15 de marzo de 2009

In memoriam Sara de Jesús y el P. Pablo Domínguez











Hace justo un mes, el 15 de febrero, un domingo como hoy, más o menos a la misma hora en que publico este memorial en mi blog, morían, descendiendo del Moncayo, mi amiga y compañera de trabajo, Sara de Jesús y mi también amigo, a pesar de conocerle poco, el P. Pablo Domínguez, Decano de la facultad de Teología de san Dámaso. El P. Pablo había ido a predicar ejercicios espirituales a algún lugar desde el que se veía el Moncayo. Era montañero de María y el sábado 14 de Febrero, a la vista del pico en un día radiante, decidió que no se volvía a Madrid sin coronarlo para, desde su cima, dar gloria a Dios. Llamó a sus compañeros montañeros de María y fue sólo Sara la que pudo ir. Por su parte, Sara, ese sábado, había participado en un seminario que solía dar sobre la verosimilitud de la pretensión de Cristo de ser Hijo de Dios y Salvador de los hombres. Como siempre, dio una charla en la que proclamaba la Resurrección. Después partió hacia el Moncayo para escalarlo al día siguiente. El domingo, hacia las 2 de la tarde, coronaron la cumbre y desde allí llamaron por el móvil a varias personas para compartir con ellas la grandeza de Dios que se palpaba allí. En el descenso, parece que una placa de hielo les hizo resbalar y cayeron, ladera abajo, más de mil metros. Ambos murieron. La foto del inicio de esta entrada está sacada con su móvil unos minutos antes de su muerte. Sara era la bondad, el cariño a todo el mundo y la sonrisa en una mente brillante y en un corazón de oro. Al P. Pablo le oí dos charlas en mi vida. Una sobre la teoría del conocimiento, en la que descubrí una inteligencia privilegiada, y otra sobre la Eucaristía en la que vislumbré una fe y una piedad llenas de luz. Quiero hoy transcribir dos cosas. En primer lugar, algunas frases del diario espiritual de Sara que su familia nos ha revelado y, después, la homilía que el Cardenal Rouco pronunció en la misa funeral del P. Pablo en la catedral de la Almudena el día 18 de Febrero pasado.

Últimas anotaciones del diario espiritual de Sara:

Al inicio del 2009:
Sólo hay que seguir una huella: la de Cristo en ti. En la oración se manifiesta lo extraordinario, la grandeza de Dios. Que en este nuevo año, lo extraordinario de Dios se manifieste en lo cotidiano de mi vida.

8-I-2009
Morada 2ª: Para conocerse a sí mismo el mejor modo es contemplar a Dios en el centro del alma. Contemplando su humildad veremos nuestra falta de humildad, viendo su grandeza, nuestra pequeñez... Se saca más de aquí que del propio autoexamen.

21-I-2009
Morada 3ª: No confiarnos en haber comenzado la vida de oración y ser constantes en ella. Aun así, hay que vivir como quien tiene el enemigo a la puerta. No perder el temor de perder al Señor. Estas son las moradas en las que tenemos el peligro de pensar que subiremos por nuestras fuerzas olvidando que la cima es un regalo.

8-II-2009
Ante las grandes preguntas de la vida: ¿qué sentido tiene este sufrimiento?, ¿en quién confiar?, ¿qué hacer con la vida?... Sólo hay que seguir una huella: la de Cristo.

Él, en su vida, descifra el enigma del hombre y responde a la pregunta por el sentido. Entonces, predicar el Evangelio es contar el camino encontrado, la respuesta de Cristo a cada enigma de la vida del hombre.

10-II-2009
Santa Teresa de Jesús: “En todas las cosas que Dios creó debe haber hartos secretos que debemos aprovechar”.


Y sus dos últimas frases, sin fecha, las que aparecen con su caligrafía más arriba:

- La huella de Cristo en nosotros nos ensancha el corazón para que andemos por sus caminos.

-Hay que caminar siguiendo su huella, sabiendo que la cumbre es un regalo.

