19 de septiembre de 2010

Más sobre Stephen Hawking y Dios

Tomás Alfaro Drake

A raíz de mi entrada anterior sobre Stephen Hawking, un amigo mío me hace un comentario por mail en vez de a través del blog. Como me parece interesante, hoy le contesto en el blog.

Me dice:

“Ya echaba yo de menos tu opinión sobre el tema de Stephen Hawkins

A mi me parece que vivir una vida entera en su situación física sin la creencia en Dios tiene que ser tan terrible que se le debería poder perdonar cualquier desliz. Me parece tan meritorio encontrar fuerzas para superar una situación así sin la ayuda de la fe que no tengo más remedio que descubrirme ante su valor personal.

Otro tema es si su prestigio científico le permite el salto de materia, pretendiento extender aquel prestigio sobre otros asuntos que no le son propios.

No obstante gracias por arrojar luz una vez más sobree este tema.

Que dura es a veces la vida incluso creyendo en Dios.
¡¡¡ Qué difícil debe ser vivir sin creer en él para nada !!!

Abrazos”

Le contesto:

Querido XXX:

Perdona el retraso en contestarte.

Desde luego, vivir una vida como la de Hawking sin fe, debe ser terrible y, también desde luego, a Hawking, como a cualquier ser humano, se le debería poder perdonar cualquier desliz. Lo que no me parece tan claro es lo de meritorio. Es tan meritorio como lo del que se muere de hambre para dar en la cabeza a alguien que le quiere y que le pone una suculenta comida al alcance de la mano. ¡Qué merito! ¡Se ha muerto de hambre!

El acto de fe (incluso a nivel humano) es una adhesión libre y racional de la voluntad a algo. Racional no significa que sea consecuencia de una demostración “matemática”. Si mañana tengo un cáncer, me informo de qué éxitos han tenido distintos médicos, analizo la situación (racionalidad) y, sin tener una demostración ineludible de quien es el mejor, elijo libremente uno y me pongo en sus manos (adhesión de la voluntad). Una mente de la inteligencia de Hawking (como la de tantos otros) debería darse cuenta de que es enormemente más razonable que exista Dios que lo contrario. Por lo menos no debería caer en errores de lógica tan flagrantes.

¿Por qué hay gente que no cree? Porque, con su libertad, se niega a hacer la adhesión de la voluntad y, esa negación le impide ver las razones o, incluso, le impulsa a falsearlas. Es como si, por motivos personales, no quiero ver los méritos de un médico, por bueno que sea, para elegirme como aquél en cuyas manos me ponga.

¿Por qué hay tanta gente que se niega ese acto de adhesión de la voluntad a Dios? Lo ignoro. Supongo que habrá millones de causas, tantas como personas que no tienen fe. Sin embargo, me atrevo a agruparlas en varias categorías.

a) Porque les molesta que haya un ser superior que les “fiscalice” o, simplemente que sea superior (soberbia).
b) Porque les parece que aceptarlo tendría para ellos unas exigencias que no les apetecen (perdona el término apetecer que es frívolo, pero es para entendernos. Pereza).
c) Porque les da miedo. (Falta de entendimiento de qué y cómo es Dios, al menos le Dios en el que creemos los cristianos).
d) Porque les parece que el mal del mundo no puede conciliarse con un Dios bueno (Problema complicadísimo desde todos los puntos de vista, pero que no se arregla, ni mucho menos, negando a Dios. Por negarlo no va a desaparecer el mal del mundo y, sin embargo, muchos que creen en Dios contribuyen a que el mundo sea un poco mejor). En el fondo aquí hay también un desconocimiento de las creencias cristianas.
e) Porque les escandaliza el comportamiento de la Iglesia en la historia. Sin embargo, aunque siempre hay motivos reales para el escándalo, detrás de esto hay una aceptación acrítica de una propaganda antiigleia de la Iglesia que exagera y deforma enormemente lo que ésta ha hecho mal y silencia absolutamente todo el inmenso bien que ha hecho a la humanidad.
f) Porque les escandaliza la mediocridad, tibieza e, incluso hipocresía de tantos cristianos. También en este caso hay una visión propagandísticamente sesgada, porque siendo cierto lo anterior, no quieren ver el brillo de tantos santos maravillosos que la Iglesia ha dado el mundo ni el resplandor difuso pero maravilloso de aquéllos a los que Joseph Malêgue llamaba “la clase media de la santidad”, que siempre ha iluminado al mundo.
g) Porque los cristianos no hemos sabido explicarle al mundo, o se lo hemos explicado mal –incluso muy mal –, las maravillas de nuestra fe y del Dios en el que creemos, del que esperamos y al que amamos.
h) Por papanatería intelectual que hace que parezca más inteligente el ser agnóstico.
i) Etc. etc. etc.
j) Una mezcla de todas las anteriores.

