22 de febrero de 2009

Galileo y la Iglesia

Tomás Alfaro Drake

En mi entrada de hace 15 días, "Richar Dawkins, un cruzado sin causa" afirmé que NUNCA, ni siquiera en el caso Galileo la Iglesia católica se había opuesto al avance de la ciencia, por mucho que la leyenda urbana de turno la acuse de ello. Dije que iba a argumentar mi afirmación, y aquí estoy.

Empiezo por decir lo que sí hizo mal la Iglesia. La Iglesia actuó de una manera harto injusta al condenar a Galileo, por motivos disciplinares, que no científicos, a vivir sus últimos años en arresto domiciliario en su finca cercana a Florencia. Pero eso nada tiene que ver, como se verá a continuación, con la postura de la Iglesia frente a la ciencia.

En 1610, Galileo, a sus 47 años, descubre, gracias a un telescopio fabricado por él, cuatro de los satélites de Júpiter. A raíz de este descubrimiento, escribe su obra “Siderus nuncius” por la que es públicamente aclamado por todos. Va a Roma, donde le nombran miembro de la academia dei Lincei (de los linces) en la que estaban los más prestigiosos hombres de ciencia de la época. El Papa Paulo V le recibe y le felicita efusivamente. El Colegio Romano en pleno –una universidad de los jesuitas– también le homenajea. En el Colegio de Romano estaban casi todos los mejores astrónomos de la época que eran, en su mayoría, jesuitas. Su decano era el P. Clavius que era quien había propuesto, por una iniciativa del papa Gregorio XII en 1582, la reforma del calendario juliano. El calendario Gregoriano es aceptado hasta nuestros días en todos los países del mundo menos los islámicos.

A raíz de esto, Galileo empieza a plantearse seriamente la posibilidad del sistema heliocéntrico. No era nada nuevo. Este sistema había sido ya propuesto por Aristarco de Samos en el siglo III a. de C. En el renacimiento, un gran intelectual y cardenal de la Iglesia católica, Nicolás de Cusa, redescubrió las ideas de Aristarco y en 1440 publicó un libro llamado “De docta ignorantia” en el que, sin proclamar el sistema heliocéntrico, afirmaba que la Tierra estaba en movimiento y no estaba en el centro del universo. Posteriormente, Copérnico, un canónigo católico polaco publicó en 1543 su obra magna, “De revolutionibus” en la que afirmaba con toda contundencia el heliocentrismo. Dedicó su obra al Papa Paulo III. En esta dedicatoria puede leerse el siguiente texto: “Si hay necios que, sin saber nada de matemáticas, emiten una opinión sobre estas cosas y se atreven a censurar y atacar mi principio (el heliocentrismo) tomando como base algunos pasajes de las Escrituras interpretadas para servir a sus intenciones, no me preocuparé en absoluto y no podré más que despreciar su punto de vista, considerándolo incluso como temerario”. Atrevido párrafo que no despertó la menor animadversión ni en el Papa ni en la curia romana. Muy diferente fue la postura de Lutero que se opuso frontalmente al heliocentrismo y tildó a Copérnico de loco. Posteriormente, Kepler, en Praga, publica en 1609 su obra “Astronomia nova” en la que no solamente defiende el sistema heliocéntrico, sino que describe las dos primeras leyes que llevan su nombre y que explican la forma de la trayectoria de los planetas y el ritmo de su movimiento. Diez años más tarde, en 1619, Kepler publica su obra “Harmonia mundi” en la que enuncia su tercera ley sobre el movimiento de los planetas.

