28 de enero de 2017

Silencio; la película de Martin Scorsese

Hace dos semanas fui a ver la película “Silencio” de Martin Scorsese. Lo primero y más inmediato que se me viene a la mente son dos palabras: IM PRESIONANTE. Verdaderamente, salí de la película en silencio, casi sin atreverte a respirar, profundamente interpelado por lo que vi. Si alguien va a ir a verla le recomiendo que no lea estas líneas hasta después, pues no querría hacer de spoiler.

El título de la película está magníficamente puesto, pues el núcleo de la misma es la pregunta por el silencio de Dios. La historia transcurre en la primera parte del siglo XVII. Los primeros jesuitas habían llegadoal Japón en 1549, con san Francisco Javier al frente de otros dos jesuitas, Cosme de Torres y Juan Fernández y un traductor de nombre Anjiro. Pronto empezaron a producirse muchísimas conversiones, principalmente entre los campesinos, aunque también se conviertieron algunos samurais. Efectivamente, el mensaje del amor de Dios a todas sus criaturas, a todos los seres humanos, encarnado en Jesucristo, era algo que despertaba ecos de anhelos tenidos como imposibles por unos campesinos que no conocían sino la opresión y el expolio de las clases altas japonesas, para los que su vida no valía para nada sino para extraer hasta el último recurso que se pudiera de ellos. Su religión, una mezcla de budismo zen y panteísmo, sólo les ofrecía el alivio de dejar de reencarnarse para poner fin a la rueda del sufrimiento, el samsara.No les presentaba la más mínima esperanza de nada mejor, sino sólo resignación, no les servía de gran consuelo. Y llegan los jesuitas, que les hablan de que Dios les quiere con locura, de que ellos son tan importantes para ese Dios que ha querido compartir su suerte encarnándose en Jesucristo, que tras la muerte les espera un paraíso de felicidad junto a Él que ya les acompaña con su amor en este mundo. Además, los jesuitas se unen a sus sufrimientos y les ayudan parahacer más llevadera su dura vida presente. Y empiezan las conversiones. En 1551san Francisco Javier se vuelve a Goa dejando allí a varios jesuitas al mando del P. Vilela. Éste obtiene el permiso del Shogun AshikagaYoshieteru para predicar libremente. Las conversiones se multiplican e incluso hay monjes que se convierten. En 1580 ya se han abierto un colegio y una iglesia en Kioto. La evangelización se hace desde una óptica muy mariana y la imagen de la Virgen con el niño en brazos era muy venerada. Se habla de cerca de medio millón de japoneses convertidos.

Pero en 1587, ToyotomiHideyoshi conquista el shogunato y, alarmado porque algunos de sus más altos oficiales se habían convertido, expulsa a todos los misioneros y ordena la destrucción de las iglesias. La persecución se suaviza cuando vuelve de Roma, en 1591, una embajada enviada por el anterior Shogun. El P. Valignano acompaña a la delegación para entrevistarse, con cierto éxito, con Hideyosi. En 1596 llega el primer obispo, Mons. Martínez. Pero al año siguiente, se reanuda la persecución, hasta la muerte de Hideyoshi en 1598, cuando vuelve a producirse un respiro. Sin embargo, en 1603, con la llegada de la dinastía Tokugawa, la persecución se reanuda con una virulencia inusitada y sin cuartel. En 1613 se proclama un edicto de persecución terrible que prácticamente consigue exterminar u obliga a la apostasía a los católicos y persigue con saña a los sacerdotes de todas las órdenes religiosas que ya han llegado a Japón. Hay decenas de miles de mártires, entre sacerdotes y japoneses conversos. Prácticamente deja de haber católicos en Japón y los pocos que quedan viven en la más oscura clandestinidad, sin ningún sacerdote. No obstante, las pequeñas comunidades clandestinas tienen una persona encargada de bautizar a los niños, otra de llevar el calendario de las fiestas litúrgicas y mantienen una enorme veneración a la Virgen.

