15 de enero de 2017

La posverdad

Vivimos en un mundo que se rige por leyendas urbanas. Son lugares comunes, generalmente falsos, pero que a base de repetidos y aceptados acríticamente, generalmente apoyados en el pensamiento débil de lo políticamente correcto, inhiben la búsqueda objetiva de la verdad. Las hay a cientos y dirigen las decisiones de la gente en innumerables aspectos. Y no sólo de la gente corriente, que ya sería grave, sino de los políticos –lo cual no debería chocarnos porque al final, hacen lo que la gente, basándose en esas leyendas urbanas, les pide–, de los jueces e, incluso, de los intelectuales que, en teoría, debieran ser sus destructores mediante un pensamiento racional. Pero resulta, como expondré más adelante, que son precisamente los intelectuales los que han puesto las bases de ese pensamiento basado en leyendas urbanas. Hace como un par de años leí en la revista Harvard Deusto Business Review un artículo escrito por Eduardo Arbizu Lostao, y de cuyo título no me acuerdo, que decía la siguiente frase: “… se tiene la impresión de estar asistiendo a una de esos procesos sesgados y erróneos de decisión pública en democracia que Sunsdtein, C.R. y Kuran, T. (2007) han calificado como "availability cascades".  Estos procesos se caracterizan porque las autoridades, entendidas en sentido amplio como quieres han de decidir sobre una cuestión, bien sea en el Parlamento, en un tribunal o en un órgano de regulación, adoptan sus decisiones con fundamento no, como es de esperar y desear, en una observación objetiva y contrastada de la realidad, sino en la opinión pública generalmente extendida e inmediatamente disponible. En estos procesos se sustituye la averiguación de la verdad por la disposición del juicio o prejuicio de valor comúnmente extendido. Cuanto más difundida esté una opinión, en el sentido de que sean muchos los que la tienen y sea muy profunda su convicción, y cuanto mayor sea el coste social de disentir públicamente de la misma, menor es la probabilidad de que una autoridad se resista a la corriente” (la negrita es mía). Se puede decir más alto, pero no más claro. Sólo le falta añadir a los intelectuales entre las autoridades que enumera.

Con estas cosas en la cabeza, leí, en El Mundo del lunes 19 de Diciembre pasado, el artículo de la sección Tribuna titulado “Posverdad, la fuerza de la superstición” y escrito por Irene Lozano. Un entresacado del artículo expresaba: “Como dice Shapiro, los hechos se acabarán cobrando venganza, pero ¿con cuánto sufrimiento?”. Me pareció sumamente interesante pero como no tenía tiempo para leerlo, lo guardé para mejor ocasión. Y esta vez la ocasión, en vez de esfumarse, se hizo realidad y el siguiente fin de semana lo leí. En ese artículo se definía el término posverdad según el Diccionario Oxford como “la circunstancia en la que los hechos objetivos tienen menos importancia en formar la opinión pública que las apelaciones a la emoción y las creencias personales”. Como puede verse, muy parecido a la frase de Eduardo Arbizu. He buscado la palabra en el diccionario de la RAE y la da por inexistente. ¡Lástima!

El artículo me produjo sensaciones encontradas, porque junto a cosas en las que estoy totalmente de acuerdo hay otras que creo que participan también de leyendas urbanas construidas precisamente por intelectuales. Haré justicia al artículo dando mi punto de vista sobre lo que considero acertado como lo que no. Y para dejar buen sabor de boca empiezo por lo que no para acabar con el acuerdo. Pero, sobre todo, recomiendo a los interesados que vayan a las fuentes. Ya les he dado el periódico, la fecha y la sección del artículo.

