudan para, de esta manera dar a sus ciudadanos servicios insostenibles. Esto que digo no va en contra del estado del bienestar. Va en contra del estado del bienestar hecho a base de vivir por encima de las posibilidades. Me parece estupendo que, con ciertos límites, un Estado cuyos ciudadanos generen una riqueza suficiente, dé servicios de bienestar a sus ciudadanos mediante unos impuestos razonables, no desincentivadores, sobre esa generación de riqueza. Pero poner unos servicios insostenibles antes de la generación de riqueza, o intentar financiarlos con unos impuestos abusivos es un disparate económico. A ningún padre de familia en su sano juicio se le ocurriría que este disparate puede funcionar en su familia. Sería largo comentar por qué, cuando se trata del Estado, la gente se traga semejante disparate. Sin embargo, hasta hace unos años, este era un dogma de fe apoyado y utilizado especialmente por los gobiernos socialdemócratas. Y no creo que hayan abandonado ese dogma de fe salvo coyunturalmente.

Y el ciudadano, con una ceguera inducida por sus gobernantes, pero de la que no es del todo inocente, acepta este dogma de fe con una inmensa alegría. Más aún. La naturaleza humana nos induce a pensar que un privilegio que no nos hemos ganado pero del que llevamos disfrutando durante mucho tiempo, se ha transformado, por alguna alquimia misteriosa, en un derecho. Y la ciudadanía acusa a quien la intenta hacer ver que ese derecho no es tal, sino un privilegio insostenible en el tiempo, de insolidario, egoísta y antisocial. ¡Los perversos recortes! ¡La maldita austeridad! Y si los que han financiado ese privilegio con su dinero se plantan, ellos son los culpables de las consecuencias. Todo esto, me parece tan de Perogrullo que me da casi vergüenza ponerlo por escrito, pero parece que la gente –políticos, periodistas, ciudadanos, etc.– sobrevuela sobre esto sin entenderlo. O sin quererlo entender, que no hay más tonto que el que no está interesado en entender. Así que, con vergüenza por las obviedades, lo digo.

Esto es lo que ha pasado en Grecia (y en Portugal y en Irlanda) en los últimos años. Cuando estos países fueron incapaces de conseguir que nadie les prestase más dinero para mantener sus privilegios no ganados, se encontraron con la mano tendida del resto de países de la zona Euro que seguían prestándoles dinero. Es decir, les rescataban prestándoles un dinero que nadie más estaba dispuesto a prestarles. Ahora bien, lo hacían exigiendo unas medidas que hiciesen posible que, a largo plazo, la economía de esos países fuera capaz de crear suficiente riqueza para devolver lo que debían. La maldita austeridad y los pérfidos e insociales recortes. A veces, incluso, les perdonaban una parte de la deuda, condicionando este perdón a la buena voluntad expresada para hacer su economía viable. Es decir, se ponía solidaridad concreta y monetizada frente a promesas. Portugal e Irlanda, cuando fueron rescatadas, empezaron a llevar a su pueblo al realismo con grandes sufrimientos. Y parece que van saliendo del atolladero. España, antes incluso de que se le cerrasen los mercados y de tener que ser rescatada, se impuso sus propias restricciones para conseguir eso sin necesidad de que se lo impusiesen. No es el caso de Grecia. Los gobiernos anteriores de Grecia decidieron no hacer lo que había que hacer y, en cambio, engañar con los datos de su economía para que pareciese que sí lo hacían. No obstante, Europa le concedió un segundo rescate en el que, además, se le hacía una quita de la deuda y una reestructuración de la misma para darle un respiro. Parece que tras este segundo rescate el gobierno griego, empezó a hacer los deberes aunque tímidamente, lo que desató la indignación y las iras de sus ciudadanos que consideraban que Europa les humillaba. Y ahí estaba Syriza para capitalizar ese descontento.

