26 de abril de 2009

Posturas ante la fe: parábola de "La isla misteriosa" I

En la introducción del tomo II del libro “Literatura del siglo XX y cristianismo” de Charles Moeller, Editorial Gredos, leo una introducción esclarecedora sobre las diferentes posturas que los seres humanos podemos tomar ante Dios, basándose en una comparación con la novela de Julio Verne “La isla misteriosa”. La reproduzco en el blog en dos entregas de las que esta es la primera.

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EL MISTERIO DE LA FE

Las lecturas que hemos hecho de niños son a veces más ricas en verdades esenciales que las de nuestra edad madura. Yo espero que los niños de este siglo XX seguirán leyendo siempre a Julio Verne (y yo lo espero de los del XXI, aunque sin demasiada confianza). Y me atrevo a creer que estos pequeños han pasado largos inviernos en la morada de la Casa de granito, donde, frente al Pacífico azotado por los huracanes del invierno austral, los náufragos de La Isla Misteriosa, bien abrigados, leían, hablaban, esperaban y “charlaban de la isla y de su remota situación”. Compadezco a los niños modernos de este siglo que no hayan realizado este lejano viaje, en compañía de uno de los escritores más encantadores que nos ha legado el siglo XIX.

Afortunadamente, Julio Verne, vuelve a ganar el horizonte literario; y con él reviven innumerables encantos, desde la isla inolvidable, de una misteriosa poesía, escrita en los salones del Nautilus, “Mobilis in mobili”, hasta la figura tan atrayente del Conde Sandorf , ese personaje sereno y poderoso, generoso y enigmático que recorre secretamente, en su “submarino de bolsillo”, las ondas del Mediterráneo….

No es un sueño mío, es la obra maestra de Julio Verne, La Isla Misteriosa, la que me ayudará a servir de guía a mis lectores en el descubrimiento de esta isla interior que es el alma visitada por la fe. El propósito de esta introducción lo ha expresado muy bien Claudel: “Probablemente no haya uno sólo entre mis lectores que no conozca esta admirable novela de Julio Verne, La Isla Misteriosa. Unos náufragos se ven arrojados a una isla desconocida en la que se creen solos y abandonados a sus propios recursos. Después, en momentos críticos, les llegan socorros no se sabe de dónde: el fuego de una hoguera, una caja llena de herramientas que les depara la suerte en las arenas de la playa, una cuerda que alguien arroja desde lo alto de una roca, enemigos exterminados. Todos estos hechos pueden explicarse de manera más o menos natural y los espíritus más bastos del grupo se contentan con beneficiarse de esta colaboración oculta, sin preocuparse de descubrir al autor de ella. No así el ingeniero Cyrus Smith: se le ve en un grabado conmovedor, suspendido, con una linterna en la mano, en el extremo de una escala de cuerdas, en el fondo de un pozo, vigilando esta agua negra de la que, en ciertos momentos, le ha parecido oír ruidos y ver movimientos sospechosos” (J. Rivière, A la trace de Dieu, prólogo de Paul Claudel, p. 11).

Imposible soñar con un punto de partida más “existencialista” que el apólogo de Julio Verne. El hombre moderno abriga, no cabe dudarlo, el sentimiento de ser un náufargo arrojado sobre una isla desconocida en la que se cree solo y abandonado a sus propios recursos. Ya Pascal habló de una isla desierta en la que los hombres estarían reunidos como condenados y, de los que cada día se iría entresacando un lote para enviarlos a una muerte incomprensible. Sartre nos ha recordado usqe ad nauseam, la soledad de un hombre abandonado sobre una tierra en la que está “de más” y en la que está entregado a sus solos recursos, absurdamente libre bajo un cielo vacío…

Pero he aquí “que llegan socorros de no se sabe dónde”; he aquí que, sobre la arena de la playa, aparece el despunte de pasos. La isla interior que es nuestro yo ¿estará habitada? Esta tierra sobre la que estamos “arrojados” ¿será visitada misteriosamente por una presencia? ¿Habrá “huellas de Dios” sobre el suelo desierto de la vida?