Verdaderamente, algunas personas avanzan en su caminar hacia Cristo en 37 años más que muchas en toda una larga vida. Ella coronó con sus fuerzas la cumbre del Moncayo, desde allí contempló y “aprovechó hartos secretos de las cosas que Dios creó”. Minutos más tarde, Cristo le regaló, por pura gracia, la cumbre de la contemplación de su Rostro transfigurado y le permitió hacer allí su tienda. Tengo delante de mí una foto de Sara sacada en la primera de esas cumbres, hallada en su móvil y el manuscrito de su última frase. Me parece increíble que ya no esté con nosotros, pero sé que está con Cristo y que, si la misericordia de Dios me lleva a mí también con Él, en Él la volveré a ver, junto a todas las personas a las que he amado en esta vida.


Homilía del cardenal Rouco en el funeral del P. Pablo Domínguez:


“Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

«Padre, éste es mi deseo, que los que me confiaste estén conmigo donde yo estoy, y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas antes de la creación del mundo»

Estas consoladoras palabras de Cristo, poco antes de experimentar su propia muerte, revelan la profundidad del misterio de la muerte y vienen a consolarnos en este doloroso trance por el que pasamos, la muerte de nuestro querido Pablo. Estamos ciertamente consternados ante lo inesperado de su partida y el dolor de su pérdida en este mundo. Por ello, unidos a sus padres y hermanos, hemos venido para elevar los ojos al cielo, como hizo Jesucristo, en la última cena y escuchar estas palabras, las únicas que pueden confortarnos, porque iluminan la profundidad del morir en Cristo. Elevando los ojos al cielo, Jesús expresa su deseo, su voluntad más íntima: que los suyos, estén con él, contemplando su gloria. ¿Quiénes son los suyos? ¿Dónde está él? ¿Cuál es su gloria?

¿Quiénes son los suyos?

En el contexto de la cena, cuando Cristo pretende consolar a quienes acaban de saber que avanza hacia la muerte, los suyos son los más íntimos, los apóstoles, el grupo de su predilección amorosa, elegidos en una noche de oración, y cuyo nombre fue pronunciado, uno a uno, por los labios de Cristo, evocando la elección eterna del Padre. Son los que él llamó para que estuvieran con él, para enviarlos a predicar y sanar a los afligidos por todo tipo de males. Son los que permanecieron con él, en sus gozos y pruebas, y que ahora, en la última cena han sido constituidos sacerdotes de la nueva alianza. Los que, expropiados de sí mismos, han dejado que su corazón se transformara cada vez más según la medida de Cristo. Digámoslo de una vez: son sus sacerdotes. Unido a ellos tan misteriosamente que puede decir «estoy en ellos», Cristo no quiere desprenderse de los que ama, sino que desea que estén con Él, vivan para siempre en Él. En cierta medida es lo que dice san Pablo en la segunda lectura: La redención de Cristo nos convierte en su posesión. Somos suyos: en la vida y en la muerte somos del Señor. Ya no vivimos para nosotros mismos, para nuestros intereses y beneficios, sino para Cristo; y en la muerte, morimos para Él, es decir, para estar eternamente con Él, que es el destino de los que ama. Morimos para Él y también para su “Cuerpo” que es la Iglesia, cuando en ese preciso momento en que el Señor nos llama, morimos con Él. Para un sacerdote es el momento privilegiado de culminar su vida “pro eis”, por los hermanos.

En el número de estos escogidos, llamados desde la eternidad con un amor inmensurable, figura nuestro hermano Pablo, a quien queremos aplicar las palabras de Cristo: éste es mi deseo, que donde estoy yo, esté conmigo. También él fue llamado por el Señor, el amor de su vida, y le dedicó sus afectos, sus energías, su inteligencia, sus trabajos y fatigas al servicio de la Iglesia. También él, a imitación del Maestro fue dejando el buen olor de Cristo, en el estudio y la enseñanza, en la dedicación a los jóvenes, en la atención espiritual, en la entrega generosa de sí. Y en el breve tiempo de su vida, como dice el libro de la Sabiduría, «llenó largos años» y «como su alma era agradable a Dios, lo sacó aprisa de en medio de la maldad». Nos cuesta entender estas palabras que suponen un giro brusco en la concepción judía del tiempo en la vida de los hombres. No es maduro el que vive muchos años, ni perfecto el hombre longevo, sino el que vive agradando a Dios. En la muerte prematura de quien vive en Dios, con la prudencia y la justicia del alma, se revela también el amor de quien nos crea y nos saca de este mundo para estar con Él en la contemplación del rostro de Cristo. Por eso decía san Jerónimo: «Lloremos, sí, por los muertos, pero sólo por quienes se precipitan a la gehenna… Pero nosotros, que cuando dejemos esta vida estaremos acompañados por un ejército de ángeles y Cristo mismo vendrá a nuestro encuentro, nosotros debemos más bien entristecernos cuando nuestra existencia se prolonga en esta residencia sepulcral».

