5 de julio de 2015

Sobre la encíclica "Laudato si" del Papa Francisco

He leído con inmenso interés y expectación la primera encíclica del Papa Francisco sobre el problema ecológico. Me ha parecido un texto denso, profundo y complejo. No es una encíclica sobre el cambio climático, como he oído decir. Aborda el problema ecológico desde una amplísima variedad de vertientes, de las que el cambio climático es tan sólo una de ellas, si bien la más relevante. He leído que de que detrás de esta rica variedad de problemas ecológicos está el asesoramiento de la Pontificia Academia de las Ciencias. Además, entrevera el problema ecológico con el de la pobreza. Hay en la encíclica cosas que me parecen maravillosamente luminosas y certeras. Todos sabéis mi inmenso respeto y cariño por este Papa del que difundo todo lo que puedo sus homilías y discursos. Me tienen fascinado su visión del catolicismo como vuelta al amor primero de Dios, a su misericordia, a su amorosa paternidad que pide de los cristianos que seamos dispensadores de ese amor y esa gracia, llevándola hasta las periferias en vez de ser  aduaneros de los mismos. Por eso me duele mucho lo que voy a decir ahora: Me parece que, al lado de las partes luminosas de la encíclica, hay en ella una profunda incomprensión y desenfoque del núcleo del problema. Empezaré por resaltar las cosas positivas.

Estoy absolutamente de acuerdo con el Papa en que el problema ecológico, en sus múltiples y diversas facetas, es uno de los mayores retos a los que se enfrenta la humanidad. De resolverlo o no depende, muy probablemente, nuestra supervivencia. Coincido al 100% con él en que no se puede adoptar una actitud de irresponsable negación del problema. Es cierto –y esto no lo comenta el Papa– que hay una enorme carga ideológica en el tema ecologista. La izquierda radical ha tomado la bandera de la honesta preocupación por el medio ambiente como una bandera –no la única– para crear un sustituto de la obsoleta lucha de clases en su intento de fomentar el enfrentamiento y la consecuente parálisis económica del mundo desarrollado. Otras banderas similares, que explotan preocupaciones honestas para convertirlas en lucha, pueden ser el feminismo radical, el lobby LGTB, los movimientos antiglobalización, etc. Pero estas banderas no vienen al caso, de forma que me centro en la ecología. Esa instrumentalización de la ecología por la izquierda radical no puede justificar, de ninguna manera, una ideologización en sentido contrario que a veces arraiga en los estamentos más conservadores. Ciertamente, determinados aspectos como el calentamiento global no están científicamente probados[1] y pueden resultar, al cabo del tiempo, alarmistas. Pero es muy posible que sea cierto, aunque no esté científicamente probado. Creo, por tanto que, ante el terrible riesgo catastrófico que se produciría si fuese cierto, la única postura racional es actuar, dentro de los límites de la sensatez, como si lo fuera. Sí señala el Papa, en algunos pasajes y con gran acierto, la incoherencia de estos movimientos de ecologismo radical ideologizado cuando frente a su preocupación conservacionista de la diversidad de especies, apoyan el aborto o la anticoncepción.

También estoy de acuerdo con él en que en los últimos siglos, el intento de la filosofía de hacer del hombre un ser independiente de toda realidad superior a él, convirtiéndolo en el único artífice de la verdad o la moral, ha causado y está causando estragos éticos en su comportamiento. La modernidad nos ha llevado a un laberinto subjetivista y relativista que, aunque a veces tenga un efecto secundario que pueda hacer al ser humano más tolerante en algunas cosas –lo que es bueno–, al despreciar la verdad objetiva, se convierte en una tolerancia buenista, basada más bien en la indiferencia que en el amor, lo que produce a menudo unos efectos deletéreos que ya son manifiestos en muchas cosas y que, a buen seguro lo serán más a largo plazo.

No puedo estar más de acuerdo con el Papa cuando dice que los habitantes del mundo rico, empezando por mí, debemos ser muchísimo más cuidadosos y austeros en el uso de energía y recursos naturales. El comportamiento de derroche en estas cuestiones es altamente insolidario.

Me parece magnífico el título de la encíclica, que es el principio del bellísimo canto a las criaturas de san Francisco de Asís y que no me resisto a transcribir íntegro aquí:

Altísimo, Omnipotente, buen Señor:
Tuyas son las alabanzas, la gloria, el honor
y toda bendición.
Sólo a ti, Altísimo, convienen
y ningún hombre es digno de pronunciar tu nombre.

