6 de diciembre de 2015

Avatares de la verdadera Primera Guerra Mundial que empezó en 629 y no ha terminado todavía

 


En el post del domingo pasado expresé mi opinión de que esta guerra contra el estado islámico, que consideraba mundial, no era la tercera, sino la primera, que empezó en el siglo VII. En efecto, en el año 629, Mahoma en persona ordenó el ataque a la ciudad bizantina de Muta, para conquistarla y convertirla al Islam a sangre y fuego y empezar así a construir Dar el-Islam –la Casa del Islam– que debía un día tragarse a toda la humanidad. Desde entonces el Islam no ha cejado en su empeño como podrá verse en la siguiente crónica. Y, también desde entonces, la naciente civilización occidental por un lado y el Imperio Romano de Oriente, por otro, hasta su caída, no han dejado de defenderse. Mostraré también que cuando la marea ha cambiado y la victoria se ha empezado a inclinarse del lado de Occidente, éste no ha tenido el espíritu de conquista que ha exhibido el Islam desde el inicio. En este recorido intentaré ser lo más breve posible, por lo que no se debe esperar de él una gran exhaustividad en el tratamiento de cada episodio de esta guerra y hay cosas que, desgraciadamente he tenido que dejar de lado. Es el precio de la concisión. Como también dije en el envío anterior, al final haré algún “guess game” sobre cómo podría terminar esta guerra con el derrumbe interno del Islam. Vamos a ello.

En 633, justo tras la muerte del Profeta, acaecida en 632, los siguientes califas, sucesores del profeta, no dudaron en continuar la guerra empezada con mal pie por Mahoma. Pero esta vez empezó una larguísima cadena de éxitos. Y esos éxitos se extendieron tanto al este, con la conquista del imperio persa, que concluyó en 641, como con la conquista al Imperio de Bizancio de Palestina –incluida Jerusalén, que es conquistada en 638, Siria, Egipto y Libia que quedan sometidos en 643.

Un año más tarde, sin frenar la ofensiva por el norte de África, el Islam abre nuevos frentes, uno en la península de Anatolia o Asia Menor y el otro en el Mediterráneo. El éxito es fulgurante en ambos. El ritmo de conquistas es trepidante: en el frente del Mediterráneo, en 655 son conquistadas las islas de Chipre y Rodas. En esta última se destruye el Coloso de Rodas, considerado como una de las maravillas del mundo helénico. En el frente de Anatolia, sin conquistarla entera, se abre en ella una profunda brecha que permite llegar hasta Constantinopla y asediarla en 668, 672 y 678. En 693 el Islam conquista la Armenia Bizantina y en 700 cae Éfeso. La resistencia de Constantinopla hasta 1453 es una de las mayores gestas que una ciudad pueda haber realizado nunca. Y esta gesta es extensible al Imperio Romano de Oriente en general. Su lucha contra musulmanes, eslavos y normandos a lo largo de los siglos es una epopeya a la que, a mi entender, no se ha dado el suficiente valor histórico. Porque, además, desde un punto de vista geoestratégico, Bizancio fue un colchón de valor incalculable para la protección de un Occidente todavía endeble que, como veremos luego, aunque es sobradamente conocido, experimentaba la pinza del Islam también en el frente de España. En el frente africano, la conquista de la costa mediterránea, hasta el Atlántico, queda completada en 683.

Conquistada la costa de África, el Islam inicia dos nuevos caminos diferentes. El primero, se adentra en el África subsahariana, sin intención de conquista, pero inicia una de las actividades más inicuas de la humanidad, que es el comercio masivo de esclavos, en connivencia con los caciques y tiranos de esta zona. Lamentablemente, Occidente se contagió de esta terrible aberración y, siglos más tarde, serían los portugueses los que competirían con los musulmanes en este comercio. Pero eso es algo que contaré en otro envío. El otro camino toma la dirección de la España visigoda. Llamados por una facción de los visigodos que se oponían al rey Rodrigo, entran en la península en 711 y la conquistan casi de forma inmediata. No se sabe muy bien el grado de veracidad o de leyenda que tiene la tradición de la batalla de Covadonga. Si existió, no pasó de ser una escaramuza. Pero en lo que sí coinciden todos los historiadores es en que en el segundo decenio del siglo VIII ya existía el firme propósito, que no cejaría en ocho siglos, de reconstruir la antigua monarquía toledana en la totalidad del territorio que había constituido el reino visigótico.

