11 de octubre de 2009

Vida y muerte de las civilizaciones según Arnold J. Toynbee (V)

Tomás Alfaro Drake

Esta es la quinta entrega de una serie de entradas bajo el título “Vida y muerte de las civilizaciones en la historia”. Recomiendo a quien empiece a leer esta serie desde aquí, que procure empezar por la entrega I, publicada el 6 de Septiembre.

6. Desintegración y muerte de las civilizaciones.

La instauración del Estado Universal, a pesar de suponer el golpe de gracia para la civilización (como siempre, la libertad humana puede dar la vuelta a la situación, pero sus condicionamientos son cada vez mayores), es recibida por los habitantes de la misma como una bendición. En efecto, la instauración del Estado Universal suele ser el final de la terrible situación de los tiempos revueltos, con sus angustias, ansiedad e inseguridades, dando paso a una paz estable a una seguridad y a un progreso material como la memoria histórica no recordaba. Pero esa paz no es otra cosa que la paz de los cementerios. Sin embargo, el Estado Universal puede durar bastantes siglos, con grandes éxitos militares, económicos e institucionales. Puede, incluso, llegar a crear en los miembros de la civilización una sensación de solidez que hace que les parezca inmortal. Pero las disensiones entre la minoría dominante y el proletariado interno, la disolución paulatina del estilo propio de la civilización por el cisma en el alma de sus habitantes y la presión creciente de los pueblos bárbaros que forman el proletariado externo, van minando de forma imperceptible la solidez de la civilización que va pareciéndose cada vez más a un gigante con los pies de barro o a una viga maestra de madera roída internamente por la carcoma. Sin embargo, esta tensión entre minoría dominante y proletariado interno, puede dar un fruto importante en la aparición de instituciones regulatorias de este conflicto crónico. Todo eso va pasando bajo los ojos de todos, sin que casi nadie se de cuenta de ese deterioro. Las mentes preclaras que lo ven son marginadas tanto por la minoría dominante como por el proletariado interno. Podrían ser una nueva minoría creadora, pero les resulta muy difícil, si no imposible convencer a nadie de que los siga. Incluso pueden llegar a convertirse en los chivos expiatorios de todos.

A pesar de todo, Toynbee percibe en todos los Estados Universales ciclos de regeneración que, sin embargo, hasta donde llega su análisis, nunca han llegado a salvar a ninguna civilización. Pero su muestra es demasiado pequeña, según él mismo reconoce, como para poder asegurar que esa desintegración sea un sino inalterable. Está, además, como se ha dicho repetidamente, el poder de la libertad.

Toynbee reconoce en esta fase de desintegración de algunas –no de todas– civilizaciones de segunda generación –no así en las de primera– el desarrollo de un nuevo tipo de sociedad. En efecto, las actitudes de transfiguración y de sentido de unidad de que se ha hablado antes, generan, en el alma de algunas personas del proletariado interno una necesidad de trascendencia que apunta más allá de la civilización. Y esta búsqueda de trascendencia puede engendrar una religión superior. Mientras que los intentos de salvar la civilización moribunda tropiezan, como se ha dicho antes, con la oposición de la inmensa mayoría de los habitantes de la misma, esta religión superior que trasciende a la civilización suele encontrar un eco en el alma de una buena parte de los miembros del proletariado interno –y, aunque mucho más excepcionalmente, también en la minoría dominante. No todas las civilizaciones de segunda generación son capaces de completar este proceso, pero aquellas que lo logran, hacen que esta religión superior se encarne en un nuevo tipo de sociedad que Toynbee llama Iglesia Universal[1]. Sin embargo, parece que hay evidencia de que las civilizaciones de segunda generación que no son capaces de engendrar una religión superior por si mismas, las adoptan de otra civilización con la que entran en contacto que sí la ha producido. El resultado final es que en todas las civilizaciones de 2ª generación arraigan, por producción propia o por importación, con mayor o menor fuerza, religiones superiores con sus respectivas Iglesias Universales.