Alabado seas, Señor mío, con todas tus criaturas,
especialmente el hermano sol.
Él hace el día y nos alumbra
y es bello y radiante y con gran esplendor.
De ti, Altísimo,
es un signo claro.

Alabado seas, Señor mío,
por la hermana luna y las estrellas.
En el cielo las has formado claras, preciosas y bellas.

Alabado seas, Señor mío, por el hermano viento
y por el aire, el nublado y el sereno
y de todo tiempo,
por el que sustentas a tus criaturas.

Alabado seas, Señor mío,
por la hermana agua, que es muy útil
y humilde, preciosa y casta.

Alabado seas, Señor mío, por el hermano fuego
por el que alumbras la noche y es bello y alegre, robusto y fuerte.

Alabado seas, Señor mío, por nuestra hermana, la madre tierra
que nos sustenta y gobierna
y produce frutos diversos con coloridas flores y hierba.

Alabado seas, mi Señor, por quienes perdonan por tu amor
y soportan enfermedad y tribulación.
Bienaventurados los que las soportan en paz, porque Tú, Altísimo...  los coronarás.

Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana, la muerte corporal
de la que ningún hombre viviente puede escapar.
¡Ay de aquéllos que mueran en pecado!

Bienaventurados aquéllos que aciertan en cumplir tu santísima voluntad,
porque la muerte segunda no les hará mal.

Alabad y bendecid a mi Señor;
dadle gracias y servidle con gran humildad.

También me admira la “oración cristiana por la creación” con la que acaba la encíclica y que creo que es del mismo Papa, porque no viene con ninguna referencia a ningún otro autor y que dice:

Te alabamos, Padre, con todas tus criaturas,
que salieron de tu mano poderosa.
Son tuyas,
y están llenas de tu presencia y de tu ternura.
Alabado seas.

Hijo de Dios, Jesús,
por ti fueron creadas todas las cosas.
Te formaste en el seno materno de María,
te hiciste parte de esta tierra,
y miraste este mundo con ojos humanos.
Hoy estás vivo en cada criatura
con tu gloria de resucitado.
Alabado seas.

Espíritu Santo, que con tu luz
orientas este mundo hacia el amor del Padre
y acompañas el gemido de la creación,
tú vives también en nuestros corazones
para impulsarnos al bien.
Alabado seas.

Señor Uno y Trino,
comunidad preciosa de amor infinito,
enséñanos a contemplarte
en la belleza del universo,
donde todo nos habla de ti.
Despierta nuestra alabanza y nuestra gratitud
por cada ser que has creado.
Danos la gracia de sentirnos íntimamente unidos
con todo lo que existe.

Dios de amor,
muéstranos nuestro lugar en este mundo
como instrumentos de tu cariño
por todos los seres de esta tierra,
porque ninguno de ellos está olvidado ante ti.
Ilumina a los dueños del poder y del dinero
para que se guarden del pecado de la indiferencia,
amen el bien común, promuevan a los débiles,
y cuiden este mundo que habitamos.
Los pobres y la tierra están clamando:
Señor, tómanos a nosotros con tu poder y tu luz,
para proteger toda vida,
para preparar un futuro mejor,
para que venga tu Reino
de justicia, de paz, de amor y de hermosura.

Alabado seas.

Amén.
Y entre el título de san Francisco y la oración final del Papa Francisco, está todo el capítulo 2, que lleva por título “El Evangelio de la creación”. En él, el Papa quiere salir al paso de una interpretación simplista del pasaje del Génesis en el que se dice: “llenad la tierra y sometedla...”. Esa interpretación simplista ha dado pie a que desde la óptica no cristiana o, más bien, anticristiana, se acuse al cristianismo de despreocupación por la naturaleza y de otorgar al ser humano una patente de corso para saquearla. El Papa hace un espléndido recorrido por todas las Escrituras para hacer ver con claridad que los cristianos debemos, por imperativos de la esencia de nuestra religión, ser cuidadores llenos de amor de ese regalo de Dios al hombre que es la Creación. Echo en falta, sin embargo, alguna referencia a los Padres de la Iglesia, como san Ireneo, que son un verdadero canto a ese respeto admirativo y respetuoso que los cristianos debemos a la Creación.

Pero, llegados a este punto, y con gran dolor, debo tratar de justificar la frase que dije al principio de que “hay en ella (en la encíclica) una profunda incomprensión y desenfoque del núcleo del problema”.