Acabada la conquista de la península ibérica, los musulmanes no cejan en su empeño de extender Dar el-Islam y cruzan los pirineos para entrar en el reino de los francos. Y aquí es donde sufren su primera gran derrota, en la batalla de Poitiers, ya en el corazón del reino franco, casi a mitad de camino entre la frontera de la actual Francia con Bélgica y con España. Allí, en 732, bajo el mando de Carlos Martel, abuelo de Carlomagno, el empuje musulmán obtuvo su primer revés serio. Los francos no sólo expulsaron a los musulmanes de su territorio, sino que penetraron en España y crearon la llamada Marca Hispánica que llegó a ocupar desde Navarra hasta Barcelona. Esta Marca estuvo bajo dominio franco hasta finales del siglo IX en el que, tras la muerte de Carlomagno y el reparto de su imperio entre sus hijos, se independizaron y aparecieron el reino de Aragón y el condado de Barcelona. Pero ya desde los inicios del siglo IX, la marca hispánica y el incipiente reino de León-Asturias entraron en contacto y se abrió un frente contínuo en la península contra el Islam. No es, ni de lejos, el objeto de estas líneas, hacer una historia de la reconquista. Baste decir que, a pesar de las disputas y guerras que pudo haber, y de hecho hubo, entre los reinos hispánicos, la inquebrantable voluntad de esos reinos de expulsar a los musulmanes de sus territorios, se mantuvo siempre. Y mientras las fronteras entre ellos seguían líneas más o menos verticales, la frontera horizontal contra el Islam se mantuvo siempre, desplazándose continuamente hacia el sur hasta que en 1492 dejó de haber territorios sometidos a los musulmanes en España. Por tanto, si la gesta de resistencia de Bizancio, que acabó en derrota, la he calificado de epopeya, ¿qué palabra deberé aplicar a este gesta española de la reconquista que acabó en victoria?

Sea como fuere, a partir de la batalla de Poitiers, la pinza musulmana se empezó a aflojarse graduamente en su lado occidental, pero no así en el oriental, en el que la presión seguría aumentando durante varios siglos. Efectivamente, en 782 se produjo un nuevo sitio a Constantinopla, que ésta resistió. Pero los musulmanes atravesaron el Helesponto –o el estrecho de los Dardanelos[1]– y penetraron por primera vez en Europa por oriente. Dado que poco después se ocupó la práctica totalidad de Anatolia, Constantinopla quedó reducida casi a una isla del Imperio Romano de Oriente en medio de un mar musulmán. Desde entonces hasta su caída en 1543, Constantinopla fue una espina clavada en el mundo musulman. Era un enclave estratégicamente vital pues los musulmanes siempre temían que desde ella le pudiesen lanzar ataques por la retaguardia[2].

En la primera mitad del siglo IX, los musulmanes siguieron su avance en el frente meditarráneo y en el oriental, ya en Europa. Por el Mediterráneo conquistaron Creta y casi toda Sicilia –menos Siracusa y algún que otro enclave–. Desde la base siciliana tomaron todo el sur de Italia y llegaron hasta Roma, en donde entraron y saquearon la ciudad y la antigua basílica de san Pedro, construida por Constantino en el mismo sitio en la que ahora está la construida en los siglos XVI y XVII. El Papa pidió ayuda al emperador bizantino Miguel III y con su ayuda, se pudo expulsar a los musulmanes de Roma. En el lado continental empezaron sus incursiones por el sur de Dalmacia, la reciente Yugoslavia.

La segunda parte del siglo IX y el X fueron de un cierto respiro para los bizantinos. En Bagdad estaban los califas abásidas que, en cierta medida, estaban recorriendo un proceso de cierta helenización y habían descubierto a Aristóteles. Tal vez por eso, su agresividad había decaído. Y algo parecido ocurría en España. En este tiempo, los bizantinos recuperaron Tarento y Calabria –el talón y la punta de la bota de la península itálica– y a finales del siglo X, Creta, Chipre, Sicilia y una parte de Anatolia y Siria. También en España, tras el azote que supuso Almanzor, el Islam retrocedía. Ya en el siglo XI se derrumba el califato de Córdoba y la España dominada por los musulmanes cae en el caos de los reinos de taifas que, más ocupados en luchar contra ellos que contra los reinos hispánicos, dan oportunidades a éstos para avanzar, hasta el punto de que Alfonso VI llega a recuperar Toledo en 1085.

