25 de febrero de 2018

Mi mujer y la epopeya de los Padres de la Iglesia


Blanca, mi mujer, a sus sesenta y… años empezó la carrera de Teología. No es la típica señora desocupada que no tiene otra cosa que hacer. Está enormemente ocupada en varios frentes: llevar la casa, apoyar a sus/nuestros numerosas hijas/nueras (diré también hijos/nueros para no parecer feminista), como una abuelaza, con sus/nuestros 10 nietos, ser amiga, buena amiga, de sus amigas, un largo etc., y, después, como última pesada carga, soportarme a mí. Después de todo esto, en sus ratos “libres” estudia teología. Tras unos años, ya está en 4º y este martes pasado, el día 20, se examinaba de patrología. Me he enterado el otro día que patrología es el estudio de los Padres de la Iglesia. Porque el Domingo pasado, tarde por la noche, me dijo que le ayudaba que estuviese oyéndola cómo estudiaba en voz alta ese galimatías de la patrología. Durante todo el Domingo estuvo al loro de los varios nietos que vinieron a casa. Sólo por la noche encontró un rato “libre” que pudo dedicar al estudio. Estaba estudiando todas las discusiones y razonamientos que los primeros padres de la Iglesia tenían sobre lo que sabían por la revelación, pero querían definir con la mayor claridad posible. A saber: cómo Dios era uno y, al mismo tiempo tres personas. Cómo se relacionaban estas tres personas entre sí. Cómo una de ellas estaba unida en una unidad absoluta con un ser humano al 100%. Etc., etc., etc. Total, nada. Debo reconocer que mi impresión era que esos Padres se dejaban llevar por unas elucubraciones mentales sin demasiado sentido. Palabras griegas que ni remotamente entendía como ousia, prosopon, hipóstasis y otras muchas de las que ni me acuerdo. “¡Qué horror! –pensaba–, ¿es realmente necesario tanto rollo? A fin de cuentas, o se cree o no se cree. ¡Con tanta discusión es posible hasta que hasta se pierda la fe! ¡Seamos más sencillos, por favor!”

Debo reconocer que en un momento dado mi paciencia se agotó y me fui a la cama. Caí como un leño antes de que Blanca acabase de estudiar, a saber a qué hora de la madrugada. Pero, al día siguiente y en días sucesivos, hasta ayer, empecé a reflexionar sobre todo esto y mi perspectiva ha cambiado drásticamente. Los primeros cristianos no tenían ninguna necesidad de explicarse a sí mismos todas estas cosas. Se las habían oído a Jesucristo y eso les bastaba. Ellos sólo querían transmitir la Buena Noticia. Dios amaba al mundo y por eso lo había creado bueno. Y amaba especialmente a los seres humanos, a pesar del mal uso que habían hecho de su libertad. Y lo amaba hasta el punto de hacerse uno de ellos, de venir a vivir con ellos –nosotros– nuestras miserias y a hacerlas suyas. ¿No era Dios? ¿Por qué había que explicar cómo lo había hecho? Lo había hecho y punto. La Buena Noticia era que lo había hecho. Ellos lo habían visto y lo predicaban con fuego en el alma. Las generaciones siguientes no lo habían visto, pero la anterior le había transmitido ese fuego y tampoco necesitaban explicar cómo era eso. Era, y eso les bastaba. Esto era, y siento usar una palabra griega, la predicación del kerigma. Pero a medida que crecían en número y ampliaban el círculo al que llegaban, se encontraban con el escepticismo, con la animadversión y con la persecución. Y, en mitad de estas calamidades, tenían que saber explicar esta buena noticia a ese mundo escéptico. Y no era un mundo escéptico cualquiera, no. Era nada menos que el mundo griego, el mundo de la filosofía. Y si querían llegar a ese mundo, tenían que explicárselo en su lenguaje. Como dijo san Pablo tenían que hacerse todo en todos, para ganar a algunos. Tenían que usar esa filosofía. Por tanto, tenían que hacerse entender por los neoplatónicos, los aristotélicos, los sofistas, los epicúreos, los atomistas, los estoicos, los pitagóricos, los de la escuela de Éfeso o de Elea. Tenían que entrar en sus dialécticas de lo uno y lo múltiple, lo inmutable y lo cambiante, tenían que deambular por toda la inmensa gama de creencias y desarrollos en que se había desplegado la filosofía griega. Y los creyentes se hicieron filósofos y consiguieron hacer creyentes a algunos filósofos. Pero se encontraban con una dificultad insalvable. Tenían que explicar en términos de razón algo que estaba mucho más allá de los estrechos límites de la razón humana. No deja de ser una tragedia intelectual. Y, por si fuera poco, lo tenían que hacer en medio de la hostilidad y las persecuciones en las que se jugaban la vida. La tragedia intelectual se veía así envuelta en la tragedia de la muerte. Terrible.

