10 de junio de 2017

Sobre el cambio climático (a raíz de Trump)

El viernes 2 de Junio, Donald Trump anunció que los EEUU iban a salirse del acuerdo de París sobre el cambio climático. Al margen de lo que a cada uno le parezca, Trump no hizo más que cumplir algo que había anunciado reiteradamente en su campaña presidencial. En este caso, el que avisa no es traidor.

No obstante, yo llevo mucho tiempo dándole vueltas al asunto del cambio climático y este anuncio de Trump me hizo volver a refrescar mis puntos de vista sobre el tema. Así que estas páginas no se refieren a Trump, sino al fenómeno del cambio climático.

Tengo buenos amigos que dicen que esto del cambio climático es una burda manipulación de la información y que no hay ningún soporte científico serio que lo avale. Cuando hablo con ellos me abruman con datos y más datos con los que apuntalan su opinión. Me sorprende la vehemencia con la que argumentan.  Me produce la impresión de que en su argumentación hay mucho de ideológico que intentan cubrir con datos. Ciertamente, en el lado de los que claman por reducir drásticamente las emisiones de CO2 para frenar el cambio climático, también hay, una enorme dosis de ideología. Y cuando la discusión se ideologiza, yo me siento perdido y tiendo a no hacer demasiado caso ni a unos ni a otros. Por otro lado, mi base científica, aun siendo mayor de la de muchos de los que discuten ideologizadamente, es claramente insuficiente para tomar partido decididamente por un lado u otro. Entonces, uso mi sentido común. Y éste me lleva a las reflexiones que hago a continuación.

En todas las revistas científicas serias que leo –Science, Nature, Scientific American (en su versión española; Investigación y Ciencia)–, hay una unanimidad absoluta alrededor de la gravedad del cambio climático y sus consecuencias. En principio, cuando veo que alrededor de un tema hay unanimidad absoluta, se me arruga la nariz. Muy a menudo, la unanimidad encierra algún gato. Sin embargo, en este caso estamos hablando de unanimidad entre científicos. Por supuesto, los científicos son seres humanos, sujetos, como todos los demás, a pasiones, intereses y modas que les pueden llevar a torcer su juicio. Pero es preciso reconocer que son, probablemente, el colectivo menos proclive a dejarse llevar por estas pasiones o modas. Cierto que siempre hay en ciencia un paradigma dominante que a menudo crea un mainstream del que pocos se salen. Pero siempre, a lo largo de toda la historia de la ciencia, ha habido voces claras de científicos de primera línea que se han alzado contra ese mainstream, que se han manifestado con claridad, que han encontrado vías para comunicarse en revistas científicas de primer orden y que, muy frecuentemente, han dado la vuelta como un calcetín al paradigma dominante. Siempre. Sin embargo, en este caso, no lo hay. Y aunque esta unanimidad me arruge la nariz, lo hace menos que si ésta fuese entre economistas o taxistas. Naturalmente, los negacionistas –entiéndase este término sin el más mínimo carácter peyorativo– aducen inmediatamente que sí existen esas voces contrarias. Pero que esas voces son silenciadas por los medios generales, sesgados hacia el sensacionalismo y por el miedo de los científicos a las consecuencias de salirse del mainstream, entre las que está el no obtener fondos para sus investigaciones. Respecto a este miedo, ya he argumentado hace unas líneas, así que no volveré sobre ello. Voy a dedicar, en cambio, unas líneas a lo de la silenciación mediática. Ciertamente, los medios tienen generales –pero en muchísima menor medida los medios científicos serios– tienen un fortísimo sesgo que  les lleva a orientar sus opiniones hacia lo que tiene mayor aplauso social, entre otras cosas porque así venden más. Pero siendo muy cierto ese sesgo de la prensa a favor de la afirmación del cambio climático, la cuestión no es esa. La cuestión es si el cambio climático es o no cierto, con independencia de sesgos mediáticos o miedos de científicos.

