24 de octubre de 2009

Vida y muerte de las civilizaciones según Arnold J. Toynbee (VI)

Tomás Alfaro Drake

Esta es la sexta entrega de una serie de entradas bajo el título “Vida y muerte de las civilizaciones en la historia”. Recomiendo a quien empiece a leer esta serie desde aquí, que procure empezar por la entrega I, publicada el 6 de Septiembre

8. La relación entre las Civilizaciones y las Iglesias Universales.

Para los historiadores llamados positivistas, la Historia no tiene ninguna finalidad. Es una mera sucesión de acontecimientos, ligados por una cadena de causas y efectos, sin ningún objetivo ni destino. Pero Toynbee, en todo momento de su obra, parece dar por sentado, sin decirlo expresamente, que la Historia, con mayúscula, sí tiene una finalidad. Y su análisis de los hechos históricos, visto con amplitud cósmica, así parce indicarlo. En la primera parte de “El estudio de la historia”, parece evidente que Toynbee pone esa finalidad en la aparición de civilizaciones. En ese caso, las Iglesias Universales serían como crisálidas que permiten la transición de una civilización madre a otra hija, permitiendo su perfeccionamiento. Pero llegados a un momento de su obra, plantea una cuestión fundamental que afecta de lleno al sentido de la Historia. ¿Es realmente la finalidad de la Historia la producción de civilizaciones o tal vez esa finalidad sea la producción de religiones superiores e Iglesias Universales? En este caso, las civilizaciones no serían más que un medio para ese fin.

Toynbee adopta este segundo punto de vista: el fin de la Historia es la generación de religiones superiores e Iglesias Universales. Se basa para ello en dos observaciones. La primera es la constatación de que la incitación que hace nacer a las Iglesias Universales es de la máxima eterealización posible, ya que se basa en la actitud de transfiguración que aparece en el alma de los habitantes de las civilizaciones en trance de desintegración y ya hemos visto anteriormente cómo para él, la eterealización era síntoma de progreso. La segunda es un análisis profundo que hace, en el que ve cómo muchas de las instituciones que han creado los Estados Universales de las civilizaciones en desintegración para su propio provecho son asumidas por las Iglesias Universales con una facilidad tal, y les dan tal fuerza en su expansión que parecen casi como si hubiesen sido creadas expresamente para que ellas. Esto es lo que hace que Gibbon, en su “Ascenso y caída del Imperio Romano” vea en el cristianismo y la Iglesia un cáncer para dicho Imperio. Pero Toynbee muestra cómo, para distintas civilizaciones –la Helénica entre ellas–, la utilización de esas instituciones del Estado Universal por parte de la Iglesia Universal, lejos de perjudicar a aquél, le revitalizan en buena medida, aunque no lleguen a salvarlo.

Llegados a este punto, Toynbee se pregunta si las civilizaciones son simples preludios de las Iglesias Universales o si las civilizaciones de tercera generación son, más bien, una marcha atrás respecto a las Iglesias Universales aparecidas en el seno de las de segunda generación. Ya hemos visto cómo Toynbee deduce del análisis de los acontecimientos la ley que hemos llamado del desagradecimiento de las civilizaciones de 3ª generación hacia las Iglesias Universales que las han acunado. Esto hace que Toynbee vea en las civilizaciones de 3ª generación una reacción perjudicial contra sus Iglesias Universales, lo que le hace tener una opinión negativa de esas civilizaciones, ya que intentan deseterealizar la respuesta que dan la Iglesias, suponiendo, por tanto, una marcha atrás en el curso de la historia.

Sin embargo, Toynbee no carga sobre las civilizaciones hijas todo el peso de la responsabilidad de este retroceso de los logros de las Iglesias Universales. Ve que en esta marcha atrás hay casi siempre faltas graves por parte de éstas. Estas faltas suelen ser cometidas en busca de respuestas para la nueva civilización, pero suelen torcerse y, persiguiendo buenos fines, los resultados frecuentemente se corrompen. Al peligro que conlleva para la Iglesia Universal este tener que actuar en el mundo con medios humanos, materiales y políticos para el logro de fines espirituales le llama Toynbee el riesgo de militar en la tierra.

