28 de abril de 2010

La Iglesia y la pederastia IV

Tomás Alfaro Drake

Sigo con el tema candente de la Iglesia y la pedrastia y lo hago hoy con dos artículos, uno de José Luis Restán y otro, al que se refiere José Luis Restán en el suyo, de Massimo Intovigne, publicado en L'avvenire el 18 de Marzo del 2010.


Su luz brilla en medio del lodo

José Luis Restán. 15/03/2010

Quizás esté siendo la Cuaresma más dura de Benedicto XVI. A la amarga verificación de cuanto dijo en aquel histórico Vía Crucis de 2005 ("¡cuánta suciedad en la Iglesia!") se une una repugnante operación de caza en la que participan desde distintos ángulos la prensa laicista, la disidencia tipo Küng y los lobbys de los nuevos derechos. Días de plomo y furia en los medios, Pedro de nuevo en medio de la tempestad.

Con una precisión de relojero saltan los casos perfectamente medidos, como bombas que persiguen su objetivo. Y mientras se espera la carta dirigida a los católicos de Irlanda tras las terribles denuncias del Informe Ryan, la prensa destapa historias ya viejas en Holanda, en Alemania y en Austria, muchas de ellas juzgadas y archivadas veinte o treinta años atrás. Material inflamable para construir una historia tan sucia como mentirosa. Se trata de instalar en el imaginario colectivo la figura de una Iglesia que ya no es sólo un cuerpo extraño en la sociedad postmoderna, sino una especie de monstruo cuya propuesta moral y cuya disciplina interna abocan a sus miembros a la anormalidad y al abuso. Sí, ésta es la Iglesia que educó a Europa en el reconocimiento de la dignidad humana, en el amor al trabajo, a las letras y al canto, es la que inventó los hospitales y las universidades, la que forjó el derecho y limitó el absolutismo..., pero eso ahora no importa. Y con la misma delectación con que algunos se aplican a eliminar su rastro de los espacios públicos, otros se aprestan a demoler su imagen.

Ya escucho la pregunta: ¿pero es verdad o no lo que se nos cuenta? Veamos los datos. En Alemania, por ejemplo, de los 210.000 casos de abusos a menores denunciados desde 1995, 94 corresponden a eclesiásticos. Cierto que 94 casos en parroquias y colegios son una enormidad, constituyen una llaga en el cuerpo de la Iglesia y plantean gravísimas preguntas. Cierto también que de los miembros de la Iglesia, especialmente de quienes tienen el encargo de educar, se espera siempre más que de la media, pues a quien mucho se le ha dado mucho se le ha de exigir. Pero digamos también muy claro que la Iglesia no vive en el espacio, fuera de la historia. Está formada por hombres débiles y pecadores, su cuerpo se ve asaltado por las corrientes culturales de la época y no faltan momentos en que la conciencia de muchos de sus miembros está más determinada por el mundo que por la tradición viva que han recibido.

El horror de estos casos no puede minimizarse, y por eso Benedicto XVI (ya desde que era Prefecto de la Doctrina de la Fe) ha puesto en marcha una formidable tarea de saneamiento cuyos frutos ya son incluso cuantificables. Pero cuando la gran prensa fabrica primeras páginas a costa de 94 casos y calla miserablemente sobre los otros 200.000, estamos ante una operación asquerosa que debe ser denunciada. Las cifras de esta catástrofe nos hablan de una enfermedad moral de nuestra época y reclaman dirigir la mirada, no al celibato de los sacerdotes católicos, sino a la revolución sexual del 68, al relativismo y a la pérdida del significado de la vida que aflige a las sociedades occidentales.

El sociólogo Massimo Introvigne ha publicado al respecto un magnífico artículo en el que explica que el huracán mediático de estas semanas responde a lo que se conoce como un fenómeno de "pánico moral", perfectamente teledirigido desde determinados centros de influencia. Según su explicación se trata de una "hiperconstrucción social" tendente a crear una figura predeterminada (el monstruo del que hablamos al principio) con materiales fragmentarios y desperdigados en el tiempo. Existe ciertamente un problema real: sacerdotes (siempre demasiados) que han realizado el nefando crimen del abuso a menores. Pero las dimensiones, los tiempos y el contexto histórico son sistemáticamente alterados o silenciados. Nadie pone esos números de la vergüenza eclesial en relación a la totalidad brutal del problema; nadie dice, por ejemplo, que en los Estados Unidos eran cinco veces más los casos imputados a pastores de comunidades protestantes, o que en el mismo periodo en que en ese país fueron condenados cien sacerdotes católicos, fueron cinco mil los profesores de gimnasia y entrenadores deportivos que sufrieron idéntica condena. ¡Y nadie ha pedido cuentas a la Federación de baloncesto! Por último, el dato más escalofriante: el ámbito más habitual de los abusos sexuales a menores es precisamente el de la familia (allí suceden dos tercios del total de los casos contabilizados). Por tanto, ¿qué tiene que ver el celibato en todo esto? Dejemos aparte las viejas obsesiones de Küng, su arcaica cruzada para vaciar a la Iglesia de su nervio y sustancia. Pero de los diarios laicos, tan puntillosos y “cientifistas”, cabría esperar un poco más de objetividad.

