27 de octubre de 2015

Sobre Elon Musk

Creo que hay seis frentes en los cuales la humanidad ha ido avanzando, no de forma coordinada y a ritmos muy cambiantes, pero avanzando, a fin de cuentas, a lo largo de toda su historia. Por supuesto, también ha habido retrocesos, pero el movimiento resultante es de avance si se mira con perspectiva de siglos. Esos frentes son la santidad –que incluye la ética–, el pensamiento abstracto para entender la esencia de la vida y del mundo, la ciencia, la belleza, la política y la creación de riqueza y bienestar para la sociedad. En cada uno de ellos el avance ha sufrido impulsos esporádicos, con una cadencia de entre algunas veces –pocas– por siglo y una vez cada pocos siglos. Estos impulsos han sido propiciados casi siempre por personalidades que Arnold J. Toynbee llamaría genios creadores. Como representantes recientes de estos genios creadores en cada uno de los campos citaría a Madre Teresa o Juan Pablo II en el espiritual, a Marko Rupnik o Gustav Klimt en la belleza, a Albert Enstein o Niels Bohr en el científico, a Adenauer, De Gasperi y Schumann en el político. Creo que en el frente de la filosofía, tras el camino de vía muerta de Descartes y Kant, el pensamiento filosófico se ha extraviado en un laberinto de espejos rotos en su capacidad de explicar el mundo. Tal vez, aunque sólo tal vez, se haya empezado a salir del laberinto con la fenomenología de Husserl y su “vuelta a las cosas mismas”, harto del idealismo iniciado con Kant[1].

Sería muy deseable que alguna vez apareciese en el mundo un “monstruo” que fuese un genio en los seis campos, pero me temo que la naturaleza humana no da para tanto. Podríamos decir que algunos de ellos podrían estar en dos campos, como Juan Pablo II o Edith Stein en santidad y filosofía. No se me ocurre a nadie reseñable en tres campos y, mucho menos en los seis. Sí ocurre que hay personajes que rayan con gran altura en uno de ellos y son lamentables en otros. Sería impresionante para el avance de la humanidad una simbiosis entre genios creadores de los seis campos. Y por supuesto, hay personajes que son nefastos en todos. ¿Me atrevería a citar a Hitler o Stalin?

¿Y en el frente de la creación de riqueza y bienestar? Podríamos citar a Steve Jobs o a Henry Ford en el último siglo. Pero creo ambos son superados por Elon Musk. Estoy seguro que muchos, al leer este nombre arrugarán la nariz diciendo: “¿Elon Musk? ¿Quién es ese tío? ¿Cómo va a superar en genialidad creadora a los dos supeconocidos Jobs o Ford? Jobs ha revolucionado el mundo de la tecnología de la información y comunicaciones. Ha marcado un antes y un después en él. Henry Ford puso el automóvil al alcance de la clase media americana y revolucionó las técnicas de fabricación. Pero, ¿Elon Musk? Ni siquiera sé quién es ni, mucho menos, qué ha hecho por la creación de riqueza y bienestar del mundo.