Me parece demasiado drástica esta conclusión de Toynbee de ver a las civilizaciones de 3ª generación como una reversión en la marcha de la historia. Yo creo que los dos tipos de sociedades –civilizaciones e Iglesias Universales– son necesarias para el desarrollo de la historia y de la humanidad a través de ella. El éxito dependerá, creo, del buen entendimiento entre ambas, operando cada una en su plano, material y espiritual respectivamente. Las Iglesias deben dar a las civilizaciones de 3ª generación las pautas espirituales por las que regirse y los poderes políticos de éstas deben devolver, como fruto de esa inseminación, las condiciones de bienestar material para que el logro de los objetivos espirituales sea posible. Esta coexistencia en la separación de funciones, no aisladas, sino interrelacionadas, es, indudablemente un foco de tensiones, pero de tensiones creativas y hasta es posible que sean incitaciones eterealizadas que impulsen el progreso cuando se les da la respuesta adecuada. Se pueden encontrar ejemplos de civilizaciones de 3ª generación en las que éstas han fagotizado a sus Iglesias y viceversa. Las dos civilizaciones del Lejano Oriente (China y Japonesa) son ejemplos de la primera situación, mientras que la Islámica o la Hindú están en la situación contraria. Ambas situaciones de anulación de un tipo de sociedad por la otra, recuerdan al colapso de una civilización, cuando uno de los estados parroquiales asestaba el golpe de gracia a los otros, instaurando el Estado Universal. Me parece que una fagotización así, de la civilización a su Iglesia o viceversa, puede suponer el colapso de las civilizaciones de 3ª generación. Sólo la Civilización Cristiana Occidental ha sido capaz, hasta ahora, de mantener ese equilibrio. Me parece que esta difícil simbiosis de funciones es la que podría llegar a evitar el riesgo de militar en la tierra de las Iglesias.

Toynbee hace un análisis a vuelo de pájaro de cómo se ha desarrollado esta relación entre el cristianismo y las distintas iglesias Cristianas. El empieza a partir de la disputa entre la Iglesia católica y el Sacro Imperio Romano Germánico a partir del siglo XI, con la llamada “guerra de las investiduras”. Pero me voy a permitir introducir alguna cosa de mi cosecha que puede arrojar alguna luz sobre algunos antecedentes de esta separación de funciones y respeto de la Iglesia hacia poderes civiles de la civilización Cristiana Occidental. Empiezo con algunas citas del Nuevo Testamento: La primera es de san Lucas, cuando dos hermanos le van a decir a Jesús: “Maestro, dile a mi hermano que reparta la herencia conmigo” a lo que responde Jesús: “Amigo: ¿Quién me ha hecho juez o árbitro entre vosotros?[1]. La segunda es la conocidísima “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” que aparece en los tres evangelios sinópticos[2]. La tercera es de la primera epístola de san Pedro: “En atención al Señor, obedeced respetuosamente a toda institución humana, ya sea el jefe del Estado, en cuanto soberano, ya sean los gobernadores en cuanto comisionados por él para castigar a los malhechores y premiar a los que actúan bien. Pues esta es la voluntad de Dios: que al hacer el bien tapéis la boca a los ignorantes e insensatos. [...] Mostrad aprecio a todos, amad a los hermanos, honrad a Dios, respetad al jefe del Estado[3]. Conviene recordar que el jefe del Estado era, cuando se escribieron estas líneas, nada menos que Nerón. Por último, y saliéndonos ya del ámbito del Nuevo Testamento, la doctrina cristiana de los primeros siglos también abunda en estos principios, aunque se nota que la tensión entre la Iglesia y los poderes civiles ya ha aparecido. En el siglo V, el papa san Gelasio I (492-496) definió con claridad y acierto la doctrina de los dos poderes, declarando que el único poder residía en Cristo pero que “Él, de hecho, a causa de la debilidad y la soberbia humana, ha separado para los tiempos sucesivos los dos ministerios (civil y religioso), de manera que ninguno se ensoberbezca”.