La semana pasada el "pánico moral" teledirigido ha centrado bien alto su objetivo. La caza ha buscado una pieza mayor, el propio Benedicto XVI, el Papa que ha abierto ventanas y ha establecido una batería de disposiciones de máxima transparencia, colaboración con las autoridades y, sobre todo, sanación de las víctimas. Ha sido el Papa que en Estados Unidos y Australia se encontró cara a cara con quienes habían padecido esa terrible experiencia, para pedirles perdón en nombre de una Iglesia de la que ellos son miembros heridos, y merecen por tanto una preferencia total. Las insinuaciones sobre el Papa Ratzinger en esta materia merecerían simple desprecio si no fuese porque indican algo importante de este momento histórico. Hay un poder cultural, político y mediático que ha puesto a Pedro en su punto de mira, ya sin rubor y sin embozo. Cierto que no es la primera vez, y conviene recordarlo. Pero el furor y las armas de esta hora son, si cabe, más insidiosas que los de otros momentos de la historia.

Es posible imaginar la conciencia lúcida con que Benedicto XVI contempla este oleaje, y el consiguiente dolor que le acompaña en este momento dramático en que él mismo se ha convertido, dentro de la Iglesia, en el punto físico que atrae un odio irracional pero no desconocido, porque Jesús ya nos habló de él en el Evangelio. No sé si con algo de ironía, en la Audiencia del pasado miércoles nos dejaba ver cómo quiere ejercer su propio ministerio en este momento de miedos, reacciones viscerales y zozobras varias. Lo hizo mirándose en el espejo de uno de sus maestros más queridos, San Buenaventura: "para san Buenaventura, gobernar no era sencillamente un hacer, sino que era sobre todo pensar y rezar... su contacto íntimo con Cristo acompañó siempre su trabajo de Ministro General y por ello compuso una serie de escritos teológico-místicos, que expresan el ánimo de su gobierno y manifiestan la intención de... gobernar no sólo mediante mandatos y estructuras, sino guiando e iluminando las almas, orientando a Cristo". En medio de la tormenta, ésa es la humilde y firme decisión de Benedicto XVI.




¿Qué hay detrás de la campaña mediática contra el Papa?
Massimo Introvigne

Avvenire, 18/03/2010

Vuelve a hablarse de sacerdotes pedófilos, con voces acusatorias que se refieren insistentemente a Alemania y tentativas de involucrar a personas cercanas al Papa. Creo que la sociología tiene mucho que decir al respecto y no debería callarse por miedo de crear algún descontento. La actual polémica sobre los sacerdotes pedófilos –considerada desde el punto de vista del sociólogo– representa un ejemplo típico de «pánico moral». Este concepto nació en los años Setenta para explicar cómo algunos problemas son objeto de una «hiperconstrucción social».

Más precisamente los «pánicos morales» han sido definidos como problemas socialmente construidos y caracterizados por una amplificación sistemática de los datos reales, sea en la representación mediática que en la discusión política. Se ha mencionado otras dos características como típicas de los «pánicos morales». En primer lugar, problemas sociales que existen desde hace décadas son reconstruidos en las narrativas mediáticas y políticas como si fueran «nuevos», o como objeto de un presunto y dramático incremento recientemente. En segundo lugar, su incidencia es exagerada por estadísticas folklóricas que, aunque no están confirmadas por estudios serios, son repetidas de un medio desde comunicación a otro, pudiendo así inspirar campañas mediáticas persistentes.

