29 de noviembre de 2015

¿Ha empezado la Tercera Guerra Mundial?

Aunque planteo el título de este artículo como una pregunta, es tan sólo una pregunta retórica. No me cabe duda de que la respuesta es afirmativa.

Pero, antes de seguir adelante, me importa mucho hacer un disclaimer. Esa guerra no es contra los musulmanes, sino contra el Islam. La diferencia es importante y me interesa resaltarla nada más empezar. Mientras que hay millones de musulmanes pacíficos y bondadosos, el Islam es en sí una religión de guerra y de violencia. Y lo es porque estas cosas están en sus raíces, en las enseñanzas del Profeta, con su Corán y su vida, y en los Hadices (o el Hadiz), que son otros textos sagrados del Islam. Por supuesto que muchos musulmanes, sobre todo los sencillos y poco instruidos, creen sinceramente que el Islam es una religión de paz. Pero no lo es. Me cuesta más creer que lo piensen sinceramente los musulmanes cultos e intelectuales. Los primeros me producen un sentimiento de ternura, como cualquier persona, yo incluido, que lucha sinceramente por entenderse, con sus contradicciones e incoherencias. Los segundos me tienen perplejo y no sé qué pensar de ellos. Pero, repito, la guerra no es contra unos ni otros, sino contra el Islam como religión de violencia y terror. Más aún, creo que los musulmanes pacíficos, como diré más adelante, deben ser actores importantes de esta guerra.

Ciertamente, esta guerra mundial se parece en muy poco a las dos anteriores. No es una guerra con líneas Maginot en las que se enfrentan diferentes ejércitos a uno y otro lado. En esta guerra no hay frentes. Es una guerra atomizada. Pero eso no la hace menos guerra y, por supuesto, es mundial, porque las bajas en ella se producen en cuatro de los cinco continentes, siendo Oceanía la excepción… de momento. No es, ni mucho menos, la primera vez en la historia en la que se produce una guerra sin frentes, pero sí la primera en que este tipo de guerra atomizada se extiende a todo el mundo como teatro de operaciones.

Y esta guerra mundial atomizada requiere para ganarla algunos factores, que son comunes a todas las guerras. Pero algunos de ellos son especialmente relevantes en ésta, que, además de ser de atomizada, es del siglo XXI, con las peculiaridades que esto le confiere. Enumero a continuación, sin ánimo de ser exhaustivo, algunos de esos factores que considero necesarios para la victoria.

a)     Lo primero que hay que tener para ganar cualquier guerra es la firme determinación de ganarla, dure lo que dure y se tarde el tiempo que se tarde en ello[1]. Y esta guerra va a tardar mucho, pero que mucho tiempo, tal vez siglos, en finalizar porque durará lo que dure el Islam. Mientras el Islam no se derrumbe –y no tiene visos de hacerlo a corto plazo– siempre surgirán en su seno movimientos salafistas[2] que invoquen la esencia del Islam, que no es otra la conversión de todo el mundo en Dar al-Islam (la casa del Islam) mediante la guerra santa. Hoy el movimiento salafista se llama estado islámico,anteriormente han sido Tarik y Muza, los almorávides, los almohades, los fatimíes, los turcos Selyúcidas, los turcos Otomanos, etc., etc., etc. Mañana, derrotado el estado islámico, surgirán, por desgracia, nuevos movimientos salafistas que vuelvan a las raíces, porque el Islam, aunque haya millones de musulmanes de buena voluntad, tiene en su mismísima esencia el que surjan estos movimientos. Si esos musulmanes de buena voluntad lo son, estarán del lado de Occidente en esta guerra o su buena voluntad será irrelevante. Por ejemplo, ¿con qué bando debe estar la incipiente democracia tunecina que está señalada con la marca de la muerte por los salafistas de hoy?

