3 de noviembre de 2017

Clarividente discurso de José Ortega y Gasset en 1932 en las Cortes españolas, en la discusión sobre el Estatuto catalán

En esta entrada me he tomado vacaciones de escribir. Pero no os doy a vosotros descanso de leer porque otro mejor que yo ha escrito por mí para vosotros. Os envío un extracto, hecho por mí, de un discurso magnífico pronunciado por José Ortega y Gasset, en las Cortes de la República, en 1932, cuando se discutía el estatuto de Cataluña. Me ha parecido oportuno, ahora que las aguas parecen estar un poco más encauzadas (esperemos que no vuelvan a desbordarse), plantear una reflexión clarividente, de una de las mejores mentes españolas del siglo XX, sobre el fondo de la cuestión catalana, sin perderse en lo perimetral. Me he permitido, como os he dicho, la osadía de extractarlo y de poner en negrita y, a veces subrayados, algunos párrafos. Lo he hecho porque el lenguaje lleno de florituras del parlamentarismo del siglo XIX, que todavía era normal en 1932, es a veces confuso. Hoy en día tendría la ventaja de que seguramente muchos de Podemos y todos los de la CUP no lo entenderían. Estoy seguro de que vosotros sí lo haríais. Lo contrario sería un insulto a vuestra inteligencia que está muy lejos de mi ánimo. Pero he pensado que si os ahorraba un poco de tiempo y os hacía la lectura un poco más amena, tal vez me lo agradecieseis. Espero que os resulte interesante. Para el que tenga el encomiable interés de ir a las fuentes, le adjunto abajo de todo, el link al discurso completo.


***

Señores diputados: siento mucho no tener más remedio que hacer un 
discurso doctrinal, de aquellos precisamente que el señor Companys, en 
las primeras palabras que pronunció el otro día, se apresuraba a querer 
extirpar de esta discusión. Según el señor Companys, a la hora del debate 
constitucional se hicieron cuantos discursos doctrinales eran menester sobre 
el problema catalán y sobre su Estatuto, y se hicieron –añadía- porque 
los parlamentarios catalanes habían tenido buen cuidado de dibujar, de 
prefijar en el texto constitucional cuantos temas afectan al presente Estatuto. 
Y yo no pongo en duda que esta intervención de los parlamentarios 
catalanes fuese un gambito de ajedrez bastante ingenioso, pero no tanto 
que quedemos para siempre aprisionados dentro de él, hasta el punto de 
que no podamos hacer hoy, con alguna razón, con buen fundamento, sobre 
el problema catalán, sobre este enjundioso problema, algún discurso 
doctrinal. 

Porque acontece que el debate constitucional en su realidad no coincide, 
ni mucho menos, con el recuerdo que ha dejado en la memoria del 
señor Companys. Tan no coincide, que ni yo, ni creo que ningún otro señor 
diputado recordará, antes de la intervención del señor Maura, ningún discurso 
en el cual se tratase a fondo y de frente el problema de las aspiraciones 
de Cataluña. Se ha hablado ciertamente, en general, de unitarismo y 
federalismo, de centralismo y autonomía, de las lenguas regionales; pero 
sobre el problema catalán, sobre lo que se llama el problema catalán, estoy 
por decir que yo no he oído un solo discurso, ni siquiera una parte 
orgánica de un discurso, como no consideremos tales las constantes salidas 
expectorativas a que nos tiene acostumbrados la bellida barba de don 
Antonio Royo Villanova. Se han hecho discursos sobre el pacto de San 
Sebastián, que es un tema que no tolera ni mucha doctrina ni muy buena, 
y que, por otra parte, no pretenderá resumir un problema viejo de demasiados 
siglos. […].

Sobre todo en estos dos enormes asuntos que ahora tenemos delante, 
la reforma agraria y el Estatuto catalán, es preciso que el Parlamento se 
resuelva a salir de sí mismo, de ese fatal ensimismamiento en que ha 
solido vivir hasta ahora, y que ha sido causa de que una gran parte de la 
opinión le haya retirado la fe y le escatime la esperanza. Es preciso ir a 
hacer las cosas bien, a reunir todos los esfuerzos. El político necesita de 
una imaginación peculiar, el don de representarse en todo instante y con 
gran exactitud cuál es el estado de las fuerzas que integran la total opinión 
y percibir con precisión cuál es su resultante, huyendo de confundirla con 
la opinión de los próximos, de los amigos, de los afines, que, por muchos 
que sean, son siempre muy pocos en la nación. Sin esa imaginación, sin 
ese don peculiar, el político está perdido.
 