Philip Jenkins ha subrayado el papel que, en la creación y gestión de estos pánicos, desempeñan los «empresarios morales», cuyos propósitos no siempre están claros. Los «pánicos morales» no hacen bien a nadie. Distorsionan la percepción de los problemas y comprometen la eficacia de las medidas que deberían resolverlos. A un mal análisis no puede sino seguir una mala intervención. Hablemos claro: los «pánicos morales» tienen en sus inicios condiciones objetivas y peligros reales. No inventan la existencia de un problema, pero exageran sus dimensiones estadísticas. En una serie de valiosos estudios el mismo Jenkins ha mostrado cómo la cuestión de los sacerdotes pedófilos es quizás ejemplo más típico de un «pánico moral». En él se hallan presentes, en efecto, los dos elementos característicos: un dato real como punto de partida y una exageración de este dato por obra de ambiguos «empresarios morales».

Comencemos por el dato real. Existen sacerdotes pedófilo, Algunos casos son al mismo tiempo estremecedores y repugnantes, y han llevado a la condena definitiva de sus autores, que en ningún momento se han declarado inocentes. Estos casos –en los Estados Unidos, Irlanda, Australia– explican las severas palabras del Papa y su pedido de perdón a las víctimas. Aun cuando los casos fueran sólo dos –por desgracia son muchos más– serían siempre demasiados. Pero desde el momento que pedir perdón –aunque sea cosa noble y oportuna– no basta, sino que es necesario evitar que los casos se repitan, no es indiferente saber si éstos son dos, doscientos o veinte mil. Y tampoco es irrelevante saber si el número de casos es mayor o menor entre sacerdotes y religiosos católicos que en otras categorías de personas. Los sociólogos a menudo son acusados de trabajar fríamente sobre cifras, pero no se olvide que en este asunto detrás de cada número hay un caso humano.

Las cifras, aunque no sean suficientes, son necesarias. Son el presupuesto de todo análisis adecuado. Para entender cómo de un dato trágicamente real se ha pasado a un «pánico moral» es, pues, necesario preguntarse cuántos son los sacerdotes pedófilos. Los datos más completos han sido recogidos en los Estados Unidos, donde en el año 2004 la Conferencia Episcopal encargó un estudio independiente al John Jay College of Criminal Justice de la City University de Nueva York, che no es una universidad católica y es reconocida unánimemente como la más autorizada institución académica de los Estados Unidos en materia de criminología.

Este estudio nos dice que, entre 1950 y 2002, 4.392 sacerdotes estadounidenses (sobre más de 109.000) fueron acusados de relaciones sexuales con menores. De éstos poco más de un centenar fueron condenados por tribunales civiles. El bajo número de condenas por parte del Estado depende de diferentes factores. En algunos casos las verdaderas o presuntas víctimas habían denunciado a sacerdotes ya difuntos, o se habían agotado los plazos de prescripción. En otros, a la acusación y la condena canónica no correspondía la violación de la ley civil: es el caso, por ejemplo, en varios Estados norteamericanos, de un sacerdote que hubiera mantenido una relación consentida con una o también con un menor de más de 16 años.

Pero existen también muchos casos clamorosos de sacerdotes inocentes acusados. Estos casos incluso se multiplicaron en los años Noventa, cuando algunos bufetes legales descubrieron que podían arrancar compensaciones millonarias en base hasta de simples sospechas. Los llamados a la «tolerancia cero» están justificados, pero tampoco debería haber ninguna tolerancia para los que calumnian a sacerdotes inocentes. Añado que para los Estados Unidos las cifras no cambiarían significativamente en el período 2002-2010, pues ya el estudio del John Jay College señalaba el «declive notabilísimo» de los casos a comienzos de los años 2000.

Ha habido pocas acusaciones nuevas y poquísimas condenas a causa de las medidas rigurosas introducidas tanto por los obispos estadounidenses como por la Santa Sede. ¿Afirma acaso el estudio del John Jay College, come a menudo se lee, que el 4% de los sacerdotes norteamericanos son «pedófilos»? De ningún modo. De acuerdo con esa investigación el 78,2% de las acusaciones se refiere a menores que han alcanzado la pubertad. Tener relaciones sexuales con una chica de diecisiete años no es ciertamente algo encomiable, mucho menos para un sacerdote, pero no es pedofilia. Por lo tanto, los sacerdotes acusados de verdadera pedofilia en los Estados Unidos son 958 en 52 años, unos 18 al año.