Pero en la segunda mitad del siglo XI ocurren varias cosas importantes en el mundo musulmán. La primera en el reino de las ideas. Al Gazali, un sufí partidario de la más drástica ortodoxia islámica, alcanza desde la parte oriental del califato abasida una inmensa preponderancia en materia religiosa y declara que Aristóteles y la filosofía griega son incompatibles con el Islam puro e instaura un periodo de intransigencia extrema. Un siglo más tarde, Averroes, traductor y divulgador de Aristóteles, sería expulsado de la España dominada por los musulmanes y sus libros quemados, En el terreno militar, los turcos selyúcidas, una tribu proveniente de la estepa asiática y convertidos al Islam suní con el furor del converso, toman Bagdad e inician una vertiginosa guerra de conquista hacia el oeste que les lleva a conquistar todo el imperio del califato Abasí, acabando con su cultura semihelenizada. En 1071 infligen una terrible derrota a los bizantinos en la batalla de Mantzikert, el emperador Romano IV es hecho prisionero, vuelven a recuperar Anatolia, llegando otra vez al Bósforo frente a Constantinopla. En 1096 toman Jerusalén y en 1091 ponen sitio a Constantinopla. En España, tras la caída de Toledo, los taifas piden auxilio a los almorávides, una tribu bereber, musulmana ultra ortodoxa  que había conquistado todo el noroeste de África, desde Argel hasta Cabo Verde. Éstos cruzan el estrecho de Gibraltar y empiezan una nueva etapa de recrudecimiento de la guerra en España.

Al llegar los Selyúcidas a Palestina, acaban con el flujo de peregrinos cristianos a los lugares santos del cristianismo. Mataban a todos los peregrinos que se atrevían a ir. Una ola de indignación se extiende por Europa, a cuyo largo y ancho corren las noticias de las atrocidades cometidas contra los peregrinos. Al mismo tiempo, en 1095, el emperador Alejo I, que fue emperador tras varios otros con breves reinados desde la derrota de Mantzikert, pide ayuda al Papa Urbano II, a pesar de que el cisma con la Iglesia católica se había producido sólo unas décadas antes, en 1054. Es entonces cuando Urbano II decreta la primera cruzada. No pongo de ninguna manera en duda que una de las motivaciones de la cruzada fuese la de conseguir que los peregrinos pudiesen volver a Tierra Santa. Pero, tampoco me caben muchas dudas de que la motivación fundamental fue de tipo geoestratégico. Las cruzadas tuvieron lugar en una fase de la guerra en la que los selyúcidas amenazaban con tomar Constantinopla y continuar su imparable avance por una Europa que todavía no sería, probablemente, capaz de resistir el avance de los belicosos selyúcidas. También la perspectiva de poder volver a atraer a la iglesia bizantina a la órbita de Roma tuvo, a buen seguro, influencia en la decisión del Papa. Pero eso no quita un ápice al carácter geoestratégico de la cruzada, que pretendía ser una espada clavada en el costado de los selyúcidas.

