7 de noviembre de 2017

¡Estamos hechos para cantar!

Empiezo por reconocer que lo que viene a continuación tiene no poco de exageración. Pero no por ello deja de haber en lo que voy a escribir un fondo de verdad. Mi punto de partida es el siguiente: “Estamos hechos para cantar”. Puede parecer una afirmación gratuita, pero no lo es. Al menos, no del todo. Hasta un ser humano como yo, con unas cuerdas vocales muy pobres, es capaz de cantar en un rango de una octava y media. Y, ¿qué demonios es eso de una octava y media? Lo explico con un experimento que puede llevar a cabo cualquiera que sepa cantar una escala DO-RE-MI-FA-SOL-LA-SI-DO. Que empiece por el DO más grave del que pueda partir y haga la primera escala completa. Habrá cumplido con la misión de cantar una octava. Si llegado al DO agudo, sigue subiendo y llega al SOL siguiente, habrá logrado, como yo, la proeza de cantar una octava y media. Por supuesto, no todos los seres humanos somos iguales y habrá quien pueda llegar hasta, digamos, al segundo SI, mientras que otros se quedarán en el segundo RE. María Callas era capaz de abarcar con su voz más de dos octavas y, por supuesto, es posible entrenar la voz, como cualquier otra cosa y ampliar el rango natural que uno tenga. Pero, en cualquier caso, ser capaz de cantar más de una octava es una proeza de la naturaleza. Ningún otro ser vivo es capaz de hacerlo. Un ruiseñor –dicen, yo no lo he oído nunca– es capaz de cantar de una forma enormemente agradable al oído. Pero su rango no alcanza ni de lejos la octava. El rango entre el ladrido de un perro y el sonido que emite cuando se le pisa el rabo, no alcanza tampoco el rango de una octava. Sólo el ser humano es capaz de hacerlo. No me cabe duda de que al ser humano, esta rara habilidad le ha sobrevenido por la evolución. Pero me pregunto por qué sólo al ser humano le resulta evolutivamente rentable esta proeza. ¿Por qué no la han desarrollado también evolutivamente nuestros parientes cercanos, los chimpancés, bonobos, gorilas u orangutanes? Es una de las varias preguntas que hacen un misterio de la evolución del ser humano.

Pero tenemos otro don innato necesario para cantar. La capacidad de reproducir casi sin esfuerzo cualquier melodía con sólo oírla unas cuantas veces. Para ser capaz de lo mismo tocando el piano o el violín, hay que dedicarle a estos instrumentos arduos años de esfuerzo. Ciertamente, también en esto existe un don innato, el del oído musical. Hay gente que afirma tener una oreja enfrente de la otra. Pero, incluso quien afirma eso, es capaz de reproducir la melodía. Quizá no lo haga con precisión y desafine, pero en lo que canta se reconoce perfectamente la melodía original. Que alguien sin una profunda educación instrumental intente hacer lo mismo con un violín, verá lo que le pasa. Lo que nos lleva a otra capacidad: saber distinguir cuándo dos sonidos o melodías independientes armonizan o no entre sí. Y, por si fuera poco, tenemos la capacidad de memorizar fácilmente las melodías, incluso durante decenios, y que una mañana nos dé por cantarlas tras veinte o treinta años de aparente olvido. Estas cosas forman lo que se llama el oído. E incluso las personas que afirman no tenerlo, lo tienen en un grado más que aceptable. Y, además, el oído se puede educar sin gran esfuerzo. Todas estas cosas son proezas de la naturaleza. Hay muchas cosas que los seres humanos hacemos inconscientemente y que son auténticas proezas. Andar es una de ellas. Pero incluso gatear lo hacemos de una manera mucho más dificultosa que cualquier animal. En cambio, las cosas relacionadas con el canto, no es que las hagamos mejor que cualquier animal, es que somos los únicos que podemos hacerlo.