Entre estas dos publicaciones de Kepler, en 1914, Galileo escribe una carta pública a la Gran duquesa de la Toscana, Cristina de Lorena. En ella afirma que la lectura de dos pasajes de la Biblia que indicaban que el Sol se movía alrededor de la tierra –la historia de Josué andando al sol detenerse para completar su victoria en la batalla de Gabaón y un salmo–, debían ser reinterpretados a la luz del heliocentrismo. Esto desató las iras de muchos sacerdotes católicos, entre ellos un dominico llamado P. Tomasso Caccini, que desde el púlpito de santa María la Novella de Florencia lanzó una homilía incendiaria contra Galileo. Galileo protestó ante el superior de los dominicos que le escribió una carta de disculpa, diciéndole que “desafortunadamente, no tengo respuesta para todas las idioteces que algunos, entre los treinta o cuarenta mil hermanos dominicos, pudieran cometer”. Conviene señalar que el discípulo predilecto de Galileo que, desde luego, creía en el sistema heliocéntrico, el P. Castelli, era también dominico. Galileo pidió a varios de sus amigos cardenales, que se enterasen de la opinión del cardenal Roberto Bellarmino, jesuita, respecto a la reinterpretación de las Escrituras según la teoría heliocéntrica. Bellarmino era uno de los cardenales con mayor prestigio de Roma. Éste, como respuesta, le escribió una carta a Galileo, a través de esos cardenales. en la que se dice textualmente: “En tercer lugar digo que, si hubiera una prueba real de que el Sol está en el centro del universo, de que la Tierra está en la tercera esfera y de que el Sol no gira alrededor de la Tierra, sino que es la Tierra la que gira alrededor del Sol, entonces, deberíamos proceder, con gran circunspección, a explicar los pasajes de las Escrituras que parecen enseñar lo contrario y deberíamos más bien decir que no los entendemos antes que declarar falsa una opinión que está probada como cierta”. Mientras esa prueba no existiese, se recomendaba a Galileo que presentase el sistema heliocéntrico como lo que era, como una hipótesis. Y es que, efectivamente, en 1614 semejante prueba, no existía y todas las teorías heliocéntricas no eran sino modelos geométricos sin ninguna base empírica. Así, como una hipótesis, se enseñaba, por ejemplo, en la universidad de Salamanca, fundada y regida por los dominicos. Galileo se afanó durante dos años en buscar esa prueba. Por fin, llego a creer que las mareas eran consecuencia de la conjunción de los movimientos de rotación y traslación de la Tierra. Pidió a sus amigos cardenales que le consiguiesen una audiencia con el Papa Paulo V para presentar su “prueba”. Éstos le aconsejaron fervientemente que no lo hiciera pues, asesorados con el Colegio Romano, sabían que la prueba era errónea. De hecho Kepler ya había atribuido las mareas a algún tipo de acción conjunta de la Luna y el Sol sobre la Tierra pues, aunque todavía no se conocía la gravitación universal, había estudiado la correlación entre las mareas y las posiciones de ambos astros respecto a la Tierra. Pero Galileo hizo oídos sordos ante las recomendaciones de sus amigos y fue a Roma en 1616 a presentar su prueba ante Paulo V y el Colegio Romano. Naturalmente, no consiguió que la prueba fuese aceptada. Le fue entonces prohibido formalmente por la Inquisición lo que antes se le había recomendado, que únicamente podía hablar del sistema heliocéntrico como una hipótesis. Y de paso, logró que el libro de Copérnico, “De revolutionibus” fuese censurado, setenta y seis años después de su publicación, eliminando de él unos párrafos que presentaban el sistema heliocéntrico como un hecho. La Inquisición propuso a Paulo V la excomunión de Galileo, pero el Papa, con buen criterio, se negó. El sistema heliocéntrico siguió enseñándose como una hipótesis en las universidades, que en aquel entonces eran todas de la Iglesia, porque fue ella quien fundó esta institución.