Y así fueron progresando, sin la más mínima posibilidad de una respuesta definitiva. Me parece triste cuando, sin tener ni idea de esta gesta, hay gente, a menudo inmensamente ignorante, que afirma que la fe es irracional. De ninguna manera. La fe es transracional, pero nunca irracional. Por supuesto, no progresaban ni en una línea continua ni en una única línea. Había líneas quebradas, avances y retrocesos, divergencias. Cuando esas divergencias se hacían múltiples y se separaban demasiado, se convocaban concilios en los que se intentaba fijar el camino. Nunca sin discusión. A menudo con discusiones terribles. Siempre aplicando la máxima que más tarde haría famosa san Agustín de “En lo esencial, unidad, en lo dudoso, libertad y en todo, caridad”. Los obispos iban a los concilios desde el otro lado del mundo entonces conocido. De Córdoba a Nicea, de Bretaña a Constantinopla, de Cartago a Calcedonia. A riesgo de su vida en viajes que podían ser terribles. Y se discutía desde la razón. Y gracias a ello, la fe católica ha podido no sólo coexistir, sino formar una simbiosis con la filosofía griega. Algo que no puede decir el Islam que tan pronto como se encontró con esta filosofía tuvo que rechazarla por incompatible con unas creencias irracionales. Y al final de esas discusiones se establecía la línea que debería convertirse en tronco. Y frente a estos había dos tipos de actitudes. La primera, de la mayoría de los disidentes de la corriente troncal que, con humildad, se plegaban a esa corriente, aunque en principio sus ideas fueran por otros derroteros. Otros, los menos, se empecinaban en sus errores y rompían con el tronco. Y todo esto se hacía con luz y taquígrafos. No es que se levantase acta de todas estas discusiones conciliares y, en su mayoría, extraconciliares, es que hay miles de cartas cruzadas entre todos ellos.

Claro, ahora es muy fácil para nosotros preguntarnos, unos cuantos siglos más tarde, si no sería mejor creer lo que creemos sin tantas elucubraciones mentales. Pero es que ahora tenemos el enunciado de lo que creemos gracias a aquellos gigantes. Caminamos a hombros de gigantes y tenemos la formulación del credo niceno-constantinopolitano:

Creo en un solo DIOS, PADRE todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible.

Creo en un solo Señor, JESUCRISTO, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros los hombres y por nuestra salvación, bajó del cielo; y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre. Y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato; padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras, y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.

Creo en el ESPÍRITU SANTO, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo, recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas.

Creo la iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos
y la vida del mundo futuro. Amén.

Esta formulación, no es más que la punta del iceberg de todo lo que hay debajo y el prólogo de todo lo que vendría después. Por debajo del iceberg estaban preguntas como: ¿Cuál es la relación entre las tres personas? ¿Qué significa lo de engendrado, no creado? ¿Y eso de la procedencia del Espíritu Santo del Padre y del Hijo, qué significa? ¿Cómo es la unión entre la naturaleza divina y humana de Cristo en una sola persona? ¿Hay un reparto de roles entre Padre, Hijo y Espíritu Santo? Para todas estas preguntas que, como he dicho antes, entran en el campo de lo transracional, hubo que hacer, no sin grandes resistencias, alguna puntualización a una cuestión tácitamente aceptada en la filosofía griega. A saber: la identidad entre el concepto persona y el de naturaleza. Los griegos daban por sentado, sin cuestionárselo, que en cada ser humano había una sola persona y una sola naturaleza. Y esta identidad se generalizó sin ningún cuestionamiento. Sin embargo en el Dios trinitario esta identidad no se da. Hubo que romperla. En Dios Uno hay UNA sola naturaleza divina. Por eso el cristianismo es una religión monoteísta. Pero no hay una sola persona. Hay tres Personas divinas. En cambio, en Jesucristo hay una sola Persona, divina, pero dos naturalezas. Una completamente divina y otra completamente humana. No era fácil romper ese binomio de la filosofía griega, pero era necesario para ahondar, aunque fuera muy superficialmente, en la transracionalidad de lo que se creía. Y no era una inutilidad. Por supuesto, Aristóteles ya creía que el mundo había sido creado. Los griegos creían en un universo eterno en el tiempo, pero creado en su ser, ontológicamente, por una causa primera, eso sí, una causa impersonal. Y Aristóteles, al que esto le parecía indudable, no alcanzaba a entender qué había impulsado a esa causa primera a causar. Sólo el Dios trinitario, tres Personas unidas por el Amor, podía tener una razón para crear. Razón que no es otra que la exuberancia de ese Amor. Es por esta búsqueda infructuosa de la razón de la causa primera para causar por lo que santo Tomás  decía: “Qué angustias no sufrieron de una y otra parte aquellos preclaros ingenios”. Buscaban tan ansiosa como infructuosamente esa razón.

He dicho algunas cosas que había debajo de la punta del iceberg de la formulación del credo, pero no he hablado de lo que vendría después. Por ejemplo, la referencia a la comunión de los santos en la formulación del llamado Credo de los Apóstoles que, en contra de lo que su nombre puede parecen indicar, es posterior a la formulación niceno-constantinopolitana. No creo que pueda resistirme a hablar de este dogma de la comunión de los santos en un próximo envío. Otro ejemplo de lo que vendría más tarde es el reconocimiento de la Virgen María, no sólo como madre de la naturaleza humana de Cristo, sino madre de todo Cristo, de sus dos naturalezas indisolubles, la humana y la divina y, por tanto, como madre de Dios. Quizá nadie haya expresado la maravilla de esto mejor que Jean Paul Sartre en su auto de Navidad “Barioná, el hijo del trueno”[1], en la que dice:

La Virgen está pálida mira al niño. Lo que habría que describir de su cara es una reverencia llena de ansiedad que no ha aparecido más que una vez en una cara humana. Y es que Cristo es su hijo, carne de su carne fruto de sus entrañas. Durante nueve meses lo llevó en su seno, le dará el pecho su leche se convertirá en sangre divina. De vez en cuando la tentación es tan fuerte que se olvida de que Él es Dios. Le estrecha entre sus brazos le dice: ¡mi pequeño! Pero en otros momentos, se queda sin habla piensa: Dios está ahí. Y le atenaza un temor reverencial ante este Dios mudo, ante este niño que infunde respeto. Y es una dura prueba para una madre tener vergüenza de sí de su condición humana delante de su hijo. Aunque yo pienso que hay también otros momentos, rápidos resbaladizos, en los que siente, a la vez, que Cristo, su hijo, suyo, es su pequeño, es Dios. Le mira piensa: Este Dios es mi hijo. Esta carne divina es mi carne. Está hecha de mí. Tiene mis ojos la forma de su boca es la de la mía. Se parece a mí. Es Dios se parece a mí. Y ninguna mujer, jamás, ha tenido así a su Dios para ella sola. Un Dios muy pequeñito al que se puede coger en brazos cubrir de besos, un Dios caliente que sonríe que respira, un Dios al que de puede tocar; que sonríe. Es en uno de esos momentos cuando pintaría yo a María si fuera pintor. Y trataría de plasmar el aire de atrevimiento tierno tímido con que ella adelanta el dedo para tocar la piel pequeña suave de este niño-Dios cuyo peso tibio siente sobre sus rodillas que le sonríe.