Es en esta época en la que se desarrolla la película. La historia que narra es rigurosamente cierta y está atestiguada por documentos de los jesuitas. Las primeras imágenes muestran con crudeza, mientras una voz en off narra la historia, como un gran número de jesuitas habían sufrido espantosos martirios, hasta que no queda ni un sacerdote en el Japón. Dos jóvenes jesuitas, el P. SebastianRodrigues y el P. Francisco Garupe arrancan a su superior de Goa, que acepta con gran renuencia,el permiso para ir a Japón a averiguar qué ha sido del P. Christovao Ferreira, ex Provincial del Japón, del que llegan inquietantes noticias sin confirmar de que ha apostatado. Cuando llegan a Japón, encuentran pequeñas comunidades clandestinas. Es muy emocionante ver con qué alegría estos cristianos perseguidos acogen a los dos sacerdotes, se confiesan con ellos y reciben la Eucaristía, tras la celebración de la Misa a la que asisten con una devoción impresionante. Se me encogía el alma comparando esta actitud con la frialdad, el hastío y la frivolidad con la que los cristianos de los países en los que tenemos los sacramentos y la Misa con la máxima comodidad los menospreciamos o, incluso, los despreciamos. ¡Qué manera de desperdiciar la inmensa gracia que esto supone! ¡Qué triste el hastío del saciado! Me acordé de cuando estuve con mi hijo sacerdote, Rodrigo, en Puerto Iguazú en Argentina y celebró Misa en la catedral. La palabra catedral le viene grande al pequeño y sencillo templo en las calles de esa ciudad argentina. Al acabar la Misa, un grupo de unas veinte sencillas mujeres esperaron a mi hijo para besarle las manos. Él, abrumado, les dijo: “¡Pero si yo soy sólo un sacerdote!” Casi al unísono le regañaron las veinte mujeres. “¡Cómo que usted es SÓLO un sacerdote! ¡Usted es NADA MENOS que un sacerdote! ¡Usted es Cristo entre nosotros!” ¡¡¡Ufff!!!

Pero la presencia de los sacerdotes, que en seguida se divulga, atrae la persecución y muchos campesinos son terriblemente martirizados por ello. Uno de ellos, antes de su martirio, le da al P. Rodrigues un pequeño Cristo crucificado de madera tallado por él. Los dos jesuitas deciden separarse en un momento dado para poder llegar a más comunidades. El P. Garupe muere mártir intentando salvar del martirio a algunos de sus fieles, pero el P. Rodrigues es capturado y deciden seguir con él una estrategia maléfica. Tratarle relativamente bien, tener con él de vez en cuando conversaciones teológicas en las que le quieren hacer ver que toda doctrina es igual y que es imposible que el cristianismo arraigue en Japón. El P. Rodrigues mantiene muy bien el tipo en estas discusiones. Pero, sobre todo, la tortura psicológica consiste en hacerle culpable del suplicio de los cristianos que, le dicen, se salvarían de las más refinadas y horribles torturas, que le obligan a presenciar, si él apostatase. En una frase sibilina le dicen. “Tu gloria, es al precio de su sufrimiento. El P. Rodrigues reza con toda su alma pero sólo escucha el terrible silencio de Dios. El rito de apostasía es sencillo. Basta con pisar una imagen de Cristo, grabada en una losa y puesta en el suelo. Le tientan diciéndole que es una simple formalidad, que no les importa lo que piense realmente, sino que, simplemente haga ese gesto externo. Para librarse de esa tortura psicológica el P. Rodrigues grita a los que están siendo torturados que apostaten, que Dios sabrá perdonarles. Pero la respuesta de los torturadores es terrible. “Ellos ya han apostatado muchas veces, pero eso no les salvará de la tortura.Lo único que les salvará es tu apostasía”. ¡Terrible! Por último, y para acabar de romperle, le traen al P. Ferreira que, efectivamente, apostató hace años y ahora es un funcionario con una mujer e hijos que ha heredado de otro funcionario que murió. Ferreira es la imagen de un hombre muerto en vida, con un rictus de profunda amargura dibujado en su rostro. El pobre P. Rodrigues, antes de romperse, cree oír la voz de Cristo que le dice que apostate. Efectivamente, en ese momento se rompe y apostata pisando suavemente la imagen de Cristo, aunque luego caiga llorando sobre ella. Y los perversos torturadores liberan a los otros cristianos japoneses de su tortura.

