29 de marzo de 2009

Y todo esto, ¿por qué?, ¿para qué?

Tomas Alfaro Drake

Este es el 35º artículo de una serie sobre el tema Dios y la ciencia iniciada el 6 de Agosto del 2007.

Los anteriores son: “La ciencia, ¿acerca o aleja de Dios?”, “La creación”, “¿Qué hay fuera del universo?”, “Un universo de diseño”, “Si no hay Diseñador, ¿cuál es la explicación?”, “Un intento de encadenar a Dios”, “Y Dios descansó un poco, antes del 7º día”, “De soles y supernovas”, “¿Cómo pudo aparecer la vida? I”, “¿Cómo pudo aparecer la vida? II”, “Adenda a ¿cómo pudo aparecer la vida? I”, “Como pudo aparecer la vida? III”, “La Vía Láctea, nuestro inmenso y extraordinario castillo”, “La Tierra, nuestro pequeño gran nido”, “¿Creacionismo o evolución?”, “¿Darwin o Lamarck?”, “Darwin sí, pero sin ser más darwinistas que Darwin”, “Los primeros brotes del arbusto de la vida”, “La división del trabajo”, “La explosión del arbusto de la vida”, “¿Tiene Dios una inmoderada afición por los escarabajos?”, “Definamos la inteligencia”, “El linaje prehumano”, “¿Un Homo Sapiens sin inteligencia?”, “El coste de un cerebro desproporcionado”, “Si no hay nada que decir, hablar es muy peligroso”, “El regalo de la inteligencia”, “¿Cuántas Evas hubo?”, “El lado oscuro de la inteligencia”, “Regalos añadidos a la inteligencia”, “La posibilidad de la libertad I”, “La posibilidad de la libertad II”, “¿Cómo acabará todo? I” y “Cómo acabará todo II”.


Llegados a este punto la gran pregunta sería, ¿por qué el Diseñador ha diseñado y realizado este grandioso experimento del universo? ¿Para hacer una pirueta entre el Big Bang y el frío y oscuro devenir de los siglos? Y, ¿qué pintaría en ese experimento este animal con un don que le permite hacerse preguntas sobre el mismo universo en su totalidad y sobre el propio Diseñador? La verdad es que no deja de ser extraño que el Diseñador se tome tantas molestias –todo un universo como el que hemos visto– para hacer un ser “artificial[1]” como el hombre. Porque parece como si todo el devenir del universo desde el Big-Bang hasta hace 30.000 años hubiese sido un largo trámite de construcción de la fábrica del ser humano, acopio de materiales y montaje del hombre, y todo el tiempo posterior, en el que estamos, como el periodo de juego de un largo partido en el que el hombre tuviese algo que ganar, liberado como está, en cierta medida, por su libertad, del devenir de las fuerzas físicas. ¡Nada menos que todo un universo aparentemente inútil para eso! Nadie se toma tantas molestias por nada. ¿Por qué lo hizo el Diseñador? Es una vieja pregunta. Aristóteles llegó a la necesidad de una causa primera, un motor inmóvil que justificase la existencia del cosmos. Pero fracasó al preguntarse por la razón de la causa primera para hacer semejante cosa. Esta sinrazón descorazonaba a una mente como la suya. Santo Tomás nos dice: “Qué angustias no sufrieron de una y otra parte aquellos preclaros ingenios”. Aristóteles se hubiese alegrado de caer en la cuenta de esa razón: El amor. El Diseñador, Dios, tiene amor. Pero si es la causa primera de todo y tiene amor, tiene que ser amor. Aristóteles, que no supo encontrar en el amor la razón de la causa primera para causar, la premisa mayor de todo silogismo, el Logos que diese sentido al universo, sí supo descubrir la Verdad, la Bondad y la Belleza como atributos trascendentes del ser. Pero Dios no podría ser amor si fuese un ser solitario, aunque sea un ser personal. El amor es relación, implica la existencia de varias personas. El amor requiere la Trinidad, el mínimo común múltiplo de dos personas y una relación personificada, sin pérdida de la Unidad, atributo trascendente del ser. Para ser Creador, Dios tiene que ser eso que alguien llamó el palpitar del flujo de las Personas y el reflujo de la Unidad en una eterna marea. Y la creación, algo así como el poso de esas mareas. Esto no lo sabemos por la filosofía sino por la Revelación, pero cuadra tan bien como un balance bien hecho. Tan bien que la filosofía cobra sentido a su luz. Tan bien que sólo esto puede ser la premisa mayor de cualquier cadena de silogismos que tengan sentido. Dios quiso crear al hombre, con su inteligencia, gratuitamente, por amor. No cabe otra solución sensata al jeroglífico. Ese es el por qué. ¿Y el para qué?

