19 de febrero de 2012

Respuesta a Juan Manuel de Prada sobre la reforma laboral

Tomás Alfaro Drake

Hoy no me queda más remedio que escribir sobre dos personas a las que admiro. Y digo que no me queda más remedio porque tengo que escribir discrepando seriamente de ellos. Me refiero a Juan Manuel de Prada y, por alusiones de éste, a G.K. Chesterton. De ambos admiro su ingenio apologético en cuestiones de la fe y la moral cristianas. No hay más que echar un vistazo a mi blog para ver que ambos han dejado su impronta en él, si bien, he intentado huir de su, a veces, demasiado cáustica descalificación de sus oponentes.

Sin embargo, ambos patinan cuando hablan de sistemas económicos. Y es que ninguno de los dos tiene conceptos claros en este campo. Chesterton, junto con Hilaire Belloc, también profano en temas de economía, idearon un sistema económico más bucólico que factible: el distributismo. Afortunadamente para la humanidad nunca se ha llevado a cabo semejante experimento económico salvo, tal vez, en diminutas comunidades. Si se hubiese intentado hacer a gran escala, su consecuencia hubiese sido, a buen seguro, el hambre para buena parte de la humanidad. Un entendimiento restrictivo de la doctrina social de la Iglesia, les llevó a ambos a un furibundo anticapitalismo.

Sin embargo, jamás, y repito, jamás, la doctrina social de la Iglesia ha condenado el capitalismo como tal. Sí ha condenado el socialismo como intrínsecamente perverso, pero nunca el capitalismo. Por supuesto que la DSI ha condenado prácticas perversas en el capitalismo. Habría que ser un ciego o un estúpido para no condenarlas. Pero condenar el uso perverso de algo no es condenar ese algo. La lujuria es condenable porque es el apetito desordenado del sexo, pero eso no hace malo al sexo. La avaricia es mala porque es el apetito desordenado de riquezas, pero eso no hace malas las riquezas. Y así podría seguir con todos los pecados capitales. La soberbia y la excelencia. La ira y la indignación. La gula y la comida. Hasta algo tan “bondadoso” como el pan puede usarse para el mal y algo tan “perverso” como una ametralladora puede usarse para el bien. Pero, como dice Benedicto XVI en su encíclica “Caritas in veritate” refiriéndose al capitalismo: De esta forma, se puede llegar a transformar medios de por sí buenos en perniciosos. Lo que produce estas consecuencias es la razón oscurecida del hombre, no el medio en cuanto a tal. Por eso, no se deben hacer reproches al medio o instrumento, sino al hombre, a su conciencia moral y a su responsabilidad personal y social”[1]

Si es cierto que en el debe del capitalismo, como en el de cualquier actividad humana, hay que poner dichos excesos –soy el primero en condenarlos–, no lo es menos que en el haber, hay que poner una impresionante escalada de bienestar material, que no es el bienestar más importante, pero ayuda. Y si los hombres hemos usado mal ese impresionante bienestar material, la culpa, una vez más, no es del capitalismo, sino nuestra. Creo que la DSI ha hecho mucho más de lo que la sociedad actual está dispuesta a reconocer por limar del capitalismo estas prácticas perversas. Pero no me cabe duda de que si León XIII, o Pio XI, levantasen la cabeza y viesen el capitalismo de hoy, aún con sus evidentes lacras que los actuales pontífices condenan, no darían crédito a sus ojos. Leyendo la Rerum Novarum y la Cuadragesimo Anno, publicadas en 1891 y en 1931 respectivamente, uno se siente transportado a un mundo mucho más salvaje, económicamente hablando, que el actual. Ciertamente que el capitalismo sigue teniendo, y tendrá siempre, asignaturas pendientes. Pero el saldo entre el debe y el haber es claramente positivo a su favor.

A veces, entre los apologetas más eximios, se puede caer en el exceso de ser más papistas que el Papa. Y eso es lo que les ha ocurrido, creo yo, y lo digo con pesar por mi admiración hacia ellos, a Chesterton y a Prada. Es precisamente un artículo de Juan Manuel de Prada en religionenlibertad, el que provoca estas líneas. Creo que es bueno, para la continuación de las mismas, que lo adjunte íntegro: Ahí va:

Hace casi un siglo, Chesterton, analizando la obra de Aldous Huxley Un mundo feliz, donde se nos describe una sociedad futura sometida a un feroz proceso de alienación, escribía:

—Pero esta misma obra se está realizando en nuestro mundo. Son gente de otra clase quienes la llevan a cabo, en una conspiración de cobardes. (...) Nunca se dirá lo suficiente que lo que ha destruido a la familia en el mundo moderno ha sido el capitalismo. Sin duda podría haberlo hecho el comunismo, si hubiera tenido una oportunidad fuera de esa tierra salvaje y semimongólica en la que florece actualmente. Pero, en cuanto a lo que nos concierne, lo que ha destruido hogares, alentado divorcios y tratado las viejas virtudes domésticas cada vez con mayor deprecio, han sido la época y el poder del capitalismo. Es el capitalismo el que ha provocado una lucha moral y una competencia comercial entre los sexos; el que ha destruido la influencia de los padres a favor de la del empresario; el que ha sacado a los hombres de sus casas a la busca de trabajo; el que los ha forzado a vivir cerca de sus fábricas o de sus empresas en lugar de hacerlo cerca de sus familias; el que ha alentado por razones comerciales un desfile de publicidad y chillonas novedades que es por naturaleza la muerte de todo lo que nuestras madres y nuestros padres llamaban dignidad y modestia.

Chesterton definía el capitalismo como una «conspiración de cobardes», porque tal proceso de alienación social no lo desarrolla a las bravas, al modo del gélido cientifismo comunista, sino envolviéndolo en coartadas justificativas más o menos merengosas (pero con un parejo desprecio de la dignidad humana). Lo vemos en estos días, en los que se nos trata de convencer de que una reforma laboral que limita las garantías que asisten al trabajador en caso de despido o negociación de sus condiciones laborales... ¡favorece la contratación! Es algo tan ilógico (o cínicamente perverso) como afirmar que el divorcio exprés favorece el matrimonio, o que la retirada de vallas favorece la propiedad; pero el martilleo de la propaganda y la ofuscación ideológica pueden lograr que tales insensateces sean aceptadas como dogmas económicos. Lo que tal reforma laboral favorece es la conversión del trabajador en un instrumento del que se puede prescindir fácilmente, para ser sustituido por otro que esté dispuesto a trabajar —a modo de pieza de recambio más rentable— en condiciones más indignas, a cambio de un salario más miserable. Pero toda afirmación ilógica encierra una perversión cínica: del mismo modo que de un divorcio se pueden sacar dos matrimonios, de un despido también se pueden sacar dos puestos de trabajo (y hasta tres o cuatro); basta con desnaturalizar y rebajar la dignidad de la relación laboral que se ha roto, sustituyéndola por dos (y hasta tres o cuatro) relaciones degradadas, en las que el trabajador es defraudado en su jornal. Y defraudar al trabajador en su jornal es un pecado que clama al cielo; lo recordaba todavía Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens.

Lo que subyace en esta reforma laboral es la conversión del trabajo en un mero «instrumento de producción»; en donde se quiebra el principio medular de la justicia social, que establece que «el trabajo es siempre causa eficiente primaria, mientras el capital, siendo el conjunto de los medios de producción, es sólo un instrumento o causa instrumental» (Laborem exercens, 12). La quiebra del orden social del trabajo, la «conspiración de los cobardes» que avizorase Chesterton hace casi un siglo, prosigue implacable sus estrategias. Y llegará, más pronto que tarde, la venganza del cielo.

Comparar nuestra época –no sé la de Chesterton, no he vivido en ella– con el “Mundo feliz” de Huxley, me parece que es no tener ojos en la cara. Decir que el capitalismo ha destruido la familia o ha alentado divorcios o ha destruido la influencia de los padres o ha forzado a la gente a vivir fuera de sus casas o que la publicidad es por naturaleza la muerte de todo lo que nuestras madres y nuestros padres llamaban dignidad y modestia, es, en el mejor de los casos, de un simplismo empobrecido. O tal vez un mero ejercicio de ingenio practicado desde una comodidad brindada por el capitalismo que uno desprecia pero no rechaza. Es olvidar una buena parte de la historia y ver el pasado con las lentes de Jorge Manrique cuando afirma que “a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado, fue mejor”. Millones de personas llevan una vida de familia enormemente digna en las sociedades capitalistas y, quien no la lleva, seguramente pueda culpar –o hasta, masoquistamente, agradecer– de su indigna vida familiar a cientos de causas ajenas al capitalismo. Y la gente que vivía en el bucólico campito en el siglo XVIII, por no ir más atrás en el tiempo, perdía a un alto porcentaje de sus hijos en la infancia, trabajaba de sol a sol pasando auténtica hambre y moría como viejo a una edad que ahora nos parece plena juventud. Por muy terrible que nos parezca –y a mí me lo parece el primero– la condición del proletariado de la revolución industrial, no hay que olvidar que se iban del campo a la ciudad, a esa terrible explotación, por una sola razón: porque lo que tenían era todavía peor que eso. Pero, claro, es muy cómodo, instalado en el bienestar del siglo XXI, sin haber vivido lo que ellos habían vivido, dejarse llevar por un sentimiento bucólico-romántico y decir que todos ellos eran unos pobres alienados. Si hay algo que cualquier historiador serio sabe, es que la historia no puede juzgarse desde las realidades de un futuro que todavía no existía cuando ella iba ocurriendo.

