13 de abril de 2009

Un “pequeño” detalle sobre José de Arimatea y la muerte y resurrección de Cristo

Tomás Alfaro Drake

He querido publicar este escrito el Jueves Santo o, a más tardar el Domingo de Pascua, pero las circunstancias lo han hecho imposible. Creo que todavía no es tarde porque estamos en la Pascua de Ressurrección, aunque ya no sea domingo. Así que, ahí va.

Todo el mundo que haya leído alguna vez el evangelio o haya ido a misa un Domingo de Ramos, sabe que José de Arimatea le pidió a Pilato el cuerpo de Jesús para enterrarlo en su propio sepulcro. Nos lo cuentan los cuatro evangelistas. No son muchas las cosas de detalle que cuentan los cuatro, pero ésta es una de ellas. Se dice que el sepulcro era para su propio entierro, pero lo cierto es que eso no viene en ningún evangelio. Sólo Mateo nos dice que era un sepulcro “que había hecho excavar (José de Arimatea) en la roca”. Como veremos más adelante, extraña que José, hombre rico, influyente, perteneciente al Consejo de Ancianos se hubiese hecho allí, cerca del calvario, un sepulcro para él mismo. El hecho de darle a Jesús un sepulcro se considera como un delicado acto de piedad, y lo es. Regalarle a otro el sepulcro que has hecho construir, sea o no para ti, sabiendo lo que el sepulcro era para los judíos, era un extraordinario acto de piedad. Menos personas se dan cuenta de que fue, además, un acto de gran valentía. Juan en su evangelio dice que José de Arimatea mantenía en secreto ser discípulo de Jesús “por miedo a los judíos”. Lucas nos cuenta que “era mimbro del Consejo de Ancianos, pero no había dado su consentimiento a la actuación de los judíos”, lo que ya supone una muestra de valor. Sin embargo Marcos ya nos dice explícitamente que “tuvo el valor de presentarse ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Pilato se extrañó mucho de que hubiera muerto tan pronto y, llamando al centurión, le preguntó si había muerto ya. Informado por el centurión, otorgó el cadáver a José”. En una lectura del evangelio fría y distante en el espacio, el tiempo y la historia, se nos puede pasar desapercibido el valor necesario para esta acción. Por mucho que José fuera un “miembro distinguido (Marcos) del Consejo de Ancianos”, presentarse así ante Pilato, el mismísimo procurador, para pedirle el cuerpo de un crucificado y despertar sus sospechas de que pudiera no estar muerto y su petición fuese un intento de salvarle de la muerte, eran palabras mayores. Imagino la tensión durante el tiempo que tardó un centurión, nada menos que un centurión, no un legionario cualquiera, en llegar con su respuesta. Una larga y tensa espera. El centurión a cargo de la crucifixión no había vuelto todavía, ya que si lo hubiese hecho hubiese ido, lo rimero, a dar novedades al procurador. Por lo tanto, debió de ser otro centurión en que fue de la fortaleza Antonia hasta el calvario y vuelta. Media hora, tal vez más. Además, y como veremos más adelante, sospecho que el propio Consejo de Ancianos, con el Sumo Sacerdote a su cabeza estaría durante esa tensa espera instando furiosamente a Pilato para que no concediese a José su petición. Posiblemente también le presionasen para que castigase la osadía de ese traidor que pretendía engañarle con una muerte prematura del reo.

