27 de abril de 2014

Homenaje a dos nuevos santos

Hoy es un día grande para la Iglesia. Dos nuevos y grandes santos están velando por ella.

Yo quiero, es este día de la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II, sumar mi pequeño homrnaje. Y lo hago con tras cosas que escribí. Una hace unos 10 años, sobre Juan XXIII, en un momento de lucidez. Las otras dos, el día de la muerte de Juan Pablo II. Es posible que estos tres escritos están ya publicados en este blog, pero no me importa repetirlos hoy. Tal vez el conjunto sea un poco largo, pero creo que merece la pena.


3-I-2003

En mitad de la noche, cuando suelen sobrevenirme las ideas importantes, me he despertado con una de ellas. Me dormí, tras leer un poco de historia de la segunda guerra mundial, pensando que esa guerra y Wiston Churchill habían sido el acontecimiento y el personaje más importantes del siglo XX. Evidentemente estas afirmaciones son siempre discutibles, pero creo que no será difícil coincidir conmigo en lo que a la segunda guerra mundial se refiere. Más explicación necesitará Wiston Churchill.

1º de septiembre de 1939. Hitler, tras un pacto contra natura con la Unión Soviética, ataca Polonia. Francia e Inglaterra le declaran la guerra. Los cálculos de Hitler parecen bastante claros. Las mismas potencias, Francia e Inglaterra, que desde hace años venían admitiendo cobardemente su política de hechos consumados, las mismas que hace apenas un año habían salido de Munich satisfechas de su pusilánime actitud y traicionándose bajo cuerda la una a la otra, esas potencias, no serían ahora capaces de otra cosa que una débil política de gestos para salvar la cara. Así interpretó Hitler su negativa a aceptar la paz que él les propuso después de comerse Polonia en unos días. Los hechos le daban la razón una vez más a Hitler. Mientras él se comía, de segundo plato, a Dinamarca y Noruega, los franceses habían bautizado a su guerra contra Alemania con el nombre de “la drôle de guerre” que traducido con cierta libertad podría llamarse “la guerra de coña”. Ingleses y franceses intentaron tímidamente un desembarco en Norvik que quedó en fracaso. No es propio de la historia preguntarse por futuribles, pero hay veces que resulta difícil no hacerlo. ¿Qué hubiera pasado si Francia e Inglaterra, en vez de “la guerra de coña”, hubiesen lanzado un ataque en toda regla sobre Alemania? No lo sé, pero fuese cual fuese su resultado, el mensaje a Hitler hubiese sido muy otro.

En esta situación, unos meses después de que Hitler consumase su fechoría en Polonia, sabía que con un pequeño empujón más, Francia e Inglaterra estarían listas para un nuevo tratado como el de Munich. En Mayo de 1940, Hitler, saltándose la neutralidad de Bélgica y Holanda, ataca Francia que cede como mantequilla. En menos de un mes, se firma un armisticio vergonzante. Ahí queda para la historia comparada el heroico ejemplo del rey de los belgas, Leopoldo III, que se niega a ninguna conversación con los nazis, se niega a ningún armisticio, se niega a formar ningún gobierno títere, se niega a abandonar su patria y, prisionero en su palacio, amenazando con su debilidad al amenazador Hitler, le planta cara durante toda la guerra. Vergüenza histórica para Francia. Todo está sometido a la Alemania nazi. Sólo falta volver la vista a Gran Bretaña y firmar un nuevo y ventajoso tratado que saltarse cuando convenga. Y probablemente así hubiera sido si el mismo día del ataque a Francia, el 10 de Mayo de 1940, el primer ministro británico, Chamberlain, el alma del tragicómico tratado de Munich, no hubiese dimitido y no hubiese ocupado su puesto Wiston Churchill. Y ahí estaba Churchill, para sorpresa de Hitler, armado con el ejemplo de Leopoldo III, haciendo con los dedos la V de la victoria mientras prometía tan sólo “sangre, sudor y lágrimas”, haciendo posible el “nunca tantos han debido tanto a tan pocos” de la batalla aérea de Inglaterra y que la RAF se cubriese de gloria y heroísmo. Así empezó la mayor guerra justa de la historia. Por estas consideraciones pensaba yo que el personaje y el hecho más importantes del siglo XX habían sido Wiston Churchill y la segunda guerra mundial.