Tengo ahora, antes de seguir, que hacer un circunloquio que espero no os despiste demasiado. El comunismo, tras ser derrotado en toda la línea en la lucha por intentar un sistema económico que trajese desarrollo al mundo, no ha renunciado a su ideología ni a su estrategia gramsciana de perspectiva histórica para traer al mundo ese utópico “paraíso” con el que sueña. Nunca le ha frenado en sus intentos la compasión por la miseria de los pueblos si a través de esa miseria se acercaba ese “paraíso”. No creo que sea necesario recordar hechos recientes muy recientes. Ahora tampoco eso le importa lo más mínimo. Es más, derrotado su sistema sólo le queda una posibilidad para lograr sus objetivos: Lograr la ruina de la economía de libre mercado. Sabe que eso no es fácil y que su presa es poderosa. Y sabe que la única estrategia que, tal vez, pueda tener éxito es fomentar todo tipo de reivindicaciones que puedan paralizar la maquinaria enemiga o crear situaciones conflictivas, y esperar agazapado a que esas oportunidades le den la ocasión para saltar sobre su presa. Y ahora, en estos momentos, olfatea que esa oportunidad está llegando.

A Syriza le importa tres caracoles el bienestar del pueblo griego. Sabe que ese pueblo es un peón que hay que saber mover bien para ganar la partida, pero que puede ser sacrificado llegado el caso. Si Grecia tuviese el tamaño de España, caben pocas dudas de que, sabiendo que su salida rompería el euro, lo haría. Desde el domingo, y en los meses pasados, he oído muchos análisis sobre los efectos que podrían tener las distintas posturas griegas para el éxito negociador de Syriza. Pero todas parten de un punto de partida falso, a saber: Que para Syriza el éxito sería que Grecia se quedase en el Euro con un plan de rescate duro pero viable. Eso es lo último que quiere Syriza. Su objetivo es romper el Euro como un paso de su estrategia histórica para hundir el sistema. Pero con un PIB de tan solo un 18% del de España y menos de un 2% del de la zona Euro, sabe que su salida no sería más que un molesto resfriado para el Euro. Y lo que la izquierda radical quiere es un cáncer con metástasis. Por eso seguirá intentando quedarse para, desde dentro, crear el mayor conflicto posible en todos los frentes. Y desde esta posición jugará sus cartas para poner al resto de los miembros del Euro en un difícil disyuntiva. Si Europa se cierra en banda y Grecia se encamina hacia la miseria, Syriza criminalizará a sus compañeros de viaje, responsabilizándoles de la miseria del pueblo griego y creando un caldo de cultivo anti Euro de consecuencias muy negativas. El pueblo griego pierde pero Syriza gana. Sin embargo, veo pocas probabilidades de que el resto de Europa, aunque esté cargada de razón se atreva a soportar ese sambenito. Creo, por tanto, que Europa cederá. Y, lo que es peor, creo que cederá con un plan del que sabrá perfectamente que Syriza no tiene la más mínima intención de cumplir. Si algo ha dejado claro el referéndum es eso. El pueblo griego, manipulado por Syiriza, no está dispuesto a llevar a cabo ningún plan que suponga un sacrificio para trazar un camino de regeneración de la economía griega. Ayer leí en el diario El Mundo un titular que decía: “Sí, el calvario; no, la tragedia”. El calvario de un plan realista de ajuste, seguido con lealtad, podría llevar a esa regeneración. Sin embargo, el pueblo griego, tal vez fiel a sus orígenes, ha elegido la tragedia sin salida. Pero la otra pinza que atenaza a Europa es que aceptar un plan con trampa tendría un riesgo moral terrible. Porque entonces, Irlanda, Portugal y España se sentirían estafados por haber tenido que hacer el enorme esfuerzo que han hecho y tienen que seguir haciendo en su calvario, e Italia pensaría que ella no iba a ser tan tonta como estos países si un día le llegaba el turno. ¡Tanto esfuerzo para que el que peor voluntad presente sea el que salga mejor parado! Y, por supuesto, estos tres países elegirían en las próximas elecciones a partidos que se pasasen la austeridad por el arco del triunfo, con lo que se pondrían en la antesala de salida del Euro, que es lo que pretenden Syriza y Podemos. Quien crea que exagero, que eche un vistazo al siguiente video de un minuto.