He ahí dónde aparece la encrucijada de los caminos…


I. LOS INDIERENTES

Hay, en primer lugar, los que no notan nada: “los espíritus más bastos del grupo, escribe Claudel, se contentan con beneficiarse de esta colaboración oculta, sin preocuparse de descubrir al autor de ella”. Tal es el proceder de la inmensa mayoría de la humanidad. Vivimos en un universo surcado continuamente de relámpagos misterioso, henchido de socorros ocultos, vibrante de múltiples llamadas. Pero estamos dormidos: dormidos con ese sueño profundo del hábito y de la rutina, que nos oculta la realidad auténtica. Estamos ciegos y sordos. Y de este sueño, de esta ensoñación de la vida, nada nos despierta más que las sacudidas inesperadas, el amor, la muerte, el arte. Pero nos damos buena prisa en rellenar las brechas así abiertas en nuestra ciudadela interior y en borrar las huellas de pasos impresos en la arena.

Son incontables los hijos de los hombres que utilizan sin escrúpulos socorros ocultos sin los que no podrían vivir y que nunca, sin embargo, se paran a preguntarse de donde les vienen. Estos tales, no viven despiertos al problema de la fe. Dormitan amodorrados y sumidos en tal embotamiento, que las sacudidas inesperadas de la vida no son suficiente para despertarlos, si no es para hacerles saborear todavía con más regusto el sueño en que viven inmersos.

La diversión, en sentido pascaliano, está siempre ahí, para tranquilizarlos. Y la diversión ha cobrado en nuestros días sus títulos de nobleza. El demasiado célebre soma de Un mundo feliz se expende en cómodas tabletas, siempre al alcance de la mano: el éxtasis delicioso que nos proporciona no resulta caro. Por otra part, el gobierno distribuye generosamente el soma; está incluido en el salario mensual…

He hablado de la masa de a humanidad. Cada uno de nosotros forma parte, en ciertos momentos, de esa masa y utiliza el soma. La vida se nos da en cada momento: y la vida es magnífica, porque ¿hay nada más simple, nada más hermoso que la vida? Sólo que de la tela de la vida cortamos con una prodigalidad escandalosa; la troceamos y vendemos al mejor postor, como si nos perteneciera. ¡De cuántos peligros mortales, así de alma como de cuerpo, hemos escapado desde que vivimos! Pero estimamos que se tata de un derecho nuestro, estrictamente personal, puesto que, ya desde el primer obstáculo, acusamos al universo de habernos frustrado: citamos a Dios ante nuestro tribunal para pedirle explicaciones.

Los héroes de Henry James, cuyas siluetas esbozaré en el segundo capítulo de este ensayo, están cortados de esta tela. Utilizan la vida, la disfrutan con refinamiento y con una deliciosa voluptuosidad; pero nunca se preguntan de dónde les vienen esas maravillas que ellos envilecen al hilo de sus conversaciones profanas. El ateísmo mundano impregna los salones donde se mueven estos fantoches; y ellos encuentran delicioso respirar esta atmósfera asfixiante. No se preocupan.

El niño, el adolescente, el hombre hecho, el anciano, todos y cada uno se erigen en centro del mundo. El instinto vial nos susurra esta mentira asombrosa: es naturalísimo que existamos, que seamos engendrados continuamente por la vida que nos envuelve y alimentados por ella: esto no suscita ningún problema. No somos nosotros los que debemos justificar nuestra existencia, sino Dios. Dios… ¡ah! sí; puede que exista en alguna parte; pero que nos deje tranquilos: ¡se vive tan tranquilamente sin Él! No pensemos en ello; la vida es natural.

Esta era, evidentemente, la manera como Nab, Pencroff y Jup, el mono, utilizaban tranquilamente los recursos ocultos de la isla misteriosa sin preocuparse nunca de su dador.


II. LOS RACIONALISTAS

Hay “náufragos” de la vida que notan las huellas d asos sobre la arena. Y es que, en verdad, es difícil no notarlas nunca, porque, a veces, esas huellas están impresas con toda nitidez. Sólo que…

Se adivina lo que va a seguir, pues también lo ha dicho Claudel: “Todos estos hechos pueden explicarse de manera más o menos natural”. En efecto, se encuentra siempre el modo de explicar “lo superior por lo inferior”, y de reducir el misterio a datos aparentemente naturales. Dios no se deja nunca “coger por el cuello”, como hemos visto en El silencio de Dios[1]; siempre es posible interpretar sus huellas de una manera tranquilizadora.