Pero el misterio de la mente humana me iba a despertar esta pasada noche para hacerme ver, no sé cómo ni por qué misteriosas relaciones mentales, que otro hecho y otra persona eran los más importantes del siglo XX. Y posiblemente, esta nueva elección me resulte mucho más difícil de justificar que la que acabo de enunciar. Con la llegada, no de un nuevo siglo, sino de un nuevo milenio, me he hartado de ver títulos de conferencias que repetían, después de un prefijo que podía referirse a los negocios, la informática, las telecomunicaciones o a vaya usted a saber qué otra multitud de cosas, la coletilla, “ante el nuevo milenio”. Nunca he tenido demasiada confianza en la capacidad del ser humano para prever el futuro a unos pocos años vista y, mucho menos, a un milenio. Por lo tanto, todas estas conferencias me exasperaban bastante. Eran títulos que pretendían estar orientados al marketing de esos eventos, pero que no pasaban del tópico manido. Por eso me cuesta ahora decir que la persona y el acontecimiento a los que me voy a referir, no sólo han sido los más importantes del siglo XX, sino que creo que serán el parteaguas entre el segundo y el tercer milenio, aunque éste todavía no había empezado ni cuando acabó el Concilio Vaticano II ni cuando murió Juan XXIII.

Contaba yo con once años cuando se inauguró el Concilio Vaticano II y sólo vagamente recuerdo que en el colegio religioso al que iba, rezábamos por él. Tenía doce cuando murió Juan XXIII y recuerdo, viendo en televisión su entierro, como las lágrimas corrían por las mejillas de mi padre, que era un anticlerical muy peculiar. Quizá fueron los efectos inmediatos del Concilio los que, sin yo ser consciente, permitieron que un rescoldo de cristianismo coexistiese en mí con una ideología y un moderado activismo comunista cuando contaba con veintitantos años. Poco a poco, en un largo coloquio conmigo mismo, imbuido de un honesto deseo de búsqueda de la Verdad, el rescoldo de cristianismo se ha hecho llama y mi comunismo se ha transformado en un rechazo frontal de esa ideología que ha traído la miseria y la muerte a muchos millones de seres humanos. Quizá por este cambio de actitud, nunca en los últimos años, hasta el insomnio de ayer, y a pesar de las lágrimas e mi padre, me he sentido muy atraído por el Concilio Vaticano II ni por la figura de Juan XXIII. Mi atención se fijaba en el caos que se apoderó de la Iglesia postconciliar y el avance de corrientes próximas al marxismo dentro de la misma. Me indignaba que pudiera ser verdad, y parecía serlo, el pacto de Metz según el cual, el Concilio no condenaría el comunismo, a cambio de que los obispos de los países del bloque del Este y el mismo Patriarca ortodoxo de Moscú pudiesen asistir al mismo. Creía que, después del daño hecho, parecía que las aguas, muy poco a poco, iban volviendo a su cauce de la mano firme de Juan Pablo II, aunque, por desgracia, dejando tras sí sólo desolación.

Esa era mi actitud hasta ayer. Pero esta noche, de repente, me he despertado pensando en lo difícil que me hubiese resultado ser católico en un una Iglesia como la del siglo XIX o la primera mitad del XX, completamente a la defensiva, amurallada dentro de su fortaleza asediada, aún contando con la promesa de que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Me he preguntado desde cuándo la Iglesia empezó a encastillarse en su fortaleza. He tirado, en medio de la noche, de lo que mi memoria me recordaba sobre lo poco que sé de la historia de la Iglesia. ¿Cómo una Iglesia que había sido capaz de cristianizar un imperio pagano a fuerza de su sangre, que había podido conquistar a dos oleadas de bárbaros conquistadores, germanos y normandos, a cual más sanguinario, que había sabido guardar en su seno y entregar al mundo lo más valioso de la cultura helénica, cómo había llegado a ese aislamiento defensivo del mundo? He visto a la Iglesia como un nexo de unión entre la Eternidad y la Historia entre las que tiene que hacer que reine la armonía. Y he visto que en ese puente no suele reinar ésta, sino la discordia. Hay momentos en que la Eternidad dirige la Historia y otros en los que la Historia se opone a la Eternidad. Y, por desgracia, casi siempre, estas corrientes son tumultuosas en vez de pacíficas. Pero los flujos y reflujos de la Historia no son como los de las mareas, en las que hay una pleamar y bajamar nítidamente marcadas. Siempre hay momentos en que la marea sube y baja al mismo tiempo en el mismo sitio. Aún así, creo que la marea había dejado de subir cuando tuvo lugar la “guerra” de las investiduras. La primera vez que Hildebrando, Gregorio VIII, en 1076 excomulgó al Emperador Enrique IV, ganó una “batalla” que sin duda tenía que librar, pero que supuso el principio de la vuelta a los cuarteles de invierno. Es lo que Toynbee llama “el riesgo de militar en la tierra”. Aunque la Iglesia es una institución divina, tiene que luchar con “armas” y hombres de este mundo para traer el Reino de Dios. Y las más de las veces las unas son contraproducentes y los otros son demasiado pecadores. A partir de ese momento, la Eternidad empieza a replegarse. En 1170, Thomas de Canterbury gana, después de muerto, otra batalla que también supone un retroceso. Cuando, en 1302, Bonifacio VIII excomulga a Philippe le Bel de Francia, en vez de una obtener una victoria es secuestrado, ultrajado y humillado hasta la muerte, iniciándose así destierro del Papado a Avignon y el galicanismo. La marea está claramente bajando. Vendrá después la Reforma luterana, que en el fondo no es sino otro capítulo de la lucha, más política que doctrinal, entre Roma y los príncipes alemanes. El resultado ideológico de esta lucha será el idealismo alemán. El anglicanismo, derrotado por Thomas de Canterbury, pasará factura con Enrique VIII que creyendo destruir un símbolo, mezcla con pólvora las cenizas del santo y las dispara en una salva de cañón. El empirismo inglés es la vertiente ideológica de esta batalla política. El racionalismo, la ilustración y la revolución francesa son los subsiguientes capítulos del galicanismo. Y sin embargo, mezcladas con esta marea descendente están san Francisco de Asís, san Buenaventura, santo Tomás de Aquino, las Universidades, las catedrales góticas, y la evangelización de todo un continente, por citar algunas corrientes de ascenso en plena bajada de la marea.