Pero no es sobre el valor de José de Arimatea sobre lo que quiero ahondar, sino sobre un detalle que leí hace unos meses en un libro de la vida de Cristo[1]. Un detalle que hace del valiente acto de piedad de José un acto en el que aparece de forma poderosa la Providencia y que hace de él, no una mera circunstancia, sino algo central para nuestra fe. Sin este valor, sin esta piedad, la resurrección hubiese sido imposible. Bueno, imposible no, porque nada hay imposible para Dios, pero los apóstoles y María Magdalena no hubiesen tenido la evidencia del sepulcro vacío. Y nosotros, que la tenemos a través de ellos, tampoco la tendríamos. Para explicar esto, tenemos que remontarnos a unos 1.700 años antes de Cristo, cuando Abraham, siguiendo la voz del Señor llegó por primera vez a la Tierra Prometida. De todos es conocida la historia del sacrificio no consumado de Isaac por parte de su padre Abraham. La sola idea de que Dios mandase a Abraham sacrificar a su hijo, repugna nuestra sensibilidad. Pero era una costumbre de los pueblos cananeos que vivían en Canaan. Estos sacrificaban a sus hijos a su dios, Moloch y, tras el sacrificio, los quemaban. El Señor prohibió semejante práctica a su pueblo, y quiso hacerlo de una manera que quedase grabada para siempre en la mente de los hebreos. Su Providencia sabía que esta práctica idolátrica y terrible volvería a hacer presa en su pueblo. De ahí la historia de Abraham e Isaac. Para esta lección necesitaba la obediencia libre de Abraham y la obtuvo. Abraham llevó a su hijo hasta el monte Moria. “Dios le dijo: Toma a tu hijo único, a tu querido Isaac, ve a la región de Moria, y ofrécemelo allí en holocausto, en un monte que yo te indicaré”. Abraham no necesitaba más indicaciones para saber lo que le pedía el Señor. ¿Qué era un holocausto? ¿Cómo se llevaba a cabo? Seguramente se lo había visto hacer horrorizado a sus vecinos. Por tanto ya lo sabía. Pero confiaba en su Dios, que se lo había prohibido anteriormente y le había dicho que sustituyese las víctimas humanas por corderos. Así que, confiando en el mismo Dios que, además, le había prometido una descendencia inmensa y le había dado tan solo a Isaac en su vejez, “se levantó [...], partió la leña para el holocausto y se encaminó hacia el lugar que Dios le había indicado”. Isaac, que sabe que lo que sacrifica su padre por orden del Señor son sólo corderos, le pregunta: “Tenemos el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto? Abraham respondió: Dios proveerá el cordero para el holocausto”. Esto no era simplemente una respuesta evasiva y vergonzante de Abraham a su hijo. Era un profundo convencimiento y confianza en que Dios no puede engañarnos y decir hoy sí y mañana no[2]. Y Dios proveyó, haciendo que apareciese un cordero por allí tras detener el brazo de Abraham[3]. El monte Moria no es un sitio cualquiera en la historia de Israel. Siguiendo un orden cronológico, la tradición judía afirma que, antes del no perpetrado sacrificio de Isaac, en ese monte murió Adán, que allí estaba la base del primer arco iris, el que marcó el pacto de Dios con Noé para asegurarle que nunca más habría un diluvio. Después del drama de Abraham e Isaac, ya en tiempos del rey David, el ángel exterminador de la peste que Dios envió para castigar al rey por el acto de soberbia de querer hacer un censo de su pueblo para ser consciente de su fuerza, se paró allí ante el humilde ruego de David. Allí construyó David el primer altar sobre el que el propio Yavé hizo caer fuego para consumir el holocausto[4]. Allí su hijo Salomón edificó el Templo de Jerusalén unos 750 años más tarde del incidente de Abraham e Isaac. En algún momento de esos 750 años, los jebuseos, una de las tribus cananeas, construyeron la ciudad de Jerusalén en el monte Sión, junto al Moria[5].

La Jerusalén anterior al rey David era una ciudad pequeña edificada en la confluencia de dos valles en forma de V, con el vértice en el sur, como esa letra. La ciudad que conquistara David estaba sobre el monte Sión, justo en el vértice de esos dos valles. Uno, el del Este, era el valle que después se llamaría de Josafat. Este valle separa la ciudad del monte de los Olivos y por él discurría, cuando llovía, el torrente Cedrón lo que servía de abastecimiento de agua a la ciudad. El agua de este torrente podía llevarse por gravedad al monte Sión, donde se recogía en la alberca de Siloé, pero no al Moria, más al norte y más alto. De ahí que la ciudad se construyera en el Sión, más bajo, para poder llevar el agua[6]. Allí en el valle del Cedrón, enterraban y aún entierran los judíos a sus muertos y allí espera su tradición que tenga lugar el Juicio Universal. A ese valle piensan los judíos que se refiere Ezequiel, aunque el texto bíblico no lo identifica, cuando habla de la visión de los huesos que recobran vida[7]. Es muy probable que fuese en ese valle en el que José de Arimatea, hombre distinguido y con medios económicos, tuviese su propio sepulcro, junto a los grandes mausoleos de los profetas, como el que aún hoy puede verse al otro lado del Cedrón, enfrente del Templo, dedicado al profeta Zacarías. Después de David, Salomón hizo construir el Templo en el monte Moria, más alto que Sión, un poco más al norte, asomándose hacia el Este al valle de Josafat, desde el que el muro oriental del templo se ve inmenso e imponente, erguido sobre el valle. Parece como si se pretendiese que el Templo fuese testigo del Juicio y la resurrección que iba a tener lugar a sus pies, en el valle de Josafat. El problema de construir el Templo en este monte era que no se podía llevar el agua hasta él. Por eso Salomón hizo construir la alberca de Betesda, al Norte del Templo, para recoger allí el agua de lluvia con la que abastecer a los rituales del santuario. En esta piscina, que aún puede verse hoy, fue en la que se produjo la curación del paralítico de la que nos habla san Juan[8].