Pero para ser capaces de mantener esa firme voluntad de victoria a lo largo del tiempo, es preciso tener la firme convicción de que tenemos algo que defender y de que eso que tenemos que defender merece la pena. Y vaya si lo tenemos y vaya si merece la pena. Tenemos la joya de la corona de la humanidad, que es la civilización Occidental. De ella, y sólo de ella, han salido la idea de persona, todas ellas iguales en dignidad, que es la piedra angular de la libertad individual, de la seguridad jurídica, del desarrollo científico y económico, de la democracia, etc. Esos valores e instituciones son únicos en la historia y privativos de la civilización Occidental. Si otras culturas y civilizaciones las tienen en mayor o menor grado es por la influencia que Occidente ha tenido en el mundo. No se han generado en ninguna otra civilización. Ni en una sola. Ciertamente, la joya de la corona de la humanidad tiene impurezas, fallos, oscuridades, miserias e, incluso, perversidades, que han manchado su historia. Pero con eso y todo, es única y merece ser defendida. Más aún, la humanidad –toda la humanidad– necesita que lo sea.

Pero, como casi siempre que se tiene algo valioso que uno no se ha ganado, se acaba por despreciarlo o, al menos, por no valorarlo como se merece. Occidente, ha conseguido, estos logros a lo largo de siglos. Y no le han llovido del cielo. Los ha conseguido en una larga lucha contra muy diferentes tipos de tiranía y a base de  sangre, sudor y lágrimas. Y sobre mi generación –que decir de la siguiente– que ha recibido todo esto gratis, recae el ineludible de defender esto que le ha sido entregado. No hacerlo sería una terrible dejación de responsabilidad histórica. Pero unas décadas de una mal entendida tolerancia, de un buenismo progre, de un pensamiento débil y políticamente correcto que tilda de “fascista” a quien no considere que todo vale igual, unas décadas de un desarrollo económico sin precedentes, nos han reblandecido y nos han llevado a pensar que todas las civilizaciones valen lo mismo. Y es posible que hayan minado irreparablemente nuestra capacidad de tener esa voluntad inquebrantable de victoria. No obstante, soy optimista. O, al menos, quiero serlo. Quiero creer que Occidente bebe de un profundo manantial con un inmenso caudal que a menudo parece agotado pero que resurge en las dificultades. Así ocurrió en la España que llevó a cabo la gesta de la reconquista, así ocurrió en la Europa que repelió los dos asedios de Viena por los Otomanos, así ocurrió con el Occidente que ha vencido al nazismo y comunismo. Cualquier observador del año 711 o del 1529 o del 1683 o del 1940 o del 1960, hubiese predicho la caída de la “débil” y “caótica” civilización occidental. En estas cinco ocasiones históricas nadie daba un duro por Occidente. Pero en las cinco salió vencedor con esa inmensa reserva de valores subterráneos que sólo se ven con la mirada de zahorí o con la del ingenuo. No sé con cuál de esas dos miradas cuento, pero prefiero cualquiera de las dos a la de escéptico. Esperemos mi visión sea la primera y que algo así vuelva a ocurrir en esta encrucijada histórica.

Pero debo constatar con consternación que, al menos vista sólo la superficie, parece que ellos, los del estado islámico, tienen una convicción mayor que nosotros en la victoria y en lo que defienden.

b)     Esta es una guerra de servicio de inteligencia. En todas las guerras, también en las convencionales, los servicios de inteligencia son muy importantes. Pero en ésta más que en esas. Y digo servicio de inteligencia, que no servicios. Porque lo primero que hay que hacer es aunar información, medios y esfuerzos. Es patético que en Bélgica haya más de diez servicios de inteligencia que no se hablen entre ellos. No es casualidad que este país sea el bastión de los terroristas tapados. Y es también patético que en el mundo occidental, cada país guarde celosamente el secreto de sus investigaciones antiterroristas. Y el objetivo de este servicio de inteligencia único es conseguir que el ratio de acciones guerrilleras terroristas con éxito frente a las desarticuladas sea bajísimo, detectar a los terroristas tapados que esperan su momento y detenerlos, así como detectar el paradero de sus líderes en su territorio y acabar con ellos –porque detenerlos vivos, que sería lo deseable es casi imposible–, como se hizo con Bin Laden o con John el Yihadista. Sin duda son estas cosas las que más podrán desmoralizar las fuerzas del estado islámico, además de diezmar sus efectivos. Cuando digo diezmar no me refiero sólo, ni siquiera preferentemente, a matar si no queda más remedio, sino a detener y meter en la cárcel, con un juicio justo, acorde con nuestros valores, al mayor número posible de terroristas. Pero también aquí tenemos la aparente desventaja de nuestra transparencia.