Vivimos en un mundo de más de 7.000 millones de habitantes. En el año 1.500 el número de habitantes de la Tierra no superaba los 500 millones y antes de la revolución industrial esta cifra era de unos 1.000 millones. Y todo hace prever que al final de este siglo podría haber en el mundo unos 11.000 millones de habitantes. Ante esto, prácticamente todos los ecologistas claman por la implantación activa de métodos más o menos coercitivos para la contracepción. Métodos en los que no se descarta –más bien al contrario, se recomienda– el aborto. Por supuesto la Iglesia, aunque aboga por la paternidad responsable –el mismo Papa, recientemente fue duramente criticado por decir que las mujeres cristianas no estaban obligadas a parir hijos como conejas–, no puede admitir éticamente estas políticas de anticoncepción. Y, sin embargo, el problema ecológico tiene como raíz el crecimiento demográfico. En un mundo pobre y con 1.000 millones de habitantes, no habría ningún problema ecológico. Pero este crecimiento demográfico, que crea problemas ecológicos, es una cosa buena, puesto que la vida lo es, a pesar de los problemas que pueda crear. Es el cumplimiento del “creced y multiplicaos” que es la frase del Génesis inmediatamente interior a la anteriormente citada.

Este crecimiento demográfico, con el añadido de la superación, en algunas partes del mundo, de la vida en el límite de la subsistencia, es decir de la generación de bienestar, ha sido causado por el desarrollo económico, que también es algo bueno, aunque cree problemas. Otro de los problemas que entristecen al Papa –y a mí– es el hecho de que hay inmensas masas de gente que vive en la pobreza. Pero la historia reciente prueba fehacientemente, con datos incontestables, que estamos en un proceso en que la pobreza absoluta disminuye en el mundo entero. Y el freno más drástico a este retroceso de la pobreza extrema es el hecho de que muchos de los países más pobres están dirigidos por una pequeñísima minoría, terriblemente corrupta, que viola sistemáticamente la seguridad jurídica necesaria para que las empresas inviertan en esos países. Allí donde se ha producido esa inversión de capital extranjero, se ha producido una drástica disminución de la pobreza. La España de los años 50’s y 60’s, el Japón de la posguerra o la Corea del Sur de los 60’s, son evidencias históricas de esto[2]. Pero, si la pobreza sigue disminuyendo, cosa harto deseable, esto dará lugar a un mayor consumo de recursos naturales por parte de las personas que salen de ella. Parecería entonces que la humanidad se hallase en un callejón sin salida. O deja de crecer demográficamente y sigue sometida a la pobreza, o está abocada al agravamiento del problema ecológico hasta niveles que harían inviable la vida de la humanidad sobre la Tierra.

Sin embargo este callejón sin salida tiene una solución, y creo que sólo una: la tecnología. Y la fuente de los avances tecnológicos así como el desarrollo de la economía que haga retroceder la pobreza sólo se ha producido en la historia de forma sostenible en el sistema de libre mercado o, por qué no decirlo, en el sistema capitalista. Sin embargo, todo a lo largo y ancho de la encíclica, de una manera ubicua y diseminada aquí y allá, afloran frases que denotan una profunda desconfianza, cuando no condena, a las dos cosas –economía de mercado y tecnología– al tiempo que se recurre en ciertos pasajes al Estado como garante de un proceso adecuado, algo que nunca ha sido el Estado. Más bien el Estado ha sido culpable, a lo largo de la historia de condenar a la miseria y al sometimiento a buena parte de la humanidad en unos casos, o a acumular desequilibrios económicos en otros, hasta que estos desequilibrios estallan. El bloque comunista es un ejemplo de lo primero y Grecia de lo segundo. Al leer la encíclica empecé a apuntar los párrafos en los que esta desconfianza o condena a la tecnología o al libre mercado se expresaba más o menos veladamente. Antes de llegar a la mitad abandoné el intento, porque casi en cada punto tenía que apuntar algo. Transcribo sólo una frase que copié: Esto ocurre especialmente con algunos ejes que atraviesan toda la encíclica. Por ejemplo: […], la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología…”. Ciertamente, el dominio de la naturaleza a través de la tecnología puede hacer que el hombre se sienta un dios. Esa fue la primera tentación de la humanidad, aún antes de existir la tecnología. Y esa es la conclusión a la que lleva la filosofía posmoderna. Por tanto, la culpa no es de la tecnología, sino del hombre. Ésta, como las empresas que la desarrollan, son un fruto de la inteligencia humana y ésta última es un don de Dios que, utilizado correctamente, le da gloria.

