13 de septiembre de 2015

El Papa sobre el año de la Misericordia y el aborto y sobre la nulidad matrimonial

Hoy dedicado la entrada íntegramente al Papa Francisco en dos asuntos del máximo interés para los cristianos y para muchas personas de buena voluntad. El primero, sobre el año jubilar de la Misericordia y el aborto y el segundo sobre las modificaciones en el proceso de declaración de nulidad del matrimonio. Es para mí una inmensa alegría tratar estos temas porque en ellos veo al Papa que me parece maravilloso, el que pone el acento en la Misericordia de Dios y en que los cristianos seamos, en frase suya, “facilitadores de la gracia en vez de sus aduaneros”. Y es para mí una alegría no tener que ser otra vez la mosca molesta que soy cuando el Papa habla de economía.

Los dos temas –pero especialmente el primero– han sido tratados por la prensa, en general, de forma lamentable, en una mezcla, que varía según el medio, de ignorancia, mala intención para crear confusión, sensacionalismo y estupidez. Pero vamos a ello.

1º Año de la Misericordia. Lo primero, para ir a las fuentes, adjunto más adelante [1] el texto íntegro de lo que REALMENTE ha dicho el Papa al respecto. En ningún momento el Papa quita gravedad al terrible pecado del aborto. Lo que dice es que, excepcionalmente, y durante este año, todo sacerdote podrá absolver de ese pecado y no sólo el Obispo, como es el procedimiento normal para perdonar este pecado y al que siempre se ha podido recurrir. (A este respecto, una persona a la que di a leer esto antes de colgar la entrada me hizo un comentario que incluyo en [2]). Es decir, es facilitador de la gracia, pero sin confundir los términos y llamando pecado al pecado. Se apiada del dolor de tantas mujeres que, a menudo, son casi tan víctimas del aborto como los niños que lo sufren, ya que se ven empujadas a ello por muchos y terribles condicionamientos que el Papa conoce muy bien por sus años de Pastor. También demuestra misericordia por  aquellas otras mujeres que tal vez hayan recurrido al aborto de manera menos condicionada pero que sientan la herida de lo hecho y a aquellos que hayan colaborado de la forma que sea en el aborto y estén arrepentidos. Pero, SIEMPRE, pasando por el sacramento de la confesión donde se produce el encuentro con la Misericordia de Dios. Y pide a los sacerdotes que sean testigos de esa Misericordia, pero les que pide también que ayuden a comprender la gravedad del pecado cometido. Aunque está en lo que adjunto, no quiero dejar de citar literalmente un párrafo de la carta.

“Uno de los graves problemas de nuestro tiempo es, ciertamente, la modificación de la relación con la vida. Una mentalidad muy generalizada que ya ha provocado una pérdida de la debida sensibilidad personal y social hacia la acogida de una nueva vida. Algunos viven el drama del aborto con una consciencia superficial, casi sin darse cuenta del gravísimo mal que comporta un acto de ese tipo. Muchos otros, en cambio, incluso viviendo ese momento como una derrota, consideran no tener otro camino por donde ir. Pienso, de forma especial, en todas las mujeres que han recurrido al aborto. Conozco bien los condicionamientos que las condujeron a esa decisión. Sé que es un drama existencial y moral. He encontrado a muchas mujeres que llevaban en su corazón una cicatriz por esa elección sufrida y dolorosa. Lo sucedido es profundamente injusto; sin embargo, sólo el hecho de comprenderlo en su verdad puede consentir no perder la esperanza. El perdón de Dios no se puede negar a todo el que se haya arrepentido, sobre todo cuando con corazón sincero se acerca al Sacramento de la Confesión para obtener la reconciliación con el Padre. También por este motivo he decidido conceder a todos los sacerdotes para el Año jubilar, no obstante cualquier cuestión contraria, la facultad de absolver del pecado del aborto a quienes lo han practicado y arrepentidos de corazón piden por ello perdón. Los sacerdotes se deben preparar para esta gran tarea sabiendo conjugar palabras de genuina acogida con una reflexión que ayude a comprender el pecado cometido, e indicar un itinerario de conversión verdadera para llegar a acoger el auténtico y generoso perdón del Padre que todo lo renueva con su presencia”

Creo conveniente decir algo sobre el tan mal conocido e interpretado tema de las indulgencias, que al fin y al cabo es uno de los aspectos fundamentales del jubileo. Para ello, os adjunto una breve página más adelante [3].

