2 de julio de 2017

La última línea de resistencia: Ignacio Echeverría, sigues en nosotros

Hoy se cumple un mes del acto de heroísmo de Ignacio Echeverría. Ya no aparecen todos los días artículos ensalzándole. Ya, poco a poco, la admiración por su heroísmo va siendo absorbida por la rutina. Por eso, ahora, pasado un mes, antes de que su ejemplo sea olvidado del todo, quiero sacar algunas consecuencias prácticas de su heroísmo.

No creo que a estas alturas a nadie le quepa duda de que estamos en guerra con el Islam yihadista. Lo que no creo es que mucha gente haya sacado las debidas conclusiones sobre cómo es esta guerra y qué papel jugamos en ella los ciudadanos de las democracias occidentales. Es evidente que no es una guerra tradicional. En una guerra tradicional, el teatro de operaciones está localizado en un frente en el que luchan los ejércitos. Es verdad que puede haber efectos colaterales que maten civiles. Pero son, en principio, daños no buscados. Es innegable que también en las guerras tradicionales ha habido innumerables casos de daños voluntarios a la población civil. No hay más que recordar los bombardeos sobre ciudades en la II Guerra Mundial o la Guerra Civil española. ¡Lamentable y deleznable! Sin embargo, la gran mayoría de las bajas se producían en el frente de batalla. Y, además, en esos bombardeos, la muerte bajaba desde el cielo y poco podía hacer la población civil para defenderse de ella más que correr a los refugios o a los túneles del metro. En esta guerra, no hay frentes. La muerte de civiles no es un efecto colateral. Los civiles son el único objetivo. Y la muerte, no baja del cielo. Viene horizontal, en forma de camión, o de una bomba accionada a diez metros de los muertos, o de un cuchillo empuñado por un asesino. Y este tipo de guerra nos convierte a nosotros, los ciudadanos, en víctimas. Pero también puede convertirnos en soldados. Por supuesto, podemos elegir el papel de corderos llevados al matadero mientras huimos despavoridos del lugar de la batalla. Pero eso nos hace más vulnerables. Estoy casi seguro de que si yo me viese mañana en el London Bridge, no hubiese actuado como Ignacio. Seguramente hubiera echado a correr con toda mi alma. Pero el hecho de que yo pudiera hacer eso no cambia lo que he dicho antes. Lo efectivo es, en vez de huir, hacer frente a los agresores, como hizo Ignacio. Es evidente que en esta guerra hay que poner en juego a los servicios de inteligencia para desarticular la mayor cantidad de comandos y evitar la mayor cantidad de acciones posibles antes de que ocurran. También la policía y el ejército deben actuar con contundencia ante los actos terroristas. Pero, no nos engañemos, nunca se conseguirá evitarlos al 100% ni la policía o el ejército estarán ahí en el momento 0. Al final, la última línea de resistencia en esta guerra somos nosotros, los ciudadanos. Y podemos representar dos papeles. El de soldados o el de conejos que huimos del ojeador, tal vez para caer en las garras del depredador. A mí me gustaría ser capaz de elegir el primero, como hizo Ignacio. Hace años, cuando murió Madre Teresa de Calcuta, leí un obituario suyo en el que se decía que “los santos no están ahí para que los admiremos, sino para que sigamos su ejemplo”. Y añadía una comparación. “Imagínense –decía más o menos– a un capitán que saliese de la trinchera gritando ‘¡adelante!’ y que los soldados, en vez de salir detrás de él a la carga, se quedasen en la trinchera admirando la valentía de su capitán mientras exclamaban asombrados: “¡Qué valiente!”. ¡De muy poco serviría su admiración!”. Así ocurre con Ignacio. Debemos imitarle, no sólo admirarle. Deberíamos ser capaces de imitarle.