Pablo entendía así la muerte. La contemplaba con mirada sapiencial, como aparece en este párrafo dirigido a unas monjas contemplativas: «No quiero acabar esta carta fraterna –y filial– de gratitud, sin hacer mención a la última de las llamadas de Consagración que para todos está cerca: me refiero a la muerte, que es ese encuentro amorosísimo, en abrazo eterno, con el Esposo. Todos tenemos un “día y hora” que el Padre –en su eternidad– conoce. Me interrogo: ¿no deberíamos esperar ese día con el mismo entusiasmo, ardor, deseo y sobrecogimiento ante el Don que nos espera, con que esperamos los acontecimientos de Consagración de esta vida? Suplico al Espíritu Santo que nos conceda mirar ahora nuestra vida con los ojos y el corazón que tendremos en ese momento último y definitivo: ¡Lo que en el momento de la muerte tiene importancia, la tiene ahora! ¡Lo que en ese momento sea accidental, también lo es ahora! En definitiva: ¡sólo Cristo y sólo el Amor es lo importante! Cuando tengáis momentos de turbación, ¡recordadlo! Que no nos seduzca nunca el maligno con máscaras de falsos amores. ¡Sólo Cristo, y sólo su Amor es la Vida!».

¿Dónde está Cristo?

Vivir con esta tensión hacia el amor de Cristo, como la cierva que busca corrientes de agua viva, nos hace plantearnos la segunda pregunta: ¿Dónde está Cristo? Lo sabemos bien: Cristo está junto al Padre, en el seno del Padre, feliz e inmortal. De allí vino y allí retornó. Y allí, en el Padre, origen y fuente de toda Vida, Verdad, Bien y Belleza, Cristo quiere tenernos con Él. El hombre ha sido creado para Dios y anda inquieto hasta reposar en Él. Todo el evangelio de san Juan describe el itinerario hacia Dios. Desde el prólogo, donde Cristo es presentado junto a Dios, trayéndonos la vida, hasta el sígueme final, dirigido a Pedro. Este sígueme marca el horizonte del homo viator, que, tras las huellas del Resucitado, camina hacia la luz de la gloria. Y, con el horizonte, marca también su camino. Sí, hermanos, Cristo está en Dios preparándonos en su infinito amor una morada, como quien no deja de trabajar para que aquellos que le fueron confiados, pasado el umbral de la muerte, tomen posesión de su casa eterna edificada con las manos del Resucitado. Nuestra esperanza en esta tarde es ver cómo Cristo toma de la mano a su sacerdote Pablo y le sitúa con Él, en el Padre que le amó desde antes de la creación del mundo. Ése es su deseo, que se cumple en la muerte: que donde estoy yo, estén conmigo, y contemplen mi gloria, la que me diste porque me amabas, antes de la fundación del mundo.

¿Cuál es su gloria?