En cambio no he leído en toda la encíclica una sola línea de condena a los tiranos de los países pobres que los paralizan con su corrupción y que, bajo el disfraz del populismo, destruyen demagógicamente la seguridad jurídica que permitiría la inversión de las empresas de los países ricos y la subsiguiente creación de riqueza.

Cuando el Papa habla de fuentes alternativas de energía no parece darse cuenta de que son precisamente las empresas de la economía de mercado las que crean la tecnología que puede permitir salir del atolladero. Los paneles fotovoltaicos o los aerogeneradores, que hace años sólo eran capaces de generar energía prohibitivamente cara, incluso para los ecologistas[3], gracias a los avances tecnológicos de empresas privadas están acercándose a ser competitivos. Pero, además, una empresa privada, Locked Martin, ha anunciado que en 10 años estará en condiciones de suministrar energía de fusión en pequeñas centrales móviles del tamaño de un camión a un coste razonable. Poco me importa que sean 15 o 20 años en lugar de 10 o que la central tenga el tamaño de un hangar en vez del de un camión. Cuando esto ocurra, se acabará el problema de los gases de invernadero. Pero antes de eso, la tecnología permitirá pronto que todos los coches sean eléctricos o que todos los hogares sean autosuficientes mediante energía fotovoltaica barata. Tesla, la misma empresa que fabrica un magnífico coche eléctrico, ha desarrollado paneles fotovoltaicos y baterías recargables de gran capacidad, enormemente eficientes y fáciles de adaptar a cualquier casa, de forma que se resuelva el grave problema de la energía eléctrica: su incapacidad para ser almacenada. Es casi seguro que estos avances tecnológicos acabarán definitivamente con la dependencia del petróleo en unos años. “La edad de piedra no se acabó y por falta de piedras, y la edad del petróleo no terminará por falta de petróleo”. Son palabras del jeque Ahmed Yamani, antiguo ministro del petróleo de Arabia Saudí que sabe de lo que habla. Y esto ocurrirá hagan lo que hagan las empresas petroleras y hagan lo que hagan Estados como Arabia Saudí, Venezuela, Brasil o México, por ejemplo, que han demostrado la total dependencia de su economía de la producción de petróleo. La economía de mercado hará que pase, no por el impulso de ningún Estado, que más bien serán un freno para ese proceso, sino por su propia dinámica. Otras empresas investigan, en conjunto con universidades, sistemas de secuestro del CO2 del aire con sistemas que simulan la función clorofílica de las plantas con una eficiencia 100 veces mayor. Podría seguir así durante páginas pero no quiero alargarme[4]. Y todas estas esperanzadoras innovaciones tecnológicas se producen, y se han producido siempre, desde los griegos y romanos, de la mano del libre mercado. Y tras la revolución industrial, de la mano de empresas capitalistas.

Sin embargo, de ninguna de estas cosas hay una sola línea en la “laudatio si”. Cuando aparece una alusión positiva hacia la innovación tecnológica, casi siempre viene seguida de un párrafo que la pone en cuarentena, bajo sospecha. Y es una pena,  porque es la única luz de esperanza humana al callejón sin salida antes planteado. Creo que el Papa debería haberse asesorado para esto por un panel de expertos en las tecnologías de vanguardia formado a tal efecto. No estaría de más que hubiese tenido una charla con Bill Gates, Tim Cook o Elon Musk, por citar algunos, o con los investigadores de Universidades –casi todas americanas, que es donde la Universidad colabora con la empresa– en las que se están llevando a cabo desarrollos tecnológicos pioneros. En cambio, por todas partes hay invectivas, más o menos explícitas, contra el libre mercado, las empresas y la tecnología. Si tuviese que decir quién está entre los asesores que el Papa haya podido tener para esta encíclica diría que ecologistas ideologizados. Me temo que ni un solo católico con una visión positiva de la economía de mercado y de la tecnología ha tenido la oportunidad de decir nada al Pontífice o, si la ha tenido, sus puntos de vista han caído en saco roto.