Así que, a Hawking, Dios le ha puesto delante un suculento plato de Vida. Si, por cualquiera de las causas anteriores no se lo quiere comer… qué pena me da, pero admirarle por eso, pues va a ser que no. Le admiro, pero por otras cosas. Por esta me da una profunda pena y rezo por él.

Una palabra sobre el agnóstico acomodado en ese agnosticismo. Respeto muchísimo al ateo, hace un acto libre y racional de adhesión de su voluntad a algo (un acto de fe). No entiendo, es cierto, que intenten arrastrar militantemente a otros a su increencia. Entiendo el apostolado tolerante de un creyente, porque piensa que está ofreciendo a los demás un tesoro que él ha encontrado y que puede llevar la felicidad a quien quiera recibirlo. No entiendo, sin embago, el ateísmo militante que pretende, en nombre de una fe (la no fe es una fe) que es personal, llevar a cabo una cruzada personal para quitarles a otros la suya. Respeto enormemente al que busca sin encontrar y sigue buscando, como un Unamuno o un Pawels. Porque me parece que debemos mucho a estos agnósticos buscadores hasta la muerte. Creo que esa búsqueda está siempre coronada por el encuentro, aunque sea en la hora undécima, y que esa vida de búsqueda beneficia misteriosamente a muchos a través del Cuerpo Místico de Cristo. San Anselmo decía a Dios: “Te buscaré deseándote, de desearé buscándote. Amándote te encontraré, encontrándote te amaré”. Pero lo de “no sé si Dios existe o no, pero me da igual”, me parece totalmente irracional e insensato. Del hecho de que Dios exista o no, se derivan tantas cosas para el sentido de nuestra vida, para aquello de ¿quiénes somos, de dónde venimos, qué va a ser de nosotros?, que el “ni lo se ni me importa”, aplicado a la existencia de Dios me parece de necios.

En cuanto a la debilidad, me sorprende que una alumna, a la que supongo jovencita, y que tal vez no haya experimentado la dureza de la vida, dé carta de fortaleza y debilidad a unos y otros. La verdad es que todos somos débiles ante la contundencia de la vida. El que diga que no, que se tiente la ropa. Y esa debilidad sólo se puede fortalecer con metas que van más allá del horizonte inmediato. La ilusión de acabar una carrera, de casarse, de tener hijos, de educarlos, etc. Para otros puede ser tener éxito profesional o forrarse. Para muchos, una mezcla razonable de todas estas cosas. El existencialismo sartriano afirma que “el hombre es una pasión inútil”, pero ni el mismo Sartre se lo creía, según revela al final de su vida en su entrevista en el periódico socialista “Le nouvel observateur”, bajo el título, “La esperanza, ahora”. Y entre los que se han creído lo que Sartre les ha contado sin creérselo él mismo, la náusea ha hecho estragos, llegando en muchos hasta el suicidio.

Pero lo cierto es que a medida que pasa la vida y uno tiene más o menos éxito en esas metas, la pregunta inevitable es: ¿Y ahora qué? Si no tiene éxito en ellas, y nadie lo tiene en todo, la amargura y el desengaño están al acecho. Llegar es insuficiente y quedarse corto, frustrante. Ahí estamos todos. Y al final, si vivimos lo suficiente, la decrepitud nos espera pacientemente. Entonces, ¿qué meta queda? Solamente una meta que trascienda todas las miserias humanas. Una meta que además es persona, Dios. Una persona que además es hombre, y un hombre que ha vencido a la muerte, Cristo. Una meta activa, no una meta pasiva. Una meta que nos ama, nos busca y nos encuentra ella, si nos dejamos encontrar.