A partir de ese momento, le cambian el nombre, le convierten en funcionario y no deja ni un segundo de estar vigilado, además de tener que repetir cada año el “formalismo” de apostasía de pisar la imagen de Cristo. También la amargura de un hombre roto se adueña del rostro de Rodrigues como lo había hecho con el de Ferreira.A ambos les han roto la columna vertebral espiritual y se percibe claramente que son hombres destruidos. A su debido tiempo, hereda él también una mujer y un hijo de otro funcionario muerto. Los casi cuarenta años que vive todavía lo hace como funcionario y ayudante del antiguo P. Ferreira en el servicio de detección y denuncia de objetos traídos por los comerciantes europeos que puedan tener la más mínima significación cristiana. Se deja entender que las consecuencias son terribles para aquellos que los traen si los dos funcionarios exjesuitas los califican como objetos cristianos. Cuando Ferreira muere[1], es él quien hereda el cargo de jefe de ese servicio, que lleva a cabo de forma eficaz durante el resto de sus días, despreciado por japoneses y europeos. De vez en cuando le ponen pruebas sibilinas para ver si de verdad no actúa ni como cristiano ni como sacerdote. Una de ellas es especialmente terrible. Cuando los dos jesuitas salen de Goa, va con ellos, en calidad de guía, un pescador japonés borracho que está allí, de nombre Kichijiro. Un auténtico desecho humano. Al llegar a Japón se enteran de que Kichijiro es un cristiano que ha apostatado y ha visto morir quemados vivos a todos los miembros de su familia por mantenerse fieles a su fe. En varias ocasiones le pide confesión al P. Rodrigues con un arrepentimiento que parece sincero. Se presenta como un hombre débil incapaz de soportar el martirio y que por eso apostata continuamente. En un momento dado le dice al P.Rodrigues. “¿Qué podemos hacer unos hombres débiles como nosotros en un mundo como éste?” o “Es injusto. Si hubiese nacido cincuenta años antes hubiese podido morir como un buen cristiano”. El P. Rodrigues le confiesa cada vez con gran ternura y misericordia y también cada vez, Kichijiro le traiciona de nuevo y le delata o ejerce el oficio de debilitador de su determinación de resistir. Cuando el P. Rodrigues, tras apostatar, lleva ya varios años de funcionario, Kachijiro va a su casa y le pide con grandes lágrimas que parecen de conversión que le confiese. Aunque no está explícito en la película, parece evidente que se trata de una traición más, una trampa para ver si le confiesa. El P. Rodriguesno lo hace y le dice que él ya no es ni cristiano ni sacerdote. Sin embargo, le abraza con ternura y le da su perdón personal. Pero, paradojas de la vida o de Dios. En un momento dado a este Judas –la comparación de Kichijiro con Judas es evidente y se hace explícita en la película– le encuentran un crucifijo y, aunque en la película no se ve, parece evidente que acaba en el martirio.

Cuando, tras muchos años, muere Rodrigues, le entierran según el ritual budista. Por supuesto no dejan ni un momento a solas con él ni a su hijo adoptivo ni a su mujer. Tan sólo le permiten a ésta acercarse a darle el último toque de adiósal cadáver para, siguiendo el rito budista, darle un amuleto contra los malos espíritus. A hurtadillas, en ese acto, parece, sólo parece, que su mujer, además del amuletodeja algo entre los pliegues de su ropa. Pero cuando la pira empieza a arder, la cámara entra en zoom dentro del sarcófago y se ve que, en la mano de Rodrigues, está el crucifijo que un día le regalase un japonés mártir y que su mujer le ha puesto en el momento de la despedida.

Nunca ni de ninguna manera la película presenta a ambos sacerdotes como quienes han hecho lo correcto. Tampoco les condena –quien esté libre de pecado que tire la primera piedra–, aunque sí deja entrever un cierto cinismo agriado en Ferreira y una inmensa tristeza en ambos. Más bien los presenta como dos pobres hombres débiles que al traicionarse a sí mismos, además de a Dios, se les ha secado el alma. Es decir, como antihéroes, frente a los héroes, japoneses y jesuitas, que sí dan la vida por aquello en lo que creen. Pero también se debe apuntar en el haber de esta película el hecho de que en un mundo en el que la mayor barrera que tiene la evangelización es la absoluta indiferencia hacia los temás religiosos, una película ponga en primera plata temas en los que Cristo es el centro y que brindan la oportunidad de hablar de estas cosas con gente que de otra manera sería completamente insensible. Es decir, brinda una extraordinaria oportunidad de evangelización. No es poco.

