24 de junio de 2018

La muerte de la democracia


No es algo nuevo lo que voy a decir ahora. No es algo que diga por primera vez. No nace de ver a Sánchez en el gobierno. Es un profundo convencimiento que ha ido creciendo en mí y sobre el que publiqué un post con el título de “¿Democracia sin ciudadanos?” el 9 de junio de 2016. Estas líneas son prolongación de aquellas. En aquellas, como hago en éstas, expresé mi admiración por la democracia como sistema político. La democracia no es el hecho de que periódicamente los ciudadanos vayan a votar. La democracia es la garantía que un Estado de Derecho da a todos los ciudadanos de que sus libertades y derechos individuales no se van a ver atropellados por los más fuertes, empezando por el estado. Eso es por lo que yo creo que merecería dar la vida. Por si eso fuera poco, es también el ecosistema –me atrevería a decir, el único ecosistema– en el que se puede producir un desarrollo económico impresionante como el capitalismo. Si para lograr su esencia es condición sine qua non que los ciudadanos voten y que se elija al gobierno que salga mayoritariamente de esos votos, pues bendito sea el sistema de conseguir esa democracia. Pero no se debe confundir el medio con el fin. El sacrosanto principio de cada persona un voto no es sino un medio, no un fin. No es fácil, sin embargo, pensar otro medio mejor. Se podría pensar en un sistema aristocrático, en el que el voto debiera estar reservado a los más preparados. O, en la versión más débil de esta aristocracia, que los votos se ponderen con el grado de formación de los ciudadanos. Pero, más allá de las dificultades prácticas insalvables para conseguir esto, hay una cuestión de principio para rechazar algo así. Los más preparados no son seres angélicos y, como todos los seres humanos, si su voto pesase más, utilizarían el mayor peso que les da su preparación para votar a lo que creyeran que les favorece más a ellos. No niego que algunos pensarían en el bien general, pero la historia ha demostrado que estos algunos son siempre una exigua minoría y que, al final, esa aristocracia acabaría con lo que he definido como la esencia de la democracia. Así es que, por ese lado, es difícil ver la salida.

Pero, por otro lado, y a pesar de lo que pudiera pensarse por el mayor acceso a la educación que nunca se haya visto en la historia –otro fruto de la democracia–, vamos hacia una ciudadanía poco y mal informada, y aún menos formada. En palabras de Arnold J. Toynbee:

“También había obtenido cierto éxito [La Civilización Cristiana Occidental] al verse frente al impacto de la democracia sobre la educación. Al abrir a todos una casa de tesoros intelectuales, que desde los albores de la civilización había sido un privilegio celosamente guardado y opresivamente explotado por una pequeña minoría, el espíritu de la democracia occidental moderna había brindado a la humanidad una nueva esperanza, aunque al precio de exponerse a un nuevo peligro. El peligro estribaba en las oportunidades que una educación universal daba a la propaganda y en la habilidad y falta de escrúpulos con que la habían aprovechado sagaces vendedores, agencias de noticias, grupos de presión, partidos políticos y gobiernos totalitarios. La esperanza estaba en la posibilidad de que estos explotadores de un público semieducado no pudieran ‘condicionar’ a sus víctimas hasta el punto de impedirles que continuaran su educación de modo que llegaran a hacerse inmunes a tal explotación”