No empezaré contando los hitos cronológicos de su vida, sino sus sueños. Elon Musk es un visionario, un soñador, pero con los pies en la tierra, que desde muy joven se preguntó qué cosas podían dar un impulso sin precedentes al bienestar de la humanidad. O más drásticamente, qué cosas son las que amenazan su propia supervivencia y cómo podrían evitarse esas amenazas. Todavía muy joven, siendo universitario, se dio a sí mismo cinco respuestas: Internet –hablamos del año 84 no era más que una herramienta de uso militar, pero había sabido de esa tecnología y se había dado cuenta de que si llegase a ser de uso civil revolucionaría el mundo–, la sostenibilidad energética, la dependencia de la vida confinada al planeta Tierra, la inteligencia artificial y la modificación genética. Pronto se dio cuenta de que las dos últimas planteaban cuestiones éticas cuya caja de pandora prefería no destapar, con lo que se quedó con las tres primeras. Creo que el hecho de que en sus sueños entrase el de hacer de la especie humana una especie multiplanetaria requiere una somera explicación. No es debido a una exagerada afición a stars war o a star treck, no. Es por algo mucho más profundo. Musk tiene dos convicciones al respecto. La primera que la inteligencia abstracta es una extrañísima excepción en el universo, si es que hay alguna otra especie que la tenga en todo el cosmos. A diferencia de la moda entre tantos científicos y pseudocientíficos, Musk cree que existe algo que él llama The Grat Filter y que hace que, por causas desconocidas, la evolución hacia la inteligencia se pare en seco en algún estadio. Es decir, cree que la humanidad es algo así como la joya de la corona del cosmos, un valiosísimo e irremplazable tesoro que hay que cuidar, incluso mimar. Su segunda convicción es que el planeta Tierra es un sitio enormemente vulnerable, incluso si gracias a la sostenibilidad energética se consigue evitar el calentamiento global. Se sabe científicamente que es seguro que algún día un asteroide suficientemente grande impacte sobre la Tierra y acabe con todo vestigio de vida en ella. Se sabe, con la misma certidumbre científica, que un día, la Tierra, cuya órbita, a largo plazo es inestable, saldrá disparada fuera del sistema solar, hacia el frío cosmos. Ciertamente, se sabe que la probabilidad de que esto ocurra en los próximos, digamos 10 millones de años, es muy baja. Pero el hecho de que con casi absoluta seguridad él no vaya a sufrir las consecuencias de esto no es algo que le importe a Musk. A él le preocupa el tesoro. Y quiere empezar a ponerlo en varios cestos, y no sólo en uno tan frágil. ¿Loco? No da el perfil.

Pero Musk no es simplemente un visionario. Es alguien que pone toda su energía, su pasión, su capacidad sobrehumana de trabajo, su enorme inteligencia y su dinero, para dar pasos sólidos hacia esas respuestas para sus inquietudes por el futuro de la humanidad. Y los está dando. Sólidos e importantes.

Ahora sí que puedo empezar a seguir el hilo de los hitos cronológicos de su vida. Una vida siempre guiada por sus visiones, sus sueños y sus increíbles pero realistas respuestas a ellos.

Musk nació en Sudáfrica en 1971. No tuvo una infancia muy feliz. Su vida familiar no fue tranquila y, como muchos genios, no encajó muy bien en la escuela. Se convirtió en un autodidacta compulsivo. Dedicaba 10 horas al día a la lectura de todo lo que pillaba y, entre otras muchas cosas, a los 16 años se había leído entera toda la Enciclopedia Británica. Por otro lado, desde los 9 años, en que tuvo un ordenador Commodore VIC-20, de dedicó, también de forma autodidacta, a la programación. Con 12 años creó un video juego que vendió a una revista de informática por 500$ del año 83, lo que para un chico de 12 años no estaba nada mal. Tampoco le gustaba su país, por lo que a los 17 años dejó Sudáfrica para siempre con la idea de ir a EEUU. Pero por dificultades de inmigración tuvo que hacer “escala” en Canadá durante un tiempo. Empezó allí sus estudios universitarios pero pudo trasladar su expediente a la Universidad de Pennsylvania. Ahí fue donde se planteó cuáles eran las cuestiones que más podían afectar al futuro de la humanidad y se dio las respuestas comentadas anteriormente.