El otro valle, el del Oeste es el valle Ben-Hinón, En la parte sur de ese valle los Jebuseos sacrificaban a sus primogénitos y los quemaban a la puesta del sol. Los judíos llamaron la Gehena a esa parte sur de Ben-Hinón y era para ellos un lugar maldito. Sin embargo, algunos de los reyes de Judá, y con ellos la clase dirigente judía, volvieron a las prácticas idolátricas de sacrificar a sus hijos a Moloch en ese mismo lugar. El rey Josías, en su reforma religiosa, abolió esta práctica, pero la gehena quedó condenado a ser el vertedero de Jerusalén, donde se incineraban las basuras y a los animales muertos ayudándose para ello de azufre. Es fácil imaginar el horror y repugnancia que el hedor y la podredumbre de la gehena debía producir ese valle en los judíos. Las ratas y todo tipo de animales y pájaros carroñeros debían de hacer de la gehena su reino. El reino de la muerte y la ignominia. Por eso, en tiempos de Jesús, ese lugar era identificado con el infierno. Numerosas veces se cita en los evangelios como un lugar de sufrimiento y horror donde el gusano roe y el fuego no se apaga. Los romanos hicieron que los cuerpos de los criminales ajusticiados se llevasen al valle de la gehena para ser quemados allí con azufre, junto a las basuras y los animales.

