10 de mayo de 2015

¿Habría capitalismo en un mundo de Gracia?

Esta pregunta puede parecer estúpida a primera vista. Por eso creo necesario justificar por qué me la formulo.

La cuestión de fondo de la discusión sobre el capitalismo que he ido desgranando en otras líneas es si ese sistema tiene en sí mismo vicios intrínsecos que hacen que produzca determinadas consecuencias perversas innegables o bien si esas consecuencias perversas no se derivan del sistema en sí, sino, como dice Benedicto XVI, de la razón oscurecida del hombre[1]. Dándole vueltas a esto, se me ocurrió pensar cómo sería el sistema económico en un mundo de Gracia, en el que la Redención haya dado plenamente sus frutos. Evidentemente, si llegase a la conclusión de que en un mundo así haría falta un sistema económico y que éste sería el capitalismo, habría que concluir que no son sus vicios intrínsecos los que hacen que se produzcan esas consecuencias perversas, sino que éstas se derivarían de la falta de aceptación de la redención por parte del hombre[2].

Creo que en un mundo de Gracia, seguiría habiendo recursos escasos y sería necesario, por tanto, un sistema económico.

Parto de cuatro premisas mayores sobre la naturaleza de ese hombre en estado de gracia. No creo que estas premisas sean discutibles desde el punto de vista teológico, pero si lo son aceptaré rectificaciones. Tampoco sé si la lógica aristotélica permite la multiplicidad de las premisas mayores y menores, pero ahí van:

a)     En un mundo de Gracia, el hombre sería libre.
b)     No todos los hombres serían iguales. Cada uno tendría sus talentos y sus preferencias personales, diferentes de las de los demás.
c)     Tendría una caridad y un sentido de la justicia perfectos, pero distinguiría perfectamente entre la una y otra.
d)     Necesitarían alimentarse y cubrir una serie de necesidades que no serían sólo las primarias, sino también intelectuales, culturales, de ocio y entretenimiento, de salud, etc.

Si estas cuatro premisas se aceptan, debo enunciar ahora trece premisas menores –me dan un poco de vergüenza tantas premisas, pero… –, referidas al sistema productivo llamado capitalismo. Las seis primeras son meramente descriptivas y no conllevan, por tanto, ningún juicio de valor. Las siete últimas se refieren más bien a lo que la naturaleza caída del hombre introduce en el capitalismo. Creo que serán más discutibles que las mayores pero, personalmente, estoy personalmente convencido de que son ciertas.

a)       El capitalismo está basado en varios principios.
1)     El sistema capitalista se basa en la libertad de que cada ser humano emprenda la actividad productiva que le parezca más adecuada a sus intereses y a sus capacidades y preferencias.
2)     El sistema productivo debe producir aquello que satisfaga la demanda de los compradores.
3)     Tanto los precios de los productos producidos como de los factores de producción se forman por la ley de la oferta y la demanda en un mercado libre en el que operan seres humanos reales, con todas sus preferencias, emociones, deseos, sentimientos, etc.
4)     La gestión de las empresas debe ser llevada a cabo por las personas más capacitadas para ello.
5)     Cada empresa debe procurar hacer productos de la mayor calidad posible y al menor coste posible, intentando adecuarse a lo que pide el comprador para ganar su preferencia sobre otras empresas. Esa diferencia entre el coste de los recursos empleados y el precio pagado por la calidad, produce dos cosas: 1ª aumento de riqueza para la sociedad; 2ª aumento de riqueza para los empleados (si bien de forma indirecta, como se dice en la línea siguiente) y, 3ª  beneficio para los inversores. Beneficio que, a su vez, permite nueva inversión, produce crecimiento y con él la creación de puestos de trabajo y más riqueza para los tres polos.
6)     A nivel agregado, ahorrar recursos significa poder producir con ellos más bienes de los que haya escasez. La creencia de que si se ahorra mano de obra (por ejemplo, mediante la automatización de los procesos productivos) se crea paro, es falsa y está basada en la, también falsa, idea de una cantidad fija de bienes necesarios para la sociedad. Pero la historia desmiente claramente esto.

b)       Ciertamente, en un mundo regido por un hombre caído pueden ocurrir muchas cosas que vicien los principios enunciados. Enumero algunas, sin ánimo de exhaustividad. Seguro que hay más.