Tras acabar sus estudios de grado, allá por el año 95, inició un doctorado en baterías de alta densidad para el almacenamiento de energía. Pero a los dos días de empezar el programa lo abandonó porque no quería que el fenómeno de Internet, ya en plena eclosión, pasase a su lado, a velocidad de vértigo, dejándole a él en la estación. Intentó, sin ningún éxito, entrar a trabajar en Netscape, la empresa pionera en el campo por aquél entonces. En vista del fracaso, junto con su hermano Kimbal, fundó la empresa Zip2, que pretendía ser un directorio de empresas unido a un mapa digital, mucho antes de que Google pudiese soñar en algo como Google Maps, simplemente, porque a Google le faltaban 4 años para que Larry Page la fundara. Como no tenían ni dónde caerse muertos, los hermanos Musk vivían en los albergues de la YMCA. En 1999, con 28 años, Musk vendió Zip2 a Compaq por 307 millones de $ de  de los que él se embolsó 22. El libro de oro de los que se hacen millonarios antes de los 30 dice que hay tres cosas sensatas que se pueden hacer y una insensata. Las sensatas son: a) dedicarse al dolce far niente, b) repartir el dinero entre distintos start ups y dedicar un tiempo moderado a supervisarlos y el resto a vivir o, c) poner en marcha otro proyecto, pero con el dinero de otros. Musk hizo la insensata, que es poner todo su dinero en una nueva aventura. Y así, ese mismo año, fundó X.com con el disparatado propósito de hacer un banco digital. Hoy en día, muchos bancos están en la carrera de digitalizarse porque temen que empresas de IT les roben la cartera. Pero en 1999 y con sólo 22 millones de $, que son bastante para el dolce far niente, pero nada para semejante objetivo, la cosa era poco menos que demencial.  Elon se dio cuenta pronto de que era imposible intentar un banco digital en todos los aspectos del negocio bancario y X.com se especializó en el segmento de pagos por correo electrónico. Pero, casualidades de la vida, en el mismo vivero de empresas donde los Musk tenían su negocio, había otra empresa, Confinity, que se dedicaba a lo mismo. Al principio competían furiosamente por un negocio que crecía como la espuma, pero pronto decidieron fusionarse manteniendo el nombre de X.com.

Pronto empezó a sonar la caja de los truenos en la nueva empresa.  Había tres gallos en el mismo corral: Elon Musk, Peter Thiel y Max Levchin, los fundadores de Confinity. Aunque Elon Musk era el mayor accionista, no tenía la mayoría absoluta y un día, a finales del 2.000, en mitad de un viaje en el que combinaba los negocios –conseguir fondos para la empresa– y el placer –viaje de novios con su mujer Justine– Elon se enteró de que sus socios le habían dado la patada y le habían destituido como CEO para poner a Thiel. En vez de tirar pies por pared, Elon siguió en la gestión de la empresa, que en 2001 cambio el nombre por PayPal –suena, ¿no?– y continuó invirtiendo en ella. Dirigió el proceso de venta de la empresa a eBay, venta que consiguió en 2002 por 1.500 millones de dólares, de los que él se embolsó 180 millones después de impuestos. Con 31 años, y sin seguir la regla de oro de los millonarios jóvenes era ya multimillonario. ¿Siguió entonces la regla de oro? Por supuesto que no. Apostó, una vez más todo su dinero en sus sueños. Esta vez los de verdad. Porque Internet se convirtió para él en un mero instrumento. Y empezó por poner el primer peldaño de su sueño de hacer de la humanidad una especie multiplanetaria. Desde antes de que se cerrase la venta de PayPal empezó a aprender todo lo que su inteligencia podía, y podía mucho, sobre cohetes. Invirtió 100 de sus 180 millones de $ en una empresa, SpaceX cuya visión es nada menos que mandar un millón de colonos a Marte en el siglo XXI. ¿Loco? Puede, pero su primer paso era, simplemente, ser capaz de diseñar un cohete y una lanzadera que pudiera poner una carga en órbita y volver a la tierra. Sólo los EEUU, Rusia y China lo habían conseguido al principio del siglo XXI. Su hermano Kimbal decidió no seguirle en esta nueva aventura. Sentía una enorme pasión por algo no tan visionario como los sueños de su hermano, aunque más sabroso: la cocina. Se fue a Nueva York y fundó una escuela de cocina y varias cadenas de restaurantes, además de poner en marcha programas de educación alimentaria para niños a lo largo y ancho de los EEUU.