Unos años más tarde, en 1623, fue elegido Papa uno de los cardenales amigos de Galileo, Maffeo Barberini, que tomó el nombre de Urbano VIII. El nuevo Papa creía en el sistema heliocéntrico, pero era un personaje bastante soberbio, lo que, como luego veremos, fue una desgracia para Galileo. Éste creyó que aquí estaba su oportunidad para publicar un libro en el que presentase la entonces hipótesis heliocéntrica como un hecho. Efectivamente, tras muchas vicisitudes, el 1632 aparece el libro “Diálogo sobre los dos grandes sistemas del mundo”. El libro estaba redactado como un diálogo entre tres personajes, uno inteligentísimo, que defendía el heliocentrismo, otro muy ecuánime, que hacía de árbitro y acababa decantándose por el sistema heliocéntrico, y un tercero bastante simple –de hecho llevaba el nombre de Simplicio– que, por supuesto, defendía el sistema geocéntrico. La Inquisición se lanzó contra el libro porque, a su juicio, vulneraba la orden dada en 1616. Nada le hubiera pasado a Galileo, protegido por el Papa, si no hubiese sido porque Urbano VIII había visto algunas frases suyas en boca de Simplicio, se sintió despreciado y retiró su apoyo a Galileo. Éste fue entonces juzgado por la Inquisición y condenado por siete votos contra diez. El 22 de Junio de 1633, en la iglesia de Santa María sopra Minerva de Roma, Galileo abjuró de su sistema y oyó su sentencia. Jamás pronunció las palabras “y sin embargo se mueve” que se le atribuyen, aunque, evidentemente, las pensase. No hubo torturas, ni siquiera un día de cárcel. Durante todo el proceso Galileo estuvo hospedado en Villa Médicis, embajada del ducado de Toscana en Roma. Su condena fue arresto domiciliario en su casa de las cercanías de Florencia. En su viaje de vuelta de Roma a Florencia se alojó en las casas de varios cardenales amigos suyos. Una vez en Florencia, en su arresto domiciliario, podía recibir cuantas visitas quisiera, escribir y publicar. De hecho, su último libro lo escribió y publicó estando bajo arresto. Galileo murió en 1642 en brazos de su hija sor Angélica, monja de clausura que tuvo permiso especial para reconfortar a su padre en sus últimos días. Jamás fue excomulgado. Al final de sus días recibió y aceptó una indulgencia plenaria y escribió: “En todas mis obras no habrá quien pueda encontrar la más mínima sombra de algo que reprochar a mi piedad y reverencia a la Iglesia católica”. Galileo fue enterrado en Florencia, en la Iglesia de la Santa Croce, donde aún hoy puede verse su tumba.

Se puede especular sobre cuál hubiese sido su pena si no se hubiese retractado, pero sería tan sólo eso, una especulación. Mucha gente piensa que le hubiesen quemado y aducen que así quemaron en 1600 a Giordano Bruno, que también creía en el sistema heliocéntrico y había escrito sobre él. Pero esto es verdad sólo en parte, porque a Giordano Bruno le quemaron, cierto, pero sus opinionés heliocéntricas, sino por herejías sobre la divinidad de Cristo y su presencia en la Eucaristía vertidas en un libro llamado “La cena de las cenizas”. Por supuesto, condeno con toda mi alma esta condena, como la de Galileo, pero eso no altera el tema central de este escrito. La Iglesia JAMÁS estuvo en contra del sistema heliocéntrico.

De hecho, un poco de historia lo aclara. En 1687, cuarenta y cinco años después de la muerte de Galileo, Newton publicó su libro “Principa mathematica”, donde se describía la ley de la gravitación universal. Esto sí era una prueba matemática-física del heliocentrismo, pero no era todavía una prueba empírica. La primera prueba empírica del heliocentrismo no llego hasta que, en 1837, casi doscientos años después de la muerte de Galileo, Wilhelm Bessel descubriese el primer paralaje estelar. En algún momento, que no sé precisar, de este proceso histórico, la Iglesia católica, tal y como prometiera el cardenal Bellarmino a Galileo, procedió “a explicar los pasajes de las Escrituras que parecen enseñar lo contrario [..] antes que declarar falsa una opinión que está probada como cierta”.

Hace unos años, Juan Pablo II rehabilitó públicamente la figura de Galileo, pidió perdón por su condena disciplinar y afirmó que la carta a Cristina de Lorena, podía considerarse como un pequeño tratado de interpretación bíblica. Hasta aquí los hechos. Lo demás, pura leyenda urbana.

2 comentarios:

mariajo dijo...