He leído alguna crítica que desaconseja ver esta película porque considera que hace apología de la apostasía y llega a decir que si la viesen los cristianos que en este momento están bajo persecución, se sentirían desmoralizados. Más aún, he leído una crítica en la que quien la escribe empieza diciendo que no irá a ver la película. Sin comentarios. También alguna crítica pretende que la película plantea una dicotomía entre los jesuitas cultos y preparados que apostatan y los campesinos incultos que mueren. Y en esta crítica se pretende ver en esto, de una forma a mi parecer rocambolesca, un brindis al relativismo.También hay críticas con descalificaciones personales de Scorsese. Me pregunto si quienes esto dicen y yo, habremos visto la misma película. O tal vez hayan llegado tarde al cine y no hayan visto la escena inicial en la que cientos de jesuitas sufren el martirio con entereza. O ni siquiera hayan visto la película. Además,los que apostatan son presentados como personas que, por su debilidad, destruyen su vida, aunque no mueran. En cambio, los que soportan el martirio, japoneses y sacerdotes indistintamente, despiertan profunda admiración. Me considero absolutamente incapaz de saber qué aspiraciones despertaría en mí esta película si la viese en la situación de cristiano perseguido, pero creo que puedo decir que no me produciría la tentación de parecerme a los dos sacerdotes que apostatan. Y, puestos a ver otros valores en la película, no es despreciable la sensaciónde misericordia que despierta ante la debilidad humana. Cierto que la postura de santidad sería la del martirio, la de que el P. Rodrigues, en vez de gritar a los torturados que apostatasen, les hubiese insuflado ánimos con himnos inspirados y hubiese sufrido el martirio con ellos. Pero la película narra unos hechos reales y su debilidad no se lo permitió. Algunos críticos afirman con una seguridad pasmosa que Dios manda SIEMPRE las fuerzas necesarias para soportar el martirio si se le piden esas fuerzas. ¿SIEMPRE? ¿Cómo se explican entonces todas las apostasías que ha habido desde el principio del cristianismo? ¿Es que ninguno de los que han apostatado en la historia de la Iglesia le han pedido con toda su fuerza al Señor la gracia de soportarlo? ¿O, tal vez es que todos han rechazado esa gracia? Me cuesta creerlo. Y más me cuesta encasillar a Dios en el “si yo hago esto, Él SIEMPRE hace esto”, como si Dios fuera una ecuación matemática. Creo que tan sólo hay un SIEMPRE en Dios. El hecho de que SIEMPRE, en los momentos claves de nuestra vida, nos manda la gracia para que podamos alcanzar la salvación. Pero que Él me libre de querer decir cuándo son esos momentos. Eso forma parte del misterio de la Providencia de Dios y si alguien cree que conoce la respuesta a ese misterio, esa es la mejor prueba de que no entiende nadadel misterio insondable de la Voluntad de Dios. Sin embargo, si hay alguna faceta humana con la que Dios es compasivo es con nuestra debilidad.Me atrevo a decir que la lástima sin juicio que te hace sentir la película por los P. Rodriguesy, en menor medida, Ferreira podría ser parecida a la que Dios debe sentir por nosotros cuando nos ve débiles y pecadores, como ovejas sin pastor. Es decir, la película nos hace comprender mejor la misericordia de Dios. Así, frente a su silencio aparente, nos enseña su misericordia. Al menos así me ha ocurrido a mí. Tras reposarse la tempestad de preguntas que me produjo la película, ha emergido en mí un sentimiento de ternura y misericordia.Ycreo que esa era la intención de Scorsese cuando dice de su película: “Silencio es la historia de un hombre que aprende dolorosamente que el amor de Dios es más misterioso de lo que él sabe, que deja mucho más a los caminos de los hombres de lo que nos damos cuenta y que Él siempre está presente…incluso en su silencio”. Por todo esto, me dan cierto corajelas críticas de los que creen que comprenden el amor de Dios como si fuese una fórmula matemática. ¿Me atreveré a decir que me parecen un punto farisaicos? En otras críticas, en cambio, parece que se intenta hacer ver que, en realidad, lo que hicieron esos dos jesuitas no es apostasía. Creo que esto es dejar de llamar al pan, pan y al vino, vino. A las cosas hay que llamarlas por su nombre. Apostataron, por más que uno pueda sentir más i menos comprensión sobre las razones que les llevaron a esa apostasía. Otra cosa es el juicio que esta apostasía nos pueda merecer. La película, siendo compasiva con los apóstatas, deja lugar a muy pocas dudas de que su conciencia les atormenta y que son hombres machacados.