Casi en el punto más bajo, la Iglesia pierde, en el proceso de la unificación de Italia, su poder temporal, los últimos vestigios de los Estados Pontificios, si exceptuamos la ciudad del Vaticano. Lo que ahora es difícil no ver como una bendición fue entonces la causa de la construcción de la más interior de las murallas. La Iglesia se encierra en una condena a ultranza de todo lo que se parezca a modernidad. Por eso decía antes que me hubiese costado mucho ser católico en el siglo XIX o principios del XX. Tal vez por estas fechas la marea, si no empezó a subir, dejó al menos de bajar. Los descubrimientos científicos de la relatividad y la física cuántica hacen que la ciencia parezca aproximarse a los principios de la fe. La primera guerra mundial y sus secuelas suponen una quiebra de la creencia en la capacidad de la humanidad  para construir un paraíso en la tierra sólo con el dominio de la tecnología. Pero la Iglesia seguía encerrada en su castillo. Sin embargo, de tan estrecho que era, muchos católicos se sentían cada vez más incómodos en la seguridad de su recinto, hasta el punto de abandonarlo. Con pena y dolor en el corazón, pero abandonarlo. Y muchos de los que seguían dentro, dispuestos a morir de asfixia en la obediencia y la humildad si era necesario, pero sin resignarse pasivamente a ello, pedían a gritos aire fresco.

Pío XII, y antes incluso, Pío XI, pensaron en la posibilidad de convocar un Concilio. Pero los tiempos no estaban para ello. Además, su capacidad de análisis, que les hacía ver todos los riesgos de esta convocatoria, les frenaba. Tuvo que ser un Papa “insensato”, lleno de frescura él mismo, pero con una clara visión de Eternidad, el que se decidiese a romper las murallas. Y lo hizo, aunque no vivió para verlo. Había que renunciar a un Concilio que condenase y anatemizase. Ni al comunismo, ni a los cristianos separados, ni a los herejes, ni a los ateos. A nadie. Al contrario. Había que hacer un Concilio que abriese la Iglesia al mundo. No para admitir todas sus premisas. No se trataba, ni mucho menos, de identificarse con el comunismo ni el liberalismo. Ni con el idealismo, ni con el racionalismo, ni mucho menos con el “todo vale” del relativismo moral de la postmodernidad. Se trataba de llevar el “campo de batalla”, si se me perdona la expresión, al exterior en vez de soportar el asedio. Se trataba de tomar la iniciativa, pero una iniciativa de amor y comprensión. Defendiendo la Eternidad en la Historia, no contra la Historia. Guiando a la Historia desde dentro, llevando la Eternidad hasta lo más íntimo de su esencia. Atrayendo, no excluyendo. Anunciando a gritos, desde el campo abierto del mundo, la Buena Noticia; la salvación general en Cristo para todo hombre que lo acepte. ¡Qué importaba renunciar en Metz a la condena del comunismo, si Juan XXIII ya había renunciado a toda condena en su corazón! No se renunciaba a esta condena para que pudieran venir los obispos del Este o el Patriarca de la Iglesia Ortodoxa de Moscú, se renunciaba a toda condena para atraer a todos. Para llegar a ser todo en todos. Por supuesto que cuando se derriba una muralla protectora se produce un gran desconcierto. Desde luego que era inevitable que hubiera malas interpretaciones del Concilio. Cuando un dique se rompe, el agua no va desde el principio por donde uno quiere, hace falta tiempo para reconducirla. Juan XXIII no era tan “insensato” como para no preverlo, pero lo era en grado suficiente como para tener fe en que el Espíritu Santo sería la nueva Muralla Invisible y el Nuevo Cauce que lleve el agua a los campos agostados a través de otros Papas santos. Supongo que también previó que, en el río revuelto de después del Concilio, muchos tomarían su nombre en vano, haciéndole paladín de una interpretación “progre” de la doctrina de la Iglesia que, de ninguna manera, era la suya. Si lo previó, no le importó. Ni tampoco a Juan Pablo II, que lo ha beatificado.

Pero la Eternidad necesita tiempo para penetrar el corazón de la Historia. Yo, que me he hecho adulto en un mundo postconciliar, he tenido que tener una casi revelación para darme cuenta de lo que Juan XXIII pretendía. Desde que acabó la segunda guerra mundial ha vuelto a haber multitud de guerras, justas e injustas, y por desgracia, las seguirá habiendo. La Historia seguirá dando hombres extraordinarios como Wiston Churchill y Juan XXIII. Pero, después de un segundo milenio regresivo, el tercer milenio, inaugurado antes de tiempo por el Concilio Vaticano II, será el milenio del progreso de la Eternidad, de la armonía entre la ésta y la Historia. Simplemente, demos tiempo a la Eternidad. Luchemos por ella desde la Historia armados con las armas de la caridad. Un profeta llamado Juan XXIII, guiado por el Espíritu Santo, lo vio y lo hizo. Por estas razones este Concilio y este Papa, han sido para mí el hecho y la persona más relevantes del siglo XX y el punto de arranque del milenio de la Eternidad.


6-IV-2005

Hace unos días ha muerto el Papa Juan Pablo II. Hoy se me ha venido a la cabeza esto que escribí hace algo más de dos años y lo he vuelto a leer. Sigo creyendo que Juan XXIII ha sido el hombre más relevante del siglo XX. Y lo creo porque sin él, no hubiese habido un Juan Pablo II. En vísperas de un nuevo cónclave, desempolvo lo poco que sé del cónclave del que salió Juan XXIII. Fue elegido para ser lo que se llama un Papa de transición. Y si nos atenemos a la duración de su pontificado, lo fue. Pero en la historia de la Iglesia habrá un antes y un después de Juan XXIII. Y Juan Pablo II será un después. Un después impresionante, pero un después. Después de la inevitable confusión del Concilio Vaticano II, después del caos derivado del derrumbamiento de las murallas iniciado por Juan XXIII y culminado por Pablo VI, la barca de Pedro necesitaba un timonel. Un timonel con una clara visión de la Eternidad y del signo de los tiempos. Un timonel con mano firme y férrea voluntad. Y el Espíritu Santo regaló a su Iglesia la inconmensurable figura de Juan Pablo II. Además de la visión de Eternidad y de la Historia, además de su mano firme y su voluntad de hierro, anidaban en él una caridad y una ternura tan humanas como las de Juan XXIII y un amor a Jesucristo y a su Iglesia a toda prueba.

Quiero dedicar un pequeño homenaje a Juan Pablo I. A veces se oye decir que el Espíritu Santo, o los cardenales, que los católicos creemos que actúan como intérpretes suyo, se equivocaron. Es cierto que el Espíritu escribe derecho con renglones torcidos. La Historia no está libre de Papas que parecen un error del Espíritu Santo. Pero Dios es Dios y nosotros somos tan sólo pequeñas criaturas bastante poco dotadas para ver a través de la niebla del tiempo. Dios –y sólo Dios– es capaz de sacar bien del mal. Como dice Tolkien: “Todo lo que sabemos, en cierta medida por experiencia directa, es que el mal se afana con amplio poder y perpetuo éxito... en vano: siempre preparando tan sólo el terreno para que el bien brote de él”[1]. ¡Qué terreno estaban preparando los malos Papas elegidos por el Espíritu Santo, sólo Él lo sabe! Pero yo no creo que el Papa Juan Pablo I fuese un “error” del Espíritu Santo. Es cierto que su pontificado fue breve pero, ¿es la duración una medida de la calidad? Ya sólo la elección del nombre de Juan Pablo, seguido luego por Karol Woytila, es muy significativo. En toda la Sagrada Escritura el nombre es algo muy importante. Dios da al hombre el poder de dar nombre a las cosas creadas, cambia el nombre de Abram –Abraham–, Sarai –Sara–, Jacob –Israel–, Simón –Pedro– para prepararles para su nueva misión, nos dice que nuestro nombre de verdad, por el que seremos conocidos en el cielo, está escrito en una piedra blanca, etc. No creo por tanto que la elección del nombre sea una cosa trivial para un Papa recién nombrado. El hecho de que Karol Woytila siguiese con el de Juan Pablo quiere decir mucho. Juan Pablo I desterró para siempre la silla gestatoria, signo pequeño, pero de ninguna manera insignificante. Pero sobre todo está lo que nunca sabremos. ¿Qué hablaron Juan Pablo I y Karol Woytila en los 33 días de vida que le quedaban al Papa? Seguro que algo verdaderamente significativo para el futuro Papa que continuó con el mismo nombre.

Decía que Juan Pablo II, con toda su grandeza, será siempre un después de Juan XXIII. No digo que esté después, sino que será un después. Él encauzó las aguas vivificadoras del Espíritu que se desbordaron después del Concilio hacia los campos de la Historia. Por eso me atrevo a creer que Juan Pablo II será el hombre más significativo del siglo XXI, aunque no haya vivido en él más que una pequeña parte de su vida personal y de la del siglo. Ha dado a la barca de Pedro un impulso que difícilmente puede exagerarse y que, a buen seguro, se seguirá notando en el siglo XXII. Si Juan XXIII fue el Papa de arranque del milenio de la Eternidad, Juan Pablo II ha sido su primer y titánico impulsor. Estoy seguro de que el Espíritu Santo sabrá sacar de este cónclave al Papa que necesita la Iglesia para continuar su singladura, llevando la Historia hasta la Eternidad.

18-VII-2010

Releo las líneas que escribí hace unos años, unas en el 2003 y otras en vísperas del cónclave en el que fue elegido Benedicto XVI y me asombro de la sabiduría del Espíritu Santo. Otra vez parecía, como con Juan XXIII, que se había elegido un Papa de transición, ya bastante mayor, y, otra vez, nos hemos sorprendido. Este Papa, además de alumbrar a la Iglesia y al mundo con tres magníficas encíclicas, ha afrontado, con un valor inusitado y enorme amor por la verdad, tres cuestiones fundamentales para la Iglesia. El Islam, la pederastia de los sacerdotes y la espinosísima cuestión de la Legión de Cristo y su fundador. No es este el sitio para analizar qué caminos ha marcado Benedicto XVI a la Iglesia en estos tres frentes y qué frutos pueden dar, pero sí es el sitio para renovar el asombro por la sabiduría con que el Espíritu Santo guía a la Iglesia y para que este asombro sea una fuente de combustible para nuestra esperanza, en medio de un mundo sumido en la desesperanza.


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10-IV-2005

Si se me perdona el símil taurino, Juan Pablo II ha muerto como un toro bravo. Puede parecer irreverente, pero no lo es. Para una persona que le gusten los toros, no hay nada más emocionante que la muerte de un toro bravo. Herido de muerte, en el centro del ruedo, sin buscar el arrimo de las tablas de toriles, donde van a morir los toros mansos, lucha tambaleante por tenerse en pie, con la cabeza erguida, la frente alta, desafiante. Está casi muerto, pero el matador se acerca a él con respeto. Al borde de la muerte, sigue siendo un animal terrible que puede asestarle una cornada mortal que le haga correr la misma suerte que el astado. Más de un matador ha atestiguado esto con su vida.

Naturalmente, las armas de Juan Pablo II, no eran la violencia de una embestida o una mortífera cornada. No. Las armas del Papa eran la caridad y la verdad. Y el fruto de su posible ataque, la conversión del pecador. Pero ahí ha estado hasta el final, erguido, desafiante. Los malos taurinos le pedían que se recostase en tablas, que los cabestros saliesen para llevárselo del ruedo a morir donde nadie le viera. Pero él no. Él, armado con la fiereza de la caridad fiera nos decía cómo había que morir. En días en que se llama muerte digna a una muerte miserable, él nos daba lecciones de dignidad y grandeza a las puertas de la muerte. Se apoyaba en la cruz de Cristo y elevaba la mano bendiciendo con la misma cruz. Con la bravura y la mansedumbre pasa una cosa curiosa. Un toro bravo es un toro fiero, pero con nobleza. Un toro manso es un toro taimado y traicionero que recula para llevarte a su terreno y allí cornearte. La mansedumbre que nos pide Cristo es bravura. La bravura de los mártires y de los santos. La fiereza de la caridad fiera, el estandarte de la verdad izado, pero la nobleza de ser uno mismo, íntegro, sin dobleces. Y el mundo reconoce la bravura en la auténtica mansedumbre cristiana. Ahí están todos esos misioneros y cristianos abnegados que entregan su vida por Cristo en los lugares más remotos del mundo y con personas con las que nadie querría pasar una hora. “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”, nos dijo Cristo. ¡Qué humildad la de Juan Pablo II viendo estadios enormes llenos de gente aclamándole y sabiendo que ni uno solo de esos aplausos eran para él! Sabía que todos eran para Cristo del que él tanto aprendió en la oración.

Cuando el toro bravo cae, no dobla las manos y las patas tranquilamente. No. Se derrumba con estrépito y rueda. Y el público, como movido por un resorte se pone de pie y brinda un homenaje a la fiera con una cerrada, larga y emocionada ovación. Y en el arrastre, se repite la escena.

Así ha ocurrido con Juan Pablo II y el ejemplo de su fiera caridad, de su lucha por la verdad, de su condena a la cultura de la muerte apoyándose en el ejemplo. La ovación ha sido apoteósica, unánime. Sus detractores han tenido que agachar la cabeza y callarse o, si han expresado sus críticas, se han encontrado con la conmiseración derivada del contraste entre su mezquindad y la grandeza del Santo Padre. Pero cuando el tiempo pase, cuando el recuerdo se enfríe, volverán a la carga. Entonces, cuando eso ocurra, no nos dejemos engañar. La memoria histórica es muy débil. Apenas se habían apagado los ecos de los elogios a Pío XII, tras su muerte, como defensor de la paz y salvador de cientos de miles de judíos[1], cuando nos empezaron a robar su memoria con calumnias, que todavía hoy arrecian, haciéndole poco menos que corresponsable con Hitler del holocausto. Que nuestra memoria no nos falle entonces. Juan Pablo II ha sido uno de los seres humanos más grandes que Dios ha dado como regalo a la humanidad.

No me resisto a terminar con unos versos del poema “Vientos del Pueblo” de Miguel Hernández.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.
.........................................
Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros, de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal valiente
toda la creación ensancha.

Espero que nadie se sienta molesto con el símil taurino que he elegido. Desde luego no los que admiramos la bravura del toro de lidia.

Gracias, Juan Pablo II, por esta última lección ejemplar de cómo termina una vida digna con una muerte digna.

Tomás Alfaro Drake

Post scriptum 24-IV-2014 (Ver página siguiente)


Al releer estas líneas, no puedo por menos que decir algo sobre Benedicto XVI. Los seres humanos somos muy dados a comparar. “¡ah! –podemos decir– si la muerte de Juan Pablo II fue la de un toro bravo, eso significa que Benedicto XVI ha huido cobardemente de la lidia”. Grave error. No todas las circunstancias requieren la misma respuesta y todo tiene sus pros y sus contras. La prudencia es la virtud que aconseja, bajo la luz de la razón, cual es el mejor camino a seguir en cada encrucijada de la vida.

A Juan Pablo II le aconsejó dar testimonio con su heroico ejemplo de la inmensa dignidad de la vida humana, aunque parezca decrépita. Admirable. Sin embargo, eso trajo consigo que en sus últimos años su entorno le ocultase muchas cosas y le engañase en otras, sobre las que un Papa debería haber actuado. La prudencia no puede hacer que en la elección que aconseja todo sean ventajas. No se pueden evitar los inconvenientes.

A Benedicto XVI, la prudencia le aconsejó otra cosa. Tras tirar de la manta de algunos muy graves problemas de la Iglesia, se dio cuenta que el mismo entorno que anulo a Juan Pablo II en sus últimos años, se preparaba para hacer lo propio con él. Y, sabiamente, cedió el puesto para que el Espíritu Santo trajese a un nuevo Papa con clarividencia y energía suficientes para afrontar esos graves problemas. Y el Espíritu Santo ha respondido con el Papa Francisco. Cerrada y entusiasta ovación para Benedicto XVI y el Espíritu Santo y mucha oración para Francisco.



[1] “Durante el decenio del terror nazi, cuando nuestro pueblo sufría un terrible martirio, la voz del papa se elevó para condenar a los perseguidores y apiadarse de sus víctimas”. Golda Meir. “La Conferencia Central de los Rabinos Americanos se une con profunda conmoción a los millones de miembros de la Iglesia católica romana por la muerte del papa Pío XII. Su amplia simpatía por todos, su sabia visión social y su comprensión lo hicieron una voz profética para la justicia en todas partes. Que su recuerdo sea una bendición para la Iglesia católica romana y para el mundo”. Jacob Phillip Rudin, presidente de la conferencia de rabinos americanos. “Nosotros, miembros de la comunidad judía, tenemos razones particulares para dolernos de la muerte de una personalidad que, en cualquier circunstancia, ha demostrado valiente y concreta preocupación por las víctimas de los sufrimientos y de la persecución”. Doctor Brodie, rabino jefe de Londres. “La voz de Pío XII es una voz solitaria en el silencio y en la oscuridad en la que ha caído Europa en esta Navidad. Él es el único soberano del continente que tiene la valentía de levantar su voz... Sólo el papa ha pedido respeto por los tratados, el fin de las agresiones, un trato igual para las minorías y el cese de la persecución religiosa. Nadie más que el papa es capaz de hablar a favor de la paz”. New York Times, 25 de Diciembre de 1941. “Es necesario un serio análisis sobre la actuación de Pío XII... Será misión de Juan Pablo II y sus sucesores dar los pasos necesarios para reconocer el fallo de la Iglesia frente a la maldad que dominó Europa”. New York Times, 18 de Marzo de 1998. (Chocante e inexplicable el cambio de opinión del New York Times). Pinchas E. Lapide, historiador judío, para recobrar la memoria histórica y hacer justicia, escribió en 1967 el libro “Three Popes and the Jews” en el que cifra en 850.000 los judíos salvados gracias a Pío XII.


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4-IV-2005

Me parece absurdo y pretencioso decir nada sobre Juan Pablo II, cuando tantas plumas y tantas personalidades han dicho tantas cosas de él. Lo que sí quiero expresar es la evolución de mi ánimo durante las horas siguientes a su muerte, porque me gustaría que eso permaneciese incluso después de que mi frágil memoria lo haya olvidado. Me permito, además, haceros partícipes de mis pensamientos porque la fe es algo público y todos nos podemos iluminar a todos con la pequeña luz de cada uno. Esta es la mía.

Estaba delante de la televisión cuando se dio la noticia. Llamé a mi familia y rezamos un Padrenuestro. Después me cayó como una losa encima. Guardo un recuerdo lejano del día en que murió mi padre cuando yo tenía 14 años. Guardo, en cambio, un nítido recuerdo de mi padre vivo, dos años antes de su muerte, llorando con lágrimas viendo en la televisión el entierro de Juan XXIII. En el momento de la muerte de Juan Pablo II se me vino esa imagen a la mente y tuve que hacer un verdadero esfuerzo para contener las lágrimas y el llanto abierto. Un absurdo pudor me impidió dar rienda suelta a mis sentimientos y tuve el dudoso éxito de ser capaz de contenerme. Pero puedo decir que, hasta donde pueda fiarme de mi recuerdo, me sentí más triste este sábado que el día de la muerte de mi padre, al que quería enormemente. Este sábado me he sentido invadido por un inmenso sentimiento de orfandad.

Blanca había recibido numerosos mensajes por el móvil diciendo que cuando muriese el Papa, fuéramos a rendirle un homenaje póstumo allí donde nos habíamos despedido de él, en la plaza de Colón. Efectivamente, allí estuve en la Misa que celebró por las canonizaciones en su última visita. Con el ánimo por los suelos fui a rendirle ese último homenaje y a rezar por él con los que allí se congregasen. Fui pronto, a eso de las 11 de la noche.

La espontaneidad se traduce a veces en desorganización. Allí, en Colón, había muchas personas, reunidas en pequeños corros, cada uno centrado en su oración. Las oraciones se mezclaban a veces entre ellas y con gritos de ¡Viva el Papa! o ¡Juan Pablo II te quiere todo el mundo! A decir verdad, yo no me encontraba con ánimos de gritar, ni siquiera vivas al Papa. Hasta me molestaron un poco los gritos. Me acerqué a un grupo de chicos muy jóvenes –debían ser todavía colegiales– que estaban rezando el Rosario, de rodillas, en círculo alrededor de una cruz que habían hecho en el suelo con cirios. Estaban terminando de rezarlo. Cuando acabaron, uno de ellos, un poco mayor que los demás, siempre de rodillas, tomo la palabra y, con un entusiasmo contagioso les dijo algo así como:

“Acordaros de lo que nos decía: ‘¡No tengáis miedo!’ ‘¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!’ En este momento nos lo sigue diciendo desde el cielo. Ofrecedle vuestros estudios. Él quería que los cristianos fuésemos gente muy preparada para poder dar un testimonio mejor. Y, al próximo Papa vamos a quererle tanto como a este. Es el Espíritu Santo el que lo  va a elegir”.

Toma del frasco... Primer aldabonazo. Cuando se levantaron, les pregunté si pertenecían a algún grupo, movimiento, colegio, parroquia o algo. El que les había dicho la frase me contestó:

“No. Somos un grupo de amigos, católicos, comprometidos con nuestra fe, que nos  hemos hecho más amigos y hemos crecido en número gracias a Juan Pablo II. Somos la semilla de Juan Pablo II”.

Más del frasco... Segundo aldabonazo. En ese momento fue cuando empecé a sentir que algo como un viento del Espíritu se movía por Colón. A medida que pasaba el tiempo entre oraciones, gente que traía megáfonos y gritos de vivas al Papa que cada vez me molestaban menos, la plaza se iba llenando. En un momento, me decidí a dar una vuelta por entre la gente. Por todas partes había distintos grupos con distintas iniciativas. Rosarios, meditaciones improvisadas, cantos de diversa índole, todos religiosos. De repente, me encontré con un grupo de Kikos. Algunos de ellos, con guitarras y percusión en el centro cantaban y marcaban un ritmo entre hebreo y africano a otros que bailaban en círculos concéntricos que giraban cada uno en dirección contraria a los adyacentes. Se respiraba alegría en su danza y su canto. Tengo que reconocer que me produjo un cierto escándalo verlos aparentemente ajenos a la muerte del Papa. Mientras los miraba con escepticismo, se acercó una cámara de televisión con su foco y Almudena Ariza micrófono en mano. Enfocaron a una chica de unos 25 años que estaba bailando y Almudena Ariza le dijo: No entendemos nada, se supone que deberíais estar tristes. Se ha muerto el Papa.

Con enorme naturalidad, la chica le contestó: ¿Por qué? Cristo ha resucitado. Por eso sabemos que el Papa está con Él en el cielo. Desde allí cuida de nosotros y de toda la Iglesia más aún de lo que lo hacía cuando estaba entre nosotros. Además, el Papa hubiese querido que estuviésemos alegres. Y nosotros estamos dando gloria a Dios por el regalo que nos ha hecho con este Papa.

Tercer aldabonazo. La tristeza se me fue como por ensalmo. ¡Qué tres lecciones! A partir de ese momento, me puse a recorrer toda la plaza. Bailé con los neocatecumenales, recé en los círculos de oración que me encontraba, canté donde se cantaba. Parecía como si todo el mundo estuviese esperando a que Juan Pablo II apareciese de un momento a otro en la plaza de Colón. Me acordé de la anécdota que se cuenta sobre el Papa cuando estuvo en Zaragoza. Dicen que en la plaza de debajo de la ventana donde él estaba durmiendo se congregaron varios grupos de bailadores de jotas. Era tarde y había quien pensaba que estaban molestando al Papa. Entonces apareció Juan Pablo II en la ventana y les dijo: “Dicen que el que canta reza dos veces. Y yo me pregunto, ¿cuántas veces reza el que baila? En todo momento tuve la vívida impresión de que el Espíritu Santo volaba por la plaza de Colón, dando a cada uno su carisma. Esta es la Iglesia a la que pertenezco. Llena de dones, de carismas y de diversidad, alegre en la tristeza y plena en la alegría, todos alrededor de una única Verdad; Cristo Resucitado. Entonces vi que todo este humus que ha estado formándose y alimentando semillas en la oscuridad durante los últimos 27 años de la vida de Juan Pablo II, germinará. No puede hacer otra cosa que germinar, después de que el grano de trigo ha muerto. Romperá la costra de aparente indiferencia, apatía y rechazo. André Malraux dijo que el siglo XXI será el siglo de la espiritualidad o no será nada en absoluto. Pues bien; será el siglo de la espiritualidad, porque la humanidad está, en lo más profundo de sí misma, harta de la nada. Pero este florecer de la estepa, no ocurrirá ante la pasividad del Mal. Pío XII, antes de ser Papa, dijo: “Doy gracias a Dios cada día por haberme hecho vivir en las circunstancias presentes. Esta crisis, tan profunda y universal, es única en la historia de la humanidad. El bien y el mal se han enfrentado en un duelo gigantesco. Nadie tiene, pues, derecho a ser mediocre”.[1]

Ayer Domingo fui por la noche a la Almudena y, muy por encima de la pésima organización del acto, probablemente desbordados –los organizadores– por una respuesta popular mayor de la que esperaban, seguí percibiendo lo mismo.

Pero hoy lunes ha regresado el sentimiento de orfandad. Hoy empieza lo heroico, la lucha contra la mediocridad. Hacer que cada día sea un renacer. Que cada día sintamos que Cristo vive y que el Espíritu vivifica a su Cuerpo Místico, nosotros, la Iglesia. Y que suya será la victoria.


[1] Cardenal Eugenio Pacelli, Congreso eucarístico de Budapest, mayo de 1935.




[1] Carta a su hijo Christopher del 30 de Abril de 1944.

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