24 de mayo de 2015

Los dos Adanes

Acabo de leer un libro de un prestigioso rabino judío, Joseph B. Soloveitchik (fallecido en 1993), bajo el título “La soledad del hombre de fe” y editado por Nagrela Editores por iniciativa del Instituto John Henry Newman de la Universidad Francisco de Vitoria. En él, Soloveitchik sostiene una tesis interesante y rompedora tanto con la tradición interpretativa judía de la Torah, creo, como de la cristiana del Antiguo Testamento. No voy a entrar en discutir la ortodoxia o heterodoxia de esta interpretación desde la óptica cristiana ni, mucho menos, judía. Ni sé ni quiero hacerlo. Pero los puntos de vista del libro son realmente inspiradores y a mí me han llevado a unas reflexiones que me parecen esclarecedoras. Paso a exponer muy brevemente la tesis del libro y mis reflexiones. Lamentablemente, como siempre que escribo sobre cosas de otros, me resulta muy difícil separar las tesis del autor de mis opiniones. Espero ser capaz de no hacerlo demasiado mal en este caso y de señalar, cuando me sea posible, la línea de separación entre mis puntos de vista y la tesis del libro.

En el libro del Génesis hay dos descripciones diferentes de la creación del hombre por Elohim-Yahveh. La primera en Génesis 1, 26-31 y la segunda en Génesis 2, 4-25. Tanto la tradición rabínica, creo, como la cristiana, atribuyen estas dos narraciones diferentes a dos tradiciones, la Yahvhista y la Elohista, diferentes en la forma de narrar, pero no en la esencia de lo narrado. Sin embargo, Soloveitchik afirma que “la respuesta [a esta doble narración] no reside en una supuesta tradición dual, sino en un hombre dual, no en una contradicción imaginaria entre dos versiones, sino en una contradicción real en la naturaleza del hombre”[1]. Esto le lleva a Soloveitchik a postular dos Adanes. No dos Adanes corporalmente distintos sino dos Adanes diferentes en las misiones que les ha encomendado el Creador. Diferencias que, según el autor, se relacionan de una forma dialéctica[2]. Creo que es necesario, antes de continuar transcribir los dos relatos de la creación del hombre en el Génesis[3].

Primer relato: Génesis 1, 26-31

Entonces dijo Dios:

-Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza, para que dominen sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, las bestias salvajes y los reptiles de la tierra.

Y creo Dios a los hombres a su imagen; a imagen de Dios los creó; varón y hembra los crió. Y los bendijo Dios diciendo:

-Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven por la tierra.

Y añadió:

-Os entrego todas las plantas que existen sobre la tierra y tienen semilla para sembrar; todos los árboles que producen fruto con semilla dentro os servirán de alimento; y a todos los animales del campo, a las aves del cielo y a todos los seres vivos que se mueven por la tierra, les doy como alimento toda clase de hierba verde.

Y así fue. Vio entonces Dios todo lo que había hecho, y todo era muy bueno.

Génesis 2, 4-25

Esta es la historia de la creación del cielo y la tierra.

Cuando el Señor Dios hizo la tierra y el cielo no había todavía en la tierra arbusto alguno, ni brotaba hierba en el campo, porque el Señor Dios no había enviado aún la lluvia sobre la tierra ni existía nadie que cultivase el suelo; sin embargo, un manantial brotaba de la tierra y regaba la superficie del suelo. Entonces, el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un hálito de vida y el hombre se convirtió en un ser viviente.

El Señor Dios plantó un huerto en Edén, al oriente, y en él puso al hombre que había formado. El Señor Dios hizo brotar del cielo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos para comer, así como el árbol de la vida en medio del huerto y el árbol del conocimiento del bien y del mal. [Continua una prolija descripción de los ríos que corrían por el huerto de Edén que omito]. Así que el Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el huerto de Edén para que lo cultivara y lo guardara. Y dio al hombre este mandato:

-Puedes comer de todos los árboles del huerto, pero no comas del árbol del conocimiento del bien y del mal, porque si comes de él, morirás sin remedio.