En 2004 Elon Se lanzó a poner la primera piedra del edificio de otro de sus sueños. Para lograr la sostenibilidad energética del mundo, qué mejor que crear un automóvil 100% eléctrico. Fundó la compañía Tesla para fabricarlo. ¡Qué locura! El último lanzamiento con éxito de una empresa fabricante de automóviles en EEUU había sido el de Chrysler, en 1925 y ninguna compañía de automóviles existente tenía in mente en ese año crear un automóvil 100% eléctrico. Además, si Tesla pretendía crear coches eléctricos realmente competitivos, era importante ser capaz de almacenar de forma eficiente la energía de forma que pudiesen tener una gran autonomía. Por eso se embarcó también en la investigación, desarrollo y producción de baterías de iones de litio que aumentasen considerablemente la capacidad de las baterías estándar. Puso en esta empresa 70 millones de $. El objetivo de Tesla es tan modesto que puede parecer insignificante. Sólo pretende fabricar 500.000 coches al año, cifra que no llegan ni al 0,5% de los coches que se producen en un año en todo el mundo. Ridículo, podría pensarse. Pero la idea de Musk es hacer un coche relativamente barato que haga ver al mundo que eso es posible y espolee a todos los fabricantes tradicionales para seguir la corriente si no quieren quedarse atrás. Para ello, Musk ofrece todas sus patentes a todo aquél que las quiera, fabricantes de automóviles incluidos.

Tras los 100 millones en SpaceX y los 70 en Tesla, todavía le quedaban a Musk 10 millones. ¿Pensó en guardarlos como una reserva por si estas empresas fallaban o necesitaban más dinero? De ninguna manera. Dos años más tarde, en 2006 puso esos 10 millones en un complemento insoslayable de su sueño de la sostenibilidad energética. ¿De qué serviría que en unas décadas todos los coches fuesen eléctricos si esa energía no se podía producir mediante métodos renovables? Conviene saber que aproximadamente dos terceras partes de la electricidad se produce quemando combustibles fósiles. Además, para la sostenibilidad energética es necesario que otra gran fuente de consumo energético, los edificios, también pudiese satisfacer sus necesidades energéticas con fuentes renovables. Se trataba, por tanto de apostar por el desarrollo de este tipo de energías y Musk eligió el sol como fuente de la misma. Por eso, con esos 10 millones fundó SolarCity. La idea de esta empresa es desarrollar paneles solares de alta eficiencia que sean instalables con simple bricolaje en millones de hogares y otros edificios cualesquiera, amén de poder producir energía a escala industrial como cualquier central. Ambicioso, ¿no?

Y, ¿cómo le fue en estas empresas? Pues al principio mal. Muy mal. En 2007, en el ranking de empresas tecnológicas fracasadas del blog de cotilleos de Silicon Valley, Tesla ganó el primer premio. Había lanzado al mercado su modelo Roadster que había sido un estrepitoso fracaso y, para colmo, al año siguiente estalló la crisis de la que, si un sector ha salido malparado, ese ha sido el del automóvil. Tesla parecía muerta. En 2008, SpaceX había lanzado tres cohetes y los tres habían explotado antes de ponerse en órbita. La empresa sólo tenía dinero para un cuarto lanzamiento y no había la más remota posibilidad de que alguien pusiese más dinero. Si el cuarto lanzamiento saliese mal, todo habría terminado. En el plano familiar tampoco las cosas le iban muy bien a Musk. En el fatídico año de 2008 su matrimonio, con 5 hijos –¡cinco hijos en ocho años! Seis en realidad. El primero murió a poco de nacer del síndrome de muerte súbita infantil y luego tuvieron mellizos, seguidos de trillizos–, se rompió. A juzgar por el relato que hace su mujer en una entrevista concedida en 2010 a la revista Marie Claire, Musk era un marido dominante hasta la tiranía y astuto hasta la felonía en el trato económico que hizo firmar a su mujer cuando se casaron. Pero mejor suspender el juicio porque esa es la versión de una de las partes. Sea como fuere, en 2008 se divorciaron. En fin, peor imposible. Pero Musk tenía confianza indestructible en que las empresas que había creado tenían sólidos fundamentos. Y parece que esa confianza no era ilusoria. El 28 de Septiembre de 2008 el lanzamiento de su cuarto cohete fue un éxito clamoroso. El 23 de Diciembre, la NASA firmó con SpaceX un contrato de 1.200 millones para que hiciese doce lanzamientos para ella. Desde entonces, SpaceX ha llevado a cabo 20 lanzamientos, todos con éxito y a un coste mucho más bajo de lo normal. La empresa está desarrollando un transbordador que pueda lanzar seres humanos al espacio y traerlos de vuelta a la tierra. Como las lanzaderas que la NASA ha dejado de hacer. También trabajan en el desarrollo de un enorme cohete que permita llevar a 300 personas a Marte en un solo viaje. Recientemente, Google y Fidelity han hecho una importante inversión en SpaceX. Valorando la compañía a los precios en que estas dos empresas han entrado la compañía, que no cotiza en bolsa, valdría 12.000 millones de $.