Y lo cierto es que la coalición bizantino-cruzada tuvo notable éxito. Aunque las tensiones entre los distintos grupos de cruzados entre sí y de éstos con los bizantinos fueron muy virulentas, se encontraron con distintas facciones musulmanas divididas entre sí, no ya por disputas internas, sino por guerras abiertas entre ellos. Metidos en sus guerras, menospreciaron la capacidad bélica de los cruzados. Por si esto fuera poco, la secta chiíta de los asesinos se dedicaba al asesinato suicida selectivo entre aquellos que no compartían su celo y ortodoxia, en particular si eran sunitas. Esta secta había nacido poco antes de la llegada de los cruzados. Los árabes les llamaban los hashshashin que deriva del hashish porque parece que los ejecutores suicidas iban hasta las orejas de hachís. La palabra se pronunciaba asesino entre los cruzados y de ahí deriva esa palabra. Uno de sus primeros asesinatos fue el del visir –el primer ministro, a las órdenes del Sultán– selyúcida Nizam Al-Mulk en 1092, pero bajo los golpes de sus dagas cayeron muchos jefes musulmanes y cruzados, entre ellos el conde Raimundo II de Trípoli o el rey cruzado de Jerusalén Conrado de Monferrato, justo un siglo más tarde. Pero en la época en la que estamos, sus víctimas eran todos musulmanes. La secta se hizo fuerte en el monte Alamut, en el Cáucaso, y sus jefes recibían el nombre de El Viejo de la Montaña. Su fortaleza fue destruida por los mongoles en 1256. Marco Polo supo de ellos en 1271 y dejó escrito: “Los introducían entonces en el jardín, de cuatro en cuatro, de seis en seis o de diez en diez, después de haberles hecho beber cierto brebaje que les causaba un profundo sueño; en este estado les hacía conducir dentro del jardín, donde al despertarse y verse en sitio tan florido y ameno, creían estar en el verdadero Paraíso. Damas y damiselas les esperaban para divertirse con ellos, con gran alegría de su corazón. De esta suerte, cuando el viejo quería asesinar a un príncipe, decía a uno cualquiera de estos muchachos: vete y mátalo y cuando vuelvas, mis ángeles te llevarán al cielo. Si mueres, no temas, porque aún así mis ángeles te traerán al paraíso”. El reclutamiento de yihadistas hoy día por el estado islámico tiene mucho en común con esto.

Así las cosas, la coalición cruzados-bizantinos toman Nicea en 1097, Antioquía en 1098 y Jerusalén en 1099. Instaurando el reino de Jerusalén. El avance por Anatolia y la toma de Jerusalén no fueron, ni de lejos un ejemplo de civismo. Se produjeron todo tipo de atropellos, no solo contra la población musulmana, sino también contra los judíos. En general, por donde pasaban los cruzados en su marcha hacia Jerusalén, saqueaban y sembraban muerte y desolación. El comportamiento cristiano brilló por su ausencia. Pero, sea como fuere, los cruzados tuvieron ese enclave en el corazón del mundo musulmán hasta 1291 en que los latinos perdieron su último bastión, San Juan de Acre, tras haber perdido antes la ciudad de Jerusalén en 1187 a manos de Saladino y haber quedado reducidos a una estrecha y corta franja de terreno junto al Mediterráneo. Debe decirse en honor a Saladino que éste permitió que los peregrinos cristianos pudieran seguir yendo a Jerusalén. Así se instauró una especie de tregua con los musulmanes.

En el frente occidental, en España, los musulmanes son derrotados en la decisiva batalla de las Navas de Tolosa en 1212. Si la reconquista no acabó poco después de esa fecha, fue porque los reinos de España se conformaban con tener a los musulmanes como tributarios.

Pero en el frente oriental, tras la breve tregua después de la toma de Jerusalén por Saladino, surgieron, desde fondo de la estepa asiática, los mongoles o tártaros. No eran musulmanes. En una expansión meteórica se extendieron hasta China por el Este y, pasando por Rusia, hasta Polonia y toda Anatolia por el Oeste, aunque palestina siguió dominada por los musulmanes. Cuando los mongoles intentaron penetrar en Siria se encontraron con los mamelucos. Los mamelucos eran unos terribles guerreros musulmanes que se habían convertido al Islam siendo esclavos de los descendientes de Saladino en Egipto, pero se habían hecho con el poder en Egipto y toda Palestina. En 1260 los mamelucos rechazan a los mongoles de Siria. También son expulsados de Polonia y Rusia por los europeos. Así, se vuelve a establecer un breve statu quo entre pueblos agotados.

Pero esta tregua duró poco. En 1280, otra tribu turca musulmana, que tenía un pequeño territorio en Anatolia Occidental, empieza su expansión bajo la jefatura de Otman. La historia los conocerá como los turcos otomanos. En 1354 los otomanos habían conquistado toda Anatolia, sitian Constantinopla, cruzan el Helesponto y entran en tromba en Europa, de donde no saldrán hasta 1913 (y donde todavía están en Estambul). En 1389 ya habían conquistado los Balcanes y buena parte de Hungría. Los emperadores Bizantinos piden entonces ayuda a los europeos pero estos sólo le prestan pequeños apoyos puntuales. Constantinopla se somete a tributo a los otomanos para sobrevivir, pero al final, convertida en una isla dentro del mar otomano, cae en 1453 y con ella desaparece el Imperio Romano de Oriente. Los turcos cambian el nombre a la ciudad que a partir de ese momento se llamará Estambul. En 1460 Grecia cae también en el poder de los turcos y en 1526 conquistan toda Hungría.