Y, para acabar con este tema del aborto, un inciso: Todos nos hemos sentido sobrecogidos por la imagen del niño sirio ahogado en la playa. La imagen ha dado la vuelta al mundo como la pólvora y ha movido a muchos a volcarse con los refugiados. Creo que si se mostrasen en los periódicos fotos de fetos -seres humanos más indefensos que niños- descuartizados, la condescendencia con el aborto se terminaría en semanas. Pero, conscientes de eso, todos los lobbies abortistas han creado el sentimiento de que hacer semejante cosa es disgusting y, cualquier periódico que lo hiciese sería boicoteado por sensacionalista y retrógrado. Eso se llama hipocresía.

2º Trámites para la nulidad del matrimonio. Tampoco aquí el Papa cambia ni un ápice el principio de la indisolubilidad del matrimonio, ni de las causas por las que el matrimonio pueda ser nulo, ni pretende “bajar el listón”. Ni por asomo. Lo que hace es facilitar trámites y costes. Hasta donde yo sé (y si alguien que sepa más ve que me equivoco, le pido que me corrija), hasta la entrada en vigor de las nuevas normas, era necesaria la presencia de tres jueces canónicos para determinar si se dan las condiciones de nulidad. Además, eran necesarias dos sentencias de dos tribunales diferentes para que la resolución fuese positiva. Si no era así, podía interponerse un recurso a un tribunal superior, lo que llevaba a tres procesos. Ahora el Papa dice que sólo es necesario un juez y que sólo es necesaria una sentencia en vez de dos (o dos si se recurre una decisión negativa). En los casos clarísimos, ni siquiera es necesario un tribunal, sino que el propio Obispo puede sancionar la nulidad. Esto quita una enorme cantidad de trámites, acorta un proceso que siempre es doloroso y disminuye los costes. Hay que decir sin embargo, que en el 70% de los casos, aduciendo escasez de recursos económicos, el coste eclesiástico del proceso era cero. Es decir, nadie veía la puerta cerrada por motivos económicos. En cualquier caso, las tasas del proceso no eran una fuente de ingresos para la Iglesia, sino que se destinaban a pagar a las personas que trabajan en ello, jueces, abogados, procuradores, etc. El Papa quiere ir un paso más allá y hacer que sea gratis para todo el mundo. No sé si esto es llevar las cosas demasiado lejos, porque hay unos costes de personas que se dedican a ello y que tienen derecho a que su necesario y valioso trabajo, sea recompensado. El Papa habla de un fondo para ellos. Veremos.

Pero, en cualquier caso, esto son detalles. Lo importante: De ninguna manera esto cuestiona el principio de indisolubilidad del matrimonio ni las causas de nulidad, sino que únicamente, para que la Iglesia no sea aduanera de la gracia, sino facilitadora, el Papa simplifica trámites y procesos. Bienvenido sea este cambio.

Sin embargo, en última instancia, no se debe perder de vista que la obtención de la nulidad es un asunto de conciencia. Como toda institución humana, los tribunales que juzgan sobre este tema pueden ser engañados si se es suficientemente astuto. Pero esta astucia me parece más bien estupidez, porque si uno no cree en nada de esto, qué más le da la nulidad que pueda o no pueda conceder el tribunal eclesiástico, pero si uno cree, sabe que se puede engañar a los hombres, pero no a Dios. Y no es conveniente confundir la Misericordia de Dios con una estupidez de la que carece. (Aunque si bien Dios no es estúpido, su Misericordia tiene una segunda derivada (y una tercera, y una cuarte y...) que alcanza también a los que le toman por tal, siempre que se arrepientan sinceramente de ello, reconozcan su segunda derivada de pecado y pasen por el sacramento del Perdón).

Por aquello de ir a las fuentes, me gustaría adjuntaros el Motu Propio en el que se establece todo esto, pero en la página web del Vaticano todavía no aparece traducido al español y, además, es muy árido. Os adjunto, en cambio, una breve reseña de la rueda de prensa que tuvo lugar tras la comunicación del Motu proprio [4].