Otro aspecto de esta guerra de inteligencia es el informático. El estado islámico hace un uso intensivo de las redes sociales para comunicarse y para captar adeptos. Conocer sus centros neurálgicos informáticos e inundarlos de forma que no sean operativos es una pieza muy importante de la inteligencia para la guerra. Pero ellos también tienen esa baza. Muchos aspectos de la economía de occidente –administración del Estado, ejércitos, bancos, comercios, viajes, seguros, etc.– dependen de un soporte informático. Si consiguen hackear esos soportes y bloquearlos o borrarles la información, aún sin robar dinero, producirían un caos terrorífico en la economía. Y, desde luego, están continuamente intentándolo. Por tanto, todas esas instituciones y empresas tienen que gastar sumas enormes en ciberseguridad.

c)     Es también una guerra económica. Se trata de asfixiar económicamente al enemigo. Y esto de dos maneras. La primera, destruyendo sus medios de ingresos, es decir sus medios de transporte de petróleo. Creo que habría que intentar, si es posible, no destruir pozos y refinerías, porque un día, esperemos que no muy lejano, una Siria y un Irak no dominados por los terroristas los necesitarán como su fuente de ingresos legal. Pero me caben pocas dudas de que con la tecnología disponible actualmente por muchos países de Occidente, es perfectamente posible detectar cualquier movimiento de convoyes o cualquier oleoducto. Y tampoco me caben muchas dudas de que, una vez detectados, se puedan destruir. Si esto se hace a fondo, también me caben pocas dudas de que el grifo puede ser cerrado, si no al 100%, sí en un porcentaje muy alto. Pero, claro, lo primero para esto es que todos los países de Occidente se comprometan a no comprar petróleo procedente del estado islámico ni directa ni indirectamente. Hay muchas habladurías –que nunca sé que parte de verdad tienen porque son casi siempre vox populi y hay pocas cosas menos fiables que la vox populi– sobre los países de Occidente, Rusia o Turquía, que compran petróleo al estado islámico. Si eso es así, el resto de los países tendrían que sancionar con dureza a los que practiquen este comercio. Otra manera de inutilizar lo que todavía salga del grifo del petróleo yihadista es detectar, cercar y desarticular a los traficantes del mercado negro del petróleo de esta procedencia. Y para ello, me refiero otra vez al servicio de inteligencia.

El segundo aspecto de la guerra económica es impedir el movimiento electrónico del dinero que el estado islámico pueda obtener con lo que pueda quedar de este tráfico. Las normas que rigen en todos los países para la lucha contra el blanqueo de capitales son, ya en este momento, durísimas. Hay grandes bancos que has sido sancionados con multas milmillonarias, no por blanquear dinero, sino por no disponer de sistemas de la máxima eficacia para su detección. Pero a menudo estas normativas son independientes para cada país y no pocas veces contradictorias. Por tanto, creo que sería necesaria una coordinación internacional de estas normas mucho mayor.

Pero el estado islámico también tiene su estrategia de asfixia económica para Occidente. Tras casi un siglo de disparate presupuestario keynesiano socialdemócrata, que ha llevado a los países occidentales a gastar crónicamente más de lo que ingresan, acumulando deuda, el margen de maniobra que les queda es muy pequeño. Indudablemente la guerra tendrá un coste económico para nuestros países. Por un lado, deberíamos aumentar el gasto en defensa e inteligencia. Por otro, el miedo que los actos terroristas pueden llegar a generar podría hacer, si se supera un cierto umbral, que el consumo disminuyese, con el consiguiente frenazo a unas economías ya renqueantes y con la consiguiente disminución de los ingresos fiscales. Todo ello acabaría por repercutir en la vaca sagrada para los países europeos: Estado del Bienestar. Y, llegados a este punto, con la iglesia hemos topado, amigo Sancho. En fin, que resulta que ellos también tienen sus bazas sociales y económicas para jugar que, sin duda, minarían la determinación de una civilización reblandecida por su propio éxito. Feo asunto.