Las condenas fueron 54, prácticamente una al año. El número de condenas penales de sacerdotes y religiosos en otros países es similar al de los Estados Unidos, aunque para ninguno de ellos se dispone de un estudio completo como el del John Jay College. Frecuentemente se citan una serie de informes gubernamentales en Irlanda, que definen como «endémica» la presencia de abusos en los colegios y en los orfanatos (masculinos) gestionados por algunas diócesis y órdenes religiosas. No hay dudas de que en tales instituciones haya habido casos –incluso muy graves– de abusos sexuales sobre menores en ese país. El examen sistemático de esos informes muestra, en cualquier caso, que muchas de las acusaciones se refieren al uso de medios de corrección excesivos o violentos. El llamado Informe Ryan de 2009 –que emplea un lenguaje muy duro respecto a la Iglesia Católica– reporta, sobre 25.000 alumnos de colegios, reformatorios y orfanatos durante el período que examina, 253 acusaciones de abusos sexuales sobre chicos y 128 sobre chicas, no todos atribuidos a sacerdotes, religiosos o religiosas, de diferente naturaleza y gravedad, raramente referidos a niños prepúberes. Dichas acusaciones raramente han desembocado en condenas.

Las polémicas de estas últimas semanas que tienen que ver con situaciones surgidas en Alemania y Austria muestran una característica típica de los «pánicos morales»: se presentan como «nuevos» hechos que se remontan a hace muchos años, en algunos casos hasta de más de treinta años, y en parte ya conocidos. El hecho de que –con particular insistencia en lo que toca al área geográfica bávara, de la que es natural el Papa– sean presentados en la primera plana de los diarios acontecimientos de los años Ochenta como si hubieran tenido lugar ayer mismo, y nazcan de ellos capciosas polémicas en forma de ataque concéntrico, que cada día anuncia en estilo sensacionalista nuevos «descubrimientos», muestra bien cómo el «pánico moral» es promovido por «empresarios morales» de manera organizada y sistemática.

El caso que –como han titulado algunos periódicos– «involucra al Papa» es, a su manera, de libro. Se refiere a un episodio en el que un sacerdote de Essen, culpable de abusos, fue acogido en la Archidiócesis de Münich y Frisinga, de la cual fue ordinario el actual Pontífice, remontándose el asunto a 1980. El caso salió a la luz en 1985 y fue juzgado por un tribunal alemán en 1986, llegándose a establecer que la decisión de acoger en la Archidiócesis al sacerdote en cuestión no había sido tomada por el cardenal Ratzinger, que ni siquiera sabía de ella, lo cual no es extraño en una gran diócesis con una compleja burocracia.

Debería preguntarse uno por qué en estos momentos un diario alemán decide exhumar el caso y llevarlo a primara plana 24 años después de la sentencia. Una pregunta desagradable –porque simplemente el plantearla parece que es como ponerse a la defensiva y no consuela a las víctimas– pero importante consiste en si ser sacerdote católico es una condición que comporta un riesgo de convertirse en pedófilo o de abusar sexualmente de menores –ambas cosas que, como se ha visto, no coinciden, ya que quien abusa de una persona de dieciséis años no es un pedófilo (Este paréntesis es mío. A la luz de lo que varias veces ha surgido en este artículo, parece que en USA, el abuso sexual a una persona de más de 16 años, no es pedofilia. Aunque la calificación moral de abusar de una persona de 17 años a mí me sigue pareciendo terrible, como al autor del artículo, que así lo expresa más arriba, es cierto que hay que poner algún límite de edad para el calificativo de pedofilia, aunque los 16 años se me antojen bajos)– más elevado respecto al resto de la población.

Responder a esta pregunta es fundamental para descubrir las causas del fenómeno y, por lo tanto, poder prevenirlo. De acuerdo con los estudios de Jenkins, si se compara la Iglesia Católica de los Estados Unidos con las principales denominaciones protestantes se descubre que la presencia de pedófilos es –según las denominaciones– de dos a diez veces más alta entre los pastores protestantes respecto a los sacerdotes católicos. La cuestión es importante porque muestra que el problema no es el celibato: los pastores protestantes, en su mayor parte, son casados. En el mismo período en el que un centenar de sacerdotes norteamericanos era condenado por abusos sexuales a menores, el número de profesores de gimnasia y entrenadores de equipos deportivos juveniles –también éstos casados en su gran mayoría– juzgado culpable del mismo delito por los tribunales estadounidenses rozaba los seis mil.