Los más feroces guerreros otomanos eran los llamados jenízaros. Los jenízaros eran hijos de los cristianos que vivían en el imperio otomano. Eran arrancados de sus familias siendo niños y educados para la guerra. Se llevaba a cabo con ellos un refinado “lavado de cerebro” y un terrible adiestramiento en el que los menos duros y crueles morían. Sabían que su única posibilidad para alcanzar estatus dentro de sus escuadrones era mostrar una ferocidad y crueldad extremas y así lo hacían. Mientras en España los hombres más valientes se encuadraban libremente en los Tercios, los otomanos basaban su ejército en esclavos adiestrados en la crueldad más brutal.

Poco después de la caída de Constantinopla, en 1492, termina la reconquista en España. A los reyes católicos se les podía haber pasado por la cabeza, una vez reconquistada España y aprovechando la debilidad de los musulmanes, atravesar el estrecho para conquistar el norte de África. Ni se les pasó por la imaginación. Una vez recuperadas sus fronteras históricas anteriores a 711, cesaron las hostilidades.

En el Mediterráneo se mantiene una dura lucha de toma y daca entre otomanos por un lado y venecianos, genoveses y españoles por otro. Además los piratas berberiscos con base en los puertos de Orán, Túnez y Argel, hacen numerosas incursiones en las costas de los países mediterráneos, especialmente en el Levante español. En estas razias, con la ayuda de los moriscos que quedaban en la península que se convirtieron en una auténtica quinta columna, roban, saquean, destruyen y toman prisioneros como esclavos a los habitantes de esas zonas que apresan. Por eso, España intenta sofocar esos ataques en sus fuentes, las plazas fuertes antes citadas. En 1509 el cardenal Cisneros, regente de Juana, reina de España, hija de los reyes católicos conquista Orán por mar. En 1522 los otomanos toman Rodas,  en 1535 Carlos V conquista Túnez, pero en 1541 fracasa en la conquista de Argel. En 1565 los otomanos fracasan en la conquista de Malta y se evita que desde este baluarte se lancen a la conquista del sur de Italia, pero consiguen tomar Chipre en 1570. Un año más tarde, en 1571 la armada otomana es vencida en Lepanto por una coalición española, veneciana y genovesa y, aunque la batalla no resulta decisiva, puede decirse que la guerra por mar en el Mediterráneo se empieza a decantar del lado de los europeos.

Por tierra, los otomanos tienen su primer revés en 1532 en que sitian Viena, pero tienen que desistir de su conquista por la presencia de los ejércitos europeos, capitaneados por Carlos V, con la excepción de Francia que se alía con el turco. La presión turca empieza a aflojar. La conquista de Creta por los otomanos y el segundo y el también fallido segundo sitio de Viena en 1683 fueron el canto del cisne del Imperio Otomano que, a partir de ahí no hizo más que declinar, de forma que en 1913 los otomanos pierden todas sus posesiones en Europa, a excepción de Estambul. Justo el año siguiente, en 1914 estalla la mal llamada Primera Guerra Mundial (según mi cómputo sería la segunda). No se sabe qué hubiesen hecho los europeos si no hubiese estallado esta guerra. Pero lo cierto es que a los 4 días de que los austriacos invadiesen Serbia, el 2 de Agosto de 1914, los turcos se alían con las potencias centrales, Alemania y Austria. Cuando acaba la guerra, con la derrota de Alemania, Austria y el Imperio Otomano, se respeta la existencia de éste, si bien limitado a la península de Anatolia y Estambul. El resto del imperio, Egipto, Palestina, Siria, Irak y parte de Arabia queda bajo el protectorado británico o francés, según las zonas. Posteriormente, entre 1932 y 1946, ambas naciones europeas conceden la independencia a Arabia Saudí, Irak, Egipto, Siria y Jordania, creando, además, el Estado de Israel. Podrán achacárseles muchas torpezas a estas naciones en la forma en que definieron las fronteras de esos países. Podrá decirse que en la Primera Guerra Mundial a los habitantes árabes, no turcos, de esa zona se les prometió, para lograr sumarlos a la guerra contra los turcos, crear la Gran Arabia y que esa promesa no se cumplió. Podrá tildarse de error la creación del Estado de Israel –aunque yo creo que es estratégicamente imprescindible para Occidente. Otra vez, una espina clavada en el costado del mundo musulmán–. No voy a entrar aquí en esas cuestiones. Pero la última verdad es que lo que no hicieron Francia y el Reino Unido es quedarse allí. Se fueron. Pudieron haber reclamado esos territorios como herencia del Imperio Romano de Oriente al que todos ellos, excepto Arabia, pertenecían antes de 629, pero no lo hicieron. Se conformaron con los límites geográficos de Europa, cediendo, además, la emblemática Constantinopla/Estambul, en territorio europeo, a los turcos. Y, cuando se fueron, los ingresos del petróleo que pudiera haber en esos países fueron para los árabes.

