6 de mayo de 2018

Patria; me siento 'culpable'


Este puente he empezado a leer la novela “Patria” de Fernando Aramburu. Tenía la idea de leerlo desde su aparición en septiembre de 2016. Pero algo que no sabía bien qué era hacía que no me animase a su lectura. Unas semanas antes del puente decidí leerla sin remisión. Justo antes, terminé una lectura que tenía pendiente y me descargué la novela en mi Kindle.

A las pocas páginas me di perfecta cuanta de qué era lo que me había hecho ir posponiendo su lectura. Mi subconsciente sabía que me iba a pasar lo que me está pasando, ya que todavía no he terminado de leerla. Una inmensa angustia vital se iba apoderando de mí. Hasta tal punto que he tenido dos noches de insomnio por la novela. Inmensa angustia vital por el sufrimiento de las víctimas de ETA y del terrorismo vasco. Por supuesto, la novela no me ha descubierto nada que yo no supiese, pero me lo ha puesto delante de los ojos con tal nitidez que ha sido como un shock. ¡Qué cierto es el refrán de “ojos que no ven, corazón que no siente”! Sabía, claro está, de ese sufrimiento, pero no era consciente de su grado de intensidad e injusticia. Por supuesto, siempre he estado incondicionalmente del lado de las víctimas. Siempre he considerado injusta la respuesta de la sociedad vasca hacia ellos. Pero no con la nitidez con la que esta novela me la está mostrando. Porque las víctimas del terrorismo vasco han sido, y en gran medida siguen siendo, doblemente víctimas. Por un lado, ETA ha asesinado a maridos, mujeres, hijos, padres, hermanos, etc. de muchos o, les ha causado traumas difícilmente superables. Pero otro terrorismo, el de la cobardía, les ha infligido un sufrimiento, si no más intenso, si más persistente y casi igualmente hiriente: el del vacío social causado por una cobardía no reconocida y transformada en un odio estúpido hacia las víctimas por parte de vecinos y ex amigos. Porque las condenas a muerte promulgadas y anunciadas por ETA púbicamente y de forma indiscriminada, hacía que los amigos de los que eran señalados como víctimas propiciatorias tuviesen miedo a que ellos pusiesen ser los siguientes si mostraban simpatía, comprensión o apoyo a los condenados. Y mucho antes de que la inicua sentencia a muerte fuese ejecutada, se producía la estigmatización de los condenados y sus familias que, desde antes de su asesinato, eran tratados como apestados. Antiguos amigos dejaban de saludarles, en los bares no se les atendía y se les insultaba, en las tiendas no les querían vender y, así un cobarde, terrible, cotidiano y mezquino terrorismo.

Porque los amigos de los señalados, como se ha dicho antes, temían ser los siguientes. Y no tenían valor para arrostrar eso. Pero en vez de tener la capacidad, que indicaría al menos un ápice de valor moral, de reconocer íntimamente su cobardía. Si lo hubiesen hecho, tal vez esto hubiese impedido que creciese en ellos el odio. Pero no, en su afán de autojustificarse, se convencían de que las sentencias de ETA eran justas y de que “algo habrán hecho” y se apartaban aún más de sus antiguos amigos. Es difícil para un ser humano reconocerse, lisa y llanamente un cobarde. Es más fácil caer en el síndrome de Estocolmo de considerar a los opresores, a los sanguinarios, como patriotas de una causa inexistente y unirse a ellos en espíritu. Máxime si uno tenía un hijo en el entorno abertzale activista. ¿Es comprensible que unos padres se hagan pro etarras porque su hijo sea un abertzale radical? Puede que sea comprensible, pero no justificable. Y así, las víctimas lo eran tres veces: Antes del asesinato, en el asesinato y, su familia, o ellos si sobrevivían, después del asesinato. En el martirio de antes del asesinato, muchos tenían que mandar a sus hijos, a veces por amenazas, a veces para ahorrarles humillaciones, si podían, a vivir fuera de las provincias vascongadas. Muchos no podrían soportar este vacío y se iban del que había sido su pueblo de toda la vida, de donde eran expulsados como el cuerpo humano expulsa un absceso purulento. Porque si a mí mañana me matan en un atentado yihadista, aunque muera como un cordero sin defenderme (cosa que si ocurre intentaré que no sea así), seré, si no un héroe, sí alguien digno del máximo respeto. Y ese respeto se transmitiría a mi familia. Pero eso no era así para las víctimas de los dos terrorismos. ¡Terrible!