d)     Hay un factor, a mi modo de ver, necesario para la victoria que me resulta especialmente doloroso, porque va, en cierta medida, contra la conquista de las libertades individuales que son una de las facetas que dan brillo a la joya de la corona. Pero si se quiere ganar esta guerra, no queda más remedio que recortar, en la menor medida posible, pero recortar, algunos aspectos de esas libertades. Las policías deben tener mayor libertad para detener temporalmente a ciertas personas de modo preventivo. Las listas de pasajeros de las líneas aéreas deberían ser facilitadas al servicio de inteligencia. Por supuesto, bajo la vigilancia del poder judicial y no de forma indiscriminada, sino de acuerdo con unas leyes decididas democráticamente y con un control a posteriori. Sé que esto es peligroso, porque estas leyes pueden desviarse de su fin y utilizarse mal, amén de perpetuarse. Pero es un riesgo que debemos correr de forma racional, calculada e inteligente. Y lo mismo ocurre con el espacio Schengen[3]. La libertad de movimientos en el ámbito europeo es un logro magnífico, pero no es el mejor sistema para garantizar la seguridad en una guerra como ésta. Ya se ha visto que muchos de los terroristas son ciudadanos de países de ese espacio, por lo que dejarles moverse a sus anchas por él es darles alas para que puedan atentar en un país e irse volando a cualquier otro.

Esto nos lleva también al asunto espinoso de los que huyen de la guerra en Siria e Irak y buscan refugio en Europa. No falta quien piensa que lo humanitario sería dejarles entrar. Pero lo primero que ocurre es que Europa no tiene la más mínima posibilidad de acogerles ofreciéndoles medios de vida dignos. En muchos países de Europa el paro es uno de los primeros asuntos en su agenda política. ¿Cómo van a acoger a esa avalancha? Además, todos los que llegan tienen una especial fijación con Alemania –que es la vaca lechera de la UE, por lo que si se les dejase entrar libremente acabarían la mayoría en ese país. Se puede soñar con la solución de asignar cupos en cada país si éstos llegan a ponerse de acuerdo. Pero es que ni repartidos entre todos ellos se les podría dar medios de subsistencia. Pero si, además, el espacio Schengen está abierto, se pueden asignar todos los cupos que se quieran que, al final, la afluencia acabaría, otra vez, en Alemania. No me caben muchas dudas de que esta avalancha forma parte de la estrategia de desestabilización social y económica del estado islámico. Si a esto le añadimos que, entre los muchos sirios e iraquíes de buena voluntad hay, sin sombra de duda, mezclados, una proporción indeterminada de terroristas, la estrategia de desestabilización de esta avalancha no parece nada mal pensada. Y, ¿qué se puede hacer con ellos? No tengo respuesta. Pero sí sé una cosa. El sitio de la mayoría de esos seres humanos que huyen de la barbarie del estado islámico no está en Europa. Está en su país, luchando contra esa barbarie. Si no lo quieren hacer junto a Bashar al-Asad, están los rebeldes sirios anti Asad. Y si no, están los kurdos. Porque, al final, su país es suyo y si ellos no sacan sus castañas del fuego es difícil que otros las saquen por ellos. En este sentido, es admirable en ejemplo de las milicias kurdas peshmergas. Hay pocos kurdos entre los inmigrantes que llegan a Europa. Casi todos ellos son combatientes, incluyendo mujeres, que forman un tercio de las milicias[4]. Y en estas milicias combaten, junto con los kurdos, árabes de Siria e Irak. Con ellos deberían estar estos fugitivos. Eso significa sacarse las castañas del fuego. Occidente puede apoyar de muchas maneras a los combatientes que se oponen al estado islámico, pero lo que, a mi juicio no debe hacer es mandar allí a la fiel infantería que, al final, es la que gana las guerras. Primero porque eso es algo que les corresponde a sirios de cualquier signo, iraquíes y kurdos. Segundo porque la reblandecida sociedad europea –empezando por mí– no soportaría una larga sangría de ataúdes procedentes de allí con sus jóvenes dentro.