La expulsión de Europa de los países musulmanes invasores fue la consecuencia, a partir de 1212 en España y de 1683 en el Este de Europa, de que los musulmanes, que se rigen por la ley islámica, están incapacitados para crear riqueza, porque desconocen lo que significa la seguridad jurídica. Su riqueza proviene sólo del pillaje, cuando tienen fuerza para practicarlo, de los recursos naturales, de los que carecían hasta la aparición del petróleo y, todo lo más del comercio. Porque sin seguridad jurídica no es posible que se hagan inversiones a largo plazo que creen riqueza. Y cuando a partir de las fechas mencionadas perdieron casi totalmente la capacidad de saquear los territorios conquistados, su decadencia se fue haciendo más y más patente, hasta llegar al día de hoy. Y, en el fondo, es esa envidia de ver a un Occidente próspero, mientras ellos, salvo los países con inmensas reservas de petróleo, se sumen cada vez más en la pobreza, lo que ha mantenido su agresividad en el siglo XX y XXI. Pero no hay mucho que se pueda hacer para que sean prósperos, porque en su misma esencia tienen su incapacidad. En el Oriente Medio, sólo Turquía, en la que Mustafá Kemal Ataturk abolió la sharia en 1923 es un país que aspira a la prosperidad. Ahora, Túnez, el único país en el que la primavera árabe ha florecido, es el blanco de los yihadistas que no pueden tolerar deserciones hacia la prosperidad. Hay una historia que ilustra esto a la perfección.

Poco después de la conquista de Jerusalén por Saladino en 1187, cuando los cruzados ocupaban sólo una estrecha franja de tierra junto al Mediterráneo, un historiador andalusí, gran viajero, nacido en Valencia 1145, Ibn Yubayr, pasó por Palestina, camino de La Meca. Los cruzados no eran precisamente hermanas de la caridad. Pero en cuaderno de viaje de nuestro viajero se puede leer:

“Al salir de Tibnin (Tiro), hemos cruzado una ininterrumpida serie de casas de labor y de aldeas con tierras eficazmente explotadas. Sus habitantes son todos ellos musulmanes pero viven con bienestar entre los frany[3] –¡Alá nos libre de las tentaciones!–. Sus viviendas les pertenecen y les han dejado todos sus bienes. Todas las regiones controladas por los frany en Siria se ven sometidas a este mismo régimen: las propiedades rurales, aldeas y casas de labor han quedado en manos de los musulmanes. Ahora bien, la duda penetra en el corazón de gran número de estos hombres cuando comparan su suerte con la de sus hermanos que viven en territorio musulmán. Estos últimos padecen la injusticia de sus correligionarios mientras que los frany actúan con equidad”. Es de notar que nuestro viajero no se pregunta cosas como: ¿Qué podríamos hacer nosotros para que esa prosperidad se diese también en nuestras tierras? No. Su única preocupación es que se puedan hacer cristianos.

Y en estas estamos ahora. El estado islámico o al-Qaeda, no son sino el reflotamiento salafista de finales del siglo XX y principios del XXI. No es el primero no será el último. Siempre habrá musulmanes que, siguiendo el ejemplo de Mahoma, en vez de preguntarse, ¿qué estamos haciendo mal para estar como estamos? creen que la causa de sus males está, por un lado, en que los musulmanes no lo son con el suficiente grado de fundamentalismo y, por otro, que son víctimas del perverso Occidente. Creo que mientras exista el Islam, por mucho que haya una mayoría silenciosa musulmana que sea pacífica estos brotes seguirán apareciendo y, frente a los yihadistas, las mayorías silenciosas se vuelven irrelevantes a no ser que estén dispuestas a ser mártires por ese imaginario Islam pacífico en el que creen. Pero parece difícil.

Y, aún alargando aún más este escrito, que con lo que viene a continuación ya supera las siete páginas, me meto en el guess game que prometí sobre cómo acabará el Islam. Y recalco que no es sino eso, un guess game. No pretendo practicar la profesión de adivino y, mucho menos de profeta. Soy incapaz de saber cómo acabará. Ni siquiera si acabará. Pero el guess  game tiene eso, que uno puede desmelenarse. Y ahí voy.

Lo que tengo seguro es que, aunque esta batalla de la guerra hay que ganarla, el Islam no acabará por una guerra que venga de fuera. El Islam es un “muro de terror” y, tengo para mí, aunque no pueda demostrarlo, que los muros de terror caen siempre. El “muro de terror· del “telón de acero” cayó. Y si a alguien de fuera del gueto le hubiesen dicho en 1979 que diez años más tarde iba a caer, se hubiese reído. Pero cayó. Porque los “muros de terror”, por su propia esencia, se van  minando por dentro. Son como una viga de madera roída por la carcoma. Puede resistir mucho tiempo, pero no cabe duda de que, un día, habrá perdido tanta resistencia que se derrumbará. Lo que pasa es que nadie sabe realmente lo que pasa en el gueto encerrado dentro de un “muro de terror”. ¿Qué está pasando por dentro del Islam? Nadie lo sabe. ¿Cuántos musulmanes apostatarían –para hacerse cristianos, judíos, agnósticos o ateos– si no viviesen en ese gueto? ¡Quién sabe! ¿Cuántas mujeres, que tal vez parezcan fervientes y sumisas musulmanas, se rebelarían? ¡Imposible de saber! ¿Qué otras carcomas pueden estar minando la estructura interna del Islam? No me atrevo a hacer ningún guess, pero estoy seguro de que bastantes. Y las termitas van haciendo poco a poco su trabajo. La olla a presión va acumulando vapor ardiente y, sin espita de salida, acabará estallando.

¿Cuándo ocurrirá esto? En algún momento entre 2025 y 3401. ¿Qué por qué he tomado el año 3401? Bueno, me ha parecido razonable que si llevamos 1386 años de guerra podamos estar, en el peor de los casos, en el ecuador y queden otros 1386. Pero si tuviera que apostar sobre si ese momento del colapso del Islam está más cerca de 2025 o de 3401 diría, sin duda, que mucho más cerca de 2025. ¿Por qué? Porque si hay algo claro es que la historia se acelera y los procesos que antes duraban siglos, ahora se desarrollan de decenios. Así que, pongamos para 2040. Y, ¿hasta que llegue ese momento? Pues habrá momentos más tranquilos y más virulentos, según los salafismos que aparezcan y, habrá que seguir ganando batallas. ¿Cuál será la causa desencadenante, es decir, será la carcoma o la termita la que descomponga la viga? Ya he dicho antes las que me parecen las más probables: la apostasía cuando la presión sea todavía más insoportable que el miedo a la fatua que les puedan lanzar o las mujeres cuando digan que ya está bien. Pero seguro que hay otras especies desconocidas de fieras corrupias que comen madera y cagan viruta haciendo su labor de zapa en el “muro del terror” del Islam. Hay sin embargo una cosa de la que estoy seguro: en el proceso habrá mártires. El dueño de la viga no verá cómo ésta camina hacia su derrumbe sin intentar matar a las fieras corrupias, sean de la especie que sean. Habrá más terror dentro del “muro del terror”. Pero, una vez sobrepasado un punto crítico, las escaladas de terror no hacen sino acelerar el proceso. Así que, si tuviese que apostar cuando será el momento en que el Islam no pasará de ser una pesadilla del pasado, como lo es ahora el comunismo, apuesto por 2040. No me apuesto nada porque para esa fecha es muy posible que ya esté criando malvas.



[1] Hay dos estrechos que separan Asia de Europa: el Bósforo, donde está asentada Constantinopla, en el lado Europeo y los Dardanelos, también llamado el Helesponto, donde estuvo situada la antigua Troya. Entre ambos estrechos se encuentra el mar de Mármara. El Bósforo separa este mar del mar Negro y los Dardanelos lo separan del mar Egeo.
[2] La clave de esa resistencia fue, además del valor de los bizantinos, su enclave. Tenía un puerto natural llamado El Cuerno de Oro que hacía que pudiese ser fácilmente abastecida de víveres y tropas desde el mar. Los mitos griegos dicen que cuando Bizas salió de Atenas para fundar una nueva colonia, el oráculo de Delfos, en su lenguaje misterioso, le dijo que debería fundar una ciudad enfrente de la ciudad de los ciegos. Cuando, en su búsqueda, Bizas pasó a través del Bósforo, vio la ciudad de Calcedonia en el lado de Asia, de muy difícil defensa y, comparando su emplazamiento con el que tendría una ciudad una ciudad situada en el otro lado del estrecho exclamó: “¡Para fundar ahí una ciudad hay que estar ciego!” Esto le recordó el consejo del oráculo délfico y fundó Bizancio, que más tarde sería Constantinopla.
[3] Los frany es el nombre que daban los musulmanes de esa época a los cruzados francos.

7 comentarios:

Javier Novoa C. (Stitch) dijo...

podemos hacer una nota en toda esta historia? quiza tiene mucho de leyenda, pero tambien es para mi muy significativo lo que dice el relato que hizo en su momento Francisco de Asis ;) Lo siento, tengo mucho de franciscano y no podia omitir mencionarlo

Anónimo dijo...

No lo sientas, tener mucho de franciscano es estupendo. Pero no conozco el relato de que hablas. Me encantaría conocerlo. ¿Puedes enviármelo?

Un abrazo.

Tomás

Anónimo dijo...

Esta de moda puede que por influjo musulmán, ningunear la batalla de Covadonga como aquí reza.
Distintos prestigiosos historiadores españoles no la consideran como mera escaramuza, Hasta que no surjan pruebas fehacientes porque lo supongsn cuatro, no me cambio. Saludos. Juan

Tomás Alfaro Drake dijo...

Pues te recomiendo la lectura de "La Europa de las cinco naciones" de Luis Suárez, posiblemente el mayor historiador vivo español, nada sospechoso de progresía pro musulmana, cristiano y español hasta la médula, que abona la idea de una escaramuza.

Un abrazo

Tomás

Anónimo dijo...

Le he leído y tengo el libro. 1 edición mayo 2008, La Europa de las Cinco Naciones, pg 112, no dice nada de escaramuza, dice literalmente: "Las leyendas acerca de ellos (los cristianos) insisten en dos aspectos, el auxilio de la Providencia -es la Virgen quien combate por Pelayo en Covadonga- y el parentesco ....."
Saludos
Juan

Tomás Alfaro Drake dijo...

Querido Juan, no estoy en Madrid y no tengo, por tanto, acceso al libro. Por supuesto que tu cita textual de dos líneas es real y en ella no aparece la palabra escaramuza. Puede que no aparezca en ningún lado (no lo sé) pero las cosas hay que mirarlas dentro de un contexto y, en ese contexto, queda claro, leyendo a Suarez que Covadonga forma parte de un Aura que, en el mejor de los casos, es una amplificación de un hecho real. Eso no quita ni un ápice de grandeza a la lucha continua de ocho siglos, sin cejar en el intento de recuperar lo que siempre se consideró como el Reino Hispánico. ÉPICO en sí mismo. Por eso no es buena práctica intentar defender algo épico con cosas dudosas. Lejos de engrandecerlo más, lo empequeñece con la semilla de la duda. La verdad sin cosmética es más bella que la verdad maquillada.

Tomás Alfaro Drake dijo...

Llegado a Madrid, consulto el libro de Luis Suárez del que hablamos y en la página 136 leo: "A finales del siglo VIII, la leyenda había conseguido magnificar el pequeño encuentro de Covadonga, revistiéndolo de adornos sobrenaturales y convirtiéndolo en inicio para una recuperación".

Repito que la impresionante gesta de la reconquista no necesita ser engrandecida con leyendas y mitos. Al contrario, estas leyendas y mitos le hacen un flaco favor al restarle credibilidad. La verdad, la desnuda verdad es su mejor adorno. Como con todo.

Un abrazo

Tomás