Pues bien, esa era la suerte que hubiese corrido el cuerpo de Jesús si José de Arimatea no hubiese ido a pedírselo a Pilato. Se entiende que, el Sumo Sacerdote, el Sanedrín y el Consejo de Ancianos, que habían provocado la infame condena de Jesús a la cruz para que su memoria quedase abominablemente maldita en la memoria del pueblo de Israel, quisiesen que el cuerpo de Jesús tuviese ese destino. Tras morir en la cruz, ser quemado en la gehena. San Judas Tadeo, no el Iscariote, en su epístola, nos dice cómo el arcángel Miguel y el diablo se disputaron el cuerpo de Moisés. Una lucha parecida debió tener lugar entre José de Arimatea y el sumo sacerdote, con Pilato como árbitro. Pero esta vez, Pilato se decantó por Jesús. Si hacía unas horas le había condenado a muerte, ahora, entregaba su cuerpo al de Arimatea. Empate. O eso creería él. Una vez más Cristo le podría haber dicho a Pilato: “No tendrías autoridad alguna sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto; por eso, el que me entregó a ti tiene más culpa que tú”. Ese poder de lo alto, que no había permitido a Abraham sacrificar a su hijo, que había sustituido a Isaac por un cordero providencialmente encontrado en el monte Moria, ese poder, había decidido sacrificar al Hijo en un rito espantoso y sacrílego, porque lo había hecho pecado para que cargase con todos los pecados y sacrilegios del mundo. Por eso Pilato pudo condenarlo. Ese mismo poder de lo alto, había decidido que el cuerpo de Dios encarnado, no sería quemado en la gehena porque estaba destinado a la resurrección al tercer día de su muerte. Y nuevamente la Providencia que daba autoridad a Pilato, se valió de su libertad para ello. Pero esa misma Providencia quiso asociar a sus designios la libertad de un hombre que había sido cobarde pero que se había hecho valiente y piadoso por Jesús. José de Arimatea. En esa lucha por el cuerpo de Jesús, José de Arimatea fue el arcángel Miguel. ¿Por qué José habría hecho excavar en la roca un sepulcro lejos del valle de Josafat? Seguramente no fuese en principio para Jesús, pues nadie contaba con su muerte tan sólo unos días antes. Tampoco lo hizo pensando en la resurrección en la que, auque varias veces anunciada por Jesús, ninguno de sus discípulos creía. Posiblemente fuese un acto de piedad anónimo, de un buen judío que no quería que el cuerpo de algún otro judío pobre, que no pudiese pagarse una sepultura, acabase en la gehena, destino espantoso para ellos. Sin embargo, si los discípulos no llegaron a creer en la resurrección de su Maestro, el Sanedrín sí que llegó a temerla. Por eso, una vez perdida la batalla del cuerpo, ganaron la de la custodia. O creyeron ganarla. En efecto, Mateo nos cuenta que, “al día siguiente [...] los jefes de los sacerdotes y los fariseos se congregaron ante Pilato y le dijeron: Señor, recordamos que ese impostor dijo cuando aún vivía: ‘A los tres días, resucitaré’. Así que manda asegurar el sepulcro hasta el día tercero, no sea que vengan sus discípulos, roben el cuerpo y digan al pueblo que ha rsucitado de entre los muertos, y este último engaño sea peor que el primero. Pilato les dijo: Disponéis de un piquete de soldados; id y asegurarlo como sabéis hacer. Ellos fueron, aseguraron el sepulcro y sellaron la piedra, dejando allí la guardia”[9]. Sólo la Providencia sabía que ese acto de caridad anónima de José iba a acabar en un acto clave para la fe en la resurrección de Cristo, señalado por los cuatro evangelistas. Para terminar, con un simbolismo quizá demasiado atrevido, diré que el Gólgota y el sepulcro de José en el que depositaron el cuerpo de Jesús, están en otro monte de Jerusalén, al noroeste, asomado al norte del valle de Ben-Hinón como el Templo lo está al de Josafat. No está directamente sobre la Gehena, que es la parte sur de Ben-Hinón, sino sobre la parte norte de ese valle. Pero en tiempos de Jesús, desde el calvario se podía divisar la gehena. “No he venido a buscar a los justos, sino a los pecadores”, nos dice Jesús. Tal vez por eso, la Providencia eligió, a través de José de Arimatea, del Sanedrín, de Pilato y de las costumbres romanas, que el nuevo Templo, el cuerpo de Jesús resucitado, se fundase mirando al valle del dolor y del pecado. “Descendió a los infiernos”, nos dice el Credo. Tres días estuvo Jesús en el sepulcro, junto a la gehena, como queriéndonos indicar que incluso desde el horrible valle del pecado es posible ver su cruz y su resurrección e ir a su encuentro o, mejor, dejar que Él venga en nuestro rescate. Es desde ese lugar, desde el que se divisa la gehena, el infierno al que descendió Jesús, desde el que Él parte para acompañarnos en nuestro paso por el valle oscuro de la muerte. Posiblemente a este valle se refería el salmista y, sin saberlo, a esta presencia de Jesús en él, cuando nos dice: “Aunque camine por valles oscuros, nada temo, porque Tú vas conmigo, tu vara y tu cayado me sosiegan”[10]. Así, sólo el que no quiera mirar hacia el Gólgota y el sepulcro de José de Arimatea y dejarse acompañar por Jesús, sólo ese, se quedará en la gehena. Todo el que desde allí mire a la cruz, como los que miraban a la serpiente izada por Moisés en el desierto, será curado y llevado a la resurrección. Que Dios nos conceda que en nuestra vida sepamos vencer la cobardía y tener el valor, la piedad y la caridad de José de Arimatea para hacer así posible la manifestación al mundo de la salvación a través de la resurrección del Señor.