Ahí tenemos ahora España, tensa y fija su atención en nosotros. No 
nos hagamos ilusiones: fija su atención, no fijo su entusiasmo. Por lo mismo, 
es urgente que este Parlamento aproveche estas dos magnas cuestiones 
para hacer las cosas ejemplarmente bien, para regenerarse en sí mismo 
y ante la opinión. Quién no os lo diga así, no es leal. (Muy bien.) 
Y en medio de esta situación de ánimo, vibrando España entera alrededor, 
encontramos aquí, en el hemiciclo, el problema catalán. Entremos en 
él sin más y comencemos por lo más inmediato, por lo primero de él con 
que nos encontramos. Y ¿qué es lo más inmediato, concreto y primero con 
que topamos del problema catalán? Se dirá que si queremos evitar vaguedades, 
lo más inmediato y concreto con que nos encontramos del problema 
catalán es ese proyecto de Estatuto que la Comisión nos presenta y 
alarga; y de él, el artículo 1.º del primer título. Yo siento discrepar de los 
que piensan así, que piensan así por no haber caído en la cuenta de que 
antes de ese primer artículo del primer título hay otra cosa, para mí la más 
grave de todas, con la que nos encontramos. Esa primera cosa es el propósito, 
la intención con que nos ha sido presentado este Estatuto, no sólo 
por parte de los catalanes, sino de otros grupos de los que integran las 
fuerzas republicanas. A todos os es bien conocido cuál es ese propósito. 
Lo habéis oído una y otra vez, con persistente reiteración, desde el advenimiento 
de la República. Se nos ha dicho: «Hay que resolver el problema 
catalán y hay que resolverlo de una vez para siempre, de raíz. La República 
fracasaría si no lograse resolver este conflicto que la monarquía no 
acertó a solventar.»
  
[…] pero si, como todos presumimos, no se trata de una figura de dicción, de 
una eutrapelia, que sería francamente intolerable en asunto y sazón tan 
grave, si se trata en serio de presentar con este Estatuto el problema catalán 
para que sea resuelto de una vez para siempre, de presentarlo al Parlamento 
y a través de él al país, adscribiendo a ello los destinos del régimen, 
¡ah!, entonces yo no puedo seguir adelante, sino que, frente a este 
punto previo, frente a este modo de planteamiento radical del problema, yo 
hinco bien los talones en tierra, y digo: ¡alto!, de la manera más enérgica y 
más taxativa. Tengo que negarme rotundamente a seguir sin hacer antes 
una protesta de que se presente en esta forma radical el problema catalán 
a nuestra Cataluña y a nuestra España, porque estoy convencido de que 
es ello, por unos y por otros, una ejemplar inconsciencia. ¿Qué es eso de 
proponernos conminativamente que resolvamos de una vez para siempre 
y de raíz un problema, sin para en las mientes de si ese problema, él por sí 
mismo, es soluble, soluble en esa forma radical y fulminante? ¿Qué diríamos 
de quien nos obligase sin remisión a resolver de golpe el problema de 
la cuadratura del círculo? Sencillamente diríamos que, con otras palabras, 
nos había invitado al suicidio.
 
Pues bien, señores; yo sostengo que el problema catalán, como todos 
los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema 
que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar, y al decir esto, 
conste que significo con ello, no sólo que los demás españoles tenemos 
que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen 
que conllevarse con los demás españoles
. […] Vamos a ello, señores. 

Digo, pues, que el problema catalán es un problema que no se puede 
resolver, que sólo se puede conllevar; que es un problema perpetuo, que 
ha sido siempre, antes de que existiese la unidad peninsular y seguirá 
siendo mientras España subsista; que es un problema perpetuo, y que a 
fuer de tal, repito, sólo se puede conllevar. 

¿Por qué? En rigor, no debía hacer falta que yo apuntase la respuesta, 
porque debía ésta hallarse en todas las mentes medianamente cultivadas. 
Cualquiera diría que se trata de un problema único en el mundo, que anda 
buscando, sin hallarla, su pareja en la Historia, cuando es más bien un 
fenómeno cuya estructura fundamental es archiconocida, porque se ha 
dado y se da con abundantísima frecuencia sobre el área histórica. Es tan 
conocido y tan frecuente, que desde hace muchos años tiene inclusive un 
nombre técnico: el problema catalán es un caso corriente de lo que se 
llama nacionalismo particularista.
No temáis, señores de Cataluña, que en 
esta palabra haya nada enojoso para vosotros, aunque hay, y no poco, 
doloroso para todos