[1] Al venerado hermano Monseñor Rino Fisichella Presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización.

La cercanía del Jubileo extraordinario de la Misericordia me permite centrar la atención en algunos puntos sobre los que considero importante intervenir para facilitar que la celebración del Año Santo sea un auténtico momento de encuentro con la misericordia de Dios para todos los creyentes. Es mi deseo, en efecto, que el Jubileo sea experiencia viva de la cercanía del Padre, como si se quisiese tocar con la mano su ternura, para que se fortalezca la fe de cada creyente y, así, el testimonio sea cada vez más eficaz.

Mi pensamiento se dirige, en primer lugar, a todos los fieles que en cada diócesis, o como peregrinos en Roma, vivirán la gracia del Jubileo. Deseo que la indulgencia jubilar llegue a cada uno como genuina experiencia de la misericordia de Dios, la cual va al encuentro de todos con el rostro del Padre que acoge y perdona, olvidando completamente el pecado cometido. Para vivir y obtener la indulgencia los fieles están llamados a realizar una breve peregrinación hacia la Puerta Santa, abierta en cada catedral o en las iglesias establecidas por el obispo diocesano y en las cuatro basílicas papales en Roma, como signo del deseo profundo de auténtica conversión. Igualmente dispongo que se pueda ganar la indulgencia en los santuarios donde se abra la Puerta de la Misericordia y en las iglesias que tradicionalmente se identifican como Jubilares. Es importante que este momento esté unido, ante todo, al Sacramento de la Reconciliación y a la celebración de la santa Eucaristía con un reflexión sobre la misericordia. Será necesario acompañar estas celebraciones con la profesión de fe y con la oración por mí y por las intenciones que llevo en el corazón para el bien de la Iglesia y de todo el mundo.

Pienso, además, en quienes por diversos motivos se verán imposibilitados de llegar a la Puerta Santa, en primer lugar los enfermos y las personas ancianas y solas, a menudo en condiciones de no poder salir de casa. Para ellos será de gran ayuda vivir la enfermedad y el sufrimiento como experiencia de cercanía al Señor que en el misterio de su pasión, muerte y resurrección indica la vía maestra para dar sentido al dolor y a la soledad. Vivir con fe y gozosa esperanza este momento de prueba, recibiendo la comunión o participando en la santa misa y en la oración comunitaria, también a través de los diversos medios de comunicación, será para ellos el modo de obtener la indulgencia jubilar. Mi pensamiento se dirige también a los presos, que experimentan la limitación de su libertad. El Jubileo siempre ha sido la ocasión de una gran amnistía, destinada a hacer partícipes a muchas personas que, incluso mereciendo una pena, sin embargo han tomado conciencia de la injusticia cometida y desean sinceramente integrarse de nuevo en la sociedad dando su contribución honesta. Que a todos ellos llegue realmente la misericordia del Padre que quiere estar cerca de quien más necesita de su perdón. En las capillas de las cárceles podrán ganar la indulgencia, y cada vez que atraviesen la puerta de su celda, dirigiendo su pensamiento y la oración al Padre, pueda este gesto ser para ellos el paso de la Puerta Santa, porque la misericordia de Dios, capaz de convertir los corazones, es también capaz de convertir las rejas en experiencia de libertad.

He pedido que la Iglesia redescubra en este tiempo jubilar la riqueza contenida en las obras de misericordia corporales y espirituales. La experiencia de la misericordia, en efecto, se hace visible en el testimonio de signos concretos como Jesús mismo nos enseñó. Cada vez que un fiel viva personalmente una o más de estas obras obtendrá ciertamente la indulgencia jubilar. De aquí el compromiso a vivir de la misericordia para obtener la gracia del perdón completo y total por el poder del amor del Padre que no excluye a nadie. Será, por lo tanto, una indulgencia jubilar plena, fruto del acontecimiento mismo que se celebra y se vive con fe, esperanza y caridad.

La indulgencia jubilar, por último, se puede ganar también para los difuntos. A ellos estamos unidos por el testimonio de fe y caridad que nos dejaron. De igual modo que los recordamos en la celebración eucarística, también podemos, en el gran misterio de la comunión de los santos, rezar por ellos para que el rostro misericordioso del Padre los libere de todo residuo de culpa y pueda abrazarlos en la bienaventuranza que no tiene fin.