El título de este escrito es: “Patria; me siento ‘culpable’”. He puesto entre comillas la palabra culpable porque, como he dicho antes, siempre he estado del lado de las víctimas. Pero, aún así, me siento culpable de omisión. Desde febrero del 2007 llevo enviando un mail todos los viernes a cerca de 500 personas en el que doy mi opinión sobre un gran abanico de temas de actualidad. Desde julio de ese mismo año tengo un blog en el que hablo también de infinidad de temas, a veces coincidentes con “el envío de los viernes”, a veces no. Pero nunca, nunca, hasta la semana pasada, en estos ya más de 11 años, he dedicado una sola línea a las víctimas de ETA y su cobarde entorno. Creo poder decir que no ha sido por miedo. De hecho, sí he mandado y publicado en el blog, escritos de condena al Islam y al yihadismo que, espero que no, un día me pueden costar una fatua. Pero cuando los publiqué pensé que el miedo no era un buen consejero. En el caso de las víctimas de ETA, no tengo ni remota consciencia de que haya sido el miedo el que me ha llevado a este silencio. Ha sido la falta de atención, el no mirar con atención en la dirección correcta. En una canción de la cantante Mari Trini, con el título de “yo confieso”, ésta se confiesa, “al oído del que escucha la verdad de mis miserias”. Y entre ellas está la “de no haber vestido al pobre por... por no mirarle siquiera”. Así es. Yo no he escrito nunca ni una línea a favor de las víctimas por no pensar en ellas como debiera. Ciertamente, no ha habido en mi entorno inmediato ninguna víctima de ETA. Pero eso no es excusa. El acoso a las mismas era una cosa sabida. Además, aunque no en mi entorno inmediato, sí que conozco a tres víctimas.

El 10 de enero de 1980, Jesús Velasco Zuazola, hijo de una íntima amiga de mi madre, Conchita Zuazola, a la que recuerdo con enorme cariño, fue asesinado delante de dos de sus hijas, de 12 y 16 años, y dos amigas de ellas, al dejarlas en la puerta de su colegio en Vitoria. Jesús era vasco por los cuatro costados. ¿Su “crimen”? Ser militar y comandante del Cuerpo de Miñones. Este Cuerpo es una policía foral que hunde sus raíces en la edad media. Nada de “fuerzas de represión/ocupación” del Estado. Su hija dijo, tras presenciar el asesinato de su padre, haber visto la cara de rabia y odio del asesino. Por supuesto fui al funeral de Jesús en Madrid. Conocía también a su mujer Ana Vidal-Abarca, que en 1981 fundó la primera Asociación de Víctimas del Terrorismo. Sólo una vez tras el funeral de Jesús vi a Ana. Fue en una cena de los premios de la plataforma HO, creo que en 2007, a las víctimas del terrorismo. Ana murió el 15 de Junio de 2015. Me enteré por los medios. No fui a su funeral. El día a día, que le come a uno. Pero eso no es disculpa, así que confieso mi pecado de silencio por omisión.

Debo también un recuerdo a la familia Mateu. Eran una familia que competía con la mía en numerosidad. No sé cuál de las dos ganaba. Se sentaban en la playa de Laredo al lado de nosotros. Su familia y la de mi suegro se conocían desde hacía años. El padre, José Francisco, magistrado del tribunal supremo, fue asesinado por ETA el 16 de noviembre de 1978. Su hijo Ignacio, amigo de alguna de mis sobrinas, ea militar y, aún en vida de su padre quiso pasarse a la Guardia Civil para luchar contra el cáncer de ETA. Su padre se lo impedía. Él ya estaba amenazado y parece le decía que con un amenazado en su familia ya era suficiente. Ignacio le hizo caso por no contrariarle. Pero muerto su padre, Ignacio pidió al Rey Juan Carlos una gracia especial que le permitiese pasar a servir a su Patria donde él quería, en la Guardia Civil. El Rey atendió su petición y, al acabar su formación fue destinado, por petición atendida, al país vasco. El Teniente de la Guardia Civil Ignacio Mateu Istúriz murió el 26 de Julio de 1986 por una bomba trampa cuando intentaba desactivar un señuelo. He visto en mi vida a pocas personas con la entereza de esa madre y esposa. Poco después yo dejé de veranear en Laredo y perdí de vista a esta familia. Hasta ahora. Otra vez, silencio por omisión. Tampoco por ellos ha pedido perdón ETA.