Y llegado a este punto sólo me queda decir que no lo sé. Y hay en mí dos fuerzas que tiran en sentido contrario. La primera me lleva a alinearme con los negacionistas. Me caben pocas dudas de que el cambio climático, con independencia de que sea cierto o falso, es usado como un arma ideológica arrojadiza por la izquierda antisistema que pretende poner palos en el radio de la bicicleta de la economía de libre mercado para intentar hacerla fracasar tan estrepitosamente como lo ha hecho el sistema económico que ellos defienden. Se sienten obligados a hacer que se cumplan las fracasadas profecías marxistas. Y esto me produce un rechazo irracional a aceptar el cambio climático como cierto. La segunda me dice, de forma mucho más racional, que en caso de duda, más vale dar crédito al cambio climático que no hacerlo. Si la sociedad toma medidas sensatas para prevenir el cambio climático y el tiempo muestra que era una burda manipulación, no pasa gran cosa. Pero si no se actúa y resulta ser cierto, el daño puede ser irreparable. Es exactamente la razón por la que la gente se asegura contra riesgos que pueden no ocurrir pero que hoy le cuesta un dinero en la prima. Un buen padre de familia, aunque se encuentre en perfecto estado de salud, hará bien en pagar un seguro de vida. Claro, siempre que la prima sea razonable. Nadie pagaría una prima de un 40% del valor de su casa por asegurarla contra incendios. Es difícil definir con claridad hasta donde es razonable pagar la prima del seguro contra el cambio climático, pero me caben pocas dudas de que hay que pagar alguna prima. Por supuesto, la propaganda azuzada por la izquierda radical, pretende que la prima sea tan ruinosa que lleve al sistema a la quiebra. Hay que tener sumo cuidado en no caer en ese mantra. Pero, de estas dos fuerzas, la racional, es decir, la segunda, vence dentro de mí, no sin cierta reluctancia a estar haciéndoles el caldo gordo a los enemigos del sistema de libre mercado y, desde luego teniendo mucha precaución en la valoración de la prima a pagar. Pero, con eso y todo, me decanto por el seguro… qué le vamos a hacer.

Entro ahora en lo más importante de estas líneas que casi, casi, hace irrelevante todo lo dicho hasta aquí. Cuentan que una vez le preguntaron a alguien qué le preocupaba más, si la ignorancia o la indiferencia, a lo que contestó: “Ni lo sé, ni me importa”. Bueno, pues hasta cierto punto, eso me pasa a mí. No sé a ciencia cierta quien tiene razón, pero tampoco me importa. Porque mal que les pese a los que usan el cambio climático como arma arrojadiza, el problema va a quedar superado en un decenio o dos a lo sumo. Y va a ser superado por lo que tantas veces ha resuelto problemas importantes de la humanidad: por la tecnología. Tecnología que sólo ha sido desarrollada por un sistema económico: el capitalismo al que odian rencorosamente. Me permito poner un ejemplo un tanto chusco pero absolutamente real. En un pleno de la corporación municipal de Londres de los primeros decenios del siglo XX, se produjo una acalorada discusión sobre el problema de evacuar la mierda de caballo de Londres, ante el crecimiento exponencial que estaba teniendo el parque de coches de caballos. Esta discusión nos mueve hoy a la sonrisa condescendiente. Apliquémoslo a este problema. Ciertamente, la tecnología también ha tenido efectos secundarios negativos, pero es evidente que su resultante ha sido altamente positiva para la humanidad. Y el que no lo vea así, que se vuelva a la edad de piedra. Pero al paleolítico, nada del neolítico. Como decía Walt Whitman, “está en la naturaleza de las cosas que de todo fruto del éxito, cualquiera que sea, surgirá algo para hacer necesaria una lucha mayor”. A continuación voy a enumerar, con cierta extensión, pero sin demasiada profundidad, los cambios tecnológicos que dejarán el problema del cambio climático obsoleto en un decenio o dos. Pero es necesario que haga el disclaimer de que en el próximo o dos próximos decenios, conviene aplicar lo del seguro que he expuesto más atrás, no sea que se supere el problema –si es que hay problema– cuando ya sea tarde. No obstante, quiero dejar claro que nada de lo que voy a contar es ciencia ficción. Son cosas que están pasando ya, delante de nuestras narices.

En primer lugar, los combustibles fósiles tienen los días contados, porque van a perder la batalla y la van a perder en varios frentes.