Recordaís el jaleo del año pasado con la conferencia en la Universidad "La Sapienza", viene al pelo para este articulo que de manera muy clara nos entrega Tomás en el día de ayer.
Mucho de este escandaloso y vergonzoso hecho, el que el Papa no pudiera ir a la Sapienza, se sustento en lo siguiente y copio litralmente:
Catedráticos italianos atacaron al Papa basándose en cita tomada de Wikipedia
ROMA, 05 Feb. 08 / 06:27 pm (ACI)
L'Osservatore Romano (LOR) informó que los 67 profesores de la Universidad "La Sapienza" de Roma que escribieron una carta oponiéndose a que el Papa Benedicto XVI inaugurara el año académico, basaron sus acusaciones en una cita fuera de contexto del sitio web Wikipedia.org.
Los académicos firmantes se presentaron como los 67 defensores "de la libertad de la investigación y de la ciencia". Para LOR tal vez no sabían "que ‘en nombre de la libertad de la investigación y de la ciencia’ han tomado por bueno un dato falso, aceptando una afirmación sin verificar su fiabilidad".
En la carta, los 67 sostienen que "el 15 de marzo de 1990, todavía cardenal, en un discurso en la ciudad de Parma, Joseph Ratzinger citó una afirmación de Feyerabend (NDR: filósofo de la ciencia): ‘En la época de Galileo la Iglesia era más fiel a la razón del mismo Galileo. El proceso contra Galileo fue razonable y justo’. Son palabras que, en cuanto científicos fieles a la razón y en cuanto docentes que dedican su vida al avance y la difusión de los conocimientos, nos ofenden y humillan. En nombre de la laicidad de la ciencia y la cultura y en el respeto de nuestro Ateneo abierto a docentes y estudiantes de todo credo y toda ideología, auguramos que el evento pueda ser anulado".
LOR sostiene que si antes de escribir este texto, cualquiera de los firmantes "hubiera verificado la afirmación, habría descubierto que quien la escribió, tomó la cita del discurso de Ratzinger que se encuentra en la voz ‘Papa Benedetto XVI’ de Wikipedia, la enciclopedia de Internet que es redactada por los lectores que navegan en la red y que ningún hombre de ciencia utilizaría como fuente exclusiva de sus investigaciones, a menos que verificase con precisión la veracidad de la misma".
"Que Wikipedia sea con toda probabilidad la fuente de donde es extraída la cita lo testimonia el hecho que en la carta de los 67 se hace referencia a una conferencia del Cardenal Ratzinger del 15 de marzo de 1990 en Parma. La conferencia se realizó, pero se desarrolló en Roma, en la Universidad La Sapienza, exactamente ese día", prosigue LOR.
Para el diario del Vaticano, "lo sorprendente es que quien haya tomado la cita de Feyerabend no pudo no haber leído la continuación de la entrada, contenida en Wikipedia, en donde podría haberse dado cuenta que el sentido de la frase de Ratzinger es exactamente contrario al que los 67 profesores le han atribuido al Papa".
"Cada uno es libre de juzgar si este modo de usar la razón es el correcto o si es un acto de deslealtad. El riesgo de plegar la razón a las presiones de los intereses y lo atractivo de la utilidad, es exactamente el riesgo sobre el que el Papa habría advertido al cuerpo docente de La Sapienza, si hubiera podido hablar ahí", finaliza LOR.

Lea primero íntegro el texto del discurso del entonces Cardenal Ratzinger en la Universidad de Parma y vea cómo son sacadas de contextos las palabras que el entonces Cardenal cita textualmente de P. Feyerabend: http://paparatzinger-blograffaella.blogspot.com/2008/01/il-testo-autentico-del-discorso-del.html
No hay que dejarse llevar sólo lo que algunos medios o personas saca de contexto como sucedió en el discurso de Ratisbona. Hay que informarse de verdad con seriedad y no sólo en la Wikipedia Aqui sí hay de verdad un verdadero sostén de razón ya que incluso Ratzinger habla a favor de las teorías de Galileo. Por último invito a quien tenga interés en este tema lea íntegra y textualmente el mensaje que daría en persona Benedicto XVI: http://www.corriere.it/cronache/08_gennaio_16/papa_discorso_sapienza_universita_laica_9e95f932-c448-11dc-8fe5-0003ba99c667.shtml
De lo contrario, pienso que el fanatismo estrá rondando .

Anónimo dijo...

Hola Tomás,

Perdone la confianza pero, como antiguo alumno del IE, me ha emocionado de verdad su humanismo, ternura y complicidad con José María Cervelló lo que me ha dado pie a urgar en su blog y observar los artículos Dios/ciencia que ha venido colgando. ¡Nada menos que 33!

¡Dioses! ¡Una crítica fundamentada a Dawkins¡

Ateo por consecuencia y
curioso por jesuitico, me propongo leerle los artículos y tratar de entender su punto de vista. Más que nada por poder decirle a un creyente aquello de Cervelló de "Y eso, ¿dónde lo pone?"

Un cordial saludo y gracias por un blog de los que no abundan. Lo apunto a favoritos.

Coda.- Gran verdad lo dicho por Mariajo: el Papa nunca ha estado en contra de Galileo, al contrario; quienes así lo sostienen no dejen de juzgar la Historia desde el ahora y así nos va.

Un cordial saludo,

Borja