La autora se deja llevar por una leyenda urbana que sitúa a la Ilustración como el inicio de la era de la razón, que identifica con la modernidad, y habla de una época anterior, oscura e irracional, a la que llama premodernidad. Y en esa época premoderna sitúa a la Iglesia –y en cierta medida, aunque con actitud indulgente, la fe– como paladina de la irracionalidad sacando a relucir, como no, el asunto de Galileo[1]. Esta leyenda urbana de la frontera entre los tiempos oscuros anteriores a la Ilustración y el enlightenment posterior no resiste el más mínimo análisis histórico y está creada única y exclusivamente por intelectuales. La filosofía helénica, que desde luego no se puede tachar de irracional ni oscurantista, fue asumida, desde el primer momento por el cristianismo naciente. La adoptó para defender con ella sus creencias, que de ninguna manera se pueden llamar irracionales sino, en palabras de Arnold J. Toynbee, transracionales, es decir, no van contra la razón, sino que hablan de cosas que están más allá del alcance de la razón. Y con esa filosofía griega defendió esas creencias hasta lo que la razón es capaz de alcanzar. Y la “oscura” Edada Media, invento de la modernidad, nos dio a una innumerable cantidad de personas, entre las que destaca con luz brillante santo Tomás, que usaron magníficamente la razón lógica para defender la doctrina cristiana desde la razón, hasta donde esta puede llegar. En ella, la Iglesia fundó las Universidades, amén del arte gótico que hoy aún nos asombra con su belleza. Nadie duda con seriedad que sin esas cosas que ocurrieron en esa “edad oscura”, la Ilustración no hubiera existido jamás.

Es, sin embargo, un hecho de razón que el intelecto humano, en el uso de un instrumento que se llama cerebro, de unos cuantos centímetros cúbicos, no parece capaz de llegar a conocer toda la realidad en toda su amplitud. Y cuando digo que lo anterior es un hecho de razón, aparte de por lo apuntado en las líneas anteriores, me puedo apoyar en el teorema de la incompletitud que Kurt Gödel demostró con la pura razón de la más estricta lógica matemática en 1931: “En todo sistema lógico formal hay proposiciones que no pueden demostrarse ni como verdaderas ni como falsas con las reglas de ese sistema”. Precisamente, la desconfianza de Descartes hacia la fiabilidad de los sentidos para servir como base del razonamiento, fue la que le indujo a buscar su supuesto axioma, una primera premisa mayor indiscutible, según él, en el “pienso, luego existo”. Es difícil negar que ess premisa mayor es a todas luces menos fiable que “me palpo, me duele cuando me golpeo, veo un árbol, oigo el trino de los pájaros, huelo una flor, saboreo un buen guiso, luego existo y, porque existo, puedo tener la posibilidad de pensar”. Pero por razones que no alcanzo a comprender, esa premisa prendió. Primer paso hacia la posverdad. Esto creó una brecha dualista en la filosofía entre el racionalismo que cree que SÓLO la razón puede alcanzar la verdad y el empirismo inglés que afirma que SÓLO la experiencia de los sentidos puede hacerlo. Roto este sano realismo, esta simbiosis entre la razón y los sentidos que venía desde los griegos, Kant, segundo paso hacia la posverdad, abrió una puerta por la que entraron sus continuadores idealistas, hasta llegar a negar, en una carrera loca hacia la posverdad, la existencia de una realidad cognoscible y a afirmar de que el mundo exterior tal y como lo conocemos no es sino una mera construcción de ideas en nuestra cabeza sin ninguna correspondencia con la realidad. Y si la realidad es incognoscible, ¿qué sentido tiene el concepto de verdad, que no es sino la adecuación de nuestros juicios a la realidad? Así pues, son la Ilustración y la modernidad las que están en la base de la irracionalidad de la posverdad que escandaliza, con razón, a la autora del artículo. Antes de la Ilustración, y desde los griegos, se había creído siempre que la razón humana era capaz de conocer la verdad. No toda la verdad, pero sí una parte de la verdad que le permitiese emitir juicios certeros, acordes con la realidad y con los que poder trazar un camino de transformación de la realidad dentro de la racionalidad y con una ética basada en la razón. Pero fueron los filósofos posilustrados los que dieron al traste con ello[2].