El primero son las energías renovables, fundamentalmente solar y eólica. Hace 10 años, estas energías eran notablemente más caras que las procedentes de los combustibles fósiles. Pero sus costes están bajando de una forma espectacular y en estos momentos, ya están casi a la par. Es absolutamente indudable que en bastante menos de diez años estas energías limpias serán bastante más baratas. Ciertamente, estas energías tienen un problema muy importante: su producción y su consumo no van sincronizados y dado que la energía no se puede almacenar en grandes cantidades, ¿de qué sirve producir energía barata cuando no se necesita si no se tiene cuando se necesita? Pero, ¿de verdad la energía no se puede almacenar en grandes cantidades? Tal vez hoy sea así, pero esto durará poco. Para empezar, están las baterías de almacenamiento. La batería de mi coche es una tecnología que tiene, cuanto menos 70 años. Pero ya se están fabricando baterías de ion litio con rendimientos y capacidades por m3 inmensamente mayores que las de la batería de mi coche. Rendimientos y capacidades que aumentan a velocidad de vértigo. Y dentro de poco, cada hogar, decenas o centenas de millones de ellos, contarán con baterías de este tipo para asegurarse el ciclo diario –e incluso anual– de almacenamiento de energía. Elon Musk ha fundado una empresa, llamada Solar City con este objetivo, sinérgico con el de su proyecto de coche eléctrico. Se puede argumentar, con razón, que el litio es un recurso muy escaso y que no hay suficiente en el mundo para fabricar la inmensa cantidad de baterías necesarias, amén de los problemas de seguridad que presenta. Que se lo pregunten a Samsung. Pero ocurre que ya están desarrollándose baterías de ion sodio, que es uno de los elementos más abundantes de la naturaleza y que no presenta ningún problema de seguridad. Además, la aparición del grafeno va a hacer de forma casi inmediata –ya lo está haciendo– que la capacidad y rendimiento de las baterías se multiplique de forma asombrosa. Así que el problema del almacenamiento de las energías renovables –solar y eólica– está listo para pasar en breve al cajón de los recuerdos. Pero, por si acaso, hay otras formas bastante eficaces de almacenar energía. Se trata del ciclo de conversión del agua en hidrógeno mediante la electrolisis, que consume energía, para después quemar el hidrógeno y volver a recuperar esa energía. El rendimiento de este proceso está hoy día ligeramente por encima del 50%, pero sin duda mejorará en el futuro inmediato y, en todo caso, está muy por encima de las centrales hidráulicas de bombeo que se usan hoy en día para almacenar energía generada por este sistema.

El segundo frente en el que las energías de combustibles fósiles van a ser vencidas, será el de la energía de fusión. La vieja promesa, cuya meta era como el arco iris, que cuando uno intenta alcanzarlo se aleja de nosotros, parece que va a ser alcanzada relativamente pronto. Los caminos por los que se intentaba llegar a ella eran inmensos macro proyectos como ITER o TOKAMAK, disparatadamente caros, que sólo podían abordarse con financiación pública, sujeta a los vientos de la política y aquejada de ineficiencia. Hoy día hay varias empresas privadas que están abordando el problema desde ópticas radicalmente distintas, que prometen dar fruto en un decenio o dos. Lockeed Martin, una gran empresa privada americana, publicó un artículo en Science, en Octubre de 2014, el el que afirmaba que en diez años estaría en condiciones de producir mini centrales de fusión nuclear de 100 Mw del tamaño de un camión y que produjesen energía a un coste razonable. Si esto fuera así, bastarían 160.000 camiones-centrales para abastecer toda la energía que hoy consume el mundo. Esto supone que haya 1 camión-central cada 740 Km2 de tierra habitable, que es una densidad  equivalente a 675 camiones-central en toda España, algo más de 10 por provincia[1]. Además, esta energía se produciría en el mismo sitio en el que se consume, con lo que las grandes e ineficientes líneas de transporte de energía eléctrica serían innecesarias. Pero Lockeed Martin no es la única empresa privada que está en esta carrera. Empresas como Magnetoinertial Fusion Technologies, General Fusion (Canadá), Tri Alpha Energy, etc., están también en ella y, como es sabido, la competencia es el mayor acicate posible. Por otro lado, el Departamento de Energía de los EEUU está invirtiendo en empresas privadas a través del programa Aceleración del Ensamblaje y Calentamiento de Plasma de Bajo Coste (ALPHA por sus siglas en inglés). Lo importante de la energía de fusión es que su materia prima es sólo agua –bastarían el equivalente de tres piscinas olímpicas para producir toda la energía que hoy consume todo el mundo en un año– y su único residuo es helio, un gas extremadamente útil y caro, del que se produciría una fracción significativa de sus necesidades mundiales. Al ritmo de tras piscinas al año, aunque esta energía no es renovable es, en la práctica, inagotable. Y no produce ni un solo gramo de CO2, ni un solo gramo de sustancias radiactivas. O sea que parece que algo se mueve y que el arco iris podrá ser atravesado dentro de poco.