También vinieron después las discusiones teológicas acerca de la necesidad de la Gracia y las obras para la salvación, y muchas otras más.

Al leer esto alguien podría pensar que todo el dogma cristiano no es más que una elaboración posterior llevada a cabo por una especie de frikis que discutían de estas cosas en el vacío. Nada más lejos de la realidad. Es importante recordar lo que dije unas líneas más arriba. Estos “frikis”, lo eran, pero lo eran de lo que habían visto u oído. Lo eran, porque habían tenido un encuentro, físico o espiritual, pero un encuentro REAL con Cristo vivo y resucitado. Y ese encuentro físico, junto con todas las enseñanzas de ese Cristo vivo, estaban plasmadas, desde mediados del siglo I en tres de los cuatro evangelios[2]. Y esos “frikis”, lo que predicaban era el kerigma, es decir, ese encuentro. Y, afortunadamente, todavía hay millones de “frikis” que predican el kerigma porque han tenido ese encuentro con Cristo. De hecho, sin ese encuentro no hay conversión y todo es palabrería vacía. Sin ese encuentro, el mejor teólogo del mundo es un triste teólogo. Sin ese encuentro el cristianismo es una religión más, un conjunto de ritos y normas vacío y frío. Pero ese encuentro, que hay que revivir cada día, transforma la vida y convierte a la gente que lo tiene en “frikis” que anuncian ardientemente el kerigma, la Buena Noticia. Pero fue necesario encontrar las fórmulas que tradujesen ese encuentro con una realidad transracional en pobres palabras y conceptos. Fue el hecho de descubrir esa inmensa riqueza intelectual lo que llevó a John Henry Newman del evangelismo calvinista al anglicanismo y, de éste, al catolicismo, recuperando la inmensa riqueza de una tradición que Lutero había tirado a la basura por un antojo personal. Dos cosas caracterizaron tal Cardenal Newman: la primera, su confianza en la misericordia de Dios, que estuvo en la raíz de su primera conversión y, la segunda, su confianza en la complementariedad de la fe y la razón. Acabo con dos frases de dos Papas recientes. Primero, con Juan pablo II, que en su libro “Fe y razón” dice: “La fe y la razón son las dos alas con las que el espíritu humano puede elevarse a la contemplación de la verdad”. La segunda de Benedicto XVI, creo que de su libro entrevista “La sal de la tierra”. Cito de memoria y, por tanto, la cita no es textual, pero viene a decir que a Dios sólo se le puede conocer por analogía y que, aún así, cualquier analogía que señale a Dios, aunque vaya en la buena dirección, no es más que un dedo índice extendido entre el cielo y la tierra.

Así que hurra por estos padres de la Iglesia que, con su epopeya, nos han allanado el camino y nos han llevado sobre sus hombros de gigantes, aún a costa de que consideremos su proeza como elucubración y de que este mundo cada vez más inculto piense que las creencias cristianas son irracionales. Y hurra también a los intelectuales que han escarbado en la inmensidad de catas y actas conciliares para reconstruir ese camino. Y, por qué no, hurra también por Blanca, que con voluntad y perseverancia y, entrem todas sus actividades, acabará la carrera de Teología.

P.D. El martes Blanca se presentó al examen de patrología y dice que le salió muy bien. ¿Será porque la escuché mudo y escéptico? No lo creo. Pero yo sí que aprendí escuchándola. Espero, no obstante, que estas líneas no caigan en manos de su profesor de patrología, porque puede haber en ellas tales barbaridades que su profe la suspenda.


[1] Sartre escribió este auto de Navidad en 1940, estando prisionero en el campo nazi de reclusión de soldados franceses prisioneros de Tréveris, en el Stalag 12D. Se representó en el campo el día de Navidad de 1940. La representamos en la UFV durante tres años en Navidad. Se puede encontrar el libro en la editorial Libros Libres, colección Voz de Papel.
[2] El cuarto, el de san Juan, fue escrito a finales del siglo I.

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