Después, el Señor Dios pensó: No es bueno que el hombre esté solo; voy a proporcionarle una ayuda adecuada. Entonces el Señor Dios formó de la tierra toda clase de animales del campo y aves del cielo y se los presentó al hombre para ver cómo los iba a llamar porque todos los seres vivos llevarían el nombre que él les diera. Y el hombre fue poniendo nombre a todos los ganados, a todas las aves del cielo y a todas las bestias salvajes, pero no encontró una ayuda adecuada para sí. Entonces el Señor Dios hizo caer al hombre en letargo y, mientras dormía, le sacó una costilla y llenó el hueco con carne. Después, de la costilla que había sacado al hombre, el Señor Dios formó una mujer y se la presentó al hombre. Entonces éste exclamó:

“Ahora sí, esta es hueso de mis huesos y carne de mi carne: por eso se llamará varona, porque del varón ha sido sacada”.

Por esta razón deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos se hacen uno solo.

Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no sentían vergüenza el uno del otro.

[Viene entonces todo el relato de la tentación, la caída y el llamado “protoevangelio”, el anuncio de que la estirpe de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente. Justo antes de la expulsión de Edén, en Génesis 3, 20 se dice:] El hombre puso a su mujer el nombre de Eva –es decir, Vitalidad– porque ella sería madre de todos los vivientes.

Soloveitchik destaca algunas diferencias fundamentales:

1.     Mientras que en el primer relato se dice que el hombre fue creado a imagen de Dios, sin explicar cómo fue formado su cuerpo, en el segundo se dice que fue modelado a partir del polvo de la tierra y que Dios sopló en su nariz el aliento de vida.
2.     “El primer Adán recibió del Todopoderoso el mandato de poblar la tierra y dominarla. Al segundo Adán se le carga con el deber de cultivar el huerto y cuidarlo”. Aunque Soloveitchik no lo dice, creo que puede ser interesante, si vamos a comparar las dos versiones, resaltar que en el primer relato, cuando Dios crea al hombre, ya ha creado previamente todo lo demás en días anteriores, mientras que en el segundo el Señor Dios había creado la tierra y el cielo, pero “no había todavía en la tierra arbusto alguno, ni brotaba hierba en el campo, porque el Señor Dios no había enviado aún la lluvia sobre la tierra, ni existía nadie que cultivase el suelo”. Sólo después de la creación de Adán es cuando “El Señor Dios plantó un huerto en Edén, al oriente, y en él puso al hombre que había formado” y explica cómo “El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver y buenos para comer, así como el árbol de la vida, en medio del huerto, y el árbol del conocimiento del bien y del mal”.
3.     En el primer relato, el hombre y la mujer fueron creados a la vez, mientras que en el segundo Adán está solo y es más tarde cuando, para aliviar esa soledad, crea a la mujer. Tampoco dice Soloveitchik, y creo que es importante, que el Señor Dios, para aliviar la soledad de Adán, forma de la tierra primero a “toda clase de animales del campo y aves del cielo” y le dice a Adán que les dé nombre. Sólo tras ver que con esto Adán “no encontró una ayuda adecuada para sí”, crea el YHVH Dios a la mujer. Pero Adán no la llama Eva, sino “varona, porque del varón ha sido sacada”. El nombre de Eva no aparece en el texto bíblico hasta después de la expulsión de Edén, cuando Adán pone “a su mujer el nombre de Eva –Vitalidad– porque ella sería madre de todos los vivientes”.
4.     Finalmente, Soloveitchik señala cómo mientras que en el primer relato el nombre de Dios, Señor, Elohim, aparece solo, en el segundo siempre aparece Elohim acompañado del nombre impronunciable de Dios, “Yo Soy el que Soy”, que los judíos, para no poder pronunciarlo escribían YHVH (al que el propio Soloveitchik se refiere con la palabra griega Tetragramatón), y que no sería revelado hasta el episodio de Moisés y la zarza ardiente. Esto da verosimilitud, a mi modesto entender, a la hipótesis de las dos tradiciones, ya que el segundo relato no pudo ser escrito hasta después de Moisés. En este segundo relato, otra vez según mi modesto entender, la traducción debería decir “YHVH Dios”, porque “Señor Dios” sería como repetir Adonai Elohim y no aparecería el Tetragramatón.

Tras resaltar estas diferencias la tesis de Soloveitchik afirma que hay diferencias sustanciales entre los dos Adanes, si bien deja totalmente claro que ambos tienen una misión encomendada por el Creador y una manera de llevarla a cabo. No hay por tanto el Adán “bueno” y el Adán “malo”.

El primer Adán

El primer Adán, por mandato del Señor, tiene que desentrañar cómo funciona ese cosmos que Dios ha creado, como si fuera un mecanismo. Y, entendiendo cómo funciona, usarlo para poner la naturaleza al servicio del desarrollo material del hombre, del que se hace responsable. Al hacerlo así, adquiere una dignidad y una majestuosidad especial por ese dominio que ejerce sobre el mundo creado. Por eso a veces le llama el Adán mayestático. “La dignidad del hombre, que se expresa en la consciencia de ser responsable y de ser capaz de descargar su responsabilidad, no se puede realizar mientras que el hombre no haya logrado el dominio sobre su entorno, pues la vida con ataduras a unas fuerzas elementales ciegas, es algo no responsable y, por tanto, no dignificado” […] “De ahí que el primer Adán, sea agresivo, atrevido y esté mentalizado para la victoria. Su lema es el éxito, el triunfo sobre las fuerzas del cosmos. Se esfuerza en su trabajo creativo en un intento de imitar a su Creador (imitatio Dei)[4].

En una primera lectura, esta visión de Soloveitchik de la dignidad del hombre me produjo un cierto rechazo. Creo que judíos y cristianos estamos de acuerdo en que la dignidad del hombre no proviene de su éxito en el dominio de la naturaleza, sino que es algo que pertenece a su esencia como criatura hecha a imagen y semejanza de Dios. Aunque en ningún sitio del libro el autor deja esto manifiestamente claro, creo que esa idea está en sus páginas. En una segunda lectura creí entender que Soloveitchik se refiere a una dignidad, digamos que con minúscula. No cabe duda de que ese triunfo confiere esa dignidad que, no por ser con minúscula es menos necesaria. ¿O es que alguien no quiere acabar con la indigna lacra de la miseria? Los más pobres de la tierra gozan de la Dignidad con mayúsculas de los hijos de Dios, pero no estaría nada mal que disfrutasen también de la dignidad con minúscula de salir de su miseria. Sin embargo, creo que del concepto de Soloveitchik se desprende que la dignidad con minúscula que adquiere el primer Adán, no es extensible a todos sus miembros a nivel personal. No todos llegan a descubrir los secretos de los mecanismos del cosmos ni a beneficiarse de la misma manera con esa majestuosidad. Es pues una majestuosidad aristocrática, que sólo alcanza directamente a los mejores y, sólo por extensión, al resto de la humanidad.

Así pues, este primer Adán, agente de Dios en someter las fuerzas de la naturaleza para obtener la dignidad con minúsculas, es un ser magnífico. Pero en su ingente tarea se ve ante algo que le supera de tal forma que sus límites caen más allá de cuanto pueda pensar.

El segundo Adán

El segundo Adán, el que se desprende del segundo relato del Génesis según Soloveitchik, no está interesado en el qué es el cosmos y en el cómo funciona, sino en el para qué. El autor describe las preguntas que se hace sobre el mundo este segundo Adán de una forma tan bella que no puedo dejar de citarlas literalmente:

“No formula una única pregunta funcional, sino que, en cambio, su investigación es de una naturaleza metafísica y con tres aspectos. Desea saber: ‘¿por qué existe?’, ‘¿qué es?’, ‘¿quién es’?’ (Aspecto 1). Se pregunta: ‘¿Por qué el mundo en su totalidad vino a existir? ¿Por qué el hombre se haya frente a ese orden –estupendo e indiferente– de las cosas y de los acontecimientos?’ (Aspecto 2). Pregunta: ‘¿Cuál es el propósito de todo esto? ¿Qué mensaje encierra la materia orgánica e inorgánica y qué significado tiene esa gran empresa que llega hasta mí tanto desde más allá de los confines del universo como desde las profundidades de mi alma atormentada?’ (Aspecto 3). El segundo Adán continua haciéndose preguntas: ‘¿Quién es Aquél que me sigue de manera constante, sin haber sido invitado ni deseado, como una sombra eterna, y que se desvanece en los recovecos de la trascendencia en el preciso instante en que me giro para enfrentarme a ese numinoso, increíble y misterioso Él? ¿Quién es Aquél que llena a Adán de sobrecogimiento y gozo y, de forma concurrente, de humildad y de una sensación de grandeza? ¿Quién es Aquél a quien Adán se aferra en un amor apasionado, que le devora, y de quien huye en un temor mortal, aterrorizado? ¿Quién es Aquél que tiene fascinado a Adán de un modo irresistible y quien, al mismo tiempo, hace que éste le rechace de manera irrevocable? ¿Quién es Aquél a quien Adán siente a la vez como el mysterium tremendum y como la verdad más elemental, más obvia y más comprensible? ¿Quién es Aquél que es Deus revelatus y Deus absconditus de manera simultánea? ¿Quién es Aquél cuyo aliento vital y reconfortante siente Adán de forma continua y quien al tiempo se mantiene distante y remotamente apartado de todo?’”

Y, sin embargo, el segundo Adán no puede responder a ninguna de esas preguntas. El primero, usando la inteligencia que le ha sido dada por su Creador, a fuerza de avanzar en su conocimiento del mecanismo, llega a darse cuenta de que nunca podrá llegar a la última respuesta del qué y el cómo, pero su avance continúa, imparable. Su meta está más allá de donde puede llegar, pero el camino hacia ella es transitable y nunca deja de avanzar por él, mayestáticamente. El segundo no puede dar más que pasos inciertos en lo que el mandato divino le exige. Se siente enormemente desvalido, necesitado, dependiente de su Creador y, en definitiva, solo. Se encuentra ante el misterio, que no es una meta lejana a la que se acerca uno por un camino más o menos largo y tortuoso, sino que es algo que requiere un conocimiento distinto, al que podríamos llamar transracional. Necesita la ayuda de Dios para avanzar siquiera un milímetro en esa senda. Pero, en medio de esa desvalidez y soledad –y esto no se lee en Soloveitchik–, tiene una Dignidad, con mayúscula, exactamente igual para todos los seres humanos, que emana, precisamente, de su relación de dependencia filial con el Dios que le ha creado a su imagen y semejanza. No será una dignidad mayestática de dominio, pero es una dignidad esencial y universal, no aristocrática. Y ese Dios que le ha creado y que le ha conferido esa dignidad con mayúsculas, le ayuda y remedia esa soledad.

En primer lugar, se da cuenta de ella. Al segundo Adán no le basta con que la naturaleza sea su campo de expansión. No le basta con ir “poniendo nombre a todos los ganados, a todas las aves del cielo y a todas las bestias salvajes” esto no supone “una ayuda adecuada para sí”. Necesita una compañía semejante a él, complementaria a él. Y así, el Señor YHVH crea a la mujer. Por supuesto que no hay que tomar al pie de la letra lo de la costilla ni lo de que primero crease al hombre y después a la mujer. Pero creó la capacidad de complementariedad –anatómica y emocional. Aunque la anatómica ya existía desde mucho antes en el proceso evolutivo, cobra un nuevo sentido mucho más profundo tras la creación de la mujer–  de los seres humanos para compartir esta soledad y desamparo. Pero, lo más importante, el mismo YHVE Dios se les muestra tal cual es.

Pero con la negativa del hombre a aceptar su posición de dependencia frente a Dios, la razón oscurecida del segundo Adán se pierde en el laberinto y el desorden creado por esa negativa y deja de ver directamente a su Creador. Sin embargo, Éste no le abandona a su suerte, no le despoja de su Dignidad esencial, sino que desarrolla un plan de reencuentro en un proceso histórico que empieza en el mismo momento de la obnubilación. Dios se revela al hombre para que pueda llegar al conocimiento de su naturaleza y de su plan, cosa que jamás podría hacer con la sola razón del primer Adán. Más aún, crea una alianza con él y, a través de personajes especiales y de un pueblo elegido, desarrolla una historia lineal –gran descubrimiento del judaísmo– de aproximación a Él, de vuelta a Él, el Alfa y el Omega.

Dignidad frente a redención

Soloveitchik, en vez de distinguir entre dignidad con minúscula y Dignidad con mayúscula, como hago yo, distingue entre la dignidad obtenida por el primer Adán y la “redención catártica” lograda por el segundo. Para Soloveitchik la redención catártica la gana el segundo Adán a “través del ejercicio del control sobre sí mismo”[5], pero una vez lograda forma parte de la esencia ontológica del ser humano (aunque no soy filósofo, creo detectar aquí una contradicción. Si algo forma parte de la esencia ontológica, no puede ser algo logrado de forma voluntarista). Sin embargo, en otra frase afirma que “el hombre encuentra la redención siempre que se vea superado por el Creador de la naturaleza. La dignidad se descubre en la cúspide del éxito, la redención, en la profundidad de la crisis y el fracaso”[6]. Leyendo estas páginas, me parece que algo pide a gritos la palabra Cristo, el Gran Fracasado, el Gran Vencido por Dios en la obediencia del “no se haga mi voluntad sino la tuya” inmediatamente anterior al Gran Fracaso de la Cruz. Dios vencido por Dios y Cristo, verdadero hombre, adquiriendo de Dios para nosotros la redención con su obediencia hasta la muerte, que fue la consecuencia del desorden de la desobediencia. Y, con la redención, la Gran Victoria en la Resurrección. Por supuesto, no es posible que algo así salga de la boca de un rabino judío, pero me parece que el contexto lo grita desde el silencio. El judaísmo me parece maravilloso, pero creo que sin la piedra de clave de Cristo, su bóveda no se sustenta.

Las comunidades de los dos Adanes

Desde el principio, los dos Adanes son seres sociales. Esa sociabilidad les lleva a ambos a constituir comunidades. Pero comunidades bien distintas. El primer Adán forma, como no podía ser de otra manera, comunidades orientadas al logro, equipos de trabajo que conquistan nuevas metas en el control y el manejo del universo-mecanismo, en palabras de Soloveitchik, comunidades mayestáticas. Estas son empresas, en el sentido etimológico de la palabra, es decir, actividades hechas en comunidad y orientadas al logro de un fin. Pueden ser empresas comerciales, o grupos de investigación para buscar la forma de curar el cáncer o para llegar al conocimiento del origen del cosmos, u ONG’s para luchar contra el hambre en el mundo, o para transmitir a otros creencias y modos de ver la vida, o para dirigir la vida política de un país, etc., etc., etc. En estas comunidades sólo hay dos personas gramaticales, el yo y el tú, entre las que se establece una relación utilitarista técnica. En estas comunidades, Adán y Eva trabajan juntos por lograr la dignidad con minúscula para la mayor cantidad de gente posible.

Las comunidades creadas por el segundo Adán no tienen nada que ver con esto. Son comunidades que Soloveitchik llama “de la alianza”. En éstas están presentes las tres personas gramaticales, el yo, el tú y el Él. “Dentro de la comunidad de la alianza Adán y Eva participan de la experiencia de ‘ser’, no simplemente de ‘trabajar’ juntos”[7]. Y esta comunidad tiene dos vertientes: una en la que “Dios, a quien el hombre ha buscado por las infinitas sendas del universo, es descubierto de repente en intimidad y cercanía con él, justo frente a él, a su lado”[8]. Más que ser descubierto, es Él quien se muestra gratuitamente, aunque siempre de forma velada e intermitente. A esta vertiente de la comunidad de la alianza la llama Soloveitchik, profética. Pero, “cuando el hombre se dirige y llama a Dios, haciendo uso del sonido informal y amistoso del ‘Tú’, vuelve a producirse el mismo milagro: Dios se une al hombre y, en ese encuentro promovido por el hombre nace una nueva comunidad de la alianza, la comunidad de la oración”[9]. Por supuesto, estas dos vertientes de la comunidad de la alianza son necesarias y complementarias la una para la otra. Estas comunidades buscan en Dios la redención para llevarla a todos (según el cristianismo, reciben gratuitamente la redención obtenida por Cristo y sólo deben aceptarla).

La tragedia de la ruptura

Vuelvo a insistir en algo que he dicho al principio: la distinción entre los dos Adanes no significa, ni mucho menos, que haya un Adán mejor que otro. Ambos responden a una misión encomendada directamente por Dios y ambas misiones deben ser cumplidas. Ciertamente, la relación entre ambos debe ser dialógica antes que dialéctica, de encuentro antes que de confrontación, como ya he dicho antes que señala el Prof. Antuñano en la presentación de la obra. No se debe de ninguna manera confundir a ambos Adanes con el hombre de la carne y el hombre del espírirtu, el hombre viejo y el hombre nuevo de san Pablo.

Sin embargo –y este es un punto clave de Soloveitchik–, en los últimos siglos de la historia se ha producido una ruptura. Los dos Adanes se han empezado a despreciar mutuamente. No pienso, ni por asomo, entrar en la cuestión de cuál de los dos inició las hostilidades, pero el desgarro es bastante hiriente y va en detrimento de ambos porque crea una dualidad destructiva. Soloveitchik parece cargar las culpas de esta ruptura al primer Adán, pero yo no lo tengo ni remotamente claro. Pero creo que eso es irrelevante. Lo importante es que esa herida se ha abierto y sangra, y duele. Pero esa ruptura, afortunadamente, no es ni drástica ni nítida ni, mucho menos, definitiva. En toda persona coexisten con mayor o menor peso, ambos Adanes, porque ambos son parte sustancial de la naturaleza humana. Por tanto, no existe ni un solo ser humano que sea sólo primer Adán y no tenga ningún sentido de la trascendencia, ni de la dependencia de poderes superiores, los llame como los llame, ni que no sienta de vez en cuando la soledad en el alma y la nostalgia de llenar esa soledad con algo más que su comunidad mayestática. Y tampoco lo recíproco existe. No hay nadie que sea sólo un Adán y que se dedique únicamente a las actividades puras de su Adán.

A partir de este momento, aviso que Soloveitchik nada tiene que ver con lo que digo a continuación. Y lo hago porque no quiero cargar en las espaldas y el prestigio de nadie ideas mías que pueden resultar estúpidas o disparatadas.

Ciertamente, aunque se produzca la ruptura, y aunque sea perjudicial para el hombre, el segundo Adán sigue beneficiándose de forma directa de los logros del primer Adán. Los avances científicos, tecnológicos y económicos siguen mejorando la dignidad (con minúscula) del segundo Adán tanto como la del primero. Ciertamente, el primer Adán tampoco pierde, con la ruptura, ni un ápice de su Dignidad (con mayúsculas), pero tampoco gana en ella, porque le es inherente y, además, no es el segundo Adán el que se la confiere. Pero ambos Adanes, y la humanidad, pierden por la ruptura del diálogo creativo entre ellos. ¿Se puede vivir sin esta armonía? Posiblemente sí. Como se puede vivir con un problema de coordinación entre el hemisferio izquierdo y el derecho del cerebro: mal, muy mal[10]. Sin embargo creo que es, sin duda, el primer Adán el que más pierde con esta ruptura.

Hay una cosa cierta. El primer Adán, como persona, no necesariamente como comunidad, acaba de forma indefectible e ineludible en el fracaso. La enfermedad, la decrepitud y la muerte, son algo de lo que ningún ser humano se libra. Y contra estos males, de poco o nada sirven los logros, la majestuosidad y la dignidad del primer Adán. Todo queda en nada. No ocurre lo mismo, en cambio, con la redención ni con los dones gratuitos que recibe el segundo Adán, tanto en su vertiente profética como orante. Nada de eso se pierde. Por eso, en lo más íntimo de nosotros, nuestro primer Adán necesitará siempre, en algún momento, en los momentos más decisivos de la vida, en EL ÚNICO MOMENTO DECISIVO de la vida, la ayuda y la cercanía del segundo Adán redimido. En cambio, en ese momento, el primer Adán no tiene nada, absolutamente nada, que aportar al segundo. Necesita al segundo Adán, que vive de la gracia y no envejece. Sin él tendría razón Sartre cuando dice, por boca de Barioná:

“… el mundo no es más que una caída interminable, el mundo no es más que una mota de polvo que no termina nunca de caer. Las personas y las cosas aparecen de repente en un punto de la caída y, apenas aparecidos, son arrastrados por esta caída universal y empiezan también a caer, se atomizan y se deshacen. ¡Oh, compañeros!, mi sabiduría me ha dicho: la vida es una derrota, nadie sale victorioso, todo el mundo resulta vencido; todo ha ocurrido siempre para mal y la mayor locura del mundo es la esperanza”[11].

Pero, ¿y si este Adán ha sido íntimamente masacrado, qué o quién lo sustituirá? Naturalmente, está en manos del Dios de misericordia que ha creado a ambos Adanes el fortalecer al segundo Adán en el interior de cada hombre en el momento decisivo y creo que así lo hace siempre. Pero, este fortalecimiento necesitará ser aceptado por la libertad del primer Adán y si la vida de éste ha sido una lucha constante contra aquél, ¿será capaz de aceptar la reconciliación que se le da en el momento decisivo?

Por tanto, no sería mala cosa para nuestra vida esta cuádruple misión:

-        Trabajar con ahínco para que nuestro primer Adán consiga la máxima dignidad para la mayor cantidad de gente. Es decir, para hacer un mundo mejor. Para conseguir los mayores logros posibles es necesaria la creación de comunidades mayestáticas eficientes.
-        Pedir la gracia de la íntima unión de los dos Adanes en cada uno de nosotros, en un continuo diálogo vivificador en vez de en una estéril confrontación dialéctica.
-        Proclamar a través de las comunidades de la alianza profética el anuncio de la bondad de la redención de Dios a ambos Adanes a través de la aceptación de la misma por el segundo.
-        Poner en la patena de las comunidades de la alianza orante de los segundos Adanes la sutura de esa herida abierta, pero sanable por quien tiene el poder para sanarla.



[1] Pag 41.
[2] Creo que el Prof. Antuñano, de la Universidad Francisco de Vitoria, en su presentación de la edición española, ilumina muy procedentemente la cuestión cuando dice que “dialéctico (confrontación) no es lo mismo de dialógico (encuentro) aunque ambos modos de relación partan, necesariamente, con realidades que entre sí son diferentes”
[3] La traducción de la Biblia que uso es la de la Casa de la Biblia, traducida desde su lengua original, en el caso del Génesis desde el hebreo, terminada en 1991.
[4] Pags. 46 y 47.
[5] Pag. 64
[6] Pag. 64
[7] Pag. 77
[8] Pag. 78
[9] Pag. 78

[10] http://librodenotas.com/guiaparaperplejos/15677/como-vivir-con-un-cerebro-y-dos-conciencias Cómo vivir con un cerebro y dos conciencias: El paciente B se abotona la camisa. Mientras su mano derecha coloca los botones en los ojales, descubre horrorizado que su mano izquierda lleva un rato luchando por hacer lo contrario. Desde hace unos minutos, una mano abotona mientras la otra se dedica a deshacer el trabajo. No es una pesadilla, es una alteración conocida como síndrome de la mano ajena, http://es.wikipedia.org/wiki/S%C3%ADndrome_de_la_mano_extra%C3%B1a bien documentada por los neurólogos desde hace años.

[11] Jean Paul Sartre, Barioná, el hijo del trueno, Cuadro II, Escena II.

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