¿Qué es el nacionalismo particularista? Es un sentimiento de dintorno 
vago, de intensidad variable, pero de tendencia sumamente clara, que se 
apodera de un pueblo o colectividad y le hace desear ardientemente vivir 
aparte de los demás pueblos o colectividades. Mientras éstos anhelan lo 
contrario, a saber: adscribirse, integrarse, fundirse en una gran unidad histórica, en esa radical comunidad de destino que es una gran nación, esos 
otros pueblos sienten, por una misteriosa y fatal predisposición, el afán de 
quedar fuera, exentos, señeros, intactos de toda fusión, reclusos y absortos 
dentro de sí mismos

Y no se diga que es, en pequeño, un sentimiento igual al que inspira los 
grandes nacionalismos, los de las grandes naciones; no; es un sentimiento 
de signo contrario. […] Por eso, de la pluralidad de pueblos dispersos que había en la Península, se ha formado esta España compacta

En cambio, el pueblo particularista parte, desde luego, de un sentimiento 
defensivo, de una extraña y terrible hiperestesia frente a todo contacto 
y toda fusión; es un anhelo de vivir aparte. Por eso el nacionalismo 
particularista podría llamarse, más expresivamente, apartismo o, en buen 
castellano, señerismo

Pero claro está que esto no puede ser. […].
 
Pues bien; en el pueblo particularista, como veis, se dan, perpetuamente 
en disociación, estas dos tendencias: una, sentimental, que le impulsa 
a vivir aparte; otra, en parte también sentimental, pero, sobre todo, 
de razón, de hábito, que le fuerza a convivir con los otros en unidad nacional. 
De aquí que, según los tiempos, predomine la una o la otra tendencia 
y que vengan etapas en las cuales, a veces durante generaciones, parece 
que ese impulso de secesión se ha evaporado y el pueblo éste se muestra 
unido, como el que más, dentro de la gran Nación. Pero no; aquel instinto 
de apartarse continúa somormujo, soterráneo, y más tarde, cuando menos 
se espera, como el Guadiana, vuelve a presentarse su afán de exclusión y 
de huida.
 

Este, señores, es el caso doloroso de Cataluña; es algo de que nadie 
es responsable; es el carácter mismo de ese pueblo; es su terrible destino, 
que arrastra angustioso a lo largo de toda su historia. Por eso la historia de 
pueblos como Cataluña […] es un quejido casi incesante; porque la 
evolución universal, salvo breves períodos de dispersión, consiste en un 
gigantesco movimiento e impulso hacia unificaciones cada vez mayores.
 
De aquí que ese pueblo que quiere ser precisamente lo que no puede ser, 
pequeña isla de humanidad arisca, reclusa en sí misma; ese pueblo que 
está aquejado por tan terrible destino, claro es que vive, casi siempre, 
preocupado y como obseso por el problema de su soberanía, es decir, de 
quien le manda o conquien manda él conjuntamente. Y así, por cualquier 
fecha que cortemos la historia de los catalanes encontraremos a éstos, 
con gran probabilidad, enzarzados con alguien, y si no consigo mismos, 
enzarzados sobre cuestiones de soberanía, sea cual sea la forma que de la 
idea de soberanía se tenga en aquella época
[…]. Pasan los 
climas históricos, se suceden las civilizaciones y ese sentimiento dilacerante, 
doloroso, permanece idéntico en lo esencial. Comprenderéis que un pueblo 
que es problema para sí mismo tiene que ser, a veces, fatigoso para 
los demás y, así, no es extraño que si nos asomamos por cualquier trozo a 
la historia de Cataluña asistiremos, tal vez, a escenas sorprendentes, como 
aquella acontecida a mediados del siglo XV: representantes de Cataluña 
vagan como espectros por las Cortes de España y de Europa buscando 
algún rey que quiera ser su soberano; pero ninguno de estos reyes acepta 
alegremente la oferta, porque saben muy bien lo difícil que es la soberanía 
en Cataluña. Comprenderéis, pues, que si esto ha sido un siglo y otro y 
siempre, se trata de una realidad profunda, dolorosa y respetable; y cuando 
oigáis que el problema catalán es en su raíz, en su raíz –conste esta 
repetición mía-, cuando oigáis que el problema catalán es un su raíz ficticio, 
pensad que eso sí que es una ficción.
 

¡Señores catalanes: no me imputaréis que he empequeñecido vuestro 
problema y que lo ha planteado con insuficiente lealtad! 