Por supuesto, si Grecia saliese del Euro, dejaría de pagar irremisiblemente toda su deuda, que supone casi el 180% de su PIB, es decir, suma un total aproximado de 320.000 Millones. Sin embargo, dada la prácticamente nula disposición de Grecia para hacer los drásticos recortes que tendría que hacer, es casi seguro que ese dinero está ya perdido y hay una máxima que dice que uno no debe poner dinero bueno sobre dinero malo.

Hay muchos otros caminos por los que Syriza puede hacer daño al Euro y también los está recorriendo. Ya está coqueteando con Rusia y con Irán para obligar a los EEUU a presionar a Europa. Naturalmente, EEUU lo está haciendo porque no le gustaría ver sus bases griegas en el Mediterráneo Oriental en esas manos. Podríamos pensar entonces que fuese EEUU el que financiase a Grecia. Pero Europa tiene muy cerca el frente de Ucrania/Rusia y no le gustaría nada ver a un país como Rusia, que no entiende otro lenguaje que la fuerza, instalado en sus puertas. Y mantenerle para mantener a Rusia lejos de Grecia si Grecia se va le llevaría tener que hacer unos gastos monumentales en defensa que ni sus economías ni sus opiniones públicas le permitirían. Para eso está EEUU. Pero claro, al echar sobre sus hombros la carga de policía del mundo, EEUU pasa factura. Todas las bazas que está jugando Syriza son las contrarias a las que debería seguir un leal aliado que ha vivido los últimos años del dinero que le venía del resto de Europa. No cabe duda de que Tsipras y Varufakis no tendrían precio en el mundo del chantaje. ¿Cambiará algo la llegada de Tsakalotos en sustitución de Varufakis? Quien crea que este cambio significa algo más que un simple maquillaje, creo que está en la luna de Valencia. O a lo mejor el hecho de que Tsakalotos se llame Euclides de nombre es algo significativo. ¿Quién sabe?

Oigo a gente decir que, por lo menos, el “no” del referéndum vendrá bien para que en España, cuando veamos sus consecuencias, escarmentemos en cabeza ajena. No estoy tan convencido de ello. El victimismo inoculado en el pensamiento de mucha gente ha trastocado los conceptos de dignidad y heroísmo. A la dignidad del pueblo español, portugués o irlandés que hace lo que tiene que hacer, por doloroso que sea, para volver a vivir a la altura de sus posibilidades y ser sostenible, se la confunde con sumisión. Y a la postura irresponsable e insensata del pueblo griego, eligiendo y sosteniendo a un partido que lo único que persigue es llevarle a la ruina como estrategia, se le llama heroísmo. “Los pobres griegos, víctimas de la perfidia de Europa, se resisten heroicamente contra la colonización para mantener su dignidad” oigo decir a Pablo Iglesias (ya lo dice Maduro). Esta manera tan errónea de ver la realidad está, sin embargo, imbuida en la mente de la inmensa mayoría de los que han votado a Podemos en España y de mucha gente buenista, como lo está en los que votaron a Syriza y en los que han votado “no” en el referéndum del domingo. Me temo que ante las imágenes del pueblo griego pasando penurias sin cuento por su culpa y la de sus dirigentes, se va a despertar en muchas personas un sentimiento de errónea solidaridad que les va a llevar a lo que considerarán el heroísmo de inmolarse con ellos.


¿Estoy paranoico? Creo que de ninguna manera. Simplemente veo las cosas poniéndome en los mismos zapatos que la izquierda radical a la que conozco y por la que no me dejo engañar. Como he dicho en otros escritos, he sido cocinero antes que fraile y a mí no es fácil que me la den con queso. No creo, sin embargo, que la izquierda populista acabe por triunfar porque, afortunadamente, el sistema capitalista es mucho más robusto de lo que ellos puedan pensar. Pero de lo que me caben pocas dudas es de que van a hacer retroceder las economías  de los países que se dejen engañar y, en algunos de ellos, puede que se sobrepase el punto de no retorno y se encuentren encaminados hacia la venezuelización. Esperemos que España no sea uno de esos países, a pesar de que en la estrategia gramsciana estamos los siguientes en la lista.