Uno de los graves problemas de nuestro tiempo es, ciertamente, la modificación de la relación con la vida. Una mentalidad muy generalizada que ya ha provocado una pérdida de la debida sensibilidad personal y social hacia la acogida de una nueva vida. Algunos viven el drama del aborto con una consciencia superficial, casi sin darse cuenta del gravísimo mal que comporta un acto de ese tipo. Muchos otros, en cambio, incluso viviendo ese momento como una derrota, consideran no tener otro camino por donde ir. Pienso, de forma especial, en todas las mujeres que han recurrido al aborto. Conozco bien los condicionamientos que las condujeron a esa decisión. Sé que es un drama existencial y moral. He encontrado a muchas mujeres que llevaban en su corazón una cicatriz por esa elección sufrida y dolorosa. Lo sucedido es profundamente injusto; sin embargo, sólo el hecho de comprenderlo en su verdad puede consentir no perder la esperanza. El perdón de Dios no se puede negar a todo el que se haya arrepentido, sobre todo cuando con corazón sincero se acerca al Sacramento de la Confesión para obtener la reconciliación con el Padre. También por este motivo he decidido conceder a todos los sacerdotes para el Año jubilar, no obstante cualquier cuestión contraria, la facultad de absolver del pecado del aborto a quienes lo han practicado y arrepentidos de corazón piden por ello perdón. Los sacerdotes se deben preparar para esta gran tarea sabiendo conjugar palabras de genuina acogida con una reflexión que ayude a comprender el pecado cometido, e indicar un itinerario de conversión verdadera para llegar a acoger el auténtico y generoso perdón del Padre que todo lo renueva con su presencia.
Una última consideración se dirige a los fieles que por diversos motivos frecuentan las iglesias donde celebran los sacerdotes de la Fraternidad de San Pío X. Este Año jubilar de la Misericordia no excluye a nadie. Desde diversos lugares, algunos hermanos obispos me han hablado de su buena fe y práctica sacramental, unida, sin embargo, a la dificultad de vivir una condición pastoralmente difícil. Confío que en el futuro próximo se puedan encontrar soluciones para recuperar la plena comunión con los sacerdotes y los superiores de la Fraternidad. Al mismo tiempo, movido por la exigencia de corresponder al bien de estos fieles, por una disposición mía establezco que quienes durante el Año Santo de la Misericordia se acerquen a los sacerdotes de la Fraternidad San Pío X para celebrar el Sacramento de la Reconciliación, recibirán válida y lícitamente la absolución de sus pecados.

Confiando en la intercesión de la Madre de la Misericordia, encomiendo a su protección la preparación de este Jubileo extraordinario.

Vaticano, 1 de septiembre de 2015.



[2] Respecto a la absolución del pecado del aborto, XXX me explicó el otro día que lo que el Papa ha hecho para el año de la Misericordia es la práctica habitual en su diócesis y en otras muchas. Es decir, su obispo da permiso a todos sus sacerdotes para dar la absolución del pecado y permitir la vuelta a los sacramentos de forma inmediata. Tan solo les pide que informen de cada caso a la diócesis, obviamente de forma anónima y asegurando que el sacerdote informa adecuadamente de la gravedad del pecado. No sé hasta qué punto es una práctica generalizada, pero desde luego es algo habitual.

En otras diócesis, si no le entendí mal, el sacerdote escucha la confesión y emplaza a la mujer (o al hombre porque además esto no es exclusivo del pecado del aborto) a volver al cabo de unos días para recibir la absolución. Durante ese período informa al obispo de su diócesis, siempre de forma anónima, del caso detallado, las circunstancias en las que se produjo y la explicación que se le ha dado acerca de la gravedad del pecado, tras lo cual se le da permiso para dar la absolución.

En consecuencia, la decisión del Papa generaliza una práctica ya habitual en la Iglesia Católica (que muy posiblemente él ya había adoptado siendo arzobispo de Buenos Aires). Esto es relevante de cara a la pésima explicación que se ha dado del asunto, incluido en medios católicos, en los que parece que antes no se daba la absolución o que la mujer tenía que acudir nada menos que a un obispo para recibirla. Una de esas confusiones, ésta más bien malintencionada en algún artículo que he leído, es confundir la excomunión latae sententiae de pecados graves como el aborto, que es automática al cometer el pecado, es anónima (dado que solo la persona que ha cometido el pecado lo sabe) y se elimina en el mismo momento de la absolución, con la excomunión ferendae sententiae, que es una condena pública por la reiteración de un pecado público, notorio y plenamente consciente, impuesta por un tribunal una vez agotadas otras alternativas. Es obvio que a una mujer que ha abortado nunca se le impone el segundo tipo de excomunión. Pero todo vale con tal de aprovecharse de la ignorancia de la gente, un gran número de católicos incluidos (entre los que me encontraba antes de hablar con  del tema e informarme un poco por internet, no te vayas a creer que hay que empollarse tratados de teología...).



[3] La Iglesia, como administradora de los méritos infinitos de Cristo, concede gracias especiales que permiten, con medios muy sencillos obtener para uno mismo o para un alma del purgatorio una indulgencia plenaria. Estos medios no pueden ser más sencillos: se puede obtener indulgencia plenaria con cosas tan sencillas como leer media hora la Biblia o rezar el rosario en familia. Hay que rezar también Padrenuestro, Ave María y Gloria por el Papa, un Credo en comunión con la fe de la Iglesia, comulgar en el día y confesar en la semana anterior o posterior. A estos requisitos les falta el más importante, sin el cual no hay indulgencia que valga y cuyo olvido histórico es el que hace que tanta gente vea lo de las indulgencias como una práctica vacía de contenido o incluso como simonía. Este requisito es un acto de contrición. Este es el más importante, y el más provechoso para el que gana la indulgencia aunque sea para otra persona. No es, por tanto, una especie de concurso en el que si se da tres vueltas a la pata coja hacia la derecha seguidas de una voltereta lateral, ¡hop! se obtiene la indulgencia. Es necesario un acto de contrición, de dolor por las ofensas a un Dios que sufre con nuestro pecado, porque va contra nuestra felicidad, y que nos quiere hasta la muerte, y muerte de cruz.

Tampoco conviene menospreciar el purgatorio. En él, las almas tienen que purificarse para ser capaces de soportar la visión directa de la santidad de Dios, cuya contemplación sería insoportable sin la mayor pureza. Lo mismo que no se puede meter en un microondas un líquido lleno de virutas de hierro, así no se puede entrar en la presencia de la santidad de Dios sin ser totalmente limpios de corazón. Como hay que filtrar el líquido para poderlo meter en el microondas, así debe el alma ser “filtrada” antes de subir hacia Dios. Y es esa espera, ese ya, pero todavía no, ese ansia del alma que ya sabe qué es esa contemplación pero que todavía no puede acceder a ella, la que hace que en el purgatorio se sufra de impaciencia y de anhelo. Conseguir para un alma que está en ese vivir sin vivir que pueda pasar de una forma inmediata a la presencia de Dios, es una imponente obra de caridad si se ve con los ojos de la fe. Y que Dios haya puesto en nuestras manos el conseguir esto es otra cosa inaudita.

A veces, la Iglesia, para hacer más conscientes a los cristianos sobre la importancia de obtener indulgencia plenaria, convoca acontecimientos extraordinarios que movilizan a los cristianos y les hacen ver la importancia de las indulgencias como muestra de la Misericordia de Dios. Son los Jubileos. Pero esos momentos extraordinarios no son más válidos que los caminos corrientes.

¿No es grandioso que por los méritos de Jesucristo y a través de la Iglesia podamos lograr eso? ¿No es grandioso que, además, el acto de contrición nos acerque más al Amor de Dios? ¿Es esto ñoñería, meapilez o simonía? Si se tiene fe, de ninguna manera. Es caridad en estado puro. So no se tiene… es “locura para los griegos y escándalo para los judíos”.



[4]
            Reforma sobre nulidad matrimonial: retroactividad, costos y tiempos
            Tras la presentación de los dos 'motu proprio' del papa Francisco sobre la agilización de los procesos, los periodistas hicieron sus preguntas
            Ciudad del Vaticano, 08 de septiembre de 2015 (ZENIT.org) Sergio Mora
            Respondiendo a las preguntas de los periodistas presentes este martes en la Sala de prensa de la Santa Sede, después de la presentación de los dos Motu Propio del Papa Franciasco que permitirán procesos sobre nulidad matrimonial con tiempos más breves, fueron abordados varios temas como la retroactividad de los procesos en curso.