¿Es ser débil, tener una meta así? Me importa tres pitos la respuesta sobre la debilidad de quien la tiene o la fortaleza de quien la niega. Lo único importante es si esa meta es verdad o mentira. Si es mentira y la adoptamos, somos, como decía san Pablo, los más miserables de los hombres. Si es verdad y no la adoptamos, somos los más estúpidos. Al final, la disyuntiva está entre dos visiones. Por un lado, la expresada por Macbeth en la tragedia Shakespeariana, cuando, al ver cómo se derrumba su perversa meta dice: “La vida es un cuento sin sentido contado con gran aparato por un idiota”. Por otro está la que nos hace decir, como a Jacques Rivière: “La vida es, quizá, una tragedia, una comedia, una ilusión, una historia de locos; pero quizá no sea sólo eso, quizá sea el envés de otra cosa. El doloroso envés de una llamada a ese otro reino que no osamos esperar y, al mismo tiempo, esperamos con toda nuestra alma”. Por tanto, basta de psicologismos estériles y busquemos esa verdad, ese segundo quizá, esa esperanza, con toda nuestra fuerza, inteligencia, deseo y amor, como san Anselmo. Ojalá todos los días nos preguntásemos, llenos de asombro, como lo expresaba el entonces cardenal Ratzinger en su “Introducción al cristianismo”: “¿Y si fuese verdad?” y todos los días encontrásemos razones, de la razón y del corazón, para creer.

Perdona el rollo.

Un fuerte abrazo.

Tomás

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Soy nuevo en la plaza, estoy encantadode haber llegado aquí. Me ha emocionado su forma de explicar y en concreto como lo ha hecho en este artículo. Muchas gracias. Ya esta el blog entre mis Favoritos con letras gandes.

Anónimo dijo...

Querido Anónimo, soy Tomás:

Lo orimero, bienvenido al blog y gracias por ponerlo entre tus favoritos. Te pediría que, además de ponerlo, lo recomiendes a otros.

He releido lo que escribí, y lo quiero completar con una frase de un discurso del Papa en su reciente viaje a Alemania. Dice:

"Jesús retoma en el Evangelio este tema fundamental de la predicación profética. Narra la parábola de los dos hijos enviados por el padre a trabajar en la viña. El primer hijo responde: "«No quiero». Pero después se arrepintió y fue" (Mt 21, 29). El otro, sin embargo, dijo al padre: "«Voy, señor». Pero no fue" (Mt 21, 30). A la pregunta de Jesús, sobre quién de los dos ha hecho la voluntad del padre, los que le escuchaban responden: "El primero" (Mt 21, 31). El mensaje de la parábola es claro: no cuentan las palabras, sino las obras, los hechos de conversión y de fe. Jesús dirige este mensaje a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, es decir, a los que entienden de religión en el pueblo de Israel. En un primer momento, ellos dicen "sí" a la voluntad de Dios, pero su religiosidad acaba siendo una rutina, y Dios ya no les inquieta. Por esto perciben el mensaje de Juan el Bautista y de Jesús como una molestia. Así, el Señor concluye su parábola con palabras drásticas: "Los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y las prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis" (Mt 21, 31-32).

Traducida al lenguaje de nuestro tiempo, la afirmación podría sonar más o menos así: los agnósticos que no encuentran paz por la cuestión de Dios; las personas que sufren a causa de nuestros pecados y tienen deseo de un corazón puro, están más cercanos al Reino de Dios que los fieles rutinarios, que ya solamente ven en la Iglesia el boato, sin que su corazón quede tocado por la fe.

De este modo, la palabra de Jesús nos debe hacer reflexionar, es más, nos debe impactar a todos. Sin embargo, esto no significa en modo alguno que todos los que viven en la Iglesia y trabajan en ella deban ser considerados alejados de Jesús y del Reino de Dios. No, absolutamente no. En este momento, más bien debemos dirigir una palabra de profundo agradecimiento a tantos colaboradores, empleados y voluntarios, sin los cuales sería impensable la vida en las parroquias y en toda la Iglesia. La Iglesia en Alemania tiene muchas instituciones sociales y caritativas, en las cuales el amor por el prójimo se lleva a cabo de una forma socialmente eficaz y que llega a los confines de la tierra".

Seamos de esos cristianos ardientes.

Un abrazo.

Tomás