7)     La libertad de emprender de todos los hombres puede verse limitada por el abuso de poder o por la desigualdad de oportunidades. Esto daría lugar a un capitalismo que podría llamarse capitalismo de compinches que sería un capitalismo viciado.
8)     La sana competencia puede verse viciada por prácticas carentes de la más mínima ética.
9)     La demanda de los compradores puede ser de productos de poco o ningún valor social o, incluso, dañinos.
10) El afán de posesión del ser humano caído puede hacer que éste sienta una necesidad compulsiva al consumo muy superior a sus posibilidades. Esta compulsión puede ser azuzada por llamadas al consumismo irresponsable.
11) La doctrina de la escuela de Salamanca afirma, con gran finura de razonamiento y sin lugar a muchas dudas que, siempre que el mercado sea realmente libre, el precio justo es el precio de mercado. Pero, por supuesto, los mercados pueden estar manipulados y, al dejar de ser libres, la formación de precios a la que llevan ser injusta.
12) Puede ocurrir que la gestión no sea llevada a cabo por los más capaces, sino por aquellos elegidos por motivos viciados, muy diferentes a la capacidad de gestión.
13)  Cabe la posibilidad de que la percepción de la calidad esté condicionada por algún tipo de publicidad engañosa.

Pero estos vicios son fruto de la naturaleza caída del hombre y no se darían en un mundo de Gracia.

Creo que si se aceptan las premisas mayores y menores (que son, desde luego, discutibles) la conclusión es que en un mundo de Gracia y sometido a escasez, el sistema capitalista sería el sistema económico de ese mundo y seguiría existiendo la propiedad privada, la competencia y el beneficio. Por supuesto, libre de los vicios señalados en el apartado b), ya que, dado un hombre de Gracia, este sistema estaría libre de las perversiones que hoy le aquejan. Por tanto (siempre si se aceptan las premisas mayores y menores), habría que concluir que el sistema capitalista es bueno de suyo, y que es la razón oscurecida por el pecado original del hombre la que lo vicia (cosa que, como se ha visto más arriba, ya ha dicho Benedicto XVI en “Caritas in veritate”). Este sistema capitalista libre de esa razón oscurecida, llevaría, sin duda, a que hubiese desigualdades en los resultados económicos obtenidos por los diferentes seres humanos. Pero estas diferencias no serían injustas. Ello no obstante, el ser humano de Gracia, añadiría a la capa de justicia de ese sistema capitalista, la capa de caridad, mucho más importante, pero que no debe confundirse con la primera ni sustituirla. Por esta segunda capa, los que saliesen mejor parados por el sistema, considerarían, no una obligación, sino un don de Dios, poder ayudar a los menos favorecidos. Estas ayudas de caridad no se harían desde ninguna prepotencia y serían recibidas por los que las recibieran también como un don de Dios. Por supuesto, estas ayudas no generarían en los que las recibiesen ninguna tentación de disminuir su esfuerzo para dar lo mejor de sí mismos.

¿Se acercará en el tiempo el sistema capitalista real al que habría en un mundo de Gracia? No lo sé. Pero que se acerque o no y el ritmo al que se acerque, depende sólo de cómo cambie el corazón del hombre, no de cambios que se puedan hacer en el sistema. Pero, ¿y mientras ese cambio del corazón del hombre no se produzca? ¿Habría que soportar que los vicios del hombre caído produzcan resultados injustos? Me temo que sí, aunque se pueden introducir, con gran precaución, algunos elementos paliativos. A continuación señalo algunos.

1º Puede haber algún tipo de regulación prudente y sensata que evite que unos pocos hombres, abusando de su poder, atenten contra el propio funcionamiento del sistema, torciéndolo a su favor. Esto se llama regulación, que conviene no confundir con la intervención[3]. A falta de algún agente mejor para llevar a cabo esa regulación, el Estado podría llevarla a cabo. Sólo sugerir para esto el nombre del Estado me da pavor, porque una cosa es esta regulación que, de forma subsidiaria podría llevar a cabo el Estado y que en definitiva, la haga quien la haga, trata de preservar las reglas del sistema y otra cosa es la intervención del Estado, o de cualquier instancia superior externa, en el sistema. Cualquier intervención del Estado, aunque sea bienintencionada, produce casi siempre un efecto negativo mayor que el positivo que se pretenda conseguir. Por ejemplo, una intervención del Estado con el fin de preservar los puestos de trabajo de quienes lo tienen, puede que lograse mantener éstos a corto plazo. Pero, es seguro que evitaría que se creasen un mayor número de puestos de trabajo que podrían beneficiar a otros y, además, a largo plazo, acabaría por destruir también los puestos de trabajo que intentaba proteger. Por tanto, alejaría el desiderata del pleno empleo en el que todos los seres humanos tendrían acceso al trabajo. Pero, aún más; en un mundo de hombres caídos, que también regirían el Estado, las motivaciones de éste para intervenir, e incluso para regular, tienen siempre un componente espurio –ganar votos, conceder favores políticos de ida y vuelta, etc., son dos de ellos– que lo pervierte en la misma raíz de la intención. Por tanto, pocas alegrías a la hora de confiar al Estado la regulación y ninguna, o excepcionalísima, a la hora de permitirle intervenir.