En conjunto, la película le deja a uno con muchas preguntas. La más misteriosa y angustiosa es, por supuesto, ¿por qué el silencio de Dios? ¿Por qué no manda las fuerzas necesarias al P.Rodrigues cuando éste se las pide de forma continua y sufriente a lo largo de todo su cautiverio? Son preguntas sin respuesta. O, al menos, sólo tienen respuesta desde una fe profunda en la providencia, la bondad y la misericordia de Dios. La respuesta se da en la película de una manera fugaz pero explícita. “Yo nunca he dejado de estar contigo–le dice Jesús en un momento–, en el silencio, estaba yo”. Muchas veces, en su resistencia, el P. Rodrigues recuerda a Cristo en Getsemaní y en la cruz, cuando se creía abandonado por Dios y el silencio del Padre caía a plomo sobre él. Y sólo la fe en la providencia de Dios permite aceptar, que no comprender, por qué Dios no le manda las fuerzas necesarias, qué de bueno para el Reino de Dios y para su propia salvación puede tener la apostasía del jesuita para que Dios lo permita. Porque otra de las preguntas que se hace uno cuando está en el sillón del cine sobrecogido es: ¿Qué haría yo en esa situación? Y la respuesta a esa pregunta la tengo meridiana: Dejado a mis fuerzas apostataría en menos que canta un gallo. Sólo con la fuerza de Dios puede ningún ser humano resistir esa terrible prueba. ¿Por qué Dios entonces no se la manda? No lo sé.Sé, sin embargo, aunque no entiendo, que el silencio de Dios no es tal. Por supuesto, mi fe en la bondad y misericordia de Dios no me deja ni un resquicio de duda de que el P. Rodrigues está con Dios, en su seno, recibiendo todas las respuestas a todas las preguntas. Es imposible pensar que ese hombre quebrado, destruido y atormentado no haya tenido muchas veces en su vida una auténtica contrición. Aunque al día siguiente siguiese con su miserable funcionariado de delator de objetos cristianos. ¿Cuántas veces perdona Dios? ¿Siete? No, setenta veces siete. Y creo que lo mismo podría decir del P. Ferreira. Pero hay otra pregunta. ¿Por qué, los hombres del racionalista y saciado occidente dan tan a menudo al silencio de Dios la respuesta de “Dios no existe” con tan sólo ver las pruebas de su silencio que han sufrido otros? ¿Por qué ante una tan pequeña prueba de confianza, creer que Dios está en el silencio de otros, que no nos hace ni siquiera sacar los pies de las pantuflas de nuestra comodidad, tiramos tan fácilmente la toalla? No lo entiendo. ¿Saciedad? ¿Creer que se nos debe el que Dios nos responda cuándo y cómo queramos como si fuese el chico de los recados? No lo sé. Creo que a veces Dios no dice nada porque todo lo tiene dicho en Cristo. Él está con nosotros sufriendo cualquier cosa que nosotros podamos sufrir. Él ha sufrido ya nuestro sufrimiento, el nuestro, no otro, en Getsemaní. Pero, ¡qué fe tan endeble tenemos! Y, tras todas esas preguntas, un propósito. Ser capaz de sentir, aunque no sea con el sentimiento sino con la razón, la voluntad y los hechos, la alegría de poder estar cada día con Dios en la Eucaristía, el agradecimiento de poder acercarme a abrazarle en la Reconciliación cada vez que le vuelva la espalda. Le pido a Dios y espero de él esta gracia.