Aunque no hay ninguna noticia de la vida de José, la Iglesia celebra san José de Arimatea el 17 de Marzo.
[1] La lanza, Louis de Wohl.
[2] “Cristo Jesús, el hijo de Dios, [...], no fue primero ‘sí’ y luego ‘no’; en Él todo se ha convertido en un ‘sí’; en Él todas las promesas han recibido un ‘sí’. Y por Él podemos responder: ‘Amén’ a Dios, para gloria suya”. 2 Corintios 1, 19-20.
[3] Para todo este relato, cfr. Génesis 22 1-19.
[4] Cfr. 2 Samuel, 24 y 1 Crónicas, 21 – 22, 1 para ver todo este incidente de la peste, el primera altar y la elección del lugar del Templo.
[5] La lista de las cosas que han pasado en las inmediaciones del Moria, si no en el mismo monte, sería interminable y llega, desde luego, hasta nuestros días. No me resisto a señalar que según datos científicos de paleoarqueología (arqueología antigua de la época de las cavernas) la inteligencia como fenómeno detectable apareció en algún lugar no exactamente determinado del oriente próximo. Sería verdaderamente notable, aunque, desde luego, no es, y no pretendo que sea, más que una especulación mía sin fundamento, que el lugar fuese exactamente el monte Moria.
[6] Pequeño apéndice histórico-arqueológico. En tiempos de Jesús el monte de Sión primitivo, el de la ciudad de David, ya o existía. Cuando Herodes el Grande decidió hacer del segundo Templo un monumento grandioso, lo primero que hizo fue agrandar enormemente la superficie de la cima del monte Moria, creando la explanada del Templo. Para ello hizo una obra faraónica de movimiento de tierras. Desmontó completamente el monte Sión y con la tierra que sacó de allí extendió el Moria. Para sujetar ese monte artificial construyó unos impresionantes muros de contención en los cuatro costados. El muro oriental es el que se yergue sobre el valle de Josafat. El muro occidental, que así le llaman los judíos, es el de las lamentaciones. No es en realidad un muro del Templo, que fue destruido primero por el emperador Tito y luego por Adriano, que no dejó piedra sobre piedra. Es un muro de contención de la colina artificial de la explanada del templo donde hoy se encuentran las mezquitas de Omar y de Al-Aqsa. En el lugar donde antes estaba el monte Sión, a los pies del enorme muro sur del Templo, ya desde tiempos de Jesús, se estableció un barrio miserable de Jerusalén llamado el Offel. Pero como no se podía siquiera concebir Jerusalén sin monte Sión, se le dió este nombre a otra de las colinas en las que está asentada la ciudad. El nuevo monte Sión se encuentra al oeste del monte Moria y es incluso algo más alto que éste. El cenáculo en el que Jesús celebró la última cena se encuentra en este segundo monte Sión.
[7] Ezequiel 37, 1-14.
[8] Juan 5, 1-9.
[9] Mateo 27, 62-66.
[10] Gfr. Salmo 23 (22) El Señor es mi pastor.

7 comentarios:

mariajo dijo...

Curiosamente el nombre de MORIA lo utiliza Tolkien en su obra "El Señor de los Anillos" : Finalmente, la Comunidad del Anillo también se aventuró a través de las minas de Moria y tropezó con el Daño de Durin. Mientras que la Comunidad huía de las cuevas, Gandalf ( el bueno) batalló con el Balrog ( el "demonio de poder"), y ambos cayeron en un abismo. Luego fue revelado que ambos sobrevivieron a la caída y continuaron luchando hasta que finalmente Gandalf lo mató antes de morir de sus propias heridas, en lo que se llamó la Batalla de la Cima.
Me llama la atención ...........una bobada comparada con lo que nos haces pensar sobre Jose pero , me ha venido a la mente con una gran fuerza, Tolkien, Lewis, Chesterton....Un abrazo y FELIZ OCTAVA DE PASCUA

Anónimo dijo...

Hola Mariajo, soy Tomás:

¡Es verdad!, no me acordaba. Me parece extraordinario y estoy convencido de que Tolkien, católico a macha martillo, tenía in mente el auténtico monte Moria cuando escribió El señor de los anillos, obra plagada de simbolismos cristianos. El hecho de que el nombre que da a la batalla sea la batalla de la Cima, es un indicio.

Muchas gracias por refrescarme la memoria.

Un abrazo.

Tomás

Juan GM dijo...

Muy interesante, Tomás. Es precioso poder entusiasmarse con las pistas que Dios nos da.
Querría comentar una cosa, que estuve pensando hace unos días, quizá el mismo domingo de Resurrección. ¿Qué quiere decir que Cristo cargó con nuestros pecados? Bueno, también hace unos días me pasó algo que me tuvo preocupado un tiempo. Una persona muy cercana, familiar, había estado aireando falsedades sobre asuntos privados, de tal forma que yo salía mal parado. Tenía la alternativa de defenderme, acusando de mentirosa a esta persona, y aprovechar para desahogarme, o de contarlo, o bien, al contrario, aceptar la situación, buscando la forma de perdonarla interiormente, y hablar del asunto en persona.
Pensé en Jesucristo, en la Pasión, acusado por todos, abandonado por casi todos, sin hablar mal de nadie, sin acusar a nadie, perdonando a todos. ¡Y era Dios! Podría haberse liberado al instante, incluso haber machacado a todos los que poco a poco le estaban dando muerte. No lo hizo. Pero no tuvo que aguantarse el odio para no hacerlo; al contrario, a todos ellos les amaba mientras, y por ellos sufría por verles hacer tanto daño.
Yo sufría mientras me aguantaba no hablar de este familiar, muy querido por otra parte. ¿Qué no sufrió Jesús? ¡Lo indecible! ¡Lo imposible! Pero en mi caso me aguanté la rabia. Cristo no, pues no había rabia. Y por eso el dolor debió de ser el más infinito de todos. No hay palabras. ¡Pobre Jesús, pero qué inmensa grandeza! ¡Toda!
Así es como podemos prevenirnos del pecado: acordándonos de Él, y aceptando el dolor como Él. Posiblemente así aliviaremos el dolor en el mundo.
Un abrazo, y mil gracias de nuevo.
Juan GM.