Pero ahora, señores, es ineludible que precisemos un poco. Afirmar 
que hay en Cataluña una tendencia sentimental a vivir aparte, ¿qué quiere 
decir, traducido prácticamente al orden concretísimo de la política? ¿Quiere 
decir, por lo pronto, que todos los catalanes sientan esa tendencia? De 
ninguna manera. Muchos catalanes sienten y han sentido siempre la tendencia opuesta
; de aquí esa disociación perdurable de la vida catalana a 
que yo antes me refería. Muchos, muchos catalanes quieren vivir con España
Pero no creáis por esto, señores de Cataluña, que voy a extraer de 
ello consecuencia ninguna; lo he dicho porque es la pura verdad, porque, 
en consecuencia, conviene hacerlo constar y porque, claro está, habrá que 
atenderlo. Pero los que ahora me interesan más son los otros, todos esos 
otros catalanes que son sinceramente catalanistas, que, en efecto, sienten 
ese vago anhelo de que Cataluña sea Cataluña. Mas no confundamos las 
cosas; no confundamos ese sentimiento, que como tal es vago y de una 
intensidad variadísima, con una precisa voluntad política. ¡Ah, no!
Yo estoy 
ahora haciendo un gran esfuerzo por ajustarme con denodada veracidad 
a la realidad misma, y conviene que los señores de Cataluña que me 
escuchan, me acompañen en este esfuerzo. No, muchos catalanistas no 
quieren vivir aparte de España, es decir, que, aun sintiéndose muy catalanes, 
no aceptan la política nacionalista, ni siquiera el Estatuto, que acaso 
han votado. Porque esto es lo lamentable de los nacionalismos; ellos son 
un sentimiento, pero siempre hay alguien que se encarga de traducir ese 
sentimiento en concretísimas fórmulas políticas: las que a ellos, a un grupo 
exaltado, les parecen mejores. Los demás coinciden con ellos, por lo 
menos parcialmente, en el sentimiento, pero no coinciden en las fórmulas 
políticas; lo que pasa es que no se atreven a decirlo, que no osan manifestar 
su discrepancia, porque no hay nada más fácil, faltando, claro está a la 
veracidad, que esos exacerbados les tachen entonces de anticatalanes.
Es 
el eterno y conocido mecanismo en el que con increíble ingenuidad han 
caído los que aceptaron que fuese presentado este Estatuto. ¿Qué van a 
hacer los que discrepan? Son arrollados; pero sabemos perfectamente de 
muchos, muchos catalanes catalanistas, que en su intimidad hoy no quieren 
esa política concreta que les ha sido impuesta por una minoría
. Y al 
decir esto creo que sigo ajustándome estrictamente a la verdad. (Muy bien, 
muy bien.) 

Pero una vez hechas estas distinciones, que eran de importancia, reconozcamos 
que hay de sobra catalanes que, en efecto, quieren vivir aparte 
de España
. Ellos son los que nos presentan el problema; ellos constituyen 
el llamado problema catalán, del cual yo he dicho que no se puede resolver, 
que sólo se puede conllevar. Y ello es bien evidente; porque frente a 
ese sentimiento de una Cataluña que no se siente española, existe el otro 
sentimiento de todos los demás españoles que sienten a Cataluña como 
un ingrediente y trozo esencial de España, de esa gran unidad histórica, de 
esa radical comunidad de destino, de esfuerzos, de penas, de ilusiones, de 
intereses, de esplendor y de miseria, a la cual tienen puesta todos esos 
españoles inexorablemente su emoción y su voluntad. Si el sentimiento de 
los unos es respetable, no lo es menos el de los otros, y como son dos 
tendencias perfectamente antagónicas, no comprendo que nadie, en sus 
cabales, logre creer que problema de tal condición puede ser resuelto de 
una vez para siempre
. […] 

Supongamos, si no, lo extremo […]: que se concediera, que se otorgase a Cataluña 
absoluta, íntegramente, cuanto los más exacerbados postulan. ¿Habríamos 
resuelto el problema? En manera alguna; habríamos dejado entonces 
plenamente satisfecha a Cataluña, pero ipso facto habríamos dejado plenamente, mortalmente insatisfecho al resto del país. El problema renacería de sí mismo, con signo inverso, pero con una cuantía, con una violencia incalculablemente mayor; con una extensión y un impulso tales, que 
probablemente acabaría (¡quién sabe!) llevándose por delante el régimen. 
Que es muy peligroso, muy delicado hurgar en esta secreta, profunda raíz, 
más allá de los conceptos y más allá de los derechos, de la cual viven esta 
plantas que son los pueblos. ¡Tengamos cuidado al tocar en ella!
 