Claro que la reforma laboral favorece la contratación. Porque cuando se defienden a ultranza puestos de trabajo en actividades obsoletas, se detraen recursos que permitirían crear más en actividades económicas innovadoras que creasen valor para toda la sociedad. La defensa a ultranza de los puestos de trabajo improductivos, es estupenda para los que tienen ese trabajo, pero destructiva para los que están en el paro. Y los parados lo saben. Claro que la reforma laboral favorece la contratación. Porque cuando un empresario sabe que cuando contrata a un trabajador se ha casado con él para toda la vida, hace una cosa muy sencilla, no contratarle. Claro que la reforma laboral favorece la contratación. Porque cuando los salarios tienen que subir, necesariamente el IPC, unas empresas tienen menos trabajadores mejor pagados y otras, directamente, cierran. Buena prueba de todo ello es que, cuando en los momentos del boom económico, España era el país que más crecía, era, al mismo tiempo, el que mayor tasa de paro tenía. Y eso era así, precisamente por nuestro rígido sistema laboral. Sistema laboral que es, además, semillero de irresponsabilidad. Y si siguiésemos así, España acabaría siendo capaz de dar trabajo tan sólo a los embotelladores de sol.

Por supuesto, que la tendencia no se invierte en un día, los economistas (y los conductores, y los pilotos, y los malabaristas) saben que cuando se hace algo para cambiar la tendencia de algo, la dirección anterior no se invierte de golpe. Hace falta tiempo y fuerza. El paro seguirá subiendo en los próximos meses, pero se estarán sembrando las semillas de una sociedad donde el paro no sea crónico.

Pero los sindicatos, anquilosados y decimonónicos, no están para defender a los parados, sino a los que tienen trabajo. O a ellos mismos. Porque, en el fondo, lo que más les molesta a estos sindicatos de esta reforma laboral, es que les quita poder. Porque ya no van a poder imponer sus convenios colectivos a todos los trabajadores, sino que las empresas que lo acuerden libremente con sus trabajadores, podrán defender los puestos de trabajo mejor desmarcándose de esos convenios absurdos. Porque ven que su ejército de liberados –léase vagos– está en peligro de desaparecer. Y, desagraciadamente, parece que Juan Manuel de Prada, hombre de aguda inteligencia, ha caído en el burdo simplismo del razonamiento sindical y de los indignados de la Puerta del Sol.

Llamar cobarde –o explotador– a un emprendedor que arriesga su comodidad y renuncia a la seguridad de un sueldo para hacer realidad un sueño y convertirse así en empresario fundando una empresa que, además de permitirle ganar dinero, cree puestos de trabajo, eso si que me parece una perversión de la lógica. Es la perversión de la lógica del marxismo que, derrotado en el mundo real, se ha enseñoreado sutil y sibilinamente de muchas mentes. Incluso de las más brillantes. Pero, a pesar de esta perversión de la lógica, esta reforma laboral pretende fomentar el emprendimiento empresarial.

Pero, sobre todo, le pediría a Juan Manuel de Prada que no nos amenazase con que llegará, más pronto que tarde, la venganza del cielo. Me parece a mí que, si la forma de actuación del cielo fuese la venganza, cosa que no es así, se le ocurrirían millones de cosas de las que vengarse antes que de esta reforma laboral.



[1] cap. III, nº 36, 2º párrafo.

5 comentarios:

Pedro dijo...

En el tema de la reforma laboral, hay puntos en los que si estoy de acuerdo pero hay otros en los que difiero. La verdad es que hoy en dia se necesita una reforma, pero realmente una reforma que de resultado, hasta hoy en estos años atras ninguna de las reformas a servido para nada, lo digo alto para nada. En la actualidad, no digo que se vaya a crear trabajo de un dia para otro, pero si es verdad que miuchos empresarios están esperando o estaban esperando a ver que pasaba co nesta reforma, si sale para adelante o no. Conozco mas de uno que está a punto de cerrar y otros esperando que ayudas les dan.
Por otro lado los sindicatos se que deben de estar que se suben por las paredes, primero porque les estan quitando fuerza en las empresas y segundo porque van a recibir pero que muchisimo menos dinero para la formación, del cual ellos que lo gestionaban mucho de ese dinero se quedaba por el camino.
En fin esto seria largo de habalr.
Saludos.

Anónimo dijo...

Hola Pedro, soy Tomás: A mí me pasa lo mismo. Es imposible estar de acuerdo al 100% con casi nada, pero, en conjunto, me parece una buena reforma.

Cierto, las reformas hechas hasta ahora no han servido para nada, porque se dejaban llevar por lo políticamente correcto.

Los sindicatos están, claro, que se suben por las paredes, porque pierden poder y manejo de dinero. Circula por ahí un mail de la plataforma ciudadana HazteOír en la que se pide la firma para que las cuentas de los sindicatos, que reciben una pasta gansa del Estado, se auditen. A mí me parecería excelente.

Si estás de acuerdo conmigo y me mandas tu mail en un comentario, que no publicaré, te lo envío.

Un abrazo.

Tomás

Attikus dijo...

Tomás, como siempre, tu artículo me parece muy lúcido.
Yo soy empresario -tengo una pequeña Ingeniería,en Andalucía, con 17 empleados- y estamos pasando lo indecible. Además, tengo una familia de 7 hijos y no creo ser ningún monstruoso explotador (tanto los empleados como yo mismo tenemos ya algunas nóminas de retraso).
Pues bien, lo que yo estoy viendo a mi alrededor es que, cuando una empresa como la mía empieza a tener menos trabajo, se encuentra con el tremendo problema de que, si intenta reducir costes para sobrevivir, es decir, si intenta aligerar su plantilla para poder mantener el resto del empleo, no puede hacerlo porque, para poder pagar las indemnizaciones de los que podrían ir saliendo, tendría que liquidar la empresa.
Cualquier indemnización en situación o tiempos de dificultad corroe la viabilidad de la empresa.
Para evitar la sangría de las indemnizaciones, muchas empresas han esperado a reaccionar, han contemporizado con las crisis y no han/hemos despedido y, en pocos meses, no ha quedado otra alternativa que el concurso. Esto ha sido así.
La reforma laboral no creará empleo de inmediato, quizá a corto provoque un pequeño aumento del desempleo, pero, a medio plazo, evitará la destrucción de muchísimo empleo -no sé porque no se habla de esto- y después facilitará la contratación. No querer ver esto es hablar de lo que no se sabe.
Y lo mas importante.. como tú dices, si Dios nos hiciera pagar nuestros pecados.. al menos a mí me los perdona insistente y amorosamente.
Attikus.

Attikus dijo...

Tomás:

En relación con la aprobación del pago a proveedores de las AAPP, te digo como lo veo yo:

Para las PYMES como la mía es un salvavidas milagroso que nos llega justo a tiempo. Si no se hubiera hecho, el paro se iría a 6 millones en solo unos meses.

Para el país, la entrada en el sistema de 30-40.000 millones ayudará muchísimo a la recuperación, activando el consumo interno sin aumentar el deficit.

Para los bancos, un negocio redondo: obtendrán el dinero del BCE al 1% y nos lo cobrarán al 7%. No les vendrán nada mal estos beneficios, en estos tiempos recios.

Para el Estado, otro negocio redondo: las empresas usaremos el dinero para pagar a nuestros acreedores, el principal de los cuales ¿quién es? pues, precísamente, Hacienda y SegSoc, es decir, que el dinero que introduzca volverá a sus manos rapídamente, después de que haya servido para que las empresas se hayan saneado.

Eso sí, los alcaldes lo van a pasar muy, muy, mal, mucho pero que ahora, en 2.013.

¿Cómo es posible que algo tan evidente no se haya hecho antes? ¿Por evitar cabrear a los alcaldes de tu partido se deja hundir un país?

Attikus.

Anónimo dijo...

Querido Attikus. Me admiras. Empresario con 17 empleados y 7 hijos. Eres un héroe del siglo XXI. El panorama que cuentas no puede ser más cierto y no les vendría mal a los que escriben sobre cómo luchar contra el paro desde la irrealidad darse un paseíto por tu mundo.

Lo de las AAPP es un escándalo. A ver si con estas medidas se arreegla un poco, aunque lo de la quita me parece un trágala.

Si los alcaldes que se han dedicado a hacer estupideces con el dinero del contribuyente lo pasan mal pues... que les... Para ese tipo de alcaldes debería tipificarse un delito en el código penal.

Un abrazo.

Tomás

Un abrazo.

Tomás