14 de septiembre de 2019

Una reflexión sobre el libro "Sapiens" de Yubal Noah Harari


Este verano me he decidido a “leer” el libro “Sapiens” de Yubal Noah Harari, que ha tenido un éxito inmenso y ha sido enormemente elogiado. No lo he leído hasta ahora porque sospechaba, por críticas y comentarios, que sería un sofisma posmoderno sobre el hombre. Y, por supuesto, mi tiempo es mucho más limitado que las cosas que me gustaría leer y escribir y, por eso, la lectura de ese libro no merecía, a mi juicio, un “slot” en esa cola. Pero justo antes de las vacaciones, una conversación con un amigo que lo estaba leyendo, me indujo a “leerlo”. Pongo por segunda vez “leerlo” entre comillas, porque no pensé en leerlo, ni lo he leído, de principio a fin, capítulo a capítulo, párrafo a párrafo. Empecé, eso sí a leer los primeros capítulos letra a letra, porque es siempre en esos primeros capítulos de cualquier libro donde se encuentran las declaraciones de intenciones y las premisas que después darán lugar a su desarrollo.

Y efectivamente, nada más empezar el libro, en el capítulo 2, “El árbol del saber”, aparece la más clásica de las falacias argumentativas de la posmodernidad. Cito textualmente:

“La aparición de nuevas maneras de pensar y comunicarse, hace entre 70.000 y 30.000 años constituye la revolución cognitiva. ¿Qué la causó? No estamos seguros. La teoría más ampliamente compartida aduce que mutaciones genéticas accidentales cambiaron las conexiones internas del cerebro de los sapiens, lo que les permitió pensar de maneras sin precedentes y comunicarse utilizando un tipo de lenguaje totalmente nuevo. Podemos llamarla mutación del árbol del saber. ¿Por qué tuvo lugar en el ADN de los sapiens y no en el de los neandertales? Fue algo totalmente aleatorio, hasta donde podemos decir. Pero es más importante comprender las consecuencias de la mutación del árbol del saber que sus causas”.

Ahí está la falacia clásica. Ésta se puede resumir en tres puntos. 1º Se reconoce en dos palabras sueltas la ignorancia de las causas de un fenómeno: “¿Qué la causó? No estamos seguros. 2º Se da un relato acientífico de una sola posible causa: La teoría más ampliamente compartida aduce que mutaciones genéticas accidentales cambiaron las conexiones internas del cerebro de los sapiens, lo que les permitió pensar de maneras sin precedentes y comunicarse utilizando un tipo de lenguaje totalmente nuevo[1]. Podemos llamarla mutación del árbol del saber. ¿Por qué tuvo lugar en el ADN de los sapiens y no en el de los neandertales? Fue algo totalmente aleatorio, hasta donde podemos decir”. Por supuesto, esto se afirma sin ninguna comprobación empírica y sin posibilidad de que la tenga porque, ¿cómo vamos a saber si algo que pasó hace decenas de miles de años y que no puede reproducirse, fue aleatorio? Es, por tanto, algo acientífico y también, por tanto, una mera opinión. No es una teoría sino una mera opinión. Respetable, pero una opinión. Una teoría es una hipótesis que puede un día ser contrastada con datos empíricos que la hagan aceptable (siempre provisionalmente como establece Karl Popper) o falsada definitivamente. No obstante, el contexto de todo el libro presenta esa opinión como si tuviese el carácter científico del que carece. 3º Se quita importancia a la discusión de esas posibles causas y se sigue el relato durante cientos de páginas dando por cierto que eso que se ha dicho en dos palabras que no se sabe, ES tal y como se ha establecido en esa opinión acientífica: “Pero es más importante comprender las consecuencias de la mutación del árbol del saber que sus causas”. Ahora hay por delante cientos de páginas apoyadas en esa opinión como si fuese dogma de fe y desacreditando subliminalmente cualquier otra opinión sobre esa causa. Y el lector, se lo traga. Pero no, las causas SON LO REALMENTE IMPORTANTE. Entre ser la colocación accidental de los átomos (frase de Bertrand Russell[2]) o ser el producto final de un proceso ideado por Dios, hay un abismo. Si sólo somos la colocación accidental de los átomos, no hay ética de ningún tipo que tenga ninguna validez. Y cuando digo que no hay ética de ningún tipo que tenga validez, me refiero a que, por ejemplo, no podemos decir que lo que hizo Hitler estuvo mal. Sólo podemos decir que se equivocó porque al final, le aplastaron y tuvo que acabar suicidándose en un bunker. ¡Mala suerte Adolfito! ¡A ver si el siguiente aprende de tus errores! Sí, cierto, algo repugna en esto, porque tenemos, aunque a menudo pretenda negarse intelectualmente, unas nociones innatas del bien y el mal que nos impiden aceptar que lo que hicieron Hitler o Stalin se puede calificar sólo de “error de cálculo”. Pero, si somos sólo la colocación accidental de los átomos, esa repugnancia sólo sería una contradicción intelectual para mentes débiles. Esto del fundamento de la ética cobra especial importancia para juzgar los últimos capítulos del libro de Harari, cosa que veremos más adelante (y, por supuesto, su siguiente libro Homo Deus).