e)     En una guerra casi nunca se puede elegir a los aliados que nos gustarían. Es difícil encontrar una alianza más contra natura que la de Roosvelt, Churchill y Stalin en la Segunda Guerra Mundial. Pero no quedaba más remedio que aliarse si se quería acabar con el poderío militar de Hitler. De la misma manera, aliarse con Asad es algo que, al menos a mí, me repele tremendamente. Y algo parecido, aunque a otro nivel, me pasa con Rusia. Pero me parece ineludible pasar por el aro. Por supuesto, la alianza con la Unión Soviética en la segunda guerra mundial se convirtió en largos años de guerra fría entre ésta y EEUU con una Europa inoperante en medio. Pero, como dijo Walt Whitman: “Está en la naturaleza de las cosas que de todo fruto del éxito, cualquiera que sea, surgirá algo para hacer necesaria una lucha mayor”. Pero eso será, si es que debe ser, después de acabar con el estado islámico. Y, la verdad, no tengo del todo claro que tras acabar con el estado islámico haya que luchar contra Asad. Si hay una lección que se puede sacar de la segunda guerra de Irak es que el derrocamiento de Sadam Husein fue el germen de lo que ha llegado a ser el estado islámico. Cuando este tirano dijo que Occidente estaba empezando “la madre de todas las guerras”, probablemente no se refería a la guerra Irak-EEUU, que seguramente sabía perdida, sino a la guerra que iba a surgir del vacío de poder que se produciría tras su caída. De esta experiencia se me ocurrió el concepto de ecología política. Si uno altera un sistema ecológico natural, seguro que, a medio plazo, obtiene unos resultados desastrosos que no podía prever. Pues si uno elimina una especie de tiranos que tienen a raya a otros tiranos peores, pasa lo que ha pasado. Así pues, para ganar esta guerra, creo que no queda más remedio que aliarse con Asad y que, aparcando aunque sea temporalmente sus diferencias, se alíen el régimen de Asad, los partisanos que luchan contra su régimen y los peshmegas kurdos. Y EEUU, Europa y Turquía tendrán que aliarse con Rusia les guste o no si se quiere ganar esta guerra y a pesar del derribo imprudente del avión ruso. En toda guerra hay elementos que son abatidos por eror por “fuego amigo”. La guerra es la guerra. Cuando se acabe la pesadilla del estado islámico tal vez tengamos un sueño inquieto, pero...

f)      Y, por último, pero no lo menos importante, está el uso de la fuerza militar. Por un lado con los bombradeos selectivos a objetivos estratégicos y, por otro, con la detección, captura o muerte de sus sus líderes. Desgraciadamente, por muy selectivos que sean los bombardeos, siempre habrá víctimas inocentes. Máxime cuando es una práctica común de los extremistas islámicos ponerse escudos humanos hechos de población civil, mujeres y niños incluídos. Pero la responsabilidad moral de esas muertes será del estado islámico, no de quien lleve a cabo los bombardeos. Pero, lamentablemente, jamás se gana una guerra sólo con bombardeos. Es necesario que entre en combate la infantería. Ya he dicho, sin embargo, que creo que esa infantería la tienen que formar los habitantes de la zona que quieran recuperar su país.

Querría terminar con unas palabras contra el sentido de culpabilidad por la guerra. La guerra es, en sí misma, un mal porque causa muerte, destrucción y desgracia. En ella mueren seres humanos, muchos de ellos civiles. Y siempre que un ser humano muere, aparece una responsabilidad moral que recae sobre alguien. Si uno mata en defensa propia, la responsabilidad moral recae sobre el agresor que es el que ha causado su propia muerte. Ahora bien, hay guerras que pueden considerarse justas por una de las partes. Tomás de Aquino y Francisco de Vitoria, reconocido como padre del Derecho Internacional, definieron formalmente estas condiciones hace siglos desde un punto de vista cristiano. Sin ser un experto en el tema –ni mucho menos– recuerdo cuatro de ellas que se deben dar conjuntamente. La primera es que la guerra debe ser declarada por el soberano legítimo. Hoy en día, en los países democráticos esto esta reservado a los gobiernos y parlamentos. La segunda es el hecho de sufrir una agresión injustificada o si los habitantes de un país sufren la opresión sanguinaria de un tirano. Por supuesto, se trataría de establecer una situación más justa que la de partida y habría que tener razonables probabilidades de éxito y de mejora de la situación para que la guerra, en principio justa, no se convierta en inútil o, peor aún, contraproducente. Esto no es fácil de prever a priori, pero sí se pueden establecer juicios razonables sobre ambas cosas. La tercera condición para que una guerra sea justa sería que se hubiesen agotado todos los medios pacíficos para evitarla. Estas tres condiciones son, aunque a veces su previsión sea difícil, del fuero externo. La cuarta, sin embargo, pertenece al fuero interno. Es la intención con la que se inicia la guerra. Se pueden dar las tres primeras condiciones, pero si se inicia con odio o con un deseo desordenado de venganza o con intereses económicos inconfesables, la guerra no sería justa. Pero esto es algo que queda en la conciencia de quien la inicia y de quien participa en ella. Es evidente que puede haber guerras injustas por ambos bandos, pero lo que no puede haber es una guerra justa para los dos bandos. En caso de una guerra justa, la responsabilidad moral por las víctimas recae sobre quien la inició de forma injusta. Pero, en cualquier caso, el soldado que participa en ella, por cualquier bando, no tiene responsabilidad moral por las víctimas, ya que él no es el que la ordenó. Sí tendría responsabilidad moral si no se cumple en su fuero interno la cuarta causa, es decir, si en su corazón hay odio y venganza desordenada. No me cabe ni la más mínima duda de que en esta guerra se dan perfectamente las tres primeras condiciones para que sea justa por parte de Occidente si los gobiernos la declaran. De la cuarta no puedo afirmar nada de los demás. Pero puedo decir de mí que, hasta donde me conozco, no creo que haya en mí ni rastro de odio ni de deseo de venganza. Sólo de restituir la justicia y el bién social común y de evitar la destrucción de Occidente. Pero, claro, esto es muy fácil de decir cuando ninguna de las víctimas tiene una relación cercana conmigo. ¿Cuál sería mi actitud si uno de los muertos de París hubiese sido hijo mío? Lo ignoro, pero sé que, aunque sea con causa justificable, si participase en ella o la apoyase con odio, no se darían en mí las causas de guerra justa.

Por último, quiero enmendar mi respuesta a la pregunta retórica inicial: ¿Ha empezado la tercera guerra mundial? Al principio contesté que sí. Ahora contesto que no. Esta guerra no es la tercera guerra mundial, sino la primera. Y empezó el día en que el mismísimo Mahoma ordenó la guerra santa contra la ciudad de Muta, en el Imperio Bizantino en el año 630. La expedición fracasó y apenas dejó huella histórica, pero Mahoma había marcado el camino. El primer califa –califa es el título de los sucesores de Mahoma–, Abu Bakr, la continuó, contra Bizancio y contra los que a la muerte de Mahoma quisieron apostatar. El segundo Califa, Omar, inció la gran conquista con el fin de hacer de toda la tierra Dar el-Islam –la casa del Islam– conquistando Siria y una buena parte del norte de África. Desde entonces estamos en guerra. Esta guerra ha tenido sus periodos de cierta calma y sus rebrotes más o menos explosivos, pero nunca se ha cerrado ni se cerrará mientras no se desplome el Islam. En un escrito que seguirá a éste haré un breve repaso a los principales hitos de esta guerra hasta nuestros días. También dedicaré unas líneas a un juego de adivinanzas –guess game lo llaman los ingleses– sobre cómo puede colapsar el Islam. Porque una cosa es absolutamente segura. Podremos ganar esta batalla de la guerra, pero el Islam no acabará porque ninguna guerra acabe con él. Será él mismo el que se desplome, como pasó con el muro de Berlín y el Telón de Acero. Pero todo eso será... en el próximo capítulo que éste ya es demasiado largo.



[1] Una de las cosas más sorprendentes de la reconquista española es que, durante ocho siglos, desde el 711 hasta 1542, aunque la guerra pasase por momentos más o menos tranquilos o turbulentos, siempre existió, inquebrantable, la voluntad de recuperar lo que un día fue el reino toledano de los Visigodos, anterior a la invasión musulmana.
[2] Salafismo viene de la palabra árabe as-salafiyya que significa los ancestros, los predecesores, que invocan al Profeta Mahoma y a las tres primeras generaciones siguientes que practicaron con tanto denuedo como éxito la yihad o guerra santa. Es decir, que invocan el Islam en su estado puro fundacional.
[3] El llamado espacio Schengen lo forman una serie de países de Europa que han acordado la libre circulación de personas dentro de él. Lo forman 22 de los 28 países de la Unión Europea (Bulgaria, Chipre, Croacia, Irlanda, Reino Unido y Rumanía no se han querido integrar en él, más tres países que no forman parte de la UE: Islandia, Noruega y Suiza.
[4] Merece señalarse que los combatientes del estado islámico les aterra combatir contra mujeres, pues creen que si mueren en combate matados por una mujer, irán al infierno en vez de al paraíso que les promete Mahoma. Saco a colación, sólo a título anecdótico lo que hizo el ejército español en la guerra de independencia de Filipinas. La isla de Mindanao de este archipiélago es mayoritariamente musulmana. El ejército español untaba las balas con grasa de cerdo.

5 comentarios:

Javier Novoa C. (Stitch) dijo...

Dices: "La tercera condición para que una guerra sea justa sería que se hubiesen agotado todos los medios pacíficos para evitarla."
y luego: "No me cabe ni la más mínima duda de que en esta guerra se dan perfectamente las tres primeras condiciones para que sea justa por parte de Occidente si los gobiernos la declaran."

seguro que la tercera ya se cumplió, al 100%? y con medios pacíficos yo entiendo a evitando la violencia física (balas y bombas, digamos), pero podría haber medidas económicas y de otros tipos que seguirían siendo agresivas pero no con violencia física (balas-bombas) y que podrían ser efectivas para atacar al E.I., o no?

Anónimo dijo...

Hola Javier. Como siempre, un placer conversar contigo.

¿Es posible decir que alguna tarea humana se ha cumplido al 100%? Creo que no. Lo cual nos llevaría a que no podrían existir guerras justas. Pero creo que la palabra clave, aunque no la he citado es "razonablemente". ¿Se han agotado "razonablemente" todos los medios pacíficos para evitar esta guerra? No me cabe duda de que sí. Para empezar, ni el estado islámico ni al-qaeda han dado siquiera la oportunidad de medios pacíficos, puesto que no hay ni una sola propuesta razonable -ni irrazonable- sobre una mesa de negociación que no existe, para poder poner ningún medio pacífico. Porque lo que quieren estos movimientos terroristas, como lo que ha querido siempre el Islam, que es en su esencia salafista, es, simple y llanamente la destrucción de Occidente para convertirlo en Dar el-Islam. Los medios económicos y de otros tipos son complementarios, pero la guerra, declarada injustamente por los terroristas, sólo se acaba con la victoria y, para lograr esta, desgraciadamente, hace falta el uso de la fuerza militar. Así es que sí, creo que sí se dan las tres primeras condiciones.

Un abrazo y gracias por tu aportación.

Tomás

Javier Novoa C. (Stitch) dijo...

correcto, pero creo que el momento de tirar bombas no es necesariamente ya el adecuado. Todavia se puede atacar al EI con medios economicos, y con menos hipocresia de parte de las potencias que son sus clientes, o quiza sus antiguos promotores

Anónimo dijo...

Y, ¿cuántas muertes más tendrá que haber para que llegue el momento? ¿Qué más tiene que pasar para que llegue el momento? Por supuesto que hay que usar, ADEMÁS, medios económicos. Pero me temo que eso no basta. Y, por supuesto que hay potencias hipócritas. Eso será algo en el debe de las mismas, pero no hace mejor al estado islámico. Por tanto, creo que sí es el momento. Pero te agradezco tu opinión.
Un abrazo.
Tomás

Javier Novoa C. (Stitch) dijo...

es que ese es el punto! si de verdad quieren detener al Isis pues que dejen de comprarles petroleo y venderles armas. tu preguntas por las muertes de inocentes de parte de isis y no las olvido yo ni en mis oraciones ni en mis posturas. pero como cristiano no puedo dejar de pensar y pedir y poner postura por los otros inocentes, los muertos en los bombardeos que necesariamente los habra porque isis los pone de escudos. tu piensas en ellos?