13 de octubre de 2007

¿Cuál es el sentido de la vida?

Tomás Alfaro Drake

Acabo de leer el libro de Viktor Frankl, “El hombre en busca de sentido”, donde aparecen unas interesantísimas ideas sobre el sentido de la vida que me hacen reflexionar. Lo que viene a continuación es una mezcla, cuyas proporciones no sabría precisar, de mis reflexiones con las ideas de Frankl.

La pregunta sobre el sentido de la vida parece que podría formularse de forma parecida a la siguiente: ¿Qué le pido yo a la vida? Pero esto es un error garrafal. Más bien la pregunta debiera ser: ¿Qué me pide la vida en cada momento? La vida nos está siempre poniendo ante situaciones, dilemas, problemas que debemos resolver. Siempre está solicitando algo de nosotros. En términos de los mitos griegos clásicos es como una esfinge que nos propone enigmas a los que debemos responder, nos gusten o no. No responder es una forma equivocada de respuesta. Pero se puede responder mal de muchas maneras. Aunque también se puede responder bien. Esta es nuestra responsabilidad, que es consecuencia de nuestra libertad. Si respondiésemos bien a todas las solicitaciones de la vida, nuestro camino sería de rosas. No es que no hubiese sufrimiento en ese camino. La búsqueda y la ejecución de las respuestas correctas pueden ser dolorosas, como las rosas tienen espinas, y nos heriríamos con ellas, pero tendríamos una vida bella, llena de sentido. Sentiríamos una íntima satisfacción. No la satisfacción externa del que tiene de todo, mi casa, mi perro, mi coche, mi mujer, mis hijos, que pueden ser simples vestidos externos del bípedo implume[1] que somos, sino la satisfacción íntima de saber que estamos en nuestro sitio. Pero responder siempre correctamente es imposible, porque nacemos sin manual de instrucciones y, además, si naciésemos con él sería tan gordo que no lo leeríamos. Cada vez que respondemos mal, nos desviamos del camino. Pero tampoco importa demasiado. Siempre hay caminos de vuelta a nuestro camino. Si respondemos mal, un pequeño poso de insatisfacción íntima nos dice que estamos en el mal camino y que debemos rectificar. Tenemos un fino sentido para detectar esta insatisfacción y debemos mantener siempre una actitud atenta hacia ella y obedecerla, aunque, naturalmente, podemos hacerle caso omiso. Entonces, el poso de insatisfacción se irá agigantando, hasta convertirse en un inmenso vacío existencial, acompañado de un terco empecinamiento en el error, en una insistencia ciega para seguir aplicando la lógica de la respuesta incorrecta. La rectificación es siempre posible, aunque cada vez más difícil y dolorosa a medida que nos adentramos por el camino equivocado. Ese es el camino del Dante al principio de la divina comedia:

A mitad del camino de la vida
en una selva oscura me encontraba
porque mi ruta había extraviado
[2].

Todo su transito por el Infierno y el Purgatorio, hasta llegar al Cielo y encontrarse allí con

el amor, que mueve el cielo y las estrellas[3],

es su rectificación. De él y de su Divina Comedia dice Péguy:

“En ningún sitio, en el transcurso de su largo peregrinar pretende el autor ser un historiador o un geógrafo de los cielos y la tierra. Ni tampoco un visitante, un inspector o un turista –un grandioso turista, tal vez, pero un turista, al fin y al cabo. En ninguna parte presenta el poeta su peregrinación como un viaje, grandioso, sí, pero un viaje, a fin de cuentas. Nunca toma posición desde la barrera, para observar lo que ocurre delante de él, porque lo que sucede delante de él, es él mismo –es decir, concierne a su propia condenación o salvación. En ningún momento se coloca en la grada para ver pasar a los pecadores, porque los pecadores son él mismo. Esa inmensa multitud es lo que él mismo es en su interior, no algo que está fuera de él. Todo consiste en la orientación correcta de la humanidad, mirando de frente al Juicio final”.