El tercer frente que acabará con los combustibles fósiles es un reciente hallazgo cuyo alcance está todavía por cuantificar. Se ha descubierto que la Tierra, bajo su corteza, en el manto, está continuamente produciendo hidrógeno mediante reacciones nucleares naturales. Y que este hidrógeno sube por las grietas de la corteza y aflora de forma espontánea en muchos lugares a lo largo y ancho de la su superficie terrestre. Es decir, no es una reserva agotable, sino una producción continua. Es, por tanto, una energía renovable. Lo que todavía está por cuantificar es en qué cantidades se producen estas afloraciones, cómo están distribuidas por la superficie terrestre y cómo pueden detectarse. Pero todo parece indicar que son abundantes, ubicuas y que su flujo es muy importante. Si esto fuese así, entraríamos en la era de la minería ilimitada del hidrógeno. La combustión del hidrógeno produce únicamente agua. Nada de CO2. Pero si, como hipótesis, toda la producción de energía que necesita hoy el mundo viniera del hidrógeno, se produciría suficiente agua para poner en regadío 60 millones de Ha, el 3% de la superficie cultivable del planeta, y, además satisfacer el mínimo de necesidades sanitarias de agua de casi 300 millones de personas. O sea, que sería una de las mayores bendiciones para la humanidad.

Con todas estas cosas, se comprende que alguien como el jeque Yamani dijese hace poco que “la edad de piedra no se acabó porque se acabaran las piedras y la edad del petróleo no se acabará porque se acabe el petróleo”. Yamani fue ministro del petróleo de Arabia Saudí en la crisis de 1973, es decir, que sabe de lo que habla.

Pero hay más buenas noticias sobre lo que logrará la tecnología para solucionar el problema, si lo hay, del cambio climático. Por un lado, como se ha visto, las emisiones de CO2se reducirán prácticamente a cero. Pero, además, será posible retirar de la atmósfera enormes cantidades de este gas invernadero. Efectivamente, la Universidad de Columbia en Nueva York y una gran empresa privada americana, Air Liquid, han desarrollado “árboles artificiales” capaces de secuestrar CO2 de la atmósfera con una eficacia mil veces superior a la función clorofílica natural de los árboles naturales. Su coste es, hoy por hoy, totalmente prohibitivo, pero a buen seguro pasará con él lo que ha venido pasando con los ordenadores o con las energías renovables. Tendrán su propia ley de Moore y su coste bajará drásticamente. En una línea similar, otro grupo de investigación ha desarrollado lo que llaman una hoja biónica que funciona con energía solar y que también lleva a cabo una versión artificial de la función clorofílica.

Así que, que el cambio climático sea verdad o mentira, ni lo sé ni me importa. No gastaré un minuto en esta estéril discusión. Dicho esto, ya comenté anteriormente que, mientras llegan a madurar estas tecnologías que eliminarán el problema, y con independencia de que éste sea real o exagerado o, incluso, inventado, una elemental prudencia nos debe llevar a pagar un coste razonable para reducir la emisión de gases invernadero en los próximos decenios. Por eso, me parece inadecuada la decisión de Trump de salirse del acuerdo de París. Si considera que las medidas de ese acuerdo van más allá de lo razonable, cosa que puede ser perfectamente posible, creo que lo sensato sería intentar cambiarlas desde dentro. Poder tiene para ello.

Así pues, ya basta de profecías agoreras. Sin desdeñar el problema, creemos la conciencia social de que el problema está en vías de solución.



[1] Para abastecer España de energía harían falta más de 675 camiones-central, porque la densidad energética de España es mayor que la media de la superficie terrestre. Doy esa cifra a modo de ejemplo para ver, de promedio, cómo estaría saturada la tierra de camiones-centrales. Es decir, no se verían.

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