Sin embargo, se puede considerar, con argumentos, aunque sin la más mínima intención de constituirse en demostración científica, que la inteligencia no parece haber salido del sombrero de la evolución. Copio aquí un capítulo de mi libro “Más allá de la ciencia”:


La evolución, “subvencionada” puede haber hecho que surja el desproporcionado cerebro humano. Pero una vez que ha surgido, ¿es la inteligencia una consecuencia natural de ello? Creo que no. Y, sin pretender demostrar esa creencia, doy varios argumentos que creo que la apoyan con bastante contundencia:

1º Cuando observamos la vida nos llama la atención un hecho. La naturaleza hace que toda característica que da a un organismo una ventaja para la supervivencia, esta característica aparezca en muchas especies por muchos caminos. Por ejemplo: tener apéndices punzantes es una ventaja para sobrevivir. Los toros tienen cuernos de hueso; los rinocerontes los tienen de pelos duros; en los elefantes o jabalíes son unos largos colmillos, es decir, dientes; en los espinos, el parénquima vegetal ha tomado la forma necesaria, etc., etc., etc. Pero la inteligencia, el arma de supervivencia más poderosa que pueda haber, sólo ha surgido una vez. ¿Por qué?

2º Además, si hay algo que la naturaleza no hace, es permitir que una característica se desarrolle más allá de lo estrictamente necesario para la supervivencia de la especie que la posee. Por ejemplo: La especie antepasada de los topos tenía ojos. Cuando una de sus especies hijas se adaptó a vivir bajo tierra, los perdió porque no los necesitaba Pero, ¿de qué nos sirve para la supervivencia cotidiana que nuestra inteligencia haya podido llegar a saber de qué están hechas las estrellas o tener esa sed de búsqueda de verdades abstractas? La inteligencia humana está sobredimensionada para las necesidades de supervivencia. Es un derroche que jamás haría la naturaleza.

3º Por otro lado, si la inteligencia fuese un fenómeno únicamente físico cabría esperar que la información necesaria para codificar genéticamente esa impresionante capacidad fuese enorme. Eso debería hacer que el hombre tuviese muchos más genes que cualquier otra especie. Pues no es así. Antes de la decodificación del genoma humano se esperaba que tuviésemos entre 80.000 y 100.000 genes. Pero sólo tenemos unos 31.000, poco más del doble que una lombriz y tan sólo unos 300 más que un ratón. Cito a un sorprendido científico: “Es evidente que la configuración única del ser humano como especie biológica reside en sus genes, pero también lo es que el reducido número de genes ahora identificado no basta para explicar nuestra complejidad singular”. ¿Entonces?

4º Ian Tattersall, un científico que jamás apoyaría otra tesis, fuera de la naturaleza, como causa de la aparición de la inteligencia, dice: [Este punto es la transcripción de la nota a pie de página nº 1, por lo que no la copio aquí. Quien esté interesado puede leerla allí].

5º Ningún rasgo de ningún animal, el cuerpo del Homo Sapiens incluido, salido de la evolución, se ha producido de golpe. En su magnífico libro “Un dinosaurio en un pajar”, Stephen Jay Gould, uno de los científicos que más a fondo ha estudiado la teoría de la evolución, describe magistralmente cómo el registro fósil permite trazar, con enorme precisión, el camino que lleva desde un pequeño mamífero terrestre del tamaño de un pony, hasta la ballena. Este proceso, de millones de años, se produce a base de pequeños cambios que se van acumulando poco a poco a lo largo de ese dilatado lapso de tiempo, dejando cada uno su huella en el registro fósil. Sin embargo, se pretende que el más insólito y radical de los cambios que se han producido en un ser vivo, la aparición de la inteligencia, se produjo de repente, sin solución de continuidad.