Ese es el camino que, en mayor o menor medida, tiene que recorrer cada hombre. Y creo que, al final, el tránsito por el Infierno y el Purgatorio de la rectificación es menos doloroso que la instalación en la náusea del vacío existencial. Pero si, con errores y rectificaciones, vamos yendo por la senda correcta, aunque la atravesemos en zigzag una y otra vez, iremos construyendo una vida digna de ser vivida de la que, sin falsos vestidos del bípedo implume, nos sentiremos orgullosos, aunque haya en ella sufrimiento. Podremos tener mujer, hijos, casa, coche y hasta perro. Pero no serán nuestros. Serán un don de la vida. Como dice el Concilio Vaticano II:

“Gozando de las criaturas con pobreza y libertad de espíritu, el hombre entra en la verdadera posesión del mundo, como quien no tiene nada y lo posee todo”.

Pero si entendemos la búsqueda del sentido de la vida como la respuesta a la pregunta ¿qué le pido yo a la vida?, entonces es absolutamente seguro que nos decepcionaremos. La vida nunca nos da eso que le pedimos. Nos puede dar otras cosas más valiosas si la abordamos inicialmente con la pregunta correcta y le damos las respuestas correctas a sus solicitaciones. Pero nunca nos dará lo que le pedimos. Sin embargo, plantearse la vida exigiéndole cosas, nos hace ciegos para ver lo que nos da y nos puede dar, al tiempo que nos da ojo de lince para ver sólo lo que no nos da. Nos hace “instalarnos” en ella de una forma empecinada, como un niño consentido y enfurruñado que se niega a jugar con los demás porque no se va a jugar a lo que él quiere. Nos hace inmensamente desgraciados, amén de llevarnos también al vacío existencial, porque si ya desde el principio planteamos mal la primera cuestión, todas las demás las contestaremos mal. Es la gran tragedia y paradoja de la llamada “autorrealización”. Otro gran posible error es creernos que ya está, que ya hemos dado suficientes respuestas, que ya, después de tanto contestar, nos merecemos el nirvana de vivir plácidamente sin más solicitaciones. En el fondo, es como empezar con la mala pregunta, pero en una etapa más avanzada de nuestra vida y, si persistimos en ello, tiraremos a la basura todo lo conseguido. La vida es una cadena de respuestas hasta el final. Pero entender el sentido de la vida como una serie de respuestas a lo que la vida nos pide, no es renunciar a tener objetivos, metas, ambiciones. Los objetivos no suponen exigirle nada a la vida, suponen un deseo condicional de conseguir algo mediante respuestas correctas orientadas a un fin. Y ese fin es un ingrediente importante en la respuesta a cada pregunta que nos hace la vida. Y si contestamos correctamente a cada una de ellas teniendo estos objetivos claros, que duda cabe que tenderemos hacia ellos. Pero no como un barco de motor que se fija un rumbo sin contar con los vientos. Más bien seremos como un barco de vela que tiene que ajustar su estrategia a los vientos que soplen para llegar al puerto deseado. En la navegación de la vida a los barcos de motor se les acaba siempre la gasolina y quedan a la deriva, mientras que los de vela, con astucia y perseverancia suelen llegar a puerto. Y en ese navegar a vela hacia puerto, nos irán surgiendo, como por casualidad, pequeños o grandes proyectos vitales que convierten la vida en una aventura con intriga, con un mañana incierto pero al que podemos esperar con curiosidad. Es cierto que a veces los vientos son sistemáticamente contrarios y nos impiden llegar al puerto que deseamos. Entonces, en la vida, con humildad y sensatez, puede convenir cambiar de metas para adaptarnos a su impulso. Tal vez nuestras metas estaban equivocadas. Dicen que el judo es un deporte en el que para vencer hay que aprovechar la fuerza del contrario. Algo parecido ocurre con la vida. Debemos aprovechar su impulso para intentar llegar donde queremos, no oponernos a ella más de lo debido.