Nos hemos preguntado cuál es esa gloria, y hemos de reconocer que no podemos imaginarla ni menos aún describirla. Nadie puede ver a Dios, dice la Escritura, y seguir con vida. ¡Tanta es su gloria! Santa Catalina de Siena creía morir cuando, en éxtasis, contempló la belleza de un alma en gracia. ¡Qué será entonces la gloria del mismo Dios! Sólo sabemos cuáles son sus reflejos, porque Cristo nos ha permitido, en su existencia terrena, contemplar algo de la gloria de Dios siendo como es Él «el resplandor de su gloria» (Heb 1,3). Si los hombres de su tiempo quedaban seducidos por Él, atraídos por la belleza del más hermoso entre los hijos de los hombres, cautivados por la autoridad de sus palabras y llenos de asombro y estremecimiento sagrado ante sus milagros; si con una palabra curó al leproso y con el tacto de su manto a la hemorroísa; si convirtió a la samaritana ofreciéndole un agua que saltaría a la eternidad, y con su paciente sufrir arrancó la confesión de fe del buen ladrón que le ganó el paraíso; si conmovió al pecador Zaqueo y a la pecadora de Magdala e hizo llorar a Pedro con sólo su mirada; si llamando a María por su nombre, le despertó el deseo de abrazarle y tenerle para siempre; y si dejó que Tomas pudiera penetrar su carne gloriosa con sus dedos y mano de incrédulo derrumbándose a sus pies y confesándole como su Señor y su Dios, ¿cuál no será la gloria que ha invadido su carne con el poder de la resurrección? La gloria que tenía junto al Padre, como Hijo muy amado, y de la que nos hará partícipes en nuestra propia carne. A esta gloria nos da acceso la muerte, hermanos, y nos permite saciarnos para siempre de la luz inmortal, de la belleza inmarchitable del rostro del Dios vivo, revelado en Jesucristo. Entendemos, pues, que san Pablo quisiera morir para estar con Cristo, que es sin duda lo mejor. Adivinamos algo de la pasión mística de santa Teresa de Jesús que exclamaba: sufrir o morir, porque el sufrir le asemejaba a Cristo y el morir le abría las puertas de esa última consagración que supone el abrazo definitivo con el esposo. Y comprendemos que en esta muerte de Pablo, que tanto nos sobrecoge, se realiza un eterno designio de amor que Jesús expresó como deseo y voluntad última, como plegaria nacida del amor por los suyos, cuando dijo: que los que me confiaste estén conmigo, donde yo estoy y contemplen mi gloria, la que me diste, porque me amabas, antes de la creación del mundo. Es la gloria del Amor, sí, del Amor eterno que explica la vida de cada hombre redimido por Cristo; del amor con que fuimos creados y redimidos, del Amor con el que queremos hacer la singladura de la vida, del Amor que nos llama cuando cruzamos el umbral de la muerte, y que permanece para siempre porque Dios es Amor.

A este Amor único y eterno encomendamos la vida, el ministerio y la muerte de nuestro querido Pablo y lo ponemos en los brazos de María, Madre del amor hermoso, para que quien un día abrazó el cuerpo de su Hijo bajado de la cruz, conforte ahora a sus padres, hermanos, familiares y amigos, con la esperanza que la mantuvo a ella de ver a su Hijo glorificado y haga de poderosa intercesora ante quien es el Señor de vivos y muertos.

Amén”
.



Es difícil explicar mejor que con las frases de Sara y con la homilía del cardenal Rouco el consuelo que la fe cristiana da a los que creen en Jesucristo como su Dios, su Redentor y su Salvador.

16 comentarios:

Juan GM dijo...

Estimado Tomás,
Muchas gracias por haber publicado estos textos. En especial, impactan en mí los de Sara. Son palabras sencillas, pero certeras, directas. Parece que ha traducido directamente su fe, y se entiende. Así yo también quiero vivir.
Un abrazo
Juan GM

Anónimo dijo...

Querido Juan GM, soy Tomás:

Efectivamente, las palabras de Sara dejan traslucir una fe tan profunda como sencilla, de las que llegan hasta el fondo del alma. No te puedes imaginar el privilegio que era tenerla como compañera de trabajo. Pero a veces Dios actúa de manera incomprensible para nosotros, los seres humanos tan limitados... Sin embargo, aunque no entienda por qué Dios se la ha llevado SE, que, a través de la comunión de los santos está haciendo por todos los que la quisimos en vida, en especial por su familia, más bien del que podría hacer en esta vida. Es un misterio, que no es oscuridad, sino exceso de luz, no es irracionalidad, sino algo que cae más allá del espectro de luz que puede captar nuestra razón.

Un abrazo.

Tomás

mariajo dijo...

Me conmovió y me sigue conmoviendo la muerte de estas dos personas, a las que conocía poco pero las conocía y cuando tus ojos han coincidido con los de otro es una mirada que guardas en el armario de los que "Nos miramos". No tengo nada que añadir , ni quitar a las palabras de Tomás y a la homilia del cardenal Rouco, solo la certeza de que gozan del rostro del Señor consuela a los que más les conocieron y quisieron y a mí me dá una nueva razón de esperanza y de fé, Gracias al Señor por su vida .