Los que así reducen los “socorros ocultos” a fenómenos naturales son los partidarios del racionalismo. Sé muy bien que este método de investigación tiene carta de ciudadanía en no pocos dominios científicos; lo importante y decisivo e saber si ese métdo tiene validez en el plano religioso.

Hay que tratar d explicarse naturalmente los fenómenos misteriosos; es lo que hacen al principio Cyrus Smith y Gedeón Spillet: no hay por qué atribuir a Dios obras que tienen un origen humano; es lícito “defenderse” en un combate leal. Pero hay que guardarse así mismo de atribuir al hombre obras de origen divino. La ceguera es aquí, no momentánea, como en el caso anterior, sino definitiva.

Jacques Rivière ha visto con admirable justeza que las “huellas de Dios” son tan ligeras, se depositan sobre las cosas terrestres a la manera de una pelusilla tan fina, tan liviana, que el más leve error en su manipulación entraña el peligro de borrarlas irremediablemente. Hay siempre medio de reducir los fenómenos misteriosos a uno cualquiera de los problemas humanos. Una vez descubierta esta hipótesis explicativa se vuelve tan seductora, da, aparentemente, tan buena razón de todo, que el espíritu, una vez engolosinado con ella, no la abandonará sino a duras penas.

La hipótesis materialista, que es la que más peligrosamente seduce al hombre moderno, viene a hacer de la religión una “mitología consoladora”, menos alegre que la de los griegos quizá, pero que envuelve al creyente en una nube irisada de esperanzas irreales. El silencio de Dios, piensan estos materialistas, salta a los ojos; el que pretenda creer en una “voz de Dios”, en na Palabra, en un llamamiento lanzado al náufrago de la vida, se parece al avestruz que, ante el peligro, se mete la cabeza debajo del ala y se cree seguro porque no ve ya lo que le amenaza.

Ya no se echa en cara a los cristianos el ser aguadores de la fiesta; al contrario, se les censura de alardear de la cómoda certidumbre del rentista que explotase el cielo como “un dominio colonial”. Malraux, Camus, Sartre, inculpan a los creyentes de negarse a afrontar virilmente la condición humana. Entre los que niegan las huellas de Dios encontramos los mártires de una nueva especie; forman entre sus filas los héroes, los santos laicos. Los fieles de las religiones se ilusionan. Sartre dirá que “son unos farsantes” (“des salauds” = “unos puercos”), porque no quieren ver que el hombre está solo en su isla desierta[2].

Esto mismo viene a decir Martin du Gard, aunque en forma menos estridente: su héroe, Jean Barois, se convierte movido por el miedo a la muerte, pero en modo alguno porque haya descubierto la verdad. Con esta verdad se enfrenta Luce, quien muere bendiciendo la vida que le es arrebatada, con la certeza de que su existencia ha sido rica y fructífera “como la del manzano plantado en buen terreno que da sus frutos”. La confiada gallardía de que da muestras Luce ante la muerte, que acepta sin esperanza de supervivencia, se opone a la abyecta ilusión de Barois.

El racionalismo materialista no está muerto todavía: como esas estrellas extintas hace tiempo, pero cuya luz se haya todavía en camino hacia nosotros, el racionalismo “alumbra” aún a millones de hombres. Tenemos un ejemplo de ello en el reciente libro sobre Gide, de Pierre Quint. Según este ensayista, notable por otra parte, es evidente (pues no lo prueba en parte alguna) que la religión es una ceguera voluntaria: el creyente tiene miedo a la vida; se autoescamotea la realidad porque no se atreve a asumir sus propias y personales responsabilidades, a encararse con una “verdad que quizá es triste”; Dios es un gendarme, la castidad una opresión, etc., etc.

Y esa es también la posición del marxismo: está asado en una filosofía y una ciencia que se han momificado, aferradas miedosamente a un estado de pensamiento que data de 1848 y que se ha quedado al margen de toda evolución intelectual posterior[3]. Sólo que el marxismo constituye el “catecismo” de ochocientos millones de hombres.

III. LOS QUE NO QUIEREN A DIOS

Esbozadas ya las reacciones, tanto de los que no se preocupan de explicar los “socorros ocultos” como de aquellos que los explican demasiado bien, importa estudiar ahora una tercera actitud característica frente a las “huellas de pasos sobre la arena”. Esta actitud no nos la permite adivinar Julio Verne; pero, por desgracia, se nos entra imperiosa por los ojos. Me refiero al antiteísmo.

Existen dos actitudes frente al problema religioso: la del que busca a Dios porque anhela descubrir el sentido último de la vida y la de que no quiere buscar a Dios porque juzga, de manera más o menos explícita, que el hombre es el único responsable de su existencia y que es perfectamente capaz de arreglárselas en este mundo.

El que busca a Dios, “acogerá gustoso a este respecto toda luz, por pequeña que sea y sea cual fuere el medio de conseguirla, comportándose respecto a esa luz como un investigador, dichoso de descubrir una pista eventual y o como un juez que pretendiera someter todo a sus propios criterios de investigación y fijar a priori las condiciones en que esta luz debería presentársele para que se dignara ocuparse de ella”. (R. Aubert, Au seuil du christianisme, p. 77).

Por el contrario, el que no busca a Dios será como ese juez al que alude el hermoso texto que acabo de citar. […] … se revolverá con todas sus fuerzas contra ese Dios que amenaza su libertad. Pregonará a la vez el ateísmo y el antiteísmo. Ante los indicios de una presencia misteriosa en la isla “desierta” de su ser, querrá primero negar, después explicar. Y ante el fracaso de sus explicaciones, dará media vuelta y dirá: “decís que existe Dios, voy a concedéroslo; pero entonces yo exijo cuentas a Dios del mal presente en el mundo. Le intimo a explicarse; que me castigue si le provoco; que colabore a mis buenas obras; estoy pronto a hacer la prueba; si las huellas de pasos en la arena son de “alguien”, que ese “alguien” aparezca; queremos ver al visitante de estas playas desiertas; que le ame o que le odie, él debe mostrarse, no tiene derecho a permanecer en su incógnito”.

Generalmente, hay desconocimiento del verdadero semblante de Dios. Así, Simona de Beauvoir, en Les mémoires d’une jeune fille rangée, parece haber confundido al Dios que le mostraba su responsabilidad moral con un ser amenazador, que provocaba en ella atracción y temor. Cuando se examinan de cerca las fuentes en las que beben muchos de los incrédulos actuales, queda uno sorprendido al ver que, casi siempre, tenían que orientar su pensamiento en el sentido de un Dios incompatible con la libertad del hombre. […]

El verdadero antiteísta sabe que Dios existe; pero no quiere que exista. Es semejante a un náufrago que se encontrase también en una isla misteriosa y que, al revés de los que se alegran de verse secretamente ayudados por el invisible bienhechor, se encolerizase contra esta presencia oculta. Este áufrago consideraría una cobardía aceptar esta ayuda; preferiría prescindir de ella. Y entonces comenzaría una lucha de todos los días contra el visitante indeseado.

El problema de Dios es más actual que nunca; está incluso de moda. […] La “recusación” de Dios es, muy a menudo, desconocimiento del verdadero Dios; […]

IV. LOS QUE BUSCAN A DIOS

Tiempo es que pasemos a tratar de los que buscan a Dios. Estos se alegran de descubrir los vestigia Dei; no se dan tregua para identificar al oculto bienhechor. Saben, sin duda, como en la novela de Julio Verne, que el huésped secreto de la isla no les exime de trabajar por sí mismos; si el capitán Nemo presta ayuda a los náufragos, cuando les amenazan peligros que no pueden vencer por sí solos, es porque primero ha visto su lealtad, su espíritu de trabajo y su valor. Buscar a Dios no significa dejarse caer de brazos. Si los náufragos del aire hubieran abandonado la lucha, el capitán Nemo no habría revelado nunca su presencia. Pero los náufragos trabajaron; se propusieron convertir la isla Lincoln en una colonia humana perfecta. Precisamente porque trabajaban así fue por lo que encontraron las huellas del misterioso visitante.

Cuando al final de la novela son presentados al capitán Nemo, tienen la alegría de poder, por fin, expresarle su agradecimiento. “Hijo mío –dice el capitán al joven Herbert–, hijo mío, bendito seas”. Así también el hombre, después de haberse esforzado en su vocación de hombre, de lugarteniente de Dios, encuentra al Señor vivo y le expresa su agradecimiento; y recibe también aquella bendición que desde Abel a Jesucristo, encarna la promesa de Dios.

Yo conté, cierta vez, La Isla Misteriosa a una banda de muchachos de los suburbios de París. Eran de esos “golfillos” que, por desgracia, “habían visto a otros”, pero cuyas almas se mantenían frescas y acogedoras. Aconsejo a todos los asesores de las colonias veraniegas infantiles la misma experiencia: no he podido olvidar la atención apasionada de mis pequeños oyentes; querían conocer todos los detalle; hora de las mareas, identificación de la Cruz del Sur, vestidos, animales. Pero lo que menos me esperaba yo fue lo que pasó. Espontáneamente, estos pequeñuelos, cuyos padres eran en muchos casos ateos completos identificaron al misterioso bienhechor de la isla. Fueron ellos los que me hicieron pensar en este simbolismo de la novela, que había d encontrar más tarde en Claudel: el “secreto de la isla” es el buen Dios, ¿verdad?, me decían. [...]

Ya estoy oyendo la objeción: no hay duda de que unos niños ignorantes de las “causas naturales y científicas”. debían pensar en Dios; pero nosotros, que sabemos, ¡ay!... Rechazo de plano esta tal argumentación. Como escribió cierta vez el Padre Charles, el hecho de que sean sobre todo los niños los que tengan fe, al paso que los “adultos” la pierden con tanta frecuencia, no prueba que la fe sea infantil, sino sólo que es más fácil accesible a las almas que han salvaguardado el “flexible candor d la juventud”. Y a la verdad, todos sabemos cuánto genio tienen los niños, un genio que la “vida real” ahoga, sin duda, pero de cuya existencia no cabe dudar. Se nos viene a la memoria aquel pasaje en que Saint Exupéry habla del “número de Mozarts asesinados”. Si el adulto es más rico que el niño en técnicas de vida social, en dominio de sí, ¡con cuánta frecuencia paga este enriquecimiento a un precio exorbitante, al precio de ese don de maravillarse que caracteriza a la infancia. [...] ¿No ha repetido Jesús que “si no nos volvemos como niños, no entraremos en el Reino?"

Mis pequeños golfillos me brindan, en este punto, un ejemplo y un modelo: [...] ... acudían presurosos, como en otro tiempo los corintios, a oír la Palabra de Dios, cuya Presencia flotaba sobre la isla desierta a la que yo es llevaba.

Yo rogaría a los lectores que buscan a Dios, que no menospreciasen a estos niños de los “verdes años”. Si buscan verdaderamente a Dios, descubrirán, hasta en las contraverdades de Sartre, huellas de Aquél que salva a los vivos y a los muertos; adivinarán, en el infierno mundano de James, la presencia de Aquél a quien la conspiración del silencio trata de hacer olvidar; comprenderán que el racionalismo ateo, marra la esencia del verdadero comportamiento religioso.

Pero, sobre todo, el capítulo de Malègue desplegará a sus ojos el itinerario del náufrago que busca a Dios, que le encuentra, le niega y, finalmente, le reconoce en la hora undécima, la hora de la infancia recuperada. [...]

[1] Es el título del tomo I de la obra “Literatura del siglo XX y cristianismo” de Charles Moeller de cuyo tomo II, en su introducció, están sacados estos párrafos.
[2] En el libro del que este texto es introducción se analiza con profundidad, pero con un lenguaje asimilable por quien tenga algunas nociones básicas de filosofía el pensamiento de Sartre, dejando al descubierto sus lagunas filosóficas. Tal vez, sólo tal vez, en una entrada posterior glose la esencia de esta parte y del pensamiento sartriano.
[3] Es de notar que este párrafo está escrito mucho antes del derrumbe del sistema comunista, ya que el libro fue editado en 1971.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Creo que hay "figuras intermedias" en tu clasificación: Están los RACIONALISTAS QUE BUSCAN A DIOS, muy numerosos, son los capaces de meter a Dios, su Palabra y a toda la Iglesia en su cabeza, cosa espectacular. También hay muchos que NO QUIEREN A DIOS EXCEPTO durante la semana santa, que se deshacen en cantos y en piropos a su Gran Podé y después a la Virjen der Rosío pa que me proteja. Y también tenemos INDIFERENTES que movidos por el mismo instinto que éstos últimos de cuando en cuando echan una moneda a San Judas o besan el Pilar de Zaragoza, "por si acaso". De echo creo que estos tres son especies mayoritarias en nuestro país. Es interesante. En países como Francia o Alemania están en vías de extinción, por eso los Pastores en aquellas zonas están empezando a tomarse en serio la evangelización. Saludos. Gonzalo

Anónimo dijo...

Hola Gonzalo, soy Tomás. Es evidente que las posturas del hombre ante Dios no se agotan en 4 categorías. De hecho, creo que son innumerables ya que el hombre es una "cosa" muy compleja, con miles de dimensiones y de matices que varían en el tiempo y que llevan el poso de todo el pasado propio, de la historia, de la cultura, etc, etc, etc. Y si el hombre es complejo, Dios es inconmensurable. Por tanto, las actitudes y relaciones de los hombres ante Dios son inimaginables. No obstante, la imagen de la isla misteriosa me pareció muy sugerente porque leí esa novela de Julio Verne en mi niñez/adolescencia y me hizo pensar mucho entonces. Por eso, al verla en el libro de Moeller, no me resistí a publicarla en mi blog.

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

Hola Tomás. Soy Gonzalo. No era necesaria esta aclaración, es evidente. Sólo estaba siendo irónico; mientras leía tu artículo me venían a la mente las escenas de las que hablo, que conozco bien porque soy de la tierra y hasta he participado de esa mentalidad. Me divirtió el contraste entre la profundidad de tu análisis y esos aspectos de la religiosidad andaluza.
un abrazo.

Anónimo dijo...

Sinceramente! D. Tomás :

A Jaimón y a mi (Jaimón es mi ángel custodio y nunca, quiera Dios, nos separamos) estas reflexiones siempre nos sorprenden y nos hacen dar renovadas gracias a nuestro Señor por la pobre fe que me ha dado.

Estos señores que Vd.cita, conocemos que se han dejado la piel a lo largo de su vida para negar e incluso "matar" a Dios (Nietzsche).

Es por todo esto, que les tengo que estar eternamente agradecidos (Jaimón también se apunta) porque gracias a ellos creo en Abbá (en Papá)

No se puede atacar a lo que no existe!!

Y la fe demostrada que tenían en Él estos hombres, era de tal envergadura, que definitivamente contribuyeron de una forma especial a que yo le buscara...

Y Él, como siempre pasa, no tardó en aparecer, no tardó en cogerme de la manita y agachándose darme un beso (como sólo un padre sabe hacer).

Un abrazo de,

Jaimón y yo.

Anónimo dijo...

Queridos Jaimón y tu, soy Tomás:

Muchas gracias por vuestras palabras. Me produce una gran alegría sevir de instrumento para que agradezcáis a Dios vuestra fe. Realmente, es el mayor regalo que podemos tener. Lo que da pena es que siendo un regalo que Dios hace a todos y cada uno de los hombres, haya tantos que lo rechazan.

Rezo para que Jaimón y tú no os separéis nunca.

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

Jaimón y yo somos bien nacidos y por lo tanto agradecidos.

Y nos llena de ternura y agradecimiento que alguien rece por nosotros.

Sin duda el mejor regalo que nos pueden ofrecer.

Por eso, pedimos al Señor que se lo pague como Él sólo sabe hacer.

Un abrazo y que Abbá le bendiga de,

Jaimón y yo.