Hasta aquí, la vida aparece como una esfinge ciega que hace preguntas caprichosas. Podemos creer que si contestamos bien a las preguntas, aunque sean absurdas, el cuadro de nuestra existencia irá cobrando una belleza intrínseca. Pero esto no pasa de ser un buen deseo sin ningún fundamento. ¿Por qué debería surgir una vida plena de las respuestas correctas a preguntas estúpidas? La cuestión es: ¿Tienen las preguntas de la vida algún sentido en sí mismas? ¿Son preguntas generadas por un autómata estúpido o responden a un plan diseñado para que recorramos un camino determinado, diseñado para nosotros, nuestro camino? Yo creo lo segundo. Y no lo creo por un buen deseo. Lo creo porque existen “pruebas” de que vivimos en un universo de diseño que persigue un fin. Y si hay un diseño, hay un diseñador. He puesto “pruebas” entre comillas porque no son, naturalmente, pruebas apodípticas, sino inmensas acumulaciones de indicios, dados sobre todo por la ciencia del siglo XX y XXI, que apuntan ese diseño como algo casi indudable. Sería muy largo y excedería el propósito de estas líneas desarrollar este tema, pero esas “pruebas” existen (La serie de artículos que vienen apareciendo en este blog sobre Dios y la ciencia pretenden ser el desarrollo de este tema). Sin embargo, a la vista de los desaguisados que se ven, se puede acusar al diseñador de chapucero o de perverso. Eso sería miopía. Si uno contempla un cielo estrellado, o un atardecer sobre el mar, o una inmensa extensión de bosques vista desde una montaña, no puede pensar que el diseñador, quien ha diseñado tanta belleza, sea chapucero o perverso. Sólo cuando contemplamos las consecuencias del mal uso que hacemos de nuestra libertad –las pésimas respuestas que damos a las preguntas de la vida o su mal planteamiento desde el principio– tenemos esa sensación de chapuza y maldad. Podríamos preguntarnos por qué ese diseñador nos ha hecho el regalo de la libertad. Pero cuando nos hacemos esta pregunta nos pasan dos cosas. La primera, que no estaríamos dispuestos a renunciar a ella, y la segunda que nos olvidamos que el que nos regaló la libertad también nos hizo responsables. Y nosotros vivimos ansiando lo primero pero rechazando lo segundo, intentando cargárselo a Él sobre sus hombros. Viktor Frankl, al final de su libro, propone que en la costa oeste de América se construya una estatua de la Responsabilidad. No sería un mal símbolo.

Si la batería de preguntas está diseñada –prefiero decir que se va diseñando a medida de nuestras respuestas, antes que pensar que está prediseñada–, todas y cada una de ellas tiene un sentido: Llevarnos al fin que el diseñador quiere de nosotros y corregir nuestras desviaciones. Incluso la solicitación del sufrimiento. Incluso la del sufrimiento aparentemente estéril. Frankl ha tenido la experiencia personal del sufrimiento más perverso y estéril que se pueda imaginar. Fue superviviente de los campos de exterminio nazis. Afirma que ante ese sufrimiento, absolutamente inevitable y absurdo para todos los reclusos, cada prisionero era soberanamente libre de responder a él con el abandono o con la lucha por darle una respuesta como si tuviera un sentido. El sentido que pretendían darle era el de hacer más llevadero el sufrimiento de los otros. Había comportamientos heroicos. Lo impresionante es que los segundos sobrevivían mucho más y mejor que los primeros. Sentían que, incluso esa vida, merecía la pena vivirse. Incluso si no hubiese un diseñador el sufrimiento extremo, inevitable y aparentemente inútil, como el de un enfermo sin esperanza de curación, admitiría una respuesta distinta del abandono, porque haría más llevadera la vida del enfermo y, además, podría hacer posibles curaciones “imposibles”. “El modo en que un hombre acepta su destino y todo el sufrimiento que éste conlleva, la forma en que carga con su cruz, le da muchas oportunidades –incluso bajo las condiciones más difíciles– para añadir a su vida un sentido más profundo. Puede conservar su valor, su dignidad, su generosidad” –nos dice Frankl. “Mi único temor –escribía Dostiyevski– es no estar a la altura de mis sufrimientos”. Con mayor motivo, si existe ese diseñador, y ya he dicho que las “pruebas” de su existencia son abrumadoras, y hay por tanto una finalidad trascendente, la respuesta correcta al sufrimiento es la del heroísmo, antes que la del abandono.

Dice también Frankl: “Cuando un hombre descubre que su destino es sufrir, ha de aceptar dicho sufrimiento, pues esa es su sola y única tarea. Ha de reconocer el hecho de que, incluso sufriendo, él es único y está solo en el universo. Nadie puede redimirle de su sufrimiento ni sufrir en su lugar. Su única oportunidad reside en la actitud que adopte al soportar su carga”. Pero si esto fuese estrictamente así, el sufrimiento nos abriría al heroísmo, pero no a la esperanza. La Grecia clásica sabía de lo primero, pero no de lo segundo. Así lo refleja este texto de la Odisea en el que Odiseo habla con Aquiles, que está en el hades.