Pero en el mismo 2008, un día después de firmar el contrato con la NASA, en Nochebuena, como si de un regalo de Navidad se tratara, un grupo de inversores, tal vez atraídos por el éxito de SpaceX acordaron aportar una buena suma de dinero en Tesla, lo  que le permitió seguir adelante. Unos meses más tarde, Daimler AG invirtió 50 millones de $ en la empresa. Con esas inversiones, Tesla ha lanzado su Modelo S con un éxito arrollador. El coche ha sido calificado con 99 sobre 100 en los Consumer Reports y con un 4 sobre 5 por National Highway Safety Administration de EEUU. Ahora está preparando el Modelo 3, mucho más asequible que el carísimo Modelo S, que previsiblemente será algo disruptivo en la industria de la automoción. Y las patentes están disponibles. Tesla trabaja también en la construcción de una gigafactoría que producirá más del doble de la producción mundial de baterías de iones de litio. Tesla tiene un valor en bolsa de 30.000 millones de $.

SolarCity salió a bolsa en 2012 y hoy tiene un valor de cerca de 6.000 millones de $. Se ha convertido en el mayor instalador de paneles solares de EEUU y, usando las baterías producidas por Tesla, quiere hacer que los hogares puedan ser energéticamente autosuficientes. Cuando las fábricas de sus empresas estén completas, Musk dará trabajo a 30.000 personas.

¿Por qué hace estas cosas Elon Musk? ¿Por dinero? Dudo mucho que esa sea su motivación fundamental. Tras la venta de PayPal podría haber aplicado cualquiera de las tres reglas de oro de los jóvenes millonarios. No lo hizo. Aunque, ciertamente, vive a todo trapo, reinvierte la mayor parte de lo que gana en sus empresas y no me extrañaría nada que se dedicase a fundar otras nuevas. ¿Por poder? No parece interesarle en absoluto el poder. ¿Fama? Siempre ha procurado mantener un perfil bajo. Uno veía casi todos los días en los periódicos noticias de Steve Jobs cuando vivía. Bill Gates o Larry Page –fundador de Google– o Mark Zuckerberg –fundador de Facebook– aparecen un día sí y otro también en todos los periódicos. Pero si buscamos a Elon Musk hay que mirar con lupa. Yo no había oído hablar de él hasta este pasado mes de Junio y fue porque alguien me dio algunas pinceladas de su vida y sus negocios. De sus empresas, sólo conocía Tesla y eso porque un amigo mío americano que vive en Houston tiene un Tesla S y un día que fui a verle me dejo dar una vuelta en él. ¡Qué gozada! Entonces, ¿por qué? Sólo encuentro una respuesta convincente. Sus sueños. Creo sinceramente que a Elon Musk, con todas las miserias humanas que pueda tener, como casi todo el mundo, podrían aplicársele perfectamente algunos de los versos del poema “If” de Rudyard Kipling que cito a íntegro a continuación en una traducción libre mía:

“Si puedes mantener la cabeza en su sitio cuando todo a tu lado es cabeza perdida y te lo achacan.