Esto lo escribió Toynbee en el segundo tercio del siglo pasado. Si viviese hoy, vería como una educación cada vez más generalizada, pero cada vez más pobre, está perdiendo clamorosamente la carrera contra unos medios de manipulación de masas que no hubiese sido capaz de imaginar en vida. Pero eso, siendo grave, no es lo más grave. Lo peor es que la mayoría de la ciudadanía se ha convertido en un conjunto de niños-buenistas-mal-criados que tienden a votar al que atiende más sus caprichos, sin pensar en las consecuencias a medio y largo plazo de eso que se les da. O, en el mejor de los casos –¿o es todavía peor?–, vota llevada por una especie de buenismo irracional de lo que un sentimentalismo blando e irreflexivo les pide. Y, ¡vaya si hay sagaces vendedores, agencias de noticias, grupos de presión, partidos políticos y gobiernos que, con tal de ganar elecciones adulan y encienden los intereses menos confesables y los sentimientos menos sostenibles. O que empobrecen cada vez más la educación para asegurarse la victoria en la carrera contra ella. Porque como decía otro gran pensador, padre de la democracia en el siglo XIX, Alexis de Tocqueville: “La gente está dispuesta a aceptar antes una mentira simple que una verdad compleja”. En espacial la gente semieducada. Y las mentiras simples suelen llevar, casi siempre, al desastre a medio plazo. Todos los partidos políticos, sin excepción, han entrado en esta dinámica. Pero no todos tienen la misma tolerancia hacia la mentira, ni la misma desvergüenza manipuladora, ni la misma indiferencia –o incluso propensión– hacia el desastre. Un tal Antonio Gramsci definió una estrategia para que la extrema izquierda pudiese ganar con malas lides la batalla que había perdido en campo abierto contra la economía de mercado. Y esa estrategia se basaba en el uso sistemático de la mentira, buscado con ella atraer a los más sagaces vendedores, agencias de noticias, grupos de presión, y con el propósito expreso de crear catástrofes que sirviesen de caldo de cultivo para la creación de lo que llaman “las condiciones objetivas” de su victoria final. Gramsci supo elegir bien quienes debían ser las personas objetivo para convertir en sus compañeros de viaje: la Iglesia en primer lugar y, luego, profesores, jueces y periodistas, fundamentalmente. Esa infiltración no debía, sin embargo, ser tan burda que fuese rechazada de plano. No se trataba de convertir a miembros de estos colectivos en revolucionarios. Más bien había que empaparles de un ideario buenista y falsamente compasivo, transformando el lenguaje, edulcorando las palabras más duras (aborto por interrupción voluntaria del embarazo) o usando torticeramente las palabras más nobles (solidaridad, paz, igualdad) en consignas infinitamente repetidas hasta que calasen en los huesos de una parte de ellos. A esta manipulación la llamó “gramática normativa”. Así parte de estos colectivos se convertían en lo que ellos llaman “tontos útiles”. Pero, con todo, los más útiles de los “tontos útiles” eran los socialdemócratas, a los que despreciaba con toda su alma de marxista. Ellos prometerían y darían lo que es imposible de mantener. Así crearían decepción y descontento y, con ellos, el caldo de cultivo adecuado. Por supuesto, para conseguir esto, había que infiltrar a algunos pocos partisanos sin escrúpulos en esos colectivos y partidos, para asegurar la buena dirección del resto de los “tontos útiles”. ¿Suena a paranoia? Puede. Pero eso es precisamente lo que Gramsci quería que pareciesen los que sacasen a la luz su estrategia. Así es que no soy paranoico. Simplemente, estoy bien informado. Porque los conozco como si los hubiera parido, ya que recibí ese adoctrinamiento en mi juventud y me faltó muy poco para caer en sus garras.

Así, hace tiempo que se ha iniciado un proceso en el que un partido, generalmente socialdemócrata, inicia la huida hacia delante en cualquier campo, económico o social y, de forma más o menos reluctante, de uno en uno, como la caída de las fichas de dominó, los demás le van siguiendo. Y, junto con los partidos, la prensa, la educación, los jueces y, en algunos temas, la Iglesia. Y conseguido eso con un determinado tema, se empieza con otro. Pensiones insostenibles, salarios mínimos imposibles, renta universal, gastos sociales de todo tipo inasumibles, etc., son algunos de esos aspectos en el terreno económico. Aborto, ideología de género, movimiento LGTBI y demás siglas que se vayan añadiendo, inmigración descontrolada, etc., son alguno de los ejemplos en el terreno social. En el desarrollo de estas tendencias ha colaborado no poco el deterioro de una filosofía realista, sustituida por filosofías idealistas, sin contacto con la realidad, que han florecido con la vaca sagrada de la Ilustración. Ya hablé de esta vaca sagrada en un envío anterior. Y a cada paso, nos vamos adentrando un poco más en el callejón sin salida. Es la democracia gramsciana de los ciudadanos-buenistas-niños-consentidos.

Y así, la democracia está entre sus Scilla y Caribdis. Un monstruo que podría acabar con ella –¿Scilla?– sería la limitación de voto. Pero justo a unos metros está el otro monstruo, el de la democracia sin ciudadanos –¿Caribdis?–, o con ciudadanos-buenistas-niños-consentidos. Y, en medio, esperando su oportunidad de recoger los restos del naufragio, los carroñeros totalitarios, que hoy pueden llamarse bolivarianos o podemitas. Y aquí es donde encallo. Me gustaría ser capaz de encontrar aunque sea un atisbo de solución de este paso entre los dos monstruos. El esclarecido Odiseo, con la ayuda de Atenea, fue capaz de pasar entre Scilla y Caribdis perdiendo “sólo” seis hombres de su tripulación. A mí no se me ocurre ninguna estratagema. Por eso acojo con ilusión cualquier idea que pueda arrojar alguna luz sobre cómo evitar el mortal peligro. Así las cosas, el Domingo pasado, 17 de junio, leí con gran atención una entrevista a Jason Brennan, en la sección “Crónica” del diario “El Mundo”, con el título de “El problema de la democracia son los votantes”. Lo busqué en la versión digital de “El Mundo” para añadirlo a este post. Missing. Ignoro los criterios que este diario aplica para decidir qué artículos lleva al digital –la mayoría– y cuáles no –los menos. Éste no estaba. Tal vez sea porque no es lo suficientemente correcto, políticamente hablando. No obstante, lo he localizado en una página web mexicana llamada pressreader.com. En este mundo, nada que se diga o se escriba es ya susceptible de ser escondido. El que quiera puede leerlo entero en el link que pongo a continuación:


Pero, para los que no quieran hacer el esfuerzo de ir a las fuentes, señalo lo más relevante de la entrevista. Brennan aboga por algo a lo que llama la epistocracia, sistema que explica de la siguiente manera:

P. Usted defiende la epistocracia, ¿sólo deberían votar los vulcanianos[1], los bien informados?

R. Esa es una forma de epistocracia, pero no la que yo propongo. Es muy difícil identificar a los vulcanianos y, si pudiéramos hacerlo, un grupo de expertos tendría en sus manos el poder y lo usaría de manera sabia pero en su propio interés. Cuando se concentra el poder en unos pocos, éstos tienden a usarlo en su propio beneficio.

P. ¿Y qué propone entonces?

R. La epistocracia que propongo es lo que yo llamo gobierno por oráculo simulado. Imagínese un oráculo como el de Delfos, capaz de decirnos lo que está bien y lo que está mal… Seguro que lo consultaríamos, ¿verdad? No lo tenemos, pero podemos crearlo. ¿Cómo? Cambiando el modo en que se vota. Con el sistema que yo propongo todo el mundo votaría, nadie quedaría excluido. Haríamos tres cosas. La primera: entender quiénes son los votantes, reunir de manera anónima datos sobre qué tipo de personas son, cuánto ganan, dónde viven…, porque todo esto afecta a su manera de votar. En segundo lugar, haríamos a los votantes un test de conocimiento político como, ¿cuál es el partido que gobierna? ¿Quién es su vicepresidente? Y, tercero, sabiendo quienes son y qué es lo que saben, se puede simular lo que los ciudadanos votarían si estuviesen bien informados.

No sé si me queda claro lo de la epistocracia de Brennan. Me suena a algo así como aplicar la inteligencia artificial al voto. Y la verdad es que no me convence. Además creo que equivoca el enfoque. El meollo del asunto no es –o no es sólo, ni fundamentalmente– una cuestión de información de los votantes, sino de formación básica y de capacidad para juzgar a largo plazo, aunque sea para sus intereses personales, las consecuencias de las políticas que aplique un partido en caso de gobernar. Y no he visto nada de esto en la breve entrevista. Pero si lo comento aquí, no es porque me gusten las conclusiones de Brennan, sino porque es una búsqueda, aunque sea equivocada, de una solución al dilem que yo no soy capaz de encontrar. Los eruditos afirman que Scilla y Caribdis es el estrecho de Messina que separa Sicilia y Calabria. Al menos, la etimología parece similar. Pero, tal vez, para evitar el peligro del estrecho de Messina, fuese mejor, aunque más largo, dar la vuelta a Sicilia. Pero no es fácil saber si existe un rodeo así que pueda salvar la democracia. En cualquier caso, Brennan ha escrito un libro que lleva el título, creo que incorrecto, de “Contra la democracia”. Digo que me parece incorrecto porque en la entrevista, su autor enfatiza desde el principio que él está convencido de que la democracia es un sistema con un enorme valor. Si eso es algo que también ocurre en el libro, creo que su título puede llevar a errores. El libro está editado en español por Deusto, con el auspicio del Instituto Juan de Mariana y de la asociación Value School. En mi opinión, merece la pena leerlo –y así lo haré– por el mérito que supone la búsqueda de la forma de atravesar el estrecho entre Scilla y Caribdis. Tal vez no dé con la solución, pero a lo mejor alumbra nuevas posibilidades.