Pero, todas estas consideraciones de carácter anatómico y físico se quedan pequeñas comparadas con las de carácter anímico y estético. Cantar produce alegría y es, a la vez, una expresión de esa alegría. Solemos cantar espontáneamente cuando estamos contentos. Pero, además, cuando cantamos somos capaces de desterrar, al menos parcial y temporalmente, la tristeza. El refranero popular deja clara constancia de esto: “El que canta, los males espanta” o “gallo que no canta, algo tiene en la garganta”. Esa alegría se ve aumentada por la sensación que se tiene cuando se canta, aunque sólo sea aceptablemente, de estar creando belleza. Entonces una alegría especial nos surge de lo más hondo. ¿A quién no se le han saltado alguna vez las lágrimas de emoción al oír una melodía que le llega al fondo del alma. Gaetano Donizetti, el célebre compositor de óperas, perdió la razón los últimos años de su vida. Murió en 1848 en Bérgamo, su ciudad natal. Los últimos años los pasó en un mutismo autista sin pronunciar una palabra ni reconocer a nadie. Pero cuentan que un día pasó por la calle de la casa en la que estaba una mujer cantando una famosa aria de su ópera Lucia di Lamermour, que había escrito hacía más de diez años. No debía ser un maravilloso performance, pero Donizetti, salió de su mutismo para exclamar: “¡Ah, la mia Lucia, comme e bella!”. No volvió a pronunciar una palabra hasta su muerte. ¡El poder evocador de la música!

Desde hace unos años, un grupo de amigos nos reunimos para cantar en un coro totalmente amateur. No sé a los demás, pero a mí me ha cambiado muchas cosas de la vida. De niño y adolescente era de los que en el colegio les decían cosas del estilo de: “Alfaro, usted no cante que lo estropea”. Esto me creó un “trauma infantil” que me impedía cantar salvo debajo de la ducha. Si pretendía cantar con alguien al lado que hiciese otra voz distinta de la mía, indefectiblemente me iba con la otra voz o, peor aún, me hacía un lío y no cantaba ni una ni otra, sino un mejunje inaguantable. Ni se me ocurría pensar que podía cantar en un coro, a varias voces y, mucho menos, que si cantase en él, podría contribuir a que saliese algo bonito en vez de estropearlo. Pero hace unos años, mi mujer me convenció para cantar en un coro de amigos que ella empezó. Lo hacía a regañadientes. Tengo un carácter un tanto perfeccionista y me dedico compulsivamente a intentar hacer muy bien lo que sea que haga. Y me frustro enormemente cuando no lo consigo, que es la mayor parte de las veces. Esto me produce una gran tensión. Por eso, en el coro, decidí que no iba a caer en lo mismo. No iba a estudiar mi voz ni nada por el estilo. Cantaría lo mejor que pudiese sin ponerme a ello compulsivamente, sólo con lo que aprendiese en las clases, intentando cantar. Encontramos un director que es un verdadero genio. Sabía entendernos a cada uno, hacer que cada uno cantase en la tesitura en la que estaba cómodo, animarle, corregirle con gracia y simpatía, etc., etc., etc. Casi nadie del coro había cantado medio en serio nunca y muchos tenían el mismo “trauma infantil” que yo. Casi todos tenemos, más o menos, la misma filosofía, por lo que el ambiente del coro es y fue, desde el principio, excelente, divertido, distendido, lúdico. Y se produjo el milagro. Cantamos, y lo hacemos bien. A tres y hasta cuatro voces. Me atrevería a decir que cantamos muy bien. Y yo canto sin estropear nada, aportando mi pequeña parte al sonido general. Y canto mi voz sin irme con las otras y sin hacerme un lío casi nunca. Creamos belleza y nos sentimos eufóricos cuando nos damos cuenta, que es a menudo. Cantamos, gratis et amore en bodas, bautizos, fiestas varias y hasta funerales de amigos y conocidos. Porque tenemos un repertorio de música sacra. Pero también cantamos góspel, canciones populares y folclóricas, etc. Y la gente nos dice que es una maravilla oírnos. Y creo que no lo dicen por educación, sino porque lo sienten. Y, lo más importante; todos, yo el primero, disfrutamos enormemente. Por motivos que no vienen a cuento el director nos dejó y encontramos a una directora que también sabe sacarnos lo mejor de nosotros mismos, manteniendo el espíritu del coro. A mí me pasa una cosa curiosísima. Cuando empezamos una nueva obra me parece imposible que llegue a dominarla. Pero, en vez de dedicarme compulsivamente a estudiarla, me dejo ganar por ella, sin apenas esfuerzo. Y, de repente, un día, sin darme cuenta, me levanto por la mañana tarareándola y la canto en la ducha sin esfuerzo, porque me sale fluida, espontánea, sola. ¡Qué alegría!