Vamos ahora a centrarnos en el análisis que hace Toynbee de las relaciones entre la Civilización Cristiana Occidental y la Iglesia Católica. Su análisis empieza con el papado de Gregorio VII en el siglo XI, aunque señala algunos capítulos anteriores de la historia de la Iglesia que omito por brevedad. Indudablemente, la Iglesia de esa época estaba necesitada de una profunda reforma. La influencia del emperador y la nobleza en los nombramientos de papas, obispos y abades era enorme. Esto había degenerado en un clero abandonado en su celo espiritual cuando no abiertamente escandaloso en su vida privada. Era necesaria una reforma espiritual. Pero esta tenía que pasar necesariamente por una lucha con el emperador y la nobleza por un poder temporal que librase a la Iglesia de esa nefasta influencia en los nombramientos de los altos cargos eclesiásticos. Gregorio VII empezó esta necesaria batalla –la “guerra” de las investiduras– que ganó en primera instancia con el uso del único recurso que podía darle la victoria: La excomunión. En sucesivos rebrotes de esta “guerra”, los papas hicieron un uso reiterado y casi siempre victorioso de este recurso, hasta que acabó por perder su efecto. Cuando en el siglo XIV Bonifacio VIII volvió a usar este recurso contra Felipe el Hermoso de Francia, la respuesta de éste fue fulminante. Mandó a Italia a su ministro Nogaret que humilló y abofeteó al Papa en Anagni. Poco después moría Bonifacio VIII y el papado se trasladó a Avignon, bajo la férula del rey de Francia. Estas luchas abrieron el camino a posteriores crisis como el galicanismo, el anglicanismo –así se llama al intento de control de la Iglesia en Francia e Inglaterra respectivamente por parte del poder real– y al desencuentro entre el Papado y el mundo germánico. Estas crisis llevarían al conciliarismo en Francia, a la separación de la Iglesia anglicana, a la Reforma protestante en Alemania y, al papado, a un excesivo apego por el necesario pero contraproducente poder temporal –cuyo máximo exponente fue la creación y mantenimiento a ultranza de los Estados Pontificios. De la Reforma protestante derivarían las guerras de religión[4] de los siglos XVI y XVII que sembraron la semilla del descrédito del alma occidental por la Iglesia. En ningún momento Toynbee pone en duda la bondad de los fines de la Iglesia Católica en su intento de resolución de los problemas espirituales que se le plantean, pero una inexorable cadena de causas y efectos, que arrancan del hecho de tener que militar en la tierra, hacen que esos fines justos se corrompan.

A este cuadro, demasiado resumido se le pueden cuestionar muchos aspectos, pero no cabe duda de que apunta bastante de las causas del distanciamiento de la civilización Cristiana Occidental respecto a su Iglesia. Pero parece que el mismo Toynbee no estaba del todo satisfecho con esta conclusión. Hizo que esta parte de su manuscrito fuese leída por un amigo suyo, Martin Wight. Toynbee transcribe la respuesta de Wight en varias partes de su obra: “Cuando se desarrolló la civilización occidental postcristiana separándose del cristianismo occidental, a partir del siglo XVII, la iglesia, temiendo justamente la difusión del secularismo y el retorno a un neopaganismo, identificó erróneamente la fe con el sistema social que desaparecía. De esta suerte, mientras llevaba a cabo una acción intelectual de retaguardia contra los errores ‘liberales’, ‘modernistas’, y ‘científicos’, la iglesia cayó incautamente en una postura de arcaísmo político que apoyaba al feudalismo, a la monarquía, a la aristocracia, al ‘capitalismo’ y, en general al ‘ancien régime’. Convirtiose así en aliada y, con frecuencia, en instrumento de reaccionarios políticos que eran tan anticristianos como el común enemigo ‘revolucionario’. De ahí el papel político poco edificante del cristianismo moderno: en el siglo XIX se alió con la monarquía y la aristocracia para combatir la democracia liberal; en el siglo XX se alía con la democracia liberal para combatir el totalitarismo. De esta manera, a partir de la Revolución Francesa, siempre pareció estar en una fase política que se quedaba atrás. Desde luego que esto constituye el punto capital de la crítica que el marxismo hace al cristianismo en el mundo moderno. La respuesta cristiana podría acaso ser la de que cuando los puercos gerasenos[5] de una civilización en desintegración van precipitándose impetuosamente despeñadero abajo, la responsabilidad de la iglesia podría estribar en mantenerse en la retaguardia de la piara, y hacer que los más ojos posibles miren hacia atrás y arriba del barranco. [...] Un crítico católico romano le replicaría aquí con las mismas palabras que tan a menudo usted mismo cita: ‘respice finem’ (espera el final). Todo su anterior pasaje no es más que una predicción; todavía no se ha demostrado su verdad. ¿No es acaso cierto que la Iglesia romana está incomparablemente más vigorosa y ejerce una influencia mucho mayor en el siglo XX que en ninguna época anterior a partir del concilio de Trento? [...] ¿No es también cierto que en el momento de escribir estas líneas la Iglesia romana, en su armadura tridentina, sería la única institución capaz de desafiar y resistir al estado comunista totalitario y neopagano? ¿Y no queda ello demostrado por el temor y el odio particulares con que Moscú mira al Vaticano? Si fuera así, la imagen de los tegumentos exteriores del dinosaurio sería menos apropiada que la de un largo sitio resistido con éxito; la fase tridentina de la historia católica podría asemejarse a la fase churchiliana de la historia británica desde la caída de Francia hasta el día D (del desembarco en Normandía). Usted prejuzga el desenlace. ‘Rescipe finem (Espera el final)’ ”.