La respuesta casi cae por su peso. Para que ese ser humano, al que creó por amor, fuese feliz buscándole, encontrándole, conociéndole, amándole y uniéndose a Él por ese amor. Para esto le regaló la inteligencia que implica la capacidad de buscar la Verdad, la Bondad y la Belleza. Pero la inteligencia, sin libertad es inútil, como la libertad, sin inteligencia, es errática. Y ambas, inteligencia y libertad, sin voluntad, son impotentes. Por eso, ese Dios creó el universo por amor, para poner en él al ser humano, al que regaló la inteligencia y dotó también de libertad y voluntad. Una inteligencia mucho más potente de la necesaria para la mera supervivencia. Una inteligencia trascendente, única en la creación, capaz de asomarse fuera de los límites del universo. Una inteligencia capaz de descubrir la Verdad, hacer el Bien y contemplar la Belleza. Una inteligencia capaz, a su vez, de amar, de devolverle ese amor. Amor con amor se paga. Aunque el pago de nuestro amor sea insignificante al lado del suyo.

[1] Copio la nota al pie de un artículo anterior respecto al uso de esta palabra. La palabra artificial viene de “artificio” –“hacer con ingenio”, ya que arte se refiere en este caso a algo ingenioso, como las artes de pesca, por ejemplo–. Generalmente se identifica con algo hecho por el hombre. Aquí lo empleo en el sentido de artificio hecho por el Diseñador. El hombre es un ser “artificial”, es decir, hecho por Dios con ingenio.

3 comentarios:

Gonzalo dijo...

Hola Tomás. Un buen amigo me recomendó hace poco tu blog, y estoy disfrutando mucho con lo que escribes. Me dirijo a ti no por alguno de tus artículos en concreto, quizás por todos en general. El caso es que me encuentro en un momento de profundo pesimismo con respecto a la humanidad. Pienso lo que puede ser el mundo cuando los niños de hoy sean los adultos de mañana: niños sin ningún sentido de la familia, con una sexualidad deformada, sin cultura, totalmente materialistas. Incapaces de tomar responsabilidades y de sufrir. En fin, ya sabes a lo que me refiero.
Veo el futuro muy negro. Me dicen que el mundo ha estado peor, que en el último siglo se ha adelantado mucho en la protección de los derechos humanos, que si antes hubo Hitler, el comunismo, las guerras...Para mi todo sigue igual, sólo que bajo otras formas de opresión y muerte. Lo que no entiendo es: a quién le interesa neutralizar de esta forma la conciencia de las personas, de las grandes masas, hacerlas máquinas de consumo, animales que sigan sus instintos más primarios...no ven que eso supone la destrucción de la sociedad? para qué quieren una masa de zombies? no me entra en la cabeza! Estoy seguro de que Dios permite todo esto para que los cristianos, la Iglesia, despertemos y recuperemos el celo por mostrar al mundo a Cristo Resucitado. Pero no deja de entristecerme ver cómo mi país se encamina a la muerte.
Te parece que exagero? Un abrazo

Anónimo dijo...

Querido Gonzalo, soy Tomás:

Es verdad que el mundo está muy enloquecido. No sabría comparar otras épocas porque la óptica es diferente de un momento histórico a otro y, además, siempre tenemos una visión incompleta y fragmentaria de épocas pasadas. Nos ha tocado (o mejor, Dios nos ha puesto) en este momento histórico, y en él tenemos que vivir y luchar. A veces soy un poco demasiado dado a usar frases de otros para expresar lo que pienso, así que perdóname si uso cuatro. Una de una carta de Tolkien a su hijo, dos de "El señor de los anillos" también por tanto de Tolkien y la tercera de Pío XII cuando todavía era cardenal, en es orden.