Toynbee identifica 6 religiones superiores nacidas de tan sólo tres civilizaciones de 2ª generación. La civilización Siríaca tiene el record en la producción de religiones superiores, ya que en ella aparecen el judaísmo, el cristianismo y el islam. Le sigue la civilización Índica, productora de dos religiones superiores, el hinduismo y el budismo mahayana[2]. Por último, la civilización Babilónica produjo únicamente el zoroastrismo. A su vez, el cristianismo fue adoptado por la civilización helénica y el budismo mahayana por la civilización Sínica, aún siendo de primera generación. El judaísmo[3], el islam y el hinduismo se quedaron en las mismas civilizaciones que los crearon, la Siríaca las dos primeras y la Índica la tercera. Sin embargo, ninguna de estas religiones superiores, fuesen autóctonas de la civilización o adoptadas por ella, llegó a ser capaz de salvar la civilización en la que se implantó. Recuérdese que su objetivo no era salvarla, sino trascenderla. Algunos autores, como es el caso de Gibbon, en su obra “Ascenso y caída del Imperio Romano”, afirman que la caída del Imperio Romano se debió a que el cristianismo fue como un cáncer para ella. Toynbee da la vuelta al argumento. El Imperio Romano era ya un condenado a muerte, del que el cristianismo, tomado de la Civilización Siríaca por el proletariado interno, pretendió ser un bálsamo que también quisieron usar cada vez más personas de la minoría dominante, hastiados del pobre consuelo de su filosofía[4]. Si el objetivo de las religiones superiores y de las Iglesias Universales en las que se encarnaron no era salvar a la civilización en la que arraigaron, sino trascenderla, lo consiguieron, como veremos, más adelante cuando hablemos de la procreación de las civilizaciones.

Pero por largo que haya sido el periodo de desintegración de algunas de las civilizaciones –en el caso de la Egipcíaca duró casi 3.000 años– el final ha sido siempre, hasta ahora, la muerte de la civilización. Esta muerte puede producirse, bien a manos de el proletariado externo, que rompe definitivamente el limes creado por la civilización e irrumpe en ella como una riada que rompe un dique, o bien a manos de otra civilización fronteriza. El primero es el caso de la civilización Helénica y el segundo el de la civilización Egipcíaca a manos de la Helénica con la conquista de Egipto por Alejandro Magno en el 332 a. de C. Pero es importante reseñar que nunca se ha producido en la historia que una civilización en fase de desarrollo haya muerto a manos ni de los pueblos bárbaros adyacentes ni de otra civilización vecina, aunque ésta pareciese más fuerte. Así, la civilización Helénica, en su fase de desarrollo, salió triunfante, contra todo pronóstico que tuviese sólo en cuenta el aparente poderío económico o militar, de su enfrentamiento con la Siríaca, ya en desintegración, en las guerras Médicas contra el imperio persa, Estado Universal de esta civilización.

¿Cómo se refleja esto en la civilización Helénica? Ya hemos visto que la República romana primero y el Imperio después, forman el Estado Universal Helénico con un limes perfectamente trazado. El proletariado interno de esta civilización adopta el cristianismo, de origen siríaco, como religión superior, que cuaja en una Iglesia Universal. A lo largo del Imperio se dan momentos de aparente recuperación, como el Imperio de Augusto, la dinastía Antonina, con Trajano, Adriano y Marco Aurelio, o la reorganización del Imperio bajo Diocleciano, pero esto alterna con periodos terribles como los de Calígula y Nerón en la dinastía Claudia, o Cómodo al final de la dinastía Antonina, o tantos y tantos emperadores que degradaron el Imperio antes y después de Diocleciano. Y no parece que sea imputable a la Iglesia ni al cristianismo, como afirma Gibbon, el hecho de que estas terribles series de pésimos emperadores llevasen al Imperio a su fin. A lo largo de este proceso, los bárbaros van impregnando y penetrando cada vez más el Imperio con sus costumbres, sus asentamientos más o menos pacíficos o pactados dentro del Imperio, aportando tropas mercenarias y generales al servicio de los emperadores. Todo esto no era sino parte del proceso de desintegración. Sin embargo, a lo argo de todo este periodo, siguió desarrollándose una de las instituciones más importantes y que más han influido, siglos más tarde, en la civilización Cristiana Occidental: el Derecho Romano. El desarrollo de este derecho surge, precisamente, para regular las relaciones entre minoría dominante y proletariado interno e, incluso, externo.

7. La procreación de las civilizaciones.

Como hemos visto en el árbol genealógico de las civilizaciones, muchas de ella procrean y dejan descendencia. Pero en todos los casos ocurre lo mismo: para que una civilización engendre una hija, tiene primero que morir. Sólo de los restos de una civilización muerta puede nacer otra. Vamos a analizar este proceso reproductivo de las civilizaciones. Toda civilización muere a manos del proletariado externo –o de una civilización vecina–, aunque en realidad, los pueblos bárbaros o las civilizaciones vecinas sólo dan el golpe de gracia que acaba por rematar una civilización que ya estaba casi completamente descompuesta. Cuando el limes se derrumba, las hordas de bárbaros que habían alimentado durante siglos la avidez mezclada de admiración y odio por la civilización de la que estaban excluidos, penetran como una riada incontenible arrasando casi todo a su paso. Y al hacerlo, contemplan cómo esa riqueza que habían codiciado y que creían, por fin, haber logrado, se les disuelve entre las manos sin dejarles casi nada. Y esa es la primera incitación a la que debe dar respuesta el pueblo bárbaro conquistador si quiere llegar a constituir una civilización. Habíamos visto cómo la incitación que daba lugar a las civilizaciones de primera generación era de tipo físico, producido por el entorno: clima, geografía, recursos naturales, etc., y cómo las incitaciones sucesivas de la cadena incitación-respuesta-incitación, tendían a lo que Toynbee había llamado eterealización. En el caso de las civilizaciones nacientes de segunda generación, la incitación es, ya desde el principio, mucho más eterealizada. Se trata de una incitación cultural que nace de la perplejidad ante esa cultura, esa riqueza y esas instituciones que se les han ido de las manos a los pueblos conquistadores tan pronto como han realizado la conquista. Sin embargo, las civilizaciones de segunda generación no tienen apenas ninguna guía sobre cómo llevar a cabo esa reconstrucción, por lo que la nueva civilización hija no tiene demasiado parecido con la madre. Pasados los siglos, si la civilización hija prospera, la hazaña de la conquista queda plasmada en relatos épicos –canciones de gesta los llama Toynbee– que narran, de una manera mítica, esa conquista.