Ya he dicho que no tengo mucha confianza en mi capacidad de actuar como Ignacio. Pero hay una cosa que tengo por segura. Si me “entreno”, tengo más posibilidades de actuar como soldado que si no me planteo la situación. ¿”Entrenarme”? Pero, ¿cómo? Hay una forma bastante fácil. No sé si suficiente para cambiar mi actitud si me viese en medio de un ataque, pero sí sé que este entrenamiento aumenta mis probabilidades de actuar como soldado. Desde hace un mes, todos los días, varias veces, en la situación en que me encuentre, me hago una representación mental de que cómo actuaría si me encontrase en medio de un ataque. Miro qué cosas hay a mi alrededor que pudieran servirme como arma. Un pisapapeles, una lámpara, el teclado de mi ordenador, un extintor, una silla, un perchero, un cuchillo de la cocina, una cacerola, etc., etc., etc. Me hago un mapa de dónde están estos instrumentos y me imagino que en la puerta de la empresa, o en el vestíbulo de mi casa, o en la calle, oyese gritos o disparos o viese a gente salir corriendo despavorida de un determinado sitio. Y pienso cómo debería actuar. Y, al margen del objeto que haya tomado como arma, me represento a mí mismo lanzándome contra los agresores con toda la velocidad y fuerza de que sea capaz, intentando lograr el efecto sorpresa. ¿Paranoico? No creo. No estoy obsesionado. Simplemente me lo pregunto y me lo represento mentalmente. Espero que nunca tenga que verme en esa situación. Y repito una vez más que creo que saldría corriendo. Pero creo sinceramente que hoy tengo menos probabilidades que hace un mes de huir y más de actuar según mi “entrenamiento”.

Por supuesto, de ninguna manera me planteo actuar sin provocación. Condeno con toda mi alma al asaltante del otro día en una mezquita de Londres –que parece que era un trastornado mental–. Eso es convertirse en lo que ellos son. Pero creo que tengo el derecho, y me atrevería a decir que hasta la obligación, de actuar en defensa propia y ajena si esa situación se presenta. Solzhenitsyn, en su “Archipiélago GULAG” aseguraba, y no me cabe duda de que tenía razón, que si los detenidos por la policía política soviética hubiesen opuesto una mínima resistencia a ser apresados, el número de muertos por el terror soviético hubiese sido inmensamente menor. Y lo mismo podría decirse de la gestapo y los judíos o de la revolución francesa y los guillotinados por ella. Y exactamente lo mismo pasaría si, ante un ataque yihadista, en vez de haber sólo un Ignacio Echeverría hubiese una decena. No me cabe duda de que las muertes causadas por los terroristas serían muy inferiores. Pero, además, la actitud de éstos cambiaría. Aprenderían a respetarnos, cosa que ahora no hacen. Desprecian nuestra pasividad. Si queremos la paz y nuestras libertades, debemos ser capaces de defenderlas. Nos guste o no, somos la última línea de resistencia.

Y ahora viene lo verdaderamente importante. Lo que se me pueda ocurrir a mí para mi “entrenamiento” seguramente no pase de ser una chorrada monumental. Pero no me cabe duda de que una hora a la semana durante, digamos tres meses, recibiendo instrucción de un experto del ejército o de la policía, me daría una confianza, una probabilidad de reacción positiva y de éxito enormemente superiores a las que me puede aportar mi ridículo “entrenamiento”. Los suizos, que me parecen un pueblo civilizado, tienen la obligación de hacer un cierto entrenamiento civil-militar cada varios años. Yo no pido que este entrenamiento sea obligatorio, pero si que se ofreciese como voluntario. Por supuesto, para hacerlo habría que pasar por algún tipo de test psicológico para evitar que este entrenamiento lo recibiesen psicópatas. Pero, si hubiese algo así, sin la menor duda, me apuntaría. Pero, ¿os imagináis el escándalo político que se produciría si un gobierno, o un partido, propusiese que se estableciese un servicio de entrenamiento antiterrorista? Los insultos de fascista, xenófobo, antisocial, volarían como armas arrojadizas. Ya estamos otra vez en la contradicción de lo políticamente correcto. Si un joven valiente, armado de un monopatín, se enfrenta espontáneamente a unos terroristas y muere, es un héroe. Pero si se pretende hacer héroes potenciales a un gran número de ciudadanos, héroes con más probabilidades de éxito, de no morir y de salvar vidas, se es un violento fascista. ¡Qué enorme absurdo! Por eso, antes de que el recuerdo de la heroicidad de Ignacio se apague del todo, formulo, seria y conscientemente, esta propuesta. Y, como sé que es gritar en el desierto, os animo a vosotros también a que, en honor a Ignacio, empecéis vuestro prosaico entrenamiento aunque sea por libre.


Ignacio, queremos que tu acto de heroísmo de fruto y sea semilla de héroes potenciales. Queremos seguirte en tu salida de la trinchera. Y no queremos que tu acto de heroicidad caiga en el olvido.

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