No sé exactamente cuando se escribió esto. Supongo que en los años cincuenta, pero no puede negarse su carácter profético. Fue un Papa sin ninguna división militar, tras un cambio de la estrategia tridentina del asedio hacia el desembarco en Normandía del concilio Vaticano II, el que inició el proceso que acabó con la caída del muro de Berlín y el que parece estar iniciando un movimiento, todavía soterrado, de creación de una nueva minoría creadora sólidamente cristiana.

El mismo Toynbee deja una puerta abierta a esta esperanza cuando dice que la perspectiva histórica de las relaciones de civilizaciones de tercera generación e Iglesias Universales es muy limitada. Apenas unos cuantos siglos en una perspectiva futura de milenios para llevarla a su perfección mediante un largo aprendizaje. Y, también en sus propias palabras, la Iglesia Católica es la mejor situada para este camino. Oigámosle:

“Si tomamos una vista sinóptica de las diferentes formas sobrevivientes de cristianismo occidental en su estado presente y las comparamos respecto a su relativa vitalidad, encontraremos que ésta varía en razón inversa al grado en que cada una de estas sectas ha sucumbido al dominio secular. Indudablemente el catolicismo es la forma de cristianismo occidental que muestra hoy señales más vigorosas de vida; y la Iglesia Católica –a pesar de los extremos a que los modernos gobernantes han llegado, en ciertos países y en ciertos momentos, para afirmar su propio dominio secular sobre la vida de la Iglesia dentro de sus fronteras– nunca ha perdido la inestimable ventaja de estar unida en una sola comunión bajo la presidencia de una sola autoridad eclesiástica suprema”.

Estas palabras, que son válidas para la Iglesia católica en relación con otras confesiones cristianas en el ámbito de la Civilización Cristiana Occidental, lo son, con más razón todavía, en relación con el resto de las religiones superiores en sus respectivas civilizaciones. En efecto, ya hemos visto cómo en las civilizaciones Islámica e Hindú, la religión ha asfixiado al poder civil[6], mientras que en las del Lejano Oriente, tanto china como japonesa, ha ocurrido lo contrario, el poder civil a anulado completamente al religioso, cerrando sin respuesta la incitación que suponía esa tensión creativa entre ambos poderes.
[1] Lucas 12, 13-15
[2] Mateo 22, 15-22, Marcos 12, 13-17 y Lucas 20, 21-25.
[3] 1Pedro 2, 13-17.
[4] Es indudable que las guerras de religión son, sobre todo, guerras políticas en las que gobernantes políticos instrumentalizaron la religión para sus causas. Los príncipes alemanes encontraron en el protestantismo un instrumento para oponerse al emperador y al papado, lo que dio lugar a las guerras de religión del siglo XVI. Los nobles checos encontraron en el calvinismo otro instrumento para sus aspiraciones nacionalistas de secesión de la monarquía austro-húngara, lo que dio lugar a la guerra de los Treinta Años en el siglo XVII, donde, por otra parte Francia luchó por el lado protestante y no pocos príncipes alemanes lucharon en el bando contrario a su religión. Pretender que estas guerras fueron guerras de religión es como afirmar que el enfrentamiento entre el I.R.A y Gran Bretaña fue una “guerra” de religión.
[5] Martin Wight se refiere al episodio evangélico de la expulsión por Jesús de la legión de demonios de un hombre y su introducción en una piara de cerdos. Cf, Mateo 8, 28-34.
[6] Si en la India parece que está dejando de ser así, no es por el influjo del Hinduísmo, sino de la Civilización Cristiana Occidental.

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