También la sabiduría popular, además de los refranes que he citado antes, dice: “El que canta reza dos veces”. Nada más cierto. Para mí, cuando cantamos música sacra, cada cosa que cantamos, sea en clase o en público, es una profunda oración. Pero voy más allá. El que canta, aunque sea una tonada popular, reza. Una sola vez, pero reza. Aunque no cante una oración. Porque cuando alguien hace aquello para lo que ha sido hecho, estalla en alabanza al que le dio ese don. Y, para mí, ese don viene de Dios, la Belleza, con mayúsculas, a la que damos gracias cuando usamos el don que nos ha sido dado por Él. Hace años, cuando vivía la religión de una forma un poco compulsiva, como casi todo lo que hago, escribí una poesía que dice:

9-IV-2001

Lunes Santo. Cuenca. Desde lo alto de la ciudad contemplando la hoz del Huécar con Cuenca abajo, a la derecha.

¡Qué envidia me dan los pájaros
cantando a la luz de la mañana!
Con tan sólo cantar, ya Te dan gloria.
Envidio también la lagartija,
que calienta su cuerpo al sol
mientras Te alaba,
porque Tú hiciste frías
su sangre y sus entrañas.
Se me escapa el alma cuando veo
a la trucha cimbreándose en el río.
Para nadar nació
y nadando Te bendice.
¿Y yo? ¿Yo?
¿Cómo, con qué debo alabarte?
¿Cómo Te cantaré?
¿De qué aires, soles, aguas
deberá beber mi lengua para saber
ensalzarte con mi vida?
¿Tal vez me basta con sólo
contemplar y darte gracias?
¿Tal vez es suficiente remontarme
desde el pájaro a tu Nombre?
¿Basta con eso o hace falta
la laboriosa acción transformadora?
Duda, la duda siempre lacerante.
¿Dónde está la sencillez perdida?
¿Se apagan con la muerte las preguntas?
¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! ¡Dios mío...!

He encontrado en el canto la sencillez perdida. Fui hecho para cantar y cantando doy gloria y alabo y agradezco a mi Dios. ¿Qué más hace falta? Nada. Sí, basta con eso. Todo es gratis. Y yo, cantando, le doy gracias.


Por eso considero un sacrilegio el que se le diga a un niño que se calle cuando canta porque lo hace mal. Más vale apoyarle, ayudarle, enseñarle. Por eso animo a todos aquellos que, como me pasaba a mí, han dejado de cantar por el “trauma infantil” del “cállese, fulano, que lo estropea”, a que se liberen y descubran la maravilla de cantar. ¡PUEDEN! No me cabe duda de que el mundo iría mejor si la gente cantase más en coro a varias voces. No hay mejor educación para la armonía del mundo que crear armonía con las voces. Por eso animo a Puigdemont, Oriol Junqueras, Rajoy, Albert Rivera, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias, Kim Yong Un, Maduro, Trump, Xi Jing Ping, Putin, Erdogan, Bashar al-Assad, Mugabe, Merkel, Macron, May, etc., etc., etc (por supuesto, no pretendo poner a todos los políticos que cito en el mismo saco). a que canten en coro. No tienen por qué hacerlo necesariamente en el mismo. Pero la armonía que lograsen en sus respectivos coros, se transmitiría, sin duda, a las relaciones del mundo. Estamos hechos para cantar. ¡CANTEMOS! 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Tomás:
Me ha encantado esta entrada. No sabría decir exactamente por qué, pero me ha gustado mucho...Quizás porque hace mucho que no canto y empiezo a necesitar un coro como el comer...o rezar dos veces. En cualquier caso, original y bonita entrada.
Muchas gracias,
Victoria

Tomás Alfaro Drake dijo...

Muchas gracias Victoria.

Cualquiera de las dos alternativas, el coro o rezar dos veces está fenomenal.

Un abrazo.

Tomás