Los ejemplos podrían continuar, y no sólo en los Estados Unidos. Sobre todo, ateniéndonos a los informes periódicos del gobierno norteamericano, cerca de dos tercios de las molestias sexuales a menores no provienen de extraños o de educadores –incluyendo sacerdotes y pastores– sino de familiares: padrastros, tíos, primos, hermanos y, desgraciadamente, también padres. Datos semejantes existen para muchos otros países. Aunque sea políticamente incorrecto decirlo, hay un dato que es bastante más significativo: más del 80% de los pedófilos son homosexuales, es decir, varones que abusan de otros varones. Y –citando una vez más a Jenkins– más del 90% de los sacerdotes católicos condenados por abusos sexuales a menores y pedofilia es homosexual. Si en la Iglesia Católica puede haber habido efectivamente un problema, éste no tiene nada que ver con el celibato sino con una cierta tolerancia de la homosexualidad, en especial en los seminarios en los años Setenta, cuando fue ordenada la gran mayoría de sacerdotes más tarde condenados por tales abusos. Es un problema que Benedicto XVI está corrigiendo enérgicamente.

(Párrafo mío. Un amigo mío estaba haciendo hace unos años un viaje en una roulote por la América profunda, el medio oeste, cuando en una pequeña ciudad se encontró con un alboroto. Varios medios de comunicación habían acudido, alertados de que había un sacerdote católico sorprendido en pederastia. Acudieron como las moscas a un panal de rica miel. Pero cuando se enteraron de que el sorprendido no era un sacerdote católico, sino un pastor protestante, se fueron con gran decepción y sin cubrir la noticia. ¿Por qué será?)

En términos más generales, el retorno a la moral, a la disciplina ascética, a la meditación sobre la verdadera y gran naturaleza del sacerdocio, constituyen el antídoto último a la auténtica tragedia que es la pedofilia. También para esto debe servir al Año Sacerdotal. Respecto a 2006 –cuando la BBC emitió el documental-basura sobre el parlamentario irlandés y activista homosexual Colm O’Gorman– y a 2007 –cuando Santoro propuso la versión italiana en el programa Annozero de Raidue– non hay, en realidad, nada nuevo, excepto la creciente severidad y vigilancia de la Iglesia.

Los casos dolorosos de los que más se habla en estas semanas no son siempre inventados, pero se remontan a veinte o incluso a treinta años hace. Tal vez sí hay alguna novedad. ¿Para qué exhumar en 2010 casos antiguos o muy a menudo ya conocidos al ritmo de uno por día, atacando cada vez más directamente al Papa –ataque, por lo demás, paradójico si se considera la enorme severidad del cardenal Ratzinger antes y de Benedicto XVI después sobre este tema? Los «empresarios morales» que organizan el pánico tienen una agenda que se da a conocer cada vez más claramente y que no está realmente centrada en la protección de los niños. La lectura de ciertos artículos nos muestra cómo lobbies muy poderosos pretenden descalificar preventivamente la voz de la Iglesia con la acusación más infamante y hoy, por desgracia, también más fácil: la de favorecer o tolerar la pedofilia.

2 comentarios:

Napoleon03@gmail.com dijo...

Hace pocos días, se tranmitió vídeo en univision.com tv, sobre pastor protestante sorprendido manoseando a un muchacho. Ahora no encuentro nada sobre eso, y necesito escribir algo. ¿Me ayuda?

napoleon03@gmail.com
http://napoleon03.wordpress.com/

Anónimo dijo...

Hola Napoleón3, soy Tomás

La verdad es que sé muy poco de la pederastia entre los pastores protestantes. Parece, aunque no lo tengo comprobado que la incidencia es mucho mayor que entre los sacerdotes católicos. Lo que sí es absolutamente cierto es que los medios le prestan infinitamente menos atención que a la pederastia entre los sacerdotes católicos.

Hace poco, un amigo mío que estaba haciendo turismo en USA con una roulotte, llegó a un pequeño pueblo del medio oeste americano y se encontró con un revuelo de periodistas de distintos medios y TV. Habían recibido la noticia de que había en el pueblo un sacerdote católico pederasta. Pero resultó que era un pastor protestante y los periodistas se fueron decepcionados.

¿Por qué será? Apuesto que tiene que ver con la identificación que hace Antonio Gramsci de la Iglesia católica como uno de los soportes de la civilización occidental. Por eso, los que quieren hacer un nuevo mundo utópico, como Zapatero y otros, que si lo logran acabaría en terror, tienen el punto de mira en la Iglesia católica y les importan tres pitos los pastores protestantes pederastas. Ya lo apunta Marcello Pera en su artículo.

Saludos.

Tomás