Anónimo dijo...

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Anónimo dijo...

ncantaría recibir tu comentario en español, inglés o frances para poder contestarte.

Un saludo.

Tomás

Anónimo dijo...

Tomás:

A través de mi hija Pia que es una verdadera bendición para mí, conocí del Padre Pablo como también de su accidente.
Me impresionó mucho su accidente, sin embargo, me quedaré con sus enseñanzas y sus actos.
"Enseñamos los que sabemos, pero contagiamos lo que somos".
Un abrazo

Jorge Cañas (Chile)

Anónimo dijo...

Querido Jorge, soy Tomás:

Fue n privilegio conocer a una persona como Pablo. ¡Qué misteriosos son los planes de Dios, que se lo llevó pronto. ¡Con el bien que po´ría haber hecho a la Iglesia! Pero, ¿quienes somos nosotros, pobres criaturas, para decirle a Dios cómo debe hacer las cosas. Seguro que desde el cielo está haciendo más que todo lo que pudiera haber hecho en la tierra.

Se acaba de estrenar en España una película que se llama "las últimas cimas" que es un recuerdo suyo.

Un abrazo.

Tomás Alfaro

Mar dijo...

Gracias infinitas y felicidades a los que han tenido el honor de conocer al P.Pablo. Me hubiera gustado conocerle personalmente, pero a través de vuestros testimonios sé que velará por todos los que le conocieron y los que sentimos su mensaje y su obra. Gracias.

Anónimo dijo...

Hola Mar, soy Tomás

Verdaderamente, fue un honor conocer al P. Pablo, al que conocí menos de lo que me hubiera gustado y a Sara de Jesús, con la que tuve la suerte de trabajar. Encontrar a personas así en la vida, la enriquece.

Gracias por tu comentario.

Un fuerte abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

Quiero encomendar una intención ,por la intercesión de Sara y de Pablo ,es algo que no es posible sin una intervennción especial, llevo un año encomendandoselo a ellos .Gracias

Anónimo dijo...

Hola último anónimo, soy Tomás:

Cuenta también con mi oración para tu intención. Que Dios te acompañe.

Tomás

Anónimo dijo...

Me he dado cuenta que, sin saberlo, yo conocí a Sara en un encuentro de jóvenes en Rozas... creo que era novicia del instituto María Teresa de Alcobendas. Al cambiar de contexto y después de 10 años sin verla no se me había pasado por la cabeza. Y eso que vi la película de la última cima... hoy una oración y me encomiendo a ella.

Erik Luepke Estefan dijo...

Hola, soy Erik.
He visto recientemente la última cima. No conocía al Padre Pablo, pero estoy altamente convencido de que a Sara de Jesús si la conocía, al menos el nombre me resulta familiar, y, la cara de su hermana (hablando en una entrevista del documental la cima), también me es familiar.
Los testimonios me son absolutamente consistentes sobre su fe y lo que conocí de ella.
Me impactó (como a los que escribís aquí) conocer su muerte, pero escribo este texto para dar gracias por ella y por su hermana.
Un saludo.

Tomás Alfaro Drake dijo...

Hola Erik, soy Tomás:No recuerdo en qué fecha entraste a trabajar en la UFV, pero si entraste antes de Marzo del 2009, seguro que sí. Desde luego, fue un regalo de Dios haber podido conocerla. Era una de esas personas especiales que Dios pone en la tierra por poco tiempo porque son del cielo. Allí estará, cuidándonos.

Un abrazo

Tomás

Erik Luepke Estefan dijo...

No trabajé en la UFV. El dato que me hace pensar que la conocí es que era médico (dato facilitado también en el documental "La última Cima"; si es así, debimos coincidir en Madrid, en la facultad de medicina; la persona que conocí en la Universidad concuerda bastante con las características descritas aquí y en el documenta.
Gracias por contestar a mi comentario.
Un abrazo.
Erik.

Tomás Alfaro Drake dijo...

Siempre es un placer recibir comentarios y un gustoso deber contestarlos.

Tomás