Presentaron los motu proprio seis miembros de la Comisión especial para la reforma del proceso matrimonial católico, instituida por el Santo Padre para facilitar y eliminar burocracia, sin perder el rigor necesario, tres de los cuales miembros de los principales tribunales de la Santa Sede: de la Doctrina de la Fe, de la Signatura Apostólica, y de la Rota Romana.

Uno los puntos principales, es que no se trata de estudiar como anular un matrimonio, puesto que la Iglesia defiende la indisolubilidad del vínculo conyugal, sino en juzgar los casos en los que se considera que el matrimonio fue nulo por causas diversas, como la coerción. 

Sobre la retroactividad, los conferencistas indicaron que las nuevas normas --las cuales prevén entre otros factores que la primera sentencia sea definitiva si no hubiera apelo-- se aplicarán para las sentencias posteriores al 8 de diciembre, fecha en que entran en vigor las nuevas normas. O sea que las modificaciones promulgadas con los dos 'motu proprio' del papa Francisco no serán retroactivas.

Al responder por qué no fue necesario esperar el próximo sínodo de octubre sobre la familia para realizar esta reforma, el cardenal Francesco Cocopalmerio, presidente del Pontificio Consejo de los Textos Legislativos indicó que ya en el sínodo pasado quedó absolutamente claro que la reforma en estos puntos ha sido solicitados por los obispos.

Por lo que se refiere a la preparación de los obispos para poder ser jueces en los procesos de nulidad, fue señalado que habrá una formación permanente. Además la reforma comienza a entrar en vigor recién en diciembre, lo que supone un tiempo de preparación. “”Es una inversión y será necesario implementar y la formación hará el resto, indicó el secretario de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Mons. Luis Ladaria Ferrer, S.J.

Por su parte el exarca apostólico de Atenas, Dimitros Salachas, siempre respondiendo a las preguntas de la prensa, añadió que el obispo pasa a ser juez pero no está solo, hay una sinodalidad diocesana. “Ay del obispo que quiere hacer todo sólo” dijo, reconociendo que este problema se presenta también en las Iglesias de oriente. Precisó que las personas involucradas tendrán experiencia y aseveró que “más que jueces deberán ser médicos”. Además hay otros temas que habrá que resolver, como los idiomas y las traducciones por ejemplo en griego moderno.

Sobre los motivos evidentes que pueden acortar los procesos, el cardenal Cocopalmeiro indicó por ejemplo circunstancias fácilmente documentables, como la esterilidad conocida antes del matrimonio y no indicada al cónyuge, o poseer una enfermedad transmisible no dada a conocer antes de la boda.

El prelado auditor de la Rota Romana, Mons. Alejandro W. Bunge, respondió que cambian 21 cánones, pero que existen todos los demás. Partiendo de los hechos más evidentes y probándolos, los procesos serán más breves, dijo. Indicó por ejemplo la falta evidente de la fe, lo que puede llevar al error sobre el consenso.

En este tema, el decano de la Rota Romana, Mons. Pio Vito Pinto, intervino para recordar que el papa emérito Benedicto XVI había levantado el problema de la nulidad de un sacramento en el que falta la fe, el cual difícilmente puede ser considerado verdadero.

Sobre los costos de las causas de nulidad añadió que el santo padre Francisco ha sido muy claro: 'la gratuidad tiene que ser una regla', porque es un deber de justicia. Si bien si bien reconoció que será necesario un cierto tiempo para implementarla. Indicó por ejemplo que se debería instituir un fondo destinado a los abogados de manera que el proceso sea gratuito y ellos puedan ser pagados razonablemente. Precisó que hoy en día entre el 70 y el 80 por ciento de las causas son gratuitas.

Por lo que se refiere a los tiempos actuales de los procesos, se indicó que no deberían superar un año en primera instancia y no más de seis e apelo, si bien en realidad suelen ser dos y en apelo a veces llega a diez años. Ahora debería ser uno si no hay apelo y no superar dos años si lo hubiera. 


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