Tal vez sea políticamente incorrecto para un científico afirmar que la inteligencia es un regalo del Diseñador en vez de ser resultado de la evolución. Si lo hiciese se jugaría su carrera. Pero estoy seguro que si llamamos otra vez a Occam y a su tijera, la verosímil explicación anterior saldría con varios tajos. Es mucho más sencillo postular la hipótesis del regalo del Diseñador que la de esa “innovación de marras” basada en “exaptaciones combinadas por azar con pequeños cambios genéticos” para crear “algo totalmente inesperado”, el fenómeno más “insólito” que podemos observar en este mundo: la inteligencia.

Tal vez la causa de la aparición de la inteligencia sí sea importante a fin de cuentas, y debiera dedicársele el espacio y el rigor que requiere, aunque la discusión no pueda caer dentro del campo científico. Pero a Harari le parece que las causas no son importantes, así que, ¿para qué dedicarle un pensamiento crítico?

Tras esto, el resto del libro, hasta el capítulo 20, lo “leí”, en diagonal, entre líneas. No obstante, me enteré prácticamente de todo. Por supuesto, vi que había ideas interesantes, que estaba bien escrito, que podía ser un libro que se leyese del tirón, pero, como he dicho al principio, en mi escaso tiempo, no merecía el “slot” de leerlo con parsimonia. Por eso no voy a dedicar tiempo ni espacio a este largo intermezzo. Como los jugadores de bridge saben, una vez que se ha hecho la subasta, el carteo se le puede dejar al mayordomo, aunque luego vuelva a ser importante el conteo de bazas.

Así pues, el capítulo 20, titulado “El final del Homo sapiens” volvió a requerirme una lectura letra a letra. Allí se define el llamado “diseño inteligente”, refiriéndose a la inteligencia del ser humano para rediseñar la biología, la mente y, en definitiva, al ser humano. Lo que se viene llamando el “transhumanismo”. No sé si la inteligencia del hombre, por lo que ha demostrado hasta ahora, es muy fiable para confiarle esta tarea. Se me ocurren un montón de situaciones a la que nos puede llevar el transhumanismo, sujeto únicamente a la “ética” de la colocación accidental de los átomos, que podrían hacer palidecer todas las atrocidades de Hitler y Stalin juntas. Esa “ética” ya ha creado el genocidio del aborto, sin precedentes en la historia. Como veremos dentro de unas líneas, Harari también tiene sus dudas sobre la bondad de ese “diseño inteligente”. Dudas que, sin embargo, pasa flagrantemente por alto.

Sea como fuere, se analizan tres vías concurrentes hacia el tanshumanismo: la ingeniería genética, la creación de ciborgs (simbiosis entre humanos e ingenios mecánico-electrónicos) y la ingeniería de vida informática.

En el apartado “De ratones y hombres”, se lee: “Con la ingeniería genética –la ingeniería genética es tan sólo una de las tres posibilidades del transhumanismo–, se pueden producir maravillas más notables todavía [se refiere a un ratón genéticamente modificado al que le ha crecido una oreja humana en la espalda], que es la razón por la que esta plantea un cúmulo de cuestiones éticas, políticas e ideológicas. Y no sólo son los piadosos monoteístas los que ponen objeciones a que el hombre pueda usurpar el papel de Dios. Muchos ateos confesos quedan no menos aturdidos por la idea de que los científicos se calcen los zapatos de la naturaleza”. Muy cierto, muchas personas, los piadosos monoteístas entre ellos, de muy diversa ideología o creencia coinciden en denunciar los posibles excesos de la ingeniería genética y piden a gritos un código ético que lo regule.

Y lo mismo ocurre con la posibilidad de hibridar al hombre con máquinas mecánico-electrónicas o con la creación de superinteligencias artificiales autónomas. El quid del asunto está en que Harari parte de un dogma de fe que comparte con muchos de esos visionarios que necesitan pruebas empíricas para todo menos para lo que ellos piensan. Harari da como algo incontestable que un día no muy lejano la humanidad se acabará, ya que seremos todos una conciencia colectiva, incardinados en un superordenador con una suprainteligencia que será la que gobierne el mundo y que, a base de convertirnos físicamente en híbridos cuerpo-máquina, de modificar nuestra genética y de almacenar nuestros recuerdos de forma segura, alcanzaremos la amortalidad. Y eso es mucho suponer. Demasiado. Pero, si admitiésemos, sólo metodológicamente, que eso llegase a ser posible, entonces se abrirían terribles cuestiones sobre límites morales. Y como al menos una parte de eso sí llegará a ser posible relativamente pronto, el debate ético ya está abierto. Pero el problema de los límites morales arranca de lo que se crea que es la causa de la aparición de Homo sapiens. Si sólo somos la colocación accidental de los átomos, ¿en nombre de qué principio se puede poner límites éticos de cualquier tipo a este proceso? Los piadosos monoteístas y los católicos en particular, en cambio, podemos justificar esos límites –otra cosa es en dónde situarlos– en nombre de que el ser humano no es una mera colocación accidental de los átomos, sino un ser querido y creado así por ese Dios en el que creen. Un Dios que le ha dotado de libertad –a pesar del riesgo que ello pudiera comportar–, de dignidad y de una consciencia individual y personal que es suya, desarrollada en base a experiencias libremente elegidas por cada uno, aún a riesgo de equivocarse. Y que, por encima de eso, le ha dotado de una conciencia moral que hace que le repugnen, con razón –y con la razón–, determinadas conductas que no tendrían por qué repugnar a la colocación accidental de los átomos.