Por eso digo que creo que el Papa no acierta con el núcleo del problema. Y eso es lo que lleva a la mayoría de las críticas. Por un lado, consigue el aplauso de muchos movimientos ecologistas radicales y estoy seguro de que Pablo Iglesias suscribiría con entusiasmo muchas cosas de esta encíclica. Pero luego es rechazada por esos mismos círculos porque condena la anticoncepción y el aborto. Por otro lado, se enajena al mundo económico-empresarial que, sabiendo dónde está la única posible solución, se ve ignorado o, peor aún, vilipendiado. Grave perjuicio éste para el cristianismo. Por supuesto, es aplaudida incondicionalmente por círculos católicos con una mentalidad imbuida subliminalmente por el marxismo, lo que podría llamarse la teología de la liberación subconsciente. Y, en medio, estamos los católicos, entre los que me cuento, que vemos con una inmensa alegría el pontificado de Francisco haciendo énfasis en la misericordia y el amor de Dios, que compartimos con él la tristeza por el espectáculo de la pobreza en el mundo, pero que vemos cómo en esta encíclica, mientras por una parte ilumina al mundo con esa visión del cristianismo, le hace, por otra parte, avanzar por el callejón sin salida al que me he referido anteriormente y para el que no hay ninguna solución en esta encíclica. Cuánto me hubiese gustado leer algunas líneas en las que el Papa exhortara a los católicos a ser impulsores de avances tecnológicos y de empresas que los desarrollasen para, a través de ellas, luchar por el desarrollo y contra el deterioro ecológico. Pero no he encontrado nada de eso.

¡Qué dolor me produce tener que decir esto!




[1] Hay una inmensa cantidad de fenómenos que, sin estar científicamente probados, se pueden considerar como absolutamente ciertos. La teoría de la evolución es uno de ellos. Pero en el caso del calentamiento global se han detectado casos de manipulación de datos por parte de científicos que querían de esta manera dar mayor soporte a sus teorías y, por otro lado, se vislumbra, sin estar tampoco científicamente probado, que la Tierra puede poseer poderosísimos mecanismos de retroalimentación climática que podrían compensar con creces los efectos antropogénicos. No obstante, como digo en el texto principal, la única postura racional es actuar como si fuese cierto.
[2] Los principios del capitalismo en Europa fueron especialmente terribles, lo que ha dado pie al apellido de capitalismo salvaje. Pero lo que no se dice es que la gente iba a las ciudades a trabajar en las fábricas porque en el campo se morían de hambre en números escalofriantes. Es decir, se diga lo que se diga, su situación mejoró. El hecho de que esta triste fase del inicio del capitalismo europeo durase tanto tiempo se debió a que el proceso de acumulación de capital se hizo única y exclusivamente a base del ahorro interno, puesto que no había otro lugar de donde fluyera la inversión. La industrialización de los Estados Unidos fue muchísimo más rápida gracias a la inversión que provenía de Inglaterra. En los países citados anteriormente en el texto principal, el cambio se produjo en poco más de una década, porque el capital venía de fuera y no únicamente del ahorro interno. No hay nada que impida que este proceso se repita en otros países que ofrezcan seguridad jurídica. De hecho, ya está pasando en países como Chile, Perú y Colombia, por citar algunos.
[3] Los ecologistas abominan de la energía nuclear y claman por las energías verdes alternativas. Pero si mañana se produjese energía únicamente por esos medios y ésta fuese un 40 o 50% más caras, seguro que encabezarían violentas manifestaciones contra la carestía de la energía.
[4] No puedo, sin embargo, citar sin explicarlas, aunque sea sólo a pie de página, algunas innovaciones tecnológicas más. Las tecnologías de la información harán superfluo el papel. La agricultura vertical, y los cultivos hidropónicos, harán prácticamente ilimitada la superficie cultivable del mundo y disminuirá enormemente la necesidad de agua para regadío, fuente principal ce consumo de este recurso escaso. La agricultura sin roturación que, además de ser útil para pequeñas explotaciones, aumenta la productividad por hectárea, necesita mucha menos agua y semillas, conserva la calidad del suelo y reduce sustancialmente la generación de metano, gas invernadero inmensamente más potente que el CO2. Estas innovaciones acabarán con la deforestación. La acuicultura está en estos momentos en un estado similar al de la ganadería hace 10.000 años. La tecnología de acuicultura multitrófica integrada (AMTI) experimentalmente en marcha en varios países, será dentro de poco una revolución alimentaria sin precedentes que además de suministrar ingentes cantidades de alimentos a la humanidad reducirá drásticamente la pesca que arrasa el fondo de los mares. El reciclaje de las aguas negras hasta hacerlas nuevamente salubres y potables, permitirá un aporte indefinido de agua para el consumo doméstico. Etc., etc., etc. Y ninguna de estas cosas es ciencia ficción. Son proyectos que ya están en desarrollo gracias al “horrible” capitalismo. Estas sí son soluciones.

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