6 de octubre de 2014

¿Camina nuestra civilización Occidental hacia su muerte?

A raíz de la entrada del pasado 25 de Septiembre “¿Por quién doblan las campanas?”, varias personas me han dicho que me encontraban catastrofista. ¿Lo soy? Voy a intentar describir hasta dónde llega mi supuesto catastrofismo.

En el texto de la citada entrada decía: “El mar va a seguirse llevando cada día trozos de la vieja, decrépita y podrida Europa que un día fue ejemplo de civilización. Que Dios se apiade de nosotros, porque las campanas (las del poema de John Donne) doblan a muerto y me temo que lo pagaremos más bien pronto que tarde. Y muy caro. Tal vez al precio de Roma. Esta civilización está aquejada de una terrible enfermedad autoinmune que se revuelve contra su propio organismo. Quien quiera, que me tache de agorero y catastrofista, me importa una mierda”. Si algo tengo claro es que esta civilización está muy gravemente herida. ¿De muerte? No lo sé. Pero no está herida por algo que le pueda haber venido de fuera, lo está por sí misma, por una especie de suicidio. Pero esto, de ninguna manera quiere decir que vaya a morir mañana. La vida de las civilizaciones –y, por tanto, su agonía– no se mide por la misma escala de tiempo que la de las personas y pueden por tanto pasar algunas generaciones antes de que se consume esta muerte, si llega a producirse. Creo, sin embargo, que es muy difícilmente evitable.

Arnold J. Toynbee, dedicó su vida a analizar por qué nacen, se desarrollan y, eventual, aunque no necesariamente, mueren las civilizaciones. A diferencia de Oswald Spengler, que tenía una visión determinista de la suerte de las civilizaciones y daba por descontada la muerte de Occidente, Toynbee creía que la libertad del espíritu humano siempre estaba por encima de cualquier situación y siempre había, por tanto, aunque sólo fuese la sombra de una posibilidad de revertir la catástrofe. Toynbee creía que cada civilización nacía de la respuesta a lo que él llamaba una incitación, que no era sino una situación de supervivencia que obligaba a la sociedad primitiva no constitutiva de una civilización a dar un cambio drástico a su forma de organización para sobrevivir[1]. Pero, la misma resolución de esa incitación, hacía que apareciese en la recién nacida civilización un conflicto nuevo, externo o interno –otra incitación–, que requería una nueva respuesta. Y así, indefinidamente. Sin embargo, no todas las incitaciones de la cadena eran del mismo tipo. A medida que la civilización avanzaba, las incitaciones se centraban menos en la resolución de necesidades materiales y externas y evolucionaban hacia necesidades más “eterealizadas” e internas. A este proceso le llama Toynbee “eterealización” Según este autor, en cada incitación, era una minoría creadora la que encontraba la respuesta y la impulsaba. Mientras la civilización fuese capaz de resolver estas incitaciones, se producía un crecimiento y fortalecimiento interno de la civilización, a la vez que se creaba lo que él llamaba, un estilo, una forma de ser especial de ésta. Aunque él jamás le dio ese nombre, a ese estilo, a esa forma de ser específica de cada civilización, podía llamársele su “alma”. Pues bien, cuando una civilización no era capaz de dar respuesta a una incitación, perdía su alma, sufría un colapso, y entraba en una fase de muerte, que podía durar mucho tiempo y que era muy, muy difícilmente (aunque nunca imposible, recuérdese) reversible. En esa fase, la minoría creadora desaparecía y en su lugar aparecía, tras un golpe de fuerza, una minoría dominante anquilosada en fórmulas muertas e inútiles. Toynbee no basaba esta visión de la vida y evolución de las civilizaciones en un razonamiento abstracto. Lo hacía mediante una minuciosa observación histórica de lo que ha pasado en la historia con las 21 civilizaciones que identifica en todo el mundo, unas vivas y otras desaparecidas.

A mí me caben pocas dudas de que la civilización occidental está en esa incapacidad de dar respuesta a su incitación. Trataré de describir lo que creo que es esa incitación, el fracaso en resolverla y los síntomas. La incitación, a mi modo de ver, se llama éxito material. Efectivamente, la civilización occidental es la primera que ha sido capaz de dotar al ser humano de un alto nivel de independencia del entorno físico, a la vez que le ha proporcionado un nivel de bienestar material que ha alejado inmensamente, dentro de ella, el fantasma del hambre, creando en su lugar una sociedad de bienestar jamás conocida en la historia. Y esto es bueno. Muy bueno. Para llegar a ello, nuestra civilización ha necesitado superar una larguísima cadena de incitaciones, materiales unas y muy eterealizadas otras, externas e internas. Y esto lo ha hecho, sin lugar a dudas, de la mano del cristianismo, de la filosofía griega y del derecho romano. Pero este alto grado de liberación del entorno y este aumento de la riqueza y el bienestar le han llevado a su nueva incitación. La de considerarse un ser autónomo, no necesitado de ningún Dios. Por otro lado, o en relación con ello, una lenta pero implacable deriva de los principios de la filosofía griega, ha llevado a la civilización a la negación de una realidad exterior al propio individuo y, consiguientemente, a la negación de cualquier norma moral basada, mediante la razón, en la naturaleza de esa realidad[2]. Si no hay una realidad ahí fuera, si todo está en mi cabeza, si yo creo esa realidad, yo soy también el autor de mis propias normas morales. Y como yo, cada uno de los demás seres humanos. Toda nuestra civilización, desde los griegos, está basada en la confianza de que el ser humano, con su razón y mediante la observación de la realidad, tiene capacidad para definir normas morales objetivas. La quiebra de este principio lleva a un relativismo en el que parece que cualquier frontera entre el bien y el mal y cualquier pretensión de la existencia de unas normas morales universales sea una agresión a la libertad personal.

Como subproducto, un relativismo así lleva, por un lado, a la extensión casi ubicua de la corrupción y, por otro, a un mundo plano en el que todo vale igual y, por tanto, nada vale nada. Esto produce una crisis de valores que vacía la vida de un sentido, de un para qué más allá de la utilidad inmediata y genera un comportamiento social a la deriva de modas, ideologías o espejismos mediáticos. Sin un sentido no hay ilusión por nada. Sin una meta considerada como buena no hay rumbo. Y sin ilusión ni rumbo, ¿para qué vamos a luchar por algo que merezca la pena? ¿Para qué vamos a esforzarnos, a sacrificarnos? ¿Para qué vamos a fundar una familia y a tener hijos? ¿Para qué vamos a adquirir compromiso alguno? ¡Qué estupidez! El héroe de una sociedad así es Juan Palomo, el de yo me lo guiso, yo me lo como o, peor Torrente, que ya va por el 5 y promete ser un éxito de taquilla. Y, en este panorama se produce el desplome da la natalidad hasta tasas que hacen imposible el simple mantenimiento numérico de los miembros de nuestra civilización.

Esta es la enfermedad autoinmune paralizante que sufre, no sólo España, que está totalmente desarmada intelectualmente, sino, en mayor o menor medida y bajo diferentes formas, toda nuestra civilización. Ésta es la incitación eterealizada que se le presenta. A favor de la idea de que la herida de nuestra civilización no es todavía mortal, está el hecho de que ese golpe de fuerza que acaba con las posibles minorías creadoras para sustituirlas por una minoría dominante, no se ha dado. No encontramos la respuesta a la incitación, pero, al menos, no se ha disparado todavía el tiro de gracia. Ciertamente, ese relativismo ha traído una cierta tolerancia que evita ese tiro de gracia, pero como dice Toynbee: “La tolerancia lograda por la Ilustración constituyó una tolerancia basada, no en las virtudes de la fe, esperanza y caridad, sino en las enfermedades mefistofélicas de la desilusión, la aprensión y el cinismo. No fue una difícil conquista del fervor religioso, sino un fácil producto secundario de su decaimiento”. Y creo que es muy difícil, si no imposible, que la respuesta a la incitación venga de esas “enfermedades mefistofélicas”.

Y me pregunto: ¿De dónde saldrá la minoría creadora que dé respuesta a nuestra incitación? Miro a mi alrededor y no veo sitio alguno de donde pueda salir. Cierto que hay muchísimas personas que podrían formar esa minoría creativa. Pero las veo disueltas en un magma de pasotismo, de indiferencia que ridiculiza, margina y desacredita a los que podrían serlo. Y esto, me parece que hace muy difícil que esta gran cantidad de gente que deplora la enfermedad autoinmune de la sociedad, pueda desarrollar, prescribir y administrar un tratamiento contra ella. Este tratamiento sería la vuelta a la realidad objetiva, a la razón para extraer de ella normas morales también objetivas, respetuosas con la libertad individual, a la creación de leyes acordes con este código moral y al respeto al cumplimiento de estas leyes. Este es el filo de la navaja por el que tenemos que caminar. Evitar la aparición de fundamentalismos de cualquier tipo que puedan dar el tiro de gracia, al tiempo que nos curamos de nuestras “enfermedades mefistofélicas”. Naturalmente es un reto difícil compaginar la libertad individual con esa visión objetiva del código moral y de las leyes sustentadas en él. Pero nadie ha dicho que la respuesta a las incitaciones sea simple. Sin embargo, cualquier minoría creadora que buscase una respuesta sobre estos principios sería tachada, inmediatamente, de retrógrada o, incluso, “fascista”. Toynbee también observó este fenómeno en las civilizaciones que han colapsado en la historia. Potenciales minorías creativas esterilizadas, cruenta o incruentamente.

Y ahora algo que puede no pasar de una simple elucubración pero que a mí me suscita una pregunta. Me pregunto si la búsqueda de ese camino del filo de la navaja es el que está intentando abrir el Papa Francisco. No me cabe duda de que Francisco no va a caer en el relativismo. Pero parece que ha optado por defender el código moral católico en campo abierto. En vez de atrincherarse en una muralla de siglos que tal vez haya impedido la buena comprensión de ese código, está derrumbando esa muralla de seguridad que hemos pagado al precio del aislamiento. Incluso ha entrado desarmado en el campo del mundo. Y esto está poniendo nerviosa a mucha gente de su campo (a mí también un poco, lo reconozco). Algunos de éstos, creo que llevados por el miedo, dicen que lo hace para cosechar el aplauso fácil de la sociedad relativista en la que vivimos. No lo creo. Imagino que Francisco sabe que, cuando este mundo se dé cuenta de que su entrega desarmado no implica rendición, se volverá contra él. Pero él ya estará anunciando el amor de Dios dentro del campo del mundo (o en las marginalidades de su castillo, por usar una terminología más suya), ya será fermento inextricablemente mezclado con la masa. Si su intención es esa –y creo que lo es– no cabe duda de que es una estrategia de riesgo. Pero cuando las estrategias de máxima seguridad no funcionan, tal vez haya llegado el momento de asumir riesgos. Riesgos que, por otra parte, no son tales, si en esta estrategia se cuenta con la protección del Todopoderoso. En definitiva, si esto que digo es algo más que una elucubración, Francisco no hace sino seguir el arriesgado consejo evangélico de dejar a las 99 ovejas en el redil para ir a por la extraviada. En fin, sólo el tiempo nos dirá si esta estrategia logra que se forme una minoría creadora que pueda dar respuesta a la incitación que nos tiene paralizados.

En las observaciones de Toynbe de las sociedades colapsadas aparecen algunas actitudes que representan síntomas claros de colapso y que se dan alarmantemente en nuestra civilización occidental. Describo brevemente algunas:

1º Abandono, deserción y desapego. Con matices diferentes representan el tirar la toalla, el optar por el camino más fácil, por el declive, por la cuesta abajo, unidos a un escepticismo, desilusión y desánimo ante todo intento de respuesta. En definitiva, el vacío, la “enfermedad mefistofélica”. Bastante característico de grandes capas de la civilización occidental.
2º Sentimiento de estar a la deriva. No hay más que mirar alrededor para ver este sentimiento en un número alarmante de personas.
3º Vulgarización. La influencia, en vez de producirse desde la excelencia, atrayendo aspiracionalmente al conjunto del cuerpo social hacia su búsqueda, se produce hacia abajo, procurando sumir a los mejores en el mar de la mediocridad. La igualación por abajo es característica de nuestros días. Torrente 5.
4º Barbarismo. Las civilizaciones pujantes son las que transmiten sus formas de vida, de comportamiento y hasta modas a los pueblos limítrofes. Son como una luz que ilumina. En cambio, en las civilizaciones colapsadas la transmisión sigue el sentido contrario. No puedo evitar sentir en mis carnes esta barbarización cuando veo la extensión de costumbres como el piercing o los tatuajes o cuando escucho determinadas músicas en boga. En una cuestión mucho más importante, no deja de asombrarme que los islamistas radicales sean capaces de reclutar gente entre miembros de la civilización occidental.
5º Arcaísmo y futurismo. Supone la renuncia a buscar soluciones en el presente para intentar o el retorno a un pasado supuestamente mejor que se mira a través de la deformación de la historia o el salto sin esfuerzo a una visión futurista utópica e ideologizada en el que todos los problemas se resolverán por sí solos. Los nacionalismos y los fenómenos de izquierda radical son representativos de estas actitudes.

A la vista de esto que llevo escrito podría pensarse que soy un pesimista agorero. Nada más lejos de la realidad. Como he dicho antes, ningún diagnóstico es definitivo. La libertad humana está muy por encima de cualquier determinismo y, mientras hay vida hay esperanza. Pero hay que ver las cosas con realismo y, aunque por supuesto me puedo equivocar, creo que el diagnóstico es bastante certero. Estamos heridos de una enfermedad autoinmune y “mefistofélica”. Ninguna civilización sana, jamás, ha muerto por que la haya matado otra civilización. Todas se han suicidado lentamente y, si parece que otras las han destruido, es simplemente porque han venido a ocupar el campo que la civilización moribunda no quería, no sabía o no podía defender.

Por ello, nada más lejos de mi actitud que la del abandono. No soy nada ni nadie sino un pequeño grano de arena en esta civilización. Pero este grano de arena no dejará de llevar a cabo su labor de zapa de intentar despertar una conciencia aquí y otra allá con los pobres medios de que sea capaz. Tengo la inmensa suerte de que, además de mi familia, trabajo en tres organizaciones que, cada una a su manera, me permiten ser un poco minoría creadora. Tengo, además, este envío con el que os torturo cada semana y tengo un modesto blog en el que vierto mis pequeños pensamientos. Uno nunca sabe cuál va a ser el átomo que haga que se alcance la masa crítica para que estalle la bomba atómica. Y mientras Dios me de fuerzas seguiré aportando átomo a átomo hacia esa masa crítica. Y lo haré además con la ilusión y la pasión de saber que tiene todo el sentido del mundo. Mi fe, y la de muchos más, me dice que la victoria final será de nuestro Dios. No sé qué derroteros tomará la Historia para llegar a esa victoria final. Tal vez sea a través de esta civilización o tal vez ésta tenga que caer para dar paso a otra que haya aprendido mejor las lecciones de la historia. No soy yo quién para conocer un desenlace que es casi seguro que no veré desde este mundo. Pero sé que ningún esfuerzo ni ninguna devoción se pierde y que lo que hago está lleno de sentido. Y eso me hace feliz. Además, “todo lo puedo en Aquél que me conforta”. Espero de su misericordia que Él me hará ver su victoria final desde el otro mundo. Y como en ese mundo el tiempo y el espacio no existen, tan sólo me faltan, como mucho, algunas décadas para verlo. Y, mientras tanto, átomo a átomo.



[1] En este blog, disitribuida en ocho entradas, entre el 6 de Septiembre y el 15 de Noviembre de 2009 y bajo el título de vida y muerte de las civilizaciones en la historia, puede verse un resumen da la tesis de Toynbee.
[2] En este blog, en 13 entradas entre el 20 de Enero del 2008 y el 20 de Julio del 2008 y bajo el título de “El camino hacia la posmodernidad y el nuevo renacimiento”, puede verse la descripción del proceso de este descarrilamiento filosófico.