Pero no es una cuestión de en qué se crea o no se crea. Si no hay nadie ahí fuera y somos sólo la colocación accidental de los átomos, no existe principio ético que invocar, por mucho que Kant se afane en el imperativo categórico o el deber por el deber. En cambio, si somos seres queridos y creados por amor, como creemos los piadosos monoteístas, entonces sí hay fundamento para esa ética. Se trata de mantener la esencia de lo que somos, de lo que nuestro Artífice ha querido que seamos. Por supuesto, sean bienvenidos todos los avances en cualquiera de esos tres campos, que nos ayuden a tomar mejores decisiones y a paliar la ignorancia, el dolor, la enfermedad y el sufrimiento. Pero habría un límite moral. Éste estaría en seguir siendo lo que somos: conciencias individuales, libres y acreedoras de que se respete nuestra dignidad. Pero lo que realmente somos no depende de lo que creamos o queramos. Somos lo que somos, con independencia de lo que creamos o queramos ser. Por eso, las causas no sólo son importantes, sino que son lo más importante, y no merecían ser despreciadas en el capítulo 2. Al contrario, hubiesen merecido una profunda, seria y honesta reflexión sobre las posibles alternativas.

Porque, al final, de lo que se trata es de saber quién es Dios, si Dios o el hombre. En el apartado “La singularidad” de este capítulo 20 se dice: “Mientras que nosotros y los neandertales somos al menos humanos, nuestros herederos serán como dioses”. Y, más adelante, en el apartado “La Profecía de Frankenstein”: “Todas estas preguntas (las preguntas éticas sobre lo que se puede y no se puede hacer) son importantes, pero es ingenuo imaginar que podamos simplemente pisar el freno y detener los proyectos científicos que están transformando a Homo sapiens en un ser diferente, porque esos proyectos están inextricablemente entrelazados en el Proyecto Gilgamesh (O sea, serán tan importantes como se quiera, pero, no importa, son irrelevantes. Otra muestra del sofisma posmoderno). Preguntemos a los científicos por qué estudian el genoma o intentan conectar un cerebro a un ordenador, o intentan crear una mente dentro del ordenador. Nueve de cada diez veces obtendremos la misma respuesta estándar: lo hacemos para curar enfermedades y salvar vidas humanas. Aunque las implicaciones de crear una mente dentro de un ordenador son mucho más espectaculares que curar enfermedades psiquiátricas, ésta es la justificación típica que se da, porque nadie puede discutirla. Esta es la razón por la que el Proyecto Gilgamesh es el buque insignia de la ciencia (o sea que lo de curar enfermedades es una simple excusa. La razón la tiene el único científico de cada diez que sabe cuál es el verdadero objetivo o, peor aún, los otros nueve son hipócritas que engañan a los pobres mortales con intenciones biensonantes que encubren las atenticas). Sirve para justificar todo lo que se hace. El doctor Frankenstein está montado a hombros de Gilgameh. Puesto que es imposible detener a Gilgamesh, es imposible detener al doctor Frankenstein”.

Esclarecedora frase descriptiva de la ética de la colocación accidental de los átomos, para que nos vayamos acostumbrando. Por supuesto, el Proyecto Gilgamesh es imposible. Pero hay visionarios que lo creen realizable y deseable –Harari es uno de ellos– y que, en cualquier caso, están dispuestos a hacer todo lo necesario para hacerlo lo más real posible, sin pararse ante ingenuas barreras éticas. Y, además, obtienen fondos para ello.