Sólo al final de la película leí en los créditos que la película estaba basada en una novela del escritor japonés ShusakuEndo, del que hace años leí una vida de Cristo que me encantó. La madre de Endo se convirtió al catolicismo siendo Shusaku pequeño y fue bautizado a los 12 años. Mientras veía le película mi cabeza la asociaba con las novelas de Graham Green como “El poder y lagloria” o “El revés de la trama” (pésima traducción de Theheart of thematter”). Efectivamente, Green, también católico, presenta profundos dilemas existenciales de sus débiles personajes que sólo en la misericordia de Dios encuentran respuesta. No andaba descaminado porque en mi indagación posterior he encontrado esta comparación y existió una admiración mutua entre ambos escritores.

Hasta aquí mis preguntas. Pero quiero continuar con el contexto histórico. ¿Qué pasó después? ¿De qué manera prendió la fe en Japón? Cuando ya no quedó ni un sacerdote allí, los cristianos japoneses siguieron realizando el culto que la ausencia de sacerdotes les permitía. Era una Iglesia de las catacumbas, pero sin sacerdotes. Seguían bautizándose, cantaban himnos religiosos en una especie de latín desnaturalizado, leían Biblias en portugués que copiaban de padres a hijos y que también se fue desnaturalizando, etc.  Con el tiempo, las imágenes y las oraciones se iban pareciendo cada vez más a los iconos y salmodias budistas, aunque se mantenían palabras y frases completas en latín o portugués. Se mantenía, sin embargo, una inmensa devoción a la Virgen María a la que se la llamaba Virgen de la Alacena, porque era en ese mueble donde solía estar escondida. Pero, con el transcurso de muchos años faltos de pastores, los cristianos japoneses se deslizaron hacia un sincretismo religioso entre la fe católica y el budismo panteísta de la religión oficial. Pero siguió habiendo muchos mártires entre ellos. Eran los kakurekirishitan, cristianos ocultos.

No fue hasta 1865 cuando a la Iglesia católica se le permitió abrir una iglesia en Urakami, un suburbio de Nagasaki, regentada por el sacerdote francés Bernard Petitjean. Eso sí, sólo para occidentales. Los kakurekirishitan no podían manifestar sus creencias bajo pena de martirio. Un día aparecieron 15 kakurekirishitan a las puertas de la iglesia. Dijeron a P. Petitjean que los últimos sacerdotes que estuvieron allí les habían dicho que la Iglesia retornaría a Japón y que la reconocerían por tres signos. Los sacerdotes serían célibes, tendrían estatuas de María y obedecerían al Papa-sama en Roma. Los visitantes, encabezados por uno que se llamaba Pedro, le preguntaron al P. Petitjean si estaba soltero, si obedecía al Papa-sama y le pidieron que les enseñase una imagen de la Virgen María, cosa que éste hizo. Entonces Pedro le dijo: “En casa todos son como nosotros, tienen el mismo corazón”. Petitjean visitó de incógnito a la comunidad y cometió la torpeza de decirles que tenían que vivir su fe abiertamente. Esto recrudeció la persecución. Hasta 1873 más de 3.000 kirishitan fueron deportados o sufrieron prisión y 13 fueron ejecutados. 660 murieron en el exilio y sólo 1.580 retornaron a sus hogares. En 1865 se estimó que quedaban unos 30.000 cristianos japoneses. Los nuevos misioneros instaron a los kakurekirishitan a que abandonasen su credo sincretista para volver al catolicismo ortodoxo. Más o menos la mitad aceptaron abandonar lo que en su fe había de las antiguas creencias. A los que siguieron firmes en ellas les llamaron hanarekirishitan, cristianos separados. Solo recientemente el Papa Francisco ha reconocido a los pocos hanarekirishtian que quedan como hijos queridos de la Iglesia.