También cae la autora en otro tópico posmoderno. A saber, la creencia de que la ciencia es la única fuente de conocimiento de la realidad. La ciencia es, sin duda, una poderosísima fuente de conocimiento de la realidad. Soy un auténtico entusiasta de ella. Mi formación de ingeniero me ha dado una sólida base sobre la que construir un conocimiento autodidacta del estado actual de la ciencia. Esta formación autodidacta empezó en el año 1983 en el que, por casualidad, compré una revista que se llama “Investigación y Ciencia”. Es una revista escrita por científicos –algunos de ellos premios Nobel– para no científicos. Es la traducción al español de la prestigiosa revista “Scientific American”. Pues bien, leí la revista y no entendí ni el 10%. Pero me propuse llegar a entenderla y así, me suscribí a ella y, poco a poco, ayudado por otras lecturas, en los 33 años transcurridos y los casi 400 números leídos, he llegado a formarme un mapa bastante preciso del “state of the art” de la ciencia de hoy. Y, además, con una amplia visión, puesto que los temas de la revista son muy amplios, yendo desde la astrofísica hasta la biología, pasando por innumerables campos como la física de partículas, las teorías de la relatividad y cuántica, los mecanismos evolutivos, etc. Puedo decir por tanto, sin temor a equivocarme, que tengo una cultura científica mucho mayor que la media y también mayor, en cuanto a amplitud del abanico, que la de muchos científicos que sólo saben de su parcela e ignoran casi todo del resto. Y, sobre todo, puedo decir que mi respeto por ella es inmenso. La ciencia hizo en su base un trade off entre la seguridad del conocimiento de una parte de la realidad –la que se puede conocer mediante medidas de peso, longitud, tiempo, etc. tratadas matemáticamente– y el desconocimiento absoluto de la parte de la realidad que quedaba fuera de sus fronteras. Jamás, en sus principios, creyó que la realidad era únicamente la que cabía dentro sus fronteras. Hubo de llegar el positivismo de Auguste Comte para que se produjese la aberración intelectual de que todo lo que hay fuera de las fronteras de la ciencia es mítico e irracional. Ni Eisntein ni la inmensa mayoría de los grandes científicos que descubrieron la física cuántica, ni muchísimos científicos, aceptan ese ridículo reduccionismo positivista. Pero, el mainstream posmoderno lo ha aceptado de forma acrítica.

Dicho esto, si cualquier razonamiento filosófico o teológico contradice lo que la ciencia dice dentro de sus fronteras, más vale ponerlo en cuarentena. Esto pasaba en el siglo XIX con muchas cuestiones de fe. A sensu contrrio, si la ciencia hace afirmaciones fuera de esas fronteras, dichas afirmaciones no tienen ninguna validez científica. Sólo tienen la validez que filosóficamente se pueda extraer de ellas. Sin embargo, las leyes de la física han ido evolucionando con los nuevos métodos de medida y el desarrollo de las matemáticas. Cada cincuenta años, más o menos, hay algunos descubrimientos que cambian sustancialmente el paradigma científico. Como consecuencia de ello, muchas cuestiones de fe que en un momento de su desarrollo parecían contradecirla, han resultado compatibles con ella tras algunos cambios de paradigma. El descubrimiento del Big Bang, la teoría de la relatividad general y la física cuántica, por ejemplo, han dado la vuelta como un calcetín a lo que antes de ellos podía o no podía considerarse compatible con la ciencia. Y, generalmente, han ido admitiendo muchas verdades de fe como compatibles con esos nuevos paradigmas. Pero, lamentablemente, la historia ha hecho que indebidamente, la filosofía y la teología invadiesen indebidamente el espacio de la ciencia y viceversa. Y esto ha sido fuente de conflictos que no se deberían haber producido. Pero, hoy en día, es lo que la posverdad cree que es la ciencia, lo que invade, con soberbia ignorante y basándose en el prestigio obtenido dentro de sus fronteras, terrenos en los que debería guardar silencio. O peor aún, afirmando con prepotencia insensata que lo que cae fuera de sus fronteras no existe. Y, sin embargo, las cosas que verdaderamente importan al ser humano, no están dentro de las fronteras de la ciencia. ¿Quién es el ser humano que conoce un universo que le es inaccesible? ¿Tiene algún sentido que exista un ser así? ¿Tiene alguna finalidad este cosmos? ¿Y mi vida dentro de él? ¿Qué va a ser de mí? Las respuestas a estas preguntas son las que dan sentido a la vida humana. Y no las puede responder la ciencia. Sin embargo, el cientifismo, que es a la ciencia lo que el racionalismo es a la razón, afirma que todo es fruto del azar, que nada tiene sentido y que todo el universo –y la vida del hombre dentro de él– es, como decía Macbeth en la tragedia de Shakespeare, “un cuento sin sentido contado con gran aparato por un idiota”. Yo prefiero lo que le dice Hamlet a Horacio en otra tragedia del gran dramaturgo: “Hay, Horacio, más cosas entre el cielo y la tierra de cuanto pueda soñar nuestra filosofía”.