Anónimo dijo...

Hola Juan, soy Tomás:

Muy acertado tu comentario. Cuendo decimos que Dios cargó con nuestros pecados, a veces lo vemos como algo abstacto, pero cuando sentimos el pecado de los demás conntra nosotros y luchamos para no responder al mal con mal, nos damos cuenta de lo duro que es. Yo creo que cuando Jesús rezaba en Getsemaní, con una "tristeza mortal" en el alma, estaba sintiendo todo el mal que nosotros hemos sentido, sentimos y sentiremos por el daño que otros o la vida nos ha causado y, al mismo tiempo todo el mal que nosotros hemos causado a otros y, sintiéndolos, cargaba con ellos y nos perdonaba. Por eso si queremos que el mal que nosotros hemos causado sea perdonado tenemos que perdonar el que nos causan, porque todos recaen en la "tristeza mortal" de Cristo en Getsemaní. No es fácil, pero es necesario. Lo rezamos todos los días en el Padre Nuestro.

En fin, un abrazo, gracias por tus comentarios y, ¡ánimo!

Tomás

Gonzalo dijo...

Hola Tomás, Feliz Pascua. Me ha tocado esto que dices del valor y la resurrección. Me recuerda que para que la resurreción sea posible en mi, para resucitar, tengo que entrar en la muerte. Morir a mi mismo. No hay resurrección si no hay muerte. Veo que he de plantearmelo seriamente, si realmente quiero ser discípulo de Cristo. Que estoy llegando a un punto en que para continuar su camino tengo que dar ese paso, y no se si podré reunir el valor para aceptar esta gracia de entrar en la Cruz con Cristo y que su Espíritu pueda vivir en mi.
En mi vida he experimentado la victoria sobre la muerte, hasta ahora he sido espectador de la obra de Dios en mi; como el pueblo de Israel, ve en su camino como Dios provee pero al mismo tiempo sigue aferrandose a su pasado y duda. Siento que tengo que pasar de espectador a actor, tengo que dar un SI y me falta valor. LA paciencia del Señor tiene un límite?
Un abrazo

Anónimo dijo...

Hola Gonzalo, soy Tomás:

Lo primero decirte que nadie se atreve a dar ese paso. Somos sólo hombres y no podemos hacerlo. Sólo podemos dejarle a Dios actuar. El nos ira poniendo nuestras cruces y nuestras muertes. La actitud "heroica" de: "Señor aquí estoy, mándame tus cruces que anchas espaldas tengo" es pura soberbia. El mismo Cristo en Getsemaní pedía pase de mí este cáliz. No somos héroes. Déjale a Dios y confía.

Recuerdo la película de "El padrino" una escena en la que, después de que acribillen al hijo del padrino, a Santino, Marlon Brando llama a un hombre al que hizo un favor hacía años y que vivía asustado por lo que el padrino le podría pedir un día. Cuando le llama, va asustadísimo. El hombre es embalsamador y, ¿qué le pide el padrino? Que haga su oficio. Para alivio del pobre hombre, tan solo le pide que embalsame a Santino tan bien que cuando su madre le vea, no se de cuenta de que está acribillado. Si el padrino actua así, ¿cómo actuará Dios? Normalmente lo que nos pide es que hagamos heroicamente bien las pequeñas cosas que tenemos que hacer todos los días. Si confiamos en Él, si nos pide algo duro, nos dará antes las fuerzas.

Lo segundo. ¿Que si la paciencia de Dios tiene un límite? NO, su misericordia es infinita. ¿Qué le dice a Pedro cuando éste le pregunta cuantas veces se debe perdonar? ¿Hasta siete(siete era para los judíos infinito)? No te digo ya hasta siete -le contesta Cristo- sino hasta setenta veces siete. Que sería de nosotros si nuestro Dios no fuese LA misericordia.

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

Gracias Tomás, claro y conciso. Me has ayudado mucho.
Tiene gracia la facilidad con la que se deja de lado lo esencial en nuestra fe: la gracia, la misericordia. Me pasa continuamente como a Pedro cuando Jesus le llama y éste sale sale de la barca: mirando a Cristo puede caminar sobre las aguas. Cuando se mira a si mismo, se hunde. Falta humildad.