Yo creo, pues, que debemos renunciar a la pretensión de curar radicalmente 
lo incurable.
[…] 

En cambio, es bien posible conllevarlo. Llevamos muchos siglos juntos 
los unos con los otros, dolidamente, no lo discuto; pero eso, el conllevarnos 
dolidamente, es común destino, y quien no es pueril ni frívolo, lejos de 
fingir una inútil indocilidad ante el destino, lo que prefiere es aceptarlo

Después de todo, no es cosa tan triste eso de conllevar. ¿Es que en la 
vida individual hay algún problema verdaderamente importante que se resuelva? La vida es esencialmente eso: lo que hay que conllevar, y, sin 
embargo, sobre la gleba dolorosa que suele ser la vida, brotan y florecen 
no pocas alegrías.
 

Este problema catalán y este dolor común a los unos y a los otros es un 
factor continuo de la Historia de España, que aparece en todas sus etapas, 
tomando en cada una el cariz correspondiente. Lo único serio que unos y 
otros podemos intentar es arrastrarlo noblemente por nuestra Historia; es 
conllevarlo, dándole en cada instante la mejor solución relativa posible

conllevarlo, en suma, como lo han conllevado y lo conllevan las naciones 
en que han existido nacionalismos particularistas, las cuales (y me importa 
mucho hacer constar esto para que quede nuestro asunto estimado en su 
justa medida), las cuales naciones aquejadas por este mal son en Europa 
hoy aproximadamente todas […]. 

Con esto, señores, he intentado demostrar que urge corregir por completo 
el modo como se ha planteado el problema, y, sin ambages ni eufemismos, 
invertir los términos: en vez de pretender resolverlo de una vez 
para siempre, vamos a reducirlo, unos y otros, a términos de posibilidad, 
buscando lealmente una solución relativa, un modo más cómodo de conllevarlo
: demos, señores, comienzo serio a esta solución. 

¿Cuál puede se ella? Evidentemente tendrá que consistir en restar del 
problema total aquella porción de él que es insoluble, y venir a concordia 
en lo demás. Lo insoluble es cuanto significa amenaza, intención de amenaza, 
para disociar por la raíz la convivencia entre Cataluña y el resto de 
España, Y la raíz de convivencia en pueblos como los nuestros es la unidad 
de soberanía.
 

Recuerdo que hubo un momento de extremo peligro en la discusión 
constitucional, en que se estuvo a punto, por superficiales consideraciones 
de la más abstrusa y trivial ideología, con un perfecto desconocimiento de 
lo que siente y quiere, salvo breves grupos, nuestro pueblo
, […] se estuvo a punto, digo, nadamenos que de decretar, sin más, la Constitución federal de España. […] la imprecisión,tal vez el desconocimiento, con que se empleaban todos estos vocablos: soberanía, federalismo, autonomía, y se confundían unas cosas con otras, siendo todas ellas muy graves. […] 

Decía yo que soberanía es la facultad de las últimas decisiones, el 
poder que crea y anula todos los otros poderes, cualesquiera sean ellos, 
soberanía, pues significa la voluntad última de una colectividad. Convivir 
en soberanía implica la voluntad radical y sin reservas de formar una comunidad de destino histórico, la inquebrantable resolución de decidir juntos en última instancia todo lo que se decida. Y si hay algunos en Cataluña,
o hay muchos, que quieren desjuntarse de España, que quieren escindir 
la soberanía, que pretenden desgarrar esa raíz de nuestro añejo convivir, 
es mucho más numeroso el bloque de los españoles resueltos a continuar 
reunidos con los catalanes en todas las horas sagradas de esencial decisión.
 
Por eso es absolutamente necesario que quede deslindado de este 
proyecto de Estatuto todo cuanto signifique, cuanto pueda parecer amenaza 
de la soberanía unida, o que deje infectada su raíz. Por este camino 
iríamos derechos y rápidos a una catástrofe nacional.
 

[…] «No nos presentéis vuestro afán en términos de soberanía, porque entonces no nos entenderemos. Presentadlo, planteadlo en términos de autonomía». Y conste que autonomía significa, en la terminología juridicopolítica, la cesión de poderes; en principio no importa cuáles ni cuántos, con tal que quede sentado de la manera más clara e inequívoca que ninguno de esos poderes es espontáneo, nacido de sí mismo, que es, en suma, soberano, sino que el Estado lo otorga y el Estado lo retrae y a él reviene. Esto es autonomía. […]


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