Hasta aquí mis desacuerdos con el artículo. Ahora mis acuerdos. Pero los acuerdos, precisamente por serlo, dan para escribir menos. Por tanto lo que haré para resaltarlos será citar textualmente algunos párrafos del artículo de Irene Lozano.

“El problema es que después de la verdad no hay nada. Después de la guerra viene la posguerra, pero tras la verdad y la razón, sólo queda la superstición. Y dado que ninguna sociedad puede avanzar –como ha señalado Harry Frankfurt– sin grandes cantidades de información fáctica fiable, el espíritu de la posverdad no resulta peligroso porque la emoción pueda imponerse a la razón, sino porque la superstición ha derribado el paradigma que nos hacía progresar”. ¿Qué puedo añadir? Tal vez sólo lo que decía Chesterton de que “cuando se deja de creer en Dios, que es el armazón de la realidad, se llega en seguida a creer cualquier cosa”.

“Quizá lo peor esté aún por venir. La superstición obtiene su mayor fuerza de un poder autoritario que la necesita como sustento de su propia legitimidad”. Añadiría que también la obtiene de un pensamiento único y políticamente correcto que, bajo el disfraz de tolerancia, tolera todo menos la verdad basada en la razón. ¿Qué otra cosa sustenta el totalitarismo y la intolerancia a la verdad de la ideología de género, por ejemplo?

“El mismo vínculo, sensu contrario, liga la mentira y el totalitarismo, como sabía Orwell. En él, la denuncia de la mentira va de la mano de su combate contra el totalitarismo: ‘Los Hitler y los Stalin de este mundo encuentran que el asesinato es necesario, pero no anuncian su insensibilidad y ni siquiera lo llaman asesinato. Hablan de ‘liquidar’, ‘eliminar’ o cualquier otra expresión edulcorada’”. O, ¿tal vez de interrupción voluntaria del embarazo en el totalitarismo del pensamiento único y políticamente correcto basado en la posverdad? En su discurso de Ratisbona, Benedicto XVI dijo alto y claro que la irracionalidad llevaba a la violencia. No era, más que en su superficie, un discurso contra la irracionalidad y la violencia del Islam. Era un discurso contra toda irracionalidad que engendra violencia. Era una defensa de la vuelta a la filosofía realista que la Ilustración y la modernidad abandonaron y una reivindicación de cómo el cristianismo había hecho suya esa filosofía hasta hacerse difícilmente separable de ella. Poca gente supo leer esto tras la cortina de humo del lío que montaron los musulmanes.

“Los dementes han trabajado mucho contra la verdad, pero como enemigos de ella, sus ataques entran dentro de la lógica. Lo realmente alarmante es que muchos periodistas, científicos, académicos, parecen haber abandonado la idea de que exista una realidad que es posible contar o conocer. Por eso es urgente volcarse en el empeño, también enunciado por Orwell de ‘restaurar lo obvio’. Esta restauración, para tener éxito, habrá de empezar no en el ámbito político, sino en el intelectual. Tiene razón mi querido Jeremy Shapiro –el tipo de experto sobrante en la época de la posverdad–cuando asegura que ‘los hechos se acabarán cobrando su venganza’. También la realidad acabó vengando a Galileo, pero ¿con cuánto sufrimiento de por medio?”. Efectivamente, la historia de la verdad ha vengado a Galileo de la soberbia de Urbano VIII. La historia de la posverdad le ha vengado del oscurantismo de la Iglesia. Pero pelillos a la mar. Lo que sí es muy cierto es que esa restauración de lo obvio empezó mucho antes de que Jeremy Shapiro dijese esa frase con la que estoy totslmente de acuerdo. Empezó en el primer tercio del siglo XX con Edmund Husserl cuando, harto de la posverdad que ya campaba en los conventículos de los filósofos posilustrados, gritó: “Vuelta a las cosas mismas” denunciando la tiranía del idealismo poskantiano. Luego se asustó y volvió al redil. Pero ya había lanzado a un grupo de discípulos jóvenes, Edith Stein entre ellos, que iniciaron esa corriente que pide Irene Lozano[3]. La autora tiene toda la razón. Pero creo que no ha identificado bien el origen de la posverdad ni conoce las filosofías que, luchando contra el mainstream del pensamiento posmoderno y de la posverdad intentan restaurar la realidad de ahí fuera, cognoscible, al menos en muy buena parte, por la razón. Un buen ejercicio práctico que recomiendo a Irene Lozano para ayudar al éxito de esta restauración en su condición de intelectual, sería posicionarse abierta y claramente contra el aborto y la ideología de género, dos de las mayores posverdades de nuestro tiempo. Pero podría citar otras: El sistema de pensiones de transferencias, el Estado del Bienestar tal y como está concebido hoy en casi toda Europa, la redistribución de la renta por el Estado, la socialdemocracia, etc., etc., etc. No quiero acabar sin glosar la primera frase de la encíclica de Juan Pablo II, Fides et Ratio, Fe y Razón. Dice: “La fe y la razón son como las dos alas con las que el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”. Porque la verdad nunca es nuestra. Nosotros sólo podemos servirla y contemplarla, jamás apoderarnos de ella. Por tanto, toda verdad usada como arma arrojadiza de forma violenta por quien se cree que la posee, no es tal verdad, es sólo un ídolo de la misma. No nos cortemos una de las alas. Usemos las dos y contemplaremos el mundo en 3D, encontrándole su sentido.



[1] La Iglesia condenó a Galileo a arresto domiciliario vitalicio, no por creer en el sistema heliocémtrico, sino por presenterlo como un hecho probado en vez de como una hipótsis que es lo que era entonces, hasta que Newton decubrió la ley de la gravitación universal unos 50 años más tarde. El sistema heliocéntrico ya se enseñaba como una hipótesis plausible en la Universidad de Salamanca, ya que Nicolás Copérnico, monje católico, lo había planteado anteriormente como hipótesis. Lo hizo en un libro llamado abreviadamente “De revolutionibus”, que dedicó al Papa León X. Nadie le dijo nada ni le molestó. Evidentemente, la Iglesia actuó mal en el caso Galileo porque, en cualquier caso, ¿por qué demonios debería condenarse a nadie a arresto domiciliario por creer eso? Tampoco se quemó a Giordano Bruno por eso, como se hace creer, sino por un conjunto de herejías que nadan tenían que ver con el heliocentrismo. Evidentemente, también terrible y espantoso quemar a nadie por ninguna razón. Pero en ninguno de estos casos su actitud fue de oscurantista en cuanto a la verdad, aunque sí, y mucho, de proceder terrible e inaceptable. Proceder inaceptable que, en el caso Galileo, vino causado por la soberbia de un Papa, Urbano VIII, anteriormente cardenal Maffeo Barberini, amigo de Galileo y convencido de la teoría heliocéntrica, pero que se sintió insultado por éste cuando creyó ser identificado con el estúpido personaje de Simplicio en la obra “Diálogo sobre los dos grandes sistemas del mundo”. Recomiendo la lectura de mi libro “La victoia del sol”, editado en Ediciones Palabra, para conocer a fondo este complejo y espinoso asunto.
[2] Si alguien quiere una descripción más a fondo de este proceso, que me pida mi escrito “El camino hacia la posmodernidad y el nuevo renacimiento”, mandándome un comentario con su mail que no publicaré. Aunque también puede encontrar ese escrito, por partes, en este blog.
[3] Ver nota al pie 2

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