2º Hay una intervención que, llevada a cabo con moderación, creo que está justificada. Se trata de una intervención fiscal para la creación de un sistema de protección de los más débiles mediante una política de impuestos progresivos. Sin embargo, esto debe hacerse con la máxima precaución, por dos motivos. A) Que un sistema exagerado podría disminuir o quitar el estímulo de creación de riqueza de los mejores, acabando por degenerar en un reparto de la pobreza. B) Que, si es excesivo, podría también crear un espíritu acomodaticio en mucha gente que prefiera el cómodo subsidio al esfuerzo. En una entidad microfinanciera de la República Dominicana oí la siguiente frase: “El subsidio crea dependencia, la dependencia crea esclavitud, la esclavitud genera odio y el odio engendra violencia”. ¡Sombrero! En todo caso, para que un sistema así fuese justificable, es necesario que el Estado mantenga unas estructuras pequeñas, las estrictamente necesarias para cumplir sus funciones básicas, sin degenerar en un Estado hipertrofiado y pantagruélico que sirva a los privilegios económicos de los políticos que lo gestionan.

En resumen, en el régimen transitorio quue se extiende ante nosotros durante muchos y largos siglos hasta llegar a ese mundo de Gracia, regulación mínima para preservar que los mercados funciones bajo las premisas que los hacen justos, no manipulados para servir a los intereses de unos pocos. Prácticamente cero de intervencionismo del Estado como agente en los mercados y prudente sistema fiscal de protección a los más débiles bajo la premisa de un Estado “delgado”.

Por otro lado, el hombre de Gracia, que distingue justicia de caridad, salvada la justicia con un sistema capitalista sin vicios, aplicaría la caridad necesaria para evitar situaciones que pudiesen llevar a alguien a situaciones difíciles. Incluso puede que esa caridad fuese más allá y llevase a un igualitarismo casi total. Pero no sería por exigencia de la justicia, que de ninguna manera exige el igualitarismo, sino el dar a cada cual lo que le corresponde y que estaría cubierta por el capitalismo, sino de la caridad, y no tendría, creo el peligro del clientelismo.

La discusión, por supuesto, sigue abierta, pero se puede centrar en unas premisas concretas en vez de en cuestiones estomacales. Y me parece que esta mayor concreción en la discusión tiene cierto valor, por lo que creo que el hecho de haber abordado esta cuestión no es una completa estupidez.



[1] “La Iglesia sostiene siempre que la actividad económica no debe considerarse antisocial. Por eso, el mercado no es ni debe convertirse en el ámbito donde el más fuerte avasalle al más débil. La sociedad no debe protegerse del mercado, pensando que su desarrollo comporta ipso facto la muerte de las relaciones auténticamente humanas. Es verdad que el mercado puede orientarse en sentido negativo, pero no por su propia naturaleza, sino por una cierta ideología que lo guía en este sentido. No se debe olvidar que el mercado no existe en su estado puro, se adapta a las configuraciones culturales que lo concretan y condicionan. En efecto, la economía y las finanzas, al ser instrumentos, pueden ser mal utilizados cuando quien los gestiona tiene sólo referencias egoístas. De esta forma, se puede llegar a transformar medios de por sí buenos en perniciosos. Lo que produce estas consecuencias es la razón oscurecida del hombre, no el medio en cuanto tal. Por eso, no se deben hacer reproches al medio o instrumento sino al hombre, a su conciencia moral y a su responsabilidad personal y social”. “Caritas in veritate”, cap. III, nº 36, 2º párrafo.
[2] Creo conveniente aclarar que no será ningún sistema económico el que traiga el paraíso a este mundo, como pensaba el sistema comunista que iba a conseguir. Será únicamente la Gracia de Dios la que lo acabe trayendo. Lo que me pregunto es si en un mundo de Gracia, sería necesario un sistema económico y si ese sistema sería el capitalismo.
[3] La regulación es algo que pretende que los mercados funcionen realmente como mercados. Es decir, con igualdad y equilibrio de acceso, con transparencia informativa y sin la posibilidad de crear escasez artificial. La intervención es cualquier actuación que altere artificialmente el precio del mercado. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

De hecho, esta es la discusión correcta.
Seamos críticos con lo globalmente aceptado, no por ser más extendido es mejor.

Añado un nuevo escenario que quizá no vivamos pero que es más cercano de lo que parece: si las máquinas pudiesen sustituir a los seres humanos totalmente... cuál sería el mejor sistema económico y social? En el caso de que trabajar no fuese necesario, qué cambios habría que hacer para que se produzca un cambio no traumático en la sociedad mundial? Hay expertos que se estén dedicando a este supuesto?
Cuando veo a la gente de Google en lo que están trabajando, me pregunto si no estaremos avanzando demasiado rápido a nivel técnico y muy lento a nivel de estructura social (es lógico, son cambios complejos)

Un abrazo

Anónimo dijo...

Hola Anónimo, soy Tomás. Interesantísimo lo que dices y te agradezco el comentario porque estaba convencido de haber publicado una entrada que toca, entre otras cosas, ese tema importantísimo. Lo publicaré esta semana.

Gracias por tu comentario y un abrazo.

Tomás