Y ahora, ¿qué tiene esto que ver con España? Mucho. Porque en España ya estamos empezando el tercer ciclo de desastre-milagro. El PSOE de González nos puso, tras trece años de gobierno, al borde del desastre, gracias al voto de los ciudadanos-buenistas-niños-consentidos. Cuando el lobo empezó a enseñar las orejas, sólo entonces, esos ciudadanos, hobbits incluidos, se acordaron del PP, que nunca había gobernado. Y el PP hizo el primer milagro. No fue perfecto y tuvo muchos fallos, algunos graves, pero evitó el desastre. Pero no bien estuvo más o menos arreglada la situación, ocho años más tarde, los ciudadanos-niños-consentidos se aburrían y se dejaron nuevamente llevar por ese mortal buenismo irracional y aparentemente innovador. A Zapatero le hicieron falta sólo siete años para, ciego a la crisis internacional, meter a España en una situación mucho más desastrosa que la que dejó González. Esta vez el lobo no sólo enseño las orejas, sino los colmillos y parecía que el milagro iba a ser imposible. Nadie daba un duro por que el nuevo gobierno del PP lo arreglase… pero lo arregló. Naturalmente, como no puede ser de otra manera, con errores. Y, algunos de ellos, graves. Y, otra vez el ciudadano-buenista-niño-consentido, presa de su afán de novedades excitantes, decidió dejarle, tras dos elecciones, con el culo al aire. Es decir, con una minoría que hacía a España prácticamente ingobernable. Esta vez, el ciudadano-buenista-niño-consentido fue muy ayudado por el ciudadano que, en la nota al pie de más arriba, he llamado votante draconiano, que no admite ni una sola cosa que no sea perfecta, como a él el gusta. El resultado fue abocar a España a una moción de censura contra toda natura, que ha aupado al gobierno a un presidente lleno de ocurrencias buenistas que, como no podía ser de otra manera, son aplaudidas por el ciudadano-buenista-niño-consentido que está divertidísimo, apoyado por el coro de los grillos que cantan a la luna. Sólo tengo una duda con Pedro Sánchez, que comparto con el caso de Zapatero: ¿Son simples “tontos útiles”  socialdemócratas o partisanos gramscianos infiltrados? La semana pasada, primera del nuevo gobierno, ya hubo una buena tanda de ocurrencias que comenté en el último post. Esta semana… más difícil todavía. Fiesta de recibimiento del Aquarius mientras en el fin de semana más de mil personas llegaban en pateras anónimas. ¡Se acabarán las autopistas de peaje! ¡Viva la Pepa! Se anuncia nueva vuelca de tuerca a la mentira histórica, tal vez acompañada de la exhumación de Franco y de todos los enterrados en el Valle de los Caídos. Fin del concordato con la Santa Sede. Seguro que se me olvida algo. ¿Alguien da más? Y el PSOE sube en las encuestas. A eso se le llama venderse bien y tener una buena política de comunicación, cuando lo que es, es un uso perverso de la mentira y una manipulación de la estupidez. Pero esta fiesta de buenismo y estupidez desbocados tendrá sus consecuencias nefastas. Y me temo que esta vez el lobo no sólo enseñará orejas y colmillos, sino que nos alcanzará. Y es posible que ya nadie pueda arreglarlo. Algunos de los votantes draconianos le llaman a esto catarsis. ¡Qué ingenioso es poner ese nombre a la catástrofe cuando sólo es una idea! Es lo que tiene el mundo de las ideas desconectado de la realidad. Pero yo ya estoy un poco harto. Por favor, que alguien encuentre un paso entre Scilla y Caribdis pronto, porque estos ciclos, auspiciados por el buenismo y el perfeccionismo, si nos llevarán al desastre. Y, por favor, dejemos de lado el purismo draconiano perfeccionista.



[1] Brennan, de una forma un poco simplista divide a los votantes en tres grupos: 1) “Hooligans”; aquellos que votan visceralmente a un partido y que nada ni nadie les puede hacer cambiar su voto, de la misma manera que nadie les hace cambiar de equipo de fútbol. 2) “Hobbits”; aquellos poco interesados en la política que, o bien no votan o bien se dejan fácilmente influir por cualquiera porque, como les pasa a los hobbits en “El Señor de los Anillos”, sólo les interesa su vida tranquila, desayunar varias veces, cuidar sus cosas, fumar sus pipas y creen que en el fondo da igual quien gane, que nada de lo que pase en política va a alterar su tranquila vida cotidiana. 3) “Vulcanianos”, en referencia a la serie “Star Trek”; son los votantes analíticos y racionales. A mí se me ocurre algún tipo más. Permítaseme citar al votante que podría llamar “draconiano”, en memoria de Dracón. Dracón fue un legislador ateniense que desarrolló un código de tal dureza para castigar cualquier delito que despertó tal animadversión popular que hubo de exilarse a Egina, donde murió. Es el votante perfeccionista-intolerante-al-error. Cualquier error o cualquier desviación de lo que a mi juicio debería haber hecho el gobierno que, en principio apoyo, debe ser castigado.

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