Si puedes mantener la confianza en ti mismo cuando todos dudan de ti y, no obstante, ser indulgente con sus dudas.

Si sabes esperar sin desalentarte en la espera, o siendo engañado no contestas con engaño, o siendo odiado no respondes con odio y, aún así, sabes no parecer demasiado bueno o demasiado sabio.

Si eres capaz de soñar y evitar que los sueños te dominen.

Si puedes pensar y no convertir tus pensamientos en consignas.

Si puedes codearte con el Triunfo y el Desastre y tratar a estos dos impostores por igual.

Si puedes soportar ver tus palabras falseadas por embaucadores que han hecho de ellas trampas para idiotas o ver rotas las cosas por las que has dado tu vida y lanzarte de nuevo a construirlas con gastados instrumentos.

Si puedes hacer un cúmulo con todas tus pertenencias y arriesgarlas de una vez a cara o cruz y, si pierdes, empezar otra vez desde el principio sin nunca suspirar por lo perdido.

Si puedes obligar a tu corazón y a tus nervios y a tus fibras a que te apoyen aún después de haberlos perdido y, de este modo, hacerlos proseguir cuando sólo tu voluntad les dice: ¡Aguantad!

Si puedes hablar con multitudes y mantener tu virtud o caminar con reyes sin perder la sencillez.

Si ni enemigos ni amigos del alma pueden dañarte.

Si todos cuentan contigo, pero ninguno demasiado.

Si puedes llenar cada inexorable minuto con sesenta segundos valiosos, tuya es la tierra y cuanto la llena y –lo más importante–, ¡serás hombre, hijo mío!”

Por todo esto, en Julio del año pasado, cuando publiqué un post con mi comentario sobre la encíclica “Laudatio si”, del Papa Francisco, decía: “Creo que el Papa debería haberse asesorado para esto por un panel de expertos en las tecnologías de vanguardia formado a tal efecto. No estaría de más que hubiese tenido una charla con Bill Gates, Tim Cook o Elon Musk, por citar algunos, o con los investigadores de Universidades –casi todas americanas, que es donde la Universidad colabora con la empresa– en las que se están llevando a cabo desarrollos tecnológicos pioneros”. Si yo, que no soy más que un pobre profesor de una pequeña gran universidad española, conozco y reconozco a Elon Musk como un líder mundial en sostenibilidad, ¿no sería razonable que el Papa, al asesorarse sobre una encíclica que va dirigida a toda la humanidad para hablarles de ecología, además de pedir opinión a las personas que le hayan parecido bien, hubiese tenido un capítulo de asesoramiento con personas como Elon Musk? Ayer leí que Google ha hecho una inversión para obtener el 15% del mayor parque eólico del mundo que se va a hacer en Kenia. ¿No debería el Papa haber tenido una conversación con Larry Page y los promotores de ese campo eólico antes de escribir esa encíclica? Creo que los Papas, que han demostrado en el último tercio de siglo ser los líderes mundiales más respetados, podrían ser los instigadores de esa simbiosis entre genios creadores de los seis frentes. Pero me temo que Francisco ha desaprovechado una oportunidad en el campo científico y económico. Oportunidad que podía haber tenido un germen en la preparación de esta encíclica.

Os adjunto unos links para aquellos que quieran ampliar.


Estos links muestran la parte asombrosamente admirable de Elon Musk y sus empresas. Pero si leéis la entrevista que le hacen en Marie Claire a su primera mujer, uno puede asomarse a la parte más miserable del personaje, aunque no más miserable que muchísima gente y teniendo en cuenta, además, que quien lo cuenta no es imparcial.





[1] Aunque Husserl se asustó de su ruptura con el idealismo kantiano y dio marcha atrás, inició un camino por el que seguirían muchos filósofos en busca de la salida del laberinto.