“¡Qué mundo espantoso, oscurecido por el miedo, cargado por el dolor es el mundo en que vivimos! [...] Chesterton dijo que es nuestro deber mantener flameando la Bandera de Este Mundo: pero hoy, eso exige un patrimonio más vigoroso y sublime que entonces. Gandalf agregó que no nos corresponde a nosotros elegir la época en que nacemos, sino hacer lo que esté de nuestra parte para mejorarla; pero el espíritu de la maldad en los sitios encumbrados es ahora tan poderoso, y sus encarnaciones tienen tantas cabezas, que no parece haber nada más que hacer que negarnos personalmente a venerar cualquiera de las cabezas de la hidra”

"Frodo: ¡Ojalá el anillo nunca hubiera llegado a mi! ¡Ojalá nada hubiera ocurrido!
Gandalf: Eso desean quienes viven estos tiempos, pero no les toca a ellos decidir. Lo único que podemos decidir es qué hacer con el tiempo que se nos ha dado. Hay otras fuerzas en este mundo además de la voluntad del mal. Bilbo estaba destinado a encontrar el anillo y como consecuencia tú estabas destinado a tenerlo y eso es un pensamiento alentador".

"Frodo: No puedo hacer esto Sam.
Sam: Lo sé. Ha sido un error. No deberíamos haber llegado hasta aquí. Pero henos aquí. Igual que en las grandes historias señor Frodo, las que realmente importan, llenas de oscuridad y de constantes peligros, esas de las que no quieres saber el final porque, ¿cómo van a acabar bien?, ¿cómo volverá el mundo a ser lo que era después de tanta maldad como sufrió? Pero al final, todo es pasajero. Como esta sombra. Incluso la oscuridad se acaba para dar paso a un nuevo día. Y cuando el sol brilla, brilla más radiante aún. Esas son las historias que llenan el corazón. Porque tienen mucho sentido. Aún cuando eres demasiado pequeño para entenderlas. Pero creo señor Frodo que ya lo entiendo. Ahora lo entiendo. Los protagonistas de esas historias se rendirían si quisieran. Pero no lo hacen. Siguen adelante porque todos luchan por algo.
Frodo: ¿Por que luchas tú Sam?
Sam: Para que el bien reine en este mundo señor Frodo, se puede luchar por eso".

“Doy gracias a Dios cada día por haberme hecho vivir en las circunstancias presentes. Esta crisis, tan profunda y universal, es única en la historia de la humanidad. El bien y el mal se han enfrentado en un duelo gigantesco. Nadie tiene, pues, derecho a ser mediocre”.

Así están las cosas. Por tanto lo que tenemos que hacer está claro: "negarnos personalmente a venerar cualquiera de las cabezas de la hidra”; luchar sin dejarnos llevar por el desánimo para que el bien reine en este mundo y acariciar el pensamiento alentador de que Dios ha decidido, en su Providencia, que estemos en éste momento histórico tan tremendo.

Naturalmente, seríamos unos ilusos si queyésemos que con nuestras fuerzas íbamos a hacer que el Bien ganase al Mal en está terrible lucha entablada. No, la victoria será de nuestro Dios, cuando y como Él quiera. Pero él nos quiere dejar participar en esta lucha y nos pide nuestro miserable esfuerzo. Por otro lado, el Mal, se encarga de tentarnos con el desaliento para que digamos: "total, ¿para qué? Nada vale para nada" Todos pensamos eso en un momento u otro, a veces en muchos. Es entonces cuando más fuerza hay que pedir a nuestro Dios. En fin, un fuerte abrazo y, ¡a seguir! que la vida del hombre sobre la tierra es una milicia (libro de Job).

Un fuerte abrazo.

Tomás

Gonzalo dijo...

Gracias Tomás por tu interés. Te deseo una santa Pascua.

Gonzalo