Odiseo.-“¡Oh Aquiles, hijo de Peleo, el más valiente de los árgivos! Vine buscando el oráculo de Tiresias, a ver si me daba algún consejo para llegar a la escabrosa Ítaca, que aún no me acerqué a la Acaya, ni entré en mi tierra, sino que padezco infortunios continuamente. Pero tú, ¡oh Aquiles!, eres el más dichoso de todos los hombres que nacieron y han de nacer, puesto que antes, cuando vivías, los árgivos te honrábamos como una deidad, y ahora, estando aquí, imperas poderosamente sobre todos los difuntos. Por lo cual, ¡oh Aquiles!, no has de entristecerte porque estés muerto”.

Así le dije, y me contestó en seguida:

Aquiles.-“No intentes consolarme de la muerte, esclarecido Odiseo: preferiría ser labrador y servir a otro, a un hombre indigente que tuviera poco caudal para mantenerse, a reinar sobre todos los muertos”.

Debo por tanto, si el sufrimiento tiene algún sentido más allá del heroísmo en este mundo, puntualizar las anteriores palabras citadas de Viktor Frankl. Si fuera como él dice, si al padecer el sufrimiento estuviésemos realmente solos, si nadie pudiera redimirnos de nuestro sufrimiento ni sufrir en nuestro lugar, la aceptación de el sufrimiento sería el más inteligente de los autoengaños del hombre, pero, al final tampoco tendría más sentido que el del desesperanzado heroísmo griego. Sin embargo, cuando sufrimos no estamos solos en el universo. Junto a nosotros está Cristo. Es cierto que Cristo no sufre en nuestro lugar, en vez de nosotros. Pero, en Getsemaní, ha sufrido, está sufriendo, nuestro mismo sufrimiento. No uno parecido, más o menos duro, no. El mismo que estamos sufriendo ahora, que hemos sufrido y que nos queda por sufrir. No lo sufrió hace 2000 años, no. Lo sufre ahora. Porque Getsemaní es el “truco” del Señor del espacio-tiempo para sufrir con nosotros, al mismo tiempo que nosotros, nuestro mismo sufrimiento, el de todos y cada uno de los seres humanos, individualizado. Pero si Cristo no nos sustituye, sino que nos acompaña en nuestro sufrimiento, sí que nos redime, por él, de él. Le da un sentido, el único sentido que puede tener, el trascendente, y lo hace, a su vez, redentor de otros sufrimientos. Nos permite poner en nuestra carne lo que le falta a la pasión de Cristo (Cfr s. Pablo). A través del Cuerpo Místico de Cristo, hace que nuestro sufrimiento sirva de compañía, consuelo y alivio al de millones de seres humanos de todos los tiempos y lugares.
El auténtico sentido de la vida es, por tanto, responder a sus preguntas como Él lo haría, guiados por Él, iluminados por Él. En este sentido, el evangelio es el verdadero manual de instrucciones del hombre. No es un manual gordo ni difícil de entender, pero sí que debemos leerlo continua e incansablemente para que su sabiduría nos ilumine el camino. Da sentido a la vida aceptar que cada pregunta, y el conjunto de ellas, están diseñadas por su Providencia para nuestro bien y que, cuando abandonamos nuestros objetivos a su Voluntad no sólo estamos construyendo así un edificio heroico, pues rara es la vida que no exige en algún momento pequeñas o grandes respuestas heroicas anónimas. Estamos construyendo también, con Él, una morada celestial.

[1] La idea de bípedo implume la he sacado de Unamuno en “El sentimiento trágico de la vida”. A su vez, Unamuno la saca de Diógenes Laercio que se la atribuye a Platón. Ni uno ni otro usan esta expresión con ternura, pero a mí me produce una ternura inmensa por su crudeza al pintar al hombre como una criatura desvalida frente a fuerzas que le superan. Quien no puede aguantar serlo, se pasa la vida buscando cosas para vestir al bípedo implume que es, no quiere ser y no puede dejar de ser.

[2] Tres primeros versos de “La divina comedia”

[3] Último verso de la Divina Comedia.

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