Esto pasa en el caso del caso de la civilización Minoica a la Helénica. Los pueblos dorios, árgivos y aqueos que la acechaban, la conquistan y la arrasan. Pero no reconstruyen una civilización marítima, sino que lo hacen en el suelo continental de Grecia. No quedan vestigios claros, salvo ciertos yacimientos arqueológicos, de cómo era la civilización minoica. Pero Homero puso por escrito en el siglo VIII a. de C. los hechos acaecidos en Troya en el siglo XII a. de C. Nos cuenta, sin embargo, una historia muy deformada. Lo que era un episodio de la conquista de los dorios, árgivos y aqueos de la civilización Minoica, queda plasmado en una historia de amor imposible entre Helena, reina de Esparta –que representa a los pueblos bárbaros mitificados– y Paris, príncipe de Troya –ciudad minoica, emporio de lujo y de riqueza–, que acaba en rapto y en guerra de rescate. En ella se mezclan unos dioses, semidioses y héroes totalmente míticos. Son los dioses del panteón[5] de los pueblos invasores. No tenemos noticia de cuáles podrían ser los dioses de la civilización Minoica. Algo parecido ocurre con la historia del regreso de Ulises a Ítaca, la de Jasón, los argonautas y el vellocino de oro o la de Teseo y el minotauro, Ícaro y Dédalo. La verdad es que no es una mala herencia que nosotros, que casi treinta siglos después de estos hechos podamos disfrutar de la lectura de la Iliada, la Odisea y otras epopeyas o canciones de gesta, como los llama Toynbee. Incluso nuestro leguaje sigue marcado por aquello. Expresiones como “fue una odisea increíble”, “allí ardió Troya” o, “ten cuidado no se te quemen las alas como a Ícaro”, forman parte de nuestro lenguaje corriente. El Toisón de Oro, que no es otro que el vellocino de oro que buscaban Jasón y los argonautas, ha sido históricamente uno de las más reconocidas condecoraciones y títulos de prestigio.

Pero la cosa cambia en un aspecto sustancial cuando analizamos la procreación de civilizaciones de tercera generación a partir de las de segunda. El proceso de procreación es igual en todo excepto en un tema muy importante.

También aquí hay una conquista bárbara, también esos conquistadores se encuentran con que la civilización que ansiaban se les escapa entre los dedos, también esto supone una incitación inicial eterealizada, también los hechos de estas conquistas se transforman en canciones de gesta. Pero, a diferencia de lo que ocurre entre la primera y la segunda generación, las hordas bárbaras que dan el golpe de gracia a las civilizaciones de segunda generación, encuentran una herencia y, una guía sobre cómo reconstruir una civilización distinta de la anterior, pero con muchos rasgos similares.

La herencia es la religión superior de la civilización de segunda generación y el testamento de esta herencia lo guarda la Iglesia Universal. En efecto, esa religión superior, que no nació para salvar a la civilización sino para trascenderla, no muere con la civilización. Al contrario, conquista las almas de los pueblos bárbaros conquistadores y se instala en ellas. Además, durante siglos, la Iglesia Universal guarda celosamente lo mejor de la cultura de la civilización anterior para, eventualmente, dársela a la civilización naciente a medida que ésta lo necesita. De esta forma, la nueva civilización crea su propio estilo usando elementos de construcción de la antigua. Sin ser la misma, conserva rasgos que la identifican claramente, con mayor o menor parecido, con su madre. Toynbee, analizando todas las civilizaciones de segunda generación que generan hijas –Helénica, Siríaca, Índica y Sínica[6]–, descubre una ley que podríamos llamar –el no le pone ningún nombre– la ley del desagradecimiento. Viene a expresarse así. Cuanto mayor es la herencia que la civilización hija recibe de la madre, menor es su reconocimiento hacia la religión superior y la Iglesia Universal que le transmitió la herencia. Las dos civilizaciones del Lejano Oriente, China y Japonesa, siendo muy parecidas a la Sínica, han olvidado prácticamente el budismo salvo como una reliquia. La civilización Islámica, radicalmente diferente en sus rasgos de la Siríaca, es fanáticamente fiel al Islam. La Cristiana Occidental y la Ortodoxa Rusa, con muchas cosas en común con la Helénica –sobre todo la primera– pero también con sus peculiaridades específicas, son casos intermedios. La Cristiana Occidental, a partir de la Ilustración ha iniciado un alejamiento progresivo de sus raíces cristianas, aunque sus leyes, costumbres e instituciones siguen inspiradas culturalmente en esta religión. La Ortodoxa Rusa, aunque ha pasado por una corta etapa histórica de negación radical de su religión, parece que está retornando a ella tras la caída de la Unión Soviética[7] e, incluso en esa etapa oficialmente declarada atea, la religión cristiana se ha mantenido desacralizada en una religión de Estado, el Comunismo, en la que, si se analiza, perviven casi todos los dogmas cristianos desobrenaturalizados.

En la civilización Cristiana Occidental, existieron las hordas bárbaras, primero las tribus germánicas y, siglos más tarde, las normandas. Ambas, victoriosas por las armas, fueron ganadas por el cristianismo y la Iglesia Católica. A diferencia de lo que pasó con el panteón minoico, que fue olvidado y sustituido por el aqueo, son los dioses nórdicos los que quedaron relegados al olvido. Esas tribus nos han dejado sus canciones de gesta en las sagas nórdicas que nos recuerdan a sus dioses y a sus héroes. Varias tardes de ópera en Bayreuth –o en el sillón de casa con varios DVD’s–, presenciando la tetralogía del ciclo de anillo de Wagner, nos recuerdan la existencia y el ocaso de esos dioses. Los conocimientos de la civilización Helénica, fueron preservados de la destrucción en la red de monasterios en los que deliberadamente se copiaban y distribuían. Más tarde fueron difundidos a través de las universidades, fundadas por la Iglesia, floreciendo la filosofía griega y el derecho romano que, de otra forma, hubiesen caído en el olvido casi con absoluta seguridad[8]. La arquitectura romana y griega se encarnó en iglesias y basílicas antes de ser adoptada por la sociedad civil. Es indudable para cualquier estudioso objetivo de la historia, tenga las creencias que tenga –de hecho, Toynbee, como he comentado en una nota a pie de página anterior era agnóstico– que nuestra civilización Cristiana Occidental está en enorme deuda con el cristianismo y la Iglesia católica.
[1] Toynbee no se refiere con esto a la Iglesia católica, ya que identifica Iglesias Universales en varias de las civilizaciones de segunda generación.
[2] El budismo mahayana (gran vehículo) es una evolución tardía del budismo primitivo (bodiyana o pequeño vehículo). Mientras en el bodiyana el Buda que alcanzaba el nirvana desaparecía del mundo, en el mahayana el buda, una vez alcanzado el ansiado nirvana, en vez de desaparecer, se quedaba en la tierra para mostrar el camino a sus hermanos. Parece que esta versión tardía del budismo, que aparece hacia el siglo III d. de C, está notablemente influida por el cristianismo.
[3] Ciertamente, el judaísmo tuvo una expansión en el imperio romano debido a la diáspora judía. Pero son anecdóticos los casos en los que llegó a captar a miembros originarios de la civilización Helénica.
[4] Conviene aclarar aquí que Toynbee era un erudito e intelectual agnóstico, aunque con un profundo sentido de la existencia de una realidad más allá de la que pueden captar directamente nuestros sentidos o nuestra razón. Una realidad que él llama transracional. Por tanto, su defensa de las religiones superiores y de las Iglesias Universales, no nace de su fe en una determinada religión o credo, sino de su análisis de la historia realizado, eso sí, con una mente abierta.
[5] La palabra panteón no se refiere en Toynbee a un edificio funerario ni a un templo, sino al conjunto de los dioses de una religión primitiva. Pan = todos, theos = dioses.
[6] Aunque la Civilización Sínica es de primera generación, lo tardío de su desaparición le permitió aceptar el budismo mahayana de la civilización Índica, quedando el hinduísmo, también ceación de la civilización Índica, para la civilización Hindú, hija de la Índica.
[7] Toynbee no llegó a ver este acontecimiento histórico.
[8] Es cierto que el mundo islámico también tradujo a Aristóteles y que Averroes analizó su filosofía, pero ésta fue posteriormente proscrita por el Islam, Averroes desterrado de Córdoba y sus obras quemadas.

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