Por eso la semana pasada escribí contra el hipócrita comunicado de esta banda criminal con una supuesta y parcial petición de perdón a las víctimas “inocentes” de su terrible e injustificado terrorismo. Por supuesto, ni Jesús Velasco ni los Mateu, padre e hijo, estaban incluidos en esa petición de perdón. Eran “culpables”. Eran beligerantes en esa inexistente guerra que quieren inventar los etarras y que, si no estamos alerta, colarán a través de la mentalidad blanda y amorfa que hoy nos domina. En unos días, asistiremos en Francia a una mascarada que intentará inventar un relato falso de lo que han sido estos más de 50 años de muerte y terror. Puede que esté hablando demasiado tarde, pero más vale tarde que nunca. NO DEJEMOS QUE EL MENTIROSO RELATO DE ETA CALE EN ESTA SOCIEDAD IDIOTIZADA. QUE CADA UNO DE NOSOTROS SEA LA PEQUEÑA, MODESTA, PERO IMPARABLE CONCIENCIA QUE DIGA NO, ¡BASTA YA! ¡NO HUBO GUERRA! HUBO UNA BANDA DE ASESINOS QUE, SIN EL MÁS MÍNIMO MOTIVO REMOTAMENTE JUSTIFICABLE, CAUSÓ MUERTE, DOLOR Y ODIO POR DONDE PASÓ. COMO EL CABALLO DE ATILA. Y HUBO UN ESTADO DE DERECHO QUE SE DEFENDIÓ CON LA LEY E HIZO VER A ESOS ASESINOS LA INUTILIDAD DE SU INTENTO. Sólo si se produce una petición de perdón general, dirigida hacia TODAS las víctimas y sus familiares, acompañada del reconocimiento de que no había ni la más mínima justificación para lo que hicieron y de una eficaz ayuda para la clarificación de los crímenes no aclarados, sólo entonces, podrá esta banda de asesinos hacerse digna de que las víctimas que puedan les perdonen. Mucho me temo que algo así, jamás ocurrirá. Y mientras esto no ocurra, que nadie se deje engañar, que la infamia caiga sobre ellos. Edmund Burke dijo que para que el mal triunfe sólo hace falta que la gente de bien calle. ¡No lo hagamos! En el link que se puede ver más abajo, hay un artículo in memoriam de Ana Vidal-Abarca. Pero, más importante, si cabe: Es un link al blog de su hija Ana Velasco Vidal-Abarca que puede servirnos para mantener la memoria activa y vacunarnos contra el olvido y la mentira.


En este otro se da la noticia del asesinato de Ignacio Mateu y se recuerda el de su padre.



El libro de Aramburu no deja en muy buen lugar a la Iglesia vasca, representada en Don Serapio, cura abiertamente nacionalista, proetarra e hipócrita que, por desgracia, fue –¿es?– es muy típico –¿mayoritario?– en las provincias vascongadas y, por supuesto, también en Cataluña. Hace bastante tiempo que he sabido distinguir entre lo que es la esencia de la Iglesia, que es que me alimente con los sacramentos de Cristo, y que es lo que la hace mi madre y por lo que la quiero, de sus comportamientos en muchos ámbitos de la vida y de la historia. En estos últimos, precisamente porque la quiero, soy muy crítico con ella. Ciertamente, ETA nació bajo la protección de muchas parroquias y muy rara vez un cura del país vasco ha condenado con contundencia a esta organización terrorista. Y no sólo curas, sino obispos. A menudo, los obispos del país vasco –y de Cataluña–, individual y colegiadamente,  se han mantenido entre la ambigüedad y la equidistancia con el nacionalismo excluyente y, en el país vasco, asesino o cómplice. Sin ir más lejos, el comunicado último de varios obispos del país vasco español y francés, tras las la hipócrita y sesgada petición de perdón de ETA hace un par de semanas, fue un ejercicio de ambigüedad. ¿Habría Cristo sido ambiguo con ETA? Me caben pocas dudas de que les hubiese condenado con dureza. Creo, con poco o ningún lugar para la duda, que hubiese estado dispuesto a perdonar si se pedía perdón con sinceridad. Pero no a dejarse engañar por la hipocresía y la mentira. Sin embargo, y en honor a la verdad, debo decir que, incluso en su faceta de comportamiento histórico y vital, el balance de la Iglesia, con muchas y muy oscuras sombras, es inmensamente positivo. No es este el lugar para analizar esto, pero estoy profundamente convencido de ello.

Lamento que el libro de Aramburu, Patria, no haya salido antes, en los momentos más duros del terror. No es, que Dios me perdone si lo dijese con esa intención, una crítica a Fernando Aramburu. Bendito sea su libro que lamento no haber leído antes. Por supuesto, recomiendo encarecidamente su lectura a los que no lo hayan hecho, ya que, además de ser un aldabonazo a la conciencia, es un libro interesantísimo y magníficamente escrito.

Y, ahora, permítaseme un corolario. Afortunadamente, el caso de Cataluña es muy distinto del vasco. Ciertamente también hubo alguna organización terrorista –Terra Lliure– del independentismo catalán. Pero sería injusto negar que no encontró el más mínimo arraigo en la sociedad catalana. Pero, no nos engañemos. Su discurso político es el mismo: independencia al coste que sea. Y la marginación de la población de Cataluña que se siente española no ha llegado a los extremos de lo ocurrido en el país vasco, seguramente por el rechazo al terrorismo por pueblo catalán. Pero sin llegar a esos extremos, sí que ha habido y hay extrañamiento, desprecio y marginación por los independentistas catalanes hacia los catalanes que se sienten españoles. Afortunadamente, de forma reciente, los catalanes que se sienten españoles han dicho “basta”. Ojalá encuentren eco en el resto de España y, sobre todo en los partidos políticos constitucionalistas, para que no se prolongue más su sufrimiento y puedan vivir en su patria chica con absoluta libertad civil en todos los sentidos.

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