Ya en el epílogo, Harari se hace y nos hace una pregunta profética: “¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren?”. Por supuesto, es una pregunta retórica. La respuesta del propio Harari está implícita: NO, no hay nada más peligroso. Pero, una vez más, a Harari, en su contradictoria dialécica posmoderna, no le preocupa que no haya nada más peligroso. Por muy peligroso que sea, es necesario y deseable dejar que esos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren, lleven a cabo su capricho. Tal vez nos estemos avecinando al examen de Septiembre del pecado original, que suspendimos nada más tener nuestra inteligencia y que nos costó el desorden de nuestros valores y el uso tergiversado de la libertad. O tal vez sea el mismo examen que se reencuentra a sí mismo en un meandro del extraño espacio-tiempo en el que vivimos. Y, si suspendemos otra vez (o en el mismo examen  visto a la vuelta del meandro), ¿habrá tercera convocatoria (u otro meandro del espacio-tiempo)? Tal vez los piadosos e ingenuos monoteístas debamos hacer oír nuestra voz, abogando por la ética del ser diseñado por Dios, para aprobar en Septiembre (o en el próximo meandro del espacio-tiempo). Pero, claro, esa voz no será progresista, será oscurantista, según el pensamiento posmoderno.



[1] Lo anterior tiene reminiscencias del siguiente texto de Ian Tatterstall.
[…] resulta asimismo cierto que H. Sapiens constituye el protagonista de algo insólito. [...] Pese a estar rodeado de bastante confusión cuanto atañe al origen de la morfología de H. Sapiens, todo indica que se produjo en África. Quizás entre 150.000 y 200.000 años atrás. El comportamiento moderno apareció mucho más tarde. [...] Los H. Sapiens que invadieron Europa (Hace unos 40.000 años) llevaron consigo pruebas abundantes de un tipo de sensibilidad moderna sin precedentes y completamente desarrollada. [...] Más significativo es que con ellos iba el arte, del que dejaron estampa en objetos tallados, grabados y magníficas pinturas rupestres. Inscribían signos de registro en huesos y tablillas de piedra. Fabricaban instrumentos musicales de viento. Elaboraban delicados adornos personales. Enterraban a sus muertos, ofreciéndoles objetos rituales (que, además de la creencia en una vida ultraterrena, nos indican una estratificación social, porque no todas las tumbas presentan el mismo tratamiento). Sus asentamientos, muy organizados, evidencian estrategias de caza y pesca. La innovación técnica, producida antaño de forma intermitente, dejó paso a un proceso de refinamiento constante. Sin la menor duda, aquellas gentes éramos nosotros. [...] La explicación de las diferencias entre el H. Sapiens de] Europa y Oriente reside, muy probablemente en la aparición de la cognición moderna, que podemos suponer de consuno con el desarrollo del pensamiento simbólico. [...] por último, debemos considerar la aparición de algo totalmente inesperado [el pensamiento simbólico] gracias a una casual coincidencia. [...] Pero podemos afirmar que nuestro linaje pasó a disfrutar de un pensamiento simbólico desde un estado precedente no simbólico. La única explicación verosímil es que, con la llegada del H. Sapiens anatómicamente moderno, las exaptaciones previas se combinaron por azar con pequeños cambios genéticos, creando un potencial sin precedentes. […] No podemos dar por completo este relato pues los humanos anatómicamente modernos siguieron siendo arcaicos [sin pensamiento simbólico] durante mucho tiempo antes de adquirir un comportamiento moderno. [...] No podemos afirmar con seguridad en que consistió la innovación de marras. Ian Tatterstal “Homínidos contemporáneos”. Investigación y Ciencia Marzo 2000. La negrita es mía.
[2] No puedo dejar de añadir el texto completo en el que se inserta la expresión de Russell. Es, ésta también, un ejemplo de sofisma posmoderno, que señalo en negrita. El hombre es el producto de unas causas que no habían previsto los fines que están logrando; es decir, que su crecimiento, sus esperanzas y temores, sus amores y sus creencias no son otra cosa que el resultado de la colocación accidental de los átomos; que no hay fuego ni heroísmo, ni intensidad de pensamiento o sentimiento, que puedan conservar la vida individual más allá de la tumba; que todos los esfuerzos de todas las edades, toda la devoción, toda la inspiración y el brillo meridiano del genio humano, están destinados a la extinción en las grandes profundidades del sistema solar, y que todo el templo del logro de los hombres terminará inevitablemente enterrado bajo los restos del universo en ruinas [¿Qué ética cabe aquí?]. Todo esto, si no está más allá de cualquier discusión, está sin embargo tan cerca de ser cierto que ninguna filosofía que lo rechace podrá sobrevivir. Sólo con los andamios de estas verdades, sólo con los cimientos firmes del desespero inconmovible, podrá construirse de manera segura el habitáculo del alma.

1 comentario: