21 de octubre de 2007

Gracias Oma

El Domingo 7 de Octubre del 2007 murió, con casi 93 años, Oma, la madre de mi mujer. Su nombre era Adela, pero desde joven la llamaban Cuca. Sin embargo, desde que fue abuela, todos en la familia la llamábamos Oma –u Omita, u Ominchi– porque así la llamaba su primer nieto que, por casualidades de la vida, nació y vivió sus primeros años en Alemania. Ha sido una de las personas a las que más he querido en mi vida, además de ser de las que mejor ejemplo que me ha dado durante toda la suya. ¿Por qué la he querido tanto? Por muchas cosas. Tal vez porque es la madre de mi mujer y, sin ella, no tendría a Blanca como compañera de mi vida, ni la familia que tengo. Pero más que por eso, porque ella siempre me ha querido como a un hijo. ¿Qué ejemplo me ha dado? Sin duda el de aceptar la voluntad de Dios sin una queja. Más aún, con alegría. Oma ha visto morir a su marido hace más de treinta años, ha perdido a dos hijos y un yerno en dos accidentes de coche y a otro yerno de un infarto. Nunca, jamás, la he oído quejarse. Ha vivido los últimos años de su vida, no uno ni dos, casi quince, con todas esas tragedias sobre sus hombros, pero dando alegría y cariño. Y Dios la ha premiado con una familia de las que no hay. No sé si habré aprendido la lección. Espero no tener que recitar en mi vida los versos más duros de esa lección.

El jueves empezó un catarro que se transformó en neumonía. El equilibrio de la salud a esas edades es siempre inestable y el viernes por la tarde todos nos temíamos lo peor. El sábado toda la familia empezó a congregarse a su alrededor. Digo empezó, porque entre hijos con sus cónyuges, nietos con los suyos y bisnietos, sumamos, si no me equivoco, 56 y algunos estaban en el otro extremo del mundo. Decidimos no ingresarla y darle los cuidados necesarios para ayudarla en su lucha por la vida, pero sin ningún tipo de encarnizamiento terapéutico. Afortunadamente, contabamos como médico con un sobrino suyo, al que casi había adoptado como hijo. Debió ser muy duro para él. ¿Imaginaría, cuando estudiaba medicina en casa de Oma, que iba a ayudarla en sus últimos momentos?

La noche del sábado estábamos todos en su casa. Aquellos a los que la distancia había impedido venir, también estaban. Cuatro generaciones contándola a ella. Pedimos para ella la unción de los enfermos. Un sacerdote de la parroquia vino y se la dio. Todos estábamos con ella, en su habitación. Al principio de la tarde había perdido la consciencia y, con ella, el sufrimiento. Pero con eso y todo, todos nos turnábamos a su alrededor. De una manera informal, sin ninguna planificación, siempre había cuatro o cinco personas en su habitación. Uno le hablaba quedo al oído, otro le limpiaba el sudor de la frente con una tohalla húmeda, otro le acericiaba la mano, uno le daba un beso, otro estaba sentado en un rincón mirando la escena o rezando. A veces los que estaban, rezaban unidos y otras le cantaban canciones cántabras o asturianas que ella solía cantar con su bonita voz y su oído excepcional, haciendo la segunda o la tercera. Yo creo –nos decíamos– que aunque está inconsciente, nos oye. De vez en cuando, uno de nosotros se ponía a llorar y otro, que en ese momento estaba más entero, le consolaba. Un rato más tarde el consolado se convertía en el que consolaba a uno que le daba el bajón.

En un momento de la noche me quedé sentado en una silla de un rincón de su habitación contemplando la escena. Había a mi lado un pequeño crucifijo de marfil. Vi en ella a Cristo sufriente, tal y como nos dice el Evangelio que Él está en los enfermos. Supe que cada respiración, cada vez más dificil para ella, era una oración por nosotros, que subía directamente al cielo. En esos momentos, estaba resumiendo, inconsciente y todo, toda su vida, reviviendo cada momento con cada uno de nosotros y pidiendo por él. Noté el viento del Espíritu Santo acariciando a cada uno de los que estabamos en la casa y a los que no habían podido venir. Anciana, inconsciente y respirando con angustia, encarnaba la dignidad humana. Algunas personas impregnadas de esta enferma cultura posmoderna y light dirían que una agonía física como la que estaba sufriendo no era digna. Si una muerte digna no es el final de una vida digna, entonces, ¿qué es? ¿Qué valor tiene la oración de esos minutos finales en los que se resume toda una vida?

Esa noche se me venía a los labios de forma recurrente una canción de mi juventud. Al principio la tarareaba inconscientemente, sin darme cuenta de lo que era y, por supuesto, sin letra. Pero enseguida me di cuenta de que se trataba de la canción de la Mamma, de Charles Aznavour. Intenté acordarme de la letra, pero sólo me salían retazos y frases sueltas. No obstante, a medida que avanzaba la noche, unas frases se unían con otras y, como en un rompecabezas, iban mostrando una silueta, aunque sin llegar a completarla. Ya de día, la mañana del Domingo, me fui a casa a darme una ducha, adecentarme y volver a casa de Oma. Pero nada más llegar, me fui al ordenador, entré en Internet y saqué la letra de la canción de Aznavour. La traduje. Aquí está en edición bilingüe:

Ils sont venus, ils sont tous là Todos han venido, ahí están todos
dés qu'ils ont entendu ce cri: en el momento que oyeron el grito:
elle va mourir la Mamma. se está muriendo la Mammá.
Ils sont venus, ils sont tous là Todos han venido, ahí están todos
même ceux du sud de l'Italie, hasta los del sur de Italia,
y a même Gorgio, le fils maudit, incluso Jorge, el hijo maldito,
avec des présents plein les bras. con los brazos llenos de regalos.
Tous les enfants jouent en silence Todos los niños juegan en silencio
autour du lit, sur le carreau alrededor de la cama, sobre la alfombra,
mais leurs jeux n'ont pas d'importance pero sus juegos no tienen importancia
c'est un peu leur dernier cadeau à la Mamma son como su último regalo a la Mammá.
On la réchauffe de baisers, Le dan el calor de sus besos,
on lui remonte ses oreillers, le reacomodan la almohada,
elle va mourir la Mamma. se está muriendo la Mammá.
Sainte Marie, pleine de grâce, Santa María, llena de gracia,
dont la statue est sur la place, la de la estatua de la plaza,
bien sûr vous lui tendez les bras a la que todos tienden los brazos
en lui chantant "Ave Maria", cantándole Ave María,
Ave Maria. Ave María.
Y a tant d'amour, de souvenirs, ¡Hay tanto amor, tantos recuerdos,
autour de toi, toi, la Mamma, alrededor de ti, tú, la Mammá!,
y a tant de larmes, et de sourires, ¡hay tántas lágrimas, tantas sonrisas
a travers toi, toi, la Mamma. por encima de ti, tú, la Mammá!
Et tous les hommes ont eu si chaud y todos los hombres han pasado tanto calor
sur les chemins de grand soleil en los caminos del sol ardiente
elle va mourir la Mamma –se está muriendo la Mammá–
qu'ils boivent frais le vin nouveau, que beben fresco el vino nuevo,
le bon vin de la bonne treille, el buen vino de la buena cepa,
tandis que s'entassent pêle-mêle mientras de amontonan entremezclados
sur les bancs, foulards et chapeaux sobre los bancos, bufandas y gorras.
C'est drôle, on ne se sent pas triste Es extraño, no se sienten tristes
prés du grand lit de l'affection, cerca del gran lecho del dolor,
y a même un oncle guitariste hay incluso un tío guitarrista
qui joue en faisant attention que toca mientras cuida
a la Mamma. a la Mammá.
Et les femmes se souvenant Y las mujeres, acordándose
des chansons tristes des veillées, de las canciones tristes de las veladas
elle va mourir la Mamma, –se está muriendo la Mammá–
tout doucement, les yeux fermés, muy suavemente, con los ojos cerrados,
chantent comme on berce un enfant cantan, como cuando se acuna a un niño
aprés une bonne journée, después de un día pleno,
pour qu'il sourit en s'endormant. para que sonría mientras se duerme.
Ave Maria. Ave María.
Y a tant d'amour, de souvenirs, ¡Hay tanto amor, tantos recuerdos,
autour de toi, toi, la Mamma. alrededor de ti, tú, la Mammá!,
y a tant de larmes, et de sourires, ¡hay tantas lágrimas, tantas sonrisas,
a travers toi, toi, la Mamma, por encima de ti, tú, la Mammá!,
que jamais, jamais, jamais, que nunca, nunca, nunca,
tu nous quitteras nos dejarás.

Eso, exactamente eso, es lo que había tenido el privilegio de vivir esa noche. Mientras copiaba y traducía la letra se me vino a la cabeza, esta vez como un flash, otro texto. Lo tenía copiado en mi ordenador desde hacía años y casi había olvidado que existía. Era una oración de Juan Pablo II cuando cumplió 65 años. Me acordé de ella, la busqué y la saqué a la memoria. Aquí está.

“Señor, hace ya sesenta y cinco años que me diste el don inestimable de la vida y, después de mi nacimiento, no has cesado de llenarme de tu gracia y de tu amor infinito. A lo largo de estos años se han entretejido grandes alegrías, pruebas, éxitos, fracasos, enfermedades, duelos… como le ocurre a todo el mundo. Ayudado por tu gracia y tu auxilio, he podido triunfar de estos obstáculos y avanzar hacia ti. Hoy me siento rico en mi experiencia y en el gran consuelo de haber sido colmado de tu amor. Mi alma te canta su reconocimiento.

Pero cada día veo a mi alrededor ancianos a los que envías fuertes pruebas: Sufren parálisis, incapacitación, senilidad, y a menudo no tienen fuerza para rezarte. Otros han perdido el uso de sus facultades mentales y no pueden alcanzarte a través de su mundo irreal. Veo la vida de esas personas y me digo: «¿y si fuese yo?» Entonces, Señor, hoy mismo, mientras estoy todavía en posesión de todas mis facultades motrices y mentales, te ofrezco por anticipado mi aceptación de tu santa voluntad, y desde ahora quiero que si una u otra de esas pruebas me llegan, pueda servir para tu gloria y para la salvación de las almas. También desde ahora te pido que sostengas con tu gracia a las personas que tengan la ingrata tarea de prestarme su ayuda.

Si un día, la enfermedad invadiese mi cerebro y aniquilase su lucidez, desde ahora, Señor, mi sumisión está delante de ti y se seguirá de una silenciosa adoración. Si un día, un estado de inconsciencia prolongada tuviera que destruirme, yo quisiera que cada una de esas horas que tenga que vivir sea una serie ininterrumpida de acciones de gracias y que mi último suspiro sea también un suspiro de amor. Mi alma, guiada en ese instante por la mano de María, se presentará ante ti para cantar eternamente tus alabanzas. Amen”
.

Oma murió el Domingo, el día del Señor, hacia las 6 de la tarde, acompañada por todos, que entramos atropelladamente en su habitación cuando los que estaban con ella se dieron cuenta de que el desenlace era inminente. Habíamos pedido a un sacerdote que viniera a la casa a celebrar la misa del Domingo para no tener que dispersarnos. Llegó a poco de su muerte. Fue su primera misa de cuerpo presente. Es imposible expresar los sentimientos que nos llenaban a todos.

Por haberme permitido vivir esto, no puedo por menos que dar gracias infinitas a mi Señor, a mi Dios y a Oma.

Hoy, con Oma y con Juan Pablo II, yo también abandono mi vida y mi muerte a la voluntad del Señor y hago mía, con ellos, su oración. Si tengo que recitar versos duros en mi vida, que no se haga mi voluntad, sino la suya. Si así tiene que ser, que los renglones torcidos de Dios dibujen una vida como la que acabo de ver extinguirse, y me den una familia como la suya.

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