Las protestas de las potencias occidentales por el trato a los kirishitan lograron que en 1873 se prohibiera su persecución en Japón. Pero no fue hasta 1889 cuando se aceptó la libertad religiosa. Los kirishitan del barrio de Ukarami decidieron entonces construir una iglesia en el mismo sitio en el que durante siglos se les había obligado a apostatar cada año durante más de 200 años. En 1895 se inicia la construcción de la catedral de Nagasaki, que no se termina hasta 1917. El 9 de Agosto de 1945 la bomba atómica destruyó la catedral que, no obstante, se volvió a reconstruir en 1959. En 1950 se construye en Hiroshima, también sobre las ruinas de la antigua catedral,una nueva dedicada a la Asunción de María, y a la conmemoración votiva de la paz mundial. Cada día 6 de Agosto, día de la bomba de Hiroshima, las campanas suenan durante parte del día por la paz.

A día de hoy hay, más o menos, un millónde católicos en Japón, lo que representa menos de un 1% de su población. La mitad de ellos, sin embargo, son inmigrantes de otros países como Filipinas. Pero este escaso porcentaje de católicos ha dado dos primeros ministros a Japón. En 1918 fue elegido Primer Ministro el católicoHaraTakashi y en 2008 lo fue Taro Aso que sigue siendo Viceprimer ministro en la actualidad.

¿Ha sido la sangre de mártires semilla de cristianos en Japón? Bueno, medio millón, aunque sea sólo un escaso 0,5%, partiendo de los 30.000 que había en 1865 supone un crecimiento considerable. Pero, ¿quiénes somos nosotros para saber si eso es mucho o poco? Estas cosas no se miden en números. Además, creo que la historia de la humanidad no ha hecho más que empezar. Considero que, si comparamos a la humanidad con el desarrollo de una persona, en estos momentos somos un adolescente inconformista que empieza a rebelarse contra lo que considera, erróneamente como sabemos muchos de los que somos padres, como una traba a su libertad. El Señor de la Historia tendrá la palabra en los próximos más de 150.000 años que, según la extrapolación con la vida de una persona, nos quedan para llegar a los 90 años equivalentes. ¿cómo podemos nosotros siquiera vislumbrar ese lejanísimo futuro? Yo, por mi parte, seré humildemente respetuosos desde mi ignorancia y confío en el Señor de la Historia, el Alfa y el Omega, el Principio y el Fin, el Logos.



[1]Parece que en determinadas crónicas europeas de la época corría la noticia de que el P. Ferreira se había retractado de su apostasía y que había muerto mártir. Sin embargo, esto, que puede ser cierto, no está de ninguna forma comprobado. El P. HubertCieslik S.J., uno de los más respetados historiadores del cristianismo en Japón, escribió un largo artículo sobre el P. Ferreira, tras una profunda investigación (Monumentanipponica. Vol. 29 Nº 1 Spring 1974, pp 1-54). Cito los dos últimos párrafos de su artículo del que suscribo de todo corazón la última frase: “Pero queda la otra y más importante cuestión de si Ferreira murió de hecho como un mártir o al menos abjuró de su apostasía antes de su muerte. Las fuentes holandesas no dicen nada de su martirio o de la recoplilación de testimonios japoneses o chinos, como se menciona en otras fuentes indirectas.Este silencio no es, en sí mismo una prueba contra el martirio, sobre todo, teniendo en cuenta que los holandeses recibían su información a través de hombres corrientes y que las entradas en el diario Deshima son extremadamente breves y concisas. Además, el registro del templo recoge simplemente el día de fallecimiento de los allí enterrados y no dice nada sobre las circunstancias de su muerte. El hecho de que a Ferreira se le diera un nombre póstumo budista y una tumba en un cementerio budista, tampoco es concluyente porque pudiera haber sido el resultado de una iniciativa de los funcionarios locales o de sus familiares, es decir, de la familia Sigimoto. En cualquier caso, el gobierno jamás hubiese reconocido una retractación de su apostasía y hubiera podido tratar de echar tierra sobre el asunto.

Por lo tanto, si bien hay dudas sobre la fiabilidad de las fuentes europeas que reportan la conversión final de Ferreira, las escuetas fuentes japonesas sólo nos dicen la fecha de su muerte. Tanto si las fuentes europeas están bien fundadas como si no, no podemos, por supuesto, saber lo que pasó en el alma de un hombre moribundo antes de su muerte. Probablemente siempre quedará un elo de misterio sobre el caso de Christovao Ferreira”. (La negrita y la traducción del inglés son mías.